Sin reglas

Isabel Arranz · Capítulo 6 de 22

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Sin reglas

5. Cuando Nada Es lo que Parece

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CUANDO NADA ES LO QUE PARECE

 

Llevo un buen rato a solas en el dormitorio de Socorro. Ella ha tenido que salir a atender a su madre. Agotada tras una larga noche de llanto y suspiros, la anciana necesitaba de los brazos de la gemela para sentirse un poco reconfortada. Abrazarla es como abrazar a su Mariluz, la oigo decir mientras Socorro la consuela con palabras de un cariño infinito. Yo aprovecho para repasar mis notas y echar un vistazo. Abro el cajón de la mesilla de noche. Una cajita de vaselina, un termómetro digital, un frasco de Vicks Vaporub. ¡Vaya! Esta mujer debe constiparse a menudo, pienso. También hay unos pequeños auriculares. Al fondo encuentro lo que parece una bombonera antigua de porcelana marrón, rematada en las cuatro esquinas con brocados dorados. La tapa, muy delicada, tiene un asa también dorada. La extraigo con cuidado. Debe de tratarse de una pieza antigua, de cierto valor, porque en su base está marcada con el número de pieza: 303. La abro. En su interior guarda una pequeña medalla de oro con la imagen de una Virgen que no llego a reconocer. En el reverso aparece grabada una fecha: 13 de mayo 1984. Por la edad de Socorro, intuyo que debe de ser la de la Primera Comunión. Lo demás son baratijas; pendientes de bisutería, un par de anillos típicos de mercadillo y un sobre en cuyo interior encuentro algo que llama poderosamente mi atención: un capullo seco de rosa roja y un trozo de papel cuidadosamente doblado. Lo despliego; tiene una nota manuscrita con una letra deslavazada: «Sabes que es a ti a quien quiero». Sin fecha y sin firma. Saco el móvil y hago una foto. Esto sí que es una sorpresa. ¿Socorro tiene o ha tenido un amante? ¿Una relación marcada por los celos en la que él le deja claro que ella es la única mujer? ¿Una relación importante que mantiene en secreto, puesto que lo guarda como algo de valor en el fondo de una bombonera reconvertida en joyero? Estos interrogantes me dan una perspectiva nueva de esta mujer. Me reconforta descubrir que posiblemente no sea la persona solitaria que yo pensaba. Lo pongo todo de nuevo en su sitio y cierro el cajón justo un segundo antes de que Socorro entre en el dormitorio.

—Perdóneme, inspectora. ¿De qué estábamos hablando?

—Hablábamos de Villafañe. Me ha dado la sensación de que usted…, bueno, de que tal vez sepa si tenía motivos para matar a su hermana.

—No, que yo sepa…, no. ¿Por qué piensa eso?, —su respuesta no suena muy firme.

—No me haga caso. Me habré equivocado —le digo para hacerle sentir que soy de carne y hueso y que puede confiar en mí—. ¿Y Avelino? ¿Lo cree capaz de matarla?

—¡En absoluto!, —dice Socorro muy convencida—. Si es un pedazo de pan. No. Rotundamente no. Imposible, vamos.

Anoche, interrogando a Avelino, Belmonte le hizo la misma pregunta: «¿Cree que Socorro pudo haber matado a su hermana?». La respuesta fue también tajante y negativa. La tenía por una mujer buenísima, con una paciencia de santa para aguantar a su hermana, que era insoportable, «y que Dios me perdone por hablar mal de la difunta, pero es que se portaba como una déspota con ella», le había dicho literalmente y de carrerilla. En mi cabeza quedan registrados dos nombres para los primeros puestos en la clasificación de sospechosos: Villafañe y Juanita Fernández Romero.

—¿Y usted?

—¿Yo… qué?, —pregunta desconcertada.

—¿Tenía algún motivo para desear su muerte? —Sé que es un golpe bajo, pero no me apetece andarme con más rodeos.

—¡No! ¡Por Dios! ¡No! Es mi hermana —se derrumba mientras sigue hablando de ella en presente; luego, no ha asimilado su muerte—, mi gemela, mi otra mitad. A veces discutimos, como todos los hermanos, pero siempre acabamos pidiéndonos perdón. Ya le he dicho que en mi familia somos una piña. Ella y yo sobre todo. ¡No! ¡Cómo voy a desear su muerte! ¡Por Dios bendito!

