Sombra perfecta
Se supone que el castillo Shayon es…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
—Voy a dar un paseo —dijo Polus—. Por la orilla del río. —Se levantó.
Después de que se fuera, Gaelan salió a toda prisa por atrás, por si Polus pensaba tenderle una emboscada en alguna de las dos entradas. El tipo no estaba allí. Gaelan se encaramó a los tejados, saltando de una pared a otra. Encordó el arco y comprobó sus flechas.
Fiel a su palabra, Polus Merit caminaba despacio, ni a dos manzanas de distancia, por la orilla del Plith. Un tramo tranquilo, donde resultaría fácil deshacerse del cuerpo. A cien pasos.
—Esto no es digno de ti. Tú no eres así, Acaelus.
«Ahora sí». Exhalar medio aliento, la plácida quietud previa al asesinato.
Soltó la flecha. Disparo perfecto, base del cráneo. Muerte instantánea. Polus se desplomó.
Cuando fue a tirar el cuerpo rodando al río, Gaelan encontró una nota en la mano de su víctima. Solo contenía una palabra: «Gracias».
Hacía casi siete siglos, hubo una conflagración mágica en la Caída de Trayethell, la batalla del Túmulo Negro. Tanta magia que ocultó el cielo y desgarró la tierra. Tanta magia que se vio a casi mil kilómetros de distancia y se sintió al otro lado de los océanos.
Se decía que en ese último día, después de perder a sus amigos, su mujer, la batalla y la esperanza, el emperador Jorsin Alkestes cogió los dos mayores artefactos mágicos jamás construidos o hallados. Fue el primer y único hombre que los sostuvo ambos a la vez. Con ellos, sus habilidades mágicas, ya legendarias, se vieron multiplicadas por mil. Tomó todo el poder de Iures y Curoch… y este lo mató.
Pero no lo mató a él solo.
—¿Qué sabes de los ka’kari? —le pregunto a Yvor Vas mientras apuro mi cuarta cerveza.
—Sé de ellos —responde el idiota pecoso—. Si no, ¿por qué iba a estar hablando contigo? Y tú sabes todo lo que hay que saber sobre ellos, de modo que ¿por qué lo preguntas?
—Sé lo que sé. Lo que no sé es lo que tú crees que sabes. Y si vuelves a usar ese tono, lo recogerás del suelo.
—¿Qué tono? —pregunta Yvor, petulante.
Mi puño le cruza la mandíbula. Sale volando del taburete y aterriza en el suelo cuan largo es. Muy satisfactorio.
—Ese tono —digo.
—¡Me has roto un puto diente! —protesta el chico. Le sangran los labios.
—Mis nudillos, en cambio, están inmaculados. Qué raro.
Una furia abrasadora y apenas contenida le enciende los ojos. El chico se levanta y tarda un momento en dominar su ira. Observo sus ojos con atención. Al final, dice:
—Había seis ka’kari. Uno para cada uno de los Campeones de la Luz del emperador Jorsin Alkestes. Los creó el archimago de Jorsin, Ezra, durante la batalla del Túmulo Negro. La Sociedad del Segundo Sol cree que confieren la inmortalidad: todavía es posible matar a los portadores de los ka’kari pero, si nadie os mata, vivís para siempre. Puede que no para siempre, pero por lo menos setecientos años, que a mí ya me parece casi lo mismo. La mayoría de los miembros de la Sociedad cree que tú fuiste originariamente Shrad Marden, portador del ka’kari azul, amigo de Jorsin Alkestes.
«¿Amigo? ¿Tenías amigos, Jorsin? Yo creía que lo era, pero ahora no estoy tan seguro».
—¿Y tú? ¿Tú qué crees?
—Creo que eras y eres Eric Daadrul, portador del ka’kari plateado. Invulnerable a las espadas y capaz de formarlas en tus manos con tan solo pensarlo.
—Empieza a correr el rumor de que Polus Merit podría estar muerto —dijo Gwinvere Kirena—. Se dice que le dejó una fortuna a una de mis chicas. —Estaban en una de sus casas, en una biblioteca pequeña pero bien surtida. Gwinvere llevaba un vestido informal azul que aun así lograba acentuar sus curvas.
—¿Puedes acallarlo? —preguntó Gaelan.
—Es la clase de situación que puede empeorar si intentas aplastarla. Los ejecutores a menudo desaparecen durante semanas seguidas. A veces dejan dinero a su chica de alquiler favorita por si no vuelven. Todavía no significa nada. No conozco a la muchacha lo bastante bien para estar segura por completo de lo que hará si la presiono. Conque diría que tenemos cuatro noches.
—¿Quién es el siguiente? —preguntó Gaelan.
—Saron y Jade Marion.
—¿Dos de golpe? ¿Hermanos?
—Marido y mujer. Algo más que un poco locos.
—Cualquiera que escoja este trabajo tiene que estar loco —dijo Gaelan.
—Tienen un hijo de siete años.
—O sea que dejaré un huérfano. Estupendo.
—Ya le están enseñando el oficio. Locos.
—Ya, ¿me dirás que le hago un favor? —preguntó Gaelan.
—En esta vida, hay quien está acabado incluso antes de empezar, Gaelan.
—Te ocuparás de él.
Ella alzó las cejas. «¿Antes estabas preocupado por él y ahora quieres que lo mate?».
—Me refiero a que lo mantendrás —aclaró Gaelan—. No vas a dejarlo en la calle. Tendrá una oportunidad. Por pequeña que sea.
—Hecho —dijo Gwinvere.
Estaban pegando al chico cuando llegó Gaelan, que aterrizó en el tejado de un vecino. Supuso que eso tendría que haberlo hecho más fácil. La casa de los Marion, de bambú y papel de arroz con un picudo tejado de pizarra, se encontraba en una zona bastante buena del lado sudeste de la ciudad. La casa en sí era pequeña, pero tenía un gran patio, rodeado por una valla alta para que el vecindario no los viera entrenar.
Tanta despreocupación parecía extraña en dos ejecutores, pero Gaelan supuso que, si tenías un hijo, era difícil moverse a hurtadillas de una casa segura a otra. Y cualquier ladrón que entrase por accidente pronto desearía no haberlo hecho. Además, si alguien sabía que atacaba a dos ejecutores y decidía seguir adelante de todas formas, con toda probabilidad era lo bastante poderoso para encontrarlos en cualquier caso.
Aun así. Raro.
Y era la madre la que pegaba.
—¡Más deprisa, Hubert! Patético. Me das asco. —El chico estaba aovillado en el suelo y ella le daba puñetazos, colando el puño entre sus bloqueos, eficaz, seca, despiadada.
«¿Me servirás en esto?».
—¿Qué vas a hacer, Acaelus?
«O me sirves o me abandonas, corazón negro. Allá voy».
Gaelan saltó del tejado. Había un buen motivo táctico para ello —sin duda había trampas en la valla, sobre el tejado de los ejecutores y en sus puertas—, pero la verdad era que solo quería acabar con aquello lo antes posible.
El problema de saltar es que no puedes cambiar de trayectoria en el aire. Jade gritó algo justo antes de que Gaelan descendiera. Llevaba la espada desenvainada y orientada de lleno hacia la espalda de Saron, apuntando al corazón.
