Sofía de los presagios

Gioconda Belli · Capítulo 22 de 41

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Sofía de los presagios

Capítulo 22

 

No le queda más remedio que volver a oír hablar de ella porque el Juzgado de Masaya ha mandado a colocar los edictos hasta en las paredes de la iglesia del pueblo, y el juez le ha mandado un emisario conminándolo a que se presente o nombre un representante. Él insiste que no va y nombra guardador a Fernando.

—Esa hijueputa mujer me persigue —se queja Fernando de su esposa—. No sólo me tocó cuidarla todos estos años. Ahora me va a tocar divorciarme de ella.

En la casona, Sofía ha acomodado lo que era su antigua habitación de soltera como oficina. El escritorio de don Ramón, un antiguo mueble de caoba con patas trabajadas e infinidad de gavetas, ha sido colocado en el centro. Frente a él hay dos sillas mecedoras y una mesa con mantel bordado. Debajo de la ventana se puede ver la máquina de coser de Sofía. En una de las esquinas hay una mesa redonda con manteles hasta el suelo, adornos y floreros y en la otra, una línea de archivadores de metal. En la pared hay una foto antigua de don Ramón enmarcada con borde dorado. A diferencia del resto «renovado» de la casa, la oficina de Sofía es una mezcla de antiguo y moderno, de cosas de mujer y cosas de hombre. La puerta abierta da al patio.

Sofía está sentada ante el escritorio revisando los papeles del divorcio que le dejara don Pascual. En pocos días será el juicio y Fausto está por llegar con el abogado que fue a conseguir a Managua.

El lenguaje legal le suena artificioso y absurdo, tanta palabrería y formalidad para exponer simplemente que el contrato matrimonial no tiene ya razón de ser, puesto que uno de los contratantes desea finiquitarlo. Antes de la Ley del Divorcio Unilateral, habría sido imposible para ella divorciarse, habría tenido que probar que René le pegaba o era adúltero. Según había leído en los periódicos cuando se discutía la ley en la Asamblea Nacional, la prueba de adulterio era tan ridícula que establecía que el hombre era adúltero sólo si entre su cuerpo y el de la mujer con que se presumía había cometido este delito, un testigo no lograba hacer pasar un hilo, la «prueba del hilito», se le decía popularmente. «Adefesio Jurídico» le había llamado la abogada pecosa y de pelo negro que explicó todo eso en la Televisión. Como siempre, por supuesto, la ley era más dura con las mujeres que con los hombres, por eso estas se encargaron de lograr la aprobación de la actual en la que se establecía que el matrimonio era un contrato voluntario. Cuando una de las partes dejaba de tener voluntad, el contrato podía disolverse mediante un trámite judicial para determinar la guarda de los hijos, división de propiedades, etc. Como ella no tenía nada en común con René, el trámite sería expedito. Eso había dicho don Pascual.

Tocan a la puerta y Fausto entra seguido por un hombre con cara de niño, alto, delgado, de un blanco deslavado y con un bigote rojizo que se toca a menudo. Por un momento Sofía teme que Fausto haya contratado a uno de sus amigos, pero los descarta porque ella se encargó de dejarle claro que no serían compatibles con su noción de un leguleyo capaz de ganar juicios en las cortes donde se imponía el que gritaba más.

—Jerónimo es experto en divorcios y en casos difíciles —añade Fausto a las presentaciones.

Jerónimo no es experto en divorcios, si bien ya se ha encargado de unos cuantos. Él prefiere trámites menos complicados donde las leyes no entren en el arenoso terreno de los sentimientos. Su reputación se la ha ganado escriturando empresas y lidiando con rapidez con los trámites burocráticos gracias a los buenos contactos que ha logrado agenciarse y que mantiene aceitados como un exquisito mecanismo merced a atenciones e invitaciones diversas. Sólo su afición por la psicología le ha motivado a hacerse cargo de divorcios «difíciles» que le permitan ver el flujo y reflujo de las pasiones humanas. Desde que Fausto —a quien conoce a través de su afición al cine— le contara la historia de Sofía, ha seguido con atención los pormenores y no lo pensó dos veces cuando él le propuso que la representara en el divorcio. El también siente curiosidad por la «gitana» y ahora la mira tratando de descubrir signos secretos en la cara de la mujer que escucha atenta sus explicaciones sobre el trámite judicial.

