Taj

Andrés Pascual · Capítulo 34 de 37

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Taj

Capítulo 7

 

Para cuando amaneció, se había corrido la voz por cada rincón de Agra. En el bazar, en los barrios acomodados, en los más míseros. Todos ansiaban un ladrillo, un tablón, unos metros de soga. No se trataba solo de conseguir material de construcción sin pagar una rupia. Querían poder decir a sus hijos y nietos: yo también participé en la obra de la tumba luminosa.

A mediodía, la parcela parecía un acuartelamiento militar, con las huestes formando antes de desfilar hacia el campo de batalla. Sobre el pedestal blanco, los técnicos y docenas de maestros de todas las disciplinas; en la gran terraza, cientos de oficiales y capataces; y detrás de ellos, en hileras que llegaban hasta el final del complejo y atravesaban la Gran Puerta estirándose por el barrio de Mumtazabad, miles de trabajadores contratados, campesinos de los alrededores y pobladores de intramuros provistos de capazos vacíos y herramientas caseras.

—Disponemos de dos días, señores —recordó el superintendente a sus hombres de confianza.

Balu había sido llamado como artífice del Jardín de la Luna Llena, pero también como colaborador de Khush Nawis, al igual que los miembros de los demás talleres de caligrafía. A su lado estaban sus seis compañeros, incluido Fereshteh, que miraba hacia otro lado poniendo la nota discordante en aquel épico acorde. El maestro otomano seguía en cama. Cierto que su situación se había estabilizado, pero aún estaba lejos de poder levantarse sin ayuda.

Aparte de los artistas de la línea, se había convocado a cualquier maestro de cualquier oficio que hubiera tenido un papel de responsabilidad en la tumba, todos los cuales acudieron acompañados de sus respectivos equipos.

Allí estaba Mahammad Hanif, el supervisor jefe, al cual los años habían restado parte de la arrogancia que abrumó a Balu la primera vez que acudió al complejo en compañía de Deepak. También Ismail Jan, el experto en doble domo que días antes había clavado el pináculo en la gran cúpula que asomaba por encima del biombo, como una bandera en una colina conquistada. Ni siquiera faltaba el orfebre Bebedal Khan, artífice de la celosía de oro de la cámara del cenotafio, quien cuchicheaba con una persona esencial para la labor que estaba a punto de comenzar: el maestro Pyare Lal, carpintero de Delhi que había supervisado los trabajos de madera del monumento, desde las puertas de sándalo y ébano hasta —de ahí la importancia de su presencia— la red de andamios encastrada en el parapeto de ladrillo que debía ser desmontada con sumo cuidado para que no se viniera abajo de golpe, provocando un cataclismo.

Como no podía ser de otro modo, el superintendente estaba flanqueado por el grupo estrella formado por el calígrafo jefe Amanat Khan, el diseñador ustad Isa Afandi, el proyectista Abdal Karim y el alma mater indiscutible de la tumba luminosa: el arquitecto ustad Ahmad.

—Muy bien, señores —exclamó este sin perder su habitual sonrisa—. Si todos tenemos claro lo que hay que hacer, mejor no esperemos más.

Caminó hacia el borde del pedestal, cogió aire y, sacando un inesperado tono guerrero acorde con la atmósfera que se respiraba, gritó:

—¡Descubramos la morada eterna de Mumtaz Mahal, emperatriz del Indostán!

El inmediato clamor debió de traspasar las fronteras del imperio. Todos los presentes prorrumpieron en vítores que rebotaron en el mármol.

«Como siempre, Mumtaz, el pueblo a tus pies», pensó el emperador al sentir la vibración mientras contemplaba la escena desde la torre palacio del Fuerte Rojo.

Satisfecho, se postró para sus rezos de mediodía.

Y en la tumba comenzó el desfile.

