Sumotori
Primera parte
Cuando la primavera llegue
el mundo me llamará
una vez más,
¿en qué otro mundo
podré ver semejantes flores?
FUJIWARA NO SHUNZEI
1
UN NIÑO CON BUENA FORTUNA
1939
O tra vez tarde, Hiroshi se abría paso entre la multitud congregada alrededor de la casa de té Momiji. El sudor resbalaba por su cuello y se despegó la camiseta adherida a su espalda mientras se deslizaba entre los apiñados peatones que congestionaban el laberinto de estrechos callejones. Se paraban para admirar el azul intenso y el rosa brillante de las flores que crecían en las macetas; una embriagadora fragancia inundaba el cálido aire. Hiroshi, de once años de edad, llegaba tarde al encuentro con su abuelo y su hermano pequeño, Kenji, en el templo Keio-ji al otro lado de Yanaka. Había llegado corriendo desde la abierta pradera del parque donde él y sus compañeros pasaban las tardes practicando las técnicas de lucha que habían aprendido en la escuela —el osi, empujón de manos; el tsuki, embestida, y el yori, empujón de cuerpo—. «Estos son los movimientos más importantes de la lucha sumo —había señalado su entrenador, Masuda-san, en el colegio—, la base sobre la que trabajaremos».
Una vez más, Hiroshi había perdido la noción del tiempo.
En el distrito de Yanaka, al nordeste de Tokio, las inclinadas calles estaban alineadas con casas tradicionales de madera de una o dos plantas. A pesar de la multitud, Hiroshi amaba Yanaka por su modo de vida familiar y tranquilo, por los arrebatadores olores a pescado asado kushiyaki y a pollo dulce yakitori que se vendían en los carritos ambulantes de madera. Cuando no tenía prisa, incluso amaba el laberinto de curvos pasadizos con jardines llenos de flores tras los que se escondían las viejas casas y las pequeñas y modestas tiendas, con sus banderines de tela colgando en la fachada, que vendían hanakago, o cestos de flores de bambú, papel washi hecho a mano, y el suave y sedoso tofu que tanto le gustaba comer a su abuela en verano. Las estrechas callejuelas ofrecían múltiples vías de escape para jugar al escondite —como solían hacer los chicos del vecindario—, lugares en los que podías perderte o esconderte hasta que quisieras que te encontraran.
Pero ahora le resultaba imposible atravesarlas rápido. Hombres de la edad de su abuelo se sentaban en desvencijadas mesas de madera para jugar al shoji, ignorantes de la muchedumbre, mientras meditaban cuál sería su próximo movimiento de ajedrez. Hiroshi se deslizó ante una mujer vestida con un kimono que llevaba un bebé atado a su espalda; la niña, de cara redonda y ojos oscuros, seguía todos sus movimientos.
Una vez cerca del mercado ginza, los vendedores llenaban las calles vendiendo cualquier cosa, desde maíz asado con patatas dulces a galletas de arroz sembei tostadas o calamares al horno. El atrayente aroma de las especiadas galletas shoyu le recordó a Hiroshi su estómago vacío, pero no se atrevió a parar. Los músculos doloridos de sus pantorrillas se quejaban mientras subía hacia la colina. Frunció la nariz ante el desagradable olor a vinagre del tsukudani —una especie de chutney japonés que sus abuelos comían con el arroz— que emanaba de una tienda cercana. Cuando consiguió llegar al templo Keio-ji, donde su abuelo y Kenji esperaban en la entrada, estaba casi sin aliento.
—Ah, aquí llega el joven maestro —se burló su abuelo, sentado en un banco de piedra a la sombra de un árbol de gingko fumando en pipa, con el bastón descansando contra la rodilla.
Hiroshi hizo una inclinación.
—Siento llegar tarde, ojichan —se disculpó, deteniéndose para recuperar el aliento.
—Sumo, ¿no?
Hiroshi asintió. Con once años ya era el mejor luchador de su clase, y quizá de todo el colegio. Había crecido y ensanchado mucho ese año desde que comenzara a tomarse el deporte en serio.
Kenji añadió:
—¿Por qué si no iba a llegar tarde?
—Perdí la noción del tiempo —confesó él, tratando de aplacar a su hermano. Ya se había retrasado varias veces ese mes.
—¿Conseguiste al menos ganar el combate? —preguntó su ojichan apoyándose sobre el bastón y levantándose.
Hiroshi se enderezó y contestó:
—Hai. —Aunque en realidad sólo era un entrenamiento, y no una verdadera competición.
