Tiempo muerto
Capítulo 1
C. J. Cherryh
Tiempo muerto
ePub r1.0
Titivillus 07.01.2022
OceanofPDF.com
Título original: Heavy Time
C. J. Cherryh, 1991
Traducción: Carme Camps
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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1
Era un lugar solitario, esta remota depresión del Cinturón, un lugar donde, si las cosas iban mal, se pasaba realmente muy mal. Y el sonido más solitario de todos era ese débil y lento pitido que significaba que una nave se encontraba en apuros.
A veces sonaba, a veces no.
—Se mueve —dijo Ben cuando lo oyó por primera vez.
Pero Morrie Bird pensó: «Está cayendo», y cuando Ben hubo conectado la probable configuración del objeto y preguntado al ordenador, eso fue lo que este dijo. Lo dijo en cifras. Bird lo vio mentalmente. Cuando uno se había pasado treinta años siguiendo rocas y escuchando las débiles voces numéricas de trozos desprendidos, faros y naves indistintas y lejanas, sabía ese tipo de cosas. Uno podía imaginar de qué se trataba antes de que el ordenador lo construyera.
—Tiene que estar estropeada —dijo Ben Pollard.
La cara de Ben tenía aquella expresión penetrante y ansiosa que exhibía cuando estaba calculando algo que deseaba de manera especial.
Un hombre nervioso, Ben Pollard. De veintidós años y hambriento, era un chico del Cinturón que solo dos años después de haber salido del Instituto de ASTEX acudió a Bird con un cheque de 20 k en la mano; no había sido fácil, pues el seguro de su madre tenía que haber pagado su manutención y su escolaridad. Ben se lo había gastado equipando la Trinidad y se había inscrito como su hombre de números; y en una época en que gran parte de los nuevos tenía algún asunto de Actitudes y esperaba algo por nada, a ver si Ben no iba a utilizar a un veterano en su «Un intento más» y su: «Bird, conseguí un ángulo…».
Con respecto a esta señal de que alguien tenía problemas, no era difícil imaginar los números personales de Ben. Este se hacía las mismas preguntas que se hacía un anciano en el fondo de su alma hipotecada: ¿A qué distancia está? ¿Quién tiene problemas? ¿Están vivos? Y… ¿Qué dice la ley sobre salvamentos?
Así que llamaron a la Base y comunicaron a Mama que recibían una señal de socorro, ¿la habían oído?
La Base no la había oído y el sistema interior ECSAA no la había recogido de entre todos los pitidos y ecos de trozos de roca y naves que había en el Cinturón. La Base tardó un poco en pensar, dio su aprobación a un rumbo y les envió nuevas cartas de navegación del sector, con las que Mama era extremadamente tacaña; Mama dijo: «Despejado para uso de la radio», y: «Actuad con precaución. Buena suerte, Dos veintinueve Tango».
Qué misterioso, la Base no había oído aquella señal… que ella decía correspondía a un sector vacío. O sea, que alguien se hallaba fuera de su rumbo. Uno permanecía despierto y pensaba en todos los nombres que conocía, la gente que podría estar allí en aquellos momentos, buenos amigos entre ellos; y uno se preguntaba qué podía haber sucedido y cuándo.
Las rocas podían hacer resonar una señal. Muchas naves podían perderse.
Aquel transmisor debería ser el normal de 5 vatios, pero uno que se estuviera agotando podría engañar; y, en una situación comprometida, a una velocidad verdaderamente temible, sobre la que también se podían tener segundas ideas, se tenían muchas cosas en la cabeza.
La regla era que la Base seguía la pista de todo lo que se movía en el espacio. Si la radio se estropeaba, se lanzaba una señal de socorro en el emisor de emergencia y se esperaba a que Mama diera instrucciones claras sobre cómo iba a sacarle de allí; no se esperaba que nadie fuera en busca de uno. En la actualidad, nadie salía del sector que se le había asignado sin que Mama confirmara el rumbo y nadie utilizaba una radio para charlar a larga distancia con los amigos. Si uno se perdía en la oscuridad, seguía estrictamente las reglas y reclamaba la atención de Mama.
Aquella señal fantasma lo estaba haciendo, de acuerdo, pero Mama no la había oído… y debería haberlo hecho. Mama decía que podía ser una señal muy débil; estaban haciendo cálculos sobre el efecto doppler para
tratar de averiguarlo… Mama afirmaba que no la oía salvo con su relé, y eso indicaba más bien que estaba cerca.
O, había dicho Mama, su recepción podría tener algún problema técnico, lo cual significaba algún fallo en el software de los grandes reflectores, pero Mama no hablaba de cosas así con los mineros.
Mama no hablaba de mucho más con los pobres sucios mineros.
—¿Recuerdas a aquellos piratas aéreos? —preguntó Ben, despertando en plena vigilancia de Bird.
—Sí —respondió Bird, poniendo el servomotor del mantenimiento; apretó un tornillo y añadió—: Conocía a Karl Nouri.
—Bromeas.
—Hace veinte años. Ya lo creo, bebía con él. Era un tipo agradable. Él y su compañero.
Eso irritó a Ben, con toda seguridad. Ben volvió a meterse en su spinner g-1 y lo puso en marcha de nuevo. Pero al cabo de un rato, lo paró, salió, avanzó con su traje y su guardapolvo y desayunó, sin afeitar y ojeroso.
Era vergonzoso perturbar el descanso del joven compañero.
Pero recordar a Karl Nouri también trastornó el sueño de Bird.
En la actualidad nadie hacía piratería aérea en el Cinturón; la empresa había borrado del mapa a Nouri y a sus compañeros, les había barrido al infierno que merecían, pidiendo ayuda con una falsa señal de problemas, matando a tripulaciones, deshojando diarios de vuelo por si hallaban algo valioso y desmantelando naves para aprovechar las piezas útiles…
La operación de Nouri había funcionado, durante un tiempo; hasta que la gente empezó a sospechar y a preguntar cómo era que Nouri y sus amigos tenían tanta suerte, siempre daban con un hallazgo, su equipo nunca se estropeaba, sus naves nunca se quedaban sin combustible. Un mantenimiento atento, insistía Nouri. Ellos mismos se lo hacían. Y lo hacían bien.
Pero un compañero suspicaz de la compañía había comprobado los números de las piezas de la nave de Nouri y había encontrado un condensador, recordaba Bird, un maldito condensador de 50 dólares, con un número de serie que correspondía a la nave del pobre Walli Leavitt.