Pero Saron saltó al instante, y usó su Talento para hacerlo.
La espada de Gaelan se clavó lo bastante hondo para quedarse enganchada y escapársele de las manos por la fuerza del salto de su objetivo.
Gaelan llegó al suelo desequilibrado y rodó, para después ponerse en pie de un salto y lanzar un par de cuchillos hacia Jade.
Ella se quedó inmóvil, al parecer desconcertada por su aparición.
Los cuchillos la atravesaron, y Jade… reventó como una pompa de jabón.
«¡Un espejismo!». Por supuesto, Jade era una maestra de las ilusiones.
Se oyó un portazo. La puerta de atrás de la casa. Jade ya había escapado.
El chico se había puesto en pie. Miraba a Gaelan con los ojos desorbitados.
—Lo siento, chaval —dijo Gaelan—. No tiene nada que ver contigo. —Saltó por encima de la valla al patio del vecino, mucho más pequeño; aproximadamente donde creía que habría aterrizado Saron.
Lo encontró en el patio, erguido sobre unas piernas temblorosas y apoyado en un arbolito. La espada de Gaelan le había entrado por la espalda y le había salido por debajo del ombligo. La fuerza del salto había tirado de ella hacia abajo, pero no había llegado a rajarle toda la pelvis, de modo que la hoja le asomaba por la bragueta, apuntando hacia abajo. De la punta goteaba sangre como si fuera el chorrillo de pis de un pene.
—No la conseguirás —dijo Saron.
—¿Qué? —preguntó Gaelan, por seguirle el juego.
—La piedra roja. El rubí de fuego.
«¿El ka’kari rojo? ¿Qué cojones…?».
—Estás muriéndote —dijo Gaelan—. Si no pruebas suerte pronto, no te quedarán fuerzas.
Saron cambió de postura y un chorro de sangre y cosas peores manó desde su entrepierna hasta el suelo. Se le cayó un cuchillo de los dedos insensibilizados.
—Demasiado tarde. Maldito seas —gruñó, el rostro contorsionado de dolor.
—¿Cuánto te quiere ella? —preguntó Gaelan con voz queda.
—¿Qué? —Los ojos de Saron de repente delataron una pizca de miedo real.
Gaelan bajó la voz aún más.
—Quiero saber si voy a tener que perseguir a Jade o si volverá si me quedo aquí hablando contigo durante el tiempo suficiente.
—Eres despreciable, Gaelan.
«No te esfuerces».
—¡Te mataré! —gritó Saron.
Alzando la voz. Sin duda para enmascarar que se acercaba…
Gaelan se hizo a un lado.
Una lanza rasgó el aire donde había estado un segundo antes. Craso error. Jade debería haber atacado con proyectiles. La mujer acometió de nuevo mientras él se le acercaba. El filo le cortó la túnica al pasar entre su torso y su brazo.
Gaelan atrapó con el interior del codo el asta de la lanza y lo retorció, mientras bajaba la otra mano y lo partía por debajo de la punta antes de que Jade pudiera recuperar el arma.
Había que reconocerle el mérito. La emoción la había superado por un momento —el deseo de matarlo de inmediato para poder atender a su marido moribundo—, pero ahora estaba tranquila. Atacó de nuevo al instante con el arma rota, usándola a modo de bastón, sin arredrarse.
Desarmado, Gaelan la esquivó y se situó detrás del arbolito en el que se apoyaba Saron mientras agonizaba. El golpe sacudió el árbol entero y arrancó un gemido al moribundo.
Jade acometió con la punta, casi rozando a Saron. Una vez, dos. Gaelan esquivó, esquivó y luego bloqueó el golpe y, al absorber el impacto, la lanzó hacia atrás. Entonces arrancó la espada de la espalda del marido.
Jade era rubia, de ojos verdes, muy apropiados, dura y delgada. Una belleza fibrosa.
Empezó a hacer girar el bastón en círculos grandes y rápidos, mientras trazaba un círculo alrededor de Gaelan en dirección contraria. Saron volvía a gemir. Había caído al suelo y se apoyaba como un fardo contra el pequeño árbol.
Jade no hacía ademán alguno de atacar. Su cara, una máscara de intensidad; la postura, baja; el bastón, girando.
Gaelan habría picado si no tuviera tan buena vista, ayudada por el ka’kari. Pero la figura de Jade presentaba una ligera reverberación. Y ese bastón giratorio no hacía ruido al cortar el aire.
Gaelan se agachó al máximo, giró sobre sus talones y atacó hacia detrás de él, trazando un arco resplandeciente con su espada… que desvió una hoja oscurecida cuando la Jade real, camuflada en las sombras, lo atacó por la espalda.
La respuesta rápida como el rayo de Gaelan le atravesó medio cuello. Jade cayó al instante. Su espada le había seccionado la columna. Un chorro de sangre arterial le salpicó la cara al retirar la hoja. Las sombras en las que Jade había envuelto su cuerpo se disiparon y desaparecieron.
La Jade ilusoria —su distracción, su doble— siguió dando vueltas mientras hacía girar el bastón fantasmal. Jade la había disociado de sí cuando Gaelan había vuelto la cabeza para recuperar su espada. Después se había cubierto con un manto de sombras y lo había rodeado por el lado opuesto. Muy lista.
La Jade ilusoria siguió su órbita hasta llegar a Gaelan, concentrada en hacer girar su bastón.
A su contacto, la ilusión se deshizo.
Cuando Gaelan se volvió de nuevo, Jade estaba muerta. Sus ilusiones la habían sobrevivido.
«¿No somos tan diferentes, verdad?».
El hijo pequeño de los Marion, Hubert, llegó corriendo al patio con una pequeña ballesta de tamaño infantil en las manos, al grito de:
—¡Papá! ¡Papaaá!
A menos de diez pasos de distancia, envuelto en sombras, arropado en los brazos de la noche, Gaelan observaba. Con una mano se frotaba las sienes.
—¡Madre! ¡Madre! —El chico, el huérfano, corrió hacia su cadáver.
Oscuridad.
Gwinvere guió a Gaelan hasta la palangana y le lavó la sangre de las manos. Él sabía que debía salir de su ensimismamiento, pero estaba insensible, entumecido, atontado. Muerto.
Jade, pelo rubio manchado como un halo negro en torno a su cabeza y el cuello cortado en un pronunciado ángulo ascendente, de la clavícula a la barbilla.
Jerissa, pequeña cenaria de ojos marrones y expresión impasible, que nunca volvería a enseñar su extravagante sonrisa, con el vestido apelmazado por la sangre de una única estocada a su corazón.
Ysel, angélica cara redonda de ymmurí, el pecho aplastado, todas las costillas partidas.
Lithel, rizado pelo ladeshiano recogido en muchas trencillas, los ojos abiertos embetunados por el golpe que le había aplastado la nuca.
Direla, de fina y morena piel sethí, la nariz patricia, el pelo azabache. La violencia que la había matado no había dejado muchas marcas, por lo menos en su cara.