Su ojichan dio un paso hacia el sendero empedrado y sonrió.
—Bien, bien. Hiroshi será algún día un campeón; y tú, Kenji, encontrarás tu lugar muy pronto —añadió suavemente—. Ahora, ¿podemos empezar nuestro paseo?
Yanaka era una de las pocas zonas de Tokio que no habían sido arrasadas por el gran terremoto de Kanto de 1923, una distinción de la que su propio ojichan presumía orgulloso ante Hiroshi y Kenji. Señaló con el bastón hacia los antiguos templos que en su día rodeaban el castillo Edo y que habían sido trasladados a Yanaka después de sobrevivir al gran fuego, hacía casi trescientos años.
—Los templos soportaron ambas catástrofes y quedaron virtualmente incólumes —explicaba su ojichan enfatizando el milagro con el volumen de su voz—. Y mirad allí —continuaba, dirigiendo su mirada hacia la solitaria chimenea de lo que antiguamente era la casa de baños Okira—. No todo se salvó. Okira-san nunca la reconstruyó después del terremoto, pero dejó la chimenea como símbolo de la resistencia de Yanaka. Vosotros los jóvenes no debéis olvidarlo.
Hiroshi no lo olvidaría, no sólo porque era imposible caminar diez metros por cualquier calle sin ver un viejo templo, sino también porque su ojichan era la personificación de esa misma fortaleza. Contempló los ojos de su abuelo. Una nebulosa película cubría sus oscuras pupilas. Hiroshi se preguntó cuánto veía su abuelo en realidad, y cuánto había de memoria visual. Intentó imaginar lo que debía ser perder lentamente la visión detrás de una gruesa y densa niebla que envolvía todo en borrosas sombras. A menudo sentía el deseo de agarrar el brazo de su ojichan, temeroso de que pudiera tropezar con el empedrado del suelo, o con algún peldaño de piedra de las escaleras que bajaban hasta el río Sumida, pero, una vez más, se contenía al ver cómo su abuelo se movía con soltura por la calle, sin perder el paso.
Aquella noche después de cenar, mientras Hiroshi estaba haciendo los deberes de la escuela, su abuela entró en el salón, se sentó sobre la esterilla del tatami frente a él y sirvió a cada uno una taza de té verde. Eran sus abuelos, Yoshio y Fumiko Wada, los que mantenían el espíritu de sus padres vivo, después de que teniendo Hiroshi tres años y su hermano Kenji dieciocho meses se quedaran huérfanos. Su obachan a menudo dejaba lo que estuviera haciendo, lavar la ropa o preparar el arroz pegajoso favorito de su abuelo, para contar a Hiroshi historias de sus padres y de cómo le salvaron la vida.
—Eres un niño con buena fortuna —susurraba, para que los dioses no pudieran escucharla y regresar para llevárselo—. Os querían a ti y a tu hermano pequeño más que a sus vidas. —Suspiraba siempre como si el dolor por sus muertes pudiera ser expulsado.
Cuando comenzó a hablar, él levantó la vista de los libros, bebió el té y atendió.
—Tu madre y tu padre estaban encantados de poder salir de Kioto por primera vez desde que tú naciste —empezó, con voz clara y serena, en el pequeño comedor —. Y, aun así, quisieron llevarte con ellos. Tú tenías tan sólo tres años; Kenji, dieciocho meses, y yo insistí en que se quedara con tu ojichan y conmigo. Era la última noche del Festival de las Linternas de la bahía de Miyazu. Querían mostrarte las linternas rojas brillando sobre el agua oscura como luciérnagas, donde los barcos de los espíritus recibían a los ancestros de vuelta al mundo terrenal. Era una noche cálida y tranquila de estío, tu madre llevaba su kimono veraniego de flores rojas. ¿Quién habría imaginado que los espíritus se llevarían a tu madre y a tu padre con ellos de vuelta a su mundo? —Tragaba su obachan. Su pausa era un lamento que no podía expresar—. Todo el mundo estaba alegre en la inusual y serena noche oscura. El agua tenía el color de una perla negra. Algunos hombres en un barco de pesca se ofrecieron a llevar a los espectadores por la bahía navegando entre las linternas. ¿Qué lleva a la gente a actuar como lo hace? Tu madre y tu padre se montaron en el barco, contigo retorciéndote entre los brazos de tu padre. Cuando ya era demasiado tarde, se dieron cuenta de que los hombres que guiaban el barco estaban borrachos, que habían estado bebiendo sake toda la tarde y que nunca debieron recoger a gente en una noche tan oscura. Se alejaron demasiado, lejos de la orilla, lejos de las centelleantes linternas, lejos de todo lo que era seguro. En la ceguera de la noche, el barco encalló contra las rocas. La madera se partió y se rompió. El barco hizo agua bajo sus pies, separando a tus padres a ambos lados de la cubierta. En pocos minutos se había hundido; el tiempo justo para que tu padre, con una súbita idea, te metiera rápidamente en un tonel de pescado vacío. Tú flotabas sobre las olas llorando, mientras él se sumergía en las oscuras aguas buscando a tu madre, que nunca fue una gran nadadora. Justo delante de ellos, un muro de linternas flotantes bloqueaba la vista de lo que estaba sucediendo; tus gritos se perdieron entre el jolgorio. Cuando los otros barcos llegaron al rescate, encontraron ahogados a los ocho pasajeros en la bahía de Miyazu, todos excepto tú, Hiroshi, flotando en el tonel de pescado, y el joven capitán del barco. Nos dijeron que el agua estaba empezando a filtrarse en el tonel.