Habían enviado a Nouri y a cinco de sus supuestos compañeros a que los juzgaran en la Tierra, dijeron, reglas de la compañía, aunque muchos habían visto al propio Nouri pasearse por encima del Pozo.
Pero peor que el temor al profundo Cinturón en aquellos días, era la manera en que todo el mundo miraba a los demás en la Base, pensando:
«¿Eres uno de ellos? O… ¿Crees que yo podría serlo?».
Una cosa que los habitantes del Cinturón aún discutían era si Jidda Pratt y Dave Marks habían sido culpables junto al resto.
La compañía había dicho que lo eran. Alegaba que tenía pruebas sólidas, y anotó los nombres del joven Pratt y Marks en el mismo libro en el que estaba apuntando el de Nouri.
¡Diablos! Al fin y al cabo, los mineros y los cuidadores que trabajaban por su cuenta no tenían muchos derechos. A la compañía nunca le había gustado tratar con los independientes: había puesto las cosas cada vez más difíciles para los operadores que trabajaban por su cuenta, una vez les había utilizado, y el asunto Nouri había sido el punto decisivo. Se acabaron las perforaciones. Ahora había que documentar cada estornudo, decirle a la Gran Mama exactamente lo que se había encontrado, ellos exploraban si uno llevaba metales encima cuando pasaba por la aduana, y uno llevaba un registro meticuloso por si le acusaban de mala conducta, o bien, Dios nos libre, de operaciones ilícitas o comercio ilícito. Si se ayudaba a un compañero, si se llevaba una batería o un trozo de roca o un radiofaro de respuesta de nuevo a la Base, se anotaba la fecha y la hora y se llenaban los formularios, maldito el bien que se hacía: se pedía al compañero que firmara por un clip de 50 céntimos, si tenía un número de serie, y el chiste malo que corría era que la compañía estaba intentando inventar alguna forma especial para el intercambio de papel higiénico.
Era ilegal conservar las cartas de navegación de tu sector una vez habías atracado: unos agentes de Mama subían a bordo y borraban lo que tenías almacenado; si se les pasaba por la cabeza, los de la aduana podían registrarte por si ocultabas tarjetas de datos y no podías elegir el sector al que irías cuando volvieras a salir; las naves se trasladaban, por la naturaleza de lo que eran, se te concedía tiempo muerto, sin excepciones, y Mama no te enviaba a ningún lugar próximo a la misma área. Era ilegal saludar a un
vecino en un viaje. Pasabas tres meses respirando el sudor del otro, dos tipos en un espacio de cinco metros de largo por tres metros en la parte más ancha, tan apretados y tan solitarios que se podía oír los pensamientos del otro rebotar en las paredes, pero si un independiente intentaba llamar a otro que se hallaba en otro sector, él y su compañero eran acusados de comercio ilegal más deprisa de lo que se tardaba en pensar en ello, ya que ahora era ilegal efectuar intercambios aunque ni dinero ni equipamiento cambiara de manos: la compañía se reservaba el derecho a esa información, alegando que los mineros les habían vendido esos datos y que tenía derecho a asignarlos a intereses propios, refiriéndose a los mineros propiedad de la compañía: para sorpresa de nadie, los tribunales se habían puesto del lado de la compañía. Así que también era ilegal, según la interpretación que había hecho la compañía de ese fallo, saludar a otra nave y compartir una botella o intercambiar comestibles o efectuar cualquier otro trato amistoso al que las enérgicas medidas contra Nouri habían dado fin.
Así que cuando le comunicaron a la Base que querían salir del sector que tenían asignado porque existía la posibilidad de que una nave tuviera problemas, Mama tardó un buen rato en darles permiso. La Administración de la Base se parecía mucho a una zorra malhumorada, y uno nunca intentaba decirle a Mama que hacía algo puramente altruista. Mama, en un principio, no se lo creyó, no. Mama sospechaba y comprobó los archivos de un tal Morris Bird y un tal Benjamín Pollard y la nave minera Trinidad, para averiguar si la Trinidad o algún miembro de su actual tripulación había mostrado alguna conducta extraña o había hecho alguna inversión poco clara en los últimos tiempos.
Entretanto, podían utilizar su radio para hablar con el pitido. Mama se lo permitió.
Y, evidentemente, Mama por fin creyó lo que había oído: la trayectoria de una nave driver cruzaba las cartas de navegación que enviaba, lo cual podría muy bien indicar que se había producido un accidente allí, y eso podría hacer disminuir la ansiedad por ir a perseguir esa señal, pero parecía un poco tarde para decir que no: ellos tenían las cartas de navegación, habían visto la situación, no podían volver atrás habiendo vidas en juego, y
Mama había puesto en marcha toda la maquinaria para que fueran a averiguarlo.
Bien.
Mama no podía hacer nada por ellos si resultaba que había algún problema. Les había indicado que no poseía información para darles sobre nadie que se hubiera retrasado o que se hubiera alejado del rumbo, y eso era muy extraño. El siguiente pensamiento natural fue los militares; preguntaron a Mama por ello, pero Mama se limitó a decir negativo desde el mando de la flota.
Entretanto, el pitido proseguía.
Así que Mama redirigió un haz del relé R2-8, les elevó en lo que las cartas de navegación de Mama aseguraban era un rumbo seguro, y ellos persiguieron la señal con las nuevas cartas de navegación que Mama les proporcionó, utilizando el scope en todos los lados por si había rocas u otras cosas entorpeciendo el camino; se ofrecía una buena recompensa para quien pudiera demostrar que había un defecto en las cartas de navegación de Mama: si se obtenían legalmente, se podía trabajar con ellas, esa era la regla.
A esta velocidad, solo se rezaba a Dios para que el defecto no apareciera directamente en el camino de uno.
Pero a medida que pasaban los sectores vieron que allí no había más que vacío, nada excepto un par de trozos de roca de la compañía y un independiente en un larguísimo viaje. Las cartas de navegación de Mama eran opresivamente exactas… salvo por el origen de la señal, que parecía débil. Esa era la opinión actual de Mama.
Eso significaba que estaba cerca.
Transcurrieron catorce días de nervios, sabiendo todo el tiempo que se podía producir una gran bola de fuego sin apenas previo aviso.