Fayima, con las facciones tan destrozadas que no habría podido reconocer a la joven princesa de no ser por el pequeño lunar que tenía en un lado del cuello.
Ahnuwk, rubia platino. Aelin, la bailarina del fuego. Kir, duquesa exiliada y metida a pirata.
Y la lista seguía. Una lista de mujeres, jóvenes y viejas. Sus mujeres y amantes a lo largo de los siglos. Todas muertas. Todas muertas por su culpa. De una manera u otra.
Se volvió y vio una línea de niños muertos. Sus hijos. Sus muertos. Su culpa.
Gwinvere le quitó la túnica pasándosela por encima de la cabeza como si fuera un crío. Estaba plantado ante una humeante bañera de agua. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo llevaban allí.
—Has llegado muy lejos, Tal Drakkan, ¿o ahora es Gaelan Fuego de Estrella? Cuesta mucho huir del pasado, ¿eh? —El hombre estaba sentado a grupas de su corcel azabache. Un gallito pagado de sí mismo. Era la clase de hombre que lleva escrito que se la va a pegar, pero aún tardará algún tiempo.
Gaelan esbozó una mueca, pero no dijo nada y siguió caminando hacia casa.
—Eres un duque, no un granjero. Esto es indigno de ti. ¡Eres un guerrero! Quiero que luches para mí, Gaelan Fuego de Estrella —dijo el barón Rikku—, y no aceptaré un «no» por respuesta.
—Vaya si lo aceptarás.
Gaelan estaba trabajando en el campo, reparando su cerca después del temblor de tierra del invierno, apilando las piedras grandes planas en su sitio mientras los corpulentos y peludos aurochs lo contemplaban burlones.
—Claro —le dijo al grande, al que llamaba Oren—. Haz como si no fueras a intentar saltarla en cuanto me dé la vuelta.
Gaelan vio uno de los peñascos que se había desprendido y se había alejado rodando. Miró a derecha e izquierda para comprobar si alguno de sus vecinos granjeros estaba a la vista. Ya les intrigaba que pudiera ocuparse él solo de tanto trabajo pesado.
Nadie.
Agarró la roca y, con un golpe de Talento, la levantó y la colocó otra vez en su sitio.
—No está mal, ¿eh? —dijo, dando unas palmadas para limpiarse las manos de tierra y barro.
Oren no parecía impresionado.
A Gaelan le gustaba ser granjero. El suficiente trabajo físico para mantenerlo en forma sin el uso de magia corporal. La imposición de orden al caos de la naturaleza. Las líneas rectas del arado. La sencillez de sus vecinos, que no le pedían nada salvo que echara una mano de vez en cuando para levantar un granero.
Reparó casi cinco kilómetros de cerca antes del anochecer, y volvió a casa sucio, sudoroso y contento.
Al llegar, en el gran roble de la entrada, encontró a su hija y su mujer embarazada. Ahorcadas.
Cayó de rodillas. Gritó.
—Seraene. Alinaea. —Los nombres salieron entre sollozos.
—Chis. Chis.
Gwinvere lo sostenía en su cama, envolviéndolo con los brazos, protectora. Le acariciaba el pelo por encima de las sienes.
Cuando despertó por la mañana, Gwinvere ya estaba levantada. Lo miró con lo que él hubiese jurado que era deseo real en los ojos.
—Tómame —dijo—. Después volverás a sentirte tú mismo.
La verdad era que ya se sentía mejor. Había dormido los recuerdos como si fuesen una mala remesa de setas. Pero solo un idiota rechazaría a una mujer tan bella como Gwinvere Kirena. La atrajo a sus brazos.
—Solo falta una muerte —dijo Gwinvere. Llevaba puesta la bata y todavía conservaba en las mejillas el color que habían cogido al hacer el amor, pero de repente era todo negocios.
Gaelan se incorporó en la cama.
—¿Quién?
—Wrable Cicatrices, Gaelan. Es el único que sabe quién eres. Es el único que puede adivinar lo que estoy haciendo. Y tiene órdenes de informar al shinga. Esta noche. Siento pedírtelo, pero es la única manera.
—¿Arutayro? —preguntó una voz junto a la mesa de Gaelan. Era una antigua tradición de ejecutores: un juramento de no agresión durante una hora. La posada era oscura y estaba cargada de humo de tabaco y hierba jarana. La clase de lugar donde nadie hacía preguntas a los desconocidos.
—Arutayro —afirmó Gaelan. Sobre la mesa, envueltas en una faja, estaban todas sus armas.
Ben Wrable dejó su faja cargada de armas junto a la de Gaelan y se sentó.
—No esperaba que conocieras el arutayro, Gaelan. Es viejo. Muy viejo.
—Yo también.
—Lo dudo. Apuesto a que soy más viejo que tú —dijo Ben.
—Mmm. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Debo informar dentro de tres horas. O sea que, si piensas intentar matarme, tendrás que…
—No voy a hacerlo.
—Vamos, Gaelan. Concédeme la dignidad de la sinceridad. Conozco a Gwinvere. No me lo tomo como algo personal. Está entre la espada y la pared. Si me dejas suelto, los demás ejecutores… —Dejó la frase en el aire y alzó las cejas—. ¿Ya te has cargado a los otros?
Gaelan asintió.
Ben soltó una palabrota.
—¿Incluidos Jade y Saron?
—Fueron difíciles.
Ben silbó. Creyendo que lo llamaban, un camarero se acercó.
—Esto… dos cervezas —dijo Ben. El hombre se fue—. Si no me matas, Gaelan, el shinga me ordenará que te mate yo a ti. Tan solo aplazarás tus problemas un día o dos. Y mandará por ti a los matones y a todos los aprendices de ejecutor.
—Te mentí sobre ese símbolo que llevas marcado en el pecho —dijo Gaelan—. Lo he visto antes. Es un pictograma. Literalmente, significa «cabeza partida». Tarado. Idiota.
A Ben se le ensombrecieron las facciones y sus dedos se estiraron de forma involuntaria hacia la faja. Después soltó una carcajada.
—El otro día noté que me mentías cuando me dijiste que no lo habías visto nunca. Por los huevos de los Ángeles de la Noche. «Tarado». Y lo demuestro cortándome el puto dibujito en el pecho una y otra vez durante quince años. No me extraña que los aldeanos friakíes no quisieran decirme lo que significaba. Y tú… tú eres un cabrón por explicármelo.
Gaelan asintió en reconocimiento de que no le faltaba razón. Dio un trago.
—Después encontré esto —dijo Gaelan.
Dejó un colgante sobre la mesa. Eran dos clavos de herradura; uno estaba torcido para formar un círculo, que el otro atravesaba casi de lado a lado. El colgante perdido de Ben, el mismo que le habían quitado cuando lo metieron en los Juegos Mortales.
Una mueca burlona rápida, como diciendo «¿Esperas que me lo crea? ¡Yo te dije el aspecto que tenía!», fue reemplazada por el desconcierto. Ben miró el colgante por todos los lados, buscando las marcas y arañazos en el hierro y contrastándolos con unos recuerdos que tenían más de una década. Habló con la voz acongojada y sobrecogida.
—¿Cómo es posible que encontraras…?
