Tentación

Douglas Kennedy · Capítulo 3 de 13

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Tentación

Capítulo 3

Un par de cosas sobre Philip Fleck. Había nacido en Milwaukee, hacía cuarenta y cuatro años. Su padre tenía una pequeña empresa de papel de embalaje. Cuando murió fulminado por un infarto en 1979, su familia instó a Philip, que estaba terminando los estudios de la escuela de cinematografía de la Universidad de Nueva York, a volver a casa para encargarse de los negocios. A pesar de su resistencia a asumir la responsabilidad, especialmente porque estaba decidido a ser director de cine, accedió a los deseos de su madre y se hizo cargo de la dirección de la empresa. Al cabo de diez años, había convertido aquella empresa local en una de las mayores productoras de embalaje al por mayor de Estados Unidos. Entonces entró en bolsa y ganó sus primeros mil millones de dólares. Después de eso, empezó a tener escarceos con el capital de riesgo, y a finales de los ochenta decidió respaldar un oscuro caballo denominado «Internet». Elegía sus inversiones sabiamente, porque en 1997 tenía un capital de más de veinte mil millones de dólares. En 1998 cumplió cuarenta años. Y fue también el año en que decidió de repente desaparecer de la vida pública.

Renunció a la presidencia de la empresa familiar de embalaje. Dejó de vérsele en público. Contrató a una empresa importante de seguridad para asegurarse de que nadie invadía su intimidad. Rechazaba todas las peticiones de entrevistas o apariciones públicas, y se escondió detrás del gran aparato que gestionaba su imperio empresarial. Se desvaneció tan completamente que muchos creían que había muerto, se había vuelto loco o era J. D. Salinger.

Tres años después, Philip Fleck reapareció en público. Mejor dicho: su nombre reapareció de repente, con regularidad, cuando La última oportunidad, su primera película, llegó a las pantallas. Él mismo había escrito el guion y dirigido la película (y también la había financiado con un

presupuesto de veinte millones de dólares), y en la entrevista que concedió a Esquire antes del estreno de la película, la calificó de «la culminación de diez años de planificación y reflexión». La película era un cuento apocalíptico ambientado en una isla de la costa de Maine, sobre dos parejas que se enfrentaban a una crisis de proporciones metafísicas cuando un accidente nuclear arrasaba casi toda Nueva Inglaterra. Se encuentran atrapados en la isla, donde esperan que el viento se lleve las toxinas mortales. Durante ese tiempo se pelean, discuten y charlan, empiezan a debatir sobre el auténtico significado de la existencia terrenal… y, con mucha imaginación, sobre sus muertes inminentes.

La película recibió algunas de las peores críticas imaginables. Se acusó a Fleck de ser pomposo y risible; un hombre rico sin talento que había tirado una montaña de dinero en una de las películas más pretenciosas y absurdas jamás rodadas.

Tras esa semejante acogida por parte de la crítica, Philip Fleck volvió a esfumarse; solo se veía con unos pocos miembros del denominado círculo íntimo de amigos. Pero su nombre volvió a aparecer en las noticias cuando se filtró que finalmente se había casado… con la mujer que había sido la editora del guion de La última oportunidad (por cierto: cuando Brad Bruce vio la noticia de la boda en la sección de Sociedad del Times, en la oficina de la productora, se volvió hacia mí y dijo: «Puede que se haya casado con ella porque es la única persona que no se rio de su puto guion»).

Pero aunque los críticos hubiesen mellado el orgullo de Philip Fleck, no podían hacer nada contra su cuenta bancaria. En la clasificación Forbes del último año de los cien estadounidenses más ricos, él era el octavo, con un valor neto actual de 24 400 millones de dólares. Poseía casas en Manhattan, Malibú, París, San Francisco y Sidney, por no hablar de su propia isla privada cerca de Antigua. Tenía su propio jet 767 privado. Era un coleccionista de arte ávido, con predilección por los pintores norteamericanos del siglo XX, concretamente, abstractos de los sesenta como Motherwell, Philip Guston y Rothko. Por muchas obras de beneficencia que hiciera, era más conocido por su obsesión por el cine, hasta el punto de que había subvencionado generosamente organizaciones como el American Film Institute, la Cinemathèque Francaise y el

departamento cinematográfico de la Universidad de Nueva York. Más precisamente, era un auténtico cinéfilo: en su entrevista en Esquire había afirmado haber visto más de diez mil películas. En alguna ocasión se le había visto asistir a cines de la orilla izquierda parisina como el Accatone y el Action Christine, aunque, por lo que se sabía de él, era difícil distinguirle en una multitud, porque se trataba de un hombre de aspecto muy corriente:

«… alguien que, a pesar del vestuario de diseño de lujo, sigue pareciendo un don nadie del Medio Oeste un poco grueso» (según el perfil más bien quisquilloso de Esquire). «Sin embargo, es su carácter taciturno lo que realmente le define. Uno no sabe si sufre de timidez terminal o de una especie de arrogancia misantrópica que procede de su estratosférica riqueza.

