Trabajo mortal

Lillian O’Donnell · Capítulo 1 de 15

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Trabajo mortal

Capítulo 1

 

EL CORREDOR penetró en el Central Park por la séptima West Street. A pesar de su imponente figura — casi un metro ochenta de estatura y noventa kilos de peso, todo enfundado en un grueso equipo rojo brillante con una franja blanca en brazos y piernas — nadie pareció prestarle una especial atención. Las madres con sus niños se sientan a salvo tras las vallas de hierro de la playa para juegos; los ancianos, tirados en los bancos, semejantes a fardos de ropa en espera de ser recogidos, desviaban los ojos, recelando de los jóvenes, no atreviéndose ni siquiera a mirarlos; los caminantes con perros estaban ocupados en mantenerse alertas, para no ser vistos por la policía, mientras sus animales correteaban ilegalmente sin sus correas. Nadie otorgó al joven ni una segunda mirada.

Cruzó la calle y enderezó hacia el este, moviéndose en un lento casi dificultoso trote, los zapatos de suela de goma silenciosos sobre el piso de cemento.

La fuerte lluvia nocturna había seguido durante la mañana, cesando alrededor de las diez. Ahora por fin el sol había aparecido, un destemplado sol de noviembre de escaso calor y no lo suficientemente fuerte como para secar los charcos, llenos de hojas recién caídas. El amplio lugar abierto de Sheep Meadow se encontraba totalmente embarrado: un área fuertemente desgastada se había convertido en un lago, en el cual una media docena de patos nadaban plácidamente, como si fuera su natural hábitat. El lugar estaba desierto. Era demasiado temprano para que concurrieran los clubes deportivos infantiles (organizaciones que bajo el pretexto de enseñanza y supervisión de deportes, tales como hockey sobre césped, football y baseball, servían en la actualidad como baby-sitters para padres opulentos). Vendrían después del colegio, en el caso de que se presentaran en un día como ese. Los vendedores de hot dogs no aparecían a menos que hubiera clientes.

El corredor aminoró la marcha. Arrastraba los pies. Resollaba. Su afable pero impávida faz estaba cubierta de sudor. Odiaba el ejercicio y consideraba la posibilidad de tomarse un descanso, cuando advirtió a sus amigos, allí cerca, del otro lado del Malí. Le costó un esfuerzo considerable, pero apuró el paso. A ellos no les gustaba que los hicieran esperar.

Lo habían visto, además; pero no hicieron el más mínimo ademán de ir a su encuentro. Costeando el borde del quiosco de música, fumando cigarrillos, pretendían no haberlo advertido, mientras el patrullero de la policía se movía lentamente a lo largo del paseo de peatones. Si el día seguía mejorando, habría más patrulleros, más policías con casco en sus motos. Y al oscurecer, cualquiera fuera el tiempo, el lugar estaría saturado de patrulleros. Por el momento, el único coche hizo su recorrida del Mall y salió a la calzada justo por debajo de la Bethesda Fountain. Cuando desapareció, la pareja vestida de trajes azules tiró sus cigarrillos y a paso lento se dirigió hacia el joven de colorado.

Eran hermanos: Duncan y Brett. Ambos bajos, morenos, de una delgadez nerviosa; en las jóvenes caras, los ojos, ya viejos, se movían inquietos, desasosegados, inquiriendo quién sabe qué. No había necesidad de esperar a que la policía se alejara; no tenía importancia el que los hubieran visto juntos, pero Duncan, el más bajo de los dos hermanos, jamás se perdía una oportunidad de inventar complicaciones.

—Estás retrasado —protestó.

—Lo siento, Duncan. No estaba seguro… Quiero decir, el tiempo…

—Este tiempo es el mejor. Ya debías saberlo.

—Lo siento.

—Está bien, está bien. Y ahora, ¿qué esperamos? Vámonos. Aquí no hay nada que hacer.

En ese momento, un hombre bien vestido, llevando un portafolios, emergió de los baños públicos, enderezando hacia ellos. Aparentaba estar terminando la treintena y su andar era vivo y enérgico. Duncan se encogió de hombros y los otros dos perdieron interés inmediatamente.

—¿Qué les parece la Rambla? — Era una orden, no una pregunta y Duncan inició la marcha.

—¿Por qué no? —agregó Brett.

El joven de colorado aceptó en silencio su decisión y se apresuró a alcanzarlos.