Gaelan alzó el colgante de la mano flácida de Ben. Suspendido de la cadena, el peso del clavo hizo que el símbolo se diera la vuelta: en vez de estar partido de arriba abajo, la separación quedaba de abajo arriba. Gaelan dijo:
—Eras un niño. Copiaste mal el símbolo, Ben. Este significa corazón partido: el que se ha quedado medio corazón mío. Significa amado, favorito. Es la clase de regalo que un jefe guerrero gorathi solo haría a su primogénito.
Entregó el collar al atónito ejecutor.
Ben se lo puso. Apuró su cerveza y renegó en voz baja. Después apoyó el colgante en la palma de la mano: sostenido de esa manera, desde su posición natural, quedaba invertido. Así lo habría visto por última vez de pequeño, cuando se lo arrebataron. Por eso se había equivocado. Soltó una risilla, encantado.
—Eres lo que no hay, Gaelan.
—Sigo sorprendido de que no pusieras veneno de contacto en el colgante. Cada vez que pienso que no tienes remedio, Acaelus, me sales con una de estas.
—He memorizado el libro que me diste —dijo Gaelan.
—¿Qué libro? ¿El de los venenos? ¿Cómo has memorizado todo el…? ¿Cómo has leído siquiera las…? Oh, mierda. —Ben contempló su jarra vacía—. Hijo de puta. ¡Has hecho un juramento! El arutayro…
—No es pertinente. El veneno que he usado no es letal. Solo te dejará inconsciente durante un rato. En cierto sentido, refuerzo el arutaryo, porque ahora no tendré que matarte.
Ben se tambaleó en su asiento.
—¿Cómo? ¿Cómo lo has hecho?
—He pagado a alguien de la cocina para que echara veneno en las dos. Tal y como lo he mezclado, es más pesado que la cerveza, de modo que se disuelve solo en el fondo de la jarra.
—Pero si no me hubiese acabado mi cerveza…
—Siempre te acabas tu cerveza, Ben.
El ejecutor parpadeó, poco a poco, sosteniéndose sobre los codos.
—Pero si no me matas…
Gaelan dejó un montón de monedas sobre la mesa y le hizo una seña con la cabeza al camarero.
—Tendré que matar al shinga. Lo sé.
La cabeza de Ben chocó contra la mesa.
Sin camisa, Gaelan Fuego de Estrella se armaba.
En la otra punta de la habitación, Gwinvere Kirena se vestía.
Él sostuvo ante su pecho una túnica gris claro moteada de negro. La miró en el espejo. La rechazó y cogió una negra moteada de gris.
Ella sostuvo ante su pecho un vestido rojo encendido. Lo miró en el espejo. Lo rechazó y cogió uno azul zafiro con más escote.
Él se ató un par de cuchillos arrojadizos a un musculoso muslo.
Ella se subió una media de seda por un muslo esbelto.
Él se pasó por los hombros un arnés de armas y lo ató con fuerza.
Ella respiró hondo mientras una sirvienta le ceñía el corsé.
Él se enganchó la máscara en torno al cuello.
Ella cerró alrededor del suyo un collar enjoyado.
Él escondió un cuchillo en una funda de la muñeca.
Ella se roció la muñeca de perfume.
Él la miró en su espejo y la descubrió mirándolo en el suyo. Él era un Ángel de la Muerte. Ella era una diosa.
Hizo una reverencia al espejo.
—Buena suerte esta noche, mi dama.
Ella le correspondió con expresión seria.
—Buena suerte, maese Fuego de Estrella. —No dijo «mi señor», pero claro, no hubiese sido propio de ella.
Gaelan saltó por la ventana.
Cruzó de un salto una callejuela estrecha, aterrizó en lo alto del ruinoso tejado de una posada, recorrió el estrecho caballete como un acróbata, saltó y cayó seis pasos hasta un tejado más bajo y liso.
—Soy Sa’kagé, un señor de las sombras. Reclamo las sombras para que no lo haga la Sombra.
Las nubes descargaron sobre la ciudad. Un trueno gigantesco. Un chaparrón.
—Soy el fuerte brazo del veredicto. Soy el Caminante de las Sombras. Soy la Balanza de la Justicia. Soy El Que Defiende Invisible. Soy Matasombras. Soy Sin Nombre.
Se encaramó a una de las pocas secciones del antiguo acueducto que quedaban en pie. Pasos rápidos en la lluvia que llenaba de charcos aquella venerable conducción de piedra. Saltó.
Abajo, un elegante carruaje con tiro de cuatro caballos recorría las calles traqueteando.
—Los impuros no quedarán sin castigo.
Aterrizó en un tejado de paja medio podrida y tuvo que avanzar a cuatro patas para no caer mientras el material se resquebrajaba.
—Mi camino es duro, pero sirvo intacto. En la ignominia, nobleza. En la vergüenza, honor. En la oscuridad, luz. Haré justicia y amaré la piedad.
El hombre del carruaje era uno de los Nueve, el maestro de la moneda del Sa’kagé de Cenaria, el conde Rimbold Drake. Un joven brillante, perspicaz pero no ambicioso. Había alcanzado su cargo entre los Nueve por su pura valía. Gwinvere no creía que le importase quién era el shinga. De modo que estaba allí por piedad.
Gaelan saltó de un lado a otro de la calle justo encima del carruaje. Desenfundó y lanzó un cuchillo hacia abajo a una velocidad increíble.
El arma atravesó el techo del vehículo y tembló clavada en el asiento entre las piernas del conde Drake.
Este contempló boquiabierto el agujero en el techo del carruaje, por el que se colaba un reguero de lluvia. La daga estaba a una pulgada de su entrepierna. Había una nota atada alrededor de la empuñadura.
El conde cogió la misiva. Las palabras estaban escritas con letra prieta y angulosa: «No ha sido un fallo».
Gaelan observó a los hombres que custodiaban una entrada a la Cámara de los Nueve. Conocía al menos seis entradas, pero esa era la más directa. Tres de los centinelas eran meros matones, puro músculo para impedir que algún transeúnte se metiera por el callejón equivocado. Hombres buenos para una pelea de taberna.
«¿Me servirás en esto?».
Gaelan se envolvió en sombras y se arrastró, tumbado sobre un tejado de juncos para mantener un perfil bajo.
—No es una buena mujer. Tienes que saberlo.
Tres arqueros forzaban la vista para ver entre el aguacero y hacían todo lo posible por proteger las cuerdas de sus armas bajo la capa.
«No, pero es la menos mala».
Había dos vigías en los balcones: uno oteaba la calle y el otro miraba por encima de los tejados.
—Dar poder a los malos para luchar contra la maldad. Un argumento diabólico.
Gaelan llegó al borde del edificio. Tenía dos matones más justo debajo. «Soy un diablo».
—Fue a ti a quien Jorsin Alkestes administró el Juramento del Sa’kagé, Acaelus. Podrías dirigirlo tú mismo.
«Vale más dejar el mando a los idealistas y a los arrogantes».
Lo mejor sería entrar sin matar a nadie, pero eso no podía hacerlo solo. No sin la ayuda del ka’kari.
—Muy bien, Acaelus. Serviré.
