Si la adelfa sobrevive al invierno

Stefan Popa · Capítulo 6 de 22

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Si la adelfa sobrevive al invierno

Shasi

Como una amiga de todos, la glicinia rodeaba con sus innumerables brazos el tronco de un árbol muerto, el enrejado que defendía la finca de Aurel, e incluso la farola que esperaba fuera a poder encenderse. Pitu atravesó el follaje. También allí colgaban los racimos de color azul violeta. Se quedó parado y se miró las puntas de los zapatos que, una vida antes, habían chocado con las de otros zapatos. Fue exactamente aquí. Entonces, todavía no necesitaba apoyarse en ningún cãrlibanã, el característico cayado con el mango curvo, para poder agarrar la pata de las ovejas que se habían alejado o para sacarlas de un barranco. Su mujer todavía no era su mujer, pero se fue acercando cada vez más y lo besó en la barbilla. No llegaba más alto.

Pitu tuvo que inclinarse, quería inclinarse, para probar su boca. Sabía a ajo.

A Pitu siempre le había encantado el ajo.

—¿Ahora tendremos que casarnos? —le preguntó en aquella ocasión.

Al igual que todos los chicos de su edad, no sabía nada del amor y lo sabía todo del deseo.

Ella, que era dos años más joven, sí lo sabía. Como todas las chicas:

—Si cada beso significara un compromiso, tendría que casarme primero con Aristomene y después con Gogu.

—¿Gogu? Ese es hijo de la hermana de mi madre.

—Querrás decir tu primo —dijo Melina pinchándole tan fuerte en la barriga que Pitu gimió—. ¿Te importaría que estuviera en nuestra boda?

—No si soy el único que puede besarte —le contestó él.

Melina se puso de puntillas, en la punta de sus zapatos aparecieron unos pliegues feos, y estampó un beso en la boca de Pitu.

—Me lo pensaré —dijo, guiñándole el ojo.

¡Qué mujer era, ya entonces! Una muljari cu aumbrã, una mujer con gracia, incluso un ángel.

—¿Qué diantres estáis haciendo aquí? —Gruñó Aurel con una voz de chico que todavía no quería tronar.

El hermano mayor apretó el paso, agarró a Melina del brazo apartándola del muchacho que aquí era un intruso, pero que, como él, había nacido y se había criado en Crushuva.

Melina se soltó de un tirón de la mano de su hermano.

—Me ha acompañado a casa —dijo. Dio una vuelta sin moverse del sitio e hizo una reverencia. Como una reina, pensó Pitu—. He vuelto sana y salva —soltó.

En aquella época, las mejillas de su hermano todavía no estaban hinchadas de tanta comida grasa. Aurel se mordió la parte interior de los carrillos. Miró a Pitu de arriba abajo y dijo que no había esperado otra cosa.

—De lo contrario, los dos tendríais un problema.

—¿No te he dicho que he vuelto sana y salva? —Melina golpeó a su hermano en el pecho.

Él dio un paso atrás.

—Siempre se pone un pedazo de tripa de oveja antes de penetrarme.

Aurel se atragantó con su cólera. Intentaba demasiado ser el señor de la casa, mientras el verdadero patriarca estaba en la fábrica, fingiendo ser un obrero.

Pitu intentó calmar a Aurel.

—No había ninguna tripa de oveja —dijo.

El muy memo. El idiota.

El hermano le contestó propinándole un puñetazo en la nariz.

—Aquí todavía hacemos matrimonios concertados —dijo.

Pitu gemía. Aurel se fue tan rápido a casa que se olvidó de llevarse consigo a su hermana.

—Esa no ha sido una observación inteligente —le dijo Melina, mientras le palpaba la nariz.

Él gimoteaba. Ella reía.

—Creo que no debemos invitar ni a tu hermano ni a mi primo a nuestra boda —dijo Pitu antes de besarle la mano a modo de despedida. Ese beso era merecido.

Durante todo el camino de vuelta estuvo sujetándose la nariz, como si temiera perderla.

—¿Qué diantres estás haciendo aquí? —exclamó Aurel mientras se acercaba a Pitu con los brazos abiertos.

Ahora sí era el señor de la casa, desde que el viejo se había derrumbado después de bailar en las fiestas del pueblo y había dejado esta vida cantando desafinado. Los dos cuñados se abrazaron. El tiempo era algo extraño. El tiempo lo determinaba todo. Aurel cogió a Pitu por los hombros, y sus manos fueron subiendo desde allí hasta las mejillas de Pitu, que agarró con fuerza. Casi miraba a través de su invitado.

De haber podido, Pitu habría bajado los ojos.

— Tsi? —preguntó—, tsi, ¿qué pasa? No pasa nada, ¿verdad?

—Así que es cierto —dijo Aurel apretando las mandíbulas.

Se repitió, esta vez más rápido, y se golpeó la palma de la mano izquierda con el puño derecho.

Pitu dudó de si podía volver a preguntar «qué». ¿Acaso ambos no se habían dado cuenta de qué iba esto? No lo habían invitado aquí para beberse una copita de vino, en la nevera no había moscatel dulce como la miel, como le había prometido su cuñado.

—En este país, nada es verdad y esa es la verdad.

Aurel señaló con el dedo la gravilla decorativa a sus pies:

—Ya te he dado un puñetazo antes y si es preciso, volveré a hacerlo. Me trae sin cuidado que te estés muriendo. ¡A la familia no se le miente!

Pitu se tocó de nuevo la nariz.

Lo sentía. Sentía estar muriéndose. ¡Maldito médico! Se había ido de la lengua. ¡Claro que se había ido de la lengua, el muy borracho!

¿Qué más podía hacer Pitu que dejar colgar los hombros y seguir a su cuñado hasta el cuarto del jardín? Allí se sentaron a la luz. Pitu y Aurel uno al lado del otro, uno miraba su botella de cerveza, el otro bebía la suya. No era un momento para el moscatel. Cuando no callaban, Aurel preguntaba que si era verdad.

—Lo es —le decía Pitu de nuevo.