Los tres cruzaron la calle y tomaron la larga y amplia escalinata que conducía a la explanada. Girando a la izquierda, sobre la senda del lago que desemboca en el Bow Bridge, empezaron a trotar, pero no en una fila, sino de frente, de manera que cubrieron el ancho de la senda, sin posibilidad de que nadie pudiera pasarlos.

El parque era el refugio y solaz de Horace Pruitt. Su lugar favorito era la Rambla, una intrincada red de senderos que descendían y giraban entre el lago y la gran pradera, trepaban lomitas y se hundían en valles en miniatura, y orillaban las ficticias ruinas que se alzaban en los lugares pedregosos. Ahí Pruitt se podía imaginar que se encontraba fuera de la ciudad, verdaderamente en pleno bosque. Naturalmente en primavera y verano, cuando los árboles estaban cubiertos de hojas, le era más fácil sustentar esa ilusión, porque entonces los edificios que rodeaban el parque estaban ocultos. Cuarenta años en la ciudad y Horace Pruitt todavía añoraba los bosques de Vermont.

Ya era de edad madura cuando llegó a Nueva York con su mujer, Amy, y los dos muchachos. Su intención era permanecer solo unos pocos años en ella: lo suficiente para hacerse de algún dinero y poder volver a comprar la chacra que había perdido durante la Depresión, u otra semejante. Tuvo suerte. Consiguió trabajo como aprendiz de imprenta, aprendió el oficio, se independizó. Le fue bien, pero no pudo hacerse de una reserva. Ganó más dinero de lo que hubiera pensado, pero todo costaba cada vez más y siempre hubo emergencias. De un modo u otro, los años pasaron; de repente se encontró solo y viejo. Los muchachos habían muerto en Corea; Amy también murió. Vendió el negocio, pero el producto desapareció con su larga enfermedad y los gastos del funeral. Por suerte tenía el Seguro Social y el alquiler del departamento estaba congelado. Su situación no era tan mala como la de muchos otros.

Para llenar sus largos y vacíos días Pruitt empezó a ir al Parque. Llegaba temprano, con las primeras luces, y un día se encontró observando un grupo de pájaros. Empezó a hacer esbozos. Más tarde, en su departamento vacío, y otra vez para matar el tiempo, convirtió los esbozos primitivos en tallas de madera: una olvidada habilidad de su juventud. Sus esfuerzos primeros fueron toscos, pero cuando sus rígidos dedos se ablandaron, el trabajo mejoró, lo absorbió. Y la colección de pájaros y de pequeñas criaturas de los bosques — algunas observadas en el Parque y algunas rememorando los bosques de Vermont —, proliferó. Llenó sus dos ambientes y medio, colocando las piezas en mesas y estantes. Antes que relegarlas en cajas y armarios prefirió darlas a sus vecinos del edificio, hasta que, inevitablemente, alguien le sugirió que las vendiera. Con mucha nerviosidad Horace Pruitt empaquetó algunos de sus mejores ejemplares y los ofreció a una casa de regalos y antigüedades, una de las muchas que habían recientemente brotado en Columbus Avenue. Fueron aceptados y rápidamente vendidos. Ahora tenía cuatro bocas de salida para las tallas y obtenía una entrada variable pero respetable por su trabajo. Tenía ochenta y dos años. Como vivía frugalmente y sin gastos, Horace Pruitt tenía muchas probabilidades de regresar a Vermont por fin.

Esa mañana, no bien cesó de llover, Pruitt había llegado a la Rambla como de costumbre y, como de costumbre, traía su block para los esbozos y su almuerzo. Terminados sus esbozos y terminado su almuerzo, como la elevación de la colina le amparaba del borrascoso viento, se recostó sobre una roca calentada por el sol y miró por encima, hacia el Bow Bridge recientemente restaurado, el cual alargaba su cuello de oruga entre el muelle de botes y el lago. Las sombras ya estaban cayendo sobre el agua cuando el sol desapareció tras el edificio Gulf Western; pero pasaría otra media hora antes de que alcanzara su nido de águilas. Le hubiera gustado quedarse esa media hora extra, pero el trabajo le esperaba en casa, amén de las compras y la limpieza, antes de emprender su trabajo. Siendo como era un hombre disciplinado, con una meta, Pruitt se puso de pie, se desperezó y empezó a bajar la loma hacia el lago. Mientras lo hacía advirtió a tres muchachos vestidos con llamativos equipos deportivos — uno de colorado y dos de azul — y que cruzaban el Bow Bridge y se dirigían hacia él. Sonrió, porque le agradaba ver a la gente joven entrenándose; era un indicio de que algunos de ellos conocían los placeres naturales y podían encontrar diversión alejados de las calles de la ciudad. Parecían indecisos sobre el camino a tomar. Con probabilidad querían pedirle alguna indicación. Seguía sonriendo a medias cuando se encontraron al pie del puente.