Gaelan sintió que el ka’kari se formaba en su mano. Lo apretó y este enfundó su cuerpo entero. Se dejó caer al callejón.
No era del todo invisible. No con la lluvia que azotaba su cuerpo y creaba una extraña distorsión en el aire. Pero el callejón era estrecho y la lluvia irregular por culpa del viento que racheaba a intervalos periódicos en el espacio frío y húmedo que separaba los destartalados edificios.
Una ráfaga arrojó un torrente mientras Gaelan pasaba entre un matón con antorcha y la pared.
—Herrick, ¿has visto algo por ahí? —preguntó el matón a otro.
—No. ¿Quieres echar un vistazo?
El forzudo tragó saliva, pero fue hacia lo que había visto.
Gaelan ya los había dejado atrás. Llegó a la puerta. Había basura amontonada delante para camuflar lo que era, pero la entrada se abría hacia dentro, de modo que no suponía ningún problema. Gaelan envolvió las bisagras con magia que apagaba los sonidos y contempló una vez más a todos los hombres que la vigilaban.
Cuando nadie miraba, abrió la puerta y entró a hurtadillas.
Dentro no había nada salvo un corto pasillo, una pared falsa que estaba abierta y una escalerilla de piedra al otro lado. Gaelan fue hasta ella y empezó a deslizarse hacia abajo.
Casi había llegado al final de su descenso cuando alguien que llevaba una antorcha se metió en el tubo de piedra y empezó a subir. Quienquiera que fuese, era ágil como un mono, porque ascendía deprisa para ser un hombre que solo utilizaba una mano en los peldaños.
Gaelan clavó un pie en la pared y luego dio un saltito y apoyó el otro en la pared opuesta. Hizo fuerza con las manos y se pegó a la pared trasera del tubo. Ser invisible no servía de mucho si alguien chocaba directamente contigo.
El hombre pasó justo por debajo de Gaelan y cambió la antorcha de mano. El gesto acercó el fuego hasta casi tocar la cara de Gaelan.
Pero el ka’kari, fiel a su palabra, fiel a su naturaleza, devoró el calor y lo convirtió en su propia magia, lo que hizo que Gaelan se sintiera más fuerte todavía.
El hombre siguió su camino y Gaelan se deslizó hasta el final del estrecho tubo, del que salió, invisible, a la Cámara de los Nueve.
La estancia subterránea de los Nueve era un horror y una maravilla, una reliquia de épocas pasadas. Era circular, pero con el techo tan alto que desaparecía en la oscuridad, por lo que daba la impresión de que quien se encontrara dentro estaba en el fondo de un pozo del que era imposible escapar. Los suelos, las paredes y hasta los escritorios y las sillas de piedra presentaban tallas de toda clase de animales detestables: ratas, serpientes, hidras, arañas, perros deformes y esqueletos. Todo en resplandeciente obsidiana, con ángulos marcados y cortantes. Las numerosas entradas estaban bien escondidas. Un estrado en forma de media luna contenía los bancos de los Nueve y, por encima de ellos, el trono del shinga. La única iluminación procedía de un resalto lleno de aceite que sobresalía de la pared de detrás de los Nueve y los dejaba a todos en sombras.
Pero ya se habían quitado las capuchas. Algunos se habían desprendido por completo de las capas, como Gwinvere. Su belleza era espada a la vez que armadura.
Wrable Cicatrices le había dicho a Gaelan: «Nunca ves la función entera. Cuando eres ejecutor, solo llegas al final».
—La cuestión es —decía un hombre alto y gordo— que creo que debemos tener cuidado con ese joven señor de Gyre, Regnus. No creo que podamos controlarlo.
Un hombre musculoso con muchas cicatrices y la nariz achatada —tenía que ser Pon Dradin, jefe de los matones— tomó la palabra:
—Yo digo que sigamos apoyando a Bran Wesseros. Si…
—Es demasiado marcial. Los Gunder…
—Son unos tarados —dijo el hombre alto y gordo—. Todos y cada uno de ellos.
—¿Dónde está Wrable Cicatrices? Creía que hoy le tocaba informar —señaló un hombrecillo con cara de halcón.
—Basta —anunció el shinga, mientras se ponía en pie—. He tomado una decisión.
Entonces se le cayó la cabeza.
El ka’kari formaba una hoja muy afilada.
La cabeza del shinga golpeó la mesa que tenía delante y rodó hasta el suelo. Su cuerpo se desplomó un momento más tarde.
Nueve pares de ojos se abrieron como platos. Por un instante, todo el mundo perdió el habla. Luego la sala se sumió en la oscuridad.
Gaelan se situó con una pirueta en el centro de la cámara. Algunos de los hombres gritaban, pero la estancia estaba protegida contra escuchas. Seis se recompusieron lo suficiente para tirar de los cordones de alarma… todos los cuales habían sido cortados.
Gaelan abrió al máximo el canal del aceite y esperó a que el combustible rodeara la estancia entera, para después prenderlo con una chispa. La sala se inundó de una luz tan súbita que dejó a todo el mundo atónito.
Se plantó en el centro de la sala, recubierto por el ka’kari como una segunda piel, con los brazos cruzados y la cabeza gacha. Abrió los ojos, alzó la cabeza y se quitó la capa con un movimiento de los hombros.
El Ángel de la Noche era una visión del juicio. Grande, severo, con los ojos entrecerrados. La cara inexpresiva. La boca, una ranura. La piel resbaladiza. Totalmente ajeno. Sin compasión. La oscuridad parecía ondear sobre él como si ardiese pasto de unas llamas oscuras.
Los hombres de los Nueve habían reaccionado a su terror y sorpresa de formas diferentes. Uno se escondía debajo de la mesa y apenas asomaba. Pon Dradin, el matón, estaba listo para pelear, con los puños rollizos en alto. El conde Drake permanecía sentado, pensativo, formando un caballete con las manos.
Los ojos de Gwinvere llameaban, furiosos.
—Yo —dijo Gaelan— soy Sa’kagé. Ha llegado el momento de un cambio de líder. ¿Alguna pregunta?
Gaelan se acercó a Gwinvere con paso firme. Ella esperaba que la matase para quedarse como shinga. Se lo veía en la cara; en su valiente, altiva y furiosa cara.
—Gwinvere Kirena —dijo—. Shinga Kirena. —Hizo una reverencia ante ella.
Al cabo de un momento, el conde Drake, el primero en recuperarse, hizo una profunda reverencia de homenaje.
Pon Dradin se adelantó y dijo:
—Sobre mi…
Gaelan cerró la distancia que los separaba en un abrir y cerrar de ojos y le dio un puñetazo tan fuerte en el puño que le rompió todos los huesos de la manaza.
—No —dijo Gwinvere mientras el hombre se encogía y sostenía su puño destrozado. Ya se estaba recuperando, con la agilidad mental de un gato—. No sobre tu cadáver, Pon Dradin. Se precisan tus servicios.
Un par de centinelas consternados sacaron de la sala el cuerpo del anterior shinga. Un tercero transportaba su cabeza. La figura embozada que ocupaba el centro de la sala parecía ponerlos a todos muy nerviosos.
