Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi · Capítulo 20 de 26

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Sostiene Pereira

Capítulo 20

Aquel sábado apareció en el Lisboa la traducción de La última lección de

Alphonse Daudet. La censura había dejado pasar tranquilamente el cuento, y Pereira

sostiene que pensó que en el fondo podía escribirse «Viva Francia» y que el doctor

Cardoso no tenía razón. Tampoco esta vez firmó Pereira la traducción. Sostiene que

lo hizo porque no le parecía correcto que el director de la página cultural firmase la

traducción de un relato, hubiera dejado entrever a todos los lectores que en el fondo

la página la hacía él solo, y eso le molestaba. Fue una cuestión de orgullo, sostiene.

Pereira leyó el relato con gran satisfacción, eran las diez de la mañana, era

domingo, y él estaba ya en la redacción porque se había levantado muy temprano,

había empezado a traducir el primer capítulo del Journal d'un curé de campagne de

Bernanos y estaba trabajando a buen ritmo. En aquel momento sonó el teléfono.

Pereira solía tenerlo descolgado, porque desde que estaba conectado con la portera

detestaba que le pasaran las llamadas, pero aquella mañana se había olvidado de

descolgarlo. ¿Oiga?, señor Pereira, dijo la voz de Celeste, tiene una llamada,

preguntan por usted de la clínica talasopírica de Parede. Talasoterápica, corrigió

Pereira. Bueno, bueno, algo así, dijo la voz de Celeste, ¿quiere que le pase la

comunicación o tengo que decir que no está? Pásemela, dijo Pereira. Oyó el clic de

un conmutador y una voz dijo: ¿Oiga?, soy el doctor Cardoso, quisiera hablar con el

señor Pereira. Soy yo, respondió Pereira, buenos días, doctor Cardoso, me alegro de

oírle. El gusto es mío, dijo el doctor Cardoso, ¿cómo está, señor Pereira, sigue usted

mi dieta? Hago todo lo posible, admitió Pereira, hago todo lo posible pero no es fácil.

Escuche, señor Pereira, dijo el doctor Cardoso, estoy a punto de tomar un tren para

Lisboa, leí ayer el cuento de Daudet, es verdaderamente magnífico, me gustaría

hablar de ello con usted, ¿qué le parece si nos vemos para el almuerzo? ¿Conoce el

Café Orquídea?, preguntó Pereira, está en la Rua Alexandre Herculano, pasada la

carnicería judía. Lo conozco, dijo el doctor Cardoso, ¿a qué hora, señor Pereira? A la

una, si le parece bien. Perfecto, respondió el doctor Cardoso, a la una, hasta luego.

Pereira estaba seguro de que Celeste había escuchado toda la conversación, pero no le

importó en exceso, no había dicho nada por lo que tuviera que estar atemorizado.

Continuó traduciendo el primer capítulo de la novela de Bernanos y esta vez dejó el

teléfono descolgado, sostiene. Trabajó hasta la una menos cuarto, se puso la chaqueta,

se metió la corbata en el bolsillo y salió.

Cuando entró en el Café Orquídea el doctor Cardoso todavía no había llegado.

Pereira hizo que les prepararan la mesa cercana al ventilador y se sentó. Pidió como

aperitivo una limonada, porque tenía sed, pero sin azúcar. Cuando el camarero volvió

con la limonada Pereira le preguntó: ¿Qué noticias hay, Manuel? Noticias

contradictorias, respondió el camarero, parece que ahora hay cierto equilibrio en

España, los nacionales han conquistado el norte, pero los republicanos vencen en el

centro, parece que la decimoquinta brigada internacional se ha comportado valerosamente en Zaragoza, el centro está en manos de la república y los italianos que

apoyan a Franco están actuando de manera vergonzosa. ¿A favor de quién está usted,

Manuel? A veces de unos, a veces de los otros, respondió el camarero, porque los dos

bandos son fuertes, pero esa historia de nuestros chicos de la Viriato que han ido a

combatir contra los republicanos no me gusta, en el fondo nosotros también somos

una república, expulsamos al rey en mil novecientos diez, no veo por qué motivo se

combate contra una república. Exacto, aprobó Pereira.

En ese momento entró el doctor Cardoso. Pereira lo había visto siempre con una

bata blanca, y al verlo así, vestido normalmente, le pareció más joven, sostiene. El

doctor Cardoso llevaba una camisa de rayas y una chaqueta clara y parecía un poco

acalorado. El doctor Cardoso le sonrió y Pereira le devolvió la sonrisa. Se estrecharon

las manos y el doctor Cardoso se sentó. Formidable, señor Pereira, dijo el doctor

Cardoso, formidable, es verdaderamente un cuento bellísimo, no creía que Daudet

tuviera tanta fuerza, he venido para felicitarle, lástima que no haya firmado usted la

traducción, hubiera deseado ver su nombre entre paréntesis bajo el cuento. Pereira le

explicó pacientemente que lo había hecho por humildad, o mejor, por orgullo, porque

no quería que los lectores descubrieran que toda aquella página la escribía él, que era

su director, quería causar la impresión de que el periódico contaba con otros

colaboradores, que era un periódico como Dios manda, en resumen: lo había hecho

por el Lisboa.

