Timandra
Timandra
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
THEODOR KALLIFATIDES
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© Florence Montmare
THEODOR KALLIFATIDES
Ha publicado más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía traducidos a varios idiomas. Nació en Grecia en 1938, y emigró a Suecia el 1964, donde consolidó su carrera literaria. Ha traducido del sueco al griego a grandes autores como Ingmar Bergman y August Strindberg, así como del griego al sueco a Giannis Ritsos o Mikis Theodorakis. Ha recibido muchos premios por su trabajo tanto en Grecia como en Suecia, país en el que reside actualmente, como por ejemplo el Premio Nacional griego de Literatura Testimonial por Lo pasado no es un sueño, en 2013 (publicado por Galaxia Gutenberg en 2021). Galaxia Gutenberg publicó en 2019 su obra Otra vida por vivir, que ha merecido el Premio Cálamo «Extraordinario 2019». En 2020, se han publicado las obras El asedio de Troya y Madres e hijos, en este mismo sello.
Timandra es una de las figuras femeninas más fascinantes de la antigüedad griega. Mujer de una belleza excepcional, supo congregar en su casa a las mejores mentes de su tiempo, desde Sócrates a Eurípides. Pero sobre todo trascendió por, como dicen las fuentes históricas, ser «el éter espléndido que convivió con el héroe Alcibíades y recogió sus cenizas».
En esta novela de Theodor Kallifatides, considerada por su autor como quizá la mejor de ellas, es Timandra quien nos cuenta en primera persona su vida y la Atenas de su tiempo, en plena Guerra del Peloponeso contra Esparta. Figuras, lugares, tiempos, la Atenas del Ágora y puertos, gimnasios
y campos de batalla: todo es real. Pero Timandra es mucho más que una novela histórica. El centro de gravedad es el amor: explorado, debatido, codificado —como era costumbre entre los griegos de la época—, aceptado siempre como regalo y condena, entre risas y lágrimas, en un simposio, un rito misterioso, a un minuto de la muerte.
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Título de la edición original: Τιμάνδρα
Traducción del griego moderno: Carmen Vilela Gallego Publicado por:
Galaxia Gutenberg, S.L.
Av. Diagonal, 361, 2.º 1.ª
08037-Barcelona
info@galaxiagutenberg.com
www.galaxiagutenberg.com
Edición en formato digital: marzo de 2022
© Theodor Kallifatides, 1994, 2022
© de la traducción: Carmen Vilela Gallego, 2022
© Galaxia Gutenberg, S.L., 2022
Imagen de portada:
Drusilla, de John William Godward, 1906
Colección privada, 133,5 × 82,5 cm
Conversión a formato digital: Maria Garcia
ISBN: 978-84-18807-38-1
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, aparte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO
(Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04
45).
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Estaba acostado junto a mí, desnudo. El resplandor de la lumbre en el hogar se reflejaba en su frente y confería a sus gotas de sudor un brillo de piedras preciosas. En ese preciso momento se oyeron unos pasos. Quedé petrificada. Él respiraba profunda, serenamente.
—Alguien viene — dije.
—Que venga quien quiera — me respondió — , hace veinticinco años que los estoy esperando.
Se giró sobre el lado derecho. Un instante después ya estaba dormido.
Dormía siempre del lado derecho.
—No puedo dormir del lado izquierdo — me había explicado — , no puedo dormir sobre el corazón. Mi corazón no duerme jamás.
Lo miré vacilante, con un vago sentimiento de pudor que me hizo entornar los párpados. Muchos hombres habían yacido a mi lado con el mismo abandono; hombres famosos, ricos, poderosos. Incluso una o dos mujeres.
A todos los observaba mientras dormían. Me gustaba ver la paulatina transformación de su rostro, del éxtasis del placer a la irrupción repentina de los sueños. Sin embargo, mirarlo a él me daba pudor. A mí, que con frecuencia empleaba el pudor como aderezo y de tanto en tanto con simples soldados como artimaña de seducción.
¿Quién soy? ¿Quién era el hombre que estaba junto a mí? ¿Quiénes los que se estaban acercando?
Preguntas sencillas y, sin embargo, necesarias. Si pretendes exponer tu opinión personal es preciso que digas tu nombre. Son requisitos de nuestros tiempos. Nuestro testimonio no se tiene en cuenta sin una firma.
Me llamo Timandra. Mi nombre significa «la que honra al hombre» y eso es lo que he estado haciendo toda mi vida. Podría decir que es mi oficio, del que se afirma erróneamente que es el más antiguo del mundo. Soy hetera.
Hetera, prostituta, meretriz, vendedora de placer, mariposa de la noche o cualquier otro de los eufemismos que suelen utilizarse, no es un oficio especialmente antiguo. Al principio ni siquiera era un oficio. Mujeres y efebos han sido siempre objetos del placer de los vencedores y continúan siéndolo. Lo profesionalizaron algunas mujeres célebres: Nicó de Samos, Calistrata de Lesbos, Filení de Leucada.
Esas mujeres transformaron la esclavitud en profesión. Estoy segura de que aún hoy algunos sonríen detrás de sus bigotes cuando llamo a este trabajo profesión, pero mejor prostituta que político, pues, como suele decir mi amigo el cínico Leandro, «el político tiene que satisfacer al mismo tiempo al mayor número posible de personas. La hetera no tiene la obligación de hacer lo mismo».
Mi nombre es Timandra y soy hetera. He viajado mucho. Iba a donde requerían mis servicios y, cuando era niña, a donde requerían a mi madre.
Ella era hetera también, y puede que haya recibido su nombre de algún varón, porque, ¿quién si no llamaría Teodoti «el don de dios» a una mujer?
