Silas Marner

George Eliot · Capítulo 22 de 23

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Silas Marner

Capítulo XXI

Al día siguiente, cuando estaban almorzando, Silas dijo a Eppie:

—Hay una cosa, Eppie, que tengo la intención de hacer desde hace dos años. Ahora que el dinero nos ha vuelto, la podemos poner en ejecución. He reflexionado en ello mil veces esta noche, y como los días hermosos duran todavía, me parece que partiremos mañana. Dejaremos la casa y todo lo demás al cuidado de vuestra madrina; haremos un pequeño equipaje y nos pondremos en camino.

—¿Para ir a dónde, papaíto?—dijo Eppie muy sorprendida.

—A mi antiguo país... a la ciudad en que nací... al Patio de la Linterna. Deseo ver al señor Paston, el pastor; quizá se haya descubierto algún indicio que haya permitido reconocer que yo era inocente del robo. El señor Paston era un hombre que tenía muchas luces. Quiero conversarle también de la costumbre de «echar a la suerte». También me gustaría hablar de la religión de aquí, porque me inclino a creer que no la conoce.

Eppie se puso muy contenta. Había para ella no sólo la perspectiva de la sorpresa y del placer de ver un nuevo pueblo, sino la de volver a contarle a Aarón todo lo que hubiera visto y oído. Aarón era tanto más instruido que ella en todas las cosas, que le sería muy agradable tener esa pequeña ventaja respecto de él. La señora Winthrop, que tenía un temor vago de los peligros inherentes a un viaje tan largo, exigió que le dieran la seguridad de que los viajeros no irían más allá de las regiones servidas por las diligencias y las lentas carretas. Estaba muy contenta, sin embargo, de que Silas volviera a ver su pueblo y descubrir si lo habían justificado de la falsa acusación de que había sido objeto.

—Así tendríais el espíritu más tranquilo durante el resto de vuestra vida, maese Marner—dijo Dolly—, estoy segura. Y si hay medio de obtener algunas luces en el Patio de la Linterna de que habláis, como tenemos necesidad de ellas en este mundo, yo misma me alegraré de que podáis traerlas con vos.

En fin, cuatro días después Silas y Eppie, vestidos con sus ropas del domingo y con un lío envuelto en un pañuelo de tela azul, atravesaban las calles de una gran ciudad manufacturera. Silas, desorientado por los cambios que un lapso de treinta años había introducido en su ciudad natal, acababa de detener sucesivamente a varias personas para preguntarles el nombre de la ciudad y convencerse de que no estaba bajo la influencia de un error.

—Preguntad dónde queda el Patio de la Linterna, padre, preguntádselo a ese señor que tiene agujetas en el hombro y que está parado en la puerta de esa tienda. No está apurado como los otros—agregó Eppie, bastante afligida por la perplejidad de su padre, y, además, bastante cohibido en medio del ruido, del movimiento y de la multitud de fisonomías extrañas e indiferentes.

—¡Ah! hija mía, no sabrá decir nada—dijo Silas—; las gentes de la burguesía no iban nunca al Patio de la Linterna, pero quizá alguien sepa decirme dónde queda la casa de la Prisión, en la que se encuentra la cárcel. Conozco mi camino desde allí, como si lo hubiese visto ayer.

Llegaron con bastante dificultad a la calle de la Prisión, después de dar muchas vueltas y preguntando muchas veces el camino. Los muros repulsivos de la cárcel fue el primer objeto que correspondiera con alguna imagen en la memoria de Silas, dándole la alegre certidumbre que no le había proporcionado ninguna seguridad relativa al hombre de la ciudad, que estaba en el lugar de su nacimiento.

—¡Ah!—dijo respirando largamente—, ésa es la cárcel, Eppie; no ha cambiado nada; ahora yo no estoy inquieto. Es la tercera calle a la izquierda, más allá de las puertas. Este es el camino que debemos seguir.

—¡Oh! ¡qué feo sitio tan sombrío!—dijo Eppie—. ¡Cómo oculta el cielo! Es peor que el asilo de pobres de Raveloe. Me alegro mucho de que no viváis más en esta ciudad, padre. ¿El Patio de la Linterna es como esta calle?