Naturalmente, en medio de la cena/desayuno y el cambio de turno, el radar por fin captó algo que no estaba en su carta de navegación, y Bird se quemó con el café.
Cuando vieron la señal en la pantalla, encajaba con el origen del pitido.
—¿Avisamos a Mama? —preguntó Ben.
Bird se mordió el labio, pensando en las vidas y las decisiones notoriamente lentas de Mama y reflexionando sobre las regulaciones que podrían ser aplicables.
—Ajustemos la óptica. No, todavía no tenemos noticias reales. Estamos haciendo lo que Mama nos ha dicho que hagamos. Me parece que podemos hacerlo sin su ayuda. No hay mucha diferencia. Y, en serio, no quiero que Mama me aconseje mientras estamos trabajando eso. Ya será bastante difícil así.
—Lo has entendido —dijo Ben con una leve exclamación nerviosa.
Colocó los dedos sobre el teclado y empezó a hacer cálculos.
—Parece como si hubiera cogido una roca —dijo Bird, señalando aquella profunda sombra en el medio de lo que debería ser el depósito externo número uno.
—Eso parece —Ben había estado alegre desde que la óptica había confirmado la forma de una nave minera—. Lo que es seguro es que no tiene buen aspecto.
—Eso seguro. Intentémoslo otra vez, a ver si podemos procesar un número de serie de ese pobre diablo.
—Lo has captado —dijo Ben.
Se acercaron. Efectuaron el saludo nave a nave —pues tenían permiso para ello— y siguieron sin recibir nada más que aquel pitido.
Cuando por fin obtuvieron la imagen, no resultó un cuadro agradable a la vista.
—Vaya impacto —murmuró Ben—. Quizás ha sido una roca a alta velocidad.
—Podría ser. Dios mío, los dos depósitos han explotado, ahí, ¿lo ves?
Ese tiene todo el costado destrozado.
—No han tenido suerte.
—Un golpe repentino. Un mal ángulo. Muchas ges.
—Un impacto en un lado. Explosión en el otro. Quizá les ha lanzado contra una roca.
—No lo sé. O quizás una sola cosa a 10 ges reales lanzados de repente.
—Encuentro real y súbito con el mamparo. Eso sí que es una auténtica cirugía estética.
—No se habrá dado ni cuenta de lo que les ha golpeado.
—¿Supones que la nave ha chocado con una piedra suelta?
—Podría ser. Mala suerte cósmica, en todo este vacío. Habla de poner tu nombre en ella. ¿Cuáles dicen que son las probabilidades?
—El ciento por ciento para esos tipos.
Otra imagen. Resplandeciendo en blanco al otro lado de las cámaras, un borrón de luz reflejada, designación serial añadida.
—¡Mierda, es un número Uno! Un Cebra Ochenta y cuatro…
No era de su Base. Era de fuera de su zona. Extraños del otro lado de la línea.
Bird dijo:
—La escotilla parece estar intacta.
—No pensarás entrar ahí, ¿verdad?
—Sí.
—Bird, por el amor de Dios, no responde nadie.
—Quizá tengan el receptor estropeado. Pueden haber perdido la radio.
O han recibido demasiados golpes para poder responder.
—Quizás estén muertos. ¡No es necesario entrar ahí!
—Ya lo sé. Pero voy a hacerlo.
—Yo no.
—Derechos de material aprovechable, Ben. Creía que éramos socios.
—Mierda.
Para una nave minera, detener un giro era una operación de rutina: la mayoría de rocas daban tumbos; pero los tumbos de un objeto en forma de huso del tamaño de aquel y, excepto los depósitos rotos, su propia masa, era un asunto realmente espinoso. Había que sacar el brazo y el picador, y limitarse a mantener el contacto con la cosa hasta que se conseguía que una y otra se soltaran, mientras los giroscopios manejaban la guiñada y el cabeceo, desgranando dinero con cada estallido de los reactores. Pero en treinta y tantos años, esto se hacía incontables veces y se aprendía a tener
cierto tacto. Un cable que coleaba les dio un golpe y asustó a Ben; pasaron un mal rato antes de que la cosa se parara, y más tiempo aún hasta que tuvieron el ojo de buey a la altura de la escotilla de aquella nave extraña centrado para su acoplamiento.
Pero después de todas las dificultades que habían tenido, resultó un contacto suave.
Los amarres sonaron con un ruido seco y dieron un gran golpe.
—Eso es —dijo Bird—. Ya está.
Un largo respiro. Ben añadió con tono reverente:
—Es nuestra.
—No lo sabemos.
—¡Diablos, está salvada!
—Justo detrás del banco.
—Ajá. Aunque sea de la compañía, tenemos un cincuenta/cincuenta.
—A menos que alguien tenga todavía el control de ella.
—Bueno, diablos, seguro que no hay nadie.
—No lo sabremos hasta que lo comprobemos, ¿no crees?
—Vamos, Bird; no tenemos por qué entrar ahí. Es una estupidez.
—Sí.
Bird se desabrochó el cinturón, salió de su sitio dándose un leve impulso, tocó con un dedo del pie la plataforma de giro y retrocedió hacia la cabina.
—¿Vienes?
Ben se desató malhumorado y se dejó llevar hacia Bird, mientras este arrastraba los trajes y empezaba a vestirse.
Ben siguió quejándose por lo bajo. Bird se concentró en su equipo. Bird siempre se concentraba en su equipo, no en adónde iba, ni en lo desagradable que probablemente sería lo que encontrara al otro lado de aquella esclusa de aire.
Y, sobre todo, no se permitía pensar en lo que el material aprovechable podría representar en el mercado.
—Cinco a diez a que es una nave a la deriva —dijo Ben—. ¿Te apuestas algo?
—Su transmisión podría haber dejado de funcionar. Podrían ser muchas cosas, Ben, reprime tu entusiasmo. No te gastes un dinero que aún no es nuestro.
—Ahí dentro habrá un buen desorden. Dios sabe cuánto tiempo hace que ha sucedido. Incluso podría ser una de las naves accidentadas de Nouri.
—El transmisor todavía funciona.
—Los transmisores pueden tener una vida muy larga.
—No si el sistema de mantenimiento de vida revienta. Máximo seis meses. Además, lo que Nouri seguro que se llevó fueron las células fotoeléctricas y el combustible.
El casco de Ben pasó a la deriva entre ellos. Ben lo agarró y se lo acopló.
