Trabajo mortal
Capítulo 2
LA SARGENTO Norah Mulcahaney tomó el llamado. En cuanto se enteró de que la víctima seguía todavía con vida, sin molestarse en esperar el ascensor corrió escaleras abajo y salió de la comisaría. La calle Ochenta estaba atestada de autos estacionados a ambos lados — una manzana de discordia entre la División de Tránsito y los detectives poseedores de la mayoría de los autos —, pero Norah no tuvo problemas para encontrar el suyo. Era su primer auto y sentía un orgullo desmedido por él. Norah había considerado siempre que los hombres estaban infantilmente engreídos con sus autos y no obstante, desde el momento en que entró en la sala de exposición, empezó a sentirse igualmente irracional. Era inútil negar que cuando se sentó detrás del volante del Pinto color verde musgo, Norah Mulcahaney Capretto experimentó una sensación de libertad y de seguridad que — a despecho de que era dueña de un buen trabajo y ganaba bien — no había sentido desde que ella y Joe se casaron.
El casamiento de Norah y el teniente Joseph Antony Capretto había resultado todo un éxito; eran felices. Norah hubiera sido la primera en negar, y con acaloramiento, que ella existía a la sombra de su marido. No había perdido su personalidad ni había sido absorbida por la de él, ni en su casa ni en su trabajo. Por el contrario, Norah sintió que había crecido y se había desarrollado después de su casamiento. Se había integrado a la policía cuando cumplió los veintiocho años, todavía insegura, todavía en busca de una dirección. Fue la primera en enamorarse, al menos fue la que primero se dio cuenta de haberse enamorado.
Por aquellos días Joseph Antony Capretto era algo picaflor. Buen mozo, alto, moreno, con un noble perfil romano, su encanto latino lo había relacionado con una serie de modelos despampanantes y azafatas. Norah sabía que era mayor que la mayoría de las muchachas y con seguridad no podía competir en su apariencia. ¡Oh!, era lo suficientemente atractiva, pero en un tranquilo y discreto aspecto. Cuando Norah entraba en un restaurante no se daban vuelta para mirarla. Era alta, delgada, pero no lo suficientemente grácil como para que la silbaran a menudo, de todos modos. Tenía el lindo colorido irlandés: tez pálida; oscuro, casi negro, el pelo, y ojos grises azulados con largas, espesas y naturalmente curvadas pestañas. Desgraciadamente esos buenos puntos estaban disminuidos por una mandíbula cuadrada demasiado saliente que tenía por costumbre adelantar en los momentos de tensión. Puesto que no era el tipo de él y no estaba interesada en convertirse en una de las conquistas del sargento Capretto, Norah Mulcahaney trató de reprimir su sentimiento, rebajándolo a un justo nivel: la admiración natural de una policía novicia hacia el oficial superior y apuesto, que ha sido amable con ella.
Pero Capretto fue más que amable. Brindó a Norah Mulcahaney su guía y le dio la posibilidad de demostrar lo que podía hacer. El hecho de que ella hubiera probado su capacidad en esa oportunidad, ganándose el grado de detective, no era el caso. Llegar a ser detective era todavía un azar; algunos policías esperaban durante años la oportunidad de demostrar su temple, otros jamás tenían esa oportunidad. Antes y ahora ser detective significaba todo para Norah, y ella sentía que debía todo a Joe.
En cuanto a Joseph Antony, no podría decir cuándo empezó a pensar románticamente en la policía novicia. Admitía que reaccionaba en demasía cuando ella se encontraba en peligro; pero razonaba que eso era lo natural respecto de cualquier mujer que estuviera bajo sus órdenes. De todos modos, eso no explicaba las punzadas de celos que sintió cuando la detective Mulcahaney mostró un interés más que profesional por alguno de los hombres con quienes trabajaba.
