Solo una idiota se enamora
Capítulo 3
Iba camino del aeropuerto, al fin estaba sola, nerviosa e impaciente, cada vez más cerca de mi nueva vida. Mi madre se había empeñado en llevarme, pero me negué en rotundo. ¡Necesitaba un poquito de tranquilidad! Esta vez había podido organizarme a mi manera, y no dejarme avasallar por sus ansias de ayudarme en todo. Para mí era simbólico hacer sola ese trayecto, empezar yo sola, desde cero, el primer pilar de mi destino en Londres.
Didi estaba en lo cierto cuando me dijo que parecía un jefe de obra en mi primera mudanza. Pero es que tengo dotes para la organización, se me da muy bien. Así que enseguida organicé el asunto del coche que tantos quebraderos de cabeza le daba a mi madre.
—Te lo dejo en el parking de Barajas —le comenté el día anterior—.
Cuando te vaya bien, vas a por él.
—Chica lista —se burló irónica—. ¿Y la llave?
—¿Recuerdas cuando te empeñaste en tener una copia de la llave del coche por precaución? —le dije—. Pues ahora tienes la oportunidad de usarla.
—Pero a tu padre y a mí nos habría gustado ir al aeropuerto a despedirte
—lamentó.
—Es un horario horrible, mamá, los dos estáis trabajando —la tranquilicé—. ¡Y ya nos despedimos anoche!
Me gustan esos momentos en los que mantengo mis planes a toda costa.
En serio, quería hacerlo así, acababa de decirle adiós a Bob y a mi piso, quería tranquilidad. Además, con lo rápido que estaba pasando todo, y con lo intenso que estaba siendo ese último día, apenas había tenido tiempo de darme cuenta de lo cabreada que estaba con mis amigos. En ese momento lo mejor era que me relajase de camino al aeropuerto, conducir siempre
había sido como una terapia. Mi móvil estaba mudo, había comprobado un porrón de veces si había un triste wasap, alguna llamada perdida…, nada, solo mi madre, enviándome todos los enlaces que encontraba sobre Londres. Qué hacer en Londres, dónde comer barato en Londres, moverse por Londres…
De repente, el móvil vibró; ¡me dio un subidón! Por fin la pantalla volvía a la vida. Estaba segurísima de que era alguno de mis amigos preguntándome el número de vuelo para ir a despedirse de mí al aeropuerto.
Pero no. Nada más lejos de lo que me apetecía escuchar en ese momento.
Se trataba de un audio de mi madre, que me cayó como un jarro de agua fría. «Nena, que me ha dicho la tía Carmen que hay un montón de enfermeras españolas trabajando en Londres, que no te preocupes, que estés tranquila, que vas a estar muy bien. Me paso mañana a vaciar el piso, que lo habrás dejado hecho una pena, nos vemos luego en el aeropuerto, iremos todos». El mensaje terminaba con un entusiasta: «¡Ay, cariño, qué emoción!».
Recuerdo que al principio mi madre no llevó nada bien la noticia de que me fuera a vivir a Londres ¡y tan de repente! Su única hija estaría a kilómetros de distancia y ya no podría llevarme sopita caliente cuando estuviera enferma o presentarse en casa para regar las plantas cuando me fuese de fin de semana. Pero le prometí volver a Madrid cada vez que me dieran más de dos días libres en el hospital. Eso la tranquilizó un poco más.
Además, era por poco tiempo. Solo un año. ¿Quién sabe lo que ocurriría después? Quizá regresaría al nido, quizá construiría el mío propio, con un nuevo trabajo en algún hospital con buenas referencias, quizá me quedaría en el St. Thomas o me instalaría en la casa familiar y no saldría de allí en tres años. Podía pasar cualquier cosa.
Pero como mi madre es de erre que erre, se le había metido entre ceja y ceja ir al aeropuerto con toda la familia para despedirse de mí. Yo quería algo más íntimo. Habría preferido organizar una cena en casa con todos: tíos, tías, primos carnales y hasta primos terceros. Al final de la noche, mientras todos estuvieran entretenidos contando batallitas, no se darían cuenta de que me había ido sin despedirme. Pero no, ella quería montar la típica escena de peli en la que toda la familia despide entre sollozos a la
protagonista. Vaya pastel. Y vaya cortapuntos. Yo que soy de lágrima fácil me veía llorando a moco tendido mientras el de la puerta de seguridad me decía palabras de consuelo.