— Oi-lele —dijo Aurel, como si hubiese dejado caer un ladrillo sobre su pie. Luego maldijo a Pitu. En vano, pues ya estaba maldito. Estaban sentados delante de la ventana como dos gatos. Ellos también entrecerraban los ojos. Pitu sentía que quería decir mucho más, pero no sabía qué

exactamente. Bastaba con hablar. Las palabras no importaban ahora que nadie podía ya irse de la lengua.

Detrás del enrejado pasaba Thanas, un pastor retirado, con Spiru el perro. Thanas tenía un hijo, que también se llamaba Spiru. Spiru a secas, no Spiru el hijo, aunque tenía que aclarar a menudo a quién se refería cuando hablaba de su hijo o de su mascota. Pitu siempre se reía cuando veía a uno de los dos.

Salvo ahora. Se limitó a decir:

—Ahí anda Thanas. Y Spiru está meando en tu reja.

—¿Está borracho el hijo? —preguntó Aurel.

Pitu se rio a pesar de todo, la espuma de la cerveza se escapó por la barbilla a su sed. Como siempre, su cuñado era el que más alto se reía.

Luego volvió la seriedad.

—¿Te está permitido beber?

—Me voy a morir —contestó Pitu—, tengo que beber.

—¿No pueden hacer algo?

—Soy un caso raro. Pueden alargarme la vida, pero entonces me sentiré como si me muriera. Algún día me desplomaré, igual que ese moscardón que está en el alféizar.

—Un caso raro ahora, un caso extinto después —dijo Aurel y bebió.

Ambos guardaron silencio. Pero no por mucho—. Te echaré de menos.

Quisiera no tener que echarte de menos.

Pitu negó con la cabeza.

—Creo que el médico considera que beber es una buena medicina.

—Debería cambiar su diploma de médico por una licencia de alcohol.

Aurel volvió a soltar una risotada.

Pitu miró el plato que colgaba de la pared como un tapiz. Una orla de flores de colores adornaba el borde. Nunca lo utilizaban para comer. Que él recordara, siempre había colgado allí. Conocía esta casa. Estaba llena. No solo la habitaban su cuñado con su mujer y sus hijos que se negaban a irse de casa, sino que en ella también moraban recuerdos.

Fue en la mesa de comedor que había detrás de ellos donde Pitu tomó asiento con el padre de Aurel y Melina.

—Come algo —le había dicho el padre que ya se había servido un trozo de queso.

También había pitã con ortigas. En cualquier otro momento, Pitu ya se habría llenado la boca. Pero no entonces.

—No puedo tragar nada —contestó.

El padre volvió a dejar el queso en el plato. La gente de montaña deja de comer si el invitado deja de hacerlo, por respeto, así que Pitu se sintió muy respetado por el hombre que tenía frente a él. El padre sospechaba algo. Sus ojos irradiaban placer. El placer era hereditario. La joven que debía convertirse en su mujer lo había heredado. Y Pitu lo adquirió de ellos.

—Quiero casarme con su hija —dijo.

El padre soltó una carcajada —Aurel la había heredado de él— y contestó:

—No soy yo quién debe entregártela. Haz tus deberes, muchacho.

Pitu cogió un trozo de queso. Si se le atragantaba, al menos habría intentado comer algo. Por el anfitrión, por la joven que debía convertirse en su mujer. Antes de tomar un bocado, dijo:

—Sé quiénes somos, señor: Melina ya me ha dado permiso para pedirle a usted su mano.

El padre dio una palmada, como si sellara una transacción consigo mismo.

—¡Aurel, coge el rakia, tenemos algo que celebrar! —gritó mirando hacia atrás, donde su primogénito había estado escuchando la conversación con los brazos firmemente cruzados.

Aurel se levantó, desapareció en la habitación de al lado y luego depositó una botella de agua mineral delante de ellos. Las patas de la mesa por poco cedieron. Las burbujas del agua subieron, como un chaparrón a la inversa.

—Enhorabuena —bramó antes de salir de la casa.

—Ya entrará en razón —le prometió a Pitu su futuro suegro.

Había entrado en razón.

Aurel dejó su botella de cerveza a su lado en el suelo.

—Así que mientes a tu hija, a tu novia y me mientes a mí… Y yo que creía que no eras un cabrón.

Se agachó hacia el otro lado, donde las botellas llenas esperaban en fila a que las cogieran.

—Si el médico hubiera guardado su secreto profesional, ahora yo no sería un cabrón, sino simplemente el enésimo que se muere inesperadamente a causa de un cáncer oculto. Bien es cierto que demasiado pronto, por lo que dirían que mi puntualidad fue siempre excesiva. Una muerte como excusa, antes de que mi vejez haya empezado de verdad.

—Tengo una idea —dijo Aurel.

—¿Para curarme?

Aurel se santiguó y tamborileó sobre su barriga:

—Aunque me parezca a un Dios, no lo soy. —Reflexionó brevemente y volvió a santiguarse, para librarse de las represalias de arriba—. Ya verás.

Pitu tragó y se irguió un poco en la silla. Se había acabado la cerveza.

Miró las botellas entre la silla de su cuñado y la suya. Cinco coronadas, una vacía.

—¿Me echas ya?

—Tu casa es la mía —contestó Aurel.

—¿No querrás decir al revés?

Aurel contuvo la risa entre dientes. Se frotó la nariz y dijo:

—Quédate, amigo mío, cuñado mío.

Cogió una cerveza para su invitado y le quitó la chapa con la parte trasera del santo que estaba en el alféizar.

—¿No deberíamos santiguarnos? —preguntó Pitu, antes de aceptar la botella.

—Los santos están aquí para ayudarnos —contestó Aurel—, y nos ayudan.

A su manera, pensó Pitu, sin admitir ni una pizca de cinismo en su pensamiento. Por un instante estuvo agradecido. Agradecido por las manos griegas que eran hábiles con las suturas y los vinos, pero no con el mortero y la paleta, agradecido de que le hubiesen pedido a su cuñado que hiciera una barbacoa en el jardín del médico, agradecido del desliz que, una vez liberado ya no podía encubrirse, por mucho empeño que hubiese puesto en ello la lengua trabada del médico.

