Sin trama y sin final

Anton Chejov · Capítulo 1 de 12

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Sin trama y sin final

Introducción

Antón Chéjov

Sin trama y sin final

99 Consejos para escritores

ePub r1.1

Titivillus 24.07.15

Antón Chéjov, 2002

Edición: Piero Brunello

Traducción: Víctor Gallego Ballestero

Editor digital: Titivillus

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INTRODUCCIÓN

 

1. La nariz rota del escritor

Este libro recoge algunos consejos de escritura de Antón Chéjov, entresacados de su epistolario. Son sugerencias minuciosas que Chéjov extraía de su propia experiencia de lector y de escritor. «Una mala crítica es mejor que nada… ¿no te

parece?», escribía a su hermano mayor Aleksandr[1]. De ese modo pensaba ayudarlo, aliviando la soledad que acompaña la escritura. En una de las cartas a Gorki, Chéjov observó una vez que «escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos

ningún lugar al que ir[2]».

En su cuaderno de apuntes Chéjov ironizaba sobre el papel de cierta crítica: «La opinión de un profesor: lo que cuenta no es Shakespeare, sino el comentario a

Shakespeare[3]». Por tanto, este librito presenta los consejos de Chéjov sin comentario, pero con la recomendación de tomarlos en serio. En un principio fueron elegidos para uso personal, pero las sugerencias de un gran escritor pueden ser provechosas para mucha gente. De ahí nació la idea de componer un libro, dividido en función de los argumentos.

Sin trama y sin final es un pequeño vademécum del que pueden beneficiarse no sólo quienes quieran afrontar la escritura por primera vez, sino también quienes ya la practican. Baste un ejemplo: Raymond Carver, que dio muchos años clases de escritura creativa, ha declarado que Chéjov tuvo «una enorme importancia» en su trabajo. Y los consejos de escritura de Carver lo demuestran: preferir «un lenguaje común pero preciso», rechazar «las palabras sobrecargadas por una emoción descontrolada», escribir para presentar «un testimonio serio de nuestras vidas»; en

fin, sentir que la crítica «puede aliviar el sentido de soledad» de quien escribe[4].

 

2. Hacía tanto tiempo que no bebía champán

Chéjov escribió en una carta: «Leer detalles de mi propia vida y, aún más, escribir

para la imprenta sobre ese particular, constituye para mí un auténtico martirio[5]». Ante una frase como ésa, resulta difícil trazar una semblanza, no ya de Antón Chéjov, sino de cualquier persona. Por tanto, mejor hacerlo con sus propias palabras. El siglo se estaba cerrando, Chéjov tenía treinta y nueve años y, no pudiéndose negar a enviar un currículo, escribió esta rápida autobiografía:

 

Yo, A. P. Chéjov, nací el 17 de enero de 1860 en Taganrog. Primero

estudié en la escuela griega próxima a la iglesia del zar Constantino, luego en el instituto de Taganrog. En 1879 ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad de Moscú. En general, en aquella época tenía un concepto vago de las distintas facultades y no recuerdo en qué consideraciones me basé para decantarme por la Medicina, pero no me arrepiento de la elección. Ya en el primer año empecé a publicar en revistas semanales y en periódicos, y a comienzos de la década de 1880 esas ocupaciones literarias adquirieron un carácter permanente y profesional. En 1888 me concedieron el premio Pushkin. En 1890 viajé a la isla de Sajalín y más tarde escribí un libro sobre nuestras colonias penitenciarias y prisiones. Sin contar las reseñas, las recensiones, los artículos, los sueltos y todo lo que he escrito día tras día en los periódicos, y que ahora me sería difícil buscar y reunir, en veinte años de actividad literaria he escrito y publicado más de cinco mil páginas impresas de relatos y cuentos. También he escrito obras de teatro.