Socorro se tapa la cara con las manos. Está al borde del llanto. Después me mira como un cachorro desvalido. Tendría que ser una gran actriz para reaccionar así habiendo asesinado a su gemela apenas unas horas antes.

—Tranquilícese. —Tengo que disminuir la presión o le va a dar algo.

Guardo silencio unos instantes para que se recupere. Afuera, tras la puerta, se oye el rumor de una familia que habla a media voz, ahogada por la pena. ¿Se portaba la víctima como una tirana solo con su gemela? De pronto, la madre grita su mantra: «¿Qué le han hecho a mi Mariluz?». Socorro me mira con los ojos llenos de lágrimas. Me doy cuenta de que debo dar por terminada la visita.

—Es posible que tenga que volver a hablar con usted. ¿Cómo la puedo localizar?, —pregunto guardando la libreta en el bolso.

Me da su número de teléfono y lo grabo en la memoria del móvil. Veo que tengo más de diez wasaps del grupo de Las inmaculadas, el de mis amigas. Nos llamamos así porque nos conocimos en párvulos, en un colegio de monjas del barrio de Chamberí. Más de cuarenta y cinco años de amistad. Ya contestaré. A ver qué quieren estas locas…

—Por cierto, me ha dicho, o le he entendido, que solía esperar a que su hermana la llamara por teléfono para ir a ayudarla. ¿Anoche la llamó?

—No. Por eso cuando me acabé el café volví al teatro. Se estaba haciendo demasiado tarde para el pobre Avelino. Entonces la encontré…

Socorro calla y ahoga un gemido. Me temo que la he dejado hundida en la miseria. Tendrá que recurrir a su libro de autoayuda en cuanto nos vayamos. Sigue gimiendo hasta que rompe a llorar. En ese instante, mi humanidad se impone a mi profesionalidad y le pongo la mano en el hombro para consolarla. Acabo de abrir la compuerta. Socorro se abraza a mí. Siento no devolverle el abrazo. Aunque soy de achuchón fácil con los míos, no me siento cómoda con la proximidad excesiva de los desconocidos. Esta mujer es tan vulnerable que no sabe gestionar las muestras de afecto. Me quedo rígida mientras mi cabeza vuela a la llamada que Luz nunca llegó a hacer. Espero que el Gordo se haya molestado en pedir la orden judicial para revisar el registro de llamadas y los wasaps de su móvil. De pronto, Socorro se da cuenta de mi incomodidad y se separa sin saber qué decir.

Rompo el silencio —y el hielo— recuperando el tono profesional previo al abrazo.

—¿Le importaría enseñarme el dormitorio de Luz? —Se me acaba de ocurrir una idea peregrina.

Socorro, a pesar de su desconcierto, accede.

—Claro, venga conmigo, por favor.

Sale de la habitación sonándose los mocos y con paso ligero en una reacción inconsciente para poner distancia entre nosotras. Voy tras ella. Atravesamos el salón en el que cada vez hay más gente. Veo a Belmonte hablando con Fidel. Señalo la puerta de la calle para indicarle que ya casi he acabado. Él asiente. Entramos en el dormitorio de Luz y mi hiperosmia detecta la misma fragancia que lleva Socorro.

—¿Huele a One, de Calvin Klein?, —pregunto olisqueando las sábanas de Luz. Conozco bien ese olor. Es la colonia que le compro a mi marido y, por qué no decirlo, se la robo de vez en cuando. Socorro me mira intentando disimular su incredulidad.

—Así es. Tiene usted un olfato envidiable.

—No crea. Usted también la usa, ¿verdad?

—Sí.