—¿Qué le pasó al capitán? —preguntó Hiroshi. Apartó los libros a un lado y observó las finas manos de su abuela, llenas de venas azules, que parecían no estarse nunca quietas.
—Jamás se encontró su cuerpo —contestó su obachan. Se quedó por un instante en silencio. Hiroshi podía sentir la amargura cortar el aire entre ellos—. Recé para que los espíritus de los muertos se lo llevaran esa noche, olvidándose de dejar su cuerpo atrás.
Al final de la historia de su abuela, Hiroshi se levantó y se estiró. Respiró profundamente y se puso a estudiar la foto en blanco y negro de sus padres, Kazuo y Misako, que estaba colocada sobre el tokonoma, la hornacina habilitada en el salón de sus abuelos. Misako era su única hija. Se veía a sí mismo reflejado en la altura de su padre, en su fuerte constitución y sus rasgos oscuros y retraídos, mientras Kenji era el vivo retrato de la delicadeza de su madre, con su acuosa y distante mirada. Se preguntaba si sus padres seguirían con vida de no haber estado con ellos aquella noche. Esos preciosos momentos dedicados a él tal vez hubieran salvado sus vidas. El pensamiento rondaba por su mente hasta que le dolía la cabeza. ¿Qué era peor, pensaba para sí, que le hubieran arrebatado a sus padres o no recordarles en absoluto, como Kenji? La respuesta fluctuaba de un lado a otro, sin llegar a encontrar el equilibrio.
¿Dónde estarían ahora?, se preguntaba a veces Hiroshi, aunque nunca lo expresaba en alto. ¿Les estarían observando desde el cielo? ¿Sabrían cuándo él o Kenji se portaban mal? De pequeño, todo parecía demasiado grande y confuso. Sus recuerdos eran cada vez menos tangibles.
Al hacerse mayor, los recuerdos de esa noche se fueron difuminando en la distancia como un sueño. Comenzó a percibir pequeñas discrepancias en cada versión relatada por su obachan. Nunca se atrevía a preguntar cómo podía saber tanto. Nunca le cuestionaba las diferencias: el cambio del tiempo, el grado de oscuridad de la noche, el color del kimono de su madre o el de los zapatos de su padre. Le gustaba la manera en que ella reinventaba a sus padres, devolviéndolos a la vida. Retazos y fragmentos de su existencia volvían a él, los brazos de su padre estrechándole fuertemente, los amorosos y sonrientes ojos de su madre mirándole, la oscuridad de aquella noche, las luces rojas, el chapoteo del agua a su alrededor mientras flotaba ligero y etéreo. Su obachan siempre comenzaba la historia con mucha energía, su voz subiendo y bajando como las olas, decreciendo lentamente hasta convertirse en un susurro a medida que se acercaba al final. Se sentaba de nuevo traspuesto, queriendo solamente volver a escucharla, mientras su hermano pequeño, Kenji, se tapaba los oídos o abandonaba la habitación, prefiriendo alejarse lo más posible. Pero su obachan, cansada y agotada, siempre necesitaba echarse un rato al terminarla.