Pidieron dos ensaladas de pescado. Pereira hubiera preferido una omelette a las

finas hierbas, pero no tuvo el valor de pedirla delante del doctor Cardoso. Quizá su

nuevo yo hegemónico ha ganado algunos puntos, murmuró el doctor Cardoso. ¿En

qué sentido?, preguntó Pereira. En el sentido de que ha podido usted escribir «Viva

Francia», dijo el doctor Cardoso, aunque haya sido por persona interpuesta. Ha sido

una satisfacción, admitió Pereira, y luego, fingiendo estar informado, continuó: ¿Sabe

usted que la decimoquinta brigada internacional lleva las de ganar en el centro de

España?, parece que se ha comportado heroicamente en Zaragoza. No se haga

demasiadas ilusiones, señor Pereira, replicó el doctor Cardoso, Mussolini ha enviado

varios submarinos a Franco y los alemanes le apoyan con la aviación, los

republicanos no lo conseguirán. Pero los soviéticos están con ellos, objetó Pereira, las

brigadas internacionales, todos los pueblos que han confluido en España para ayudar

a los republicanos… Yo no me haría demasiadas ilusiones, repitió el doctor Cardoso,

quería decirle que he llegado a un acuerdo con la clínica de Saint-Malo, partiré dentro

de quince días. No me deje, doctor Cardoso, hubiera querido decir Pereira, se lo

ruego, no me deje. Pero en cambio dijo: No nos deje, doctor Cardoso, no abandone a

nuestra gente, este país necesita a personas como usted. Por desgracia, la verdad es

que no las necesita, respondió el doctor Cardoso, o por lo menos yo no necesito a este

país, creo que será mejor que me vaya a Francia antes del desastre. ¿El desastre?, preguntó Pereira, ¿qué desastre? No lo sé, respondió el doctor Cardoso, espero algún

desastre, un desastre general, pero no quiero preocuparle, señor Pereira, quizá esté

usted elaborando su nuevo yo hegemónico y necesita tranquilidad, mientras tanto yo

me marcho, por cierto, ¿cómo están sus chicos?, los chicos que ha conocido y que

colaboran en su periódico. Sólo uno de ellos colabora conmigo, respondió Pereira,

pero todavía no me ha hecho ni un artículo que sea publicable, imagínese, ayer me

mandó uno sobre Maiakovski en el que conmemoraba la revolución soviética, no sé

por qué continúo dándole dinero por artículos impublicables, tal vez porque tiene

problemas, de eso estoy seguro, y esa chica que sale con él también, y yo soy su

único punto de referencia. Usted los está ayudando, dijo el doctor Cardoso, ya me

doy cuenta de ello, pero menos de lo que desearía hacer efectivamente, quizá si su

nuevo yo hegemónico consigue asomar la cabeza, hará algo más, señor Pereira,

perdóneme si soy demasiado sincero. Mire usted, doctor Cardoso, dijo Pereira,

contraté a ese chico para hacer necrológicas anticipadas y efemérides, sólo me ha

mandado artículos delirantes y revolucionarios, como si no supiera en qué país

vivimos, le he dado siempre dinero de mi bolsillo, para que no fuera una carga para el

periódico y porque era mejor no implicar al director, le he protegido, he escondido a

su primo, que me parece un pobre hombre y que combate en las brigadas

internacionales en España, ahora sigo enviándole dinero y él vaga por el Alentejo,

¿qué más puedo hacer? Podría reunirse con él, respondió con simplicidad el doctor

Cardoso. ¿Reunirme con él?, exclamó Pereira, ¿seguirle por el Alentejo en sus

desplazamientos clandestinos?, y además, ¿dónde reunirme con él, si ni siquiera sé

dónde vive? Sin duda lo sabrá su novia, dijo el doctor Cardoso, estoy convencido de

que su novia lo sabe pero no se lo dice porque no confía plenamente en usted, señor

Pereira, pero usted tal vez podría ganarse su confianza, presentarse menos reservado,

tiene usted un fuerte superego, señor Pereira, y ese superego está combatiendo con su

nuevo yo hegemónico, está usted en conflicto consigo mismo en esa batalla que se

está desarrollando en su alma, tendría que abandonar a su superego, tendría que dejar

que se fuera a su destino como si fuera un desecho. ¿Y qué quedaría de mí?, preguntó