Asiento. Las gemelas comparten el mismo código genético, porque el perfume huele igual en ambas. Me lo anoto. Miro alrededor. Tal y como esperaba, el dormitorio es un horror ornamental. La cama king size está coronada por un dosel de terciopelo rojo a prueba de claustrofóbicos. A ambos lados, dos mesillas de diseño setentero, imposibles de combinar con el dosel. Las paredes están plagadas de fotografías enmarcadas en las que aparece Luz posando en distintos actos sociales. Entre todas destaca una en la que está haciendo una reverencia a los reyes. Cualquier otra persona tendría fotos familiares para ver la sonrisa dulce de los suyos antes de quedarse dormida; solo alguien cuya vanidad es más grande que su amor empapela las paredes con imágenes de sí misma. Estoy empezando a descubrir una cara del personaje que me deja desconcertada. En una de las mesillas tiene una foto con aspecto de recién parida; pálida, abotargada, con los pelos de aquella manera y una sonrisa que la hace parecer entre bobalicona y dolorida. Tiene un bebé en sus brazos. Aun así, está guapa.

—Si me dice qué busca exactamente, a lo mejor la puedo ayudar —me dice Socorro expectante e incómoda por mi silencio.

No sé lo que busco, pero sí sé lo que quiero encontrar: una pista que me acerque a la identidad del asesino. A un posible amante despechado. Alguien que haya compartido su intimidad hasta el punto de querer matarla por celos o por despecho.

—¿Le importa si echo un vistazo en los cajones de las mesillas?, —le digo, consciente de que para un registro necesitaría una orden judicial que no tengo.

Es la segunda vez en menos de diez minutos que voy a saltarme la ley a la torera. Pero las mesillas suelen ser escaparates de la personalidad, los gustos o las manías de quienes las usan. En la mía, por ejemplo, y entre otras cosas, atesoro las últimas gafas que usó mi padre, un Nuevo Testamento de bolsillo que acompañó a mi abuela Manolita a lo largo de toda una vida de infortunios, un cochecito de Diego o el envoltorio del chicle de fresa que llevaba en la boca cuando Fernando me dio el primer beso —me pilló tan de improviso que casi me lo trago—. Quien mire en mi mesilla se dará cuenta de que mi familia es mi talón de Aquiles.

Afortunadamente, Socorro no me pone pegas.

—Claro. Mire lo que necesite. Pero me gustaría saber qué está buscando.

Abro el cajón de la mesilla de la derecha. Es la que debía de usar más. Lo sé porque encima hay unos auriculares y varias marcas de vasos. Solo encuentro un par de paquetes de pañuelos de papel, una caja de preservativos —puede que trajera aquí a su amante o amantes— y un consolador.

Nota mental: preguntarle a Verónica cómo le va con Manolito, el que le regalamos por su cumpleaños. Cierro el cajón y bordeo la cama para mirar en la otra mesilla.

—Tengo que hacerle una pregunta delicada. ¿Sabe si a su hermana le gustaba practicar sexo duro?

Socorro pone cara de sorpresa.

—No, que yo sepa.

Luz, además de asesinada, fue sodomizada. Eso abre una línea de investigación extravagante pero posible. ¿Y si no fue una venganza y solo estaba teniendo sexo salvaje con alguien y se les fue de las manos? Hay indicios suficientes para seguir en esa dirección: los excrementos —recuerdo a un tipo que apareció muerto en un hotel, en medio de un charco de mierda, porque se había puesto varias lavativas antes de ser sodomizado—, los golpes, la ropa interior rasgada, el rulo de papel en el ano… —¿sadomasoquismo?—. Cuántas veces Huerta, el forense, ha tenido que extraer todo tipo de objetos de todo tipo de orificios.

—¿Me puede decir qué pasa?, —insiste Socorro.

—Simple rutina —miento.

En la otra mesilla solamente hay extractos del banco. El saldo de la cuenta corriente de la Pavones asciende a doscientos cuarenta y tres mil doscientos euros con nueve céntimos. Una pasta que no lograría reunir yo ni aunque trabajase hasta los ochenta años, pero una miseria en comparación con lo que debía de ganar ella. Deduzco que esta es su cuenta personal. Lo demás estará en la cuenta de la empresa. Socorro aún espera que le responda. Cierro el cajón y avanzo hacia ella.

—Ya no la molesto más. —Extiendo la mano para despedirme y nos damos un leve apretón—. Gracias por su colaboración.

—No hay por qué darlas —me dice con gesto de no entender nada.

Voy a salir cuando escucho la voz de Socorro.

