Timandra
Timandra
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Yo envidiaba su suerte y él, mi carencia de ella. Precisamente por eso nos dábamos el uno al otro lo que cada cual necesitaba.
Él quería olvidar junto a mí y yo, recordar a su lado.
*
Tenía mucho que olvidar. Hacía muy poco, al comienzo del otoño, había presenciado la derrota total de su ciudad sin poder hacer nada. La había visto venir, pero los atenienses lo habían mantenido apartado una vez más.
Lo que no sabía era que también lo habían condenado todos los demás. Se había quedado completamente solo.
Yo estaba en Atenas cuando las noticias de la desgracia de Egospotamós llegaron a la ciudad. De la gran flota, con ciento ochenta naves, únicamente diez se habían salvado y, entre ellas la Páralos, el trirreme más veloz. Los atenienses eran incapaces de verla acercarse a El Pireo sin sobrecogerse, porque la Páralos era una de las dos naves que utilizaban como correo. La otra era la Salaminia. Las dos naves eran muy hermosas, ligeras y rápidas.
Además, los remeros eran ciudadanos libres en lugar de esclavos.
Mientras duró la guerra, acostumbraba yo a mandar a un esclavo a que bajara al puerto. Uno se informa cada vez mejor en El Pireo que en Atenas.
De otra parte, Alcibíades me solía mandar recuerdos con algún remero o capitán de navío amigo suyo.
En secreto, me enviaba también costosos perfumes, hermosas telas y joyas de oro de lejanas ciudades del Helesponto, de Frigia, de Egipto o de Sicilia.
Una vez me envió un pequeñísimo y precioso estuche redondo, como una joya. Cuando lo abrí vi algunas gotas que brillaban. Pensé que sería la humedad del mar, pero el hombre que me lo había traído me dijo: «Es sudor de su frente».
Lo llevo siempre puesto, no me lo quito ni para dormir, brilla en el canalillo que forman mis pechos, como un segundo corazón.
Muchos me hacen preguntas sobre este dije y otros se quejan de que no valoro sus regalos y sólo me pongo este. Digo que es de mi padre. ¡Ojalá fuese cierto!
*
La derrota de Egospotamós supuso el final de la hegemonía ateniense en el mundo griego, algo de lo que todos los atenienses fueron conscientes y, por eso, pasaron despiertos y sin consuelo aquella noche en las Antesterias, en que la Páralos llegó a El Pireo con las tristes noticias.
Mi esclavo, por supuesto, estaba en el puerto y me lo refirió con todo lujo de detalles, algo que siempre ha sido importante para mí, de lo contrario no puedo comprender lo que sucede a mi alrededor. No comprendo los hechos, comprendo a las personas. Para sentir qué es el desierto necesito tener en mi mano un puñado de arena.
Era tarde cuando apareció la Páralos. Oscuridad, una noche sin luna y tempestad; una de aquellas repentinas tormentas que recuerdan el orgasmo de un adolescente. La Páralos no podía entrar en el puerto.
Nadie sabía qué noticias traía. De repente alguien gritó desde el barco:
«¡Atenas ha sido derrotada!».
Las noticias llegaron al arrabal de boca en boca. Los vigías de los Largos Muros las transmitieron en cadena y la oscuridad de la agitada noche se vio iluminada por trémulas antorchas, al tiempo que el grito de
«hemos sido vencidos» se iba acercando a la ciudad, y al escucharse en el ágora todos prorrumpieron en llantos y lamentos.
No lloraban sólo por sus maridos, sus hijos o hermanos; lloraban por ellos mismos, porque estaban seguros de que, ahora que no existía la flota para protegerlos, les aguardaba idéntico destino.
Aquella noche tomé la decisión de abandonar Atenas. Alcibíades me había enviado un mensaje con un remero: «Ven tan pronto como puedas. No sé dónde estaré, pero me encontrarás».
Lo encontré. En la modesta casita de campo en Frigia, lo encontré.
*
Poco a poco, supe todos los detalles sobre los sucesos de Egospotamós.
En primer lugar, por el remero que me trajo el mensaje de Alcibíades.
Durante todo el viaje, de Atenas a Tracia y luego a Frigia, recababa
informaciones de lugareños, de marineros, de rudos espartanos, que se distinguían de todos los demás por sus grandes bigotes.
Los atenienses habían cometido un error nefasto. Dejándose llevar por falsas acusaciones, le habían retirado el mando de la flota a Alcibíades, al tiempo que los espartanos nombraban almirante a Lisandro.
Lisandro ya había vencido a los atenienses en algunas escaramuzas cuando, según las leyes de Esparta, debía cesar en el mando. Los espartanos nombraban a los generales y a los almirantes sólo por un año y nadie tenía derecho a ser reelegido en el cargo. Pero con Lisandro hicieron una excepción. Y fue su salvación.
Alcibíades conocía bien a Lisandro. Lo había tratado durante el tiempo que vivió en Esparta. Aunque amigos nunca llegaron a ser por el hecho de que lo único que ambos ansiaban era encontrarse un día frente a frente, uno con su ejército, el otro con su escuadra.
Alcibíades admiraba la sangre fría, la sobriedad y la determinación del espartano:
—¡Sólo tiene una idea en mente: derrotar a Atenas! — me dijo una vez — . Eso es lo que dice, pero además de ese tiene otro: derrotar a Esparta.
Aunque de este no habla en absoluto.
No puedo saber lo que Lisandro sentía, pero cuesta poco adivinar que envidiaba el atractivo de Alcibíades, su inteligencia y su talento. Donde los demás veían una única solución, Alcibíades identificaba dos más.
Al fin llegó el día en que el mayor deseo de ambos se cumplió.