Jerónimo dice que no espera mayores complicaciones, dado que no hay hijos ni bienes mancomunados. En casos como esos, el juez puede fallar una vez que el trámite conciliatorio no muestre que la parte demandante está dispuesta a revocar su decisión. Le pregunta a Sofía si hay algo que ella quisiera reclamar de su antigua casa.

—Aparte de ocho años de vida, nada —dice ella.

Fausto interviene recordándole las maravillosas sábanas bordadas y manteles que él mismo comprara en Bélgica con dinero de don Ramón, pero ella lo queda viendo con expresión de censura, mientras el abogado sonríe y piensa cuan propio de Fausto es el preocuparse por esas delicadezas. Jerónimo les informa que Fernando será el representante de René. Sofía se imagina aquel último enfrentamiento con el mandador. Será bueno verlo en la silla cerca de ella y saber que ningún poder tiene ya para conducir su caballo de las bridas. Los dos, a través de los años, habían terminado por odiarse, quizás precisamente porque ambos, al haber tenido ese tipo de extraña relación que se establece entre el carcelero y su víctima, guardaban una malsana atracción el uno por el otro.

Sofía observa al abogado tomar nota en una libreta menuda. Se ve que es una persona organizada. Cuando abrió el maletín, ella pudo ver los cuadernos y lápices bien ordenados y hasta un pañuelo blanco impecable doblado sobre los papeles.

La reunión termina con el acuerdo de encontrarse a la puerta del Juzgado de Masaya en dos días, fecha en que se realizará el trámite conciliatorio.

—Lo voy a despedir a la puerta —dice Fausto—. Bonita tu prima —le dice Jerónimo, tocándose el bigote, ya cuando los dos han salido y van de camino hacia el automóvil.

Fausto sonríe y piensa cómo él ya ni se fija en el aspecto físico de Sofía. No presta atención a su ropa, ni al hecho de que jamás usa maquillaje. Recuerda cómo, antes de que se casara, él sí se preocupaba por darle consejos de belleza y hasta hubo una época en que pensó que podría enamorarse de ella, pero hacía tanto de eso.

—Me gustó lo que dijo —y Jerónimo trata de imitar la entonación que Sofía diera a la frase—. «Aparte de ocho años de mi vida, nada». Está bueno eso. Nos vemos el jueves —añade entrando al carro.

—Ciao —lo despide Fausto.

A la hora del almuerzo, Fausto y Sofía conversan sobre sus amplios planes de diversificar los cultivos de la hacienda, sembrando flores y habilitando una finca de cacao que está abandonada en el Mombacho, para exportarlo a Costa Rica. La mesa del comedor tiene un mantel de plástico con flores en relieve que Fausto detesta, pero que Sofía defiende porque es más fácil de limpiar que los de tela. Petrona les sirve diligente, trayendo y llevando platos, tortillas y el pichel con refresco, de la cocina a la habitación al lado del jardín, donde Sofía ha instalado el comedor.

—Me dijo Jerónimo que eras bonita —le cuenta Fausto, mientras comen arroz con leche de postre. Con esa introducción, continúa hablando como para sí mismo sobre el hecho de que para él, ella es ahora su hermana y ya no le importa verla con aquellos blue jeans sucios o la colección de camisetas baratas que ella se pone para andar en el día.

Hace tiempo que ella también dejó de preocuparse por su aspecto. Con René hacía algunos esfuerzos sobre todo cuando salían a misa o a reuniones en el pueblo pero aquel matrimonio la había hecho perder totalmente el deseo de verse atractiva. Prefería que René no se fijara en ella como mujer y así minimizar las embestidas sexuales y dejarlas reducidas a las noches. Ni se acuerda que es mujer. Si no fuera por las miradas de lujuria de los finqueros ricos que así pretendían recordarle que no era más que una hembra, cuyo mayor capital era su cuerpo y no su fortuna, se olvidaría del todo del peso de su sexo. De todas formas, para qué le había valido ser supuestamente «bonita», como había dicho Jerónimo, sino para aquel matrimonio desafortunado.

—Deberíamos ir a Managua, para que te compres ropa y algún maquillaje — sugiere Fausto—. Ya también deberías pensar en echarte cremas en el cutis. Acordate que vas para los treinta años.

Por asociación, cuando se queda sola, Sofía recuerda a Esteban y recuerda que trabaja en el Juzgado de Masaya.

