Sostiene Pereira
Capítulo 20
Aquel sábado apareció en el Lisboa la traducción de La última lección de
Alphonse Daudet. La censura había dejado pasar tranquilamente el cuento, y Pereira
sostiene que pensó que en el fondo podía escribirse «Viva Francia» y que el doctor
Cardoso no tenía razón. Tampoco esta vez firmó Pereira la traducción. Sostiene que
lo hizo porque no le parecía correcto que el director de la página cultural firmase la
traducción de un relato, hubiera dejado entrever a todos los lectores que en el fondo
la página la hacía él solo, y eso le molestaba. Fue una cuestión de orgullo, sostiene.
Pereira leyó el relato con gran satisfacción, eran las diez de la mañana, era
domingo, y él estaba ya en la redacción porque se había levantado muy temprano,
había empezado a traducir el primer capítulo del Journal d'un curé de campagne de
Bernanos y estaba trabajando a buen ritmo. En aquel momento sonó el teléfono.
Pereira solía tenerlo descolgado, porque desde que estaba conectado con la portera
detestaba que le pasaran las llamadas, pero aquella mañana se había olvidado de
descolgarlo. ¿Oiga?, señor Pereira, dijo la voz de Celeste, tiene una llamada,
preguntan por usted de la clínica talasopírica de Parede. Talasoterápica, corrigió
Pereira. Bueno, bueno, algo así, dijo la voz de Celeste, ¿quiere que le pase la
comunicación o tengo que decir que no está? Pásemela, dijo Pereira. Oyó el clic de
un conmutador y una voz dijo: ¿Oiga?, soy el doctor Cardoso, quisiera hablar con el
señor Pereira. Soy yo, respondió Pereira, buenos días, doctor Cardoso, me alegro de
oírle. El gusto es mío, dijo el doctor Cardoso, ¿cómo está, señor Pereira, sigue usted
mi dieta? Hago todo lo posible, admitió Pereira, hago todo lo posible pero no es fácil.
Escuche, señor Pereira, dijo el doctor Cardoso, estoy a punto de tomar un tren para
Lisboa, leí ayer el cuento de Daudet, es verdaderamente magnífico, me gustaría
hablar de ello con usted, ¿qué le parece si nos vemos para el almuerzo? ¿Conoce el
Café Orquídea?, preguntó Pereira, está en la Rua Alexandre Herculano, pasada la
carnicería judía. Lo conozco, dijo el doctor Cardoso, ¿a qué hora, señor Pereira? A la
una, si le parece bien. Perfecto, respondió el doctor Cardoso, a la una, hasta luego.
Pereira estaba seguro de que Celeste había escuchado toda la conversación, pero no le
importó en exceso, no había dicho nada por lo que tuviera que estar atemorizado.
Continuó traduciendo el primer capítulo de la novela de Bernanos y esta vez dejó el
teléfono descolgado, sostiene. Trabajó hasta la una menos cuarto, se puso la chaqueta,
se metió la corbata en el bolsillo y salió.
Cuando entró en el Café Orquídea el doctor Cardoso todavía no había llegado.
Pereira hizo que les prepararan la mesa cercana al ventilador y se sentó. Pidió como
aperitivo una limonada, porque tenía sed, pero sin azúcar. Cuando el camarero volvió
con la limonada Pereira le preguntó: ¿Qué noticias hay, Manuel? Noticias
contradictorias, respondió el camarero, parece que ahora hay cierto equilibrio en
España, los nacionales han conquistado el norte, pero los republicanos vencen en el
centro, parece que la decimoquinta brigada internacional se ha comportado valerosamente en Zaragoza, el centro está en manos de la república y los italianos que
apoyan a Franco están actuando de manera vergonzosa. ¿A favor de quién está usted,
Manuel? A veces de unos, a veces de los otros, respondió el camarero, porque los dos
bandos son fuertes, pero esa historia de nuestros chicos de la Viriato que han ido a
combatir contra los republicanos no me gusta, en el fondo nosotros también somos
una república, expulsamos al rey en mil novecientos diez, no veo por qué motivo se
combate contra una república. Exacto, aprobó Pereira.
En ese momento entró el doctor Cardoso. Pereira lo había visto siempre con una
bata blanca, y al verlo así, vestido normalmente, le pareció más joven, sostiene. El
doctor Cardoso llevaba una camisa de rayas y una chaqueta clara y parecía un poco
acalorado. El doctor Cardoso le sonrió y Pereira le devolvió la sonrisa. Se estrecharon
las manos y el doctor Cardoso se sentó. Formidable, señor Pereira, dijo el doctor
Cardoso, formidable, es verdaderamente un cuento bellísimo, no creía que Daudet
tuviera tanta fuerza, he venido para felicitarle, lástima que no haya firmado usted la
traducción, hubiera deseado ver su nombre entre paréntesis bajo el cuento. Pereira le
explicó pacientemente que lo había hecho por humildad, o mejor, por orgullo, porque
no quería que los lectores descubrieran que toda aquella página la escribía él, que era
su director, quería causar la impresión de que el periódico contaba con otros
colaboradores, que era un periódico como Dios manda, en resumen: lo había hecho
por el Lisboa.