Alcibíades iba de éxito en éxito, pero con Lisandro no había conseguido ninguno, sencillamente porque este no tenía prisa, aguardaba su momento.
Durante un mes entero, Alcibíades estuvo costeando el litoral de Jonia, pero Lisandro no salía a mar abierto para combatir. Al fin, Alcibíades navegó rumbo a Focea, dejando tras de sí una parte de la flota al mando de Antíoco que, habitualmente, era capitán del trirreme de Alcibíades.
Las instrucciones dadas a Antíoco eran claras: en ningún caso debía enfrentarse a Lisandro. Su único deber era seguir sus movimientos e informar de ellos a Alcibíades. Pero Antíoco no pudo negarse a sí mismo la oportunidad de realizar una hazaña.
Todas las mañanas cogía algunos de los trirremes más veloces, navegaba hacia el puerto de los espartanos y los provocaba con insultos e
injurias: que no eran hombres; que sus mujeres eran unas fulanas; que no tenían una ley sobre la infidelidad conyugal, pese a que era tan frecuente; que todo el mundo veía el sexo de sus hijas, pues participaban desnudas en las competiciones como los muchachos; que su rey no sabía salir airoso en la cama, de modo que Alcibíades, pobre de él, se había visto obligado a dejar embarazada a la reina, a cuyo bastardo llamaban Leotíquidas, pero ella lo llamaba Alcibíades, y, en consecuencia, los cuernos de su rey eran tan grandes que no se atrevía a salir de caza porque se enredaba en los arbustos.
Pese a ello, los espartanos se retorcían los bigotes y no le daban importancia. Lisandro, después de algunos días, se aseguró de que Alcibíades se había marchado de verdad, de modo que, a la mañana siguiente, cuando Antíoco volvió a aparecer, la suerte ya estaba echada.
Lisandro irrumpió con toda la flota, no como para atacar, sino más bien como si se tratara de una maniobra de entrenamiento. Doce trirremes atenienses acudieron para apoyar a Antíoco, pero tanto estos como los tres que él tenía fueron capturados y sus tripulaciones, pasadas a cuchillo. Se dice que el espartano que degolló a Antíoco le dijo: «¡Esto le pasa a quien habla más de la cuenta!».
Ese fue el principio del fin, tanto para Atenas como para Alcibíades.
Una vez más se demostró que Alcibíades tenía fuerza, siempre que estuviera presente. Los atenienses no tenían buena memoria. Habían olvidado cómo lo habían recibido, con qué rapidez les había hecho recuperar el orgullo y la confianza en la victoria final, cuando algo semejante parecía casi imposible. Lo olvidaron todo y le quitaron el mando, única y exclusivamente porque un loco como Antíoco no cumplió sus órdenes.
Pero el final tardaría en llegar. Lisandro no se conformaría sólo con una pequeña victoria. Atenas aún no se había hincado de rodillas. Todo lo contrario. La flota ateniense había conseguido una de las más importantes victorias en las islas, en las Arginusas, Esparta estaba mucho más cerca de la derrota, pero tenía a Lisandro. Sin embargo, Atenas ya no tenía a Alcibíades. Y como dijo mi amigo el sofista Clearco, «mejor un león al mando de diez corderos que un cordero al mando de diez leones».
No me parece fácil comprender todos estos cambios del destino si no se ha tenido la desgracia de vivirlos. Clearco decía que la única forma de escapar del destino era vencerlo. Pero yo no estoy segura de que alguien pueda vencer a su destino. Lo único que puede hacer es escribirlo. La palabra es la única victoria auténtica y precisa.
Por esto, pues, voy a narrarlo todo.
En la humilde casita de campo en Frigia comenzó a hacer frío. Fuera se oyeron pasos de nuevo. El fuego de la chimenea estaba a punto de apagarse.
Vi que Alcibíades tiraba de la colcha hacia sí, en sueños, con manos fatigadas.
*
Era evidente que la casa había estado deshabitada durante mucho tiempo. Busqué algo con lo que avivar el fuego, pero no encontré nada. Me vi obligada a usar la espada de Alcibíades.
Andando de puntillas, me dirigí al rincón donde había dejado su armadura. La espada, el puñal — un recuerdo de su estancia en Esparta, porque sólo los espartanos lo utilizaban — , escudo, grebas, casco. Los miré y los remiré detenidamente, como si no los hubiera visto nunca.
Por un momento, tuve la impresión de que en aquella estancia tranquila las armas atraían hacia sí el tiempo, como la luz atrae diferentes insectos.
El escudo era dorado. Apoyado en la pared brillaba con un resplandor mate, reflejo a la vez del fuego y de su propio metal. Constreñido entre su propia luz y la ajena, me pareció que temblaba como algo vivo. Me acerqué y lo olí, igual que un animal olería a otro.
No confiaba en mis ojos. Quería apresar el olor del escudo en mis pulmones, sentirlo con la mano, oír lo que no veía y volver a mirar lo que había visto antes.
Nadie, ni siquiera yo misma, sabía nada sobre su escudo dorado. Fue una sorpresa para todos cuando lo lució por primera vez. Una sorpresa y un escándalo que sólo a él los atenienses podían perdonarle. Pero ¿por qué un escándalo? Sencillamente el escudo no se parecía a ningún otro. Alcibíades, al contrario que todos los demás, en lugar de elegir un lema y el emblema de su familia, había hecho que le cincelaran una imagen de Eros y Afrodita,
la diosa, y patrona mía, esta recostada en actitud indolente. Con una mano acaricia tiernamente el cuello de Eros y con la otra suelta sus propios cabellos. La expresión de su rostro, así inclinada sobre Eros, es reconcentrada, casi dura, y presagia el grito, ese grito definitivo del momento en que el placer ha llegado a un punto sin retorno; el grito sin el que el hombre no es hombre y la mujer no es mujer. Lo ves tras su mirada casi severa, bajo sus redondeados y prietos pechos, incluso en la curva de su vientre y en el montecillo de su sexo, que se eleva hacia el cuerpo adolescente de Eros. De su cuerpo irradia una energía contenida, como una gata que se prepara para saltar sobre algún obstáculo querido. El salto es como en broma, pero el obstáculo es real. ¿Y Eros? ¿Qué hace Eros? Sonríe vagamente, porque todo eso ya lo ha visto.