Estoy convencido de que la práctica de la medicina ha ejercido una

profunda influencia en mi actividad literaria, pues ha ampliado notablemente el campo de mis observaciones y me ha proporcionado conocimientos cuyo verdadero valor para un escritor sólo puede comprender un médico; también ha ejercido una influencia orientativa; probablemente, gracias a mi familiaridad con la medicina he evitado muchos errores. El conocimiento de las ciencias naturales, del método científico, siempre me ha tenido en guardia; siempre que me ha sido posible he tratado de atenerme a los datos científicos y, cuando no ha sido posible, he preferido no escribir. En ese sentido me gustaría señalar que en el arte las convenciones no siempre permiten una correspondencia plena con los datos científicos; no se puede representar en el escenario una muerte por envenenamiento como sucede en la realidad. Pero la correspondencia con los datos científicos debe percibirse también en tales circunstancias; es decir, es necesario que el lector o el espectador comprenda que se encuentra ante un escritor experto. No pertenezco a esa clase de escritores que manifiestan una actitud hostil a la ciencia ni me gustaría formar parte de quienes extraen conclusiones sobre cualquier tema con la única ayuda de su cabeza.

En cuanto al ejercicio de la profesión médica, siendo estudiante trabajé

en el hospital provincial de Voskresensk (cerca de Nueva Jerusalén), en la sección del renombrado médico provincial P. A. Arjanguelski; más tarde, durante un breve período he trabajado como médico en el hospital de Zvenigorod. En los años del cólera (92-93), dirigí el sector de Mélijovo, en

el distrito de Seppujov[6].

En ese escrito Chéjov no menciona su enfermedad, de la que sólo hablaba con personas amigas, y disminuyendo su gravedad. A los quince años tuvo una peritonitis que estuvo a punto de costarle la vida. Desde entonces sufrió desarreglos intestinales. A los veinticuatro años aparecieron los esputos de sangre y los primeros síntomas de tuberculosis. A los treinta y siete la enfermedad se agravó. Estaba cenando en un restaurante de Moscú con el editor Suvorin. «Acababa de sentarse frente a Suvorin — así reconstruye Raymond Carver el episodio en un famoso relato dedicado a su maestro Chéjov— cuando, de pronto, sin ninguna señal previa, la sangre empezó a salir a borbotones de su boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al baño y trataron, sin éxito, de parar la hemorragia con compresas de hielo». Se recupero en una clínica. «Cuando Suvorin fue a visitarlo, Chéjov se excusó por el “escándalo” que había causado en el restaurante tres noches antes, pero rechazó con cierta insistencia la gravedad de la situación. “Reia y bromeaba como de costumbre”, anotó

Suvorin en su diario, “mientras escupía sangre en una bacinilla”[7]».

Empezó a pasar los inviernos en Crimea. Hizo algún viaje con la esperanza de curarse. Un verano se trasladó a Badenweiler, una localidad de la Selva Negra para enfermos de tisis, con la actriz Olga Knipper. Se habían casado tres años antes.

Una noche Chéjov solicitó la presencia de un médico, algo que no había hecho en su vida. Olga llamó al médico y pidió que le trajeran hielo. Luego se puso a picar el hielo sobre el suelo, en silencio, ayudada por un estudiante ruso alojado en el mismo hotel.

 

Llegó el doctor Schwörer —escribió Olga en su diario—, pronunció un

comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con

insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: « [8]» Ich sterbe. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: «Hacía tiempo que no bebía champán». Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño…

Cuando Antón Pávlovich dejó de existir, una polilla gris, de

dimensiones enormes, entró por la ventana y, con un ruido desagradable, empezó a chocar con las paredes, el techo y la lámpara, como en una

agonía de muerte[9].

 

Era el 2 de julio de 1904. Chéjov tenía cuarenta y cuatro años.

