Todos los veranos terminan
Capítulo 2
2
Si hay una cosa por la que se conoce la campiña irlandesa es por esos pueblecitos en los que nunca pasa nada. Bueno, de cara al público. La realidad del país es muy diferente a lo que se ve en las noticias o a lo que las agencias turísticas presentan.
Tampoco es algo de lo que nadie se queje en demasía. Al fin y al cabo, prácticamente ningún turista sale de las rutas más visitadas. Si cogiéramos ahora mismo a los últimos mil visitantes que han pasado una semana en la isla y los pusiéramos delante de un mapa para que reconocieran más de tres ciudades, el 90 por ciento no podría nombrar nada más allá de Dublín, Galway y los acantilados de Moher.
Este fenómeno es algo en lo que se ha trabajado durante décadas. No importa lo mucho que la isla necesite revitalizar los pueblos de las regiones centrales, para el Gobierno central es mejor tener zonas deprimidas económica y socialmente que exponer de forma pública el inexplicable alto porcentaje de personas desaparecidas que se registra anualmente en estas áreas.
No es que el hecho de salir de las ciudades principales signifique estar en peligro, nada más lejos de la realidad. Simplemente, cuando sales de lo que denominan «civilización», las supersticiones y creencias populares toman un protagonismo mucho mayor de lo que el turista cree.
¿Ha fallecido un marinero en el pequeño pueblo pesquero de Ballybunion, en Kerry? Ha tenido que ser un fomor, un antiguo demonio irlandés que disfruta confundiendo a los humanos y llevándolos a la muerte en el mar. Pocos se paran a pensar en que ha podido ser su propio hijo, que, cansado de esperar a heredar el negocio familiar, aprovechó una tormenta para empujar a su padre a las gélidas aguas del Atlántico y adelantar sus planes de emancipación.
En vez de hacer una investigación exhaustiva, las gentes de la zona llevarán algo de hierro encima durante semanas, ya que la tradición dice que ayuda a guardarse de los malos espíritus y es mortal para el pueblo feérico.
En resumidas cuentas, ser policía fuera de las ciudades principales es tener que hacer frente a crímenes que para los lugareños casi siempre tienen un motivo sobrenatural. ¿Cómo explicas a la comunidad internacional que la creencia local es que el autobús de estudiantes de primaria españoles desaparecido en la región central de Westmeath fue atacado por un pooka que los hizo desviarse del camino previsto?
Esto lo sabía bien Kiaran, que después de casi más de una década en la policía nacional irlandesa, la Garda Síochána, como se la llamaba en el país, se veía obligada a lidiar con esto a diario. A estas alturas había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había oído la palabra «duendes» como motivo principal de cualquier crimen, por pequeño que fuera.
Entre sus favoritas estaba aquella ocasión, cuando solo llevaba unos pocos meses en el cuerpo, en la que, mientras interrogaban a un sospechoso de haber robado en una gasolinera en el pueblecito de Waderstone, el encargado no paraba de culpar a los duendes como principales causantes de la desaparición del dinero de la caja y de un montón de botellas de cerveza.
Un simple vistazo al garaje de su domicilio, a pocos minutos de la gasolinera, demostraría dónde habían ido a parar todas esas cervezas, por no hablar de su nuevo y flamante ordenador, cuya procedencia, defendía el acusado, era una herencia de última hora.
Con treinta y tres años a sus espaldas y más de un tercio de su vida dedicada a la Garda, Kiaran venía de una larga tradición familiar de policías y militares. Era la única mujer de un grupo de cinco hermanos y estaba más que acostumbrada a bravucones y a pelear por hacerse valer, lo que hacía completamente inefectivo el intento de intimidación al que estaba siendo sometida en ese mismo momento.
La desaparición del autobús tenía a todo el departamento de detectives de la comisaría de Athlone completamente confundido. Era prácticamente imposible que un autocar cargado de críos en medio de una excursión pudiera esfumarse por arte de magia. Esto los había llevado a intentar reconstruir el camino seguido por el vehículo, que, tras casi dos días de búsqueda y revisión de cámaras de tráfico, los había dejado en este pequeño punto en mitad de ninguna parte.