—Voy a coger la palanca. La necesitaremos para entrar. ¿Haces tu apuesta?
Bird cogió su casco espacial, a su lado, y se lo puso: olía a plástico viejo y a desinfectante. Olía a muchas horas y a muchos momentos fríos.
Este podría ser el comienzo de uno, los dos metiéndose en la esclusa de aire más ancha que profunda, ya bastante claustrofóbica de por sí para el ocupante único para el que estaba diseñada.
Quizá no tenía sentido, empeñarse en acoplar las dos naves. Tal vez fuera incluso peligroso poner barreras entre ellos dos y los sistemas operativos; pero habían perseguido una señal fantasma por el Cinturón durante días; tenían pesadillas relativas a los pobres diablos que no se sabía quiénes eran, y recordaban las propias llamadas finales; bueno, había que ir a verlo con los propios ojos para exorcizar los fantasmas. Si uno iba a contárselo a sus amigos al regresar a la Base (¡y lo haría!), quería haberlo palpado y que el compañero pudiera jurarlo.
Y sobre todo, uno se ponía un poco nervioso cuando el compañero empezaba a excitarse por el dinero e insistía en que eran los dueños de aquella nave.
Muy especialmente desde lo de Nouri y las medidas enérgicas, y desde que la compañía se había puesto tan quisquillosa; se necesitaba que hubiera testigos capaces de jurar ante un tribunal lo que uno había tocado y lo que uno había hecho a bordo de la nave de otro.
Bird cerró la escotilla interior y oprimió los botones que ponían en marcha el ciclo de la esclusa. Se encendió la luz roja, indicando despresurización, y la lectura de salida empezó a descender hacia el cero.
—Material aprovechable —dijo Ben, con voz que sonaba débil a través del intercomunicador del traje—. ¿Crees que aún cabeceará? Si esos depósitos son todo el daño que ha recibido, diablos, solo son un trozo de lata, nada más. No puede ser tan caro. Podríamos hipotecarla, arreglarla…
el banco aceptará una nave en reparación como garantía, ¿qué opinas?
—Creo que será mejor que prestemos atención a lo que estamos haciendo. Ya ha habido un accidente; procuremos que no haya dos.
La lectura de salida indicaba presión igualada. Ben daba pequeños saltos, ansioso, hacia delante y hacia atrás entre las dos paredes de la esclusa. Pero uno nunca se precipitaba a abrir. El oxígeno era caro. El agua también. Incluso con toda la maquinaria funcionando a bordo, el calor era un lujo. Se trataban aquellas bombas y aquellos cierres herméticos como si estuvieran hechos de oro, y si bien los engranajes de seguridad podían dar casi cero como respuesta y permitir abrir en anulación, cuando se hacía, era dinero lo que se derramaba. Uno se acordaba de ello cuando veía las facturas en el siguiente servicio, vaya si se acordaba.
La lectura bajó a menos de 5 mb hacia vacío fuerte, tan cerca como el compresor podía enviarlo. Ben oprimió el botón de abierta escotilla exterior, la esclusa se abrió, descorrió las puertas y les mostró la cara llena de cicatrices y cubierta de polvo de la esclusa opuesta. El indicador de presión en el interior de la nave estaba cubierta de polvo. Bird lo limpió con su guante.
—760 mb. Está llena. Al menos no está agujereada.
Ben golpeó sin producir ruido alguno la escotilla con la barra de acero y apretó su casco contra la puerta.
—Nada —dijo—. Ahí dentro están todos muertos, Bird, te lo digo.
—Ya lo veremos.
Bird le cogió prestada la barra e hizo palanca en la cubierta de seguridad del asa de acceso externo.
No se movió. No había energía en los sistemas auxiliares de la nave.
—No han tenido suerte —dijo Ben alegre—. Están muertos.
Bird abrió con la palanca el panel de la ventosa exterior de la nave abandonada.
—Coge la nuestra, ¿quieres?
—Oh, mierda, Bird.
—¿Nervios?
Ben no respondió. Se impulsó hacia la pared de su propia esclusa para sacar de su caja la cuerda de la ventosa. Esta se retorció como una serpiente mientras él regresaba. Bird cogió la clavija con collarín y la metió en el enchufe de la ventosa de la nave. El casco dio una sacudida y vibró bajo su guante.
—Funciona —anunció.
—Material aprovechable —dijo Bird en un susurro.
—No te lo gastes todavía.
Se oía el rítmico siseo de la respiración por los intercomunicadores del traje, mientras el metal vibraba con la bomba en su interior.
—Eh, Bird. ¿Cuánto vale una nave entera?
Uno trataba de ser cuerdo y sensato. Uno trataba de pensar en los pobres diablos que se hallaban dentro. Un hombre honrado suspendía su prospección y vivía largos y costosos días de riesgo tras una señal que era una quimera, e intentaba concentrarse en salvar vidas, y no en cuánto metal había en esa nave o si se encontraba en buen estado o en cómo una segunda nave les solucionaría la vida a él y a Ben. La lista de espera para arriendos en la Refinería Dos evidenciaba que ninguna nave permanecía ociosa más tiempo del que su revisión requería.
—130 mb. 70. 30. 10.
El indicador de presión iba bajando. La vibración bajo su mano cambió.
Las válvulas se separaron.
Ante ellos giraron y centellearon cristales de hielo, en el plomizo resplandor de la energía prestada. En las superficies interiores de la esclusa se formó una fina capa de reluciente hielo, producto de la humedad.
—No parece propicia —dijo Ben.
Bird empujó con el pie, se cogió a un asa que había al lado de las válvulas internas. Su guante resbaló en el hielo. Ben se acercó a él y dijo:
—Adelante.
Y Bird dio un golpe a la palanca de CIERRE DE LA ESCOTILLA.
—Será lento.
Miró hacia arriba para obtener una visión de 360º, observando las puertas externas de la nave cerrarse a sus espaldas.
—¿Estás seguro de lo de la batería? —preguntó Ben.
Bird conectó CICLO 2. Las bombas vibraron.
—Tenemos mucho tiempo.
—¿Estás seguro?
—Treinta años de experiencia, lo he comprobado. Eh, allí.
En la pared de pronto se encendió una luz intermitente amarilla y aparecieron una serie de datos en fosforescente verde. La pantalla de la pared de la esclusa de aire exhibió un rojo plomizo.