Hubo una época en que mi madre hacía sombra a todas las heteras de Atenas, y recuerdo un día en que Sócrates vino a nuestra casa acompañado de algunos jóvenes, entre ellos un tipo huraño que se llamaba Jenofonte.
El filósofo estaba, como de costumbre, de buen humor. Al entrar encontró a mi madre medio desnuda. Un joven pintor, ahora famoso pero por entonces completamente desconocido pues acababa de llegar de Heraclea, la estaba pintando. Sócrates la miró con atención y, volviéndose a sus acompañantes, dijo:
—Amigos, ¿quién debe estar agradecido a quién?, ¿nosotros, que gozamos de la belleza de Teodoti, o Teodoti que nos la muestra?
Yo estaba escondida detrás de una columna y a hurtadillas escuchaba la conversación. No me acuerdo de todo lo que dijeron, sólo recuerdo que Sócrates le daba consejos sobre cómo conservar a sus admiradores y cómo hacer que otros cayeran en sus redes.
—Pero yo no tengo ninguna red — respondió mi madre.
—Tienes la más perfecta red que existe. Tu cuerpo.
Aquella noche me quedé un buen rato ante el espejo tratando de descubrir si mi cuerpo se parecía a una red. No se parecía en absoluto, y me sentí defraudada. Las comparaciones son peligrosas. Nos decepciona la
realidad, en lugar de decepcionarnos la comparación. Más tarde me sentiría defraudada muchas veces, hasta que aprendí a elegir mis propias comparaciones.
*
Soy Timandra, la hija de Teodoti. A veces, cuando mi madre estaba de mal humor, me recriminaba que por mi culpa había tenido que retirarse de la profesión demasiado pronto. Porque quería ocuparse de mí personalmente, no quería que me criaran esclavas.
Pero lo cierto es que tenía otras aspiraciones. Quería destacar por encima de todas las mujeres de Atenas, eclipsar incluso a Aspasía, que de hetera llegó a casarse con Pericles. No es que fuera su rival; todo lo contrario, compartía con ella los secretos de su arte, un arte que había aprendido complaciendo los deseos de clientes exigentes de Sardes y Mileto.
Aun siendo atractivos, los atenienses y los espartanos eran mejores en el terreno del honor que en la cama. Mi madre había tenido trato con sátrapas persas de piel oscura, comerciantes de Lidia, de ojos color miel; había complacido a poetas de hermosos rizos en la más dulce de las islas, Chipre, donde el viento del este traía el penetrante aroma de los cedros, y donde la diosa del placer, nuestra patrona y maestra, Afrodita de hermosos senos, había nacido del deseo amoroso de los hombres y de la espuma del mar.
—A ella la hice mujer — decía mi madre, refiriéndose a Aspasía — , pero a ti te haré reina.
Y poco le faltó para tener razón. Llegué a ser casi reina. Al menos, encontré a mi rey. Pero él prefería la lucha por el trono más que el trono mismo. A Pericles no lo traté nunca. Lo vi una vez, y ese mismo día conocí al hombre que ahora duerme tranquilo a mi lado.
La gran guerra entre Atenas y Esparta había cumplido ya su primer año.
Ni los atenienses ni los espartanos habían conseguido grandes logros, pero muchos hombres jóvenes habían muerto. Veintiocho años duraría la guerra.
Nadie hubiera podido imaginarlo. Quizá nadie lo quería, pero así fue.
Era el primer invierno de la guerra, y los primeros muertos. A veces me parece que nos importan más los muertos que los vivos. No sé a qué se debe
este hecho. Es como si no creyésemos que las personas ya no están, y nos ocupamos de nuestros difuntos como si siguieran vivos en alguna otra parte.
Los llantos y las exequias solemnes ayudan a los vivos, no a los muertos.
Por otra parte, los atenienses tenían sus propias ceremonias. En cuanto llegó el otoño y las operaciones bélicas se interrumpieron, reunieron los huesos de los difuntos en féretros construidos de madera de pino aromático.
Once féretros. Uno por cada una de las diez tribus de Atenas y el undécimo, vacío, en honor de los desaparecidos. Durante tres días, los atenienses estuvieron despidiendo a sus muertos y constantemente se oían lamentos, cantos fúnebres y sinceros, aunque los discursos eran inútiles.
Yo tenía diez años por entonces. No había conocido a mi padre; ni siquiera sabía quién era. Mi madre me consolaba; tampoco ella sabía quién era.
—¡Las heteras llegan a ser madres! — me dijo — , pero sus hijos rara vez tienen padre.
De modo que me lo imaginaba como quería y su falta se me antojaba una suerte de libertad. Los demás niños veían cada día el rostro de sus padres, no podían ir más allá de los límites que marca una cara determinada.
Yo, en cambio, podía elegir. Buscaba a alguien que se me pareciera, pues los otros niños se parecían a alguien. Ellos tenían un espacio concreto; yo, una calle.
Aquel soleado día de otoño en que los atenienses iban a enterrar a los primeros muertos de la gran guerra había decidido que mi padre tenía que ser Pericles. Y tenía la libertad de creerlo. Seguramente había otros niños que soñaban con que Pericles fuera su padre, pero carecían de la libertad para creerlo.
Según la costumbre, el primer mandatario de la ciudad pronunciaría el discurso fúnebre. Por eso, nadie se sorprendió cuando Pericles subió a la tribuna. Se hubieran sorprendido más si no lo hubiera hecho.
Durante más de veinticinco años el destino de Atenas había estado en sus manos. Había propuesto leyes a la asamblea, había organizado el ejército y consolidado la hegemonía ateniense que fundamentalmente se apoyaba en nuestros rápidos trirremes. Ninguna ciudad podía competir con Atenas.