Los maestros se colocaron en las posiciones marcadas en el plano que el superintendente llevaba extendido y comenzaron a dar instrucciones a oficiales y capataces. Algunos bajaron a la terraza para organizar las hordas de peones. El propio diseñador de jardines comandaba un destacamento de guardias imperiales encargado de desviar el torrente humano hacia los extremos de la parcela, apartándolo de los parterres y los canales centrales en los que borboteaban las fuentes. Otros tomaron posiciones entre el biombo de ladrillo y el propio mausoleo para controlar que el ímpetu de los voluntarios no lo dañase y, de paso, vigilar que ningún desaprensivo metiese el cincel en una losa de la fachada con la peregrina intención de arrancar las preciadas taraceas. Un último batallón se encaramó a lo más alto de los andamios para dirigir la retirada progresiva de ladrillos y maderos. Subieron a toda prisa, pero con tiempo apenas para prepararse a recibir el flujo de obreros, imparable en fuerza bruta y corazón.

Todo servía al pueblo. Un eslabón de cadena, un clavo de hierro. Echaban al cesto cualquier cosa que fueran capaces de portar consigo, de forma que no llegaban a acumularse en montones ni el material en mejor estado, ni tampoco el siempre aprovechable escombro. Algunos avispados se valían del río para el transporte, en barcazas apelotonadas en el amarradero que cargaban hasta que la cubierta descendía al nivel del agua. Otros lo hacían por tierra, arrastrando a pie sacos llenos hasta los topes o ayudándose de carros que custodiaban sus hijos en la explanada cercana al complejo, la misma en la que se celebró la lucha de animales. Allí se encontraba el jorobado del caravasar, cuyo jefe había acudido con varias monturas que esperaban con resignación los pesados fardos de teca y bambú.

A Balu le tocó encaramarse a una torreta en la parte frontal que había soportado la polea con la que alzaron las piedras de la cúpula. Su encomienda: coordinar el desmonte con cuidado de que las piezas de hierro y las vigas no se desplomasen contra el mármol. Antes de empezar contempló la multitud desde arriba y se emocionó. Todos aquellos hombres eran los verdaderos protagonistas de la obra, veinte mil héroes sin nombre que habían hecho brotar el maravilloso edificio con su sudor y sus lágrimas, muchos de ellos también con su sangre. Era bello ver cómo señalaban aquí y allá con orgullo, mostrando su trabajo a amigos, vecinos y a sus mujeres, algunas ataviadas con chador, otras con coloridos saris a los que se agarraban las hijas pequeñas, venidas también para ayudar a transportar el material a sus hogares.

El desmantelamiento del mecanismo y la estructura de la polea les llevó varias horas, dado que al mismo tiempo tenían que desmontar la pasarela de madera que conectaba la muralla de andamios con la azotea del mausoleo. Una vez logrado, mientras la primera tanda de voluntarios marchaba a la ciudad con los tablones, recibió a otro grupo que había llegado para arrancar los ladrillos de la torreta. Se pusieron a ello sin pausa, fila a fila, pasándolos en cadena hacia abajo por el entramado de escalas de cuerda y madera.

Bien entrada la noche, el incesante remolino de golpes de mazo, quejidos de las sogas en tensión y gritos de los capataces seguía envolviendo la tumba. A pesar de ello, buena parte del biombo se mantenía en pie, por lo que el superintendente empezaba a ponerse nervioso. Aún disponían de un día completo, pero no cesaba de convocar a los técnicos para buscar la manera de ir más deprisa. Aquellos alegaban que si forzaban demasiado la máquina terminarían provocando una catástrofe. El cansancio iba haciendo mella en la atención de los voluntarios y los galenos ya no daban abasto para curar las heridas causadas por los descuidos.

En plena madrugada, el perfumero se encaramó a la torreta a medio derruir en la que Balu seguía dejándose la piel. Estaba sudado de arriba abajo tras las horas de trabajo y los viajes a la ciudad con el material, sucio y con el pelo pegado a la frente, por lo que el joven calígrafo no le reconoció hasta que pasó junto a la antorcha que iluminaba esa zona de andamiaje.

—¡Eres tú! —exclamó por fin—. No estaba seguro de si habrías venido.