—Inspectora —me giro—, haga todo lo posible para pillar al canalla que le ha hecho esto a mi hermana. Se lo pido por mi madre.

Socorro se limpia una lágrima improvisada al pensar en la pobre mujer que gime afuera llamando a su hija muerta.

Asiento y me voy.

En el ascensor, mi compañero me pone al corriente.

—El chaval estaba hecho una mierda. Me ha contado que tenía una relación extraordinaria con su madre —dice Belmonte leyendo sus notas—. Trabaja de guionista en Telemedia, en el programa que presentaba ella. O sea, que se rasca los cojones a dos manos, porque ya me dirás qué hace un guionista de televisión.

—¡Ah! ¿Pero hay guionistas en la tele? —Me quedo de una pieza—. Como no sea en las series… Vamos, que los presentadores ya saben perfectamente lo que tienen que decir, ¿no?

Belmonte se encoge de hombros. No es algo que le preocupe. A mí tampoco.

—En resumen —prosigue—, este chico debía de vivir a costa de su madre, porque o le pagan una fortuna por escribir, que lo dudo, o tú me dirás de dónde sacó el dinero para comprarse un Mercedes Clase E Coupé de más de cincuenta mil euros.

—¿Se han cargado a su madre y él se pone a hablar de coches? No estará tan hecho polvo —digo afectada desde mi perspectiva de madre que a veces lo invade todo.

—No, no. Me lo ha contado uno de sus tíos; para mí que le tiene una envidia que te cagas. Y otra cosa —dice—. Según parece, el chico tuvo hace poco una bronca de narices con su madre porque él salía con una chavala china, creo que una maquilladora de Telemedia. La madre le dijo que o la dejaba o no le daba pasta ni para pipas. Me lo ha contado el mismo tío.

—Entonces, el hijo te ha mentido diciendo que se llevaba muy bien con su madre. ¿Cabría la posibilidad de que la haya matado para heredar y seguir con su novia?, —pregunto en voz alta, más como una reflexión que esperando la respuesta de Belmonte—. Hay que ver qué dice el testamento, si es que tenía.

—Seguro que sí. Esta gente se asegura las herencias.

—Pues eso —confirmo—. De todas maneras, al ser hijo único, se lo lleva todo. Y del resto de la familia ¿qué sabemos?

—Son doce hermanos, contando a las gemelas. Luego, entre primos, tíos y demás, en una boda deben de juntar más gente que un Real Madrid-Barça. Pero, de momento, quedan todos descartados porque estaban en el pueblo. Bueno, menos un primo y su mujer que fueron anoche a ver la función, pero que volvieron a Orgaz nada más acabar —dice el inspector—. Les he pedido el número de teléfono para comprobar su ubicación a la hora del crimen.

Al salir del portal de la víctima, Belmonte y yo tenemos que esquivar una nube de periodistas ávidos de cualquier detalle, por nimio que sea, que les sirva de carnaza para alimentar los programas de televisión que dedican unos minutos a la muerte de Luz Pavones. Definitivamente, no comprendo el empeño de algunas personas por alcanzar la fama, ni la proliferación de esta nueva generación de jóvenes que buscan a toda costa entrar en un reality para mostrar, sin el menor pudor, su intimidad. La suya y la de todo su entorno. Novias, novios, ex, ex de ex, amigos de ex, ex amigos de ex… Una corte de satélites parásitos que orbitan alrededor de un personaje, por lo general de escasa entidad moral, y que se multiplican de manera exponencial en virtud de las barbaridades que vayan soltando por la boca todos y cada uno de ellos. O sea, televisión basura, un género en expansión que todos criticamos, pero que todos, en alguna ocasión, consumimos. Así, llego a la conclusión de que no son las cadenas las responsables de esa degradación de los programas, sino nosotros, los que encendemos la pecera e invitamos a instalarse en nuestro salón a personajes deleznables que nos sirven de rasero para medir nuestra propia decencia y convencernos de que nosotros sí que somos unos seres humanos intachables.

Algo apartado de la maraña vuelvo a ver al periodista madurito e interesantorro. Está entrevistando a uno de los primos de Luz que también estaba hasta hace un momento en el ático. Se da cuenta de que lo he visto, se despide de su interlocutor y avanza hacia nosotros con la melena al viento.