Pudimos ver este escudo, llenos de admiración, todos los atenienses reunidos aquel fatídico día de primavera en que Alcibíades partía para Sicilia con la más imponente fuerza militar que la ciudad podía reunir. Una expedición que se convirtió en una desgracia, con miles de muertos y de prisioneros atenienses, y que Alcibíades empezó como general y terminó como desertor.
Sin embargo, en aquella soleada mañana de hace diez años, en la que soplaba un viento favorable de tierra y los trirremes dejaban tras de sí la ensenada del Falero y se oían las órdenes de los capitanes de navío y las canciones de los marineros, cuando toda Atenas se encontraba reunida allí para despedir a sus hombres, de repente algo brilló a la luz del día con tanta intensidad que nuestros ojos se concentraron sobre aquel objeto, y vimos por primera vez el escudo dorado de Alcibíades, que recordaba cualquier cosa menos un arma de guerra. Por supuesto, algunos de los más viejos lo censuraban entre dientes, pero la mayoría aplaudía y las mujeres reían abiertamente, a pesar de que Alcibíades se llevaba a sus maridos para hacer realidad su sueño personal, el sueño de toda su existencia.
Algunos con muy buena vista se volvieron hacia donde estaba yo. La Afrodita del escudo se me parecía. Seguramente habría enviado mi retrato al orfebre, y una alegría mezclada de miedo se adueñó de mí. Temblaba con todo mi cuerpo y lloraba sin poder contenerme. Fui la única que lloró aquel día. Más tarde lo harían todos.
Pues bien, me encontraba de pie ante el escudo, lo miraba y me preguntaba si volverían momentos así. ¿Volvería a ser él de nuevo el centro de todas las miradas atenienses? ¿Volvería yo a verlo dejar a su espalda el puerto, como un sueño en pos de otro sueño?
En la sencilla casita de campo en Frigia, me resultaba difícil imaginarlo.
Me sorprendió lo mucho que pesaba la espada. A juzgar por la facilidad con la que la manejaban los hombres, jamás hubiera imaginado que fuese tan pesada. Sosteniéndola con las dos manos, empecé a avivar el fuego y de repente me quedé paralizada. Vi sobre ella dos manchas parduscas. ¿Qué otra cosa podía ser sino sangre?
Dejé la espada en su sitio y quise ir a la cama y acostarme junto al cuerpo desnudo de Alcibíades. Quería preguntarle cómo podía alguien golpear un cuerpo vivo, ¿cómo era posible ese gesto irrevocable?
Conocía todas las respuestas. Las había escuchado otras veces: en nombre de los dioses o en nombre de la patria o por la protección de las mujeres y de los niños y de las posesiones. Se mataba para no perder aquello que se poseía y para adquirir algo más. Degollabas para que no te degollaran.
Por supuesto, conocía todas sus respuestas. Cada vez que los atenienses debatían sobre una nueva guerra, se oían argumentos similares hasta que todos creían en ellos. Incluso yo los creía, aunque con ciertas reservas. Mi guerra se parecía más a un teatro: las hermosas armaduras, los caballos y los jinetes, las velas de las naves desplegadas.
Por primera vez, delante del fuego medio apagado comprendí lo absurdo que era todo aquello. Lo inhumano y vergonzoso que era.
Alcibíades dormía más tranquilo ahora. Veía su espalda desnuda y un escalofrío me recorría el cuerpo al pensar lo que una espada podía hacerle.
A fin de cuentas, las armaduras son un hermoso pretexto. Puedes imaginar que estás golpeando un casco y no una cabeza.
Mi amigo Clearco decía que lo único que diferencia al hombre de los animales es la risa. Esto es verdad, aunque en cierta ocasión tuve un papagayo que reía. Me lo había regalado un rico vejete de Marsalia que venía a mi casa única y exclusivamente para ver cómo me desvestía. Para todo lo demás, tenía un montón de esclavos y esclavas, me decía riéndose, y además «toda la magia está en los ojos», añadía en su extraño dialecto.
Es otra cosa lo que realmente diferencia al hombre de los animales.
El hombre puede fingir. Puede engañarse a sí mismo y a los demás; puede oír y ver sólo lo que quiere.
Los animales no pueden. Los animales sufren por cosas reales. El hombre sufre con independencia de la realidad.
*
No tiene ninguna importancia si la realidad existe o no. En última instancia, somos nosotros quienes decidimos. Nosotros hemos de hacer la elección entre decenas de episodios fortuitos para dar forma a nuestra contingencia.
Si no hubiera ido al discurso de Pericles quizá nunca me hubiera encontrado con Alcibíades. Si él no hubiera sido pariente de Pericles, posiblemente no habría estado a su lado y yo no lo habría visto. Si un único eslabón en esta cadena de episodios casuales hubiera sido diferente, puede que toda la cadena hubiera sido otra, o ni siquiera hubiera llegado a existir.
Pero ningún eslabón era diferente y la cadena había llegado a ser tan inevitable como frágil. Cada episodio adquiría sentido en relación con la cadena, pero la cadena adquiría su sentido por mí o, mejor dicho, adquiría su sentido con relación a mí. Mi conclusión era una paradoja, y nunca me han gustado los absurdos. Todos los embaucadores que conocí en Atenas
— y la ciudad estaba llena de ellos — eran hombres desgraciados cuya mayor dicha consistía en una pobre ironía: que el mundo no es como pensábamos que era.