—CONTAMINANTES —Ben soltó un tembloroso resoplido—. Lo de ahí dentro no será agradable a la vista. Bird, ¿tenemos que hacerlo? No hay nadie vivo ahí dentro.
—Ya estamos aquí. ¿Podrás dormir si no entras?
—Ya lo creo que dormiré. Dormiré igual de bien. No quiero verlo, Bird.
¿Por qué diablos tengo que hacerlo?
—Eh, todos acabamos igual. Carbono y nitrógeno, mucha H2O…
—¡Basta, Bird!
—«Polvo eres y en polvo te convertirás». —Los indicadores mostraban 740/741 mb y PRESIÓN IGUALADA—. Miserable compresor —dijo Bird; oprimió el botón de ESCOTILLA INTERIOR ABIERTA. Una corriente de aire penetró con ímpetu, silbando, por el diferencial de presión y un cierre hermético irregular. Las puertas volvieron a cerrarse lentamente. El audio externo lo oyó. 10° C, marcaba su indicador de temperatura ambiente. No hacía mucho calor—. El calentador está bajando. El calentador es casi siempre lo último en desconectarse. Sabes a lo que me refiero, ¿no, Ben?
—El maldito localizador —a Ben le castañeteaban los dientes; no le pasaba nada al calentador del traje de Ben, Bird estaba seguro. A través del intercomunicador del traje la respiración de Ben siseaba irregularmente—.
Para que Mama pueda encontrar el material aprovechable. Solo que esta vez lo tenemos, Bird, vamos, no me gusta esto. ¿Qué pasará si esta ventosa se suelta?
—La clavija no se soltará.
—¡Demonios, Bird!
Las puertas interiores se entreabrieron. Bird se cogió al borde de la puerta y se impulsó hacia el interior débilmente iluminado.
Un traje duro sin casco, arrastrando cables y tubo, avanzó despacio ante ellos, girando en un capullo formado por sus ataduras. Un cable iba desde su batería hasta el tablero de instrumentos, el último lugar triste: los ocupantes habían tenido tiempo de saber que había problemas, tiempo para agotar las baterías principales y la unidad de la ventosa y por fin recurrir a esta.
A la débil luz flotaban a la deriva trozos y piezas del equipo, todo lo que, al volcarse la nave, había quedado suelto. Los fluidos formaban pequeñas lunas y planetas.
—Qué revoltijo —dijo Ben—, ¿no?
Bird cogió la manguera, tiró suavemente de ella para apartar el traje de su camino y comprobó el armario de los trajes.
—Falta uno.
—Voy a parar ese maldito pitido —dijo Ben—, ¿te parece bien?
—Por mí, de acuerdo.
Había objetos por todas partes. Cables. Un pequeño enjambre de grapas destellaron a la luz. Glóbulos de fluido brillaron en un tono aceite oscuro y ámbar. Un jersey y una zapatilla danzaban y giraban al unísono como un fantasma.
—El mantenimiento de vida está completamente agotado —informó Ben.
En el audio externo se oyó el golpe de un armario, mientras Bird comprobaba los cilindros del spinner por si había algún ocupante. Estaba vacío. Igual que la ducha.
Una pila eléctrica pasó flotando. Repuesto agotado, del armario, se suponía.
Un glóbulo de fluido chocó con el visor de Bird, dejando una cadena de gotas de color rojo oscuro.
—Venga, Bird. Vamos a cerrarla. Salgamos de aquí. Se han ido. La nave no funciona, eso es todo. No me preguntes qué es esto que está flotando.
Los recicladores están averiados.
Una manguera a la deriva. Más grapas. Un revoltijo de mantas bajo la estación de trabajo número dos, localizadas a la luz que llevaba Bird en el pecho.
—Parece que aquí hay uno de ellos —dijo Bird.
—¡Dios mío! ¡Déjalo, Bird!
—Carbono y agua. Solo carbono y agua.
Bird sostuvo el borde del contador y se cogió a la manta.
El cuerpo pasó a la deriva por el lado de la silla, se liberó rodando a medida que la manta flotaba para danzar con el jersey.
Un hombre joven en mono de trabajo muy sucio. Su pelo oscuro lacio y sus miembros flácidos se dejaban llevar en el lento giro que el atavío le proporcionaba.
No mucha barba.
Bird le cogió de una manga, detuvo el giro, vio una cara sucia, unos ojos cerrados, una boca abierta. La deshidratación había encogido la piel, cuarteado los labios.
—¡No le toques! —objetó Ben—. ¡Por Dios, no le toques!
—Se ha afeitado la barba, quizás hace tres días.
—Dios sabe cuánto tiempo hace; está muerto, Bird. Eso es un cadáver.
Bird dio un golpecito a la palanca de la barbilla para sensorizar el traje y dijo:
—Izquierda. Mano.
El indicador de temperatura mostró que esta era mucho más cálida que los 10º ambientales.
Carne flexible.
—No es un cadáver, Ben. Este tipo está vivo.
—Mierda —exclamó Ben. Luego dijo—: Pero no tiene el control de esta nave, ¿verdad?
La larga puerta se cerró, con un hombre inconsciente que les apretaba a los tres en la esclusa; los motores, con poca energía, iban lentos y amenazaban con estropearse. Después pudieron anular el Modo 2 de su
propia esclusa de aire, mezclando los suministros de aire y manteniendo la presión elevada por su pasajero.
—Ve a cerrarla detrás de nosotros —dijo Bird—. Déjala tal como estaba, por si Mama hace preguntas.
—Dios mío, ahora se ha encendido el indicador de contaminantes en nuestra esclusa. ¿Por qué diablos no utilizamos una bolsa de traslado? Este tipo está hecho una porquería.
—Pensaremos en ello la próxima vez. Vamos, haz lo que te digo.
Ben soltó un juramento, cerró lentamente las puertas de la nave accidentada y después soltó su ventosa y apretó el botón de ESCOTILLA CERRADA de su panel, enviando a la Ochenta y cuatro Cebra de la Uno hacia un sueño electrónico, aún acoplada a ellos, con su última batería a punto de fallar.
—Este hombre es un estúpido total —murmuró Ben—. Debería haberse enganchado a la nave para alimentar ese traje, y no al revés. Debería haberla dejado caer.
—Habría sido sensato —coincidió Bird.
—¿Y dónde está el compañero?