Cada agosto, durante el Festival de Obon, cuando acudían al abarrotado cementerio de Yanaka para honrar a los espíritus de los muertos, Hiroshi contemplaba las dos lápidas de piedra de sus padres con los nombres escritos en gruesos caracteres negros, pero se negaba a creer que pudieran estar allí, enterrados en el duro y frío suelo. Sin duda estarían flotando, pensaba, si no en el agua, entonces en el aire, alrededor de ellos. La densa niebla provocada por el incienso le hacía llorar. Su obachan dejaba cuencos con arroz, verduras, frutas y pastas dulces ante las tumbas para que los espíritus pudieran comer. A la vista de las lápidas, Kenji apretaba los labios dando patadas a la oscura tierra con el pie, y permanecía en silencio mientras su obachan formulaba sus oraciones. Era el único momento en el que Kenji cogía la mano de Hiroshi, estrechándola en un sudoroso apretón. Y no la soltaba hasta que volvían a casa.
LA CALLE DE LAS MIL FLORES
Vivían en la calle de las Mil Flores, una de las estrechas callejas no muy lejos del templo de Kyo-ou-ji, en una hilera de casas de madera de dos plantas con un jardín delante, un cuadrado de tierra en la parte de atrás, tejados inclinados y aleros que sobresalían. Aunque las casas estaban pegadas las unas a las otras, sus cercas de madera y los florecientes muros de grueso bambú procuraban a cada una sensación de intimidad. Una cortina de campanillas que colgaba de la puerta principal de su casa, junto al descolorido buzón de metal rojo, hacía que cuando el viento soplaba, un coro de tintineos llenara el aire como un murmullo de voces apresuradas.
Lo que diferenciaba la casa de sus abuelos del resto de las de Yanaka era la notable ampliación construida por su ojichan después de que los padres de Hiroshi se ahogaran. Se trataba del tenshukaku, una torre vigía de madera con una escalera, que sobresalía casi cuatro metros sobre los tejados de alrededor y que había sido añadida al fondo de la casa, ligeramente separada de la cocina. Estaba cubierta por un tejado igualmente inclinado con prominentes aleros.
Siendo un niño, Hiroshi recordada a su ojichan, antes de jubilarse, volviendo de su trabajo como toji, el maestro destilador de la fábrica de sake Hanku. Se cambiaba de ropa y se ponía a construir la torre tablón a tablón, colocando los paneles de madera en su sitio, el rítmico martilleo formando parte de su infancia. Observaba con los ojos bien abiertos, como si su abuelo estuviera jugando a algo parecido a los bloques de construcción que él y Kenji solían apilar unos encima de otros. Pero al final del día, sus bloques acababan cayéndose, mientras que los de su ojichan iban incrementando la altura de la torre como un niño que va haciéndose más alto.
—¿Por qué? —recordaba que su abuela le había preguntado una noche cuando su ojichan entró en la casa. Afuera había helado y estaba oscuro, la piel de su abuelo tenía un tono gris causado por el frío, los ojos entornados cuando se sentó al calor de la cocina.
—Es para observar la vida a nuestro alrededor —contestó finalmente, tomando un sorbo de té caliente.
—¿Qué vida? ¿Qué supones que vas a ver allí arriba, viejo cabezota? — murmuraba, con la ternura deslizándose por el borde de cada palabra.
—Puede que mis ojos estén fallando —respondía él—, pero Hiroshi y Kenji tienen mucho que ver. Misako lo hubiera querido para ellos. —Su voz se elevaba ante la mención de su única hija.
Hiroshi pensaba en su madre cada vez que trepaba por las escaleras de la torre. No sólo llegó a convertirse en un lugar para que los chicos observaran el mundo a su alrededor, sino también en un espacio donde podían imaginar mundos fantásticos. La torre se convirtió en el castillo Himeji, rebautizado como el castillo Heron Blanco, que ascendía hasta los cielos. Otras veces era un velero navegando en mitad de un mar infinito, pero siempre era un lugar de bienestar y sueños. Colgados allí arriba entre las nubes, Hiroshi y Kenji podían ser dioses o samuráis, cada uno lo que le resultara más reconfortante.
Una noche, cuando Hiroshi tenía ocho años, mucho después de que se supusiera que se habría acostado, escuchó unos suaves murmullos y una risa femenina proveniente de la torre. Podría haber confundido la risa con la de un extraño, si no fuera porque la había escuchado antes, en algún lugar de su memoria. Se levantó de un salto y subió silenciosamente las escaleras para descubrir a sus abuelos abrazados observando el cielo estrellado, su ojichan inclinado y susurrando algo que hizo que su obachan volviera a reírse —de forma infantil—, un sonido que de repente reconoció como la risa de su madre. Ella estaba allí. Y por un instante Hiroshi sintió un cosquilleo, la proximidad de su madre, revoloteando entre ellos.