Aquello no iba a ser lo peor del día: para más inri, justo en ese momento el maldito destino decidió ponerme una vez más a prueba. Eran las doce de la mañana y todavía estaba sin desayunar. A ver, solo me había dado tiempo de tomarme un café antes de que llegara Bob y comenzara la mudanza exprés. Así que ahora, con el bajón de adrenalina, necesitaba urgentemente dos cafés con leche. Uno para volver a ser persona y otro para saborear ese momento dulce de saber que estás a las puertas del cielo. En este caso era literal, pues en unas horas ya estaría volando.
Me chiflan las áreas de servicio. Lo juro, me encantan. Me recuerdan a mis viajes de pequeña con mis padres. Recorríamos cientos de kilómetros en coche. A mi padre le encantaba conducir durante horas y a mí saludar a los coches y camiones que pasaban por nuestro lado. Hasta que uno casi tuvo un accidente por mi culpa. Entonces mi padre me prohibió asomarme a la ventanilla, amenazándome con que le cortaría el pelo a mi única Barbie, y si me ponía chula rapaba a Ken. Antes los padres no se andaban con chiquitas.
A veces me paro en mitad de cualquier viajecillo corto por el puro placer de entrar en un área de servicio. Aquella vez lo necesitaba, porque me hacía muchísimo pis. Así que en cuanto vi el cartel que anunciaba una cafetería en una gasolinera no me lo pensé dos veces. Aparqué, agarré el bolso, salí del coche y empecé a cruzar el aparcamiento. En ese momento una familia hacía lo mismo que yo, y nada más verlos supe que les pasaba lo que a mí: se meaban.
Se nota enseguida porque cuando no aguantas más caminas con pasitos cortos y rápidos, como si fueras a perder el último tren. Así que me apresuré para entrar primero, ni civismo ni educación ni empatía, mi vejiga estaba a punto de estallar y pasaba de que llegaran al baño antes que yo. Al verme el hijo adolescente trotando como una geisha en mitad del aparcamiento se quedó clavado en medio de la carretera. Sé que a esa edad cualquier chica les revoluciona las hormonas, y más si es una chica guapa y
sexi como yo. Pero el chaval se estaba pasando un poco con el descaro, hasta que su madre lo arrancó del ensimismamiento.
—¡Fer! ¡Vamos, Fer! —le gritó desde la escalinata de la cafetería—.
¿Se puede saber que estás miran…?
En ese momento me di cuenta. Lo de tierra trágame se quedaba corto.
¡Aún seguía en bragas! ¡Por Dios! ¡Mis odiosas, gigantescas y horribles bragas de abuela! Mierda, mierda, mierda. ¡Juro por Dios que jamás dejaré de usar tanga!
Joder, tuve que volver corriendo al coche, desencajar el tetris del maletero, sacar de un tirón lo primero que pillé y, muy digna, ponerme a hacer cola en el maldito baño. Porque a esas alturas tenía delante a la abuela, a la madre, a la niña y a tres mujeres más. Pero todo llega, y al fin pude recuperar la compostura, incluso retocarme un poco frente al espejo.
Cuando al fin logré salir a la cafetería no cabía ni un alfiler. Eché un ojo a mi alrededor y la única mesa libre que vi era la que estaba junto a la máquina de juegos.
—Dos cafés con leche, por favor —pedí al camarero.
—Enseguida le tomo nota, en cuanto venga su acompañante —soltó mientras limpiaba la mesa.
—Estoy sola —gruñí—, quiero dos cafés con leche, por favor.
Estas cosas me ponen de los nervios. Las conclusiones que sacan los demás, así sin pensar, y hala, el camarero ya se había hecho su composición de lugar. Seguro que primero pensó: «Chica que espera al novio, luego les tomo nota». Al comprobar por mi comentario que se había confundido, seguro que cambió su pensamiento por: «Chica sola, soltera, debe de ser más rara que un perro verde». Eso me exaspera, ¡lo juro! A veces una simplemente quiere sentarse y tomarse dos cafés seguidos. A veces una simplemente se sienta con alguien y no quiere tomar nada. Así de simple, pero no, la gente enseguida saca conclusiones, y ese camarero seguro que ya me imaginaba monja.