En el mundo tal y como lo conocemos, Aquiles siempre alcanza a la tortuga. En el mundo de los charlatanes no la alcanza jamás. A decir verdad, la paradoja no cambia nada. Al final se alcanza a la tortuga.
Lo mismo sucede con el hombre. Y conmigo también. Al final llegué a la humilde casita de campo en Frigia con un amante cuyos días de gloria habían quedado atrás y con un amor que ya había visto sus mejores días.
¿Qué era, en definitiva, nuestro amor?
Avivaba el fuego con la pesada espada de Alcibíades, la veía brillar y no podía concentrarme en mis pensamientos. No veía más que fragmentos de
imágenes e instantes, y me daban ganas de llorar. No… No de llorar, sino de plañir por algo que no sabía qué era.
¡Cómo me hubiera gustado ser una niña pequeña aún!
*
No sin cierta satisfacción, veía acercarse la vejez. Sé que parece extraño; la gente cree que las mujeres como yo son coquetas, siempre dispuestas a engañarse a sí mismas y a los demás; que pretenden conservar la juventud tiñéndose el cabello y maquillándose hasta el último día de su vida. En pocas palabras, la gente cree que la vejez es la mayor catástrofe para nosotras y cuentan historias sobre heteras de edad madura que se deshicieron de todos los espejos de su casa, que rehuían incluso las aguas estancadas, cualquier superficie en la que pudieran verse reflejadas, sí, incluso los ojos de sus amantes.
Letó de Lesbos prohibía a sus amantes que la vieran. Sin embargo, ellos iban de todos los rincones del mundo a su casa, donde Letó, en una habitación en completa penumbra, los aguardaba con brazos y labios expertos. Ninguno tenía la más mínima queja. En la oscuridad, Letó era siempre como la imaginaban y, a fin de cuentas, cada hombre que va con una mujer lleva otra dentro, y es con esa con quien hace el amor. De lo contrario, ¿por qué cierran los ojos?
Alcibíades, en cambio, no cerraba los ojos. Y no sólo esto, sino que insistía en que los mantuviera abiertos también yo.
—Cuando cierras los ojos no sé quién soy — me dijo en cierta ocasión.
¡Por supuesto! Siempre quería saber quién era y siempre encontraba hombres que se lo recordaban. Pero quién era de verdad, sólo Sócrates se lo decía.
Comencé hablando sobre heteras maduras y he terminado en Alcibíades. Me pasa esto cada vez que me pongo a pensar. Empiezo por un tema y termino en otro diferente. Nunca he aprendido a reflexionar. Una vez, en broma, pregunté al geómetra Teodoro qué hacía cuando reflexionaba. Me miró fijamente un buen rato.
—Depende. Cuando quiero solucionar un problema, me duermo.
Cuando quiero encontrar un problema, me despierto.
Algo parecido decían de Sócrates. Sin saber por qué, algo lo atrapaba y se quedaba absorto. Cuando volvía en sí, se frotaba los ojos como si hubiera estado durmiendo. ¡Y era tan gracioso verlo…! Lo adoraba y, lógicamente, comprendía lo atado que estaba Alcibíades a él.
Lo que no comprendía todavía era que aquello por lo que se amaban sería el motivo de que, llegado el momento, se odiaran.
Los sofistas tenían razón. Todas las monedas tienen dos caras. Nosotros elegimos la moneda y los otros, su cara.
*
A medida que avanzaba la noche, el frío se hacía más intenso. Allá a lo lejos, distinguía hogueras y deducía que serían pastores que dormían a la intemperie. Por un momento deseé su libertad.
Siempre me ha gustado mirar el fuego, desde pequeña. Podía quedarme horas y horas sentada ante la chimenea con una extraña excitación que me obligaba a apretar las rodillas.
Me pregunto si no fueron aquellos momentos frente al fuego los que me convirtieron en la mujer que soy, mucho más que las lecciones de mi madre que se hacían cada vez más intensivas.
Las llamas me enseñaban el ritmo de las caricias, aquellas lenguas ardientes que aparecían y de pronto se ocultaban, reales e irreales a la vez, pero siempre presentes.
Y al fin, cuando las llamas abrazaban los leños por todos lados, tenía la sensación de una vaga victoria, algo que veía también en los ojos de mi madre. Aunque con ella nunca sabías; quizá también tenía sus ojos bajo control.
Sus ojos eran grandes, azules, algo muy poco corriente. Pero la distancia entre ellos era también inusualmente grande y te daba la impresión de que te veía por los dos lados a la vez. Nada se escapaba a su mirada, y más que nada, nadie.
Por la noche, cuando volvimos a casa después del discurso de Pericles en el que vi a Alcibíades por primera vez, escuché que le decía a su amigo, el sofista Protágoras, ya viejo:
—Ese joven tiene lo mejor que hay en nuestra ciudad: inteligencia, belleza y riqueza. Pero tiene además otra cosa que no había antes.
Protágoras le preguntó algo así como qué era esa cosa nueva, pero mi madre no supo responder, por lo que Protágoras, fiel a su costumbre, terminó la conversación con un sofisma:
—¡Sea lo que sea lo nuevo, no es él quien lo tiene sino nosotros, que se lo damos!
Mi madre se echó a reír sin decir nada y no hablaron más sobre este asunto. Todos sabían que cuando mi madre se echaba a reír significaba que debían cambiar de conversación.
