Tierra fría
Catriona
El avión no ha venido. Tengo la esperanza de que me estés esperando.
Estaba pensando en ti, cocinando el pollo al curry que la última vez fue un total desastre, y Rudi buscando por el mercado la fruta barata para preparar esa extraña cosa de mousse de gelatina de la que su madre envió la receta.
Me apuesto algo a que las velas para la mesa están exactamente en el mismo sitio en el que las dejé, excepto que Tibor haya estado allí este verano, y me apuesto algo a que ninguno de vosotros ha cortado una cebolla desde que me fui. Pienso que regresaré y me encontraré el aroma a coco en el vestíbulo y tú estarás en tu habitación, jugando a póquer en Internet y comiendo las galletas que tu madre envió por correo hace diez días desde Canadá. Rudi estará trabajando, pero cuando nos oiga saldrá y será irritante, impidiendo que me cuentes lo que ocurrió con Tibor. A cambio no tengo ningún chismorreo que ofrecer, lo siento. Excepto que encontremos una forma de utilizar condones para capturar peces, volverán tan intactos como yo. Pero fue un gesto amable, y en su lugar te puedo explicar todo sobre un chico de Harvard originario de un pequeño pueblo del Medio Oeste, sobre la neoyorkina de luto y Nina, y después cuando Rudi regrese a su habitación sin fregar los platos, tú y yo nos podremos escabullir hacia el LJ’s y volver a casa riendo tontamente mucho después de que él se haya metido en la cama.
* * *
Solo que el avión no viene. Aún puede hacerlo. No hay razón para que no lo haga. Saben dónde estamos y deben saber que aún seguimos aquí.Quizá solo piensen que necesitamos un poco más de tiempo, o se han equivocado de fecha, o ha habido un problema técnico y hoy mismo, un poco más tarde, escucharemos el zumbido en el cielo y nunca le explicaremos a nadie que creímos que el fin estaba cerca. Creo que todos lo pensamos, ahora. Hay un cierto alivio en ello, como la vez en que debía estar asistiendo a una asignatura de bachillerato y me pillaron faltando a clase en la National Gallery, y todas las consecuencias que había estado temiendo durante semanas se convirtieron al fin en una realidad a la que enfrentarme en vez de una preocupación que me acosaba durante la noche.
Aquí estamos, al fin, la bomba ha explotado, la Edad de Hielo está en marcha, el asteroide gigante ha impactado, el Apocalipsis está iniciando el Acto II. La plaga os ha devorado a todos en la oscuridad y nosotros somos las últimas personas sobre la tierra, aunque sé perfectamente que las epidemias no evolucionan de esa manera. El patógeno con éxito no mata a todos sus anfitriones.
El problema es que esta excavación no ha estado tan bien planificada como podría esperarse, y ya nos estamos quedando sin comida. Acabar con un gimoteo. Esta mañana lo hemos sacado todo. Tenemos tres paquetes de biscotes, dos paquetes de fideos, una bolsa de lo que Nina llama MFS
(mezcla de fruta seca), medio tubo de puré de tomate, medio bote de leche en polvo desnatada y dos paquetes de delicias angelicales. Sabremos que nos estamos muriendo de hambre cuando ninguna combinación de lo mencionado parezca una buena idea. A mí me quedan algunas galletas de menta Kendal, Nina tiene una lata de alcaparras y algo de chocolate, con una etiqueta escrita a mano por si la cosa se pone seria. A Ben le quedan unos pocos M&M de una gran bolsa y los otros tres no trajeron ninguna delicia, ya se las han comido o aún las siguen escondiendo. Se trata probablemente de la concentración más alta de azúcar refinado en centenares de kilómetros a la redonda, pero no nos va a mantener en funcionamiento a los seis durante demasiado tiempo. Posiblemente te lo podrías comer todo en una tarde sin darte cuenta mientras lo estás apuntando.
Intentamos hablar sobre supervivencia pero no llegamos muy lejos.
Creo que los estudiantes de doctorado son un callejón sin salida evolutivo, aunque podrías pensar que los arqueólogos tendrían alguna habilidad más que, digamos, los lógicos matemáticos o los expertos en poesía latina tardía.