—Solo Dios lo sabe. Oprime CICLO. Yo no llego.
Ben pasó un brazo por su lado y por el del rescatado y oprimió el botón requerido. El compresor se puso en marcha, fuerte y rápido, una saludable vibración bajo la cubierta.
Entonces, toda la cámara se tiñó de rojo y una luz blanca intermitente en el panel indicó: ALERTA: CONTAMINANTE INTERNO.
—Mierda —gruñó Ben.
—Tienes ese derecho.
—Qué chiste tan malo, Bird. ¡Esa porquería ha traspasado los filtros!
—No hagas caso. Dile que lo sentimos, que no podemos evitarlo.
Ben ya estaba golpeando el botón. Dijo:
—No necesitamos que ningún maldito cadáver ensucie nuestro aire, por mucho que tarde en llegar a serlo. Dios mío, Bird, ¡esa nave es nuestra!
—No nos preocupemos por ella de momento —Bird notó un ligero movimiento en sus brazos. Abrazó al hombre con fuerza, pensando: «Pobre
diablo. Aguanta. Aguanta un poco. Te hemos rescatado. Estás bien». Dijo a Ben—: Se está moviendo.
Ben respiró de modo audible.
—Oye, podríamos volver a meterle ahí. Nadie lo sabría.
—Qué chiste tan malo, Ben —se iluminó la señal PRESIÓN IGUALADA—.
Botón de la escotilla. Vamos, échame una mano. No puedo darme la vuelta.
—¡No podemos permitirnos esto! —protestó Ben—. Estamos en deuda con el banco hasta…
—¡Ben, por el amor de Dios, oprime ese maldito botón!
Ben lo oprimió. La escotilla se abrió, alivió la presión en la espalda de Bird, le hizo espacio para volverse y arrastrar dentro al hombre que habían rescatado. Soltó con cuidado al hombre y lo dejó a la deriva mientras él regresaba a la esclusa y colocaba la ventosa en su lugar. Luego, cruzó la escotilla interior y la cerró.
Ben se estaba quitando el casco; puso cara de disgusto y soltó un juramento. Sonaba la sirena de la alarma de calidad del aire, las luces destellaban en lo alto; la situación era grave. Ben agarró a su invitado por el cuello y empezó a desvestirle.
Bird se quitó el casco y lo dejó flotar, se quitó los guantes y ayudó a Ben a desnudar al hombre inconsciente, procurando no respirar, guardando el mono de trabajo y después el traje a medida que se lo quitaban, y tratando que no entraran en contacto con el aire. No sabía si ir por una bolsa contenedora o introducir las prendas en la lavadora y quizás ensuciar el fluido limpiador para el resto del viaje. La lavadora estaba más cerca. Lo metió todo dentro, incluso las zapatillas, cerró la portezuela y oprimió el botón. El hedor se adhirió a sus manos desnudas. Su traje tenía manchas amarillas y rojas.
Oyó una voz débil que no era la de Ben y que protestaba de manera incoherente; se giró y vio que Ben abría la puerta de la ducha y el joven intentaba resistirse. Ben empujó dentro al hombre y tiró de la puerta; una rodilla se hallaba en medio y Ben la apartó de un empujón, mientras su pasajero no invitado, a la deriva tras el plástico transparente, daba un débil puñetazo contra la puerta de plexiglás.
—Ten un poco de cuidado, Ben.
Ben bajó la palanca del cierre hermético exterior, conectó el panel de servicio que había junto a la puerta, oprimió el botón de Ciclo de Prueba, manteniendo cerrada entretanto la puerta de la ducha. La ducha se puso en marcha.
Su invitado volvió a aporrear la puerta con el puño y flotó hacia atrás, contra la pared, cuando el agua le golpeó.
—¿Qué temperatura tiene el agua?
—La que tú dejaste.
—No recuerdo a cuánto la dejé. Páralo, Ben, se ha desmayado.
—¡Está perfectamente bien, maldita sea! ¡Ya hemos perdido bastante tiempo con este bobo, no voy a vivir con ese mal olor! ¡También es mi dinero, Bird, por si lo olvidabas! ¡Es mi dinero y el tuyo lo que hemos gastado persiguiendo a este tipo, mi dinero paga estos filtros, y ese olor me revuelve el estómago, Bird!
—Está bien, está bien. Tranquilízate.
—¡Lo está empapando todo!
—Ben, cállate. Escúchame.
La sirena de la calidad del aire seguía funcionando. Eso era suficiente para volver loco a cualquiera. Estaban teniendo un viaje cero, apenas nada en la eslinga. Habían pasado horas de gran nerviosismo para acoplar la nave y ahora Ben estaba tan cerca del dinero que casi podía olerlo. Ben tomó un poco de aliento; parecía que le costaba mantener el control, como si estuviera entre perderlo y romper algo.
Bird se impulsó hacia el panel de control del mantenimiento de vida y paró la sirena. El silencio que siguió fue ensordecedor. Solo se oía la ducha y la respiración de ambos hombres.
Ben era un trabajador duro, a veces demasiado duro. Bird se dijo esto para sus adentros, se dijo que Ben era un buen compañero y el Cinturón era un lugar solitario, donde abundaba el genio vivo. Dos hombres apretados en una lata de cinco por tres durante meses tenían que darse espacio uno a otro; tenían que hacerlo, eso era todo.
Ben dijo, con los labios apretados pero con sensatez:
—Bird, tenemos que limpiar esos trajes. Tenemos que eliminar este horrible hedor. Va a estropear nuestros filtros, maldita sea.
—No estropeará los filtros —le aseguró Bird con calma, pero fue a coger la caja de toallas de la cabina. La ducha inició su ciclo de secado. El tipo flotaba allí dentro, con los ojos cerrados, quizá descansando, quizás inconsciente. Bird alargó el brazo hacia la puerta.
Ben dejó cerrado el pestillo y volvió a oprimir el botón de Ciclo de Prueba.
—Ben —protestó Bird—, por el amor de Dios, ya es suficiente.
¿Intentas ahogarle?
—¡No viviré con ese mal olor!
El hombre —niño, en realidad, pues parecía más joven que Ben— había flotado hasta la pared de la ducha y se había quedado allí. Volvía a moverse, aunque de modo débil, y quizás era una cobardía no insistir en que Ben atendiera a razones, pero una nave pequeña no era lugar para iniciar una pelea por algo que probablemente no haría ningún daño al muchacho y tal vez sí algún bien. Se podía respirar la bruma, se podía beber el detergente directamente y no sufrir ningún daño. Deshidratado como se hallaba, le podría ir bien un poco de agua clara; y con el frío que había pasado, quizás esta fuera una manera rápida de calentarle.