*
Alcibíades era el tema recurrente del día, no sólo en nuestra casa sino también en todas las demás. Una anécdota sucedía a otra, y de no haber sido quien era, se habría asfixiado en su propia leyenda.
Ningún otro ateniense tenía los ojos del mundo sobre sí, como él, y yo me pregunto por qué. ¿Qué les daba que no les daban los demás?
La misma pregunta me hago con respecto a mí misma, ¿qué me daba que no me daba ningún otro? No lo sé. Podría enumerar todas sus cualidades como hombre y como amante, sin embargo, la respuesta no radica ahí.
Quizá Protágoras tuviese razón.
Lo que contaba era lo que le daba yo, lo que podía hacer por complacerlo, sin saberme obligada. Quizá lo nuevo que nos aportaba era que nos hacía jóvenes; pero no estoy segura. Cuanto más lo pienso, menos lo entiendo. El poder que un hombre ejerce sobre nosotros es tan incomprensible como real.
Tenía diez años cuando lo vi por primera vez; me cautivó de inmediato no sólo por ser quien era, sino también porque me hacía soñar. Imaginaba que vivíamos juntos, que era mi hermano, que yo no era una chica sino un muchacho, y que luchábamos y competíamos en la carrera; que lo frotaba con aceite después del baño.
Mi madre, en cambio, olvidaba a menudo que era una niña, pero esto se debía a que tenía prisa por convertirme en una mujer. Siguió viniendo todas las noches a mi habitación. Me enseñó cómo cepillarme el pelo, cómo mantener las rodillas juntas con elegancia y naturalidad, no como una solterona timorata.
Me enseñó a mantener el cuerpo erguido, pero como si quisiera acariciar el cielo, no como si me hubiera tragado una espada.
Al principio, me aburrían aquellas enseñanzas, pero luego terminaron siéndome imprescindibles. Me gustaba, por ejemplo, mirarla cuando me mostraba cómo debes cruzar una estancia sabiendo que todos te están mirando; o cuando quieres hacer que todos te miren. De repente, no era mi madre, sino una criatura mágica diferente con mil artes y señuelos.
Una noche no vino a mi cuarto. Entonces fui yo al suyo. La encontré delante del espejo, mirándose.
—¡Qué hermosa eres, madre! — dije.
—¡Cada día resulta más difícil! — respondió sin vacilar, como si tuviera la respuesta preparada desde hacía tiempo.
La alcoba olía muy bien y la luz de su lámpara era tenue y agradable.
Mi madre se quitó la túnica y por un instante se quedó de pie, desnuda ante la cama. Su cuerpo resplandecía.
—¿Seré yo tan hermosa algún día? — le pregunté.
Se echó a reír, pero no cambió de conversación.
—¡Mucho más hermosa! — dijo.
Así como estaba, de pie, no como si se hubiera quitado la túnica, sino como si hubiera emergido de la tela, me recordó a la diosa que nació del mar, tal y como me lo había contado mi maestro Midas. Aquella noche decidí que en lo sucesivo escucharía sus consejos.
*
No era corriente que las muchachas tuvieran un maestro. Pero yo no era una muchacha corriente, porque mi madre no era como las otras madres. No soñaba con verme casada con un rico comerciante que viniera a mi cama
única y exclusivamente para dormir, después de los banquetes con amigos y heteras.
—¡Mejor sin un hombre que con un marido! — la escuché decir una vez a un amigo suyo.
Su sueño era dejarme como una sucesora digna, y, sin Alcibíades, lo habría conseguido.
El amor me cambió la vida y más tarde acusaría a mi madre de que era cruel.
—¡Todos tenemos un corazón! — me respondió enfadada — . Eso no significa que lo tengamos en el mismo sitio. ¡Las mujeres tienen el corazón entre las piernas y ya es hora de que lo pongan en otra parte!
Probablemente para trasladarme de sitio el corazón contrató a Midas, un lidio de mirada apacible que había nacido esclavo, pero que con su inteligencia había conseguido obtener la libertad.
Su primer amo fue Artemón, un viejales cascarrabias y malhablado cuyas maldiciones hacían que los marineros de El Pireo enrojecieran como una puesta de sol. Pero, al mismo tiempo, era el más genial inventor de la época, y sus máquinas de guerra, como «el ariete» (carnero) y la «tortuga»
dieron a Pericles la posibilidad de derribar las murallas de Samos y someter la isla.
Midas había nacido en Clazómene, una ciudad pequeña pero rica, donde Artemón tenía su taller. Era menudo y enclenque, así que lo dejaban tranquilo. Se pasaba horas mirando embobado las obras de su amo. El anciano se percató de ello un día y le gritó:
—¡¿Qué miras, moco?! — le preguntó sin rodeos.
—No miro, amo. Examino.
—¿Y qué examinas, animal?
—Cómo hacerlas mejores.
Artemón se echó a reír, aunque ciertamente el pequeñajo había despertado su curiosidad, de modo que se lo llevó con él, y nunca se arrepintió de haberlo hecho, porque Midas en pocos años había aprendido el oficio y podía sustituirlo en todo.
Así lo encontró Pericles y se lo llevó a Atenas.
Esta era la historia de Midas y no puedo saber con seguridad si era cierta del todo, pero ¿por qué no voy a creerla?
En Atenas, Midas abandonó su antiguo oficio y se dedicó a formarse: retórica, Homero y artes musicales. Lo absorbía todo como una esponja y muy pronto también se convirtió, como un verdadero ateniense, en el mejor flautista de su época.
Era afortunado. Todas las mañanas, cuando despertaba, su primer pensamiento era qué le enseñaría ese nuevo día.
Pericles le confió a sus hijos, que no eran demasiado inteligentes, como me confesó Midas en secreto, lo que significaba que eran bastante lerdos.
