Solo una idiota se enamora

Nohewi · Capítulo 1 de 25

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Solo una idiota se enamora

Capítulo 1

Nohewi

Solo una idiota se enamora

ePub r1.0

Titivillus 26.10.2021

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Título original: Solo una idiota se enamora

Nohewi, 2019

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

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Capítulo 1

No podía más. Me iba a dar algo. O sea, algo en plan patatús, ahí, en medio de cualquier parte alguien gritaría: «¡Marchando un desfibrilador para esta joven!». Porque Nosequién dijo una vez que lo más estresante en la vida es, por este orden: una mudanza; un divorcio; una muerte, no tuya, claro, de un ser querido, se supone. Bueno, pues quitando esto último, lo demás se me había amontonado en estos meses. Llevaba semanas que eran cajas, cajas de cosas y cajas de casos. Sí, mi último «caso» se llamaba Bob, y aún tenía por ahí sus mancuernas, sus sleep socks (mucho gym pero el tipo dormía con calcetines), su bote de gomina y, lo peor de todo, su One Million. Me mataba, cada vez que estaba de bajón era porque ese maldito frasco había perfumado mi jersey, mi almohada o la tapa del váter.

—Gorda, ¿por qué huele a Bob aquí dentro? —me preguntaba Didi cada vez que iba al baño.

Didi era mi mejor amiga.

—¿Otra vez te has cagado en tu ex?

Lo reconozco, no es muy fina. Años de amistad y no he conseguido contagiarla de mi glamur y mi saber estar.

Pues sí, desde que empecé a librarme de mi último caso, me dio por usar su perfume de Paco Rabanne como ambientador. ¿Algún problema? A otros les da por romper fotos, pero ahora, como todo está en el móvil, a ver, no tenía forma de convertir mi rabia en venganza. Así que fisss fisss. Le daba al botoncito del espray y la nube de aroma aliviaba mi corazón roto.

Cada chorro debía de salir por uno o dos euros, y el frasco era XXL, estaba enterito.

No hay nada mejor para olvidar a un ex que mezclar su embriagador aroma con otro que sea letal. Así, el olfato convierte los buenos momentos

en algo asqueroso. Es supereficaz.

Bob era jugador profesional de baloncesto. Sí. Enorme. Me encantan los tipos así, grandotes, con manazas y brazazos que me atrapen. Creo que es un trauma que me quedó al ver Guerra mundial Z. Desde entonces siempre he buscado chicos que me salven de un apocalipsis zombi. Lástima que ellos no solo quieran salvarme a mí, sino a toda bicha viviente, porque hay que ver lo infieles que son los hombres. Sé que esto de generalizar es superinjusto, pero, joder, es que no doy con uno bueno.

Conocí a Bob una noche de borrachera. Qué típico. Pues no es que a mí me guste beber mucho, la verdad, pero ese día estábamos celebrando el cumple de uno de mis compañeros de trabajo. Nos fuimos a cenar a un restaurante marroquí de Lavapiés. A mí no me gusta innovar mucho en la comida. Mis papilas gustativas son bastante tradicionales, pero nuestro compi era de Marruecos y queríamos que ese día se sintiera como en su casa.

Total, que al terminar nos pusieron un licor de hierbas riquísimo pero que se subía a la cabeza que daba gusto. Para ser finales de noviembre esa noche hacía una temperatura ideal en Madrid. Y entre lo rápido que entramos en calor con el licorcito y las risas, apetecía pasear. Así que nos fuimos andando hasta el barrio de La Latina y allí empezó, o más bien siguió, el cachondeo.

Entramos en un bar bastante cutre, pero fuera ponía un cartel de «Happy hour hasta las 2 a. m.». ¡Ese era nuestro bar! Borrachera asegurada por cinco euros mal contados. Empezamos con un chin chin por ser jóvenes e independientes. Otro chin chin por las propinas de las últimas semanas.