Pidieron dos ensaladas de pescado. Pereira hubiera preferido una omelette a las
finas hierbas, pero no tuvo el valor de pedirla delante del doctor Cardoso. Quizá su
nuevo yo hegemónico ha ganado algunos puntos, murmuró el doctor Cardoso. ¿En
qué sentido?, preguntó Pereira. En el sentido de que ha podido usted escribir «Viva
Francia», dijo el doctor Cardoso, aunque haya sido por persona interpuesta. Ha sido
una satisfacción, admitió Pereira, y luego, fingiendo estar informado, continuó: ¿Sabe
usted que la decimoquinta brigada internacional lleva las de ganar en el centro de
España?, parece que se ha comportado heroicamente en Zaragoza. No se haga
demasiadas ilusiones, señor Pereira, replicó el doctor Cardoso, Mussolini ha enviado
varios submarinos a Franco y los alemanes le apoyan con la aviación, los
republicanos no lo conseguirán. Pero los soviéticos están con ellos, objetó Pereira, las
brigadas internacionales, todos los pueblos que han confluido en España para ayudar
a los republicanos… Yo no me haría demasiadas ilusiones, repitió el doctor Cardoso,
quería decirle que he llegado a un acuerdo con la clínica de Saint-Malo, partiré dentro
de quince días. No me deje, doctor Cardoso, hubiera querido decir Pereira, se lo
ruego, no me deje. Pero en cambio dijo: No nos deje, doctor Cardoso, no abandone a
nuestra gente, este país necesita a personas como usted. Por desgracia, la verdad es
que no las necesita, respondió el doctor Cardoso, o por lo menos yo no necesito a este
país, creo que será mejor que me vaya a Francia antes del desastre. ¿El desastre?, preguntó Pereira, ¿qué desastre? No lo sé, respondió el doctor Cardoso, espero algún
desastre, un desastre general, pero no quiero preocuparle, señor Pereira, quizá esté
usted elaborando su nuevo yo hegemónico y necesita tranquilidad, mientras tanto yo
me marcho, por cierto, ¿cómo están sus chicos?, los chicos que ha conocido y que
colaboran en su periódico. Sólo uno de ellos colabora conmigo, respondió Pereira,
pero todavía no me ha hecho ni un artículo que sea publicable, imagínese, ayer me
mandó uno sobre Maiakovski en el que conmemoraba la revolución soviética, no sé
por qué continúo dándole dinero por artículos impublicables, tal vez porque tiene
problemas, de eso estoy seguro, y esa chica que sale con él también, y yo soy su
único punto de referencia. Usted los está ayudando, dijo el doctor Cardoso, ya me
doy cuenta de ello, pero menos de lo que desearía hacer efectivamente, quizá si su
nuevo yo hegemónico consigue asomar la cabeza, hará algo más, señor Pereira,
perdóneme si soy demasiado sincero. Mire usted, doctor Cardoso, dijo Pereira,
contraté a ese chico para hacer necrológicas anticipadas y efemérides, sólo me ha
mandado artículos delirantes y revolucionarios, como si no supiera en qué país
vivimos, le he dado siempre dinero de mi bolsillo, para que no fuera una carga para el
periódico y porque era mejor no implicar al director, le he protegido, he escondido a
su primo, que me parece un pobre hombre y que combate en las brigadas
internacionales en España, ahora sigo enviándole dinero y él vaga por el Alentejo,
¿qué más puedo hacer? Podría reunirse con él, respondió con simplicidad el doctor
Cardoso. ¿Reunirme con él?, exclamó Pereira, ¿seguirle por el Alentejo en sus
desplazamientos clandestinos?, y además, ¿dónde reunirme con él, si ni siquiera sé
dónde vive? Sin duda lo sabrá su novia, dijo el doctor Cardoso, estoy convencido de
que su novia lo sabe pero no se lo dice porque no confía plenamente en usted, señor
Pereira, pero usted tal vez podría ganarse su confianza, presentarse menos reservado,
tiene usted un fuerte superego, señor Pereira, y ese superego está combatiendo con su
nuevo yo hegemónico, está usted en conflicto consigo mismo en esa batalla que se
está desarrollando en su alma, tendría que abandonar a su superego, tendría que dejar
que se fuera a su destino como si fuera un desecho. ¿Y qué quedaría de mí?, preguntó
Pereira, yo soy lo que soy, con mis recuerdos, con mi vida pasada, la memoria de
Coimbra y de mi mujer, una vida transcurrida como cronista de un gran periódico,
¿qué quedaría de mí? La elaboración del luto, dijo el doctor Cardoso, es una
expresión freudiana, perdóneme, soy sincrético, y he pescado un poco de aquí, otro