… Especialmente por cierto asistente del fiscal. Ni tampoco explicaba su propio arrebato de ambición. Durante once años Joe había sido un detective con grado de sargento: un trabajo bueno y satisfactorio, adecuadamente remunerado. Repentinamente comenzó a pensar en progresar, en su futuro. Esperaba casarse algún día, sin duda. Pero en la cercanía de los cuarenta, soltero, con una madre cariñosa en exceso que se preocupaba por él, los pensamientos sobre casamiento se volvían nebulosos. No fue hasta que Norah Mulcahaney irrumpió en su vida que empezó a preguntarse si no se estaría perdiendo algo. Se preguntó aún más: si en su actitud no habría algo de inmadurez. Comenzó a estudiar para presentarse a examen como teniente y, al mismo tiempo, empezó a cortejar a Norah.
El amor de Joe colmó a Norah; le dio aplomo para no tener temor, como mujer, de demostrar su ternura y al mismo tiempo le impartió cierto grado de sofisticación. Una vez casado con Norah, Joe Capretto no tuvo que alardear constantemente de su masculinidad. Se complementaron: crecieron individualmente y como pareja.
Para evitar equívocos, Norah todavía seguía usando su nombre de soltera en el trabajo: era la Sargento Mulcahaney. El que siguiera con su trabajo fue acordado entre ellos y el trabajo era un fuerte lazo. Al comienzo, trabajaron en los mismos turnos, pero bajo distintas órdenes: luego Joe fue transferido de Narcóticos a Homicidios y se convirtió en superior de Norah. No hubo tirantez. No era la primera vez que Norah trabajaba para Joe, ni siquiera la primera vez después de su casamiento. Siguió las órdenes de su marido como las de cualquier otro superior, con respeto, pero también con libertad de expresar sus propias ideas. Si se hubiera detenido a pensar sobre ello — si cualquiera de los dos lo hubiera hecho — estarían contestes en que juntos habían trabajado bien, mejor que con cualquier otra persona: el vínculo sentimental parecía añadir fuerza al profesionalismo.
Puesto que la llamada era de tanta urgencia, Norah se saltó el acostumbrado control de su auto y lo puso en marcha. El motor respondió con satisfactoria prontitud y suavidad. Sin embargo, cuando se encontró en la calle, su júbilo fue enturbiado por una punzada de culpa. Últimamente había empezado a mirar esa libertad de espíritu como una deslealtad hacia Joe. Él no le había puesto vallas ni límites a su desarrollo. Por el contrario: todo lo que era — la mujer en que se había convertido así como su posición en la policía — se lo debía a él. Había avanzado tranquilamente de detective de tercer grado a segundo, a primero; pero había sido Joe quien la había estimulado para que llegara a sargento.
Como no tenían hijos, después de dos años de matrimonio, decidieron adoptar uno. La legalidad cuestionable de la adopción fue usada por la gentuza como chantaje contra Joe Capretto. Dándose cuenta de que lo incierto de sus derechos para conservar al pequeño Mark pesaría sobre ellos con seguridad por el resto de sus vidas y haría imposible para cualquiera de los dos la función de oficiales de la policía, Norah tomó la única posible decisión y renunció a la tenencia del niño. Para entonces no era solo su carrera lo que importaba, sino también la de Joe, así como la seguridad del futuro del niño. Fue lo más duro que jamás hiciera en su vida. La consecuencia fue un período de letargo y pesar, del que parecía no poder desprenderse. Aún ahora, en ocasiones, la asolaban rachas de depresión y melancolía; pero ya las estaba superando. Hondamente afectado también, todo el interés de Joe era para ella. Un día, rogaba, tendrían un hijo propio. Mientras tanto… sugirió a su mujer que se presentara al examen para sargento.
Fue una terapia para Norah. Para Joe, largas noches frente al televisor, en el living, mientras su mujer estudiaba en el comedor; noches solitarias de los sábados, y domingos melancólicos. Nunca se quejó. Había alentado a Norah y su complacencia fue tan grande como la de ella cuando fue nombrada — una de las últimas —, antes de que el alcalde redujera el exiguo presupuesto para ascensos en los servicios civiles. Hasta el auto fue idea de Joe.