Florecían el comercio y las artes. La filosofía y la retórica estaban en su punto más álgido. Había sofistas capaces de convencerte de que lo blanco era negro y lo negro, blanco. Teníamos escuelas, gimnasios, teatros, palacios y hermosas villas en el campo.
No tengo ningún motivo para describir Atenas. Sencillamente quería explicar por qué había elegido como padre a Pericles. Él era Atenas. Por eso nadie se sorprendió cuando subió a la tribuna y pronunció aquel discurso que casi en el acto adquirió proporciones míticas.
Mi madre me tenía cogida de la mano y nos encontrábamos situadas en un segundo plano. A fin de cuentas, no éramos naturales de Atenas ni teníamos ningún muerto a quien llorar. Detrás de Pericles, a cierta distancia, de pie, una mujer con una túnica blanca, y a su lado, un joven.
—Esa es Aspasía — me dijo mi madre en voz baja.
La miré de nuevo. Era ella, pues. Serena, llena de dignidad, no tan joven ya.
—¿Es su hijo? — pregunté a mi madre, refiriéndome al joven.
—No. Es un pariente de Pericles. Pericles es su tutor — respondió mi madre con cierta indiferencia.
Fue así como vi por primera vez al hombre que ahora estaba acostado a mi lado. Así lo vi, y mi vida se decidió allí y en ese momento. En el momento en que los atenienses lloraban a sus muertos, en el preciso instante en que Pericles estaba pronunciando su discurso, mientras mi madre me tenía cogida de la mano y la Tierra seguía girando, por eso, sin darnos cuenta, nos encontramos a la sombra.
Mi madre comenzó a sentir frío, pero yo tenía calor, mucho calor, sin saber por qué.
No me acuerdo de gran cosa del discurso de Pericles, sólo recuerdo que los atenienses estaban pendientes de sus labios y que reinaba un absoluto silencio mientras hablaba. Pero sí recuerdo una o dos frases, en concreto cuando alababa a los atenienses diciendo que tenían la grandeza de alma de reconocer los éxitos de los demás sin «la tediosa máscara de la envidia».
Más tarde comprendería que esto no era del todo cierto. Muy pocos hombres de cuantos conocí soportaban la gloria de los demás sin llevar la tediosa máscara de la envidia.
—¿Por qué los adula Pericles? — pregunté en un momento dado a mi madre, sin obtener respuesta.
—Lo comprenderás por ti misma más adelante.
Recuerdo también el enorme pájaro negro que de repente voló sobre los féretros y desapareció en dirección al este. Esto fue considerado un mal presagio y rápidamente se extendió un murmullo entre la gente. Pericles, en cambio, estaba sereno. Terminó su discurso y regresamos a casa. Sin embargo, algo dentro de mí quedó allí, prendido en el muchacho que estaba de pie junto a Aspasía.
Tenía diez años y no sabía qué era lo que había perdido. Menos aún sabía lo que había encontrado.
Mi madre lo sabía. Aquella misma noche vino a mi habitación y se quedó mirándome mientras me disponía a acostarme.
Me quité mi confortable capa y la túnica que me llegaba a los tobillos.
Luego me solté el cabello, sacudiendo la cabeza como un potrillo, y corrí a la cama.
Tenía prisa por cerrar los ojos. Mi madre me dijo en un tono suave:
—Ahora tienes diez años; dentro de cinco años serás una mujer.
Desnudarse es un arte. Mañana te lo enseñaré.
Sus palabras me parecieron extrañas, pero no me detuve demasiado en ellas. Tenía prisa, como he dicho, por cerrar los ojos. Quería ver de nuevo al muchacho, y lo seguí viendo hasta que me venció el sueño.
*
El hombre que tenía a mi lado se movió, extendió la mano y acarició mi espalda sin despertarse. Balbució algo incoherente entre sueños, pero no conseguí entender lo que decía.
Quería despertarlo. Lo necesitaba. Quería que abriera los ojos para hacérselos cerrar de nuevo con mis caricias.
Pero debía tener cuidado. Los pasos, fuera, se acercaron más. Oí palabras en una lengua débil, pero no menos bárbara.
¿Quiénes eran? ¿Qué querían?
Podía tratarse de cualquiera, amigos o enemigos. También podían ser curiosos, gente corriente, que querían ver de cerca al hombre que dormía junto a mí.
Tenía muchos enemigos, como también incontables amigos. Pero su vida era tal, que nunca sabía quién era quién. En cualquier caso, curiosos siempre había y la más curiosa, yo misma. No obstante, no era sólo una curiosa. Lo amaba y ¿qué es el amor, sino una suerte de curiosidad?
Yo no planteaba preguntas así. Eso era privilegio de los hombres. ¿Qué es el amor? ¿Qué es la virtud? Las mujeres no preguntamos esas cosas.
Nosotras queremos saber quién es la persona a la que amamos; con eso nos basta.
Un sofista, que en cuanto le sobraban unas dracmas las gastaba en mis brazos, decía que cada persona tiene una respuesta. A mí, sin embargo, me susurraba: «En el bosquecillo que hay entre tu corazón y tus rodillas, Timandra, todas las preguntas quedan anuladas».
Puede que sea cierto que existen tantas respuestas como personas. Lo que se necesita comprender es que cada respuesta plantea nuevas preguntas y que existe un punto donde todas las preguntas terminan, y que una vida humana que no conoce ese punto es equivocada, es puro despilfarro.
El sofista de costosas ropas y ojos abiertos había encontrado ese punto, aunque se pasaba la vida intentando demostrar lo contrario. «Los sofistas piensan con la lengua», me había dicho el hombre que tenía ahora a mi lado, cuando le conté la anécdota. Yo quise objetar, pero no dije nada.
Quería preguntarle con qué pensaba él, pero estaba segura de que me respondería con una risa.