3. La isla de los condenados

Un paso atrás. A los treinta años, Chéjov emprendió un viaje a la isla de Sajalín, la isla de los deportados. Las cartas que envió desde Sajalín constituyen una parte muy significativa de su epistolario. En muchas de ellas afloran los motivos más profundos de su escritura: la fuerza moral que guiaba su pluma, así como la progresiva superación de los obstáculos que se interponían entre la experiencia vivida y su traducción literaria. Las personas próximas a Chéjov no comprendieron los motivos de una empresa tan fatigosa. A su editor Suvorin, que consideraba inútil el viaje, le respondió:

 

Sajalín puede ser inútil y carecer de interés sólo para una sociedad que

no deporte allí millares de hombres y no gaste en ella millones de rublos. […] Sajalín es un lugar donde los hombres, ya sean libres o prisioneros, tienen que soportar sufrimientos intolerables. […] Lamento no ser un sentimental, de otro modo diría que deberíamos ir en peregrinación a lugares como Sajalín, como los turcos van a La Meca; en cuanto a los hombres de mar y a los estudiosos de los problemas carcelarios, deberían mostrar el mismo interés por Sajalín que los militares por Sebastopol. De los libros que he leído y estoy leyendo se desprende que hemos hecho que millones de hombres se pudran en prisión; hemos dejado que se pudran sin razón alguna, sin criterio, de un modo bárbaro; les hemos obligado a recorrer miles de verstas en medio del frío, encadenados; les hemos contagiado la sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado la delincuencia, y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja. En la actualidad toda la Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros; no obstante, nada de eso nos

importa ni nos interesa[10].

 

Chéjov sentía sobre «cada uno de nosotros» la responsabilidad de lo que estaba sucediendo en un lugar aparentemente lejano. Escribir sobre Sajalín era un modo de salir de la indiferencia. Había libros sobre Sajalín, pero eran ejercicios retóricos. «Hablando en general —escribió a su editor—, en nuestra dilecta patria hay una enorme pobreza de hechos y una gran riqueza de razonamientos de todo tipo; es algo de lo que me voy convenciendo a medida que leo los libros que existen sobre

Sajalín.»[11] Decidió ir a echar un vistazo. Sus amigos le aconsejaron que solicitara cartas de presentación a alguna autoridad. Pero Chéjov no les hizo caso.

El viaje a través de Siberia fue largo y difícil; la elaboración de la encuesta, muy fatigosa. «He visitado todas las colonias —escribió—, he entrado en cada casa y he hablado con todo el mundo. Para el censo he empleado un sistema de fichas y he registrado a cerca de diez mil personas, entre detenidos y colonos. En otras palabras, no hay en Sajalín un trabajador forzado o un colono que no haya hablado

conmigo.»[12] [13] Conoció a «todas las celebridades» de la isla. Le ofrecieron ayudantes, pero prefirió confeccionar el censo solo. No estaba interesado en el número de fichas, sino en los encuentros personales y en lo que veía y experimentaba en su interior mientras confeccionaba la encuesta. En el libro explicó: «El objetivo principal no eran los resultados, sino las impresiones que me proporcionaba el propio

proceso de investigación[14]».

A causa del cólera, Chéjov tuvo que regresar por el mar de Japón, el océano Índico, Ceilán y el canal de Suez. Una vez en casa, se encontró con un baúl lleno de documentos. Aunque había estado fuera tres meses, se sentía con fuerzas para ponerse a trabajar. Escribió a Suvorin: «Por fin estoy en casa, sentado delante de mi escritorio. Rezo a mis olvidados penates y le escribo. Experimento una sensación de

bienestar, como si nunca hubiese salido de casa[15]».

Quería escribir una relación del viaje, pero, a pesar de las miles de fichas y apuntes, no lo conseguía. Los primeros intentos tenían un tono falso. Con el tiempo comprendió el motivo y así pudo terminar el libro, que vio la luz más de tres años después del viaje. «El tono falso —escribió a su editor— consistía en que daba la impresión de que con mi Sajalín pretendía dar una lección a alguien, y al mismo tiempo parecía que escondía algo, que no decía todo lo que quería. Pero apenas me puse a describir lo extraño que me sentía en Sajalín y qué clase de puercos hay allí, el

trabajo avanzó a buen ritmo y sin impedimentos»[16].

