Todo está tranquilo

Mary Higgins Clark · Capítulo 3 de 44

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Todo está tranquilo

Capítulo 2

Alvirah y Willy Meehan acababan de salir del hotel Pierre de Nueva York, donde se había celebrado una cena para recaudar fondos destinados a una de las obras de caridad preferidas de Alvirah. La mujer había estado tan ocupada hablando con todo aquel que se detenía junto a su mesa para saludarlos que apenas había probado bocado. Willy, quien había acabado dando cuenta de los platos de ambos, no veía la hora de volver a casa. Ya eran casi las once y el cóctel había empezado a las seis. Incluso el maestro de ceremonias del evento parecía un poco cansado cuando acabó de leer los números del sorteo y agradeció su asistencia a los presentes.

Aunque la distancia a pie hasta el apartamento no era demasiado larga, Willy llamó a un taxi. La noche era fría y Alvirah llevaba tacones altos. Además, tenían que madrugar para asistir a un festejo navideño en New Hampshire con sus amigos íntimos, la detective privada Regan Reilly, su marido, Jack, jefe de la Brigada de Casos Principales del Departamento de Policía de Nueva York, y los padres de Regan, la escritora de novelas de suspense Nora Regan Reilly y su marido, Luke, quien dirigía una funeraria. Willy iba a darle las señas al taxista cuando Alvirah le tiró de la manga. Sabía exactamente qué quería su mujer: estaba hambrienta. El hombre, complaciente como siempre, en vez de indicar al conductor el doscientos once de Central Park South, le dio la dirección de una cafetería que no cerraba por la noche y a la que solían ir en ocasiones como aquella.

—A Leo’s, entre la Cuarenta y cinco y Broadway.

Alvirah suspiró satisfecha.

—Ay, Willy, ya sé que estás muy cansado, pero me muero de hambre. Solo pediré la deliciosa minestrone de Leo, un sándwich de queso al grill y luego dormiré como un bebé.

No habría sido propio de Willy contestarle que siempre dormía como un bebé independientemente de lo mucho o poco que hubiera comido antes. Sin embargo, era consciente de que esa noche su mujer apenas había tenido oportunidad de probar bocado. A veces, pensaba que Alvirah trabajaba más ahora que cuando limpiaba casas y él se dedicaba a reparar tuberías con escapes. Unos años atrás, con sesenta y pocos años, habían ganado cuarenta millones de dólares a la lotería. Ahora Alvirah escribía una columna para The Globe de Nueva York, colaboraba con varias asociaciones benéficas y era la fundadora del Grupo de Apoyo a los Ganadores de Lotería, pero sobre todo había agudizado el olfato y olía los problemas de la gente a kilómetros de distancia. Algo de lo que él podría prescindir.

Por culpa del trabajo de detective amateur de Alvirah, a su mujer le habían inyectado veneno, había tenido que saltar por la borda de un crucero para escapar de las balas y habían estado a punto de asfixiarla.

«Es un milagro que no sufra trastorno de estrés postraumático», pensó Willy cuando el taxi puso rumbo hacia Leo’s.

—No tardaré nada, cariño —prometió Alvirah cuando Willy pagó la carrera—. Si quieres, nos sentamos a la barra.

Una vez en el interior, les golpeó en la cara el fuerte olor a líquido de limpieza que un empleado desganado estaba esparciendo por el suelo. Una señal amarilla rezaba:

«PRECAUCIÓN. SUELO MOJADO».

—¡Por favor! —Gruñó Alvirah. Se volvió hacia Willy, quien estaba a punto de tomar asiento—. Creía que ya no se usaba esa especie de porquería que escuece los ojos. Hay pocas cosas en este mundo que me quiten el apetito, pero el olor de esa cosa es una de ellas. Vámonos de aquí.

Willy se animó de inmediato. Estaba ansioso por llegar a casa. Ya se veía metiéndose bajo las sábanas y recostándose sobre la almohada en su enorme y cómoda cama. En ese momento, Leo salió de la cocina y Willy lo saludó con la mano.

—No nos quedamos.

—Leo, ¿qué clase de insecticida le has echado a ese cubo? —preguntó Alvirah.

—Es bastante desagradable —admitió Leo—. El nuevo proveedor me convenció. Se supone que mata todo bicho viviente.

—Siento decírtelo, Leo, pero a quien está matando es a mí —dijo Alvirah, dirigiéndose hacia la salida.

Sin embargo, no había dado ni tres pasos cuando empezó a resbalar sobre el suelo húmedo. Willy se lanzó hacia delante para intentar cogerla a tiempo, aunque inútilmente. Alvirah consiguió mantener el equilibrio apoyándose en un taburete, pero se proyectó con el cuerpo hacia delante y se golpeó la cabeza contra la encimera de formica.

Una hora después se encontraban en la sala de urgencias del Saint Luke’s Hospital, esperando a que un cirujano plástico le echara un vistazo al corte que tenía sobre la ceja izquierda.

—Señora Meehan, es usted una mujer dura —le había dicho un admirado y joven interno después de examinar la placa de rayos X—. No hay contusión y la tensión es normal. Enseguida vendrá el cirujano plástico y la dejará como nueva.

—Quiero referencias —dijo Alvirah, enarcando la ceja intacta—. Esta noche he visto suficientes rostros inexpresivos para saber que hay por lo menos un cirujano plástico pésimo suelto por la ciudad.

—No se preocupe, el doctor Freize es el mejor.

Tal vez el doctor Freize lo fuera, pero sus palabras, dichas con la mejor de las intenciones, no le sentaron demasiado bien a Alvirah. Estaba el cirujano acabando de coserle la herida cuando dijo con gran delicadeza:

—Ahora quiero que se vaya a casa y descanse tranquilamente el fin de semana.

Alvirah abrió los ojos como platos.

—Mañana por la mañana nos vamos a New Hampshire, a una Fiesta de la Alegría. No quiero perdérmelo.

—Ya me lo imagino —contestó el doctor Freize—, pero tenga en cuenta que ya tiene una edad.

Alvirah acusó el golpe.

—No hago más que decirle que ya no somos unos críos —intentó bromear Willy.

—Pues no —convino el médico—. Háganme caso, quédense en casa.