El seguimiento de la tarjeta de crédito corporativa del conductor los llevó hasta su última parada, una gasolinera justo en una salida de la autopista M6, la carretera que une Dublín con Galway y que atraviesa de un lado a otro la isla. Ahí el rastro desaparecía, por lo que Kiaran tenía a todos sus efectivos peinando los diferentes pueblos y negocios de la zona para comprobar si alguien había visto el autocar en algún momento. Suspiró mientras trataba de mantener la compostura y prestaba atención al individuo que tenía delante.
—Ya le he dicho que no sé nada de ningún autobús —dijo de malas formas Michael Byrne.
Kiaran echó mano de sus notas para repasar lo que ya habían cubierto. Michael era el dueño de una pequeña compañía de maquinaria pesada que tenía como principal negocio remolcar coches accidentados y alquilar sus grúas para obras en la autopista y en urbanizaciones en construcción cercanas.
Un vistazo rápido a su historial dejó claro que el tío no era precisamente amigo de la policía, ya que contaba con varias quejas de vecinos y viandantes que sospechaban que los pinchazos de sus ruedas habían sido provocados. Curiosamente, cuando la policía llegaba, se encontraban con que los neumáticos ya se habían cambiado y los antiguos se habían quemado o desechado para «reciclaje», como decía Michael. No, definitivamente no era lo que se denominaría «un ciudadano ejemplar».
—De nuevo —comenzó a decir Kiaran—, lamento muchísimo las molestias que esto pueda ocasionarle.
No pudo evitar darse cuenta de que Michael parecía estar metiendo tripa mientras hablaba; era como un globo a punto de desinflarse.
—Lo que está haciendo es no dejarme hacer mi trabajo, señorita —dijo levantando la voz mientras gesticulaba con las manos señalando a su alrededor—. ¿Acaso no ve que solo trato de ganarme la vida de forma honrada? ¡Me está espantando a los clientes!
Kiaran levantó las cejas ante esta última declaración y, armándose de paciencia, sonrió.
—Lo entiendo. No se preocupe, informaremos a los padres de los chiquillos desaparecidos de que usted no ha visto nada y de que nuestras preguntas le parecen un incordio.
Sabía que esa respuesta seca y cortante podía acarrearle problemas si Michael presentaba una queja. Dudaba que fuera a hacerlo, pero debería tener más cuidado, se dijo a sí misma.
Estaba acostumbrada a que la gente no la tomara en serio nada más conocerla. Era baja, tenía el cuerpo tonificado y los brazos musculosos, tendía a levantar la barbilla a la hora de dirigirse a alguien y era la ganadora del año anterior de las olimpiadas intradepartamentales, donde había superado el récord en levantamiento de peso muerto, establecido varios años antes. Acomplejada por su cuerpo, según ella, poco «femenino», acostumbraba a vestir ropa un poco por encima de su talla, además de llevar siempre una gabardina con la que intentaba cubrir su amplia espalda.
Dejó al dueño sonrojado y farfullando en voz baja y salió del establecimiento, cubriéndose los ojos mientras se adaptaba a la luz del sol, que brillaba de forma poco habitual en aquel lugar en el que la lluvia es la reina casi permanente del clima. Mientras echaba un vistazo en el móvil a la lista de negocios cercanos por los que todavía tenía que pasar, distinguió a un hombre en uno de los caminos de tierra cercanos a la tienda de Michael.
Parecía que estaba a cuatro patas mientras observaba de cerca las huellas de los coches en el camino embarrado. Tenía una mano extendida, como si estuviera midiendo el diámetro de aquellas. Curiosa, Kiaran se acercó con intención de ver qué hacía.
Según se acercaba a la figura semitumbada, se fijó con más detenimiento. Debía de tener aproximadamente su misma edad y vestía una camiseta manchada de Mötley Crüe y unos vaqueros con varios agujeros.
Antes de llamarle la atención, otro hombre se puso delante de ella y, sin llegar a tocarla, alzó una mano para indicarle que parase. Kiaran, lejos de intimidarse, se fijó en el recién llegado y no pudo sino levantar las cejas por la sorpresa.