Se fueron con toda la discreción que pudieron y cerraron la puerta a su espalda, con lo que dejaron a la figura a solas.
Gwinvere se quitó la capucha.
—¿Dónde cojones estás? —preguntó airada.
Gaelan recuperó la visibilidad con una reverberación del aire. Estaban solos los dos.
—Serás capullo —dijo ella—. ¡No necesitaba que me entregaras el trono de las sombras! Un día más, y la última pieza de mi plan…
—No lo he hecho por ti —atajó Gaelan.
—¿Qué? —gruñó ella.
—Necesitaba que supieras que no soy una amenaza para ti.
—¿Y lo haces decapitando a mi predecesor? Una manera muy inteligente de parecer inofensivo, joder —dijo Gwinvere.
Gaelan dejó que la tormenta arreciara, calmado.
—No quiero ser shinga. Podría haber tomado el trono por la fuerza, ahora mismo. Tú lo sabes, y necesito que sepas que yo también lo sé. Este trabajo, trabajar para ti, me va bien. Quiero quedarme, y tú eres el mayor peligro con el que me las veo. Ahora sabes que soy una herramienta para ti, pero no una amenaza. No tienes nada que yo quiera.
Los ojos de Gwinvere transmitían dureza. Después esbozó una repentina sonrisa.
—Yo no diría eso —dijo.
Gaelan alzó una ceja. Por supuesto que todavía deseaba su cuerpo, pero parecía indigno de ella mencionarlo en ese momento. Demasiado obvio para la sutil Gwinvere Kirena.
—Lo he encontrado, Gaelan. He descubierto dónde se esconde el hombre que mató a tu familia.
—Y eso es lo que me llevó al castillo Shayon —digo.
—¿El barón Rikku era el hombre que ahorcó a tu mujer y tu hija? —pregunta Yvor Vas.
Lo miro. Fijamente.
Mierda, de modo que había algunas discrepancias en la historia que le he contado. Y mira que por lo general soy buen mentiroso.
—Lo siento. —El flaco pelirrojo traga saliva. Jamás he concedido una entrevista parecida a ningún miembro de la Sociedad. No puede tirar por la borda la oportunidad. Si los datos no cuadran del todo, tendrá que encajarlos más tarde. Me tiene miedo, pero también es ambicioso. Y se centra demasiado en lo irrelevante—. ¿Puedo… puedo verlo?
Lo miro.
Alza las manos en ademán de rendición.
—No quiero tocarlo ni sostenerlo ni nada. Solo, ya sabes, quiero verlo.
Pongo sobre la mesa una bola de platino, lisa y lustrosa, cubierta de runas enrevesadas. La hago rodar con la punta de un dedo. Minúsculas llamas azules llenan todos los caracteres; luego la guardo de golpe, la hago desaparecer dentro de mí.
Tiene los ojos como platos.
—Lord Eric Daadrul. El portador del Orbe de los Filos en persona. Señor, es un gran honor conoceros.
—Mmm.
—¿Cómo lo enlazasteis? —pregunta. Como si fuese una curiosidad sin importancia.
—Tu propia sangre, necesidad y el elemento del ka’kari. —Como si fuese una respuesta cualquiera.
—¿Su elemento? ¿Cómo funciona eso con el ka’kari de plata?
—Fácil. Me apuñalaron. Tenía sangre, la necesidad y el metal, todo dentro de mí a la vez.
Asiente y toma buena nota. Luego su voz se endurece.
—Voy a tener que pediros que me entreguéis ese ka’kari, lord Daadrul.
—¿Por qué? —pregunto—. Tú ya tienes el rojo.
Parpadea.
—Y nadie puede enlazar dos ka’kari al mismo tiempo —digo.
Yvor Vas habla. Para ganar tiempo, tal vez. Intentando procesar.
—Es para mi hermana. Se muere. Tenemos, teníamos, la misma enfermedad. Yo enlacé el rojo por accidente y me curé. De modo que sé que la salvará. Ni os imagináis lo que he tenido que hacer para llegar hasta aquí. Lo que me ha costado. Lo que he hecho. Ahora dádmelo. Quizá seáis invulnerable a las espadas, señor, pero arderéis como cualquier hijo de vecino.
—¿O sea que no es para Gwinvere? —pregunto.
Una mueca rápida.
—¿Qué me importa a mí una puta cualquiera?
Eso me dice dos cosas: en primer lugar, conoce a Gwinvere. En segundo, es verdad que no lo mandó ella por el ka’kari. Descubrir eso es el único motivo por el que le he contado mi historia, cierta en su mayor parte. Imaginaba que Gwinvere tenía que andar metida en la Sociedad del Segundo Sol o nunca me habría encontrado en un principio, pero no sabía —y necesitaba saber— si intentaría matarme por el ka’kari. La inmortalidad es un trofeo tentador.
—Eso es muy noble —digo—. Asesinar a alguien para salvar a tu hermana, quiero decir.
—Acabo de escuchar vuestra historia. Sois el menos indicado para darme lecciones.
—Ahí tiene su parte de razón.
Yvor se levanta y estruja el ka’kari rojo con la mano. Una lustrosa pátina carmesí recubre su cuerpo. Le quema la ropa. Tendrá que trabajar en eso.
—Luchad conmigo —dice—. No sé cómo sacar el ka’kari si os morís mientras sigue dentro de vuestro cuerpo.
Me pongo en pie y me bamboleo. Estos jóvenes de hoy en día…
—Has envenenado la cerveza —digo—. ¿Has envenenado… la cerveza?
—Irónico, ¿verdad?
Odio la maldita ironía.
Me lanza una bola de fuego.
Levantó el ka’kari negro como un escudo. Devora la bola de fuego con un rugido.
—Eso no es el Orbe de los Filos —dice él.
—Ni yo soy Eric Daadrul. —Con un gesto de prestidigitador, como si me salieran de la piel, le enseño cinco pequeñas bolas metálicas: azul, verde, plateada, blanca y dorada. Ruedan sin rumbo fijo por encima de la mesa.
—¿Tienes todos los ka’kari? —pregunta, aterrorizado pero también codicioso, sin entender todavía la situación.
—Imitaciones —explico. Para ocasiones como esta, precisamente. Echo a rodar en último lugar mi falsificación del ka’kari rojo.
Miedo en sus ojos, a pesar del traje de fuego que le cubre la piel. Confusión. La Sociedad solo conoce la existencia de seis ka’kari, y lo que acaba de ver no encaja con ninguno de ellos.
—No me has atraído aquí para quitarme el ka’kari —le explico, apenado—. Te he atraído yo para quitarte el tuyo.
Una conflagración.
El impacto me hace atravesar la pared de atrás de mi casa segura y voy a parar a la marisma que la rodea. Sabía que el fuego podía suponer un problema; por eso escogí este sitio. No hace falta quemar las Madrigueras enteras, aunque no valga mucho la pena salvarlas. Aterrizo hundido hasta las pantorrillas en el fango del pantano.
El ka’kari negro recubre mi cuerpo mientras Yvor sale por la puerta en llamas.
Sus bolas de fuego dejan surcos humeantes que sisean en la marisma. Esquivo, hago una pirueta, desaparezco.