El viaje a Sajalín ayudó a Chéjov a comprender por qué escribía y a reflexionar sobre los fines de la escritura. La enseñanza que extrajo (o que vio confirmada) se resume quizá en las palabras que anotó en una libreta de apuntes: «La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la

libertad[17]».

Chéjov escribió en una carta que «la vida rusa aplasta al hombre hasta que no

queda de él ni siquiera una traza de humildad; lo aplasta como haría una roca[18]». Miraba a su alrededor. Se sentía extraño. Escribir era un acto de libertad en un país «donde no hay libertad de prensa ni libertad de conciencia, […] donde la vida es

sofocante y miserable, y apenas hay esperanzas en un futuro mejor[19]». No quería dar lecciones, sino ser «un simple cronista» cuyo objetivo es «la verdad incondicional y

honrada[20]».

 

4. La vida como es

Chéjov sentía el absurdo contraste entre las palabras que se dicen y se escriben y la vida que se lleva; entre aquello que uno cree ser y lo que de verdad es. Tras una comida organizada para celebrar el aniversario de la liberación de los siervos de la gleba, escribió en su diario:

 

Me parecía absurdo y molesto estar sentado a la mesa, bebiendo

champán, escuchando discursos que celebraban el despertar de los humildes, la libertad y demás, mientras al mismo tiempo otros siervos con traje negro corrían de una mesa a otra, igualmente esclavos, y fuera, a la intemperie, ateridos de frío, esperaban los cocheros. Eso significa pecar

contra el espíritu[21].

 

Los hombres y las mujeres de los cuentos de Chéjov son así, en particular las personas instruidas. Kropotkin escribió que ningún otro escritor ruso había representado tan bien «los defectos de la naturaleza humana en nuestra civilización contemporánea», especialmente «la completa ruina moral de los intelectuales». Durante un tiempo sus personajes han escuchado y aceptado «pensamientos mejores de los que están en circulación en los ambientes más bajos del filisteísmo», pero después la «bajeza y la vulgaridad de la vida cotidiana» mata todas sus aspiraciones, y al final repiten «mecánicamente ciertos actos día tras día […], cayendo

gradualmente en una completa apatía intelectual e indiferencia moral[22]». Nabokov, a su vez, ha escrito:

 

El intelectual chejoviano es un hombre en el que se entreveran la más

profunda respetabilidad de que es capaz el ser humano y una incapacidad casi ridícula de transformar en actos los propios ideales y los propios principios; un hombre dedicado a la belleza moral, al bienestar de su gente, al bienestar del universo, pero incapaz de auspiciar ninguna mejora en su vida privada; un hombre que desperdicia su existencia provinciana en una bruma de sueños utópicos; que sabe con exactitud lo que está bien y por qué merece la pena vivir, pero que al mismo tiempo cada vez se hunde más en el fango de una existencia monótona, infeliz en el amor, desesperadamente ineficaz en todo: un hombre bueno que no sabe hacer el bien. […] Ese hombre es infeliz y hace infelices a los demás; no ama a sus propios hermanos, ni siquiera a las personas que le son más próximas, sino a las más remotas. La suerte de un negro en un país lejano, de un culi chino, de un obrero de los Urales le causa sufrimientos morales más intensos que las desventuras de su vecino o las tribulaciones de su mujer. [… ] Eran hombres que podían soñar, pero no gobernar. Arruinaron su propia vida y

las de los demás; eran insensatos, débiles, fútiles, histéricos[23]…

La escritura debía expresar ese vacío. Chéjov escribió al editor Suvorin que los mejores escritores «retratan la vida como es», pero de tal modo que el lector siente «cómo debería ser: eso es lo que nos cautiva». En cuanto a sí mismo y a los escritores de su generación:

 