Nina, que investiga sobre la literatura de viajes del siglo XIX, lo sabe todo sobre las expediciones que no lo consiguieron, pero hasta el momento sus sugerencias se han limitado a cuestionarse cómo los supervivientes de la expedición de Franklin cocinaron a sus colegas, puesto que se encontraron huesos cortados en ollas de cocina, y supone que debe haber alguna forma de pescar peces utilizando leotardos.
—¿Qué, redes para pescar de leotardos? —pregunté.
Nina no parecía ese tipo de persona, y en cualquier caso, seguramente aquí no.
—No. La mejor lana de Marks and Spencer. Calientan mucho.
—Bueno, en ese caso no los querrás utilizar para pescar, ¿verdad? Loca de remate.
Entonces Jim preguntó qué eran leotardos y nos desviamos a una discusión sobre calcetería y traducciones transatlánticas. Jim y Ben dijeron que no había manera de distinguir los leotardos de las medias en el inglés americano y tuvimos que esperar al regreso de Ruth para que dijera
« pantys», que para Nina sonaba mucho más rudo que leotardos. Todo esto era preferible a seguir pensando en el canibalismo. No quiero acabar mis días en la olla de Nina con tomillo y angélica. (Parece una banda de folk,
¿no crees?, Catriona, Angélica y Tomillo. Mejor una banda de folk que una receta).
Ruth señaló que podríamos vivir bastante tiempo de una foca. Ben dijo que no estaba seguro de comer foca, qué pasaba con la triquinosis, y Nina remarcó que a ella no le preocupaba comérsela, incluso la cocinaría si alguien le entregaba un buen bistec.
—No tenemos ningún arma —señaló Jim. (Bien)—. ¿Cómo la matarías?
—Los groenlandeses lo hacían —contestó Nina.
—Los groenlandeses tenían mucha práctica —intervine—. Sin mencionar todo un verano para prepararse.
Ahora pasamos casi todo el tiempo dentro de las tiendas. Todos buscamos por los alrededores alguna arma.
—Supongo que podríamos construir algún tipo de arco.
Ben sonaba como si estuviera suponiendo que podíamos construir algún tipo de robot movido por energía nuclear.
—¿Con qué, el maletín del portátil? —preguntó Nina.
—Las varillas de las tiendas —contesté. Me sentí bastante orgullosa de ello.
—Creo que necesitas práctica —intervino Jim—. Quiero decir que no creo que podamos esperar construir un arco y flechas a partir de las varillas de las tiendas y después sencillamente salir ahí y matar a una foca con ellos.
Capté la mirada de Nina y empezó a reír, y después todos nos unimos a ella. No tiene gracia. Tengo frío todo el tiempo y no me puedo calentar, ni siquiera por las noches, ni compartiendo la tienda de Nina. El frío duele.
Los sabañones de mis manos se están volviendo de color púrpura oscuro, como moretones, y cuando me puedo sentir los pies, me duelen como si los tuviera en botas dos tallas más pequeñas. Mis tejanos me van enormes en la cintura, algo que encuentro bastante excitante al pensar en todo el baclava, el pastel de chocolate y la pizza que podré comer más tarde, pero supongo que dentro de unas semanas ya no será tan excitante. Me duelen los huesos cuando me siento en una piedra. Imagina pegar un culetazo. Espero que estés ahí, leyendo esto. Espero que pilles el chiste.
—¿Alguno de vosotros ha matado algo con anterioridad? —preguntó Nina—. Insectos aparte.
—Yo no mato insectos. —Recalqué. Recordaba todas aquellas abejas en tu habitación cuando florecía el cerezo.
—¿Qué, ninguno? —Yianni estaba intentando coser un agujero en su guante y ninguna de nosotras, las chicas, le estábamos ayudando por principios, aunque todas estábamos mirando y pensando qué lío se estaba armando. Nina había ensartado la aguja y le dije que estaba traicionando la hermandad.
—Mosquitos —contesté.