poco de allá, pero usted necesita elaborar el luto, necesita decir adiós a su vida
pasada, necesita vivir en el presente, un hombre no puede vivir como usted, señor
Pereira, pensando sólo en el pasado. ¿Y mis recuerdos?, preguntó Pereira, ¿y todo lo
que he vivido? Serían tan sólo memoria, respondió el doctor Cardoso, y no invadirían
de forma tan avasalladora su presente, usted vive proyectado en el pasado, usted está
aquí como si estuviera en Coimbra hace treinta años y su mujer estuviera viva todavía, si continúa así acabará convirtiéndose en una especie de fetichista de sus
recuerdos, quizá se pondrá a hablar con la fotografía de su esposa. Pereira se limpió
la boca con la servilleta, bajó el tono de voz y dijo: Ya lo hago, doctor Cardoso. El
doctor Cardoso sonrió. Vi el retrato de su esposa en la habitación de la clínica, dijo y
pensé: Este hombre habla mentalmente con el retrato de su mujer, todavía no ha
elaborado el luto, es eso justamente lo que pensé, señor Pereira. En realidad, no hablo
mentalmente con él, añadió Pereira, le hablo en voz alta, le cuento todas mis cosas, y
es como si el retrato me contestase. Son fantasías dictadas por su superego, dijo el
doctor Cardoso, tendría que hablar con alguien de todas estas cosas. Pero no tengo a
nadie con quien hablar, confesó Pereira, estoy solo, tengo un amigo que es profesor
de la Universidad de Coimbra, fui a encontrarme con él a las termas de Buçaco y me
marché al día siguiente porque no lo soportaba, los profesores de universidad están
todos a favor de la actual situación política y él no es una excepción, y está también
mi director, pero participa en todos los actos oficiales con el brazo tendido como una
jabalina, imagínese si puedo hablar con él, y después está la portera de la redacción,
Celeste, es una confidente de la policía, y ahora me hace de centralita, y estaría
además Monteiro Rossi, pero se halla en la clandestinidad. ¿Monteiro Rossi es el
chico al que ha conocido?, preguntó el doctor Cardoso. Es mi ayudante, respondió
Pereira, el joven que me escribe los artículos que no puedo publicar. Pues búsquelo,
replicó el doctor Cardoso, como ya le he dicho antes, búsquelo, señor Pereira, él es
joven, es el futuro, usted necesita tratar con un joven, aunque escriba artículos que no
pueden publicarse en su periódico, deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el
futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira, frecuentar el futuro, qué expresión
más hermosa, no se me habría ocurrido nunca. Pereira pidió una limonada sin azúcar
y continuó: Por último, queda usted, doctor Cardoso, con quien me gusta mucho
hablar y con quien hablaría gustosamente en el futuro, pero usted me deja, usted me
deja, me deja aquí con mi soledad, y no tengo a nadie más que el retrato de mi
esposa, ¿comprende? El doctor Cardoso se bebió el café que Manuel le había llevado.
Puedo hablar con usted en Saint-Malo si viene a verme, señor Pereira, dijo el doctor
Cardoso, ¿quién ha dicho que este país está hecho para usted?, y además está lleno de
recuerdos, intente tirar por el desagüe su superego y déle espacio a su nuevo yo
hegemónico, tal vez podamos vernos en otras ocasiones y usted sea ya un hombre
distinto.
El doctor Cardoso insistió en pagar la comida y Pereira aceptó de buen grado,
sostiene, porque con aquellos dos billetes que había entregado a Marta la tarde
anterior su cartera se había quedado más bien vacía. El doctor Cardoso se levantó y
se despidió. Hasta pronto, señor Pereira, dijo, espero volver a verle en Francia o en
otro país de este vasto mundo y, se lo pido de nuevo, déle espacio a su yo
hegemónico, déjelo ser, necesita nacer, necesita afirmarse.
Pereira se levantó y se despidió. Le vio alejarse y sintió una gran nostalgia, como
si aquella despedida fuera definitiva. Pensó en la semana transcurrida en la clínica
talasoterápica de Parede, en sus conversaciones con el doctor Cardoso, en su soledad.
Y cuando el doctor Cardoso salió por la puerta y desapareció en la calle se sintió solo,
verdaderamente solo, y pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento
de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y
aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia,
no sabría decir de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida
futura, sostiene Pereira.