Porque él no tiene auténtica necesidad de relacionarse con el resto del mundo. Conoces a Philip Fleck, echas un vistazo a sus dominios, a su inmenso poder financiero, en toda su infinita magnificencia, y después le miras a él cuidadosamente, y piensas: a veces los dioses sonríen a los cretinos».

Después de que Bobby me propusiera pasar el fin de semana en el refugio caribeño de Fleck, pedí a mi ayudante que buscara la entrevista de Esquire. En cuanto terminé de leerla, llamé a Bobby a su oficina y le pregunté:

—¿El periodista de Esquire sigue con vida?

—Apenas…, aunque imagino que la oficina del Bangor Daily News no puede compararse con el embriagador mundo de las revistas de Hearst.

—Si me hubieran hecho esas críticas, me habría hecho piloto kamikaze.

—Ya, pero si tuvieras veinte mil millones en el banco…

—Entendido. Desde luego, seguro que después de toda la mierda que le lanzaron con La última oportunidad, no le quedan ganas de volver a ponerse a dirigir.

—Si hay algo que sé de Phil es esto: puede que sea el señor silencioso, el señor meditabundo, pero no es de los que abandonan, nunca se rinde. Es implacable. Si quiere algo, lo obtiene. Y ahora mismo te quiere a ti.

Sí, aquella era la razón subyacente, el subtexto, de mi invitación al refugio caribeño de Fleck. Se lo sonsaqué a Bobby en su primera llamada, cuando me había invitado a conocer al gran recluso.

—La cosa está así, chico —dijo Bobby —. Él pasará una semana en ese sitio cerca de Antigua. Se llama Saffron Island, y te lo aseguro, es un paraíso de lujo.

—Déjame adivinar —dije—. Se ha construido su propio Taco Bell en la isla…

—Oye, ¿a qué viene el sarcasmo?

—Es que me gusta tomarte el pelo con tu amigo megarrico.

—Oye, Phil es original de verdad, un inadaptado. Y aunque ahora guarde su intimidad como si fuera un campo de pruebas nucleares, para sus amigos es un tipo normal. Sobre todo si le caes bien.

Y, según Bobby, él le caía bien.

—Porque soy un tipo simpático.

—Sin ofender —dije—, pero sigo sin comprender cómo te introdujiste en su círculo íntimo. A mí ese tipo hace que el difunto señor Kubrick me parezca una persona accesible.

Entonces me contó que «había hecho migas» con Fleck hacía tres años durante la preproducción de su película. Aunque Fleck asumía todos los gastos, quería montar el asunto de modo que se transformara en una enorme evasión fiscal. Uno de los productores asociados había sido cliente de Bobby, y como sabía que era un genio de las finanzas (palabras textuales de Bobby), propuso que Fleck hablara con él. De modo que convocaron a Bobby a chez Fleck en San Francisco. «Una modesta mansión en Russian Hill». Se midieron con la mirada y charlaron. Bobby trazó un plan según el cual, si Fleck hacía toda la película en Irlanda, al año siguiente podría deducir de la declaración de renta todo el presupuesto de veinte millones de dólares, sin que Hacienda pudiera abrir la boca.

Así que La última oportunidad se rodó en una isla dejada de la mano de Dios de la costa del condado de Clare, y los interiores, en un estudio de Dublin. A pesar de que fue un desastre para todos los implicados, al menos Bobby Barra obtuvo un buen premio: su amistad con Philip Fleck.

—Te lo creas o no, hablamos el mismo idioma. Y sé que respeta mi opinión en asuntos financieros.

¿Lo suficiente para permitirte jugar con su dinero?, quería preguntar yo, pero me mordí la lengua. Porque estaba bastante seguro de que un hombre

con los megarrecursos de Philip Fleck probablemente tenía a doce Bobby Barra en nómina. Lo que no lograba comprender era qué veía en un charlatán como Barra un individuo esquivo como Fleck. A menos que, como yo, lo encontrara divertido y le considerara un material en potencia.

—¿Cómo es su nueva esposa? — pregunté a Bobby.

—¿Martha? Muy de Nueva Inglaterra. Muy intelectual. Bastante guapa, si te gusta el tipo Emily Dickinson.

—¿Conoces a Emily Dickinson?

—No salimos nunca juntos, pero…

Tenía que reconocerlo: Bobby era rápido.

—Te diré algo, entre nosotros — dijo —. A nadie le sorprendió que Phil la eligiera. Antes de ella, iba de flor en flor a lo grande, aunque siempre parecía incómodo con la modelo de turno que, aparte de los indispensables requisitos de maciza, tenía problemas al deletrear su propio nombre. A pesar de todo su dinero, nunca ha sido precisamente un imán para las mujeres.

—Pues me alegro de que encontrara a alguien — dije, pensando que, a pesar de sus credenciales de bella de Amherst, aquella tal Martha tenía que ser una cazafortunas.

—En fin, el objetivo de esta invitación es simple — dijo Bobby —.