Aurel volvió a colocar el icono en su sitio, apoyado contra la ventana.

Al lado había una foto de Melina. Pitu recordó el momento en el que fue tomada. Samarina ya empezaba a mostrarse al mundo exterior tensando al máximo el vientre de su madre. Tenían que ir a Bituli para un control. Pitu no podía conducir —se había roto la muñeca dando un traspié en un escalón

— así que los llevó Aurel. En la ciudad, se encontraron con un hombre que hacía fotos con una polaroid, como el desconocido tercer hermano Manakia, los famosos hermanos, fotógrafos de sultanes y reyes, que también habían rodado la primera película en los Balcanes.

—Capto recuerdos —decía siempre—. ¿Quieren los señores una foto?

—No —contestaron los cuñados al unísono.

Resultaba casi imposible decir cuál de ellos gritó más fuerte, pero al final fue el asentimiento apenas audible de Melina lo que escuchó el fotógrafo.

Pitu se colocó a la izquierda de su mujer, Aurel a la derecha de su hermana. Pitu no sabía cómo había acabado la foto en manos de Aurel.

Donde debería haber estado su cabeza, se veía la nada de color cartón.

Llevaba así desde hacía años. Sin embargo, desde la muerte de Melina alguien había insertado una foto de carné en una esquina, en la que solo aparecía el rostro de Pitu. Malhumorado, para el pasaporte.

Tampoco sabía cómo había acabado allí esa foto.

Los cuñados se tomaron su tiempo para beberse las botellas de cerveza.

Cuando las acabaron, Aurel fue a buscar otras cuatro en la habitación donde, cincuenta años atrás, había ido a por el agua mineral que su padre no le había pedido. O casi cincuenta años, calculó Pitu, él no llegaría vivo al quincuagésimo aniversario.

Retomaron su silencio. Spiru el hijo pasó por delante de la casa. No meó contra el enrejado.

El Oriente Próximo, así llamaban los europeos occidentales de antaño a los Balcanes. Habían encontrado una manera de darles la espalda a los Balcanes cuando los otomanos llegaron allí. Sencillamente, hacían como si

la región no existiera. Para los orientales, Occidente siempre había estado más cerca que al revés.

—Los turcos fueron los primeros en reconocer nuestra nacionalidad —

le dijo Alcibiades a Costa.

Había pasado una semana desde que Costa había hundido los cuernos en la tumba de su padre. Ambos recorrían el macizo del Pindo para encontrarse con correligionarios. Casi siempre lo hacían en la oscuridad y procurando ahorrar en velas y cuerdas vocales.

—En 1905, el sultán nos concedió nuestro propio millet, nuestra propia comunidad religiosa, un poco de autonomía. Estuvimos tan cerca. Nosotros, los ullah como nos llaman los otomanos, dejaríamos de ser griegos porque practicamos la fe ortodoxa, y seríamos arrumanos porque hablamos arrumano y vivimos como arrumanos. Después de tantos años… Íbamos a romper con el patriarcado griego y fundar una Iglesia propia, instruir a nuestros hijos en nuestra propia lengua, elegir a nuestros propios alcaldes.

Íbamos a tener una vida. Una idea tan pacífica que resultaba insoportable para los pueblos a nuestro alrededor. Y empezó la matanza. Cada bando tenía una carta sobre la mesa, los búlgaros, los griegos, los serbios, los albaneses, todos trazaron otras líneas con tinta indeleble. Una chispa en un barril de pólvora. La historia no lo reconocerá, pues eso implicaría reconocernos a nosotros, pero los arrumanos somos el catalizador de la Gran Guerra que se está librando a nuestro alrededor.

Costa reflexionó. Por primera vez le dolió el estómago al pensar en el apuesto turco al que había matado. Por supuesto que aquel hombre no buscaba fusiles, sino lana, joyas, oro. «Un ladrón», dijo su padre, pero

¿podía considerarse robo si a cambio les daban unmillet propio?

—¡Hazlo! —oyó gritar de nuevo a su padre—. ¡Hazlo!

El cuchillo era afilado, la garganta blanda como la mantequilla.

No, no tenía por qué sentirse culpable. Su padre le había dicho que el turco era un monstruo. Más que un ladrón: un uniforme, y los uniformes eran mortajas para los vivos. Eso le dijo en más de una ocasión. Enseñó mucho a sus hijos sobre el mundo. Era un hombre sabio.

—Nuestra lengua no tiene ninguna palabra para decir «nación» —les dijo, por ejemplo.

Eso mismo le repitió Costa a su nuevo padre, que le llevaba diez años, y puesto que carecían justamente de una palabra que significara nación, eligió la griega laoú.

Alcibiades asintió, acaso asombrado por la agudeza del hombre al que se le acababa de quedar pequeño el cuerpo de muchacho. Rodeó los hombros de Costa con un brazo, como hacía cada vez más a menudo.

—Es una paradoja. Aunque las fronteras son nuestro enemigo natural, las necesitamos para sobrevivir.

Se detuvieron delante del edificio quemado que había llamado enseguida la atención de Costa cuando entraron en Avdela, a un día a pie al sur de Samarina. Las paredes recordaban a una dentadura podrida. Las piedras sobresalían desiguales y negras. Alcibiades golpeó contra la pared.

—Esta fue la primera escuela rumana de Grecia. La fundó uno de los nuestros, Apostol Mãrgãrit, un hombre con visión de futuro. Enseñaba a los niños en su propio idioma y en rumano. «¡Traición!», gritaron por supuesto quienes tenían un país para gritar que había sido traicionado. Metieron a Apostol en prisión, intentaron matarlo apuñalándolo, disparándole, lanzándolo dos veces a un río, pero la muerte se negaba a ir en su busca. A él no le faltaba valor, aunque sí dinero, por eso se fue a buscarlo a Rumanía, donde el Estado era joven y las ambiciones viejas. En Bucarest, pidió una escuela, dos escuelas, cientos de escuelas. Los rumanos estaban dispuestos a ayudar a su pueblo hermano en los Balcanes. A cambio consiguieron influencia, es cierto, y nuestros mejores talentos siguen estudiando en su capital. Entonces, Apostol volvió con nosotros. Fundó escuelas en todas partes. Yo aprendí mi lengua gracias a él. No solo nos dio una voz, sino que era nuestra voz.