Durante un tiempo también Alcibíades fue su alumno, y me decía que este odiaba la flauta porque deformaba el rostro.
—Que toquen la flauta los tebanos. De todos modos, no pueden ser más feos. Pero nosotros somos atenienses. Atenea tiró la flauta y Apolo despellejó vivo a aquel idiota, a Marsias, que quiso competir con él — decía Alcibíades, y todos los jóvenes de Atenas lo escuchaban como a un dios y ninguno iba a clase de flauta.
Pero en el fondo, ¿qué era lo que le importaba tanto? ¿Que se ponía feo?
No. Lo que no soportaba era que con la flauta en la boca no podía hablar.
«¡Con la lira no se me tapona la boca, la flauta me deja mudo!», decía.
Y mudo no podía estar, aunque Midas lo provocaba diciéndole que sólo los malos flautistas se sienten mudos; los buenos hablan con el instrumento y lo hacen mejor que el mejor orador.
No lograban ponerse de acuerdo, pero ¿cómo iban a conseguirlo?
Oriente es Oriente y Occidente, Occidente.
Ahora que lo pienso, veo que el uno requiere al otro y a la vez lo excluye. No se puede vivir con las dos caras de la moneda.
*
Midas se convirtió en mi maestro y no creo que tuviese nunca un alumno mejor que yo. Tenía ganas de aprender; tenía curiosidad y con toda probabilidad tampoco era demasiado torpe.
Además, me caía bien. Me gustaba su voz suave y la forma en que hablaba, con un acento un tanto particular, y a la vez con cierta tensión, por miedo a cometer un fallo. Me gustaban sus manos finas, y muy pronto comencé a imaginármelas sobre mi cuerpo, que se despertaba, se abría y se volvía más profundo.
No sé cómo expresarlo mejor, pero era exactamente así como lo sentía, como si me sumergiera en el interior de mi propio cuerpo.
Midas me instruía en todo: música, danza, retórica, matemáticas y filosofía. La retórica no me interesaba especialmente, pues nunca he comprendido qué sentido tiene convencer a otros de cosas en las que tú no crees, y menos aún de cosas en las que crees.
El gran modelo era Gorgias de Sicilia, que podía hacer de lo blanco, negro y de lo negro, blanco. Midas protestaba. Lo único que sostenía Gorgias era que no existe nada y, si algo existiera, no lo sabríamos, y si lo supiéramos, no podríamos transmitírselo a los demás.
Confieso que yo no sabía qué decir, pero a Alcibíades no le faltaban respuestas. De pronto le dio un puñetazo a Midas, que se quedó perplejo y le preguntó si se había vuelto loco.
—No — dijo Alcibíades — . Simplemente estoy aplicando la teoría de Gorgias. Ni tu rostro existe, ni mi puñetazo. Y si existieran no lo sabríamos.
Y si lo supiéramos no podríamos decírnoslo el uno al otro.
Tenía trece años en aquel tiempo y había hecho reír a toda Atenas. A partir de entonces, Midas fue mucho más cauto cuando explicaba las teorías de Gorgias a los amigos de Alcibíades, que lo imitaban en todo.
Aunque tampoco Midas creía en la teoría de Gorgias. Midas era un pitagórico irreductible. Cuando le pedí que me explicara qué significaba eso me dijo que todavía no era el momento, que antes tenía que aprender más matemáticas.
Me gustaban las matemáticas, cosa que le parecía extraño. No entendía qué interés podían tener para una muchacha joven. Tampoco yo lo sabía, simplemente me gustaba jugar con los números, un juego sin fin, y me preguntaba a mí misma cuál era el número más grande del mundo y Midas me decía que no existía tal número, que en cada número hay otro más grande. Un día no pude más y le dije:
—Si la cosa más grande que existe son los números, entonces los números son dioses.
—Algo así dice Pitágoras — fue su respuesta.
*
Sé que mi mente va de aquí para allá, en lugar de concentrarme en nuestra situación. Pero no puedo. No he terminado de pensar algo e inmediatamente estoy pensando en otra cosa.
¿No es la vida también algo así? ¿Quién sabe lo que es importante y lo que es banal?
¿Quién puede separar su destino del destino de los demás?
Hay momentos en los que mi mayor deseo es hacer un resumen general; contar la historia en cuatro palabras, aunque todos los resúmenes me perecen engañosos, como sueños de mañana.
Así, pues, nada de resúmenes. Se los dejo a los otros, y sé más o menos lo que dirán:
«Timandra, hija de Teodoti. Las dos, heteras muy conocidas. Se relacionaban con filósofos, artistas, estrategas. Timandra estaba enamorada de Alcibíades. No se sabe dónde murió.»
Me preocuparé personalmente de que no sepan el lugar de mi muerte, y les dejaré que hagan todos los resúmenes que quieran. Yo no hago un resumen. No hay razón para rebajarme a una nota, aunque sepa que no soy más que un pequeñísimo capítulo en la historia.
La vida requiere paciencia. Lo mismo requiere nuestra historia.
Nuestra vida fue una peripecia. Espero que el relato también lo sea.
*
Durante un tiempo fui muy feliz con la idea de que existía un número que era más grande que todos los números que podía concebir. Había seguridad en esa idea que guardaba sólo para mí, como un secreto, y comencé a sonreír como sonríen los hombres con secretos felices.
Mi madre y Midas explicaban mi cambio de forma diferente… Creían que había comenzado a convertirme en una mujer, y mi madre, a menudo, mencionaba que muy pronto tendría mi primera regla y que no debía asustarme.
En realidad, no tenía miedo alguno y, sin embargo, el día en que llegó la sangre me aterroricé. Fue una tarde al final del verano. Hacía mucho calor.