—¿Cómo iba a perderme esta fiesta? He pasado el día cortando armazones de bambú en la fachada de atrás, junto al río.

—Yo no me he movido de aquí.

—Me lo ha dicho Ciro, por eso he subido a verte. —Se asomó por la parte interior del biombo para contemplar el majestuoso arco de la fachada frontal. Estaba muy oscuro y dada la proximidad del edificio carecía de perspectiva, pero lo poco que veía fue suficiente para que su corazón comenzase a latir a toda velocidad—. Estás en el mejor asiento del teatro.

—Pero está siendo duro —comentó Balu, señalando a un par de campesinos que se afanaban en arrancar unos ladrillos con cuidado de no quebrarlos—. El arquitecto temía que la polea se venciese hacia la fachada y construyó esta parte de muro como si tuviera que resistir para siempre.

—Ya veo tus ampollas. Ten cuidado, no te vayas a averiar esa mano también.

Dibujó un gesto de dolor, como si la que sufrió el castigo del paquidermo hubiese aprovechado el comentario del perfumero para reclamar una atención que no recibía. Había conseguido evitar la gangrena y los huesos iban recomponiéndose, pero más lento de lo que hubiese querido y sin la seguridad de que fuera a quedar bien. Vio que, en algunas zonas, la venda estaba manchada de sangre y pus.

—¿Podrías cubrirme mientras bajo a que uno de los físicos me limpie este estropicio?

—Desde luego que sí. ¡Pero solo si aprovechas para comer algo! —le sugirió el perfumero en plan paternal—. Frente a la cara sur de la mezquita sirven arroz y están asando carne de cordero.

Inició el descenso por la escala de cuerda y tablas. En la oscuridad de la noche resultaba difícil no dar un traspié, máxime cuando tenía una sola mano para agarrarse. Con la labor que había hecho bien podía permitirse pasar la segunda jornada a piso llano ocupándose de una tarea más cómoda, como ayudar al diseñador de jardines a proteger los parterres de la terraza; pero por nada del mundo iba a abandonar la primera línea de batalla. Le conmovía seguir la lenta caída del velo desde las alturas, dejando al descubierto de forma impúdica las incrustaciones de flores y las caligrafías.

A mitad de la bajada tuvo que caminar en horizontal por un estrecho armazón de teca hacia el siguiente tramo de escala. Cualquier paseo por el andamiaje, y más a esas horas, entrañaba un serio peligro. Primero esquivó in extremis un saco lleno de cuñas de madera que alguien arrojó desde el nivel superior sin darse cuenta de que pasaba por allí; después se vio obligado a orillarse, sacando medio cuerpo al vacío, porque unos peones agachados obstaculizaban el paso. Estaban desmantelando otra de las pasarelas de tablas que volaban desde el biombo hasta el mausoleo, en este caso para acceder al segundo piso de arcos túmidos que decoraban sus ocho caras. Al otro lado, de pie sobre el blanco balconcillo, se encontraba Fereshteh. Sin mover un dedo, como era de esperar en él, discutía con un voluntario sobre el acabado de uno de los minaretes que señalaba con insistencia.

Le observó intentando no alterarse. Ya habían coincidido en el haveli antes de ese día, pero no habían intercambiado una sola palabra desde la encerrona que le preparó en el campamento del príncipe Aurangzeb. Se tocó la mano dañada y respiró hondo. No veía el momento de que el maestro otomano entregase a Amanat Khan las últimas caligrafías, tomase cartas en el asunto y lo echase para siempre del equipo… como confiaba en que iba a ocurrir. Ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de que Khush Nawis pudiera dar crédito a la versión de ese canalla frente a la de su apreciado pupilo.

Se disponía a seguir adelante cuando, a la luz vibrante de una lámpara de aceite, vio que uno de los obreros que trabajaban al otro lado utilizaba un escoplo para cortar una soga contra el suelo de mármol. ¿Por qué no le reprendía Fereshteh? ¡Si estaba ahí era para controlar que no rayasen las losas! Para rematar, otro peón igual de impaciente arrancó sin ningún cuidado la almohadilla de tela sobre la que apoyaba el extremo de la pasarela, de modo que la madera entró en contacto con el canto blanco, algo que debía evitarse a toda costa.

