Soy Rose Black

Ana Ballabriga · Capítulo 6 de 41

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Soy Rose Black

Capítulo 6

6

 

Me siento eufórica, nerviosa, angustiada. No sé si he hecho bien aceptando ese reto.

He subido a mi casa con el paquete que me ha enviado mi padre, el conserje del edificio me lo ha entregado. Es pequeño, en contra de lo que esperaba; Benjamin Black es muy dado a lo excesivo.

Me acomodo en el sillón de la sala y enciendo la lámpara de pie que hay junto a él. Quito el embalaje y descubro una cajita envuelta en papel de regalo. Me parece muy extraño. La abro y lo primero que encuentro es una nota.

«Debería habértelos entregado antes».

La aparto y, al ver lo que ocultaba, me echo a llorar. En el centro de la caja hay unos pendientes pequeños de oro amarillo. Son los que siempre llevaba mi madre. Esto sí que no me lo esperaba. Pensaba que mi padre la había incinerado con ellos. Me siento un poco mareada, noto que se me remueven las entrañas.

Mi madre murió en el peor momento posible, cuando yo estaba más alejada de ella, centrada en mi terrible adolescencia (aunque todas las adolescencias lo son, ¿no crees?). Mis padres eran el enemigo a batir. Y, de repente, un tumor cerebral se la lleva, sin compasión ni tiempo para despedidas. Y ya no hay enemigo, solo un gigantesco vacío. Creo que tras ese suceso tan terrible, me convertí, definitivamente, en una mujer. Entendí que nada es para siempre, que las ganas de vivir no son suficientes y que, a veces, descubrimos demasiado tarde a quiénes amamos de verdad.

La última vez que estuve con ella fue en el hospital. Apenas le quedaban fuerzas, pero cuando me vio sentada a su lado en la cama, me sonrió. Yo la besé, noté su piel suave y casi transparente y le susurré al oído la única palabra que sentía de verdad en aquel momento: «Gracias». Le di las gracias por haber sido la mejor madre que yo podría haber tenido. Por darme una lección de fuerza, entereza y elegancia a la hora de irse. Aquella misma tarde comenzaron con la sedación. Esa noche, justo al amanecer, mi madre exhaló por última vez. Mi padre estaba con ella.

Y, recordando esto, comprendo que hay cosas realmente importantes y otras que resultan banales. Comprendo que no podemos ir acumulando objetos, que lo que hay que acumular son recuerdos. Que los objetos pesan y solo amontonan polvo una vez han completado su misión. Pero los recuerdos nos ayudan a saber quiénes somos. Tomo los pendientes y me los pongo. Y, como un soldado dirigiéndose a la batalla, voy a la cocina, cojo unas cuantas bolsas de basura, y enarbolándolas cual bandera, entro en mi vestidor.

Adiós pañuelos de colores. Nunca me ha gustado llevar nada al cuello, abajo la imposición de modas. Adiós pantalones de Dolce & Gabbana. Debí gastarme aquella pasta en la matrícula de un curso de italiano. Y adiós chaqueta de botones dorados. Juan González era un imbécil al que tuve que dar una grandísima bofetada cuando empezó a sobarme las tetas sin mi permiso; por supuesto, no volvimos a quedar.

Después de una hora intensa, mi vestidor vuelve a parecer un lugar habitable, vacío, pero habitable. Aparto las bolsas de basura, mañana buscaré una asociación donde donar la ropa.

Me doy una ducha. El agua me sienta fenomenal. Después de aplicarme una crema con olor a coco en las piernas y en los brazos, me pongo mi cómodo y poco glamuroso pijama con el dibujo de Mafalda y me dirijo a la cocina.

Llaman a la puerta. Al cabo de unos segundos, Pedro entra en mi apartamento. Está tan guapo como siempre. Debería haber aprovechado el tiempo del ascensor para ponerme algo más sexy.

—Te veo feliz —comenta nada más entrar.

—Por fin he recogido mi vestidor.

—Oh, estupendo, se lo propondré a mi secretaria como terapia, a ver si cambia esa cara de berza que tiene siempre.

—Seguro que le funciona.

—Yo he cerrado un negocio de cinco ceros.

—Oh, vaya, ¿está alardeando de su dinero delante de mí? —le pregunto con voz insinuante—. ¿El señor lo hace para compensar algún complejo físico?

—Podría demostrarle que no, señora, si Mafalda no dejara de mirarme fijamente.

Me ha cortado mi rollo sexy de un plumazo. Sí, debería haberme cambiado.

—Es broma —debe de haber percibido mi decepción—, en realidad me encanta Mafalda. No como estimulante sexual, claro, pero estoy seguro de que tendría una conversación muy interesante.