Tenía clase de danza, pero todo mi cuerpo estaba pesado y no tenía ninguna gana de bailar, y Midas en vano intentaba ocultar su decepción. De repente, dijo:
—¡Baila desnuda!
Su voz era carrasposa y lo miré con perplejidad; aún era una niña. Me miró también él.
—¡Baila desnuda! — repitió.
Lentamente, del mismo modo que había visto a mi madre hacerlo, dejé caer al suelo mi fina capa. Midas cogió la flauta y pegó sus labios a ella como si la besara. Comenzó a tocar una melodía en ritmo lidio, con muchas repeticiones. Sus ojos estaban clavados en mí y no podía esquivarlos.
Comencé a bailar, y tenía la sensación de que estaba bailando en el interior de sus ojos, me sentía cada vez más ligera; mis caderas, sí, mis caderas, se contoneaban como si fueran autónomas. Mis pezones se endurecían y todo mi cuerpo se dejaba llevar al ritmo de la flauta, pero también de otro ritmo diferente que procedía de mi interior. Era un ritmo nuevo, inesperado, que me arrastraba como un remolino.
Lo único que me sujetaba a la tierra eran los ojos negros de Midas, de otro modo me habría evaporado como la escarcha de la mañana.
A mi alrededor, el aroma de las pasas madurando al sol, los preparativos para la cena, el salitre del mar, que una suave brisa traía del Falero. Y yo bailaba y bailaba, hasta que caí en el suelo, agotada, y sólo entonces, aparté mis ojos de los ojos de Midas.
La sangre llegó un instante después.
Midas me cubrió con su capa, acarició suavemente mis cabellos y salió de la habitación.
*
Midas y yo no volvimos a hablar de aquella tarde. Sin embargo, mi madre, a la que le gustaban los gestos dramáticos, no perdió la ocasión.
Vino a mi habitación con seis pañitos blancos con mi nombre bordado sobre cada uno de ellos con letras muy pequeñas, como si fueran algo secreto.
Me los dio diciéndome con voz solemne y algo apesadumbrada:
—Ahora ya eres una mujer, ¿sabes lo que esto significa?
No, no lo sabía. Me explicó que a partir de ese momento podría quedarme embarazada y que debía tener cuidado.
—¿Tener cuidado con qué?
—¿Sabes bien lo que hacen un hombre y una mujer juntos?
—Beben y hablan — dije.
Mi madre me sonrió.
—Eso también, por supuesto. Pero, después, cuando van y se acuestan juntos.
—Me lo ha dicho Roxana.
—¿Qué te ha dicho?
—Que se frotan el uno con el otro y luego la mujer tiene un niño.
Mi madre se echó a reír de nuevo.
—Lavarás estos pañitos siempre tú misma con agua muy caliente. No permitas que nadie los vea, ni siquiera tu esclava de más confianza. Te los cambiarás dos veces al día, cuando tengan sangre. Después los guardarás.
Sólo tú sabrás dónde están. Nunca se lo digas a nadie. ¡Ni siquiera a mí!
Prometí seguir sus instrucciones y he mantenido mi promesa. Aún tengo los mismos pañitos, sólo que sé mejor lo que sucede en la cama. Me llevó tiempo aprenderlo, hasta que mi cuerpo, que de un día para otro se había convertido en una fuente ensangrentada, encontró satisfacción y luego placer.
Las clases con Midas siguieron como siempre. A menudo dábamos largos paseos hasta el Himeto, que al comienzo del verano olía muy bien.
Midas me mostraba las flores, los arbustos, los árboles y aprendía sus nombres.
Pino, laurel, almendro, olivo, higuera, cactus. Los cactus me gustaban mucho, sobre todo uno que llamaban «inmortal».
Me gustaba aprender nombres diferentes. Me daba cierta sensación de poder. Me gustaba vivir en un mundo donde cada cosa tenía su nombre y podía nombrarla.
*
En uno de aquellos paseos me encontré de nuevo con Alcibíades. Era verano, hacía calor y nos habíamos alejado de la ciudad siguiendo el Iliso, que en esa época apenas llevaba agua, salvo para mojarte los pies y refrescarte. Íbamos al pequeño templo de Ártemis quien, según el mito, acostumbraba a cazar en estos parajes.
Midas era completamente indiferente a los dioses olímpicos, al menos en lo que respecta a su divinidad. Tenía su propia religión y con frecuencia hablábamos sobre ella. Como he dicho antes, Midas era pitagórico y vivía de acuerdo con los preceptos de su creencia.
He olvidado la mayoría de ellos. Recuerdo alguno porque eran sencillos y disparatados a la vez. Los pitagóricos, por ejemplo, no comían habas. No podían coger del suelo algo que hubiese caído. No estaba permitido dejar a una golondrina construir un nido debajo del techo de sus casas, ni mirarse en el espejo con una lámpara encendida al lado.
Tenían preceptos incluso para hacer la cama. Las sábanas debían estar bien estiradas de modo que no se viera ninguna huella de quien había dormido.
Creían también que el alma es inmortal y que va de una existencia a otra, de tal manera que Midas muy bien podría haber sido un sátrapa o un arquero escita en una vida anterior.
Los pitagóricos dividían a la humanidad en tres categorías. La categoría más baja era la de los mercaderes; después, todos los que compiten entre sí por el poder y la fama, y, por encima de todos, aquellos a quienes les basta con observar a todos los demás.
Midas, por supuesto, pensaba que pertenecía a la categoría más alta, y yo lo provocaba diciendo que no era tan difícil, bastaba con no hacer nada.
—Pero eso es lo más difícil de todo — me respondía y yo me reía con aquella respuesta. Ahora, sin embargo, no estoy tan segura.