No le gustaría saber quién es, piensa, mucho menos que él oyera su nombre y quisiera hablarle. Si bien hay poco peligro de que se reconozcan porque nunca se han visto, Sofía no es ajena a la manera en que la vida juega con las casualidades y hace malas pasadas. Sentiría terrible vergüenza de verle la cara y saber que él recordaría las idioteces que ella solía decirle al teléfono. Nunca más, desde que decidió no volver a hablarle, ha vuelto a pensar en él. Es casi como parte de una infancia que se ha desvanecido sin por eso perder el sabor de nostalgia que aún no deja de aparecer de vez en cuando en sueños y pesadillas en que Esteban aparece vestido de gitano salvándola de voraces incendios.

Pero las ensoñaciones románticas y hasta los impulsos de su cuerpo han dado paso a la más absoluta indiferencia. Ni ganas le dan de meterse al baño y tocarse, como le pasaba antes de irse de su casa antes de que se muriera don Ramón y todo su tiempo se ocupara en planificar el escape. Ahora ha estado demasiado distraída con la reorganización del trabajo en la finca y llevando las cuentas de cuantiosas sumas de dinero, cuyo contacto le es sensual y vivificante, igual que los ritos mágicos que aprendió de Xintal. Siguiendo sus instrucciones saca todos los días religiosamente una copa de agua a tomar el sereno a las seis de la tarde y luego se la bebe en su habitación al lado de una candela encendida, realizando luego los ritos de la noche en que sale a tenderse bajo una estrena sobre un cuero de vaca liso y sin pelo. Trece minutos mira fijo la estrella, antes de retirarse a dormir.

Todas las noches, Teresa, la mujer de José, el mandador, escondida tras los arbustos de flores rojas que separan su casa de la casa-hacienda, ve salir a la patrona arrastrando la baqueta hacia el patio frente a la casa. La ve tenderse sobre el cuero con los brazos en cruz y mirar fijo al cielo. A nadie le ha dicho nada, ni siquiera al marido porque este la regaña cada vez que se atreve a insinuar que la doña es bruja, pero a ella le consta. Con Petrona es con la única que conversa y aunque esta la trata de convencer que son cosas sin demasiada importancia, que ella le trabajó tantos años a la señora cuando era mujer de don René y nunca vio nada demasiado extraño, Teresa teme que cualquier día de estos, como dice Patrocinio, el diablo baje, la preñé y le toque al Diriá, que ya para colmo es conocido como pueblo «brujo», la desgracia de ser la cuna del Anticristo. Por eso ha hecho su deber el vigilar los ritos nocturnos de la patrona y no regresa a la cama, donde el marido ya ronca y duerme el sueño pesado de los inocentes, hasta que no ve a Sofía entrar a la casa, sin que ningún viento helado o fogonazo en el cielo anuncie la presencia del demonio.

Teresa es la que ve salir una noche a Samuel de entre los arbustos, registra el susto inicial de Sofía y luego los mira a los dos irse caminando en medio del monte como si fueran gatos que pudieran ver de noche.

Samuel nunca ha creído en las pócimas para el amor o sus males, le basta con creer en sí mismo. Además no es el amor, sino el cuerpo de Sofía lo que le interesa. Está convencido de que no hay modo que aquel cuerpo pueda ser indiferente a los llamados de la carne, por eso no le toma mucho tiempo decidirse a aparecer en El Encanto y lo hace de noche porque es la hora que más le favorece. Se topa con Sofía extendida en el suelo.

—Bien te hagan las auras de las estrellas —saluda.

Sofía se sobresalta momentáneamente, pero cuando comprueba que se trata de Samuel, se inclina y sonríe.

—Me asustaste —le dice—. Qué milagro por estos lados.

—De milagros vivo yo. Andaba caminando por estos rumbos buscando unas hierbas que florecen de noche y se me ocurrió pasar a visitarte.

—¿Quieres pasar adelante?

—Más bien te iba a decir si no querías acompañarme. Esos ritos que estás haciendo son buenos, pero yo te puedo enseñar otros mejores, te puedo enseñar a ver cosas con sólo quemar unas hierbas especiales.