Había sustituido el silencio por la risa. ¿Cómo no amarlo?
La risa; su risa. He de hablar más sobre ella. He oído muchas risas. En la mesa, en el lecho. He oído reír a mujeres y hombres en el ágora, en el teatro; he oído reír a muchachos en la calle, por la noche. Pero nadie reía como él.
Su risa no encerraba matiz despreciativo alguno, ni excitación erótica, ni sorpresa. Los chistes le aburrían y rehuía las vulgaridades.
Su risa era un misterio. Nunca sabías por qué reía, y Sócrates, que estaba enamorado de él—¿quién no lo estaba? — y que naturalmente era muy severo con su persona, a menudo le hacía observaciones:
—¡Sólo los estúpidos ríen sin motivo! — le dijo en una ocasión en mi casa, mirándolo con sus ojillos miopes.
Mi amante no respondió. Pero por la noche, cuando estábamos sentados uno frente al otro en la amplia cama, me dijo:
—Sócrates se equivoca, sólo los tontos necesitan una razón para reír.
Quería preguntarle a qué se refería exactamente, pero extendió las manos y me atrajo hacia él. Y en mi vida justo eso era aquel punto que anulaba todas las preguntas.
*
Ciertamente no puedo seguir llamándolo «el hombre junto a mí». Su nombre hacía temblar a Atenas y a Esparta e incitaba a los hombres a aplaudir o a coger las armas. Lo que provocaba en las mujeres me lo callo.
Basta con que diga que no ha nacido aún la mujer que no quisiera ocupar mi lugar en sus brazos.
Alcibíades, hijo de Clinias y de Deinómaca. El atractivo Alcibíades. Fue guapo de niño, más guapo aún de adolescente y mucho más en la edad madura. Eurípides, que nunca gastaba elogios sobre las personas, dijo en una ocasión que los guapos no tienen bello otoño. Sin embargo, el otoño de Alcibíades fue hermoso, aunque breve, muy breve.
Pero no hay razón para anticiparnos a los hechos. Ya es suficiente con que los hechos se nos anticipen a nosotros y a veces nos sobrepasen.
A esto suele llamársele «destino» y yo creo que cada persona tiene el suyo. Alcibíades, sin embargo, no creía en esas cosas. A menudo los oía discutir sobre estos temas en el amplio salón de mi casa.
El primero, y el mejor, por supuesto, Sócrates. Luego se sumó también Protágoras, el rey de los sofistas, que conocía tan bien su valor que nunca ponía precio a sus clases, simplemente permitía que sus discípulos le pagaran lo que consideraran justo. Más tarde, tuvimos al inquieto Hipias de Ilión, al bocazas Pródico de Cea, sofistas universalmente conocidos los dos, y a su alrededor los más ricos, los más inteligentes y los más bellos muchachos de Atenas: Clinias, hermano de Alcibíades, y los dos hijos que Pericles tuvo con Aspasía, el hijo del primer matrimonio de ella, el poeta Agatón, y su amante, el tarambana pero riquísimo Pausanias. Más tarde,
vino también el hermano de Agatón, Platón, un joven taciturno y formal cuyos ojos brillantes veían algo que ningún otro veía.
Se pasaban horas y horas hablando, mientras mis esclavas de Lidia se deslizaban entre ellos, llenaban las copas de vino y dejaban tras de sí un dulce aroma de noches exóticas — tan exóticas como la noche que envolvía a Alcibíades mientras dormía, y a mí, que velaba su sueño.
¿Cómo llegamos allí? ¿Qué vientos nos llevaron a aquel anónimo lugarejo de Frigia? ¿Cómo podría explicarlo nadie sin creer en el destino, o en los dioses o en algo parecido?
Suerte que Alcibíades dormía, de lo contrario habríamos discutido.
—¿Por qué tenemos que dar una explicación a todo? — decía tartamudeando, lo que significaba que estaba enfadado de verdad.
Su tartamudeo estuvo de moda en Atenas durante un tiempo. Los hijos de las cuatro familias más importantes de la ciudad competían, no sobre quién era el mejor, sino sobre quién se parecía más a Alcibíades, que, de un modo u otro, estaba emparentado con todos ellos. Por su padre, era Melánquida; por su madre, Alcmeónida, y por su matrimonio con Hipareta, Peónida.
Yo era de padre desconocido. Como un arbolito sin raíces, algo que con frecuencia me hacía sentir que aquello «de padre desconocido» era un signo de interrogación junto a mi nombre; no sólo en los archivos de la ciudad, sino también en toda mi existencia. Él tenía generaciones tras de sí y esto ejercía en mí una fascinación indescriptible. Podía estar horas y horas oyéndolo hablar de sus antepasados y le hacía preguntas a cada rato, incluso mientras hacíamos el amor, hasta el punto de que una vez me dijo riéndose:
«Timandra, parece como si estuvieras haciendo el amor con todos nosotros, vivos, muertos y no natos».
¡Cuánta razón tenía! Siempre me fascinaba la sombra de un hombre más que el hombre mismo.
Quizá detrás de todo esto subyace aquello «de padre desconocido», y hasta puede que mi oficio. Yo era un elemento decorativo en el mundo de los hombres. Para soportar la realidad tenía que transformarla.
¿La realidad? Algunos de los filósofos de nuestro entorno sostenían que la realidad no existe, que es una copia en un espejo. Otros añadían que ni siquiera existe el espejo más allá de nuestros ojos.
Un tercer grupo, a su vez, afirmaba que la realidad es fuego, o aire, o agua, o alguna otra cosa. Me llevó bastante tiempo comprender que estas teorías no eran descripciones sino explicaciones o, al menos, intentos de explicaciones.
