Tiempos de bruma
V. Jueves, 27 de junio de 1940. Frontera de Irún-Hendaya
V
Jueves, 27 de junio de 1940.
Frontera de Irún-Hendaya
El día en Hendaya había amanecido luminoso, con un radiante cielo azul y la temperatura agradable. Sobre las once y veinte de la mañana se presentaron los primeros soldados alemanes en la frontera. Se trataba de un grupo de propaganda compuesto por veinte hombres pertenecientes al Servicio de Información de Aviación y llevaban con ellos un camión con una estación emisora de radio. Al frente se encontraba un joven comandante conocido como doctor Ecker, junto a él estaba también el oficial Laubenthal que poco después se encargaría de retransmitir a Berlín el acto de la ocupación. En el puesto de la comandancia de Irún les recibió el comandante jefe delegado de fronteras, Luis Ochotorena, junto a él se hallaba el comandante de marina Calderón. Les saludaron efusivamente y les agasajaron con un vino español. Inmediatamente después se personaron el agregado militar de la embajada alemana, coronel Bruhns, y el jefe del partido nacionalsocialista en San Sebastián, señor Beissel. Poco más tarde comenzarían a llegar representaciones de las colonias alemana e italiana y numerosos periodistas internacionales. Beissel organizó una comida en Fuenterrabía para los soldados recién llegados a la que asistieron unos cincuenta miembros de la colonia alemana. Tras la comida regresaron a la frontera desde donde el oficial Laubenthal comunicó, entonces, con su emisora a Berlín la llegada a la frontera franco española y la grata acogida de sus amigos españoles.
A media tarde las tropas motorizadas llegaban al País Vasco francés haciendo aparición paulatinamente en las localidades de Bayona, Biarritz, San Juan de Luz y Hendaya: una columna motorizada de unos cuatro mil hombres, que a las cinco de la mañana había salido de Angulema precedida de motocicletas, seguida de algunos coches de turismo y luego de camiones donde iba la tropa, arrastrando cañones antitanques como único armamento pesado. Filas disciplinadas de hombres con uniformes grises se adentraban en las ciudades vascas mientras se topaban con hombres, mujeres y niños a los lados, en las aceras, que miraban atónitos a las fuerzas de ocupación, como algo sin precedentes. Llamaba la atención la juventud de los soldados pues apenas sobrepasaban los veinte años, todos rigurosamente afeitados. Los rostros claros de los conductores y ametralladores se hallaban curtidos por el sol, ensuciados por el polvo de la carretera y tiznados por el hollín desprendido de los tubos de escape de las motocicletas que les precedían, lo que les daba un aspecto fantasmagórico y sobrecogedor. Rostros también que denotaban, a su vez, cansancio por las muchas horas de viaje y alegría, al saberse llegados a su destino.
Las alcaldías, cumpliendo las instrucciones del general francés Lafont, habían propagado el siguiente bando: «¡Franceses! Tened el sentimiento de la dignidad. No asistáis curiosamente al desfile de las tropas extranjeras sobre vuestro suelo. Absteneos de manifestaros. Sed correctos. Cerrad vuestras ventanas. Francia está de duelo». Por otro lado, los soldados de la columna tenían consignas rigurosas para comportarse con la debida corrección. Sin embargo, ya sea por indiferencia, ya por el estupor dejado por la sensación de la guerra perdida, tras apenas diez meses de contienda, las gentes seguían, a pesar de todo, con sus actividades ordinarias: en las playas algunas jóvenes tomaban el sol, relajadas; unos niños jugaban alegres haciendo castillos con la arena vigilados por sus madres o abuelas, y otros se lanzaban de cabeza por encima de las olas que rompían al llegar a la orilla. El desfile y la ocupación se efectuaban, por tanto, en medio de una tensa y muda pero a su vez, intensa curiosidad de la población. La gente abría calle para que pasara la columna, entre miradas curiosas y desairadas, como queriéndose adaptar a la nueva situación, tratando de ser positivos, mas también se percibían miradas durísimas, rencorosas y de odio. Muchos pañuelos recogían lágrimas. Se trataba en general, de combatientes y mutilados de la guerra de 1914.
Hacia San Juan de Luz se dirigió una columna formada por dos batallones. Todos iban en motocicletas seguidos por largas filas de camiones. En la playa se divisaban algunas hileras de sillas con personas tomando el sol. En la calle Gambetta las mujeres hacían las compras y algunos obreros circulaban con sus bicicletas. Las victorias tiradas por caballos, de dos asientos con capotas blancas y límpidas que relucían con el sol, paseaban algunas parejas de turistas, y un grupo de señoras charlaba animosamente mientras alguna de ellas se abanicaba con garbo, reduciendo la sensación del calor que comenzaba a apretar, y en la peluquería, frente al Bar Basque, algunas damas se dejaban hacer la permanente cuando la línea gris, impecablemente formada, llegaba frente a la plaza de la alcaldía, junto al puerto de pescadores donde poco antes habían zarpado los últimos barcos llevando refugiados. El jefe de la columna entró en el Ayuntamiento y tras hablar con las autoridades, al poco tiempo, apareció en el mástil de la terraza la bandera con la cruz gamada, mientras desde un puesto procedente del muelle se oía el canto de una vendedora que anunciaba sus bocartes expuestos sobre una mesa de madera desplegable; y enfrente, un pintor plasmaba al óleo, en el lienzo que mantenía su caballete, el trajín de algunos pesqueros en el puerto.