Como ya te he dicho, a Phil le encanta Te vendo, y sencillamente quiere conocerte, y pensó que te gustaría pasar un par de días con tu chica bajo las palmeras de Saffron Island.

—¿Sally también puede venir?

—Te lo acabo de decir.

—Y es solo una ocasión para saludarme, nada más.

—Ni más ni menos —dijo Bobby, con una leve nota de duda en la voz —. Por supuesto, es posible que Phil quiera hablarte de trabajo.

—No me importa.

—Y si no te importara leer uno de sus guiones antes de ir…

—Sabía que era una cazada.

—No es una cazada, Dave. Solo te pide una «lectura de cortesía» de la nueva película que está escribiendo.

—Mira, no soy un revisor de guiones…

—Tonterías. Eso es precisamente lo que haces en todos los episodios de Te vendo que no has escrito tú.

—Sí, pero la diferencia es que se trata de mi serie. Lo siento si te parezco pedante, pero no administro primeros auxilios al trabajo de otros.

—Eres un pedante, pero la cuestión es: nadie te pide que juegues a médicos. Como te he dicho, es una lectura de cortesía, nada más. Seamos claros, el autor en cuestión es el señor Philip Fleck. Y está deseoso de que vueles en su avión privado a su isla privada, donde tendrás una suite privada con tu propia piscina privada, y donde también tendrás tu mayordomo privado y la clase de servicio de seis estrellas que no encontrarás en ninguna otra parte, y a cambio de esa semana de lujo absolutamente sibarítico, solo te pide que leas su guion, que debo decir que solo tiene ciento cuatro páginas, porque lo tengo delante de mí, y después de leerlo, sencillamente te sientas con él un rato bajo las palmeras de Saffron Island, y tomando una piña colada, charlas una horita con el octavo hombre más rico de Estados Unidos sobre su guion…

Hizo una pausa para respirar. Y también buscando el efecto dramático.

—Veamos, señor Armitage: ¿es mucho pedir?

—De acuerdo —concedí—. Mándamelo por mensajero.

El guion llegó dos horas después, y para entonces Jennifer había localizado el perfil de Esquire en Internet, y yo estaba verdaderamente intrigado. Había algo irresistible en el personaje paradójico que era Philip Fleck. Tanto dinero y tan poca capacidad creativa. Y, si el periodista de Esquire estaba en lo cierto, una necesidad tan desesperada de demostrar al mundo que era un hombre dotado de auténtico genio creativo. «El dinero no es nada sin reconocimiento», le había dicho al periodista. Pero y si resulta que, con todos tus miles de millones, no tienes un gramo de talento,

¿entonces qué? Creo que una parte insidiosa de mí pensaba que sería divertido pasar unos días observando esa suprema ironía.

Incluso Sally estaba intrigada con la idea de pasar una semana en las cercanías de tan desmesurada riqueza.

—¿Estás completamente seguro de que esto no es una artimaña montada por Bobby Barra? — preguntó.

—Por mucho que fanfarronee, dudo que Bobby tenga su propio 767, y menos aún una isla en el Caribe. Además, recibí un ejemplar del guion de Fleck, y Jennifer lo comprobó en la Asociación de Autores. Está registrado a nombre de Fleck, o sea que todo parece perfectamente legal.

—¿Qué tal?

—No lo sé. Lo recibí poco antes de salir.

—Bueno, si vamos a marcharnos el viernes, tendrás que encontrar tiempo para anotar alguna observación seria: al fin y al cabo tendrás que ganarte nuestro alojamiento.

—¿Entonces, vienes?

—¿Una semana gratis en una isla idílica de Phil Fleck? Ya lo creo.

Además me servirá de tema en las cenas de muchos meses.

—¿Y si todo resulta ser muy vulgar?

—Seguirá siendo una buena anécdota para contar por ahí.

Aquella noche, cuando el insomnio me obligó a levantarme de la cama a las dos de la madrugada, me senté en el salón y abrí el guion de Fleck. Se llamaba Diversión y juegos. La escena de apertura decía: Interior tienda porno, noche

Buddy Miles, cincuenta y cinco años, cara curtida, un cigarrillo permanentemente colgando de un extremo de la boca, está sentado detrás de la caja de una tienda porno especialmente cutre. A pesar de los carteles de mujeres desnudas y las cubiertas chillonas del surtido de revistas que decoran el lugar donde está sentado, en seguida notamos que lee un ejemplar del Ulises de Joyce. El movimiento de apertura de la Sinfonía n.º 1 de Mahler suena en el radiocasete junto a la caja registradora. Levanta una taza de café, da un sorbo, hace una mueca, entonces busca bajo el mostrador y saca una botella de bourbon Hiram Walker. La destapa, se echa un poco en el café, tapa la botella y vuelve a probar el café. Bien. Pero cuando levanta la mirada de la taza, ve que hay un hombre de pie frente a la caja. Lleva una parka gruesa.