Cómo es la realidad, es una cuestión. Por qué es como es, es otra diferente.
Para nosotras, las mujeres, prevalecía el «cómo». El «porqué» era cosa de los hombres. Y cuando no encontraban la respuesta, acudían a nosotras.
Será mejor, sin embargo, que vuelva a la realidad tal y como era.
Era de noche. El cielo estaba cerca y las estrellas brillaban con una luz a la que no estábamos habituados. Era una noche extraña.
Había visto muchas noches como esta en Grecia, en las islas, en Asia, en Sicilia. A pesar de todo no podía acostumbrarme a ellas. Siempre me faltaba la noche del Ática, que conserva algo de la luz del día, como un destello, algo así como un resplandor opaco de espejo viejo.
Echaba de menos los sonidos de la noche del Ática, los pasos de los transeúntes y sus conversaciones, el sonido de los himnos que cantaban en los banquetes, la risa de los efebos que hacían su primera guardia nocturna.
Era de noche, en fin. Una noche de Frigia, más fría que otras noches.
Del cercano pueblo, sin nombre en mi recuerdo, no llegaba ningún sonido.
Lo más probable es que existieran, pero no los oíamos. De seguro algunos estarían haciendo sacrificios a Cibeles, mientras los sacerdotes danzaban y cantaban hasta llegar al paroxismo de la locura sagrada.
Los habíamos visto una vez en Sardes. Alcibíades estaba lívido y nada más terminar la danza, le pregunté qué le sucedía.
—Nada — dijo, y movió la cabeza — , simplemente estoy viendo a quienes vendrán después de nosotros.
Entonces me pareció que exageraba, pero ahora reconozco cuánta razón tenía. La barbarie y la juventud siempre terminan ganando y sólo son vencidas por el tiempo, que trae a otros nuevos bárbaros. Aunque algo de los vencidos también permanece. Un recuerdo, una huella, una arruga en la frente. Nada más.
*
A nuestro alrededor y sobre nosotros, la extraña noche de Frigia. Los pasos fuera de la casa resultaban inquietantes. ¿Quiénes eran los que se acercaban con tanta precaución? ¿Y por qué? ¿Qué querían?
Estaba muerta de miedo. No; quizá no era miedo, era más bien angustia.
Quería despertar a Alcibíades, pero dormía profundamente. «Sólo en tu cama, Timandra, duermo por encima del bien y del mal. En todas las demás camas tengo que elegir», me dijo en una ocasión.
Me preguntaba qué quería decir. ¿Que el placer no tiene ética? Hubiera querido aclararlo. Lástima que estuviera dormido. Tenía tantas preguntas que hacerle. ¿Por qué será que los enamorados lo preguntan todo?
Me levanté y eché algunos troncos a la lumbre. Estaba a punto de apagarse y el frío era cada vez más intenso.
No teníamos ningún criado con nosotros. Nuestra casa estaba algo alejada del pueblo. Estábamos completamente solos. Alcibíades quería…
En definitiva, ¿qué quería? ¿Por qué había elegido aquella casa alejada, en medio de un descampado? ¿Lo perseguían? ¿Se estaba escondiendo?
Me quedé de pie junto a la ventana. La noche fuera parecía vacía. Sin embargo, sabía que allí afuera había alguien, e incluso más de uno. Sabía que nos estaban esperando y de algún modo intuía que nos esperarían todo el tiempo que hiciera falta.
En aquel preciso instante recordé mi casa de verano en la que desde las ventanas veía los trirremes de Atenas balancearse en las tranquilas aguas del Falero. Echaba de menos el salobre viento del sur del Ática. Echaba de menos su luz.
Cerré los ojos para sustraerme a la oscuridad de la noche de Frigia, y bajo mis párpados, pesados por la vigilia, vi de nuevo el cielo del Ática, y mis entrañas se llenaron como de un dulce vino de Samos.
Me embriagué. Por un breve instante, me embriagué de recuerdos, me perdí en ellos. Y de repente comprendí que, a fin de cuentas, la realidad no es más que un pretexto para ver otra cosa.
*
La casa en la que estábamos no era grande. Era una casita de campo.
Una habitación con chimenea, una cama y una mesa. Los muros eran de barro y arena, y el techo, de caña. Así construían las casas allí para que conservaran el calor en invierno y el fresco en verano. Pero para Alcibíades y para mí, una casa no era suficiente, necesitábamos una fortaleza. Tal era el odio que lo rodeaba.
¿Cómo sucedió que no sólo los sueños, sino también las pesadillas de un mundo entero y de una época entera estuvieran concentrados en este cuerpo esbelto, ágil, que yacía tan plácidamente en mi cama?
Atenienses y espartanos, jonios y persas, lidios y sicilianos lo habían amado y odiado. Lo habían admirado y lo habían temido, habían querido hacer el amor con él y habían querido matarlo.
A dondequiera que íbamos su fama nos precedía. Era como si tuviéramos el sol a nuestra espalda y nuestra propia sombra se proyectase delante de nosotros. Había también otros hombres con poder y fama: arcontes atenienses, generales espartanos, sátrapas persas, pero ninguno le hacía sombra a él. La única sombra que caía sobre su persona era la suya propia.
Pero vuelvo a anticiparme. Quiero acortar el tiempo y lo apuro de un trago, como un vaso de vino. Es verdad que el problema del tiempo no es cómo lo pasamos sino cómo nos alcanza.
Los antiguos lo sabían. Se pasaban horas conversando, paseaban despacio. Sus leyendas siempre se continuaban unas con otras, mientras que nosotros queremos que las nuestras tengan límites precisos. Intentamos convertir el tiempo en espacio.
Así pues, nada de prisas. El sol no tiene prisa; la luna no tiene prisa.