Así que dijo:
—De acuerdo, Ben, de acuerdo —y abrió la caja de toallas desinfectantes y se secó las manos, el pecho y los brazos.
—Todavía puedo olerlo —dijo Ben con voz temblorosa, quitándose el traje—. Aun después de haberlo frotado, sigo oliéndolo.
—Eso no es más que el desinfectante.
—No es verdad.
Ben no estaba actuando bien, pensó Bird. Él había insistido en que Ben fuera con él y quizás había sido un error: Ben solo tenía veintitantos años, y podría no haber vivido nunca una verdadera situación de soledad y de miedo en toda su vida. Ben se había asustado a sí mismo con este asunto durante días, hablando de los piratas aéreos.
Por otra parte, quizás un viejo terrícola y un mocoso del Cinturón que hacía cuatro años que había salido de la escuela no iban a entenderse nunca en todos los niveles.
Se quitaron los trajes. Habían agotado tres cuartas partes de su suministro de toallas.
—Dejemos a nuestro amigo en la ducha —dijo Bird, ahora que podía pensar con más calma— hasta que tengamos algo que ponerle. Su ropa estará seca enseguida.
Él mismo volvió a conectar la ducha, guardó su traje y flotó hasta la secadora mientras esta terminaba su ciclo. La ropa estaba un poco húmeda en las costuras y olía a desinfectante: el sensor de humedad de la secadora necesitaba ser sustituido, entre una docena de otras cosas que estaban en la parte inferior de su lista de cosas para arreglar. Leyó la etiqueta del mono de trabajo.
—Nuestro amigo tiene nombre. La etiqueta dice Dekker, P.
—Bien. Así que tiene nombre. Qué le ha sucedido a su compañero, eso es lo que yo quiero saber.
Después de todo, eso era lo que más le preocupaba a Ben; demasiadas historias acerca de Nouri y los piratas aéreos.
—No lo estaba haciendo tan bien, ¿no?
Dekker, P, flotaba en la ducha, moviéndose de vez en cuando, aunque no mucho. Bird abrió la puerta, sin que esta vez Ben interfiriera, y dijo, con voz suave, antes de coger el brazo del hombre:
—Dekker, me llamo Bird, Morris Bird. Mi compañero es Ben. Estás bien. Ahora vamos a vestirte. No queremos que te enfríes.
Dekker medio abrió los ojos, quizá por el aire frío, quizá por la voz. Dio una sacudida a su brazo cuando Bird le empujó hacia fuera.
—¿Cory? —preguntó. Y muy asustado, agarrándose con una rodilla y la mano al borde de la puerta de la ducha, repitió—: ¿Cory?
—¡Vigílale! —gritó Ben.
Pero fue Ben quien recibió un manotazo en la cara. Dekker dio un golpe rápido con el codo al retroceder, hizo un movimiento para alejarse de ello pero no le quedaban ni fuerza ni ventaja. Bird le bloqueó la salida y le rodeó con un brazo, tras lo cual Dekker pareció palidecer, inerte, y dijo:
—Cory…
—Debe de ser su compañero —apuntó Bird.
—Solo Dios lo sabe. Quiero darme una ducha, Bird —Ben le arrebató el mono de faena medio seco y cogió el brazo de Dekker—. Al diablo con el traje; tapemos a este tipo antes de que dé un golpe a un panel o algo.
—Sujétale —dijo Bird. Este cogió el traje que flotaba cerca, lo sacudió para sacar el elástico, deshizo las perneras y las mangas y cogió el brazo de Dekker—. Pierna izquierda, vamos, hijo. Es ropa limpia. Vamos, ayuda un poco. La pierna izquierda.
Dekker trató de ayudar, como podría hacerlo un hombre que continuamente se desmayara. Tenía la piel caliente por la ducha. Se estaba enfriando con rapidez a causa del aire de la cabina y Ben tenía razón: ya era bastante difícil ponerse uno mismo un traje, así que ponérselo a un hombre que se desmayaba resultaba del todo imposible. Se estaba enfriando demasiado deprisa. Abandonaron la tarea. Cuando le hubieron puesto el mono de faena y se lo hubieron abrochado, el hombre se movió débilmente, semiconsciente.
—No está muy bien, ¿verdad? —dijo Ben—. Maldita pérdida de esfuerzos. Este tipo va a diñar…
—Está perfectamente bien —contestó Bird—. Por Dios, Ben, cuidado con lo que dices.
—Solo quiero ducharme. Metámosle en la cama, ¿qué te parece? Nos duchamos, llamamos a Mama y le decimos que hemos recogido una nave.
—No hables de la nave, Ben.
Ben soltó el aliento despacio, con cuidado.
—Oye, estoy cansado, tú estás cansado, olvidémoslo hasta que estemos mejor, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —Bird se alejó con gesto malhumorado, flotó hacia los cilindros del spinner llevándose a Dekker consigo; se volvió con cuidado, y se agarró y empujó a Dekker hacia la abertura—. Vamos, hijo, métete en la cama.
Dekker dijo.
—Cory…
—¿Cory es tu compañero?
Los ojos de Dekker se abrieron, vidriosos y vagos. Dekker se aferró al borde del spinner, meneando la cabeza, negándose a entrar.
—Dekker, ¿qué te ha ocurrido, hijo?
—Cory… —repitió Dekker, y se apartó—. No quiero. ¡No!
Ben se acercó a ellos, agarró del cuello a Dekker y le metió medio cuerpo en el cilindro, mientras este forcejeaba y daba patadas. Bird rodó y se impulsó para alejarse, cogió a Dekker por una pierna; este gritó llamando a Cory y forcejeó con los dos hombres.
—¡Sujétale! —gritó Ben, y Bird lo hizo, sujetando a Dekker desde atrás hasta que Ben pudo descolgar una cuerda de seguridad del mamparo y sujetarse mientras Ben regresaba y agarraba el brazo de Dekker y lo ataba a una cañería.
—Maldito loco —rezongó Ben, jadeante—. Mantenle ahí. Cogeré otra cuerda.
—Ya es suficiente, Ben.