—Perdonen. ¿Podría hacerles unas preguntas?

—Ahora no —le corta mi compañero mano en alto y sin dejar de caminar.

—¿Saben la causa del fallecimiento? ¿Pueden avanzarme algo, por favor? —El periodista no se da por vencido.

—Escuche… —contesto mientras me paro. Él me mira y siento como si lo conociera de antes. Pero no, de qué voy a conocer yo a un periodista—. El caso está bajo secreto de sumario. Cuando estemos autorizados para hablar con la prensa, lo haremos. Muchas gracias.

—Gracias a ustedes. —Nos deja ir. Debe de ser de la antigua escuela. De los que entiende que «no» significa «no».

Noto que me sigue mirando mientras me alejo. Finjo que se me ha desatado la bota, un recurso de primero de adolescencia, y miro disimuladamente hacia atrás. En efecto, me estaba mirando, pero ahora hace que consulta algo en su móvil. Siento una especie de súbita e inesperada bocanada de buen humor. ¡Pero qué me pasa! ¿Estoy idiota o qué? ¿Un desconocido me mira y me hace ilusión? ¿A estas alturas del partido? Lola, tú estás muy mal, me digo.

—Estoy más harto de los periodistas que si me los hubiera comido — protesta Belmonte sacándome de un bucle mental que estaba empezando a resultar preocupante.

—Pues toma bicarbonato —le digo intentando que mi tono suene natural —. Y dame a mí otro poco.

No sé si por el ataque absurdo de adolescencia, por el cansancio o por el ambiente claustrofóbico del piso de la víctima, pero me noto un poco mareada.

—Creo que tengo un bajón de azúcar. Necesito tomar algo para animarme.

—Allí hay una cafetería. ¿Vamos?, —dice indicando el camino con la mano.

Entramos en la única cafetería que debe de haber de aquí a Madrid, porque parece el metro en hora punta. Nos instalamos en un rincón de la barra que acaba de dejar libre un matrimonio de mediana edad. ¿Mediana edad? ¡Como si Fernando y yo fuéramos dos chavales!, pienso. Me sobreviene una sensación incómoda al recordar a mi marido, como si le hubiera puesto los cuernos al intercambiar una simple mirada con un desconocido. Decido olvidarme del tema de la manera más rápida posible: comiendo. Miro en las vitrinas de la barra buscando algo apetecible. Al fondo, en una mesa, está la periodista pizpireta con un chico. Él parece consolarla; le acaricia una mano mientras ella, con la otra, se suena la nariz con una servilleta. Me viene a la cabeza el numerito que le he montado hace un rato.

—Pídeme una Coca-Cola Light y una pulga de jamón —le digo a Alberto antes de abrirme paso como puedo entre la gente.

Me planto delante de la chica. El joven que está con ella debe de ser operador, porque tiene la cámara sobre la mesa. Él me mira y se queda a cuadros. Ella sigue sonándose la nariz. Está llorando. A lo mejor ha estado llorando por mi culpa. Soy una bocachancla cum laude.

—Hola. Normalmente no suelo ser tan borde.

La chica deja de sonarse, levanta la cabeza y, al verme, se pone de pie como impulsada por un resorte.

—Lo siento. Yo no quería ser maleducada con usted. Ni me he dado cuenta de que la tuteaba. De verdad.

—Estaba nerviosa. Es su primer día en la calle y usted la ha dejado en ridículo delante de los demás compañeros —me recrimina él.

Empujo a la chica con suavidad para que vuelva a sentarse. A él lo ignoro.

—Fui yo la que no reaccionó bien.

La chica asiente. Aún le resbala una lágrima por la mejilla.

—En cuanto a ti, don Quijote —le digo al joven señalándolo con el dedo índice—, insolencias conmigo, las justas, ¿estamos?

Le sostengo la mirada por encima de las gafas de sol hasta que consigo que mire hacia otro lado. Estoy muy acostumbrada a este tipo de combates visuales. Tengo al mejor entrenador personal del mundo: mi hijo.