—Eres sargento ahora y debes tener tu rodado propio.
Seguían usando todavía el auto de soltero de Joe como auto de familia. Iban al trabajo juntos en él, atravesando el camino del parque por la transversal de la Sesenta y siete, desde su departamento en el East Side hasta la comisaría del West Side; después, era utilizado según las necesidades.
—Pensé que habíamos decidido reemplazar el Mustang.
—¿Estás bromeando? Acabo de asentarlo — había replicado Joe con burlona indignación.
De manera que era tonto sentirse culpable por lo del auto. El auto no era indicio de impaciencia o de subconsciente disconformidad con su casamiento o con su tipo de vida. Era una novedad, y una novedad que podría desaparecer bien pronto.
Al entrar en el Parque por la Setenta y siete, Norah alejó sus preocupaciones personales para concentrarse en el trabajo que debía enfrentar. El atraco se había convertido en algo habitual, Norah lo sabía y nadie se preocupaba ya más por un atraco… excepto la víctima. Se dedican pocos esfuerzos a la investigación de los asaltos, precisamente por lo que abundan; ocurren muchos todos los días, en todos los lugares de la ciudad, y a toda clase de gente: ricos y pobres, blancos y negros. Hoy día, se considera dichosa la víctima que solo pierde dinero o joyas. Con más frecuencia es ferozmente golpeada. Una mujer puede ser violada — aparentemente por antojo —, ofrezca o no resistencia, y sin que importe la cantidad de dinero involucrado. Violencia por al gusto de la violencia, lo que sublevaba y entristecía a Norah Mulcahaney. Al parecer, este ataque era depravado. Todo lo que sabía era que la víctima pertenecía al sexo masculino y que había sido cruel, y quizás fatalmente, golpeada. Habitualmente los atracos en las calles competían a la policía seccional, y de acuerdo con el reciente sistema de pase de unos a otros, Homicidios debía ser llamado solo y cuando la víctima falleciera. Esto podía significar una demora de horas o días. Se decía que las probabilidades de aclarar un crimen se enfriaban antes que el cadáver. De manera que el oficial de policía había juzgado con acierto al avisar a Homicidios, tan pronto como se enteró de que la víctima estaba medio muerta. Debido a su rapidez mental, quizás pudiera Norah conseguir una declaración.
Se apresuró zigzagueando de la calzada al césped, de manera de marchar contra el tránsito, directamente a la zona de estacionamiento. Salió del auto y echó a caminar, trepando la pequeña elevación desde la cual tenía una buena vista del lago y de las cercanías. Pero a Norah no le interesaba la topografía; no cuando vio que la ambulancia estaba ya preparada en el lugar y que los encargados iban a mover a la víctima en seguida.
—¡Paren! —gritó—. Esperen.
Boqueaba y tenía una fuerte puntada al costado por la corrida cuando llegó al pequeño grupo que rodeaba al hombre caído.
—Sargento Mulcahaney. De la Cuarta Homicidios — dijo identificándose —. Denme solo unos pocos segundos, por favor.
Un hombre se ladeó y ella se arrodilló junto a la víctima.
Era viejo, un viejo, un viejo hombre. Su cara estaba hinchada y sin color por la paliza: la parte de atrás de la cabeza estaba cubierta de sangre ya oscurecida y aglutinada. Norah se sintió enferma, enferma de piedad y enferma del estómago. A pesar de las muchas veces que había presenciado las consecuencias de la violencia jamás se acostumbraba a ella y se había resignado al hecho de no poder hacerlo nunca. ¿Cómo podía alguien hacer esto a un indefenso viejo? Estaba inconsciente. Parecía respirar apenas. No habría ninguna declaración: no ahora, por lo menos, si es que la habría alguna vez. Se levantó e indicó a los encargados que siguieran adelante. No deseaba causar ni siquiera un segundo de demora.
Observó mientras lo levantaban con cuidado y lo colocaban en la camilla; pero tan pronto como fue colocado, se retiró. Su trabajo era ahora encontrar al autor del hecho.