Nosotros representamos la vida como es, punto y final… Y no

conseguirá que vayamos más allá, ni siquiera con una fusta. No tenemos objetivos inmediatos ni lejanos, y en nuestra alma reina el vacío absoluto. Carecemos de convicciones políticas, no creemos en la revolución, no tenemos Dios, no tememos a los fantasmas; en cuanto a mí, ni siquiera temo la muerte o la ceguera. […] Grigoróvich y usted piensan que soy inteligente. Sí, soy inteligente, al menos hasta el punto de no ocultarme mi enfermedad, de no mentirme a mí mismo ni esconder mi vacío bajo harapos ajenos, como por ejemplo los ideales de los años sesenta, etc. Yo no me arrojaré, como Garshin, por el hueco de la escalera, pero tampoco me

consolaré con esperanzas en un futuro mejor[24].

 

5. Consejos de escritura y de vida

Chéjov no se adhirió jamás a un movimiento político. Nabokov ha observado que no entraba en su naturaleza: «Creía que lo más necesario era la justicia y durante toda su vida alzó la voz contra cualquier clase de iniquidad; pero lo hizo como escritor.

Chéjov era ante todo un individualista y un artista[25]».

La observación de Nabokov ayuda a comprender por qué los consejos de escritura de Chéjov son al mismo tiempo consejos de vida. Chéjov recomienda «retratar la vida como es» y «no mentirse a sí mismo». Verdad y honradez forman la base de la buena escritura porque ante todo forman la base del comportamiento individual y de la acción política. Ningún «futuro radiante», ningún «amor por el futuro» pueden

justificar la mentira, escribió en una carta al editor Suvorin[26].

En la época del caso Dreyfus, Chéjov escribió que la cuestión en Francia había «derivado por el terreno del antisemitismo, un terreno que hiede a matanzas», y admiró a Zola porque basaba su juicio «sólo en lo que ve, y no en fantasmas, como los demás». Cuando algo no nos va bien, añadía, «buscamos las causas fuera de nosotros y las encontramos enseguida: “son las habituales porquerías de los franceses, son los judíos, es Guillermo…”. El capital, los espantajos, los masones, el sindicato, los jesuitas: sólo son fantasmas, pero ¡cómo alivian nuestra inquietud!». Dreyfus podía ser culpable y Zola estar equivocado, pero los errores cometidos por la gente sincera son menos peligrosos, concluía, «que la mentira calculada, los

prejuicios o las consideraciones políticas[27]».

Chéjov no pensaba que los intelectuales tuviesen prerrogativas especiales para dar lecciones. Les atribuía una gran responsabilidad «porque en la naturaleza cada cosa influye en las demás; el hecho mismo de que yo haya estornudado hace un minuto

tendrá algún efecto en la naturaleza circunstante[28]». Pero cuando veía que los escritores y los intelectuales se unían para algún fin, sentía amenazada «la libertad y la amplitud de miras». En las revistas, comentó en una carta, «reina una atmósfera

tediosa, de club, de partido. Se ahoga uno[29]».

A Orlov, que le hablaba de las culpas de los preceptores y elogiaba a la intelligentsia, Chéjov le respondió: «La culpa no la tienen los preceptores, sino toda la intelligentsia […]. Creo en los individuos, veo la salvación en unas pocas personas, esparcidas por todos los rincones de Rusia —sean intelectuales o campesinos—; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos. Ningún profeta es honrado en su tierra; los individuos de los que hablo constituyen una parte pequeña de la sociedad, no

dominan, pero se ve su labor[30]».

La norma de conducta del intelectual, como de cualquier individuo, era la libertad. A su hermano Aleksandr, que había empezado a colaborar en una revista, le aconsejaba: «Decir: “¡Esto no me gusta!”, basta para afirmar la propia independencia

y por tanto la propia utilidad[31]». Esa regla de comportamiento afectaba a todos los individuos. No había necesidad, escribía en una carta, de una «solidaridad particular, profesional, de ambiente», entre los intelectuales. Prefería un intelectual libre a uno solidario. Sólo así, escribía, «es posible la estima e incluso la amistad y la simpatía en

los momentos penosos de la vida[32]».