—¿Cómo te llamas?, —le pregunto a la periodista dándome cuenta de que es mucho más cría de lo que me había parecido.

—María —contesta un poco más tranquila.

—María ¿qué más?

—María Otero.

—Vamos a hacer una cosa, María Otero. Tengo la sensación de que nos vamos a ver muchas veces, así que cuando estemos fuera del trabajo, como ahora, nos tuteamos. Y cuando tú lleves el micrófono en la mano y yo la placa, nos hablamos de usted. Te parecerá una tontería, pero, créeme, no lo es.

—Gracias, inspectora —responde la pobre, un poco acojonada aún.

—Inspectora jefa Vergara. Pero todos me llaman jefa —aclaro.

—Todo eso está muy bien, pero cuando volvamos a la redacción le va a caer la peta porque no lleva ni un total —vuelve a meter baza el chico, con tono de reproche.

Es el típico joven que piensa que ser moderno es ir contra el sistema por norma y creer sin lugar a dudas que la policía siempre es la mala de la película. De nuevo lo miro a los ojos fijamente sin decirle nada. María se agarra a su brazo y él recula.

—Vale… Perdón —se disculpa no muy convencido.

—¿Qué es eso de «un total»?, —le pregunto a María.

—Es como llamamos en televisión a algo curioso o interesante que una persona cuenta a la cámara —contesta.

Pienso durante unos instantes que lo que ellos llaman «total» es lo que se ha llamado toda la vida «declaración».

Me pongo la placa para hacer oficial que vamos a hablar en términos profesionales.

—María, le voy a dar un dato para que usted lo difunda como considere. A cambio, confío en que no va a manipular ni a exagerar la información. ¿De acuerdo?

—¡Por supuesto, jefa!, —me dice con los ojos como platos.

—Hasta ahora solo se ha publicado que Luz apareció muerta en el teatro, lo que es absolutamente cierto. Pero lo que no se ha filtrado aún es que tenemos muchos indicios para sospechar que murió de forma violenta.

Me quito la placa y me la guardo en el bolsillo. María me mira como si le hubiera tocado el cuponazo. Pobrecita, es una cría. ¿Cuántos años tiene? Seguro que es su primer empleo.

—Ahora tenéis que jurarme los dos que no vais a revelar la fuente.

—Se lo juro, jefa —dice María besándose los dedos índices unidos en cruz, como hacen los niños, sin atreverse a tutearme.

Miro a su compañero, que asiente sin decir palabra.

—Bien, pues nos vemos.

Me doy media vuelta y me marcho, segura de que ambos se han quedado con cara de no entender nada. Tengo una norma: si alguien mete la pata conmigo, se la arranco. Si la meto yo, me disculpo. En cuanto a la información que le acabo de soltar, se sabría tarde o temprano. Entre otras cosas, porque de esa casa no para de entrar y salir gente y seguro que alguno busca su minuto de gloria delante de las cámaras. Si se da prisa, María puede apuntarse el tanto.

—¿Ve a los jóvenes de aquella mesa?, —le digo al camarero, que asiente —. Cóbreme a mí lo que hayan tomado.

—Sí, señora —dice, y se va a atender a otro cliente que no para de hacerle señas.

—Tiene razón mi padre cuando dice que debajo de esa fachada de tía dura hay un pedazo de pan.

—Pídeme otra pulga de jamón, que con esta no tengo ni para un colmillo. Y por listo, pagas tú.

 

Volvemos por la N-VI dirección Madrid. Al fondo a la izquierda se ven, nítidas, las Cuatro Torres. Es uno de esos días raros en los que Madrid no luce su boina de contaminación. Belmonte conduce en silencio mientras yo, acusando el cansancio por la falta de sueño, me acomodo en el asiento y me abandono a unos minutos ajenos a la investigación. Abro el grupo de WhatsApp de Las inmaculadas: ¡veinticinco mensajes ya! ¡Están locas! Veo que el último es de Verónica y dice: «Lola paso de tu culo. Cuando te dé la gana de leer esto, me llamas. Besos». Todo esto escrito, en realidad, sin comas, ni tildes, ni nada de nada, claro. Voy hacia atrás para ver de qué va la conversación. Marga y Verónica están dándole vueltas a la muerte de Luz Pavones. Rosa todavía no se ha conectado.