Mientras esperaba, inmersa en mis asuntos, me enfrasqué en el móvil.
Esta vez no pensaba mirar los wasaps, ¿para qué, para ver más mensajes de mi madre y comprobar una vez más que mis amigos habían sido abducidos a otro planeta? No, solo entré en Instagram para distraerme un rato. No
habían pasado ni dos minutos desde que se había ido el camarero cuando, entre el fragor de los murmullos, oí que me hablaban.
— Scusi, no quiero molestar. Pero necesito sentarme y esta es la única silla libre. ¿Puedo, per favore?
No sé por qué razón, pero de siempre, de toda la vida, me pierde el italiano. Así que en ese momento en que habría sido superborde con cualquiera, asentí sin siquiera levantar la vista.
Fue al llegar el camarero cuando me di cuenta de que el destino no siempre es cruel. A veces devuelve con creces tu buena intención, y como yo había sido supergenerosa compartiendo mi mesa, la recompensa era un moreno de metro noventa, barba de tres días, ojos azules y de nombre Carlo.
—Dos cafés con leche —soltó el camarero con el tacto de un taladro mientras me ponía uno a mí y otro a Carlo. Seguro que en ese momento estaba pensando: «Pues al final tiene novio».
Miré mi café, casi esnifé su aroma penetrante y no pude contenerme.
—¡Disculpe, él no quiere café! —exclamé, intentando rescatar mi segunda taza.
— Va bene —aceptó mi improvisado compañero de mesa—. Soy adicto a la cafeína.
Y eso lo dijo mientras juntaba la punta de los dedos en el aire, despertando mis hormonas como si fueran a ir de fiesta. Aquel gesto fue un off/on total, lanzó a Bob al pasado remoto desde la catapulta de su italianísimo Va bene y abrió de par en par las puertas de mi corazón como si hubiera entrado un vendaval.
Me fascinó todo lo que vi de él.
— Posso…?
Ni sabía qué me decía ni me importaba, porque estaba babeando de gratitud. No es fácil que un pibón así tenga interés en una, por muy guapa y sexi que una sea. Carlo sacó una libreta y se puso a garabatear, más bien a pintar. Y entonces es cuando lo flipé, porque me estaba dibujando a mí. O
sea, y yo con ese careto de natural girl sin una mísera gota de glamur.
— Più bella… —murmuró.
Ahí ya caí en sus brazos, literalmente, porque en el ensimismamiento de estar posando, el codo se resbaló y detrás fui yo, toda torpe, directa al suelo.
Es lo que tiene sentarse en el mismísimo borde de la silla en una postura tan retorcida como inverosímil. Yo, intentando coquetear, me había sentado a lo Betty Boop, y eso es físicamente imposible de mantener más de un segundo.
Pero una vez más el destino compensó mi generosidad, esta vez por la paciencia que había tenido con el camarero, y me regaló un cuerpo a cuerpo con Carlo. Él, supercaballeroso, se apresuró a recogerme del suelo y yo, de pronto entre sus brazos, sucumbí a todo, porque hay que ver lo que hace un tío bueno con tu voluntad. En ese momento me habría convertido en su mascota con tal de que me acariciara.
Dicen que el roce hace el cariño, ay, eso no lo sé porque no he pasado tanto tiempo con nadie, pero lo que sí sé desde aquel momento es que el roce hace el flechazo. A ver, esto duró décimas de segundos, pero ya se sabe que hay instantes que te marcan más que un tatu en una noche loca; juraría que aquellas milésimas de segundo fueron superlargas. Yo entre sus brazos, alrededor la nada absoluta, solos él y yo en el mundo, su aroma de hombre, su calor y, para morirme de gusto, el casi roce de su mejilla con la mía.
Como si estuviera viéndome en una película, noté a cámara lenta y con superzum cómo todas las moléculas de su aliento entraban por mis fosas nasales estremeciendo cada poro de mi cuerpo. Creo que ha sido lo más parecido al sexo tántrico que he tenido en mi vida. Una amiga de una amiga tuvo un novio tibetano y hablaba maravillas de cosas todavía más raras que esa.