Pereira, yo soy lo que soy, con mis recuerdos, con mi vida pasada, la memoria de

Coimbra y de mi mujer, una vida transcurrida como cronista de un gran periódico,

¿qué quedaría de mí? La elaboración del luto, dijo el doctor Cardoso, es una

expresión freudiana, perdóneme, soy sincrético, y he pescado un poco de aquí, otro

poco de allá, pero usted necesita elaborar el luto, necesita decir adiós a su vida

pasada, necesita vivir en el presente, un hombre no puede vivir como usted, señor

Pereira, pensando sólo en el pasado. ¿Y mis recuerdos?, preguntó Pereira, ¿y todo lo

que he vivido? Serían tan sólo memoria, respondió el doctor Cardoso, y no invadirían

de forma tan avasalladora su presente, usted vive proyectado en el pasado, usted está

aquí como si estuviera en Coimbra hace treinta años y su mujer estuviera viva todavía, si continúa así acabará convirtiéndose en una especie de fetichista de sus

recuerdos, quizá se pondrá a hablar con la fotografía de su esposa. Pereira se limpió

la boca con la servilleta, bajó el tono de voz y dijo: Ya lo hago, doctor Cardoso. El

doctor Cardoso sonrió. Vi el retrato de su esposa en la habitación de la clínica, dijo y

pensé: Este hombre habla mentalmente con el retrato de su mujer, todavía no ha

elaborado el luto, es eso justamente lo que pensé, señor Pereira. En realidad, no hablo

mentalmente con él, añadió Pereira, le hablo en voz alta, le cuento todas mis cosas, y

es como si el retrato me contestase. Son fantasías dictadas por su superego, dijo el

doctor Cardoso, tendría que hablar con alguien de todas estas cosas. Pero no tengo a

nadie con quien hablar, confesó Pereira, estoy solo, tengo un amigo que es profesor

de la Universidad de Coimbra, fui a encontrarme con él a las termas de Buçaco y me

marché al día siguiente porque no lo soportaba, los profesores de universidad están

todos a favor de la actual situación política y él no es una excepción, y está también

mi director, pero participa en todos los actos oficiales con el brazo tendido como una

jabalina, imagínese si puedo hablar con él, y después está la portera de la redacción,

Celeste, es una confidente de la policía, y ahora me hace de centralita, y estaría

además Monteiro Rossi, pero se halla en la clandestinidad. ¿Monteiro Rossi es el

chico al que ha conocido?, preguntó el doctor Cardoso. Es mi ayudante, respondió

Pereira, el joven que me escribe los artículos que no puedo publicar. Pues búsquelo,

replicó el doctor Cardoso, como ya le he dicho antes, búsquelo, señor Pereira, él es

joven, es el futuro, usted necesita tratar con un joven, aunque escriba artículos que no

pueden publicarse en su periódico, deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el

futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira, frecuentar el futuro, qué expresión

más hermosa, no se me habría ocurrido nunca. Pereira pidió una limonada sin azúcar

y continuó: Por último, queda usted, doctor Cardoso, con quien me gusta mucho

hablar y con quien hablaría gustosamente en el futuro, pero usted me deja, usted me

deja, me deja aquí con mi soledad, y no tengo a nadie más que el retrato de mi

esposa, ¿comprende? El doctor Cardoso se bebió el café que Manuel le había llevado.

Puedo hablar con usted en Saint-Malo si viene a verme, señor Pereira, dijo el doctor

Cardoso, ¿quién ha dicho que este país está hecho para usted?, y además está lleno de

recuerdos, intente tirar por el desagüe su superego y déle espacio a su nuevo yo

hegemónico, tal vez podamos vernos en otras ocasiones y usted sea ya un hombre

distinto.

El doctor Cardoso insistió en pagar la comida y Pereira aceptó de buen grado,

sostiene, porque con aquellos dos billetes que había entregado a Marta la tarde

anterior su cartera se había quedado más bien vacía. El doctor Cardoso se levantó y

se despidió. Hasta pronto, señor Pereira, dijo, espero volver a verle en Francia o en

otro país de este vasto mundo y, se lo pido de nuevo, déle espacio a su yo

hegemónico, déjelo ser, necesita nacer, necesita afirmarse.

Pereira se levantó y se despidió. Le vio alejarse y sintió una gran nostalgia, como

si aquella despedida fuera definitiva. Pensó en la semana transcurrida en la clínica

talasoterápica de Parede, en sus conversaciones con el doctor Cardoso, en su soledad.

Y cuando el doctor Cardoso salió por la puerta y desapareció en la calle se sintió solo,

verdaderamente solo, y pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento

de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y

aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia,

no sabría decir de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida

futura, sostiene Pereira.