—¡Eh, Mr.! Deme un dólar.

Pruitt se desconcertó.

—¿Por qué?

El que había hablado vestía de azul y era el más bajo de los tres. Era delgado y desgarbado, como un perrito con brazos y piernas que se hubieran desarrollado más rápidamente que el resto del cuerpo y al cual todavía no se hubiesen acomodado. Ahí terminaba el parecido. Sonrió a Pruitt, pero no era una sonrisa bonita.

—Porque yo lo quiero.

Horace Pruitt no se asustaba con facilidad y ahora no lo estaba. Eran solo chicos alardeando los unos frente a los otros, probablemente por algún desafío. Era un juego. Sin duda paraban a unas cuantas personas y tal vez se hacían de algunos pocos dólares; pero era un juego feo y no pensaba alentarlos.

—No es una razón —contestó y trató de pasar adelante.

Al instante los otros dos tomaron posiciones a cada lado del muchacho que había hecho el pedido, bloqueando el paso de Pruitt.

—Un dólar.

La sonrisa se había transformado en un gesto de burla; los ojos eran calculadores.

—¿Por qué voy a dárselo?

Pruitt mantuvo su posición. Era lo único que se debía hacer. Con esos chicos usted tiene que mantenerse firme, hacerles ver que no se está asustado.

—¿Por qué darle a esto tanta importancia, Mr.? Es solo un dólar.

—En realidad usted es un verdadero tacaño, ¿sabe? — El segundo de azul se metió —. ¿Por qué no se lo da? Se lo pidió amablemente y con educación.

Solo el grandote, el de colorado, seguía callado.

Un frío temblor traspasó a Horace Pruitt; se estremeció. Había oído de patotas de jóvenes que golpeaban a viejos desvalidos, a vagos o borrachos. Elegían sus víctimas por alguna insensata lotería, tal como detener a alguien y pedirle un fósforo. Si la persona lo tenía y lo ofrecía seguían de largo. Si no… caían sobre ella como jamás lo hubiese imaginado. Pruitt no había pensado lo que haría en esa eventualidad. Echó un rápido vistazo a su alrededor. No había nadie a la vista, nadie. Estaba lejos de ser débil, podía pelear; pero eran tres y, además, jóvenes. ¿Podría darse vuelta y correr? ¿Hasta dónde lo llevarían sus viejas piernas?

Como si estuvieran leyendo su pensamiento, dos de los muchachos se le colocaron ligeramente detrás: con el pequeñito todavía enfrente de él, Pruitt se encontró en el centro de un triángulo y hasta esa pequeña chance de escape le fue quitada.

—Lo siento, no tengo un dólar.

Estaba avergonzado de ser tan dócil, pero es que finalmente estaba asustado.

—No mienta, viejo.

—No miento, lo juro. No lo tengo. No tengo ni una moneda. Ni siquiera una billetera. Nunca traigo dinero cuando vengo al parque. Es la verdad, Dios lo sabe.

El primer golpe lo alcanzó a un lado de la cabeza, justo por debajo de la oreja derecha. Sintió como si sus sesos se hubieran desprendido dentro del cráneo; le dolían los dientes; su visión se enturbió. Instintivamente levantó los brazos para proteger la cabeza y los golpes llovieron sobre su cuerpo. Cayó sobre las rodillas encorvándose. Le golpearon en la espalda. Los tenía encima, y alrededor. Todavía dolorido por el brutal golpe primero, desorientado y trastabillando a causa del zumbido de sus oídos, sin atreverse a levantar la cabeza vio sin embargo un pie calzado con zapatillas de goma que amenazaba su ingle. Se tiró sobre él aferrando el tobillo; apretándolo y usando toda su fuerza atrajo al atacante hacia abajo y de alguna manera consiguió colocarse sobre él. Se mantuvo ahí. Pruitt era corpulento y el muchacho no era gran cosa. El peso de Pruitt era suficiente para retenerlo.