*
Nos encontrábamos en el primer año de la guerra. Fue entonces cuando lo vi por primera vez. Me pregunto si aquella no fue la única vez que lo vi.
No, no desvarío. Las paradojas se las dejo a Zenón y a sus discípulos.
Hace poco he oído que Zenón había demostrado que Aquiles no alcanzaría nunca a una tortuga que hubiese empezado la marcha con un metro de diferencia respecto a él. Se armó una buena en Atenas, la gente se
escandalizó y yo no comprendía por qué tanto alboroto. Aquí otros filósofos habían afirmado que no existimos.
No; no digo cosas sin sentido. Lo que quiero decir es que aquel día en que los atenienses enterraban a sus caídos, mis ojos eran aún míos; todavía no estaban empañados de amor. Entonces podía verlo. Sin embargo, después, sólo veía al hombre que amaba, y eso es una cosa distinta.
Había oído a Sócrates afirmar que la belleza es la única virtud que se puede ver. Todas las demás virtudes no se ven con los ojos, aunque sepamos distinguirlas de otro modo. La belleza, en cambio, la vemos. Y la atracción erótica es el amor por lo bello. Y la persona a la que amamos nos recuerda
«las perfectas, simples y felices imágenes» en los albores de la vida humana, cuando nuestra alma aún no era prisionera de la tumba que llamamos «cuerpo».
Esto decía Sócrates, pero el problema es que también lo bello tiene su sepultura, es decir, su cuerpo. Y el deseo amoroso muere porque nosotros somos mortales y no podemos amar sino a otros mortales.
El hombre que tenía a mi lado era mortal.
Era bello. Ya desde que era niño hablaban de él en Atenas, del hijo de Clinias. Su padre le había dejado un nombre, algo que siempre le exasperaba.
—Haré que olviden a mi padre — decía antes de que su labio superior tuviese pelusa.
Su padre tuvo la suerte de vivir y luchar en los tiempos en que los griegos se enfrentaron al todopoderoso bárbaro, al rey de los persas, Jerjes.
Clinias con su trirreme había participado en todas las batallas navales y había llegado a ser muy aclamado por su pericia y su valentía.
—Tuvo suerte — decía su hijo — . Encontró un enemigo de altura. Yo no he encontrado nada. Tengo que dar con enemigos dignos de mí.
Clinias murió cuando su hijo tenía tres años.
—¿Recuerdas a tu padre? — solían preguntarle.
—¿Qué importa eso? Los atenienses lo recuerdan.
Me gustaba charlar con él. Y eso se lo debía a mi madre, que comenzó a instruirme ya desde el día siguiente de conocerlo. Bien fuese por casualidad o porque con mirada experta se había dado cuenta de que muy pronto sería inevitable.
—No debes quitarte la ropa apresuradamente — me había dicho.
La noche siguiente vino a mi habitación en el momento en que me disponía a acostarme. Hizo salir a Roxana, nuestra sirvienta, una muchacha poco mayor que yo, de pechos turgentes y relucientes como huevos de pájaros silvestres.
—La forma como se viste una mujer tiene su importancia — dijo mi madre — . Los colores que elige, las telas, las joyas. Pero, a fin de cuentas, una no puede vestirse mejor que la ropa que tiene. En cambio, desnudarse, eso sí que puede hacerse bien, con independencia de cómo vayas vestida.
Tanto si te quitas una lujosa túnica o una capa sencilla, debes hacerlo del mismo modo.
La miraba medio dormida.
—Lo primero que debes preguntarte es: ¿qué es esto que me estoy quitando? ¿Un trozo de tela? Dime.
Sin saber por qué, comprendí que debía decir «no», aunque había oído a algunos hombres que frecuentaban a mi madre decir «sí y no» cuando no sabían qué decir. Así que yo también dije «sí y no». Ella guardó silencio durante unos instantes, luego comenzó de nuevo.
—Una respuesta lógica, aunque equivocada. ¿Por qué? Sencillamente porque todos los «sí» y todos los «no» tienen valor mientras llevas la ropa puesta. Cuando te la quitas, no existe ya más que el «sí».
No comprendía a qué se refería, pero no quería interrumpirla ni parecer más tonta de lo que ella me creía. No obstante, me equivocaba.
—Sé que no comprendes lo que digo, pero no tiene ninguna importancia. Sólo pretendo mostrarte un lugar en el que tarde o temprano te encontrarás algún día.
Me miró y añadió riéndose:
—¡O más bien una noche! Y entonces comprenderás. Debes estar siempre preparada para la oscuridad. ¡Siempre! — dijo, con un repentino tono de amargura.
Enseguida recuperó la jovialidad y me dio un beso.
—¡Ahora observa, y observa bien! ¡No sólo con los ojos, sino con toda tu alma!
Primero cambió las sombras en mi habitación situando las lámparas en otro sitio. Mi cama estaba ahora iluminada sólo por débiles reflejos que la transformaban en algo vivo y enigmático. En el centro del enigma estaba yo. Mi madre se situó de pie en medio de la habitación.
—Sólo las esclavas y las jóvenes ciudadanas recatadas se esconden en un rincón cuando se desnudan — dijo — . Las mujeres como yo y como tú, ya que llegarás a serlo algún día, siempre se desnudan en el centro de la habitación. Tu cuerpo debe tener luz y espacio. Lo mejor es menos luz y más espacio. Ningún otro objeto debe competir contigo, ni sillas ni taburetes ni mueble alguno. Tu cuerpo debe ser la única presencia en aquella luz y en aquel espacio. En tu cuerpo deben comenzar todas las fantasías y en él han de acabar.
La miraba con tanta intensidad que al final sólo veía una aparición. Su túnica era como un reflejo azulado. Me parecía que toda la luz de la estancia se había concentrado sobre ella, y entonces comprendí lo que quería decir.