Se tapa la cara con un pasamontañas. Inmediatamente Buddy

nota que el individuo enmascarado le apunta con una pistola.

Un momento después, el encapuchado habla.

LEON: ¿Es Mahler eso que escuchas?

BUDDY (desconcertado por la pistola): Estoy

impresionado. Diez billetes a que no adivinas qué sinfonía.

LEON: De acuerdo. La sinfonía número uno.

BUDDY: Doble o nada a que no adivinas el director.

LEON: Triple o nada.

BUDDY: Eso es pasarse.

LEON: Sí, pero soy yo el que tiene la pistola.

BUDDY: No te lo discutiré. De acuerdo, triple o nada.

¿Quién lleva la batuta?

Leon calla un instante, escucha la música con atención.

LEON: Bernstein.

BUDDY: Ni hablar. Georg Solti y la Chicago Symphony.

LEON: No me toques los cojones.

BUDDY: Compruébalo tú mismo.

Leon, sin dejar de apuntar a Buddy con la pistola, abre la tapa del radiocasete, saca la cinta y mira la etiqueta con disgusto; después lo tira.

LEON: Mierda, nunca distingo el sonido de la Chicago.

BUDDY: Sí, se tarda un poco en distinguirlo. Sobre todo con tanto metal. Oye, ¿vamos a hacer lo que sea que quieras hacer?

LEON: Me has leído el pensamiento. (Se acerca más a Buddy). Adelante, abre la caja y alégrame el día.

BUDDY: No hay problema.

Buddy abre la caja. Leon se inclina, utiliza la mano libre para coger el dinero. Mientras lo hace, Buddy le cierra el cajón pillándole la mano y simultáneamente saca una escopeta de cañones recortados de debajo del mostrador. Antes de que Leon reaccione, tiene una escopeta apuntándole la cabeza y la mano atrapada en la caja. Gime de dolor.

BUDDY: ¿No crees que deberías tirar el arma?

Leon hace lo que le ordenan. Buddy suelta el cajón de la caja, pero sigue apuntando a la cabeza de Leon con la escopeta mientras se inclina y le arranca el pasamontañas.

Leon resulta ser un afroamericano, también de cincuenta y tantos años. Buddy mira a Leon con los ojos muy abiertos.

BUDDY: ¿Leon? ¿Leon Wachtell?

Ahora es Leon quien abre los ojos de par en par. De repente también él le reconoce.

LEON: ¿Buddy Miles?

Buddy baja el arma.

BUDDY: Sargento Buddy Miles para ti, gilipollas.

LEON: No puedo creerlo.

BUDDY: No puedo creer que no me reconocieras.

LEON: Eh, ha pasado mucho tiempo desde Vietnam.

FIN DE SECUENCIA

Interrumpí la lectura, dejé el guion. Me levanté inmediatamente y fui hacia el gran armario de la entrada de nuestro loft. Después de buscar en varias cajas, encontré lo que buscaba: una caja de zapatos repleta con mis viejos guiones de los años de vacas flacas. Abrí la caja. Busqué entre la pila de guiones fallidos, pilotos de televisión nunca producidos y obras de teatro sin estrenar. Finalmente, desenterré Nosotros, los veteranos, uno de los primeros guiones que había escrito después de que Alison me aceptara como cliente. Volví al sofá, abrí el guion y leí la primera página.

Interior tienda porno, noche

Buddy Miles, cincuenta y cinco años, cara curtida, un cigarrillo permanentemente colgando de un extremo de la boca, está sentado detrás de la caja de una tienda porno especialmente cutre. A pesar de los carteles de mujeres desnudas y las cubiertas chillonas del surtido de revistas que decoran el lugar donde está sentado, en seguida notamos que lee un ejemplar del Ulises de Joyce. El movimiento de apertura de la Sinfonía n.º 1 de Mahler suena en el radiocasete

junto a la caja registradora. Levanta una taza de café, da un sorbo, hace una mueca, entonces busca bajo el mostrador y saca una botella de bourbon Hiram Walker. La destapa, se echa un poco en el café, tapa la botella y vuelve a probar el café. Bien. Pero cuando levanta la mirada de la taza, ve que hay un hombre de pie frente a la caja. Lleva una parka gruesa.

Se tapa la cara con un pasamontañas. Inmediatamente Buddy nota que el individuo enmascarado le apunta con una pistola.

Un momento después, el encapuchado habla.

LEON: ¿Es Mahler eso que escuchas?

BUDDY (desconcertado por la pistola): Estoy

impresionado. Diez billetes a que no adivinas qué sinfonía.

Y la escena proseguía exactamente como estaba escrita en el guion de Philip Fleck. Cogí el guion de Fleck. Lo coloqué sobre una rodilla, mientras abría mi propio guion en la otra. Los comparé página por página. Fleck había copiado de arriba abajo mi guion original, escrito ocho años antes del que él lo registrara en la Asociación de Autores el mes anterior. Aquello no era un simple plagio. De hecho, dado que los dos guiones estaban escritos con el mismo tipo de letra, estaba bastante seguro de que simplemente había hecho que algún subalterno tecleara una nueva página de título (con su nombre en ella) antes de registrarlo en la asociación.