—Yo le di una vez a un conejo. Con el coche —anunció Ben. Temblaba
—. Pude sentir el golpe. En el camino de vuelta aún estaba allí, con sus ojos
fijos en la carretera. Horrible.
—¿Quieres decir que no te paraste y acabaste con él? —preguntó Ruth.
Ruth está tranquila. Necesitamos tranquilidad. Me imagino que ella puede acabar con cualquier cosa si es necesario.
—Mi padre construyó un estanque en nuestro jardín —comenzó Jim—.
Así que había ranas. Un día estaba cortando el césped, debía tener unos diez años…
Me puse las manos sobre las orejas, pero en realidad no sirve de nada.
Es como intentar no mirar una película de terror, algunas veces, alrededor de aquí. Excepto que las películas se acaban, y sales a la calle donde la necesidad de comprar el billete del autobús o encontrar las llaves del coche te saca la muerte de la cabeza.
—Para —exclamé—. No quiero saberlo.
Yianni se pinchó el dedo con la aguja y se lo chupó. El guante parecía que se hubiera transformado en un calcetín.
—¿Así que el instinto primario asesino no está precisamente a punto de salir a flote? —comentó Nina—. ¿Qué tal las lapas?
Encontramos un montón de conchas de lapa en el yacimiento, pero por otro lado encontramos algunos huesos de un perro sacrificado y eso tampoco parecía una buena idea, aunque hubiéramos tenido un perro.
—Quizá tengan buen sabor —prosiguió—. Quizá sea el siguiente gran descubrimiento en el mundo del marisco.
Podía ver cómo pensaba en sopa de fideos con lapas o lapas y gachas de tortitas de avena. Metí las doloridas manos en las mangas. Sorbete de lapas.
—Esto es supervivencia —intervino—. No gastronomía. Nina dejó de sonreír.
—Por el momento no es ninguna de las dos cosas —comentó—. No hay almuerzo.
* * *
Pasamos demasiado tiempo solo sentados, albergando esperanzas. Solo hay unas pocas horas de luz cada día y salimos de nuestras tiendas torpes como osos y nos sentamos y hablamos de lo que podríamos hacer. Andar a lo largo de la costa y encontrar una granja, propone Ben, pero sabemos perfectamente bien que no tenemos la energía ni el equipo. Podría ser mejor morir congelado en unos pocos días que de hambre en unas pocas semanas, pero morir más tarde parece mejor que morir antes. Siempre existe la posibilidad de que venga el avión. Nina dice que la historia de las exploraciones polares sugiere que excepto que realmente sepas lo que estás haciendo, como Shackleton, es mejor quedarse donde estás y esperar a la caballería, aunque con esto, por supuesto, asumes que la caballería no ha sido diezmada por una epidemia, y también añadió que eso podía tardar uno o dos años. Hablamos de reconstruir una de las pequeñas habitaciones anexas a la sala, cortando turba y techándola, pero Yianni no quería ni oír hablar de «profanar» el yacimiento, que parecía ser sagrado para el medro profesional de Yianni Papadatos, una causa por la que los demás no estamos especialmente dispuestos a convertirnos en mártires. Hablamos sobre la posibilidad de alumbrar un faro en la cima de la colina, pero una vez se acabe el combustible, lo que ocurrirá en unos pocos días, vamos a necesitar cualquier cosa que podamos quemar para fundir el hielo para beber.Tampoco es que hayamos visto ningún barco o avión. Unas pocas estelas de aviones, quizá, al principio cuando el cielo era azul y el suelo cálido, pero nada lo suficientemente bajo para vernos. El segundo día que esperábamos, Yianni y Jim dibujaron una flecha con piedras, que señalaba hacia nuestras tiendas, pero por la mañana las piedras habían sido movidas, aunque en cualquier caso, no me puedo imaginar que nadie que pase por alto diez tiendas pueda ver una flecha de piedra en un campo lleno de rocas.
Ya ves, aquí hay alguien o algo con nosotros que mueve los objetos.