—Ahora acuéstate. Por hoy es suficiente. Continuaremos mañana.
Me besó en la frente, deslizando poco a poco sus perfumados dedos entre mis cabellos, muy lentamente. Luego se marchó.
No me dormí enseguida. Durante un buen rato continué viendo aquel punto en el centro de la habitación donde ella se había situado y me parecía que algo del resplandor de su cuerpo seguía allí.
El sueño me sorprendió con una agradable sensación de que la vida era algo grande, pero no más grande que yo misma.
*
En la casita de campo en Frigia, en la sencilla habitación, finalmente lo comprendí. La vida era más grande que yo misma. En Sardes, a algunas horas de camino de allí, Solón había dicho a Creso que una vida de setenta años equivalía a «veintiséis mil doscientos cincuenta días, y cada uno de esos días era distinto del otro».
Aquella respuesta de Solón, aunque decepcionante, era, a fin de cuentas, bien intencionada. En efecto, si piensas que una hora cualquiera del día no es idéntica a otra, entonces comprendes que la más profunda necesidad del
ser humano, adueñarse de su vida, está condenada al fracaso desde el principio.
He conocido a filósofos que rehuían la felicidad por miedo a sentirse desgraciados. He conocido a otros que identificaban la felicidad con el poder, arrastrados por el sueño de detener la corriente de la vida.
¡Lo comprendía tan bien! ¡Y qué no daría yo por que no hubiese terminado nunca aquella noche y todo lo demás, la casita en el campo, el sueño de Alcibíades, los inquietantes pasos fuera! Quisiera tener todo esto, aun a sabiendas de que nadie nos conocería si no dejáramos nuestras acciones tras nosotros.
En cierta ocasión, vi un pueblo cubierto por la lava después de una erupción del volcán de Tera. Vi las casas, los objetos, las personas. Una pareja que estaba haciendo el amor. No había comprendido nada. La inmovilidad y el silencio eran ininteligibles. Por eso tenemos que hablar.
Manifestarnos con sencillez y claridad, sin otros adornos que los necesarios para hacer la sencillez clara y la claridad, seria.
Hemos de hablar. Pues bien, estoy hablando. Yo, Timandra, hija de Teodoti, de treinta y cinco años, doce mil ciento veinte días y otras tantas noches.
Mi existencia era cómoda y feliz, pero era todavía más feliz cuando la vida se detenía y el hombre que amaba desde hacía diez años se acostaba a mi lado con una desdibujada sonrisa en los labios.
Entonces podía sentir de nuevo que la vida no era algo más grande que yo.
En la inmovilidad, todos los movimientos son posibles, incluso los eternos movimientos de la Tierra y de la Luna alrededor del Sol que, a su vez, se mueve en un Universo, también en movimiento.
La eternidad está en movimiento. Sin embargo, no podemos concebirla sino como inmovilidad. Lo eterno, por fuerza, ha de ser inmóvil. El ser humano no es eterno, por eso, pues, sueña con la inmovilidad, creyendo que de este modo toca la eternidad.
Y así, continúa su viaje por pequeños y grandes lugares, por verdes valles y montañas peladas, y a cada paso, se aproxima más a la quietud final.
La vida puede ser breve o dilatada en el tiempo. Pero la muerte es eterna.
*
De pronto, oí algo como un grito. Parecía un grito, pero cuando se repitió dos veces seguidas, comprendí que más bien se trataba de una contraseña. No había dolor en ellos, eran gritos simulados. Me devolvieron a la realidad.
Me acerqué a la ventana, pero no vi ni oí nada.
Alcibíades seguía dormido. Su sueño era inquieto. Daba vueltas en la cama y de cuando en cuando suspiraba profundamente, y en un momento dado se cubrió el rostro con las manos como si se protegiese de un golpe invisible.
Pensé en despertarlo, sin embargo sabía que estaba exhausto, que pronto necesitaría todas sus fuerzas.
Lo perseguían; estaba cansado, era desgraciado. En otro tiempo él fue el perseguidor, incansable y triunfal. ¿Añoraba los luminosos días de la juventud? ¿O los serenos días de la vejez?
No lo sabía. Lo miré con detenimiento como si esperara conocer así su secreto, y de repente comprendí que no tenía ninguno y por eso su rostro resplandecía como un espejo valioso.
El tiempo no había transformado la expresión de su rostro, el precioso espejo seguía siendo el mismo, pero siempre existía el peligro de que se rompiera. Alguien lo rompería algún día. Pero ¿quién?
Eran muchos los que tenían motivos, verdaderos o falsos, para hacerlo, pero sólo una persona tenía el «derecho» de llevarlo a cabo.
Yo.
Pero ¿qué significa la palabra «derecho»? ¿Qué significa «verdadero» o
«falso»? Para hablar sobre lo verdadero o lo falso hay que creer que existen en alguna parte, ya sea bajo los cerrados párpados de los dioses o en el fondo del alma humana.
Aunque yo no sé qué se oculta bajo los párpados de los dioses ni qué esconde el alma humana. En lo que a este punto se refiere, dioses y
hombres son idénticos. Enigmas.
Volví a mirar a Alcibíades. En sus labios, una sonrisa, pasajera como una golondrina.
Me sentí descubierta con las manos en la masa.
*
Mi madre continuó, persistente, su instrucción de cada noche. Las primeras lecciones las dedicó a la posición de la mujer en el espacio; una serie de conferencias que más tarde, en broma, llamamos «la topología femenina», un término que mi madre había tomado prestado del geómetra Teodoro. uno de sus más fieles amigos y amantes, aunque sólo cuando tenía holgura económica, cosa que no era habitual. Tenía talento, pero no dinero.