No podía creerlo. Lo que Fleck había hecho no era solo un ultraje: era un escándalo, hasta el punto de que, con el apoyo de la Asociación de Autores Americanos, yo podía desenmascararlo públicamente como un pirata literario, un ladrón. Con seguridad, alguien tan consciente de su intimidad como Fleck se habría dado cuenta de que a la prensa le encantaría destriparlo por una acusación de plagio. Y con seguridad sabía, al mandarme su guion, que eso desencadenaría mi ira. Entonces, ¿a qué estúpido juego jugaba ese cabrón?

Miré el reloj. Las dos cuarenta y uno. Recordé algo que Bobby me había dicho en una ocasión: «Estoy disponible veinticuatro horas al día siete días a la semana, si me necesitas». También sabía que sobrevivía durmiendo cuatro horas al día, y pocas veces se acostaba antes de las tres. Descolgué el

teléfono. Le llamé al móvil. Me contestó al tercer timbre. De fondo se oía música tecno a todo volumen y el sonido de un motor acelerando. Bobby parecía exaltado: o había sorbido algo por la nariz o se había tomado algo de la escuela Ritalin de farmacología.

—Dave, todavía estás levantado — dijo.

—Una observación brillante, Bobby.

—¿Distingo un tono de disgusto en tu voz?

—Observación brillante número dos. ¿Es un buen momento?

—Si te dijera que voy a ciento cincuenta por la diez con una muñeca hawaiana llamada Heather Fong a mi lado, ¿me creerías?

—No.

—Y harías bien. Vuelvo a casa después de una larga reunión sobre el Nasdaq con una pareja de venezolanos muy despiertos…

—Y yo me he quedado leyendo. ¿Qué cojones cree que hace Fleck copiando mi guion?

—Ah, ya te has dado cuenta.

—Oh, sí, me he dado cuenta, y el señor Fleck tiene un problema. Para empezar, puedo pedirle a Alison que presente una demanda…

—Eh, sé que son casi las tres, pero intenta encontrarle la gracia, ¿vale?

Fleck te está haciendo un cumplido, tonto. Un gran cumplido. Quiere producir tu guion, chico. Será su próximo proyecto. Y te lo pagará a lo grande.

—¿Y también piensa hacer pasar mi guion como suyo?

—Dave, ese hombre tiene veintitrés millones. Hablando claro, no es un necio. Y sabe perfectamente que tu guion es tuyo. Lo único que ha hecho es decirte, a su manera tortuosa, que le ha gustado de verdad…

—Y de paso me ha gastado una broma muy rara. ¿No habría sido más fácil que me hubiera llamado y me hubiera dicho que le gustaba mucho mi guion… o que hubiese hecho lo habitual: que su gente hablara con Alison?

—¿Qué quieres que te diga? Phil siempre deja a todo el mundo intrigado. Pero si yo fuera tú, estaría contento. Especialmente sabiendo que ahora Alison puede sacarle una cantidad enorme de dinero por el guion.

—Tendré que pensarlo. Cuidadosamente.

—Oh, tonterías. Escucha, tómate una píldora de sentido del humor y duerme un poco. Mañana todo esto te parecerá muy divertido.

Colgué. De repente estaba agotado. Tan agotado que no quería pensar más en el juego al que estaba jugando Philip Fleck. Pero antes de meterme en la cama, deje los dos guiones en la encimera de la cocina. Los dos estaban abiertos por la página uno. Junto a ellos deje una nota para Sally:

«Cariño, dime qué piensas de este curioso caso de duplicación. Besos».

A continuación me arrastré hasta la cama, me tapé y me dormí.

Cuando me desperté cinco horas después, me encontré a Sally sentada en un extremo de la cama, ofreciéndome un capuchino. Murmuré las habituales incoherencias matutinas de agradecimiento. Ella sonrió. Noté que ya estaba duchada y vestida. Después también noté que tenía los dos guiones debajo del brazo.

—Bueno, ¿quieres saber lo que pienso de esto? — preguntó.

Tomé un poco de café y asentí.

—Bien, si he de serte sincera, me parece demasiado «de género».

Quentin Tarantino cruzado con una de esas películas cutres de atracos de los setenta.

—Muchas gracias.

—Oye, tú me has pedido mi opinión, y yo te la doy. Es una obra de juventud, ¿no? No nos engañemos, la escena de apertura es muy rebuscada.

No sé, puede que para ti las referencias a Mahler sean divertidas, pero el público de multicine no se enterará de nada.

Di otro sorbo de café y dije:

—¡Puf!

—Eh, no digo que sea malo. Por el contrario, tiene todas las características de excelencia que han hecho de Te vendo un exitazo. La cuestión es que has recorrido mucho camino desde entonces.

—Cierto —acepté, sintiéndome herido.