—¿Te importa que haga una llamada personal?, —le pregunto a Alberto por cortesía. Me parece de pésima educación, cuando alguien te lleva en su coche, ponerte a rajar, a lo tuyo, como si el otro fuera tu chófer.

—Y dos.

Busco a Verónica entre mis contactos y pulso la tecla de llamada. Suenan varios tonos, pero no contesta. Abro el WhatsApp y escribo: «Holaaa!!! Estoy currando. Anoche tuve que volver al teatro porque la Pavones apareció muerta, como ya sabéis. Pero no os puedo contar más. Oído, Vero? Pues, hale, ya hablaremos guapasss!!!». Añado varios emoticonos de una carita guiñando el ojo y otro con la boca fruncida en un beso. Lo leo por si el autocorrector ha escrito alguna palabra rara. Todo bien. Pulso «Enviar».

Al instante empiezan a entrar mensajes en ristra:

Marga: Pero q la pasao??? No nos dejes a medias

cabrona!!!!!!!!

Rosa: Tengo un resacon que me cago toa y no parais de

rajar… Q pasaaaaaa????????

Marga: Q se ha muerto Luz Pavones!!!!!!!

Rosa: Como se va a morir si anoche la vimos y estuvimos

bailando con ella????

Marga: Q se ha muerto coño!!! Lola diseloooooo

Lola: Q si Rosa que se puede hacer la conga con unas

ridiculas y morirte esa misma noche… de hecho a mi me

dieron ganas de palmarla de la vergüenza q me hicisteis pasar

Rosa: Joder!!!!! Y de q ha muerto la pobre???

Marga: Tan joven…

Lola: No se sabe

Rosa: Q pena

Lola: No se q decir…

Marga: Comorrrrrrr?????

Lola: Q no era lo q parecía…

Rosa: Tan joven???????

Lola: Q no coño. Q t contesto a lo de la pena

Rosa: Q no t da pena??????

Lola: Q si pero q no es lo q pareciaaaaaaaaaa!!! Joder a

ver si nos centramos

Rosa: Debe ser la resaca pq no entiendo nada

Lola: Q debía ser un poco brujilla!!!

Verónica sigue sin meter baza. Debe de estar llevando a un cliente. Trabaja catorce horas diarias en su taxi —excepto el día de descanso que marca la ley— para pagar la licencia, el taxi, la hipoteca y la carrera de sus dos hijos: Carlota, una chica preciosa y muy inteligente que algún día acabará como jefa de Cardiología del Hospital Monte Sinaí; y Pancho, un deportista nato que, si no se gradúa en Derecho Internacional, le ganará a Rafa Nadal en el Roland Garros. O eso dice su madre entre carcajadas. Verónica siempre se ríe. Siempre. A pesar de que ha estado más sola que la una desde el día en que el sinvergüenza del padre de sus hijos —el Fugitivo, le llama— quedó en ir a recogerla con el coche al mercado y la dejó allí plantada, con las bolsas llenas de comida y los dos niños pequeños. Mientras tanto, él estaba de camino a Zaragoza con una fulana para no volver jamás. A partir de ese día, Verónica se partió el lomo y, con algo de ayuda de sus padres, fue quitándose pufos; ahora, por fin, se siente segura de sí misma y, sobre todo, fuerte. O como ella dice, más feliz que una perdiz.

Vero: Por fiiiiiiiin. Q coñazo de pasajero me ha tocaooooooo

lola cuentaaaaaa

Lola: No puedo

Vero: Pues stan dando el coñazo en la radio toda la mañana.

Stoy de la Pavones hasta los coj…

Lola: Ordinaria!!!!!!

Vero: Jjjjjjjj…

El soniquete del teléfono me está poniendo de los nervios. Me despido.

Lola: Chicas stoy d servicio. Hablamos vale??? Bssssss

Silencio el grupo. Resoplo. Belmonte, que me ha estado mirando de reojo, se ríe.

—Te faltan dedos para hablar por WhatsApp. ¡Joder, qué velocidad!

—Y eso que hoy me pillas lenta. Si me ves a pleno rendimiento… Sale humo de la pantalla.