—¡Sáquenmelo de encima! ¡Sáquenlo! — ululaba Duncan.

La paliza paró. Cuando las manos tiraron del cuello de Pruitt, el muchacho que estaba debajo se retorció y se levantó, liberándose. Sin darse real cuenta de lo que estaba pasando, reaccionando por instinto, las manos de Pruitt, sus potentes manos de tallista de madera, buscaron la garganta del joven.

—Me está estrangulando. Socorro… socorro… — La súplica se convirtió en una serie de sonidos entrecortados.

Unas manos tiraron con fuerza de sus brazos pero Pruitt apretó con firmeza.

—Váyanse —gruñó—. Ustedes dos retírense y lo dejaré ir. Antes no.

Su fuerza se debilitaba. No sabía cuánto tiempo podría aguantar; esperaba que lo suficiente para que alguien viniera a ayudarlo o por lo menos diera la alarma.

—¡No te quedes ahí, por Dios! — El segundo de los muchachos aconsejaba al de colorado —. Dame una mano. Está matando a Dunc. ¿No ves que lo está estrangulando?

Con otro tipo de terror Horace Pruitt se daba cuenta ahora de que el muchacho que estaba debajo de él había cesado de luchar, que estaba flácido e inmóvil. No obstante, no lo podía dejar. Tenía sus manos rígidas alrededor del cuello del muchacho. No podía separarlas. Observaba con horror que la cara del muchacho se ponía escarlata, cuando jadeaba buscando aire.

—¡Vamos, Rick, ayúdame! —gritaba el muchacho mientras continuaba con sus inútiles esfuerzos.

Al momento siguiente Pruitt sintió que lo asían de la chaqueta y que fuertes brazos rodeaban su pecho. Apretaron. Luego lo separaron del muchacho postrado, lo izaron un poco en el aire y lo mantuvieron ahí. Pero él aún no dejaba al muchacho. Aún sus manos conservaban la presa: sus dedos no se podían distender. Entonces se sintió sacudido, con método, implacablemente, y con tal fuerza, que pensó que los ojos, de no haber estado cerrados, hubieran escapado de sus órbitas. Por último la vibración pasó a sus dedos y de alguna manera el apretón mortal cedió. En ese momento un aullido proveniente del bosque, llegó por detrás de ellos.

El grito los paralizó a todos. El muchacho en el suelo no se levantó; el que sostenía a Pruitt dejó de sacudirlo. Finalmente el aullido ceso.

Brett se arrodilló al costado de su hermano.

—¡Dunc! ¡Dunc! ¿Estás bien?

—El viejo loco casi me mata — carraspeó Duncan —. Bueno, ¿qué están esperando? — preguntó —. Golpéenlo. Golpéenlo.

Rick todavía retenía a Pruitt como una bolsa que no supiera dónde colocar.

Se oyó un segundo aullido, esta vez más cercano. Un perro ladró histérico. La sirena de la policía sonó en algún lugar, del otro lado del lago.

—¡Mátalo, Rick! ¡Mátalo! —Gruñó Duncan mientras se levantaba.

El patrullero salió de la calzada y enfiló hacia el sendero, contorneando el lago a toda velocidad.

—Demasiado tarde. —El hermano apretó el brazo de Duncan —. Es demasiado tarde. Tenemos que irnos.

El perro estaba sobre ellos, agitándose entre sus piernas, ladrando y saltando.

El coche de la policía llegó hasta el Bow Bridge, pero debido a los postes metálicos que cerraban el final, el vehículo no pudo cruzar.

—¡Mátalo! —gritaba Duncan.

Horace Pruitt se sintió tironeado y enderezado. Lo hicieron girar y lo sostuvieron por el delantero de la camisa a un brazo de distancia. Vio el golpe que venía, el puño cerrado, el brazo llevado hacia atrás. Titubeó e inclinó la cabeza hacia un costado. Oyó el gruñido de un animal. Luego, antes de que el golpe fuera descargado, oyó un quejido de dolor. ¿El suyo? Irreconocible. Lo último que vio fue el lago y los árboles de su querido retiro, con las agujas de la ciudad sobresaliendo, como si todo estuviera encerrado en un viejo pisapapeles. Después alguien invirtió el pisapapeles.

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