Todo esto te daré

Dolores Redondo · Capítulo 6 de 48

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Todo esto te daré

El factor vulnerable

 

Tenía treinta y siete años y seis novelas publicadas cuando conoció a Álvaro. Promocionaba Lo entregado al no y, durante los tres fines de semana de la Feria del Libro de Madrid, que se prolongaba desde finales de mayo hasta mediados de junio, estuvo firmando ejemplares.

La primera vez que le vio ni siquiera se fijó en él. Le firmó el libro un sábado por la mañana y cuando por la tarde regresó y Manuel abrió por la página donde tenía por costumbre poner su dedicatoria sonrió sorprendido.

—Pero si ya te lo he firmado…

El joven sonrió también sin decir nada, y Manuel reparó por primera vez en él. Pensó que aparentaba menos de treinta, el pelo castaño le caía ladeado sobre los ojos grandes, brillantes, de chico listo. La sonrisa pequeña, educada, el gesto prudente. Le tendió la mano sólo para sentir la suya, firme y morena, y quedó atrapado en el modo en que musitaba un «gracias» que se dibujó en su boca húmeda y apenas en su voz, que se perdió entre el barullo de la megafonía de la feria y los otros lectores que le apremiaban a avanzar. Cuando regresó el domingo por la mañana le miró sorprendido aunque no dijo nada, pero cuando por la tarde volvió a dejar el libro frente a él la sorpresa inicial se tornó en sospecha. Debía de tratarse de una broma, una cámara oculta con el propósito de reírse de él. Firmó el libro muy serio y se lo tendió escrutando en su mirada para hallar la señal de la burla.

Mañana y tarde cambiaba de puesto de firma bajo el auspicio de distintas librerías, y en cada una Álvaro volvió a visitarle con su libro bajo el brazo. En cada ocasión el humor de Manuel experimentaba cambios que iban de la sorpresa inicial a la sospecha, de la curiosidad a la diversión del juego que le mantenía en vilo, esperando a la vez que regresase y que no lo hiciese más. Transcurrió lenta la semana en la que en más de una ocasión se sorprendió pensando en el insistente afán de aquel lector, pero para el siguiente sábado había olvidado el percance y cuando le vio de nuevo frente a él quedó mentalmente aturdido.

—¿Por qué? —acertó a preguntar mientras sostenía el libro que le tendía.

—Porque quiero que me lo firmes —contestó como si fuera obvio.

—Pero ya te lo he firmado —dijo confuso—, ésta es la quinta vez…

Álvaro se inclinó hacia él para evitar que los que esperaban en la cola pudieran oírle. Sintió cómo los labios de aquel chico le rozaban levemente el pelo.

—Soy yo —dijo—, por eso a mí tendrás que firmármelo una vez más.

Manuel se separó, turbado, y le observó el rostro tratando de recordar cuándo se habían conocido.

—¿Tú? —preguntó desconcertado mientras leía su nombre de nuevo—. ¿Álvaro?

Él asintió sonriendo y se alejó tranquilamente.

Manuel no era ningún monje. Su decisión de no dejar que nadie fuera tan importante como para que le doliera no era estorbo para tener relaciones, amigos de ida y vuelta, gente que jamás se quedaba a dormir, que jamás se quedaría a vivir. Al día siguiente junto a su firma escribió su número de teléfono.

Pasó toda la semana esperando la llamada que no llegó. Mientras, todo tipo de teorías se mezclaban entre las posibilidades; que de algún modo se hubiera sentido ofendido, que ni siquiera mirase las dedicatorias que le escribía cada vez que acudía a las firmas, que como parte del juego cerrara el libro sin siquiera prestarle atención.

Sin conseguir sacarlo ni un momento de su mente aguardó ansioso la llegada del sábado. Comenzó a las doce una firma que duraría hasta las dos, los lectores se iban sucediendo ante él, uno tras otro, escribía dedicatorias o posaba para fotos que nunca llegaría a ver y esperaba… A última hora de la mañana levantó la mirada y le vio en la fila. Su corazón casi perdió un latido. Cuando Álvaro llegó hasta él, Manuel apenas podía disimular su inquietud. Había decidido ya que iba a decirle algo, a proponer un café o una cerveza tras la firma, allí mismo, en uno de los atestados bares del caluroso recinto de la feria, pero cuando Álvaro estuvo a su lado apenas podía disimular su nerviosismo y en lugar de hablarle se quedó mirándolo. Álvaro llevaba una camisa blanca que había remangado hasta la mitad del antebrazo, haciendo resaltar más aún el bronceado de su piel y la fortaleza de sus brazos. Tomó el libro que le tendía y torpemente buscó la siguiente página en la que escribir una nueva dedicatoria. Reparó entonces en la nota de su teléfono y en la caligrafía firme y segura de Álvaro, que bajo la sucesión de números había escrito «Aún no».