—Mi querida hija—dijo Silas sonriendo—; no es una calle ancha como ésta. Yo tampoco me sentí nunca a gusto en esta calle grande; pero me gustaba el Patio de la Linterna. Aquí me parece que están cambiadas todas las tiendas; no las reconozco, pero reconoceré la calle porque es la tercera. Esta es—dijo con acento de satisfacción al llegar a un pasaje estrecho—. Ahora tenemos que tomar de nuevo a la izquierda y después seguir derecho durante un corto trecho, subiendo la calle de los Zapatos; entonces estaremos en la entrada del Patio, junto a la ventana saliente. En ese sitio hay un arroyo en la calle para permitir que corra el agua. ¡Ah! ¡me parece que veo todo eso!

—¡Oh! papá, me siento como si me ahogara. No hubiera podido creer que hubiese gente que viviera de este modo, tan aglomerada. ¡Qué lindas nos van a parecer las Canteras al regresar!

—Hija mía, a mí también me parece esto feo ahora, y además hay mal olor. No puedo convencerme de que el olor fuera antes tan desagradable.

Aquí y allí, la cara lívida y sucia de algún vecino miraba a los extranjeros desde el paso obscuro de las puertas, y aumentaba la inquietud de Eppie. De modo que sintió un alivio que desde hacía rato deseaba cuando salieron de los pasajes estrechos para penetrar en la calle de los Zapatos, en la que se veía una faja más ancha de cielo.

—¡Oh! ¡Dios mío!—dijo Silas—; esas gentes salen del Patio de la Linterna, como si volvieran de la capilla, a esta hora del día, a las doce, un día de trabajo.

De pronto se estremeció y permaneció inmóvil, con la mirada perdida y desesperada que alarmó a Eppie. Se encontraban delante de una entrada, frente a una gran manufactura. De aquella entrada salían oleadas de hombres y de mujeres, que iban a hacer su comida de mediodía.

—Padre—dijo Eppie, tomándole de los brazos—, ¿qué os sucede?

Pero tuvo que hablarle varias veces seguidas antes de que él acertara a responderle.

—Ha desaparecido, hija—dijo al fin, con una agitación violenta—. El Patio de la Linterna ha desaparecido. Es aquí donde debía alzarse, porque ésta es la ventana salediza. La reconozco, no la han cambiado; pero han hecho esa nueva entrada; y, además, esa gran manufactura. Todo el Patio ha desaparecido, la capilla y todo lo demás.

—Venid a sentaros en esta tienda de cepillos, papá, os lo permitirán—dijo Eppie, siempre sobre el quién vive, con el temor de que su padre fuera a ser presa de uno de sus extraños ataques—. Quizás los dueños puedan deciros todo lo que ha pasado.

Pero ni el vendedor de cepillos que vivía en la calle de los Zapatos desde hacía diez años, cuando la fábrica ya había sido construida, ni ninguna otra persona a quien Silas tuvo ocasión de dirigirse, pudieron darle el menor dato sobre sus antiguos amigos del Patio de la Linterna, o sobre el señor Paston, el pastor.

—Toda la vieja plaza ha desaparecido—dijo Silas a Dolly Winthrop, la tarde que regresaron—, el pequeño cementerio y todo lo demás. Mi antigua casa ya no existe, ahora no tengo más que ésta. Nunca sabré si se descubrió la verdad respecto del robo, ni si el señor Paston hubiera sido capaz de darme algunos esclarecimientos sobre la costumbre de echar a la suerte. Todo eso está obscuro para mí, señora Winthrop y mucho me temo que así suceda hasta el fin.

—Pues, sí, maese Marner—dijo Dolly, que estaba sentada escuchándole, con su rostro tranquilo, ahora encuadrado de cabellos canos—, yo también temo; es la voluntad de Aquel que está allá arriba, que muchas cosas permanezcan obscuras para nosotros; pero hay algunas que nunca lo han estado para mí; son principalmente las que me vienen al espíritu durante el trabajo del día. Habéis sido duramente puesto a prueba esta vez, maese Marner, y me parece que nunca sabréis la verdadera razón; sin embargo, eso no quita que esa razón exista, bien que la cosa sea obscura para vos y para mí.

—No—dijo Silas—, no; eso no quita que exista. Desde la época en que la niña me fue enviada y en que comencé a quererla como si fuera mía, recibí bastantes luces para tener confianza, y ahora que ella dice que no me dejará nunca, creo que tendré confianza hasta mi muerte.