La mujer que aspira a ser hetera, como era mi caso, no debe colocarse en cualquier sitio, ni de pie ni acostada y, mucho menos, de cualquier manera. Para decirlo a las claras, la mujer siempre debe «exhibirse», como un cuadro, incluso mientras duerme.
Riéndose con todas sus ganas, mi madre se tumbaba en la cama y me mostraba cómo debe una recostarse. No con las piernas abiertas, ni con las manos como remos olvidados, ni tampoco encogida como una tortuga asustada. Pero ¿no es difícil saber qué haces cuando estás dormida?
El secreto está en que el cuerpo se habitúa en poco tiempo. Lo afectado deja paso a un sexto sentido, una casi natural y espontánea complicidad con la luz y el espacio.
—La mujer no debe transformarse en una aparición — decía mi madre — . ¡La mujer tiene que ser una aparición, y es precisamente la aparición la que, llegado el momento, se transformará en mujer!
La escuchaba con atención, aunque, como ya he dicho antes, no lo comprendía todo. Ahora sus enseñanzas se me antojan anticuadas coqueterías; lo lamentable, no obstante, es que siguen teniendo vigencia desde el momento en que un hombre y una mujer están juntos en la misma habitación.
Mi madre siempre hacía lo que podía con lo que tenía — su cuerpo y su inteligencia—. Su inteligencia a nadie le interesaba, de modo que la usaba
para sacar más partido a su cuerpo. Por lo general, con los hombres sucede lo contrario.
Mi madre se vendía, pero nadie pudo comprarla. Su libertad no dependía tanto de lo que ella misma podía hacer, sino de lo que los demás no podían hacer con ella.
Me pregunto si mi libertad es diferente.
¿Y la de los otros?
Había quizás una excepción, el hombre que dormía junto a mí y soñaba no se sabe qué. Quizá su libertad era diferente, como también su carencia.
Nosotros, los atenienses, ya fuésemos verdaderos hijos del Ática, como las cigarras, ya bastardos, como yo, hablábamos todo el tiempo de la libertad y teníamos a los esclavos y las esclavas para recordárnosla.
Libertad de todo, este era un camino.
Libertad para todo, este era el otro camino. No faltaban representantes del tercero: libertad de determinadas cosas y libertad para otras determinadas cosas. En otras palabras, una vida normal y corriente, como la mayoría de la gente.
Aunque no para el hombre que me había pedido que viniera aquí, a la pequeña casa de campo de Frigia, donde las noches eran húmedas como en…
Quería decir como en el útero, pero me he arrepentido. No debemos comparar el Universo con el ser humano, ni el ser humano con el Universo.
El uno no se parece al otro.
Las noches en Frigia eran húmedas. Dos caudalosos ríos regaban el país con tanta generosidad como Alcibíades mi vida.
Parece que no es posible prescindir de las comparaciones. Todas las cosas se asemejan a algo.
En un mismo instante he sacado dos conclusiones completamente opuestas; la solución intermedia es que ninguna cosa es otra diferente y que todas las cosas se parecen a otras.
La primera parte es una tautología y la segunda, un lugar común. Este es, en definitiva, el problema con los pactos tanto en la teoría como en la práctica, pero por desgracia son ineludibles. Se podría decir que la vida es un compromiso entre los no nacidos y los muertos.
Quisiera poder hablar con Alcibíades de todo esto para hacerlo reír.
Sólo en una ocasión había sido herido; una sola, aunque había tomado parte en infinitas sangrientas batallas contra otros griegos y contra los bárbaros.
Fue herido en Potidea, allá lejos, en el tridente de la Calcídica. El pueblo de Potidea se había levantado contra Atenas, instigado sobre todo por Esparta. Fue al comienzo de la gran guerra en la que finalmente todos los griegos se vieron abocados a comprometerse, de un modo u otro.
La guerra mostró su violencia durante veintiocho años y Alcibíades fue siempre uno de sus protagonistas, aunque no siempre estuvo del lado de Atenas. Había pasado veintiocho años luchando sin sufrir un rasguño, con la única excepción de la herida infligida en Potidea. Tenía entonces diecisiete años y no era normal que tomase parte en la contienda, tendría que haberse quedado defendiendo la ciudad con los demás efebos.
Pero él había ensillado su caballo tordo y marchó con una unidad militar no excesivamente numerosa. En la ciudad se murmuraba que uno de los estrategas estaba enamorado de él, aunque Alcibíades lo estaba de Sócrates.
Al menos, eso pensaba.
Al final fue Sócrates quien le salvó la vida. Alcibíades recibió el golpe de una lanza en la cadera y cayó del caballo. Le esperaba una muerte segura, cuando Sócrates, bajito, regordete y ya calvo, se situó delante de él y lo cubrió con su propio cuerpo.
«Sócrates luchaba con absoluta sangre fría — me contaba, años después, Alcibíades — . No podía hacer otra cosa que mirarlo; todo él resplandecía de completa imperturbabilidad. Entonces se me ocurrió que, si alguna vez yo conseguía siquiera la mitad de aquella sangre fría, conquistaría el mundo.
Por supuesto, se lo dije a Sócrates y él respondió riéndose que la imperturbabilidad es buena, basta sólo con saber cómo utilizarla. En aquella ocasión consideré mejor no decirle cómo la utilizaría yo. Al día siguiente, los estrategas me concedieron un premio al valor, aunque todos sabían que era Sócrates quien lo merecía. Los hoplitas murmuraban que esto sucede cuando se es pariente de Pericles y de familia noble, y cosas por el estilo.
Entonces comprendí por primera vez que tenía una herencia, y que era más grande que yo, y que nunca llegaría a ser realmente libre si no me liberaba de ella.»