Él lanza un abanico de llamas que traza un círculo completo. Un chapoteo cuando aterrizo a su espalda.
Gira sobre sus talones, lanza chorros de fuego.
Se enroscan alrededor de mi torso y queman la noche al otro lado de mi cuerpo. Las llamas que me alcanzan son absorbidas en su mayor parte. El ka’kari brilla con una iridiscencia azul en todas las articulaciones y curvas de mi cuerpo mientras devora el fuego.
Le hundo dos dagas en el pecho.
El torrente de fuego pierde intensidad hasta desaparecer. Su ka’kari cae al fango y lo deja desnudo, sostenido casi en exclusiva por mis dagas. Me mira a los ojos y dice:
—Debería haber…
Muere.
Lo dejo deslizarse de las dagas y caer al barro. Recojo el ka’kari rojo que humea caliente en el fango de la marisma.
No hay palabras. No hay luz.
Hace casi setecientos años hubo un gran incendio en Trayethell. Una luz tan brillante que redujo a columnas de cenizas a hombres que se hallaban a muchos kilómetros de distancia. Aquel fuego fue Jorsin Alkestes: loco, salvador, rey. La guerra estaba perdida antes de que se librase aquella última batalla. Pero luchó igualmente, enseñando los dientes, riendo, incandescente. Una luz tan brillante que los grandes hombres y mujeres de su época acudieron a él en bandadas como polillas a la llama, y se quemaron.
En el último día, Jorsin Alkestes, asesino y amigo, cogió a Curoch y Iures en la mano al mismo tiempo. Un hombre de menos fuste hubiera temido tocar cualquiera de los dos. Pero él, en su magnificencia, plegó a su voluntad a la espada del poder y el bastón de la ley.
Mientras los krul, los aberrantes medio hombres, sobrepasaban como una marabunta las últimas barricadas e inundaban las calles, matando a mujeres armadas con poco más que palos y a niños que les lanzaban piedras, huyó un hombre que no había huido en su vida: Acaelus Thorne, con un tesoro no deseado en las manos, abandonó la contienda. Se lo habían ordenado. Se escabulló como un cobarde, corrió más que los krul que lo perseguían, se plantó entre los cadáveres, la suciedad y los cobardes de la boca del paso de las montañas Fasmeru y miró hacia atrás. Los krul eran un manto negro que cubría la cara de la ciudad en llamas.
Apareció una luz en el balcón más alto del castillo. Restallaron relámpagos desde un centenar de puntos. Todos los narokghul que volaban cayeron del cielo convertidos en una lluvia humeante y sanguinolenta. Las nubes negras se despejaron en un instante, como si las hubiera separado un gigante con las manos, y la luz cobró más intensidad todavía. Acaelus se acercó dando tumbos a un grupo de desertores que para recuperar el aliento se apoyaban en la pared de granito de la boca del paso, sin armas, ensangrentados, con los ojos mortecinos; los ojos de los avergonzados y quebrantados. Pero en ese momento esos ojos reflejaban una luz brillante. Los que se habían tirado al suelo se levantaron.
Los titanes se abalanzaban hacia el castillo atravesando casas de piedra de tres pisos que destrozaban y reducían a una metralla de roca pulverizada que bailaba a la luz de un sol naciente. La tierra se alzó, una sola vez, que bastó para derribar a hombres, kruls, titanes y cien clases más de monstruos. Hasta Acaelus se cayó. Los perros gañían. Era como si la tierra misma empeñara su poder en esa empresa. En Jorsin Alkestes.
Y entonces, en el preciso momento en que volvían a ponerse en pie… devastación. Una luz cegadora. Una luz que quemaba. Una luz que hizo hervir el río ensangrentado. Una luz que purificaba. Una luz que rugía.
Un viento huracanado llenó la ceguera que sucedió a la luz; Acaelus solo sabía que se sentía como si su cuerpo mismo estuviera en llamas, como si le quemaran las venas por debajo de la piel. El tiempo se hizo añicos y se dispersó a los cuatro vientos. Acaelus se recuperó y lo primero que vio fue su piel ennegrecida. Lisa y de un negro perfecto, como si lo hubieran sumergido en alquitrán.
Se puso en pie, sintiéndose curiosamente entero, poseído de una fuerza extraordinaria. Había montones de ceniza a su alrededor y los vientos con su aullido se llevaban ya los restos de lo que habían sido hombres. En la pared de granito, contorneadas por la luz, había sombras; fantasmas de personas que habían sido desintegradas. Una sombra era diferente. Una sombra se alzaba, desafiante, con un puño en alto, los bordes perfectos, la silueta nítida: la sombra de Acaelus. Las demás eran tenues, desdibujadas; estaban descoloridas por el caudal de luz que se había prolongado incluso después de que los hombres que las habían proyectado quedasen carbonizados. Pero de principio a fin del incendio, un hombre había aguantado.
La piel negra se retiró al interior de su cuerpo, por su cuenta, y lo dejó desnudo. Su ropa y hasta su armadura habían ardido.
Acaelus contempló el paisaje de desolación. No se movía nada si no era a causa del viento. La muerte había ocupado el trono de Jorsin. Una cúpula negra resplandeciente cubría lo que antaño fuera Trayethell.
—Acaelus. Llora más tarde. Hay trabajo que hacer.
La voz procedía del interior de su cabeza. El ka’kari negro. Lo había salvado. Había sido un regalo secreto de Jorsin Alkestes, que había ordenado al testarudo Acaelus Thorne que huyera, que viviese.
Pero Jorsin no había aclarado que se refería a que Acaelus viviese eternamente.
«Volveré y te lo quitaré de encima», había prometido Jorsin con su pícara sonrisa cuando le había dado el tesoro. El muy mentiroso. Estaba pálido, agotado, pero sus ojos relucían con una intensidad febril. Se había pasado todos los días combatiendo y todas las noches con el archimago Ezra, haciendo… algo. Sin dormir nunca. Trabajando en una salvación de última hora que Acaelus acabó por comprender que no llegaría.
Jorsin Alkestes: emperador, genio, archimago, tirano. Jorsin Alkestes era una luz tan brillante que dejó sombras que pervivieron durante siglos. Las semblanzas de unos hombres quemadas en las paredes de granito. Y una sombra perfecta por encima de todas las demás. Una sombra que caminaba y respiraba. Una sombra que titilaba como los fantasmas proyectados por una vela, tan mutable como las promesas de un rey. Una sombra que devoraba la luz y la vida.
La luz es, pero una sombra indefinida se convierte simplemente en oscuridad. Y al hombre que había sido Acaelus Thorne se le había negado la luz durante demasiado tiempo. Estaba consumido, disperso, como una bocanada de humo. Se estaba convirtiendo en oscuridad indiferenciada.
¿Y si la luz misma había sido una mentira?
El monte Tenji es el pico más alto de Ceura. Cuando yo era pequeño, la gente hacía peregrinajes a la cumbre. Hace siglos que el clima es demasiado frío para eso. Es un volcán, pero hace más de cien años que no entra en erupción. Algo de humo de vez en cuando, nada más.