Una bala podía matar, una escuela daba vida.

A Costa le habían dado en el hombro, le contó la madre de Pitu al joven Pitu. Un recuerdo de la Segunda Guerra Mundial. Un nicho donde no debería haber ninguno.

—Un círculo perfecto en el que me cabía justo el pulgar. Era muy excitante. Mi primer paladín de la libertad.

Pitu tenía una cicatriz en forma de hombrecillo caminante en la punta de un dedo, porque en septiembre de 1991 abrió una botella de cerveza con

torpeza. Yugoslavia había dejado de existir y ellos lo celebraban emborrachándose. La sangre también corrió durante la revolución de Pitu.

Pero no se trataba de él, se trataba de su padre, como todo en su vida trataba de su padre. Él lo determinaba todo en su ausencia.

Unos soldados griegos pasaron delante de Costa y Alcibiades, que se apretaron todo lo posible contra la pared. Los griegos no prestaron atención a los dos pobres valacos. Tenían otras cosas en las que pensar. Quizá fueran camino de Serbia, para servir y morir.

Alguien silbó. Costa reconoció el tono. Así silbaban a las ovejas, a los perros que debían guiar a las ovejas. Alcibiades contestó. Silbó en un tono más grave, pero más melodioso. Una mujer salió de detrás de una pequeña iglesia. Su largo vestido se arrastraba peligrosamente sobre el sendero de arena. Se arrodilló brevemente, como si se encontrara delante del emperador de Austria y no delante de dos hombres jóvenes con el rostro cubierto de polvo.

—No soy ningún príncipe —dijo Alcibiades.

Sonaba como si ni siquiera él lo creyera.

—Como si no lo supiera —contestó la mujer.

Después lo abrazó.

—¿Es tu hermano pequeño? —preguntó cuando miró mejor a Costa.

—Entre otras cosas.

—¿Tu chica? —preguntó Costa a Alcibiades.

—Qué más quisiera él —contestó la mujer.

Se levantó el vestido, y aunque Costa intentó no mirar, vio la desnudez de sus piernas, el vello oscuro que él quería acariciar, que quería arrancarle con los dientes, jugueteando. Retrocedió ante sus propios impulsos y escondió las mejillas en las palmas de las manos. La mujer no se percató de nada y se sacó un tubo portadocumentos de la media. Se lo mostró a Alcibiades.

—Son los originales —dijo.

—Dáselos al chico.

—¿A él? —dijo ella señalando a Costa con la cabeza.

Lo hizo de tal forma que Costa sintió ganas de esconderse de nuevo en la vieja escuela. Sin embargo, dio un paso al frente. La mujer tenía la voz

áspera. Quizá por eso le gustó Aretia, le dijo Costa dos guerras más tarde en la paja, pues ella solía estar ronca de tanto hablar.

—De todas formas, no sabe leer —dijo Alcibiades.

Costa dio otro paso al frente. Debía andarse con cuidado de no tropezar con su docilidad. Se acercó un poco más, nunca había estado tan cerca de alguien del otro sexo. Su madre no contaba, su hermana tampoco. Se dio cuenta de que la mujer no era más que una niña.

—Yo soy aún un niño —susurró él.

Enrojeció aún más y se preguntó por qué lo había dicho en voz alta.

—Ya lo veo —le soltó ella.

Le apretó los papeles enrollados contra la entrepierna, que cedió poco.

Él los cogió. La mujer se le acercó, y le hizo una seña de que necesitaba su oído. Costa se inclinó hacia ella y giró la cabeza. Ya no la veía a ella, sino a una gallina que ponía un huevo en medio del camino. Un huevo tan blanco como las piernas de la chica.

—Puedo hacer un hombre de ti.

Alcibiades los separó y dijo:

—Ya habéis jugado bastante. Nos marchamos mañana temprano.

Por primera vez, la mujer perdió su máscara de aplomo:

—¿Cuándo volveré a verte?

Puede que fueran imaginaciones suyas, pero Costa dudaba que esa pregunta fuera dirigida a Alcibiades.

Sin embargo, el otro contestó:

—Puede pasar mucho tiempo.

Ella recuperó su máscara:

—No lo creo —dijo guiñándole el ojo a Costa.

Decenas de botas anunciaban un nuevo grupo de soldados. Alcibiades se llevó a Costa a rastras al interior de la escuela, aunque sin techo no pudiera hablarse de un «interior».

Los griegos cantaban, contentos de poder matar y morir por su país.

Alcibiades reflexionó brevemente y dijo:

— Natsie, esa es nuestra palabra para decir nación.

Costa sintió la pared de la escuela rumana en la espalda y, hasta que cayó la noche, se preguntó si era Apostol Mãrgãrit quien había enseñado

esa palabra.

Durmieron con la cabeza apoyada contra la pared. Al menos, se suponía que dormían, pero solo Alcibiades obedecía a la oscuridad. Costa contaba las estrellas, innumerables en el cielo. La ausencia de un tejado era una bendición en verano. Así dormía él siempre con el rebaño. En lugar de paredes eran troncos de árboles, pero por lo demás había poca diferencia.

Oyó pisadas.

De repente, ella estaba allí. No hizo falta que se abriera, que sonara o que crujiera ninguna puerta para anunciarla. Se desabrochó el vestido y se lo quitó pasándolo por la cabeza. En las medias no tenía metido ningún tubo con documentos secretos. Ya no había ningún secreto. Estaba desnuda delante de él.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Costa.

—No te lo diré.

—¿Por qué no?

—Porque debemos estar callados —contestó ella—. Si no sabes mi nombre, tampoco podrás gritarlo.

Su piel se iluminaba blanca bajo las estrellas. Los pelitos que Costa quería sacar de sus piernas con los dientes parecían haber trepado hasta su entrepierna, donde se amontonaban todos.

—Pero me gustaría tanto saber tu nombre —dijo Costa.