Las tropas que formaban los batallones de la ocupación fueron distribuidas, finalmente, mediante compañías en las distintas localidades y puntos estratégicos; en Hendaya una compañía se quedó controlando la zona del pueblo y otra la de Hendaya-Playa. El puesto de mando y la plana mayor de la gran unidad que había avanzado hasta los Bajos Pirineos eligieron a Biarritz como sede y residencia. El jefe de las fuerzas de ocupación de los Bajos Pirineos era el coronel Von Treuenfeld que ese mismo día se hospedaría en San Sebastián donde se hallaba, ya desde esa misma mañana, el embajador alemán en España, Von Stohrer, y a su llegada a la frontera, en la comandancia de Irún, el jefe de la columna que ocupaba la zona comprendida por Biarritz, Guethary, Bidart, San Juan de Luz, Urrugne, Behovie y Hendaya, comandante Win Brandt, de cuarenta años, cumplimentaba al comandante Ochotorena, en un perfecto castellano, adquirido en Bolivia, en sus años como combatiente en la guerra del Chaco, al servicio del ejército boliviano, mientras ufano y satisfecho, decía a los periodistas allí reunidos:
—Pertenecemos a las SS, la guardia personal del Führer y he sentido la mayor emoción de mi vida cuando izaba mi bandera frente a la española. Estoy seguro que hoy todo el ejército alemán se siente orgulloso.
A las seis de la tarde se izó la bandera gamada en el puente internacional, en la frontera. Una sección de infantería alemana presentó armas y al otro lado del puente la guardia española prestó homenaje con las suyas.
Sin embargo, no sería hasta el sábado 29 de junio, festividad de San Pedro y ante el día grande de los sanmarciales de Irún, cuando se celebraría con toda solemnidad, de forma oficial, la toma de la frontera de Hendaya, con mucho público ante la comandancia militar de Irún, destacando la presencia de muchos súbditos alemanes de las colonias del País Vasco, que portaban y aireaban banderitas con la cruz gamada, algunos vistiendo el uniforme nazi. Frente al edificio de la comandancia se hallaba situada una compañía del Regimiento de Infantería San Marcial número veintidós de Burgos, con bandera y música. Los periodistas de muchas nacionalidades se agolpaban para tomar las mejores posiciones. Al otro lado del Bidasoa formaba una compañía motorizada alemana y una sección de las SS-Verfügungstruppe, con dos carros blindados, bandera y música. A las once y veinticinco en punto el destacamento rendía homenaje al jefe de las fuerzas de ocupación, general Von Wietersheim, a quien acompañaba el general Von Hauser. Cinco minutos después cruzaban el puente internacional, en cuyo límite les esperaban el coronel del Estado Mayor, Aizpuru, a la sazón ayudante del general López Pinto, y el comandante delegado de fronteras Ochotorena. Tras los saludos de rigor, todo el grupo cruzó a pie la avenida de Francia, entre los vítores y el clamor de la gente situada a ambos lados de la carretera. Ya en las proximidades de la comandancia, salieron a su encuentro el general López Pinto, jefe de la Sexta Región militar española, el embajador de Alemania en España, el agregado militar de la embajada de Italia, el jefe del partido nacionalsocialista, señor Beissel, así como las autoridades provinciales presentes en el acto. Las fuerzas rindieron honores al general alemán y la banda tocó el himno nacional. Terminada la revista, el público irrumpió en aplausos y aclamaciones, en tanto que las autoridades pasaban al jardín de la comandancia donde se serviría un refrigerio, mezclado de discursos y proclamas de afecto entre ambos cuerpos militares. Tras el acto, una caravana de vehículos, con los jefes y autoridades de ambos bandos, atravesaron el puente internacional con dirección al Pavillon Royal de Biarritz, una bella finca que había pertenecido al propietario de las líneas aéreas francesas y constructor de aviones Latécoère, donde en su magnífico palacete se celebraría un almuerzo.
Así fue, pues, cómo las tropas alemanas, en todos sus grados, ya acomodadas en el sudoeste de Francia, y desde ese mismo momento, comenzaron a pasar con gran asiduidad a disfrutar de los eventos festivos al otro lado de la barrera, en especial a San Sebastián, donde se dejaban ver con sus vestimentas militares en bares, cafeterías, terrazas, bailes, plaza de toros, hipódromo o simplemente paseando a lo largo de la bahía de la Concha.
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