Sofía se levanta y se sacude la ropa. Hay algo prometedor y prohibido en la expresión de Samuel que le atrae e intriga. El hombre le produce un poco de repelo, pero la atracción de lo que ofrece es mayor. Caminando uno al lado del otro, bajo la luz de la luna que ilumina las veredas, se introducen los dos entre los árboles frente a la casa, rumbo a los sembradíos de flores.

Samuel no habla, se concentra en que su cuerpo emita los invisibles tentáculos de su deseo para que Sofía los perciba y se deje seducir.

Sofía lo observa caminar mirando al suelo, tocando con la vara que lleva en la mano este arbusto y aquel. La camisa que lleva el hombre está abierta adelante sobre los pantalones caqui holgados que lleva amarrados a la cintura con una especie de soga. Sus brazos son musculosos y fuertes y la luna los hace destilar reflejos cobrizos.

Sofía recuerda cuando le pegó en su choza y la expresión con que la llamó «diabla». Hacía tiempo que se lo había perdonado porque era más fuerte la complicidad y la relación familiar que había establecido con Xintal, doña Carmen y él. Ellos, de extraña manera, habían venido a suplantar a los parientes que pudo alguna vez haber tenido. El hecho de que eran brujos y su relación con la magia, los ubicaba como seres especiales en el pueblo, y permitía la fácil identificación que se había establecido con ella. Pero la intimidad con las dos mujeres, casi de madres a hija, no existía con Samuel. Sofía evoca la intensa experiencia erótica que vivió con él en ancas de su caballo.

Guardando las distancias, Samuel le recordaba un poco a Fernando. Era un hombre.

—¿Así que te vas a divorciar de René…?

—Sí.

—Nunca le fuiste infiel.

—Con el pensamiento, muchas veces.

—¿Ves esta flor? Es una amapola salvaje, quemándole la corola se producen unos vapores que lo transportan a uno a tiempos más livianos y llevaderos. —Samuel señala la agrupación de flores naranja, que Sofía ha visto creciendo salvaje en grandes cantidades a la orilla de las veredas de la hacienda. El hombre se inclina, corta una buena cantidad y las echa en un morral de tela que lleva colgado del hombro.

—Esto que ves aquí es la sábila. Ya la conoces, ¿verdad? Es buena para el pelo, para la piel y para muchas otras cosas.

—Yo lo que quiero es sentir lo que pasa cuando quemas esas hierbas que dices.

Samuel le indica que siga caminando sobre la vereda. Con sus ojos busca el lugar apropiado para hacer la pequeña fogata y sugestionar a Sofía. Por fin, adentrándose en una vereda, llega a un guayacán cuya copa baja forma una especie de pequeño refugio.

—Aquí —dice Samuel y de inmediato quiebra unas ramas, las acomoda con piedras en el suelo e inicia una mínima fogata. Sofía se sienta cerca del fuego. Samuel ve su cara iluminada con la anticipación y la curiosidad y saca de su morral las flores que antes cortara.

—Ven cerca de mí —le dice.

Sofía se acerca. Entre los dos se han establecido corrientes cómplices y subterráneas avivadas por la noche, la luna y el fuego.

Samuel echa las flores en la fogata y le indica que se acuesten los dos con la cabeza a pocos metros de la fogata en la dirección de donde sopla el viento, para que el humo y los vapores viajen hacia ellos.

Sofía le obedece. No bien se acuesta en el suelo, siente que la excitación cede paso a una sensación de bienestar. Es placentero sentir la tierra bajo su espalda y ver la luna asomándose entre las pequeñas hojas del guayacán que forman dibujos negros en la sombra. Samuel se acuesta a su lado. Ella siente su respiración fuerte y su mano ancha y áspera buscando la suya. Deja que él le tome la mano y cierra los ojos, esperando experimentar las sensaciones que él ha vaticinado.