Para salir del trance y que no se me notara que estaba más salida que el Sputnik en la cuenta atrás, me hice la tonta y solté la risa floja.
— Stai bene? —me preguntó con su vozarrón de conquistador.
— Superbene —solté toda atolondrada.
Después dijo algo que me dejó en shock.
—¿Puedo hacer algo per te…? Voy camino al aeropuerto.
¡No! ¡Aquello NO podía ser verdad! ¿El pibón también iba al aeropuerto? Me habría muerto allí mismo, lo juro, de no ser porque sería
too much volver a caerme al suelo. Me limité a tragar saliva y a ponerme las manos en el pecho para que no se oyeran los latidos de mi corazón, que más que latir pataleaba de emoción.
Lo miré sin pestañear, como si estuviera haciéndole una foto para no olvidarme de él jamás de los jamases. Me encantó su fular beis de lino enroscado al cuello como si fuera un beduino. Llevaba una chaqueta marrón de cuero que le quedaba como un guante y dejaba ver una camiseta blanca que sobresalía por debajo. Parecía que se había puesto lo primero que había encontrado en el armario, aunque el resultado era supersexi. Llevaba el pelo largo, recogido en una coleta tan floja que le caían mechones sobre sus orejas perfectas, y, ¡ay!, tenía las manos enormes, como a mí me gustaban.
Pero a veces las mujeres somos imprevisibles, es decir, tontas de remate, al menos yo. A veces me pasa que algo me parece demasiado bueno para ser real. Por ejemplo, estoy en un restaurante supercool y, por no parecer una glotona, dejo algo en el plato aunque lo rebañaría con la lengua si estuviera en casa. Así que no le dije que yo también iba al mismo lugar.
Solo balbuceé:
—No, gracias, estoy bien.
Técnicamente era verdad, aunque no solo estaba bien, estaba de maravilla. Pero por muy enamoradiza que una sea, por muy impulsiva y alocada, a ver, tampoco era cosa de decirle: «Uy, sí, vamos al aeropuerto.
Compraré unos billetes al lugar donde tú vayas, Italia, imagino.
Compartiremos el resto de nuestras vidas en tu casa de campo de la Toscana. Criaremos gallinas, nos alimentaremos de lo que la tierra nos ofrezca. En invierno, encenderemos la chimenea y entre risas contaremos cuentos a nuestros tres hijos: Luca, Carlo Junior y Renata». Pues no.
Así que me recompuse, fui al baño, me acerqué a la barra, pagué mis dos cafés aunque solo me hubiese tomado uno y me acerqué de nuevo a la mesa para despedirme.
—Que tengas un buen viaje —le di un beso en la mejilla y empecé a meter todas las cosas en mi bolso.
El pobre se quedó con una cara…, en plan «no entiendo nada». Pero bueno, había que centrarse, subir al coche, llegar al aeropuerto, facturar,
meterme en un avión y despegar rumbo a mi nueva vida. No era momento para imprevistos.
— Ah, va bene —se apresuró a decir.
Luego escribió algo en el dibujo que había estado haciendo y me lo dio.
— Un piacere…
Solo cuando llegué al coche y me senté frente al volante me di cuenta de que en una esquina del papel estaba su nombre acompañado de esta frase:
« Sento che il destino è stato generoso con me perche ti ha messo sulla mia strada».
Rápido me fui al traductor de Google, que, como si fuera el espejo mágico de Blancanieves en plan 2.0, me soltó:
«Siento que el destino ha sido generoso conmigo porque te puso en mi camino».
¡Sííí! Yesss! Oh, là, là!
Me puse a bailar como una loca dentro del coche. ¡Me acababa de ligar al italiano más bueno buenísimo del mundo mundial! Yo, Helena. La del corazón pegado con cola del chino. La que acababa de entrar por la puerta de su nueva vida con el pie derecho y la suerte pegada al culo. ¡Toma ya!
Lo que no supe entonces era que se me había caído en la cafetería una tarjeta de la agencia de viajes con el nombre del hotel donde me alojaría los primeros días en Londres.
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