—Ah, venga, no esperarás que elogie algo que no es bueno, ¿verdad?

—Por supuesto que sí.

—Pero eso no sería sincero.

—¿Qué tendrá que ver la sinceridad con nada de esto? Yo solo te preguntaba qué pensabas del intento de plagio de Fleck.

—¿Plagio? Cualquiera que te oiga… Eres como todos los guionistas que he conocido. Sin sentido del humor cuando se trata de su obra. ¿Y si te ha gastado una bromita para ver cómo reaccionas al «hurto» de tu guion?

¿No lo comprendes? ¿No ves lo que pretende decirte?

—Por supuesto que sí: quiere ser coautor de mi guion.

Ella se encogió de hombros.

—Sí, eso es. Ese es el precio que tendrás que pagar si le permites rodar tu guion. Deberías darle una oportunidad.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué: porque esas son las reglas del juego. Y también porque, para ser sinceros, no es la mejor película jamás escrita… Entonces,

¿por qué no darle una oportunidad?

No dije nada. Me limité a sorber el café y poner cara de estar reconsiderándolo. Sally se acercó y me besó en la cabeza.

—No te pongas de morros —dijo—. Pero no voy a mentirte, es un producto enmohecido. Y si el octavo hombre más rico del país quiere comprártelo, coge su dinero… aunque eso signifique que él acabe apareciendo como coautor en los créditos. Créeme, Alison va a estar de acuerdo conmigo en esto.

Sally, maldita sea, tenía razón. Cuando llamé a Alison más tarde y le conté la pequeña trampa de Fleck, me dijo:

—La verdad, tienes que reconocérselo, es una forma perversamente original de llamar tu atención.

—Y de decirme que espera ser coautor.

—Vaya cosa. Esto es Hollywood. Hasta los aparcacoches creen tener derecho a salir en los créditos como coautores. Mira, los dos sabemos que no es tu mejor obra.

No dije nada.

—Oh, vaya, un silencio herido — dijo Alison —, ¿el autor está un poco susceptible esta mañana?

—Sí. Un poco.

—La FRT te ha echado a perder, David. Ahora piensas que eres la personificación de la creatividad. Pero recuerda que si este guion se hace, hablamos de la gran pantalla. Y la gran pantalla representa grandes

compromisos. A menos, claro, que Fleck decida convertir tu película en una porquería de arte y ensayo…

—Es una película de atracadores, Ahson.

—Uf, en manos de Fleck, podría ser una candidata al género del terror existencial. ¿Has llegado a ver La última oportunidad?

—Todavía no.

—Alquílala y pártete de risa. Probablemente la película más hilarante, sin quererlo, jamás rodada.

Eso hice; aquella misma tarde alquilé la película en el Blockbuster del barrio y la vi a solas antes de que Sally volviera a casa. Metí la cinta en el vídeo, abrí una cerveza, me acomodé y me predispuse a pasar un buen rato.

No tuve que esperar mucho. La primera escena de La última oportunidad es un primer plano de un personaje llamado Prudence, una chica ágil y esbelta que lleva puesta una larga capa suelta. Después de un momento, la cámara retrocede y vemos que está de pie en un promontorio rocoso de una isla yerma, mirando hacia una nube en forma de seta situada sobre el continente lejano. Mientras sus ojos se abren ante la intensidad de ese holocausto nuclear, oímos (fuera de campo) que dice:

«El mundo se acababa… y yo lo estaba viendo».

Menudo comienzo. Unos minutos después, nos presentaban a Helene, la compañera de Prudence en la isla, otra chica esbelta (aunque esta con gafas de concha) que está casada con un artista loco llamado Herman que pinta enormes lienzos abstractos, que representan escenas apocalípticas de catástrofes urbanas.

«Vine aquí para huir de los vínculos materiales de la sociedad — le dice a Helene —, pero ahora la sociedad ha desaparecido. Finalmente se ha cumplido nuestro sueño».

«Sí, mi amor —dice Helene—. Es verdad. Se ha cumplido nuestro sueño. Pero hay un problema: vamos a morir».

El cuarto miembro de este alegre cuarteto es un sueco llamado Helgor, que vive como un eremita a lo Walden Pond/Thoreau en una cabaña de un extremo de la isla. A Helene le gusta Helgor, que ha jurado renunciar al sexo, por no hablar de la electricidad, el sonido amplificado electrónicamente, las cisternas y todo lo que no haya crecido en suelo

orgánico. Pero, después de enterarse de que el mundo se está acabando, decide abandonar la abstinencia sexual y se deja seducir por Helene.

Mientras resbalan por el suelo de piedra de su cabaña, él le dice: «Quiero saciarme de tu cuerpo, quiero beber tu fuerza vital».

Por supuesto, resulta que Herman el loco se beneficia a Prudence, y que ella está encinta. En un momento de gran reflexión, le confía: «Siento que una vida se expande dentro de mí, mientras la muerte lo envuelve todo».