Cuando los vecinos se quejaban o protestaban por la altura de la torre alegando que les quitaba la luz del sol de sus jardines, su ojichan se enfrentaba a sus desaprobadoras miradas con una sonrisa y una inclinación de cabeza como disculpa. Entonces se volvía y susurraba a sus nietos: «Sí, pero así estamos más cerca de los cielos».
OJOS DE GATO
Kenji había sido un bebé frágil y tranquilo. Sus abuelos siempre se preocupaban de que no cogiera ningún catarro ni pasara mucho calor bajo las acolchadas mantas. Yacía en su cuna y siempre parecía estar buscando algo con sus oscuros y distantes ojos. Neko-no-me, «Ojos de Gato», le llamaba su obachan. «Tú eres el pequeño gato que sobrevivirá al fuego —le susurraba amorosamente—. Mientras que tu hermano mayor, Hiroshi, vivirá con la cabeza, tú vivirás con el corazón». Aquello se lo había oído decir muchas veces a su abuela mientras crecía. Pero quería saber por qué él era el que viviría con el corazón. ¿Por qué él no podía ser como Hiroshi? Se colocaba la mano en el lado izquierdo del pecho, sintiendo el desabrido latido a través de su camisa, y sonreía.
Cada vez que Kenji percibía los murmullos de su obachan comenzando otra historia sobre sus padres, desaparecía de la habitación, o esperaba fuera a que su ojichan regresara, o deambulaba por el laberinto de callejuelas. Con nueve años, no soportaba escuchar la historia una sola vez más. Él solía inventar sus propias historias, imaginando en secreto que sus padres seguían vivos, muy cerca de ellos — los recuerdos de sus tempranas vidas olvidados después de que consiguieran llegar nadando sanos y salvos a la orilla—. Se imaginaba todo eso cada vez que veía a un hombre o a una mujer andando por la calle en los que creía percibir cierto parecido con la foto que su obachan guardaba de sus padres, y estaba convencido de que por arte de magia o como un deseo cumplido reconocerían al bebé que dejaron atrás. Con el tiempo, tanto sus historias como las de su obachan comenzaron a revolverle el estómago, provocándole calambres que le dejaban sudando y mareado. Apenas podía respirar por el dolor que le causaba cada palabra.
Algunas veces, por la mañana temprano, Kenji se dirigía hacia el ginza de Yanaka, entreteniéndose ante el umbral de las pequeñas tiendas donde se reparaban ruedas de bicicleta o los artesanos tallaban muñecas kime kome, cubriendo las figuras de madera con telas brocadas rojas y púrpuras y pintando sus brillantes rostros blancos con un polvo de conchas llamado gofun. Se quedaba inmóvil y observaba hipnotizado cómo el inanimado objeto comenzaba a cobrar vida por sí mismo. Muy pronto el rodar de las bicicletas llevaría a la gente de un sitio a otro, al tiempo que un bloque de madera sería transformado en una graciosa muñeca semejante a las damas de la corte imperial. Percibir eso le daba la sensación de enfrentarse a infinitas posibilidades.
Pero nada le fascinaba más que las máscaras talladas que descubrió en una pequeña tienda, escondida en uno de los callejones más recónditos. Kenji hubiera pasado de largo ante la tienda de no haber sido por el reflejo del sol sobre los adornos dorados de una máscara del escaparate. Como si un hilo de luz tirara de él, se asomó a la pequeña vitrina, donde tres máscaras le miraban fijamente, con ojos hundidos y poderosos —un viejo con largos bigotes, una hermosa y austera cara pálida de mujer, y un enrojecido rostro de demonio dorado—. Las máscaras cautivaban a Kenji más que ninguna otra cosa, provocando escalofríos por todo su cuerpo, como si tuviera fiebre. Se apoyó contra el cristal tratando de mirar a través del sucio vidrio la pequeña y desordenada habitación con dos sillas y una mesa cubierta de papeles. Una estantería alta que ocupaba una de las paredes contenía más máscaras. Al fondo, una cortina a modo de puerta daba a otra habitación. No parecía haber nadie dentro. De repente, deseó desesperadamente poder ver las otras máscaras, un agudo antojo que pareció infundirle valor. Pero antes de que pudiera moverse, oyó voces extrañas que se acercaban provenientes del callejón y retrocedió, escondiéndose para observar. Uno por uno, dos imponentes hombres vestidos con ropa oscura occidental y una mujer con un deslumbrante kimono de seda entraron por la desvencijada puerta del establecimiento. Kenji echó un vistazo al interior y los vio inclinarse ante un hombrecillo con barba que había emergido de la trastienda, su largo y despeinado cabello cubierto por una fina capa de polvo.