Pues, bien, a Midas no le interesaban nuestros dioses olímpicos y nuestras diosas, sólo le gustaban sus mitos y los contaba tan bien que no me cansaba de escucharlo.
Caminábamos lentamente porque hacía calor y de cuando en cuando me acercaba al río y me mojaba los pies. De repente, oímos una voz algo quebrada:
—¡Eh, muchacha! ¿Quién eres? ¿La ninfa o su amiga?
Me volví para ver de dónde venía la voz, y lo mismo hizo Midas. Yo me puse muy contenta, pero él, no. En la orilla de enfrente, debajo de un enorme plátano estaban tumbados en la hierba cinco o seis hombres jóvenes y, entre ellos, Sócrates con su calva.
A su lado estaba Alcibíades, que sonreía con todo su rostro, y comprendí que era él quien había gritado. Nos hizo una señal para que fuéramos a donde estaban. Midas, que era responsable de mí, no quería, por lo que Alcibíades se dirigió directamente a él:
—¡Eh, Midas, tráenos a esa hermosa muchacha para que la veamos, Bóreas está muerto!
Midas farfulló algo que no oí y accedió. En realidad, lo que más deseaba era encontrarse en presencia del filósofo y sus discípulos.
—¿Qué le digo? ¿Soy la ninfa o su amiga? — le pregunté.
Midas me miró con esa serena mirada suya, pero no respondió. Nada más llegar, Alcibíades se puso de pie cediéndonos su sitio a Midas y a mí.
Me cogió de la mano y me llevó hasta Sócrates, que estaba absorto, con los pies metidos en el agua de un pequeño manantial.
—Y bien, ¿quién eres tú? — me preguntó tranquilamente.
—Me llamo Timandra y soy hija de Teodoti.
—¡Por fin alguien que sabe quién es! — dijo Alcibíades, y los demás soltaron una carcajada. No entendí por qué, pero no me preocupaba.
Un joven con un papiro en la mano, que sostenía como si fuese algo vivo, tomó la palabra.
—Sócrates no cree en ninfas ni en sátiros — dijo con cierta seriedad y yo pegué la oreja.
—Todo lo contrario — respondió Sócrates — . No sólo creo en ellos, sino también en lo que cree la gente. Sólo que no intento explicarlo, como otros,
y hacerlo comprensible. Porque para explicar un mito tienes que hacer referencia a otro y, al final, te encuentras con un montón de ninfas, caballos alados, peces con forma humana y hombres con forma de pez. Y todo esto lleva tiempo y yo prefiero dejar este trabajo a los sofistas, que piensan en ganar dinero y que están obligados a hacer más entretenidas sus reflexiones para que resulten más rentables. La verdad es simple y aburrida excepto para quienes la ven.
Cuando hablaba Sócrates se hacía un silencio absoluto. En cuanto terminó, Alcibíades dio un respingo, como si le hubiese picado una mosca.
—¡La verdad! ¡Y dale con la verdad! La única verdad que existe es la que los fuertes imponen a los débiles.
—Y tú, Alcibíades, hijo de Clinias, por supuesto estás decidido a ser el más fuerte de todos — dijo Sócrates con frialdad.
—Pero no hemos venido aquí a pelearnos — dijo el joven del papiro — .
Aquí tenemos el tratado de Lisias sobre los efectos perniciosos del amor.
Sobre esto debemos discutir.
De nuevo todos se echaron a reír, excepto Midas y yo.
—¡Lisias es una vieja solterona! — refunfuñó Alcibíades — . Quiere el amor, pero no su coste. Mejor, dice, estar con alguien que no te ama demasiado a estar con alguien que está locamente enamorado de ti, porque tarde o temprano tendrás problemas. ¡Mejor fingir que se está enamorado a estarlo de verdad! ¡Sandeces!
Escuchaba lo que decía, pero no entendía nada. El joven del papiro se había puesto rojo de rabia.
—¡Siempre simplificas las cosas, Alcibíades! ¿Qué dices tú, Sócrates?
Sócrates no parecía estar muy interesado.
—Yo digo que preguntemos a esta joven para que nos diga su opinión
— dijo.
—Pero todavía es una niña — medió Midas.
—Los niños y los borrachos son los que dicen la verdad — me susurró al oído Alcibíades, y su cálido aliento me acarició el cuello.
—No sé — dije yo.
—La respuesta ideal — dijo Sócrates. Y dio por terminada la conversación.
Midas se puso en pie, era la hora de regresar a casa. También yo me levanté, pero antes quería un poco de agua y coloqué las palmas de mis manos bajo el manantial y, al inclinarme para beber, contemplé mi rostro y me quedé perpleja.
Resplandecía toda yo. Estaba feliz, muy feliz.
Cogimos un sendero entre lentiscos que despedían un agradable perfume. Pasado un trecho, miré atrás para ver de nuevo el plátano, el manantial, el grupo. Sólo distinguí a Alcibíades que, ya de pie, nos decía adiós con la mano.
También yo lo saludé con el mismo gesto.
*
Esa fue nuestra primera despedida. Se sucederían otras, pero en aquel instante me importaba más lo que había pasado que lo que pasara en el futuro.
El sol había comenzado a descender y el calor ahora venía de abajo, de la tierra y de las piedras. Las chicharras, las ranas y los pájaros estaban tranquilos, como si aguardaran algo.
—Se acerca una tormenta — dijo Midas — . Hemos de darnos prisa.
Yo no tenía ningunas ganas de prisas. Caminaba detrás de él con paso lento y en aquel momento no me importaba la tormenta que mi maestro temía. Tenía otra tempestad dentro de mí, un torbellino que hacía que mi corazón latiese como si hubiese echado una carrera. Antes que nada, tenía que tranquilizarme.