Fue a cruzar para darles instrucciones antes de que causasen algún daño irreparable. Se agarró a la maroma tendida de lado a lado. Más le valía no perder el equilibrio, porque dudaba que aquella protección fuera a librarle de caer al vacío. Cuando estaba a mitad del puentecillo colgante, Fereshteh alzó la mano.

—¿Adónde crees que vas?

—A ocuparme de lo que tú no haces. ¿No has visto a esos dos?

—¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer?

—Esto no va con nosotros, Fereshteh…

—¡Todo va con nosotros, desgraciado! —gritó aquel, acercándose a la pasarela—. ¡Has estado poniéndome zancadillas desde que apareciste en el desierto!

Balu cerró la boca como había hecho tantas veces y fue a dar media vuelta, pero las palabras fluyeron por sí solas.

—Eres tú mismo quien se complica las cosas. Tal vez deberías asumir tu papel y todo te resultaría más fácil.

—¿Qué papel?

—Nunca serás Khush Nawis. Nunca serás un verdadero maestro en el arte de la línea, porque para eso hace falta mucho más que saber dibujar.

—Maldito muerto de hambre…

El asistente cogió un martillo del suelo y fue hacia él. Los maderos de la frágil pasarela botaron cuando los pisó con violencia.

—¿Pero qué haces? ¡Vas a conseguir que nos matemos los dos!

Apenas le dio tiempo a aferrarse con más fuerza a la maroma y cubrirse la cabeza con el otro brazo. Al asestarle el golpe, Fereshteh hizo vibrar aún más el puentecillo, trastabilló y tuvo que agarrarse al propio Balu para no precipitarse por el hueco. Intentó cogerse a su cuello, pero solo consiguió abrazarse a su cintura. Comenzó a chillar como un gorrino, tratando sin éxito de elevar el pie hasta la base de la pasarela.

—¡Ayúdame! —suplicaba mientras se escurría poco a poco por el cuerpo del joven calígrafo, que intentaba alzarle con una rodilla—. ¡Tira de mí hacia arriba, por lo que más quieras!

Pero Balu no podía hacerlo. La mano que le quedaba libre era la que tenía inutilizada… por culpa del propio Fereshteh. El karma… Como siempre, todo estaba conectado. También los actos de odio.

Los voluntarios miraban atónitos desde ambos lados. Uno de ellos fue a acercarse, pero, al pisar el primer madero, varios de los cordajes enlazados de la soga que el peón había estado sesgando con el escoplo se rompieron, provocando un chasquido y una severa inclinación de la pasarela que le hizo volver atrás.

Balu se agachó como pudo y, tragando saliva para aguantar el dolor, le ofreció el antebrazo de la mano dañada para que hiciera un último intento de agarrarse y encaramarse. Pero entonces lo poco que quedaba de soga se quebró también, provocando el desplome de las tablas bajo sus pies, que cayeron rebotando por los salientes del andamiaje hasta que se estrellaron contra el suelo en mitad de un estruendo sobrecogedor.

A pesar de la violencia de la sacudida, Balu consiguió mantenerse aferrado a la maroma que ahora colgaba tensa desde el lado del andamio.

Pero su propio peso sumado al de Fereshteh abrazado a sus piernas era más de lo que podía soportar con una sola mano.

Los dedos le temblaban.

En ese momento vino a su mente la visita a la cantera de Makrana.

Cuando salvó a la intocable.

Cuando Fereshteh trató de acabar con él por primera vez.

El karma…

El asistente, también al límite de sus fuerzas, empezó a escurrirse por sus rodillas.

El karma…

Por los tobillos.

De pronto, el peso se aligeró.

Un alarido.

El impacto contra el mármol del pedestal.

Rojo intenso en el blanco inmaculado.

El karma…