Sí esto era un homicidio, la zona debería estar atestada de autos y de un enjambre de detectives, amén de un montón de técnicos examinando la escena y registrando todos los matices del crimen. Norah estaba muy consciente de esta ausencia y de la responsabilidad que debía asumir. Ella debía tratar de cubrir sus funciones. Aspiró hondamente, retuvo la respiración y luego lentamente exhaló. Lo primero era estudiar la disposición del lugar.
La víctima había sido encontrada en la senda de cemento, a unos cinco metros del puente y a tres de un pequeño mirador, con agua a un costado y un bosquecillo escalonado al otro. Dentro del mirador, a medias escondida por las sombras, parecía estar una mujer. ¿Un testigo? Norah decidió entrevistarla más tarde, después de interiorizarse del relato de los dos oficiales del auto-radio. Sus nombres figuraban en los nuevos distintivos que llevaban debajo de la placa.
—¿Rosoff? ¿Carson? Sargento Mulcahaney.
Ambos eran jóvenes, con mejillas saludablemente coloreadas. Parecían estar bien rellenos especialmente en las caderas pero posiblemente eso se debía a la ropa interior de abrigo que muchos de los hombres usan cuando trabajan puertas afuera. Se estrecharon las manos.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
Rosoff contestó.
—Estábamos patrullando el tránsito acostumbrado — señaló el camino de arriba, al otro lado del lago —. Oímos gritar a una mujer. Salimos del camino y empezamos a bajar, cuando vimos tres tipos que golpeaban a un viejo.
¡Tres!, pensó Norah. No era de extrañar que hubiera quedado así.
—Hicimos sonar la sirena pero no les importó nada — continuó diciendo Rosoff con amargura —. Quiero decir que me doy cuenta de que el alarido de una mujer no los hubiera ahuyentado. Pero la sirena de la policía… Eso debería haberlos detenido, ¿no? — Apeló a Norah —. No fue así. Siguieron golpeándolo, siguieron golpeándolo a muerte.
Norah miró del otro lado de los arcos del puente. La ambulancia había partido hacía tiempo y solo quedaba el coche patrullero de Rosoff y Carson, con ambas puertas bien abiertas.
—Se separaron antes de que saliéramos del auto, sargento. Quizás hubiéramos podido detenerlos disparando desde el otro lado. Pero la distancia… el riesgo de acertar a la víctima…
No se estaba excusando. Solamente analizaba el curso de la acción llevada a cabo por él y su compañero. Norah aprobó pero no hizo ningún comentario. Dejemos todo así, pensó. Ayudará a tranquilizar al Oficial Rosoff, permitiéndole a ella darse una buena idea de lo que había ocurrido con exactitud.
—No debemos anunciarnos con tiros, usted lo sabe — Rosoff prosiguió con su amarga revisión de los eventos —. Una bala perdida puede herir a un inocente paseando. Pero no había peatones. Podía haber disparado al agua. Puede ser que los hubiera ahuyentado antes de que terminaran — Rosoff respiró profundamente —. Lo que le estoy diciendo, Sargento, es que cuando llegamos al borde del agua el viejo todavía seguía en pie. El muchacho de colorado lo sostenía por el delantero de su camisa pero seguía de pie.
Era una catarsis para Rosoff pero a su compañero no le gustaba.
—Calculábamos avanzar y agarrarlos: por eso no nos detuvimos para disparar — Carson se dio cuenta de que había empeorado la cosa —. Nos olvidamos de los piojosos postes. — Señaló tristemente los postes que bloqueaban el acceso de los vehículos —. Todo ese dinero para reacondicionar el estúpido puente y luego colocan esos postes de tal manera que los autos no lo pueden cruzar.
—¿Alcanzó a ver bien a los autores? — preguntó Norah.