En una carta a Pleschéiev, Chéjov decía que no sentía «una predilección especial ni por los gendarmes ni por los carniceros ni por los científicos ni por los escritores ni por los jóvenes». Añadía: «Considero un prejuicio las insignias y las etiquetas. Mi sancta sanctorum es el cuerpo humano, la salud, el intelecto, el ingenio, la inspiración, el amor y la libertad más absoluta; liberarme de la mentira y de la violencia bajo cualquier forma: ése es el programa al que me atendría si fuera un gran

artista[33]». A Chéjov le interesaba el individuo. Desconfiaba de las clasificaciones y de las etiquetas. Por eso no daba crédito a las clasificaciones psiquiátricas que en ese período se estaban estructurando en el ámbito del pensamiento médico y científico. Thomas Szasz, uno de los representantes de la crítica radical a la psiquiatría, ha escrito que se debe elegir entre Pinel, uno de los fundadores del pensamiento psiquiátrico, y Chéjov: «O empleamos el lenguaje de las enfermedades mentales para alcanzar algunos de nuestros particulares fines políticos y morales, o bien empleamos el lenguaje del discurso humano para afrontar en serio los problemas de la condición

humana[34]».

 

6. Chéjov y Tolstói

«La ausencia de cualquier tipo de violencia y de mentira», que Chéjov indicaba como programa de vida y criterio de buena escritura, hace pensar en Tolstói, al que Chéjov frecuentó y del que fue amigo. En ese período Tolstói se ocupaba de escribir ensayos, llamamientos y cartas abiertas sobre la violencia, la guerra, el poder y la mentira. Chéjov compartía la intolerancia de Tolstói a cualquier tipo de autoridad — de los padres, de la riqueza, de la celebridad, del Estado, de los militares, del clero— Al igual que él no soportaba la hipocresía de las prácticas religiosas. En una carta escribía:

 

De niño recibí una educación religiosa, ¡y qué educación! Basada en

himnos, recitaciones de los «apóstoles» y letanías en la iglesia, con la obligación de ayudar en la misa y tocar las campanas. Y ¿cuál es el resultado? Si pienso en mi infancia, me parece más bien tétrica; ahora no tengo religión. Sabe, cuando mis dos hermanos y yo cantábamos en medio de la iglesia la composición para tres voces Arrepentíos o Voz del arcángel, todos nos miraban conmovidos y envidiaban a nuestros padres, pero

nosotros, en ese momento, nos sentíamos como pequeños forzados[35].

 

Recordando ese episodio de infancia, uno de sus primeros biógrafos ha hablado

de un Chéjov «ya rebelde, casi anárquico[36]».

A partir de la década de 1890 Chéjov se aparta de las concepciones políticas y filosóficas tolstoianas, en nombre de una postura científica y materialista y de la libertad individual. «No creía en [nada que no pudiese percibir con uno o más de sus

cinco sentidos», ha observado Raymond Carver[37]. A diferencia de Tolstói, que tendía a idealizar las tradiciones campesinas y la lejanía del mundo del campo de las modas

urbanas, Chéjov tenía fe en el progreso y en la cultura[38].

Así cuenta Chéjov a su editor Suvorin sus diferencias con las concepciones tolstoianas, en una carta de 1894:

 

Quizá se deba a que no fumo, pero la moral tolstoiana ha dejado de

conmoverme; en el fondo de mi alma siento por ella animosidad, lo que no es justo. Por mis venas corre sangre campesina, de modo que las virtudes campesinas no me causan ninguna impresión. He creído en el progreso desde la infancia, como no podía ser de otro modo, porque la diferencia entre la época en que me azotaban y aquélla en que dejaron de hacerlo era enorme. Siempre he amado a las personas inteligentes, la sensibilidad, la cortesía, el espíritu sutil, y el hecho de que la gente se rasque los callos o que sus pies despidan un olor asfixiante me deja de todo punto indiferente, como también que las señoritas lleven rulos por la mañana. Sin embargo, la