—¡Peor será si este loco da un golpe a los paneles de mandos! ¡Sujétale, maldita sea!
Ben dio una vuelta de campana hacia los armarios de suministros, mientras Bird tomaba aliento y mantenía inmovilizado el brazo libre de Dekker, dándole palmadas en la espalda y diciéndole:
—No pasa nada, hijo, no pasa nada. Tranquilo. Estamos intentando llevarte a casa. Me llamo Bird. Ese es Ben. ¿Cómo te llamas tú?
Varias respiraciones poco profundas. El forcejeo se convirtió en escalofríos.
—Dek.
—Eso está bien —Bird le dio una palmada en el hombro. Tenía los ojos abiertos, pero Bird no estaba seguro de que supiera dónde estaba o qué le había sucedido—. Aguanta, hijo.
Se oyó golpear la puerta de un armario. Ben llegó con un rollo de cinta.
—No estoy seguro de que necesitemos eso —dijo Bird—. Este tipo solo está un poco asustado.
Ben le hizo caso omiso, cogió el otro brazo de Dekker y empezó a fijarlo a la cañería.
—Está completamente loco.
Dekker intentó darle una patada. El muchacho no cesaba de decir:
—Mi compañera, ¿dónde está mi compañera?
—Me temo que ha habido un accidente —dijo Bird, sujetando a Dekker por el hombro—. El traje ha desaparecido. Hemos mirado. No había nadie más en esa nave.
—¡No!
—¿Recuerdas lo sucedido?
Dekker negó con un gesto; le castañeteaban los dientes.
—Cory.
—¿Cory era tu compañero?
—¡Cory!
—Mierda —exclamó Ben, y zarandeó a Dekker y le dio unas palmadas en la cara—. Tu compañero está muerto, amigo. El traje no estaba. A ti te hemos recogido mi compañero y yo. ¿Me oyes?
No sirvió de nada. Dekker continuó murmurando el nombre de Cory, y Ben dijo:
—Voy a bajar después de darme una ducha. Tengo miedo de que hayamos dejado a alguien en esa nave.
—No has dejado a nadie en esa nave, maldita sea, Bird. ¡No vamos a volver a abrir esa esclusa!
—No estoy tan seguro.
—Has mirado, Bird, lo has mirado. Si había un tal Cory, ha desaparecido. Con traje y todo. Hemos hecho todo lo que hemos podido por este tipo. Hemos empleado días en este tipo. Hemos gastado combustible por este tipo, hemos arriesgado el cuello por este tipo…
—Se llama Dekker.
—Por mí se puede llamar Dekker o Cory o Buda, me importa un bledo.
Está loco, hemos corrido peligro para salvarle, no sabemos qué le sucedió a su compañero, no sabemos por qué Mama no le conoce, ¡y eso me preocupa, Bird, me preocupa seriamente!
Tenía sentido. Todo lo que Ben decía tenía sentido. El otro traje había desaparecido. Habían registrado los armarios y los spinners. No quedaba ningún lugar donde poder esconderse. Pero en este asunto nada tenía sentido.
—¿Me has oído? —preguntó Ben.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Bird—, ve a ducharte y luego haremos los cálculos. Tenemos que llamar. El reglamento. Tenemos que hacer todo esto según las normas establecidas.
—No lo sientas por él. ¿Me oyes, Bird? Ni siquiera sueñes en volver a esa nave.
—No lo haré. De acuerdo.
Ben le miró angustiado, luego se volvió y se impulsó para alejarse hacia la ducha.
Bird bajó flotando hasta la cocina que estaba al lado, abrió el frigorífico y sacó un paquete de Citrisal, lima, limón, qué más daba, todo era igual de espantoso, pero contenía los oligoelementos, las sales y azúcares simples necesarios.
Era lo mejor que supo hacer por el hombre. Flotó hacia Dekker, extrajo el tubo y se lo acercó a los labios todavía resecos.
—Vamos, bebe. Es la sustancia verde.
Dekker tomó un sorbo, hizo una mueca y apartó la cabeza.
—Vamos, otro trago.
Dekker meneó la cabeza.
No se lo podía reprochar, pensó Bird. Y sin duda no quería a nadie mareado encontrándose en ge-cero. Comprobó si la cuerda y la cinta adhesiva apretaban demasiado y decidió que Dekker estaba bien.
—Te soltaremos cuando tengas la cabeza despejada. Estás bien. ¿Me oyes? Vamos a devolverte a la Base. Te llevaremos al médico. ¿Me oyes?
Dekker asintió levemente, con los ojos cerrados.
Está exhausto, pensó Bird. Le dio una suave palmada en el hombro y dijo:
—Duerme un poco. La nave ahora está estable.
Dekker murmuró algo que no entendió. Bird supuso que estaba de acuerdo. Eso esperaba. Él se sentía agotado, temblaba, y deseaba estar muchísimo más cerca de la Base de lo que estaban.
El muchacho necesitaba un hospital desesperadamente. Y para llegar a él tardarían al menos un mes. Un mal viaje. Y luego estaba la inversión de tiempo y dinero que iba a costarles. Los ingresos de medio año, contando los esquemas obligatorios.
Tal vez Ben estuviera en lo cierto y tuvieran algún derecho legal sobre aquella nave accidentada; Ben era universitario, conocía los detalles de las leyes de la compañía y todas las trampas, y quizá legalmente esas eran las reglas; pero a Bird no le gustaba pensar así y no le gustaba la situación en que este viaje les había colocado. Si era una nave de la compañía lo que remolcaban, sería la propia compañía la que les reembolsaría sus facturas…
eso era una cosa; pero el aparejo con aquel equipo barato no era propio de una nave de la compañía. Aquello significaba que se trataba de un independiente, y eso significaba a su vez que se trataba de la vida entera de algún pobre diablo, Dekker u otro. Que les reintegraran los gastos, sí, todo lo que pudieran; pero robar a un pobre tipo todo lo que poseía, no. Bird no quería pensar en eso.
Pero Ben sí podía. Y Ben le asustaba. Uno trabajaba dos años con un tipo en una pequeña lata como aquella y al final pensaba que le conocía razonablemente bien, pero Dios sabía y la experiencia había demostrado más de una vez… que allí se estaba solo, se estaba a una gran distancia de la civilización, y uno nunca podía darse cuenta de las manías del otro hasta que algo pulsaba el botón oportuno.
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