Otro por el corte de pelo de Gonzalo, un compañero al que llevábamos meses convenciendo de que los peluqueros no contagiaban la sarna. Otro chin chin por esto, otro por aquello. El último, que yo recuerde, fue agradeciendo al destino que hubiera metido en nuestro bar a todo el equipo de baloncesto de la ciudad. Iban acompañados del estribillo de la canción It’s raining men, aunque ahora que lo pienso creo que solo lo escuchaba yo.

Según entró Bob, se me fueron los ojos hacia él. Y a él se le fueron hacia la arpía de la encargada. ¡Cómo odiaba a esa asquerosa!

Sinceramente, no era muy agraciada, pero debía de ponerse algún perfume

afrodisiaco. Decían las malas lenguas que lo compraba en el mercado negro. Por más que le preguntábamos cuál era su secreto con los hombres siempre decía lo mismo: su naturalidad. ¡Ja! Querida, te aseguro que en lo primero que se fija un hombre cuando sale con los colegas y lleva dos copas de más no es precisamente en la naturalidad, y menos en la tuya.

Bob se fijó en ella nada más entrar, pero ella puso los ojos en el capitán del equipo. Que estaba mucho más bueno, más cachas y más todo. Sin embargo, una, que sabe hasta dónde puede aspirar, solo tuvo ojos para Bob.

Mis miraditas, mi encanto y, sobre todo, mi falta de vergüenza cuando bebo, hicieron el resto.

Surgió algo entre nosotros, que ahora no viene al caso porque ya es historia y he pasado página… ¡aunque me costó horrores! ¿Tan difícil es dar con el amor para toda la vida?

—Pides demasiado, Helena —dijo Didi—. Sigues con lo del príncipe azul, y eso en la era de Facebook y Match.com es historia.

—Pues yo creo en el amor —le solté—, el de toda la vida, el de mis padres, el de mis abuelos…

—Ya, ya, en el de Romeo y Julieta. Y mira cómo acabaron… —me cortó ella, moviendo sus uñas recién pintadas en el aire.

Sabía que Didi lo decía por mi bien, porque me metía en cada embolado… Pero el problema no era el amor, el amor no; el Amor, así, con mayúscula, es lo más bonito del mundo. No pensaba renunciar a ello todavía.

Siempre he sido una fan acérrima de las pelis románticas. Cuanto más románticas, ñoñas y empalagosas, mejor. Un amor imposible, a lo Romeo y Julieta, contra viento y marea. Renunciando a todo, hasta a la vida, por estar junto a su amada. Aunque en el fondo sabía que si Romeo no hubiera acabado como acabó, si en lugar de eso hubiera tenido hijos con Julieta, por ejemplo, su historia habría durado tanto como una pompa de jabón. Incluso menos tras aguantar las peleas en las comidas familiares entre los Capuleto y los Montesco. ¡Eso no hay quien lo soporte!

En fin, que como la suerte existe, y como la ocasión la pintan calva, pues me cayó del cielo el siguiente paso en mi carrera profesional. ¡Me iba a Londres! ¡Flipé! Hacía un año que había terminado Enfermería. En realidad quería estudiar Medicina, por eso de que mi madre era médica, mi padre era médico, mi abuelo fue médico, mi bisabuelo… Menuda presión. El caso era que a mí me daba un poco igual esto o lo otro, pero como no tenía nota para entrar en Medicina, pues me vino de perlas el consejo de mi madre:

—Lo importante es que seas feliz.

Entonces me llegó la inspiración y solté de pronto:

—Mami, sueño con ser enfermera. Nunca te lo dije, porque…

—Lo sé, cariño, por la tradición familiar, ¿eh? Tranquila, no hay más presión que la que tú te pongas a ti misma.

Mi madre es profunda. Está claro que yo debo de haber salido a otra rama de la familia. Yo soy más del día a día, de «vive y deja vivir», ¡me pasé la ESO buscando principitos azules!

Y es que mi madre es increíble. Siempre me ha apoyado en todo.