Cuando quiso incorporarse, la muchacha le apretó la cabeza contra el suelo con los dedos de los pies, luego se puso en cuclillas sobre su cara y se arrodilló.

—Quieres saber otra cosa —susurró.

Ahora llevaba otra máscara. Una con los ojos elevados al cielo.

La nariz de Costa desapareció en el vello que era más áspero de lo que había pensado.

Todavía se impartían clases en aquella escuela.

Samarina jugaba con el pelo de erizo de Gjoko. Sus púas crujían de lo tiesas que estaban. Las largas uñas de Samarina desaparecían y se asomaban. Las llevaba pintadas alternativamente de rojo y de amarillo. Al chico parecía no

gustarle que alguien lo despeinara, ni siquiera si ese alguien era la mujer más bella de Crushuva, de todos los Balcanes, cuna de la mujer hermosa.

Pero él no se atrevía a decir nada al respecto, por miedo de desatar la furia de la arrumana. Pitu lo veía. Él le ofrecería su propio pelo a su hija si pudiera. Era tan fino que apenas merecía ese nombre, eran más bien mechones, siempre que los pelos individuales se agruparan por casualidad.

Antes, él tenía una mata de cabello negro y ondulado que le caía sobre los hombros. Ahora su cráneo brillaba a través del plateado.

—Ya hablaremos de eso más tarde —dijo Samarina cuando Pitu se fue a sentar con ellos.

No oyó a qué se refería. Pero comprendió que no había sido una casualidad. Pitu fingió que no sentía curiosidad. Su propio secreto le había hecho perder cualquier derecho al conocimiento. Aunque hubiese querido no podía interrogar a su hija.

—¿Quieres ser peluquera o qué? —preguntó Gjoko.

Samarina le mandó callar. Él le agarró la mano y le estampó un beso encima. Ella le pasó la otra mano por la coronilla.

—No, compositora —contestó Pitu en lugar de su hija.

—Musicóloga —lo corrigió Samarina en tono seco.

Pitu dijo:

—En cualquier caso, algo con la música. En nuestro pueblo nos basta con tener a Mamá Ilić de peluquera.

Nuestro pueblo, sí, no el tuyo, pensó sin querer pensarlo. Él no era así, pero sucedió. Habían admitido a los eslavos en sus montañas cuando estos tuvieron que abandonar las tierras bajas huyendo de los turcos. Un acto de humanitarismo, así eran ellos, los que se habían refugiado tantas veces en las montañas que acabaron quedándose a vivir en ellas. Ahora, los eslavos macedonios tenían un país propio, libre de turcos. Ellos sí.

Gjoko miraba por turnos al padre y a la hija. Samarina dijo:

—Mi madre siempre me cortaba el pelo. «Para cortar el pelo no hacen falta diplomas, sino tijeras», decía a veces. Entonces me daba una revista del pato Donald y una taza de té con miel, igual que en una peluquería de verdad.

—Sí, incluso lo decía a menudo —dijo Pitu en voz baja.

Nadie lo oyó, pero no importaba. Se trataba del recuerdo. Se trataba siempre de recordar. Recordar con afán.

Gjoko se levantó apartando como un perrito faldero a Samarina, que estaba sentada a medias sobre su rodilla, y suspiró, irritado.

—Tengo que irme —dijo.

Pitu sonrió por la total falta de cortesía, hasta que vio que su hija miraba afligida a su novio.

—No te vayas por mí —dijo Pitu entonces como si él hubiese echado a Gjoko, como si el tumor saliera a través de los oídos y amenazara a todos a su alrededor.

—En una ocasión maté a un oso —dijo Gjoko, poco impresionado.

—¿Tenéis problemas con los osos en Skopie? —preguntó Pitu.

El joven no contestó. Se limitó a suspirar de nuevo y le dio la mano a Pitu. Una mano tan floja que Pitu se preguntó si habría suficiente fuerza en ella para apretar un gatillo. Estos eran dedos hechos para jugar con una videoconsola.

—Espero volver a verte pronto —dijo Pitu.

Gjoko se encogió de hombros. Los chicos de ahora aspiraban a mostrar la menor cantidad posible de emociones. El que sonriera, quedaría eliminado. El que sollozara, no contaría. El que llorara… ¿Quién lloraba ahora? El rostro tenía que ser inflexible. Liso como un lago de noche.

Solo estaba permitido fruncir el ceño.

En la juventud de Pitu, se apreciaba cada sonrisa. Alguien que caía.

Alguien que se levantaba. Alguien que se atrevía a contar un chiste. El chiste en sí. El signo de exclamación. Una canción. Su madre que cantaba.

Canciones, cãntitsi o lalimata, una palabra tan melodiosa como las propias melodías. Ellos hacían todo lo que podían en el mundo pálido que habían construido los comunistas.

Al llegar a la puerta trasera, Gjoko le lanzó un beso a Samarina. Incluso frunció los labios, casi un exceso de mímica. Ella agarró el beso en el aire, como si fuera una mosca, lo sacudió antes de llevárselo a la boca y tragarlo.

Se echó a reír a carcajadas. Entonces, ni siquiera Gjoko pudo contenerse y demostró que también podía sonreír.

La persona volvió a transformarse en un chico y cerró deprisa la puerta tras de sí. Puesto que su hija no se abalanzaba sobre su pelo, Pitu se rascó la coronilla. Quizá se debiera simplemente a otra cosa, pensó. Ellos, los eslavos, son estoicos; nosotros, los romanos, estamos llenos de vida. Así estaba escrito en el libro de los estereotipos.

—¿Vienes a sentarte en el regazo de tu padre? —le preguntó a su hija.

—¿Se lo pides a todas las chicas jóvenes? —dijo Samarina tomando asiento sobre la rodilla derecha de su padre—. Debes andarte con cuidado con eso.

Pitu notó que su hija, más que sentarse, se ponía en cuclillas. Era el peso de una niña. Él se miró las piernas. ¿Cuándo habían abandonado los músculos su piel? Hubo un tiempo en que Pitu se avergonzaba por el tamaño de sus muslos. Un tío segundo había observado en una ocasión que deberían cortarle una pierna para colgarla a secar en el cobertizo, como un jamón. Así lo hacían en Andalucía. Su tío era un luchador de lucha libre. De los buenos. Los buenos luchadores tenían permiso de los comunistas para ir a España. Y los muy estúpidos volvían a meterse en el avión de vuelta a Yugoslavia.