—Tonto. —Y le tiro un trapo a la cara, que coge al vuelo y lo deposita en la encimera.

—¿Qué cenamos?

—Ah, ¿vamos a cenar juntos?

—Bueno, ayer preparé yo la cena —afirma juguetón.

—En realidad, tú solo te encargaste del postre.

—Ah, ¿y no estuvo el postre a la altura del menú?

—Por supuesto. Eso no lo discuto.

Nos damos un beso.

—Había pensado hacer una ensalada.

—Perfecto.

Se dirige a la estrecha entrada del apartamento y deja sus zapatos junto a la puerta.

—Ah, qué bien, me encanta descalzarme. Mi hogar estará allí donde pueda quitarme los zapatos —declama como si se tratara de un verso de Shakespeare.

Llevamos a la sala los platos, la fuente con la ensalada y unas copas. No hay mesa de comedor, debido a la falta de espacio, así que nos acomodamos en unos cojines en el suelo, frente a la mesa baja que acompaña a los sillones. Sirvo un vino blanco, nada que ver con el Ekam de la pasada noche.

—¿Qué tal el día? Más allá de tu vestidor. —Prueba el vino y asiente—. No está mal.

—Bien, ha ido bien, aunque he hecho algo… Me vas a tomar por loca.

—¡Por favor, continúa! No se me ocurre qué locura has podido cometer esta vez. —Y se ríe con su broma.

—Bueno, he aceptado un caso como investigadora privada.

—¿Cómo detective privada? —Casi se atraganta.

—Eso es.

—Pero eso no puede hacerlo cualquiera, hay que tener un título, estudios y esas cosas.

—Los tengo, solo que nunca los he utilizado.

—¿Sí? —Me mira completamente sorprendido—. No tenía ni idea.

—Hay tantas cosas de mí que aún no sabes… —le comento dándome un aire de misterio.

—¿Esto no tendrá que ver con lo que me explicaste ayer de la señora a la que su marido le era infiel?

—Touché.

—Pues no sé qué decirte.

—No pareces contento con mi decisión.

—No, no es eso. Es que me parece extraño.

—¿Por qué? —pregunto con los ojos muy abiertos.

—Me choca imaginarte haciendo seguimientos y cosas así. Pensaba que te gustaba tu trabajo.

—Sí, me gusta. Pero ¿no has tenido alguna vez en la vida la sensación de que necesitas un nuevo aliciente, algo que de verdad te llene, que quite monotonía a tu vida?

—Continuamente.

—Vaya, espero que estés hablando del trabajo.

—Por supuesto —sonríe—. Mi necesidad de innovación se ciñe exclusivamente a mi vida laboral.

—Me alegro. —Doy un sorbo a mi copa—. Pues en esa fase estoy yo.

—Pero no irás a dejar tu puesto…

—No, claro que no. Esto es solo un extra. De todas formas, con los negocios de cinco ceros que cierras normalmente, podrías mantenerme. —Y me echo a reír.

—Desde luego, señora, y con mucho gusto. Creo que podría mantenerla a usted y a tres o cuatro más, de hecho. —Como respuesta le doy un suave golpe en el hombro—. Pero, en serio, ten cuidado —cambia su tono—. Conozco a varias mujeres que dejaron sus trabajos como ingenieras y administrativas para montar empresas de estas de diseño de joyas, que ahora se han puesto tan de moda, y les fue mal. El trabajo rutinario no es chic, ahora todo el mundo quiere ser creativo. ¡Una de ellas era tan creativa que hacía joyas con vísceras de animal!

—Vaya, todo el mundo conocía a esa mujer.

—¿Por qué lo dices? —se sorprende.

—Por nada, continúa.

—Intentó que Lady Gaga usara sus diseños.

—¿Y?

—Que el estilista le dijo que Lady Gaga solo usaba filetones de buey de Kobe y se echó a reír. Cuando ella se puso seria, el tipo le explicó que aquello podía ser fuente de enfermedades, y que podía tener problemas para pasar esa bisutería por las aduanas, ya sabes, por temas de control de plagas y todo eso. Terminó aconsejándole que se buscara un trabajo, que con aquello no se iba a ganar la vida.

—Pobre.

—Pues sí. Así que espero que pienses con calma lo que quieres hacer. Y si necesitas mi ayuda, dímelo.

—Gracias, Pedro. —Le doy un breve beso.

—Y ten cuidado, en el mundo hay gente muy perversa, dispuesta a conseguir lo que desea sin tener en cuenta a los demás. Y mucho buscavidas, de los que te la juegan en cuanto te das la vuelta.

—Tendré cuidado, papá.

—Te lo digo en serio.

—Y yo te digo que me tomes en serio. Soy una mujer de cuarenta años.

—Y vaya cuarenta años…

Nos besamos de nuevo.