Recuerdo que cuando tendría yo unos diez años echaban en la tele la serie Buffy, cazavampiros y me dio por ir cada tarde al cementerio del barrio con una estaca que había hecho yo misma para matar vampiros. Mi madre, que conocía al sepulturero, me acompañaba para que no fuera sola. Siempre le decía a mi padre que debían dejar volar nuestra imaginación para que en el futuro tuviéramos una gran mente. Open your mind, solía decirle. Pues la mía debía de ser enorme, porque se me iba volando de una manera…

—Deberías estudiar Psicología —me dijo Didi entonces—. Serías la primera persona que, antes de sacarse el título, ya tiene un cliente: ¡tú!

Se creía muy graciosa. Sin embargo, Enfermería me parecía perfecta para mí. Me encanta sentirme útil, ayudar, tengo buena mano, sé hacer de tripas corazón y no soy demasiado escrupulosa. Además, la responsabilidad de una enfermera es millones de veces más pequeña que la de un médico. Y

eso era lo que yo llevaba peor. A ver, soy responsable, pero, vaya, no soy lo que se dice supersuperresponsable. Vamos, que eso de tener la vida de otros en mis manos me pareció entonces demasiado para mí.

Así que me matriculé en la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología de Madrid. Cuatro añitos que se me pasaron volando. Superados

los exámenes, las prácticas y el soporífero trabajo de fin de grado, estaba lista para entrar en el mundo laboral. Y, como me parecía demasiado pronto eso de empezar ya con la vida real, me dejé llevar por un montón de dudas, en plan: ¿qué hago con mi vida?, ¿un máster o una academia para sacarme el EIR?… Mientras tanto, por no agotar el cuerno de la abundancia paternal, empecé a trabajar en Starbucks y mi vida dio un giro en cinco dimensiones.

No me mudé a otra ciudad ni nada, pero desde que empecé a ganar dinero me fui de casa de mis padres. Aquello me pareció como si hubiera cambiado de planeta. Así que ahora que me iba a Londres, era como el pequeño paso que dio Armstrong cuando pisó la Luna, solo que en versión Españoles por el mundo, porque, lo reconozco, lo del inglés lo llevaba así así. Me defendía y eso, pero no iba a Londres de turismo, ¡iba a trabajar!

—Qué cara le echas, y qué bien que haces —soltó Didi.

—Oye, que todo esto es culpa tuya, ¿o ya lo has olvidado? Fuiste tú quien le dio al enter.

—Y ¿quién había estado dos meses dando la tabarra porque estaba defraudando a sus antepasados?

—Qué exagerada, Didi, no dije eso. Dije que…

—Que querías trabajar de lo tuyo, y preparaste el currículum mientras yo buscaba todos los hospitales del mundo para enviárselo.

—Didi, habíamos bebido, ¡pensé que no lo harías!

—Helena, con una caña ya se te traba la lengua, pero yo tengo el estómago de un camionero, el alcohol no se me sube a la cabeza, se me va al culo y a estas tetas meloneras.

La verdad es que necesitaba un cambio. Didi tenía razón, había conseguido muchas cosas: acabar Enfermería, independizarme… Al fin era libre, para Didi era lo mejor del mundo. Pero para mí había sido un palo acabar con Bob. En el fondo no me encontraba tan bien como decía. Quizá por ello no paraba de quejarme, tal vez esa fuera la razón por la que había redactado mi currículum. ¡Ay! ¿Será que una parte de mí es más valiente de lo que yo me creo?

El caso es que Didi dio al enter y envió decenas de currículos, mientras yo me partía con la risa floja, inconsciente total de lo que acababa de hacer.

Porque si te subes al tren de la aventura, el universo te lleva a cualquier parte. Eso era lo que Bob siempre me decía.

Aún recordaba las canastas que me dedicaba, poniendo su dedo índice en el corazón y dibujando una E. Las mañanas en las que se presentaba en casa con un capuchino rebosante con un corazón en la espuma. Nuestras maratones de pelis devorando pizza y palomitas. Sus mensajes de voz cantándome temas románticos que se inventaba al ritmo de reguetón.