—Te echo de menos —le dijo Pitu a su hija.

La estrechó entre sus brazos. De repente tenía a una adulta sobre la rodilla. Ella apoyó la barbilla sobre su cabeza. Cada vez que ella sacaba el aire, él sentía cómo serpenteaban los pelos de su cabeza, maleables como la plata líquida. Las uñas de su hija jugueteaban con los pelillos de su nuca.

De esos aún tenía muchos, pequeños y suaves.

Solo más tarde, cuando Samarina se levantó de su regazo sin que él se diera cuenta, se percató de la contradicción de que acabaran extinguiéndose precisamente ellos, que tanto amaban la vida.

Ecaterina atrapó a una araña del suelo con la escoba y el recogedor. El mango del recogedor de plástico era largo, por lo que no tuvo que agacharse. Después agarró el palo de la escoba que también era largo y venía de China y lo apoyó sobre su hombro, como un fusil.

—Sal fuera —le dijo al insecto que estaba enrollado sobre el plástico.

Cãcat maulló. Ya entendía dos palabras. Fuera y comida, aunque no su propio nombre. O tal vez sea más inteligente de lo que creemos, pensó Pitu, y no le gusta que la llamen caca. Intentó atraer al animal para que subiera sobre sus rodillas. Cãcat volvió la vista, pero el tamborileo no le interesaba.

—Ya volverá —le dijo a Ecaterina, que se balanceaba sobre una pierna porque con el otro pie aguantaba a la gata por la barriga. La araña saltó del recogedor y corrió hacia el jardín. Cãcat la siguió y una vez fuera se dejó caer sobre las baldosas, exhausta. Cerró los ojos cuando Ecaterina le dijo que debía andarse con cuidado con los coches, porque no tenía intención de despegar sus restos de la calzada. Ya tenía suficientes alfombras en casa.

Se fue a la mesa del comedor, detrás de la cual dejó la escoba y el recogedor, y pasó la aspiradora de mano por el mantel. La boquilla era voraz. Si la tela no estaba bien estirada, no se limitaba a tragarse las migas.

Aquel aparato se lo había regalado un sobrino de Alemania, donde el dinero era bueno, pero la vida menos. El sobrino había traído dos, uno para su tía y otro para su madre. Cuando su madre murió, Ecaterina heredó también el otro. Ella se lo dio a Pitu, pues ¿qué podía hacer ella con dos aspiradores de mano? Él lo colgó de la pared, como si fuera arte moderno, puesto que siempre sacudía el mantel fuera.

—Es práctica esta aspiradora, ¿verdad? —preguntó Ecaterina.

—Pero no tanto como una mujer —dijo Pitu, que esperaba una réplica.

Solo la estaba chinchando. Cuando todavía estaba casado, era él el que pasaba la aspiradora en casa. O el que barría, puesto que la aspiradora era todavía una escoba que había que enroscar una y otra vez al mango para que no se cayera el cepillo. Cuando reñían, Melina le decía que tenía que ser más hombre. La verdad era que él estaba satisfecho con el hombre que era. Que había sido.

Ecaterina se rio al oír su observación. Su risa era hermosa y contagiosa.

Le recordaba a Pitu a su madre, y a él le gustaba pensar en su madre. La había querido y, sí, también quería a Ecaterina. A veces, limpiar es un acto de amor.

Ecaterina procedía de Beala di Suprã, en las montañas delante del lago de Ohãrda. Cien años antes, allí todavía vivían mil personas, ahora casi se habían extinguido. El último habitante esperaba la muerte que se llevaría a

la vez al hombre y al pueblo. Ecaterina se había mudado con su familia a Crushuva, igual que sus antepasados habían viajado de Moscopole a Beala di Suprã, y se estableció en el siguiente pueblo agonizante antes de perder su identidad arrumana y convertirse en una miac, como se llamaba a las personas con un temperamento cambiante.

—Me voy a jugar a las cartas con las chicas —dijo Ecaterina.

Colgó la aspiradora del clavo que antes de la muerte de la mujer de Pitu aguantaba a Jesucristo. Otro que se preocupaba de las migajas y no del conjunto. Pitu se puso rojo y se propuso santiguarse en cuanto su ex saliera de la casa.

—Ya no estamos juntos —le recordó él.

Él no necesitaba ni una esposa ni una señora de la limpieza. Intentaba convencerse a sí mismo de que así era. Debía estar solo.

—Quizá tengamos que volver a separarnos —propuso.

—Quizá debamos casarnos.

—Saluda a las chicas de mi parte.

Antes de que Ecaterina se fuera, él le cogió la mano y se la apretó contra la mejilla. Era un automatismo. Con los ojos cerrados vio un traje negro y un vestido blanco. Gjoko y Samarina estaban detrás de él mientras el sacerdote oficiaba la boda de los ancianos. Era ridículo. Abrió los ojos.

—No olvides que Cãcat está fuera —le dijo Ecaterina.

Entonces, Pitu se quedó solo. Justo lo que quería. Carraspeó. Se santiguó, después de lo cual llegó la hora del trabajo de verdad.

Fue a sentarse detrás de la casa y llenó la pipa. Por la mañana había ido a la tienda de Maria en busca de tabaco. El nuevo paquete le sabía a gloria.

Sin duda era mejor no guardar el tabaco durante años en un pote que había contenido pimienta.

Se hizo de noche. Una pipa o dos más tarde, oyó algo a uno de los lados de la casa. Primero pensó que era la gata, luego su hija. Sonido de pisadas.

Alguien arrastraba algo sobre las baldosas. Algo pesado.

—¿Quién anda ahí? —gritó Pitu, mientras se dirigía hacia el ruido.

Miró a la vuelta de la esquina y se apretó contra la pared.

En cuanto se acercaba la noche, las golondrinas volaban bajo sobre las casas.