Alcanzo el cráter al sexto día de escalada. Estoy enterrado bajo muchas capas de abrigos. El viento arrastra nieve de un lado a otro.
«Sirves para muchas cosas —pienso para el ka’kari negro—, pero mantenerme caliente no es una de ellas».
—El otro día te dejaste una parte del Juramento del Sa’kagé.
«Te diste cuenta, ¿eh?».
—«Hasta que vuelva el rey, no soltaré mi carga».
Hago una pausa.
«Jorsin Alkestes está muerto. No volverá».
—Reúne los ka’kari. Júntalos todos. Ha llegado la hora.
«Imposible».
—¿Imposible? ¿Para ti?
«¿Y si lo consigo? Tengo una minúscula fracción del poder de Jorsin Alkestes, y soy imparable. Era mi rey, pero no estoy seguro de que al final no estuviera loco».
El ka’kari no responde. Me conoce lo bastante bien para saber cuándo tengo que rumiar las cosas por mi cuenta como buenamente pueda.
Solo hay una pregunta: ¿tiene sentido lo que haces, todos los días? Hubo un tiempo en que Acaelus había pensado que sus acciones lo tenían. Durante siglos había depositado su fe en Jorsin Alkestes. Un rey muerto hacía mucho. Un loco que había jurado que volvería. Incluso de entre los muertos. Un loco que había dejado un rastro de locura por donde había pasado.
Acaelus lo había dado todo. Estaba cansado de dar. Estaba cansado de creer. Era demasiado. Se había acabado.
—Él te quería, lo sabes. Más que a nadie. ¿Confías en tu viejo amigo?
Pienso un rato en la cumbre azotada por el viento.
—No confío en que sea un dios.
Arrojo el ka’kari rojo al cráter.
Me ato los schlusses a los pies y me lanzo montaña abajo a gran velocidad. Por lo general, la velocidad y el peligro me proporcionan un gozo intenso, pero ahora soy un cascarón vacío. Soy como las grandes secuoyas de Vuelta de Torras: tengo las hojas verdes pero el corazón podrido, hueco, a la espera, solo a la espera de que llegue la tormenta que pondrá fin a todo. Una pantomima de vida. Más solo de lo que he estado nunca.
El volcán no destruirá el rojo, no lo creo. Pero sí lo dejará fuera del alcance de la gente. Tal vez quedará atrapado a medio camino hacia abajo, pero sin caer en el magma, y será imposible que nadie viva el tiempo suficiente para alcanzarlo, o quizá llegará hasta el fondo, absorberá todo el poder que pueda —una cantidad inmensa— y después lo liberará. Una y otra vez.
Estoy a media altura de la ladera cuando el volcán explota.
Supongo que ha llegado al magma.
Doy la espalda al cráter como he dado la espalda a mi rey. El fuego me persigue, pero al vacío no puede amenazársele. El vacío no tiene afecto a nada. El vacío no conoce el miedo.
El Sin Nombre trabaja en su nueva cara delante del espejo de Gwinvere. Es importante que lo haga allí, para que ella lo vea y no albergue dudas de que el nuevo él sigue siendo en realidad la misma persona. Pero la magia corporal duele horrores, y él no quiere enseñarle el dolor. Bebe más. Está borracho, y hacen falta cantidades heroicas de alcohol para emborracharlo. El ka’kari negro anula los venenos, en su mayor parte, un dato que a Yvor Vas probablemente le hubiera gustado conocer.
—No eres tan guapo como era Gaelan —dice ella, al final, mirando su pelo rubio, la fina barba del mismo color y las mejillas marcadas. No le complace su ebriedad, pero al menos no parece temer sus habilidades.
—Esta era mi primera cara. Mi cara real, podría decirse, si semejante cosa tuviera algún sentido para mí. —La cara de Acaelus Thorne. Un capricho, quizá una elección peligrosa, pero una sombra debería guardar cierto parecido con la forma que la proyectó.
—Atractivo, antes de las cicatrices. Un poco siniestro, con ellas —dice Gwinvere.
Él gruñe. Lo que parecen picaduras de viruela en realidad procedían de las salpicaduras del ácido que tenía por sangre un monstruo de aquella última batalla en la que murió Jorsin Alkestes, cuando Trayethell sucumbió. Los magos de la época no habían sido capaces de curarlas. Ahora no quiere borrar ese último recuerdo del hombre que podría haber sido su amigo.
Desde el piso de abajo le llegan los gritos de unos niños que juegan. Chicos de la calle, ratas de hermandad, los nacidos de esclavos que no tienen adonde ir. Gwinvere los acoge de vez cuando. La llaman Mama K. En ese momento, los desgraciados están despotricando; no es exactamente lo que uno espera cuando es amable, pero sí lo que a menudo se obtiene cuando se demuestra amabilidad a quienes no pueden corresponder.
—El capitán de la guardia de la ciudad ha informado de tu muerte, sin dar tu nombre —dice Gwinvere—. Cualquiera que escarbe deducirá que Gaelan Fuego de Estrella murió en un incendio en las Madrigueras. Correrán rumores de que cayó en desgracia ante el shinga anterior. Ya fallecido. Un punto muerto literal.
—Muy satisfactorio —dice el vacío sin nombre.
—¿Y qué, cuál es tu nuevo nombre? —pregunta Gwinvere.
—Durzo —dice para su jarra mientras la levanta para echar otro trago—. Durzo Blindaje. —Añade con un hipido. A menudo ha tenido apellidos que significaban algo, y también parece una tradición entre algunos de los ejecutores. «Blindaje» le viene que ni pintado.
—¿Durzo Blint? —pregunta ella, que no lo ha entendido bien.
De Blindado a Blint. Un recorte, una mengua, un agujero en la armadura. Un descenso del significado a la insignificancia. Parece apropiado. De repente recuerda la profecía de Polus Merit. Él también había dicho Blint, ¿verdad?
—Exacto —dice—. Durzo Blint. —Bebe. «A tu salud, Polus Merit, gordo tocapelotas».
—Bueno, Durzo, tengo un trabajo para ti —dice Gwinvere—. Alguien a quien hay que matar.
Gwinvere Kirena es la fuerza personificada. La perfección encarnada. Del todo impecable y, por tanto, de algún modo, del todo estéril, impermeable. Cuando mira a Gwinvere, no ve a una mujer a la que vayan a pillar nunca desprevenida. Nunca la ahorcarán, la estrangularán o le rajarán la garganta, nunca le partirán la cabeza. Es demasiado fuerte para eso, demasiado lista.
Gwinvere no lo necesita, de modo que no puede fallarle. Es la fría seguridad de un cobertizo en la lluvia, no la falsa comodidad de un castillo de piedra que se te derrumbará sobre la cabeza y te destruirá por completo. Le tiende un retazo de papel.
A Gwinvere le gustan los niños. Una extraña yuxtaposición. Un retazo de humanidad.
«Esto es lo que me corresponde. Esto es lo que merezco. Retazos».
No mira el papel. No aparta los ojos de los de ella, que le sostiene la mirada. No le importa qué nombre figure en la nota. No le importa lo que hayan hecho.
—Lo acepto —dice.