Lanza piedras a través de la niebla y se desliza a nuestro alrededor durante las noches, moviendo cosas. Sé que suena como una locura. Puedo imaginarte mirando a Rudi y sin saber si creerme o no. (Me doy cuenta de que también me estoy imaginando que esto acabará de alguna manera en correos y que caerá en el recibidor con los menús para llevar y las facturas impagadas. Hablando de eso, siento no dejar un cheque para la factura del
teléfono. Supongo que por el momento o me has prestado veinte libras o lo han cortado. Y también siento no dejar lo suficiente para el alquiler. Estoy segura de que mis padres te ayudarán, si se lo pides —puedes obtener la dirección en la facultad— pero vuelvo a suponer que o lo has solucionado, o te han echado. Lo siento). Me llevó un tiempo creer en ellos, estas presencias o habitantes o lo que sean. Al principio pensé que solo era Nina.
No te culpo si no me crees, veo que cómo los arqueólogos, los antropólogos no se pueden permitir ver fantasmas, pero Ruth es aquí la única tan bien educada que no puede considerar que sus propios datos sensoriales son un producto cultural. Sé lo que he visto. Lo que oigo.
* * *
La pasada noche nevó. Antes habíamos tenido pequeñas nevadas, un azúcar helado espolvoreado encima de las rocas, pero esta es la experiencia al completo del gran espectáculo ártico con efectos especiales, incluidas, al fin, las auroras boreales. Esto me ha llevado a pintar de nuevo. Realicé algunas buenas, antes de que empezase a estar demasiado oscuro, y antes de que tuviéramos que descongelar todo el agua. Están en la carpeta de mi mochila. Pensé que ya estaba, pero he empezado a sentarme de nuevo en la entrada de la tienda hasta que no puedo controlar el pincel y entonces vuelvo a entrar y me meto en el saco hasta que mis dedos se descongelan y vuelvo a salir de nuevo, mientras hay luz. Hay algo en pintar el hielo con acuarelas, la forma en la que el mismo medio está allí fuera como un sólido que se parece a la luz, y en el pequeño bote para mi pincel. Pintar agua con agua es como tratar de pintar cristal. Lo intenté con la aurora boreal pero fue una pérdida de papel y de pintura. Habrá forma de pintar la electricidad en el cielo oscuro con acuarelas sobre un A5 —Marguerite Donaldson sería capaz de hacerlo— pero yo no puedo. Lo sé, soy como la gente que siguió bailando en el Titanic, o haciendo cualquier otra cosa, pero también podemos hacerlo. Todos los hacemos con nuestras bromas sobre la comida.Bailar mientras te hundes. La risa y el arte son formas de desafío, una
manera de seguir siendo humanos. Y no es que en caso contrario fuera a salir al exterior para estrangular osos polares con las manos desnudas y arrastrarlos a casa para la cazuela de Nina. Así paso el tiempo y si salimos de aquí, tendré algunas pinturas muy buenas. Como ser Keats o Sylvia Plath, pero sobreviviendo para recoger la gloria, dice Nina, pero no confíes en mis pinturas para pagar el alquiler. (Tampoco podías confiar en Plath o Keats para el alquiler, añade Nina. O de hecho en ningún poeta verdaderamente bueno en el que ella pudiera pensar, excepto posiblemente el último Wordsworth, que es menos bueno que el Wordsworth anterior y menos fiable. Ahora ya sabes cómo es Nina).
Nina está aquí. Hemos compartido la tienda desde que no llegó el avión.
No me puedo imaginar cómo es para los demás, pasando tantas horas enclaustrados solos en la oscuridad, pero Nina ha traído pilas para las linternas y libros, así como interesantes observaciones sobre la relación entre genio poético y habilidad financiera. No me moriré de aburrimiento mientras Nina esté por aquí, y eso tiene que valer para algo.