Helene se entera del adulterio de Herman con Prudence y Helgor confiesa que se está tirando a Helene, y los dos chicos se dan de puñetazos, seguidos de media hora de silencios inquietantes, seguidos de una reconciliación y un debate tortuoso sobre la esencia de la existencia, rodada en un gran patio de piedra, con los personajes moviéndose de unos cuadrados blancos a unos negros como (¡por Dios!) figuras en un tablero de ajedrez. Mientras se libra una conflagración postatómica en el continente, y las nubes tóxicas nucleares empiezan a descender sobre la isla, el cuarteto decide enfrentarse a su destino.

«No deberíamos morir de asfixia — plantea Herman el loco —.

Deberíamos lanzarnos a las llamas».

Dicho eso, se suben a un bote y se dirigen hacia el infierno con (sorpresa, sorpresa) las notas del Viaje por el Rin de Sigfrid escoltándolos en su personal Gotterdammerung.

Negro final. Créditos.

Cuando se acabó la película, me quedé un rato sentado en el sillón, estupefacto. Después llamé a mi agente, y me lancé a una diatriba sobre lo inherentemente malísima que era la obra. Al final, Alison me contestó:

—Sí, es cosa fina, ¿eh?

—Es imposible que yo trabaje con ese tipo. Voy a anular el viaje.

—Espera un momento —me detuvo ella —. No hay motivo para no conocer a Fleck. Al fin y al cabo, te ha invitado a gandulear al sol, ¿no?

Más precisamente, ¿por qué no le vendes Nosotros, los veteranos o Distracción y juegos o como quiera llamarla? Si no soportas lo que hace con ella, puedes hacer que retiren tu nombre de los créditos. Por mi parte, sé que puedo sacarle un montón de dinero. En este caso, será un contrato con una cantidad al contado, Dave. Un millón redondo. Y te prometo que te lo

pagará. Porque aunque los dos sepamos que registrar el guion a su nombre fue una forma de engatusarte, no querrá que se haga público. No hará falta ni que se lo pidamos, pagará lo que sea para que no se sepa.

—Tienes una penosa opinión de la naturaleza humana.

—Soy agente.

Después de hablar con Alison, llamé a Sally. Su ayudante me hizo esperar casi tres minutos, después volvió y con una voz tensa me dijo que

«había surgido algo» y que Sally me llamaría al cabo de diez minutos.

Tardó casi una hora en llamarme. En cuanto oí su voz, supe que había sucedido algo grave.

—Acaba de darle un infarto a Bill Levy — dijo, con voz temblorosa.

—¡Dios mío! —exclamé. Levy era su jefe, y el hombre que había introducido a Sally en la Fox Television y la había ayudado a sobrevivir en la jungla laberíntica de la política interna. Era su figura paterna corporativa, y uno de los pocos profesionales en quien podía confiar —. ¿Está muy mal?

— pregunté.

—Bastante. Se ha desplomado durante una reunión de planificación. Por suerte en el edificio había una enfermera de la empresa que le ha practicado reanimación cardiopulmonar antes de que llegara la ambulancia.

—¿Dónde está ahora?

—En la Clínica Universitaria, en cuidados intensivos. Oye, con lo que ha pasado, esto es un caos. Llegaré tarde a casa.

—De acuerdo, de acuerdo —dije—. Si puedo ayudarte en algo…

Pero ella solo dijo:

—Tengo que irme. —Y colgó.

No volvió a casa hasta medianoche, agotada y enervada. La rodeé con mis brazos. Ella se deshizo suavemente de mi abrazo y se dejó caer en el sofá.

—Sobrevivirá. Por los pelos — dijo —. Pero sigue en coma, y les preocupa que haya lesiones cerebrales.

—Lo siento muchísimo —dije, ofreciéndole algo fuerte. Pero solo quería Perrier.

—Lo que hace aún más jodida la situación — se lamentó — es que de momento han puesto a Stu Barker al mando de la división de Bill.

Eso sí eran malas noticias, porque Stu Barker era un gilipollas y un trepa que había estado persiguiendo el puesto de Levy durante el año anterior. Tampoco tenía una gran opinión de Sally, pues la consideraba una secuaz de Levy.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté.

—Lo que hay que hacer en una situación así: reagrupar las fuerzas de que dispongo y procurar que ese cabrón de Barker no destruya todo lo que he construido en la Fox. Y me temo que eso significa que la semana chez Fleck está definitivamente fuera de mi alcance.

—Ya me lo imaginaba. Llamaré a Bobby y le diré que no podemos ir.

—Pero tú deberías ir.

—¿Contigo envuelta en una situación tan difícil? Ni hablar.

—Escucha, la semana que viene tendré que trabajar las veinticuatro horas. Con Barker al mando de la división, la única forma de mantener el tipo es estar en la oficina quince horas al día.

—Entiendo. Pero al menos estaré esperándote en casa por la noche, con té, comprensión y un martini.

Ella alargó una mano y me apretó la mía.

—Eres un encanto. Pero no quiero que te pierdas ese viaje.