Voy a guardar el teléfono en el bolso cuando llega otro mensaje.

—Hola. Ya tengo el despiece. Pasaos por aquí que hay algunas cosas interesantes —leo en voz alta—. De verdad que nunca entenderé el sentido del humor forense. ¿Es necesario decir «despiece»?, —me quejo.

—¡Qué quieres! Huerta está todo el día entre fiambres —lo justifica mi compañero.

—Pues a ver si entre lo que diga la autopsia y lo que encontremos en el teléfono de la víctima nos sacudimos este asunto cuanto antes —digo mientras busco a Sanz en mi lista de contactos—. Espero que el Gordo haya hecho su trabajo.

Tras un par de tonos, escucho la voz del Gordo imitando el mensaje de un contestador automático.

—Está usted llamando al subinspector Sanz. Si es para invitarlo a café, pulse uno.

Pongo el teléfono en manos libres para que mi compañero lo escuche. Su gesto lo dice todo: este tío no tiene remedio.

—Si es para darle el día libre, pulse dos —continúa—. Si es para ascenderlo, pulse…

—… Si es para mandarlo a tomar por saco, pulse cuatro —digo antes de que siga con su retahíla de gracietas.

El Gordo se troncha.

—¡Vergara! ¿Es que no puedes prescindir de mí ni en sábado?, —me suelta en su tono chabacano habitual.

—Primero, me llamas jefa, no Vergara. Segundo, no estoy para chorradas y, tercero, ¿habéis mandado ya al laboratorio las muestras de Pavones?, — digo con autoridad porque no hay nada que le fastidie más.

—Ya está todo en marcha, jefa. Esta misma mañana —contesta muy serio. Se nota que le ha molestado. ¡Bingo!

—Perfecto. ¿Y cuándo tendremos el registro de las llamadas del móvil?

—¿Qué móvil? Allí no había ningún teléfono. —Su tono suena como si lo hubiera pillado en una falta.

—¡Imposible! En su casa no estaba, me lo habría dado la hermana. Y me ha venido a decir, más o menos, que no se despegaba de él ni para cagar. — No sé qué tiene este tipo que con él me cambia hasta la forma de hablar.

—Entonces se le habrá caído al váter, porque en ese camerino no estaba y nosotros no lo tenemos.

Me quedo callada, jurando en arameo. ¿Dónde demonios está el puñetero móvil?

—¿Jefa? ¿Sigues ahí? —El Gordo debe de pensar que se ha cortado. O que le he colgado. No sería la primera vez.

—Estamos aquí —dice Belmonte—. Suelta lo que tengas que soltar, que vamos a entrar en un túnel.

A mi compañero también le hartan las tonterías de este tipo.

—A ver… Como el móvil no estaba, he llamado a la jueza Estébanez, que se ha enrollado y nos ha mandado la orden para triangularlo, y… ¡tachááán! ¡Lo hemos localizado!

—¿Dónde?, —pregunto mientras, sorprendida por la eficiencia inusual del Gordo, le hago a mi compañero una señal de aprobación con el dedo pulgar hacia arriba.

—En la plaza de Tirso de Molina. A seis minutos del teatro La Latina.

—¡Al lado de mi casa!, —le digo a Belmonte.

—Ya hemos detenido a un tipo. Lo están trayendo. En cuanto llegue, se ponen con él Morales y Valdés —se explaya el Gordo—. Con suerte, libramos el fin de semana.

—No cantes victoria tan pronto. ¡Ah! Y buen trabajo, Sanz —le digo para darle un poco de jabón, y cuelgo.

—¿De verdad crees que el asesino va a ser tan idiota de quedarse con el móvil de la víctima?, —me dice Belmonte.

—¿Y si se la cargó un fan pirado?, —reflexiono.

—¿Como a John Lennon?

Nos miramos y asentimos. Hay tanto chalado suelto que no conviene descartar ninguna hipótesis.

—Un mitómano que se guardó el teléfono como recuerdo. —Enseguida me doy cuenta de mi error—. No. Un admirador no la hubiera torturado.

—Salvo que sea un psicópata. Imagínate que estaba enamorado de ella y que, al no sentirse correspondido, la mató.