Pitu no estaba solo.

A Roma, ahora sí.

Alcibiades le había asegurado que por lo pronto estaban seguros allí en Saranda, Albania, tal como habían estado seguros en «su Avdela». Aquí estarían incluso más seguros. En el norte no debían guardarse de los soldados. Estos eran italianos, no griegos. Eran de los suyos. Amigos, no, incluso familia. Primos, si es que no eran hermanos.

Había momentos en los que Costa quería abandonar a su nuevo padre.

Sin embargo, una persona solo abandonaba si recibía algo a cambio. Algo mejor. En tiempos de guerra no se podía diferenciar lo bueno de lo malo, por no hablar de lo que era mejor. Alcibiades le parecía a Costa lo mejor de todo.

—¿Has visto alguna vez el mar?

Por supuesto que Costa no había visto nunca el mar. En las montañas no había mares. Allí compraban la sal en el colmado. Sin responder, Costa se precipitó sobre las olas, como una oveja se abalanza sobre las bellotas debajo de un roble. Este mar olía a sardinas en lata, esas también las vendían en el colmado. Costa solo se detuvo cuando notó que el agua rebasaba los bordes de sus botas. La probó, quería cerciorarse de que las historias eran auténticas.

Bah, a él que le dieran el agua de las montañas.

Se lamió la sal de la palma de la mano.

—Tú quédate tranquilamente en la playa —le dijo Alcibiades. Su expresión se tornó grave y solemne, y prosiguió—: Registra este momento.

Todas las primeras veces son importantes. Nosotros iremos a hablar con los italianos y con la delegación francesa.

Dio un golpecito al tubo que Costa había llevado consigo durante el viaje. Costa lo miró como si pudiera atravesar la madera y echar una última ojeada a los documentos que no le estaba permitido ver, pero que él había mirado de todas formas.

Con ese «nosotros», Alcibiades se refería al pastor de ovejas gracias al cual habían podido cruzar la frontera de Grecia a Albania. Un arrumano,

igual que ellos, aunque procediera de la sierra de Grammos situada más arriba. Un grãmustean, que durante su vida ya había sido otomano, griego y albanés y ahora había decidido seguir siendo arrumano. «¿Cuándo nos convertimos en personas que guían a personas que son guiadas?», les había preguntado mientras subían la montaña dando traspiés.

Alcibiades les había prometido a ambos que todo cambiaría.

—La guerra todavía no ha acabado.

En la playa había unas extrañas piedras. Eran puntiagudas y algunas parecían excrementos. Costa miraba la concha que tenía en las manos como si hubiese encontrado oro. Quizá fuera cierto. Las muchachas blancas lucían las conchas sobre la piel, en la que se quedaban adheridas la sal y la arena. Sus cabellos rubios brillaban al sol. Nunca se había percatado de que hubiese tantas mujeres en el mundo. Se preguntó cuántas habría. Seguro que miles. No podía ser de otra forma. Hechizado e incómodo, cambió de posición.

A sus pies se movía una concha. Costa le dio la vuelta, intrigado. ¡Tenía patas! Se echó hacia atrás.

Las muchachas se rieron. Una de ellas le gritó algo. Él no entendió qué.

No hablaba bien el albanés. Su padre había hecho negocios sobre todo con los griegos y los turcos, que podían pagarle más. Él quería hacerles señas a las jóvenes, besarlas si ellas querían besar, pero apartó la vista. Sabía lo que decían de las chicas albanesas. Y sobre todo de sus padres y sus hermanos.

Ellos también besaban, pero con los puños.

Alcibiades se quedó toda la tarde con los generales y los coroneles.

Costa no tenía ni idea de qué hablaban. Él se maravillaba del mar. El sol que se rompía en mil pedazos sobre las olas. Las barcas que se balanceaban como los muleros sobre los burros. Un hombre salió del agua. Costa negó con la cabeza: él no pensaba meterse nunca en el mar, esa agua era para las medusas y las ballenas. En las manos del hombre colgaba una bolsa palpitante.

—Alimento a los italianos —le dijo el hombre a Costa—. Los soldados pagan bien por comida fresca, y esto… —dijo golpeando la bolsa—… es fresco.

—¿Cómo sabe que hablo arrumano? —le preguntó Costa.

—Los italianos han llegado aquí desde el otro lado; los albaneses están acostumbrados a ver su mar, y los eslavos ya no se muestran por aquí.

¿Quién si no quedaría hechizado, durante horas, por esta agua infinita? —El hombre abrió la bolsa y miró su botín. Lo que había dentro, parecía poder devolverle la mirada. La sustancia se movía mucho, cosa que alegró al buceador—. Aquí nos llaman pueblo de pastores. Que así sea. Lleva ese título con orgullo, y recuerda que nuestro hogar está en las montañas.

—Así es —dijo Costa, aunque ya no sabía dónde estaba su hogar.

Cuando viajaba con su padre, siempre lo había tenido claro, aunque estuvieran lejos de casa. Dejaban pastar a las ovejas y vendían sus productos a fin de tener suficiente dinero cada verano para reparar los daños que el invierno había causado a la casa. Tenían un hogar, Samarina. Ahora, Costa no tenía nada que vender, nada que cuidar.

Sin rebaño, ya no era pastor.

—¿Quiénes son los tuyos? —le preguntó el hombre.

Costa le habló de su soi, su familia, y mencionó los nombres de todas las familias con las que estaba vinculada la suya.

—Mi padre nunca venía por aquí —dijo—. A Curceaua sí que iba, eso está más al este.

—Sé dónde está —dijo el hombre—, pues nací allí. Es la ciudad más bonita del mundo. La nueva Moscopole.

—¿Y sin embargo te ha seducido el mar?

—La maldición de la vieja Moscopole golpeó también a la nueva Moscopole —dijo el hombre. Nadie podía detener el fuego. Dejó colgar los hombros. La punta de la bolsa se apoyaba en la arena—. El asesinato de Papa Lambru fue demasiado para mí.

—Lo siento —dijo Costa, no por la tristeza que cayó sobre el rostro del buceador, sino porque no conocía a Papa Lambru—. ¿Quién era?