—Solo los vimos de espaldas — explicó Rosoff —. Iban vestidos con conjuntos deportivos, dos de azul y uno de colorado brillante. Todos tenían pelo oscuro, no muy largo. Los dos de azul eran flacos, de estatura media. El de colorado era corpulento, más de un metro ochenta, y pesado: digamos alrededor de cien kilos. El viejo estaba caído y ese maldito individuo de colorado acababa de ponerlo de pie como si nada. Le mandó un último puñetazo y luego lo dejó caer sobre el cemento. Usted vio la parte de atrás de su cráneo, estaba estrellado como un huevo.
La sangre y la materia se habían ya filtrado en el pavimento y todo lo que quedaba era una enigmática, oscura mancha. Los tres oficiales la observaron como si ella les pudiera referir algo.
—Me quedé con la víctima —concluyó Rosoli.
—El oficial Carson salió a perseguirlos.
Este levantó los hombros.
—Treparon la loma y volaron en diferentes direcciones. — Estaba tan perturbado como Rosoff pero por diferentes razones —. ¡Esa Rambla maldita! Aquí hay demasiados lugares que cubrir, demasiadas vueltas y revueltas. Y lomas, y vallecitos. Debían limpiar toda la zona.
—Presumo que hicieron la llamada de alarma — dijo Norah.
—Sí, inmediatamente; pero nada hasta ahora. Si no hemos tenido ningún informe, quiere decir que no los han pescado, y si no los han pescado es porque no están ya en el Parque — Carson frunció el ceño —. Lo que me enfurece es la audacia con que esos canallas llevan vestimenta llamativa. Es como si se estuvieran burlando de nosotros.
—Debe de abundar por aquí esa clase de equipos — observó Norah.
—Sí —Carson miró a Norah como si no le pareciera muy lista —. El caso es que uno los puede ver a una milla de distancia.
—Puede que esa sea la idea. Todo lo que tienen que hacer es quitarse los buzos y los pantalones y caminar junto a ustedes sin que los miren por segunda vez.
Carson y Rosoff la miraron con fijeza.
—La única cosa es que los patoteros, los verdaderos patoteros generalmente no se toman tanto trabajo — Norah se estremeció. Luego miró hacia el mirador, donde la mujer seguía esperando con paciencia. Un par de minutos más no importaba —. Volvamos a la víctima. ¿Estaba consciente cuando ustedes se acercaron a él?
—No, Sargento. —Antes Rosoff había estado ventilando su frustración, ahora agregaba informaciones a su superior —. Por la manera con que golpeó el pavimento me sorprendió que todavía respirara.
—¿Qué pasa con su tarjeta de identidad?
—No tenía billetera con él, pero sí un par de cartas. — El Oficial consultó su agenda —. Una estaba dirigida a Horace Pruitt, era una factura; la otra estaba dirigida al «morador», pero la calle y el número eran iguales. Ambas estaban timbradas cuatro días antes. Me imagino que Pruitt tomó su correspondencia cuando salía, la metió en el bolsillo y la olvidó.
—Veamos la dirección.
Una vez que se hubo enterado, se dio vuelta para examinar la zona por la cual, según indicó Carson, los patoteros se habían escapado. El terreno seguía todavía empapado y debía tener huellas. Norah se inclinó buscándolas. Había huellas, es cierto, pero malamente tratadas, probablemente por el oficial Carson. Le era difícil censurarlo por no pensar en las huellas mientras corría acaloradamente. De todas formas, puesto que los tres huyeron en diferentes direcciones, debería haber dos sin estropear. Mentalmente pensó en enviar un fotógrafo al lugar; quizás también valdría la pena que alguien del laboratorio hiciera los vaciados… Entre tanto, Norah subió la loma con cuidado, mirando dónde ponía los pies. De repente se detuvo y se inclinó para examinar un manojo de pasto que todavía era de un saludable verde. Había manchones oscuros en los extremos de las hojas. Tocó uno de los manchones con un dedo. Pegajoso. Mirando más de cerca vio que las manchas eran en forma de pera, con el extremo más delgado dirigido hacia la loma. Encontró más manchas sobre el pasto y de la misma forma.