Cuando me escondía el pijama para verme en bolas cuando me levantase por las mañanas… Sí, aún había demasiado de Bob en mí, demasiadas ilusiones hechas añicos. Menos mal que Didi supo ver lo que había detrás de mi pose de chica dura. Si no hubiera sido por ella, mi vida habría sido como el Día de la Marmota pero en plan corazones rotos. O sea, chica se enamora, chica se pega un castañazo. Así hasta que, voilà, Didi dio al enter y puso mi destino en manos de internet.

Pasaron semanas en las que no recibir ni un mísero correo era de lo más normal. Si no fuera por mi amiga, que cada dos por tres me preguntaba si había noticias, habría olvidado por completo aquel asunto de mi currículum entrando en los servidores de cientos de hospitales alrededor del mundo.

—¿No serás capaz de eliminar los mails y callarte como una tumba, verdad? —dijo Didi aquella tarde que cambió mi vida.

Lo soltó mientras me quitaba el portátil. Yo, tumbada en la cama, con dos rodajas de pepino sobre los ojos, la cara embadurnada de crema de alcachofa y las uñas recién pintadas de rouge Paris, no pude reaccionar. Me pilló a traición la muy bruja, totalmente desprevenida. Ni siquiera pude protestar, para que el pepino no se fuera rodando por la colcha.

—Ajá… Lo que imaginaba, lo tienes en la carpeta de correo no deseado.

—¿Mmm m…? —balbuceé, era todo lo que podía pronunciar sin mover los labios.

—Este e-mail del St. Thomas.

—¡Mmmmmm! —gritó mi garganta.

— De-ar mi-sis Abad, güi ar…

¡Al diablo con el pepino, la alcachofa y la manicure! ¡Didi estaba destrozando mis oídos con su inglés!

Agarré el portátil, las rodajas de pepino cayeron sobre el teclado, mis dedos, embadurnados de crema de alcachofa, pringaron la pantalla señalando el asunto del mail: «Re: Helena Abad Mantilla best Spanish nurse».

—Pero ¡¿qué narices pusiste, Didi?! —pregunté, sin pensar que parecía una momia en pleno embalsamamiento.

—Ahí lo tienes: toda una oferta de trabajo.

—Espera, ¿pusiste best Spanish nurse? ¿En serio? ¿La mejor enfermera española? —dije mientras mis ojos devoraban el mail, pero no pude ni enfadarme porque enseguida grité—: ¡Han aceptado mi solicitud para trabajar en el St. Thomas!

—¿Prácticas o trabajo? —espetó Didi inmutable—. Porque ya que vas a currar como una loca, al menos que te paguen, digo yo.

¡Claro que me pagaban! Quizá por eso estaba tan nerviosa, ¡la responsabilidad me abrumaba! Porque una cosa es realizar prácticas mientras estás estudiando, que ni te pagan ni te dejan a tu bola, y otra es hacerlo cuando ya tienes el título. Sabía que no iba a estar siempre bajo el ala protectora de alguien que me tutelase. Yo ya era enfermera, estaba formada y diplomada, preparada para el ejercicio real. Era como si antes las prácticas fueran con red, nunca podía darme el tortazo padre. Ahora iban a ser a pelo, y si lo hacía mal: adiós, London; hola, Starbucks.

Por eso aquella tarde cambió mi vida. Entonces no era consciente de lo que significaba, que te cambie la vida, digo, porque estaba demasiado enfrascada en el desastre medioambiental que Didi había provocado en mi habitación. Su euforia hizo saltar por los aires el bol con la crema de alcachofa; la ley de la gravedad y la de Murphy hicieron el resto.

Creo que en ese momento no era totalmente consciente de lo que acababa de ocurrir. Aquel correo desactivó el botón de pause que me tenía tan a gustito en mi zona de confort y activó el de on. O sea, la maquinaria del universo se había puesto en marcha y mi destino me estaba esperando, impaciente. A partir de ese momento todo empezó a ir demasiado deprisa: contactar con el hospital, organizar el viaje, dejar mi piso, despedirme del Starbucks… y tomar decisiones a contrarreloj.

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