* * *
Ben y Yianni han tenido una pelea. En su mayor parte las habíamos evitado hasta ahora, comportándonos como si estuviéramos en la sala común de graduados y se estuvieran acabando las galletas, pero considero que el hambre te acaba sorbiendo el seso al cabo del tiempo. Las historias de Nina son menos divertidas de lo que lo eran. Probablemente no todos vamos a salir de aquí. Alguno se irá el primero. En mis momentos de más amplitud de miras, no me importaría que me comieran puesto que ya estaría muerta a causa de alguna otra razón que el deseo de comerme de alguien, pero no quiero ver cómo todos acabamos desconfiando de todos los demás.Ben se quiere trasladar a la granja, donde al menos tendremos cobijo y la base para un cierto aislamiento, sin mencionar un lugar en el que encender un fuego más o menos funcional, y Yianni dice que no quiere ser recordado como el tipo que destrozó su propio yacimiento. Dice que nos
trasladaremos allí pasando por encima de su cadáver. Ben, dice Yianni, debería darse cuenta de que llegará el momento en el que valga la pena pagar ese precio. Me llevó un minuto, mirando el rostro pálido de Nina.
Una amenaza de muerte. Ruth tiene razón, sabes, es una tontería temer a los muertos cuando los vivos son tan claramente terroríficos. Ya no estoy preocupada por los fantasmas. (Nunca lo estuviste, dice Ruth. Solo estabas proyectando tus peores temores sobre algo menos terrorífico que la vida. A la mierda con la psicología barata, replica Nina, no son mis peores temores los que construyeron el mojón. Las distraigo a las dos preguntándome si los bancos de bacalao se habrán recuperado hasta el punto de que pueda haber algunos allí fuera, si pudiéramos pensar en algún medio para pescarlos).
Jim propone que lo pongamos a votación, si nos trasladamos a la casa, y Ruth sostiene que en las cuestiones de supervivencia no hay lugar para la democracia, y Nina replica que Ruth acaba de encapsular las limitaciones de la política americana, y Yianni le dice a Nina que cierre de una puta vez la puta boca, y yo estoy allí sentada temblando y pensando que me pondría enferma si tuviera algo que vomitar. Me sentí así antes de telefonear para saber las notas finales, cada vez peor al acercarse el día, pero estaba equivocada. Existía la posibilidad, en realidad la probabilidad, de un final feliz. La incertidumbre es nuestro último lujo y se está acabando.
Sin embargo, Ben tiene razón. Trasladarnos al yacimiento es probablemente nuestra última esperanza. No votamos, lo que a corto plazo es lo mejor porque imponer el resultado democrático sería categóricamente desastroso, pero si lo hacemos —cuando lo hagamos— mi apuesta está con los groenlandeses. No tenemos sus habilidades, ni mucho menos sus reservas de carne, pescado, bayas secas, pero al menos nos dejaron su casa.
No sabemos cómo volver a colocar el tejado, pero seguramente saber cómo desmontarlo será un buen comienzo. (La desconstrucción es una guía para la supervivencia, murmura Nina. Esto es con horrible probabilidad el final de la evolución humana, ¿no dirías tú lo mismo?). Basta. Tengo que parar con esto.
* * *
Hay una cosa más que quiero decirte. Es la razón por la que te estoy escribiendo ahora y no a mis padres. Te quiero. Amo la forma en la que miras hacia arriba a través del cabello cuando ríes, y amo la manera en que te ríes de tu terrible forma de cocinar. Cuando regresaste a tu casa durante el verano pasado, no pude trabajar y paseaba por los jardines botánicos pensando en ti y redactando mensajes de correo electrónico que nunca pude enviar. A veces regresaba a casa y los escribía, con cuidado de dejar vacío el campo «para» de manera que no pudiera enviar uno por error. Cuando regresaste y me abrazaste, deseé besarte, el primer deseo de mi vida, y lo he estado deseando durante todo este año. Ahora pienso en ti todo el tiempo, la forma de tus cejas, la curva de tus hombros con esa camiseta. La forma cómo el sol brillaba en ti durante mi fiesta. Tienes a Tibor, lo sé. Lo quieres, de alguna manera, hasta el punto en que puedes querer a alguien sin su consentimiento. No te voy a molestar con esto. Probablemente ni siquiera vas a ver esto. Pero habría sido demasiado triste partir sin decirlo.OceanofPDF.com