Vestía lo que sin duda era un traje a medida, impoluto, y que parecía costar más que su sueldo mensual. Estaba entrado en años, con una calvicie incipiente, pero un solo vistazo dejaba claro que se encontraba en plena forma. Tenía sus ojos claros centrados en ella y parecía analizar todos y cada uno de sus movimientos. Kiaran no se amedrentaba con facilidad, pero una sola mirada a este hombre le bastó para deducir que era mejor no enemistarse. Curiosamente, a su espalda llevaba una mochila de tejido vaquero cubierta con un montón de parches de distintos grupos de música.
—¡Oh, Mayordomo! —dijo la figura agachada en el barro—. Deja que se acerque. Quizá así la Garda aprenda algo.
—¿Quién es usted y qué hace aquí? —preguntó Kiaran. No le gustaba nada el tono con el que se había dirigido a la autoridad. Era uno de sus puntos débiles, inculcado desde pequeña. A la autoridad se la respeta.
—Podría llamarme «ciudadano preocupado por que sus impuestos se inviertan correctamente» —contestó el chaval mientras se levantaba del suelo y se sacudía el polvo y el barro semiseco con las manos.
Kiaran aprovechó para fijarse en él más detenidamente. Los vaqueros, si bien tenían agujeros, eran de una marca cara, y la camiseta, aún llena de manchas de estar agachado en el barro, estaba en perfectas condiciones. Calzaba unas botas de piel engrasadas y cuidadas, y en la muñeca lucía un reloj cuyo brillo gritaba lo prohibitivo que resultaba. Tenía el pelo negro y desaliñado y era casi una cabeza más alto que ella.
—¿Sabe algo del autobús desaparecido? —le preguntó Kiaran directamente.
—Por eso estamos aquí —contestó el desconocido—. Estaba hasta las narices de oír en las noticias continuamente el mismo tema, así que he venido a investigar. Mayordomo, aquí presente —señaló con una mano al silencioso hombre trajeado—, no me estaba dejando dormir, y aquí me tiene, dispuesto a ayudar —dijo con tono de fastidio.
Kiaran no sabía por dónde coger a estos dos individuos.
—Esto es trabajo de la policía —contestó de carrerilla—. Si bien agradecemos toda la ayuda que los ciudadanos puedan darnos, es ilegal interferir en una investigación policial.
—Oh, no se preocupe, no tengo intención de interferir en vuestro trabajo. —Hizo unas comillas con las manos cuando dijo «trabajo», para dejar claro lo que opinaba sobre la efectividad del cuerpo de la policía irlandesa.
Kiaran, que empezaba a estar algo enfadada, contestó con sorna:
—Ah, ¿sí? ¿Acaso usted lo haría mejor?
—No es muy difícil, la verdad —repuso con tranquilidad el chaval; su silencioso acompañante gruñó y él puso los ojos en blanco—. Está bien… — Se giró para mirar por primera vez con detenimiento a la detective—. Mi nombre es Hayden y puedo ayudar con la investigación.
—Le agradezco su interés, pero, tal y como le he dicho, esta es una investigación policial, por lo que le agradecería que parase. Nosotros nos encargaremos de dar con el autobús desaparecido.
Hayden soltó un bufido, como riéndose de su afirmación, y se metió las manos en los bolsillos.
—Claro, claro. Estoy seguro de que así será… Vamos a hacer una cosa. Le daré una pista que ayudará con el caso, y si se demuestra que tengo razón, me deja ayudar.
Kiaran asintió, pues pensó que quizá fuera un desequilibrado y que sería mejor seguirle la corriente.
—Esta —dijo él señalando el camino de tierra junto al que había estado agachado— es la carretera por la que pasó el autobús. —Se dio la vuelta y se marchó en dirección a la tienda de maquinaria pesada.
El hombre al que se había dirigido como «Mayordomo» se metió la mano en la chaqueta del traje y extrajo una tarjeta, que le entregó antes de darse la vuelta y seguir a Hayden.
Kiaran, sin todavía entender muy bien lo que había pasado, se fijó en ella. Era completamente negra y en ambos lados se leía exactamente lo mismo: «Hayden Mac Cárthaigh, consultor» y un número de teléfono.
Después de ojearla unos segundos más, la agente de policía llamó a la jefatura.
—Aquí Kiaran —dijo mientras se fijaba en el camino que le había señalado Hayden—. Os he mandado mi localización. Por favor, traedme a los de la científica para comprobar una cosa.