—Su verdadero nombre era Haralambie Balamaci. Un sacerdote de Curceaua, como te habrás imaginado. Antes de final de siglo, abandonó la liturgia griega y empezó a predicar en nuestra lengua. Apoyó y fundó escuelas de habla rumana. Todo aquello no le gustaba nada al obispo. Pero entonces se declaró la primera guerra de los Balcanes y juntos nos deshicimos de los turcos. Fue un error. Grecia ocupó nuestra provincia. Los

que querían ser griegos, lo celebraron. Hasta que el primer ministro Elefterios Venizelos nos cambió por innumerables islas y nos convertimos en Albania. Los progriegos se sintieron traicionados, pero no por Venizelos,

¿cómo podían enfadarse con Grecia? Tenía que correr la sangre. La de Papa Lambru, porque nunca había ocultado que no quería pertenecer a Grecia.

Todo era culpa suya. Sesenta hombres armados rodearon su casa. Yo acudí al oír los gritos. Alcé la vista, como si lloviera, porque disparaban al aire y no quería que las balas me dieran en la cabeza. Los hombres gritaban que quemarían su casa si seguía atrincherándose. Por supuesto, él no vivía allí solo, su familia y la de su hermano estaban dentro con él. Así que abrieron la puerta. Aquel día, Papa Lambru se convirtió en un santo. Para ser alguien que sabía que iba a morir, parecía inmortal. Detrás de él estaba su hermano.

No quiso volver dentro, por mucho que se lo suplicó el sacerdote. La multitud los agarró a ambos. Los empujaron como ovejas hasta la iglesia en la montaña. Les dieron golpes y patadas. Incluso vi a alguien hundir un cuchillo en la espalda del hermano, pero ¿qué podía hacer yo? En la iglesia los ataron. Es lo más atroz que he visto nunca, créeme. Sus cuerpos acribillados permanecieron tres días atados a los árboles antes de que dejaran que la familia los enterrara. El primer día no quise mirarlos, el último día tuve que hacerlo para saber cómo sería mi futuro si me quedaba.

Los Balamaci que no tenían dinero tenían influencias o viceversa, y en muchos casos ambas cosas. ¿Qué se me perdía a mí en Curceaua si ni siquiera ellos estaban a salvo? —El buceador hurgó en la bolsa, pero volvió a sacar la mano rápidamente. Le sangraba el dedo—. Es una historia larga, lo siento. Lo que quiero decir es que conozco la ciudad. Tal vez le haya comprado queso a tu padre. ¿Cómo le va a él y a su rebaño?

—Las ovejas están bien.

Costa vio el árbol que sujetaba a Papa Lambru, y lentamente el sacerdote se transformó en su propio padre. A él también lo habían atado a un árbol. Tres años más tarde, una guerra más tarde, una frontera más lejos.

Las crueldades en los Balcanes eran imparables.

El mar parecía acercarse cada vez más, hambriento de carne humana que reemplazara la captura del buceador. Pero este no se percataba de la magia.

—Necesitamos un país propio —dijo Costa por fin.

La voz no parecía la suya, sino la de Alcibiades.

Solo entonces lo comprendió. No sabía lo que debía hacer, solo sabía lo que quería. Volvió a imaginarse cómo la noche anterior quitó el tapón del tubo y cerró los ojos, rogando que el sonido seco no despertara a Alcibiades ni al pastor. Ahora que los grillos habían dejado de grillar, los combatientes roncaban. ¿Acaso no tenía él, el portador, el incuestionable derecho de saber lo que llevaba de contrabando?

Costa desenrolló dos hojas, las sujetó con los codos y encendió una cerilla que mantuvo alejada del papel. No logró descifrar la primera hoja.

Demasiados trazos, letras que gracias a Alcibiades podía entender individualmente, pero no así, no cuando se unían formando palabras silenciosas. Salvo las de la última línea: allí leyó nombres, los susurró al leerlos, un Zicu y un Tachi, y los Diamandi. La llama se apagó. A oscuras, Costa colocó el otro documento encima. Las cerillas se cayeron al suelo.

Las buscó a tientas. La primera ya estaba demasiado húmeda para encenderse, la segunda siseó como una maldición antes de prender. Para la segunda hoja no hacía falta saber leer bien. Lo que tenía bajo sus ojos era el mapa del Pindo. Su Pindo, el de ellos. Dios, a él le gustaban los mapas, pero este era el más bonito que había visto nunca. No le hizo falta descifrar las letras para encontrar su pueblo Samarina, justo debajo de sus narices.

Reconoció Gramostea en el norte, Aminciu en el sur, Conitsa en el oeste y Grebini en el este. Avdela y Pirivoli en el corazón, los identificó todos con su memoria y la punta del dedo. Esto es lo que somos, pensó. Alrededor de todo el territorio había dibujada una línea de innumerables mases cogidos de la mano. Una frontera como un gran corro. Esa era una propuesta. Un país pequeño, demasiado pequeño, pensó Costa con la avidez de un adolescente, pero era un país. Su nación. Tenía la forma de Luxemburgo.

Costa nunca había estado allí, ni nunca iría, pero sabía que existía un país con ese nombre y también sabía cómo se había dibujado ese país en Europa.

Este sería su Luxemburgo.

—¿No puedes dormir? —le preguntó Alcibiades.

Costa apagó la cerilla deprisa.

—Tengo frío —dijo.

—En tal caso, piensa en algo que te dé calor —dijo Alcibiades—. El que no puede dormir, tampoco puede soñar.

El buceador se limitó a reír. ¿Un país propio? Sus orejas también se movían, sus branquias. Ja. El mar no solo había emblanquecido su piel, sino que se le había metido por debajo. Demasiada sal no era buena, eso lo sabía todo el mundo. Sin embargo, Costa también sabía que soñaba incluso para este pobre diablo. Alcibiades tenía razón. Gracias a ellos, el buceador podría regresar a las montañas que se encontraban dentro de la línea de mases que bailaban inmóviles.

Alcibiades repartía un sueño.

Su nuevo padre acabaría convirtiéndose en un hermano para Costa.

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