Sin preocuparse por que alguien pudiera oírle buscó sus ojos y preguntó desesperado:

—¿Cuándo?

Álvaro esperó en silencio sosteniéndole la mirada hasta que Manuel, vencido, la bajó, garrapateó una firma y le tendió el libro, desencantado y un poco enfadado.

Le gustaban los juegos tanto como a cualquiera, la seducción aplazada tenía una esencia de taoísmo, de placer en reserva, que le atraía de un modo extraordinario. Pero la actitud de Álvaro le desconcertaba. No había en su proceder avance alguno. Cada mañana, cada tarde, se limitaba a guardar cola, esperar paciente como cualquier otro lector para llegar hasta él con el único objetivo de obtener una firma.

Decidido a no seguirle el juego, el resto del fin de semana se limitó a estampar su rúbrica cada vez en una página distinta y a tenderle el libro con la misma amabilidad de la primera vez, con la misma sonrisa que tenía para cada lector, sin dejarse enredar en su juego. Al final de aquel domingo ya había decidido que sólo era una especie de acosador, un fan loco o un coleccionista de autógrafos.

El último fin de semana casi alcanzaba mediados de junio, la avenida central del parque del Retiro se derretía bajo los pies de los visitantes, que no cesaban. Firmó toda la mañana y toda la tarde del sábado sin que Álvaro apareciera. Cuando al final de la mañana del domingo estuvo seguro de que tampoco vendría, una oscura sensación de vacío comenzó a crecer en su estómago. La editorial había organizado una comida de despedida en un restaurante cercano al parque, y Manuel apenas pudo probar bocado mientras trataba de seguir las conversaciones que en su mayor parte eran anécdotas de las firmas de los otros escritores. La responsable de prensa se le acercó al final de la comida.

—Manuel, tienes mala cara, ¿estás demasiado cansado? Has firmado todos los fines de semana. —Sacando un inmenso pliego de papel consultó—: Te toca firmar en la librería Lee. Si te encuentras mal, te disculparé, son muy majos y lo entenderán, es tu última firma y ya sólo quedan los rezagados.

Acudió a la firma. El calor de la tarde de junio aplastaba las casetas metálicas. Los libreros dejaban las puertas traseras abiertas en un intento infructuoso de crear alguna corriente que permitiera respirar. Pero el calor no parecía afectar a los visitantes de la feria, que, como una gran criatura viva, reptaban entre las casetas arrastrando su algarabía y su calor. A las ocho parecía que el parque explotaría de gente y a las nueve apenas quedaba nadie. La gente fue de pronto sustituida por montones de operarios que desmontaban los bares y cargaban las máquinas expendedoras en las traseras abiertas de camiones y furgonetas. A diferencia de los demás días, los libreros no habían bajado las persianas de sus puestos y alrededor se apilaban docenas de cajas de cartón en las que se afanaban en recoger la que había sido una extensión de su tienda mientras había durado la feria.

Se rezagó despidiéndose de sus anfitriones, felicitándose por la buena marcha de la feria, que por tercer año consecutivo batía sus marcas de ventas… Después ya no le quedaron excusas para continuar allí. Salió de entre las casetas y buscó el banco más cercano desde donde pudiera seguir contemplando el pasillo central y la actividad de los que desmontaban los puestos.

Álvaro se sentó a su lado.

—Temí no llegar a tiempo —se disculpó sonriendo—. Es una suerte que todavía estés aquí.

El corazón le latía tan fuerte que sintió la sangre agolpada en su cuello y no estuvo seguro de si la voz le saldría.

—Espero a mi jefa de prensa —mintió.

Álvaro se ladeó para mirarle a los ojos.

—Manuel, tu jefa de prensa se ha ido hace rato, me crucé con ella y con un grupo de autores que salían del parque cuando yo llegaba.

Manuel asintió lentamente y sonrió.

—Es cierto.

—¿Y la verdad es…? —Sus ojos conservaban toda la frescura del chaval que había sido, del reto y la seguridad de un chico cuya mirada reconocería muchos años después en una foto.

—La verdad es que esperaba volver a verte —admitió.

—¿Me lo firmas? —dijo tendiéndole de nuevo el libro.

Manuel le miró sonriendo. Ya estaba. ¿Qué propósito tenía aquello? Se lo preguntó.

—Tendrás que seguir firmándomelo hasta que vuelvas a escribir otro como éste.