Splendid’s

Jean Genet · Capítulo 1 de 3

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Splendid’s

Jean Genet, la ceremonia del Mal

 

H asta 1948 no aparece la menor alusión en los escritos —la correspondencia sobre todo— de Jean Genet a Splendid’s , obra que tuvo en las dubitaciones iniciales títulos como Leur tcupet était célèbre, Frolic’s o La Rafale. Y, por las referencias, cabe calificar su redacción de contemporánea del Journal du voleur, novela que en dos páginas contiene esquemáticamente el detalle de la trama de Splendid’s, basada en un hecho real sacado de la prensa: la entrega, «sin lucha, cobardemente», de una banda internacional de gánsters a la policía en Bélgica, hecho que al narrador del Journal du voleur le parece «válido», dictado como está, en su opinión, por la bondad de Armand, el personaje que la defiende, y que consiste «en transformar en fiesta, en parada solemne e irrisoria lo que no era más que un abandono del puesto. La preocupación de Armand era la rehabilitación. No de los demás o de sí mismo: de la miseria del mundo». Se ve, pues, que tanto cronológica como temáticamente Splendid’s está escrita en los momentos álgidos de la mejor escritura genetiana, en la que los personajes, narrativos y escénicos, están prisioneros de algo, cuando no de sí mismos: de Notre-Dame-des-Fleurs a Alta vigilancia y Las criadas.

Pero Splendid’s hubo de esperar a la muerte de su autor para ver la luz cuando ya se creía perdida. Su editor y amigo Marc Barbezat —había sacado de la cárcel y publicado Le miracle de la rose— anunció la prepublicación de Splendid’s en el número de mayo de 1949 de L’Arboléte, la revista de su editorial; la desaparición de esta publicación primero, y una disputa entre autor y editor poco después, condenaron el texto mecanografiado de Splendid’s al olvido en un cajón editorial. Gracias a ese olvido se salvó este texto.

Los anuncios de una emisión radiofónica y de su estreno en dos ocasiones —1952 y 1956—, no pasaron de intenciones, pese a los elogios de Jean-Paul Sartre, a quien Splendid’s parecía superior a Las criadas, y pese a los ánimos que Monique Lange daba al representante de Genet había que «espolear al maestro» para que permitiera su traducción a inglés; pero precisamente fue en casa de esa novelista y editora donde Genet, viendo sobre el piano el manuscrito de Splendid’s, desgarró las hojas. La emisión radiofónica fue, al parecer, sin que esté muy claro, prohibida; y en 1952, según la prensa de la época, se habría producido esa destrucción de las hojas del libreto cuando casi ya estaba ensayándose; en 1956 llegó a anunciarse para abrir temporada en el Théâtre des Mathurins. Luego, sobre Splendid’s se hizo un silencio completo hasta su publicación en 1993 por Barbezat, que cumplía así su acuerdo con Genet de no publicar en vida del autor ciertos textos. Una vez editada, se pusieron en marcha inmediatamente sus estrenos: en 1993 en Francia, de mano de Stanislas Nordey; al año siguiente en Alemania, con Klaus Michael Grüber en la Schaubühne berlinesa y con decorados de Eduardo Arroyo; y un año después, 1995, Splendid’s se incorporaba a los escenarios o a la edición en Inglaterra (dirigida por Neil Bartlet), Canadá e Italia.

La decisión de Genet de no publicarla ni permitir su estreno no dependió

sólo del desencuentro con su editor y los avatares de su montaje teatral; aunque en ningún escrito genetiano queden explicitadas las razones de ese silencio —de ese rechazo incluso—, se ha tenido en cuenta un hecho para explicarlo: en ese año de 1949, que iba a ser el de la publicación de Splendid’s, el presidente de la república francesa indulta a Genet y le condona definitivamente los años de cárcel que aún le quedaba por pasar como culpable de sus viejos delitos; si hasta ese momento había explorado el mundo del crimen en novelas y obras teatrales identificándose con los «que entran en la aventura como se entra en el convento», como expresa un personaje de Splendid’s, 1949 da inicio a un vacío de seis años en su producción; liberado de la cárcel, de sus «copains» de reja y celda con sus historias de crímenes y chulerías de «malos» que tienen que ganarse un puesto en ese violento mundo cerrado de la prisión, Genet queda desterrado al mismo tiempo de ese mundo carceral donde el autor del mayor crimen se convierte en héroe, y donde libertad es igual a voluntad omnímoda. Desterrado de su mundo, Genet tenía que reinventarse otra vida, otros entornos para otros personajes sin abdicar de su idea del mundo: El balcón, Los negros, Los biombos; pero atrás quedaba el grueso de su obra más significativa; además de su teatro, novelas como Notre-Dame-des-Fleurs, Pompas fúnebres, Querella de Brest…

Hasta 1949, Genet se había convertido en heraldo del Mal, al que había

identificado tanto con los malhechores como con los guardianes del orden. Había antecedentes, literarios —la identificación sadiana de crimen y virtud — e históricos —Vautrin, un malhechor ex convicto terminó por dirigir la Sûreté francesa, Balzac había hecho de él un personaje narrativo—; pero Genet, a diferencia del Marqués de Sade, ha vivido ese mundo como marginal, y, lo que es más importante, ha logrado simbolizar socialmente su significado, a la vez que expresar su gusto por la violencia, por el erotismo y por el ceremonial católico: el ejercicio de travestimiento y el paseo de la Señorita por el balcón en Splendid’s es una de las escenas más genetianas de este teatro.

Para conjugar la ecuación de lo que, en su pensamiento sobre el mundo, son sinónimos: santidad y crimen, orden y Mal, Genet emplea un lenguaje literario que nada tiene que ver con una traslación directa de los sucesos o de los lenguajes: nada más lejos que Genet del realismo que más de un montaje le ha supuesto; Genet es todo lo contrario, y de ahí su valor conceptual para esa década de los años cuarenta del pasado siglo: esa capacidad de simbolización, que sus novelas contienen, pero no dan en primera instancia: sólo el teatro puede dársela al espectador, vivirla, hacérsela vivir. Que luego, una vez redactada literariamente Splendid’s, Genet haya retocado, como sabemos, la tercera y última versión mecanografiada para introducir algún elemento de argot, por otra parte mínimo, sólo nos indica que su lenguaje es mucho menos espontáneo que reflexionado. Lo que más le importa, por no decir lo único, es el nivel simbólico de sus personajes y de su lenguaje: es ahí, por ejemplo, en esa última versión, donde aparece el Policía para encarnar la idea básica de ese periodo genetiano: la reversibilidad, como la de un guante, de delincuente y policía, de Crimen y Orden; son dos caras de una misma moneda, de una misma marginalidad, porque tanto policías como gánsters valoran el Mal con igual intensidad y es la primera de sus razones de vida. Genet introduce el gusano en la fruta, porque el cesto entero —el mundo entero— está podrido: no va a ser él quien maquille ese cadáver.

Mauro Armiño