Su obachan le contó más tarde que la tienda pertenecía a un hombre llamado Akira Yoshiwara, muy conocido en todo Japón como maestro escultor de máscaras de Noh, usadas en el teatro. Los rumores rodeaban al excéntrico artesano, que podía elegir a sus clientes, trabajando para quien quería y cuando quería. Actores de todas partes codiciaban sus máscaras, le explicó. Kenji soñaba despierto que era uno de esos clientes que visitaban la pequeña tienda, sosteniendo las exquisitas máscaras contra su cara e insuflándoles vida.
Cuando escuchó a su abuela en el salón contándole a Hiroshi otra historia, Kenji se marchó al jardín para esperar a su abuelo en la puerta principal. Sintió el eco de voces lejanas a través de la calle, donde las lámparas de aceite arrojaban espectrales y amarillentos reflejos. Se volvió cuando un golpe de viento hizo tintinear las campanillas. Sólo cuando distinguió el tap-tap del bastón de su abuelo contra el suelo consiguió que el duro nudo de dolor se deshiciera en su interior, y una ansiedad cercana a la expectación ocupara su lugar.
A pesar de que su vista empeoraba, su ojichan insistía en mantener su rutina diaria y caminar solo al bar situado a unas cuantas manzanas para sentarse con sus amigos alrededor de una mesa y charlar de los días de su juventud, de la creciente guerra en China, y de las repetidas victorias de un joven luchador de sumo llamado Futabayama. Algunas veces Kenji le acompañaba; se sentaba en un pegajoso taburete en un rincón para beber un frío y dulce té, mientras su ojichan bebía cerveza con los demás hombres, perdido entre la nube de humo y risas. En el pequeño y cerrado local, observaba las rudas y gruesas manos de los hombres agitándose en el aire como pájaros torpes, escuchaba sus profundas voces, y se sentía reconfortado. A menudo solía quedarse dormido con el monótono zumbido de las crónicas de sumo o las noticias de la guerra en China retransmitidas por la radio, para despertarse de confusos sueños con las voces de los ancianos pronunciando su nombre.
—Kenji-san, ¿te aburrimos? —preguntaban entre risas.
Entonces se desperezaba lentamente, con ojos legañosos, hasta que conseguía divisar entre el humo de la sala a su ojichan, sentado con los otros hombres, su mirada perdida tendida sobre él como una red.
Ahora, Kenji se puso de pie al ver a su abuelo acercarse.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó su ojichan cuando estuvo lo suficientemente cerca para reconocerlo.
—Estaba esperándote —contestó.
Observó los nublados ojos del anciano. Le encantaban las líneas alrededor de sus ojos, que se hacían más profundas cuando sonreía, y sus mejillas, que se alzaban como el sol. Cuando era joven, tenía fama de ser el mejor bailarín de Hakodate, le había contado su obachan, y todo el mundo admiraba los ligeros y fluidos movimientos de sus pasos en el Bon Odori durante el Obon.
—Bueno, tu ojichan ya está en casa —decía él, acariciando su recortado y tupido pelo gris y rodeando los estrechos y tensos hombros de Kenji—. Podrías haber venido a buscarme —añadía.
El se encogía de hombros.
—El tío Taiko me pidió que te diera esto —indicó su ojichan extendiendo la mano.
Kenji sonreía y cogía el trozo de caramelo de arroz de la palma de su abuelo, haciendo una rápida inclinación.
—Domo arigato gozaimasu —contestaba—. Por favor, dale las gracias al tío Taiko de mi parte cuando le veas mañana.
—Quizá te gustaría venir mañana conmigo al bar y dárselas tú mismo —replicaba su ojichan.
Kenji asentía, con su pelo negro cayendo sobre los ojos.
—Hai —respondía, metiéndose el caramelo de arroz en la boca antes de que su abuela se enterara.
Le encantaba sentir el peso del brazo de su ojichan sobre los hombros y el olor agridulce del tabaco de su pipa. Los ricos e intensos sabores que ascendían y revoloteaban por el aire le hacían sentirse seguro y tranquilo. Súbitamente, el anciano retrocedió un paso y, con movimientos de bailarín, dio un par de inesperadas vueltas alrededor de su nieto, consiguiendo arrancarle una estruendosa carcajada.