La mano de Samuel empieza a moverse sobre su brazo y antebrazo. Sofía siente ligeros estremecimientos empezar a invadirle el pecho, desmadejándola. Hace mucho que nadie la acaricia. Nadie la ha acariciado jamás así de suave. Es cierto lo que dijo Samuel, se experimenta más liviana y un calor de flores le entra en las venas y baja hacia su ombligo. Con los ojos cerrados deja que las manos de Samuel suban hacia sus hombros, su cuello, el contorno de su frente, la profundidad de su pelo ensortijado. Ya no siente aspereza en su contacto, las manos de Samuel se han trocado en mariposas ciegas que revolotean sobre todo su cuerpo. Sin abrir los ojos, deja que el hombre le incline la espalda para quitarle la blusa; las mariposas, entonces, revolotean sobre sus pechos desnudos y cuando él le quita la falda, el calor de su cuerpo es ya tan intenso como el de la fogata y cuando abre los ojos, Samuel se ve hermoso y color de cobre bruñido, desnudo, despojándola del último vestigio de ropa. Las mariposas se posan tanteando sobre su sexo y Sofía abre las piernas y siente la urgente necesidad de ser penetrada hasta lo profundo de sí misma. Sin embargo, Samuel continúa multiplicando milagrosamente sus manos y a Sofía le parece que los arillos y las luciérnagas danzan con él en el cortejo de los machos y también le están haciendo el amor todas las criaturas de la noche. Por fin siente el sexo de Samuel entrando en su interior, un sexo vivo y de alta temperatura, cómodo y que no la ofende como el enorme miembro de René. En ese momento nada existe para ella más que el movimiento fluido de aquel cuerpo hurgándole el placer que ella jamás ha conocido de esta forma. El hombre excava tenaz abriéndola a un mundo de experiencias apenas intuidas en sus solitarias exploraciones consigo misma. Sofía gime, se mueve contribuyendo en la búsqueda ciega del punto mágico que detonará los diques de las aguas que suben y buscan salida. La fogata apenas existe aún, la oscuridad es más densa.

Samuel y Sofía jadean y murmuran cada vez con más urgencia hasta que ella siente que el vientre se convierte en flor y abre todos sus pétalos invadiéndola del polen de él cuyo pistilo ha llegado también a la floración del orgasmo entre los gritos de placer de ambos.

—Yo sabía que tenías fuego por dentro —dice Samuel luego de un buen rato en que han estado los dos tendidos sin moverse—. Era necesario que tú lo supieras. Mañana quizás sentirás repugnancia de que haya sido yo quien te haya hecho encontrarlo, pero lo importante es que ya lo conoces tú y ahora también lo conozco yo.

—Me hechizaste con esas hierbas —musita Sofía, apenas empezando a racionalizar lo que ha sucedido.

—No fueron las hierbas —responde Samuel—. Esas flores no son nada más que flores. Fuiste tú, fui yo. Nunca más volverá a suceder porque sé que me odiarías y me recriminarías supuestas «brujerías». Te conozco gitana. Sólo quería darte el secreto de tu propio conocimiento. Eres una criatura de fuego, nada tienes que hacer con el agua o el frío.

Sofía se inclina, buscando su ropa. Quiere estar furiosa, pero no tiene fuerzas. Su cuerpo entero está laxo y suave.

—¿Así que todo esto lo planeaste fríamente? —le pregunta.

—Fríamente —sonríe Samuel—, también he sido criatura de fuego y sabía que tú podrías volver a calentarme las entrañas. Hace mucho que no hago estas proezas. Ya me estoy poniendo viejo.

Samuel se levanta y la luz de la luna deja ver a Sofía el hombre fuerte aún, pero que ya acusa la vejez en su cara, su estómago y sus piernas. A pesar de que la visión del hombre vistiéndose le parece irreal y de cierta forma repugnante, ella agradece que aquello haya sucedido y en contra de lo que él supuso sucedería, ella no hace ninguna escena de rabia y procede también a vestirse.

De regreso a la hacienda, ambos van callados. A medida que la mente se le aclara con el viento de la noche, a Sofía le parece increíble lo que acaba de suceder. No puede entender que aquel hombre rústico y tosco haya sido el mismo con el que hizo el amor con tanta delicadeza. Vuelve a sentir el repelo que Samuel usualmente le ha inspirado, pero se contiene y evita que él lo perciba. Compadece el corazón obligado a vivir bajo aquel envoltorio que la decrepitud de los años iba poseyendo lenta y seguramente.

—Nunca más volverá a suceder —repite Samuel cuando llegan a la hacienda y se despiden—. Nunca más volvería a ser así. Pero ya sabes, gitana, que tienes sangre de los tuyos en las venas.

—Gracias, Samuel —dice Sofía y no bien él da la vuelta, corre a su cuarto, entra al baño, abre la ducha y se frota bien el cuerpo para que de Samuel y su piel curtida y áspera, sólo le quede un recuerdo de mariposas.