—Sally…

—Escúchame. En momentos así estoy mucho mejor sola. No tendré que pensar en nada más, y puedo dedicar toda mi energía a conservar mi trabajo. Más aún, no puedes perder esta oportunidad. Porque, en el peor de los casos, te reirás un rato… y encima a todo lujo. En el mejor, te producirán un guion que habías olvidado, y el cheque será impresionante.

Teniendo en cuenta que a Stu Barker no le gustaría nada tanto como echarme de la empresa, el dinero no nos irá mal, ¿no crees?

Sabía que lo que decía Sally eran tonterías. No solo era una de las ejecutivas de televisión más codiciadas de la ciudad, sino que su reciente contrato con la Fox contenía una cláusula blindada que le garantizaba nada menos que quinientos mil dólares en caso de que la echaran antes de terminar su temporada como responsable de Comedia. Pero por mucho que intenté convencerla para que me dejara quedarme, se mantuvo firme.

—Por favor, no te lo tomes a mal — dijo.

—No me lo tomo a mal —dije, esforzándome por darle a entender que comprendía sus razones para quererme lejos de casa —. Si quieres que vaya al planeta Fleck, iré.

—Gracias —dijo ella, besándome suavemente los labios —. Oye, me sabe mal, pero había programado una conferencia con Lois y Peter a última hora — dijo, refiriéndose a dos de sus más estrechos colaboradores en la Fox.

—No te preocupes —dije, levantándome del sofá —. Te esperaré en el dormitorio.

—No tardaré mucho —dijo, descolgando el teléfono.

Pero cuando me dormí dos horas después, todavía no se había acostado.

Al día siguiente me desperté a las siete. Ella ya se había marchado. Me había dejado una nota sobre la almohada: «Voy a una reunión estratégica con mi equipo. Te llamaré más tarde».

Y había garabateado una «S» al pie. Sin un «besos», solo su inicial.

Una hora después más o menos, Bobby Barra llamó para acordar a qué hora vendría uno de los chóferes de Fleck a recogernos al día siguiente para llevarnos al aeropuerto de Burbank.

—Phil se llevó el 767 cuando se fue a la isla el domingo — dijo —. Lo siento, tendrás que conformarte con el Gulfstream.

—Sobreviviré. Pero me temo que voy a ir solo.

Y entonces le expliqué lo de Sally y la crisis profesional que se le había planteado en la Fox.

—Por mí está bien —dijo Bobby—. Sin ánimo de ofender, pero teniendo en cuenta que no soy su persona favorita, no voy a ponerme a llorar precisamente sobre mi piña colada si tiene que quedarse.

Entonces me dijo que el chófer pasaría a buscarme a la mañana siguiente a las ocho.

—Fiesta, chico, fiesta —dijo antes de colgar.

Preparé una maleta pequeña. A continuación fui a la oficina de producción de Te vendo y visioné el montaje inicial del primero y el segundo episodios. Sally no me llamó una sola vez. Cuando llegué a casa aquella noche, no había ningún mensaje suyo en el contestador. Pasé la velada releyendo Nosotros, los veteranos. Tomé algunos apuntes sobre

distintas formas de mejorar la estructura, el ritmo narrativo, y adaptarlo un poco más a los tiempos actuales. Sally tenía razón en cuanto a su prolijidad.

Con un rotulador rojo, empecé a corregir algunos de los diálogos demasiado largos. En pantalla, cuanto menos digas mejor. Si tienes que explicar algo con mucho detalle, es que no estás haciendo bien tu trabajo. Economía, simplicidad, que las imágenes hablen, porque el medio para el que escribes es la pantalla. Y cuando tienes imágenes, ¿quién necesita muchas palabras?

A las once de la noche, me había leído la mitad del guion. Sally todavía no había llamado. Pensé en llamarla al móvil, pero no me atreví, porque podía interpretarlo como algo pegajoso, necesitado o paternalista por mi parte (tipo «¿por qué no has vuelto a casa todavía?»). Así que me acosté.

Cuando sonó el despertador a las siete de la mañana, encontré otra nota en la almohada a mi lado: «Esto es una locura. Anoche llegué a la una, y ahora tengo un desayuno a las seis y media con algunos abogados de la Fox.

Llámame a las ocho al móvil. Ah…, y ponte moreno por mí».

Esta vez había escrito «Te quiero, S.» al final de la nota. Eso me animó.

Pero cuando la llamé una hora después (como me había pedido), estuvo muy brusca:

—No es un buen momento —dijo—. ¿Te llevas el móvil?

—Por supuesto.

—Entonces, ya te llamaré.

Y colgó. Me esforcé por no desanimarme por su brusquedad. Después de todo, Sally era una jugadora, y así era cómo se comportaban los jugadores cuando la cosa se ponía fea.

Unos minutos después, llamaron al timbre y encontré un chófer con librea esperando junto a un reluciente Lincoln Town Car flamante.

—¿Cómo está, señor?

—Dispuesto a disfrutar del sol — dije.

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