filosofía tolstoiana me ha afectado profundamente y me ha dominado durante seis o siete años; lo que más influía en mí no eran las tesis fundamentales de Tolstói, que ya conocía de antaño, sino su modo de exponerlas, sus razonamientos, y, probablemente, una especie de hipnotismo. Pero ahora algo protesta en mi interior; un razonamiento imparcial me dice hay más amor por la humanidad en la electricidad y la máquina de vapor que en la castidad y en la abstención de comer carne. La guerra y los tribunales son un mal, pero de ahí no se deriva que yo tenga que andar con chanclos y dormir sobre una estufa junto a un trabajador y su

mujer [39]…

 

Tres años más tarde Chéjov se recuperaba en una clínica, después de la primera hemorragia grave, la del restaurante. Tolstói fue a verlo. La diferencia de opiniones no enturbió nunca su amistad. Hablaron de la inmortalidad. Tolstói admitía la inmortalidad de todos los seres vivos, más o menos en el sentido en que la entendía Kant: «Todos nosotros (hombres y animales) —decía— viviremos en un principio (razón, amor), cuya esencia y fin constituyen para nosotros un misterio». Chéjov guardaba silencio, mientras imaginaba que se fundía con una informe masa gelatinosa. Más adelante diría: «No consigo imaginarme semejante inmortalidad, no

la comprendo[40]».

Pier Cesare Bori sintetiza del siguiente modo las distintas concepciones de los dos escritores: mientras para Tolstói la libertad consistía en «satisfacer la necesidad de una ley dada, de una tarea ya asignada», Chéjov reivindicaba «el derecho de todo el mundo a probar diversos caminos, a errar, alcanzando con ello un desarrollo pleno de

su humanidad[41]».

 

7. Así que ésta es la vida, ¿eh?

Los cuentos de Chéjov son un modelo para aquellos escritores y escritoras a los que no les interesa la trama, «sino lo que sucede en un suspiro, en un cruce de miradas, en un momento detenido, cuando todo se vuelve evidente y arcano». Así escribe Francesca Sanvitale refiriéndose a Katherine Mansfield, una escritora «laica» que prestaba atención «a la certeza externa del mundo, al hormigueo constante de la vida», intuyendo, como Chéjov, que «la belleza de la vida estaba precisamente en su

apariencia calidoscópica[42]». En una carta de 1921, expresaba con estas palabras su admiración por Chéjov: «El artista contempla con atención la vida. Dice en voz baja:

“Así que ésta es la vida, ¿eh?”. Y se pone manos a la obra para expresarla[43]».

¿Se trata de falta de compromiso, es decir, del abandono de las prácticas de denuncia y de mutuo apoyo exigidas a todos, incluidos los intelectuales? Dejemos la respuesta y la tarea de cerrar esta invitación a la lectura a Natalia Ginzburg. En una entrevista concedida en los últimos años de su vida, la escritora retomaba la opinión —y las palabras mismas— de Chéjov para afirmar que no veía contrastes entre «el compromiso» que sentía «de vez en cuando» como intelectual y la «falta de compromiso» que consideraba «indispensable en un novelista»:

 

Hasta cierto punto he pensado que prefería la falta de compromiso… no

que lo prefería, sino que era completamente necesario, indispensable para un novelista. Que un novelista no debía ponerse como objetivo tratar de mejorar la sociedad, sino simplemente escribir lo mejor posible sus novelas. Es algo de lo que estoy convencida. No he escrito nunca novelas comprometidas; hasta cierto punto la idea de la falta de compromiso me ha parecido la única justa para un novelista. Pero soy una persona y como tal soy sensible a las exigencias del compromiso civil. En suma, soy un novelista cuando escribo novelas, pero, cuando no las escribo, no lo soy. Y entonces siento la exigencia del compromiso civil. De vez en cuando. De vez en cuando. […] Creo que los novelistas describen la sociedad, la vida

como es, y la aman como es[44].

 

PIERO BRUNELLO