—¿Disparó usted? —dijo hacia atrás a Carson.
—No, señora. Estaban fuera de la vista antes de haber tenido la oportunidad.
—¿A cuál de ellos persiguió?
—Al grandote, el tipo de colorado. Era el atacante.
Norah señaló las manchas.
—Estaba sangrando.
Rosoff y Carson se miraron.
—El perro —dijeron al unísono.
—¿Qué perro?
—El de la mujer que gritó — Rosoff señaló a la mujer del mirador —. El perro apareció justo en lo más reñido de la lucha, ladrando en sus talones. Me imagino que mordió al de colorado.
Carson hizo una mueca.
—Un lindo perro mestizo.
Naturalmente los patrulleros no habían conseguido la declaración de la testigo. Muchas eran las cosas que habían ocurrido, y todo velozmente. Norah no deseaba aparecer como recriminándolos, ya que ellos mismos se estaban quejando amargamente por no haber podido atrapar por lo menos a uno de los patoteros.
—¿Por qué no voy sencillamente hacia ella y charlamos con tranquilidad, de mujer a mujer? Será más fácil para ella el franquearse.
Rosoff recogió la observación.
—Probablemente se sentirá más cómoda con usted, Sargento.
Carson se preguntaba por qué se molestaba ella en dar explicaciones.
—Lo que usted diga, señora.
Norah se ruborizó. Solo quería ser considerada, y parecía que les estuviera pidiendo permiso. Se preocupaba demasiado de los sentimientos ajenos, estaba demasiado ansiosa de ganarse su buena opinión. Ya era tiempo de que aprendiera a hacer su trabajo sin pedir disculpase Sin decir una palabra más, se dirigió al mirador.
Estaba situado un escalón abajo de la senda y un escalón sobre la gentil lengua del agua. Un rústico techo bajo resguardaba del sol y obligó a Norah a agachar la cabeza para poder mirar adentro. La mujer que estaba sentada en un banco de madera se envolvía en una raída chaqueta de piel, ya sin posible identificación, y llevaba un gorro de lana metido hasta las cejas. Unos pocos mechones blancos se escapaban de ambos lados. Su cara estaba completamente cruzada de surcos profundos como cortes de cuchillo. Su palidez era tan fantasmal que parecía imposible que la sangre que la nutría fuera roja. No se fijó en Norah; estaba totalmente atenta a su perro. Este tenía el cuerpo de un pequeño pastor alemán, pero las patas eran cortas y las quijadas fuertes. Sus legañosos ojos indicaban que no era joven. La anciana señora obviamente lo adoraba. Reclinada sobre él, lo acariciaba, hablándole bajito y con voz suave.
—¡Hola! Soy la sargento Mulcahaney.
Norah le alargó su tarjeta de identidad de manera de que la testigo pudiera tomarse todo el tiempo que quisiera para examinarla, lo que hizo. Después levantó de costado su cabeza para mirarla bien con ojos que, aunque pequeños, eran brillantes y vivaces.
—¿Usted es detective, querida? ¡Qué divino!
Norah estaba preparada para ser protegida, resistida, admirada, pero jamás con anterioridad había sido juzgada como una niña brillante.
—Bueno, sí. Me gusta.
—Y yo estoy segura que es usted excelente, querida.
—Gracias. Yo trato. ¿Y usted es Mrs…?
—Youngbeck, querida. Cordelia Youngbeck. Esta es Lady. — Indicó la perra.
—¡Hola, Lady!
—Le estrechará la mano si usted se lo pide.
Norah se tomó el tiempo de hacerlo y la perra, respirando anhelante, se las ingenió para alzar blandamente la pata.
—¿Está bien?
—Espero que sí. Ha soportado mucha excitación: no es bueno para su corazón. No es tan joven como antes.
Norah reprimió una sonrisa.
—Siento haberla tenido esperando, Mrs. Youngbeck.
—Está bien. No tengo otra cosa que hacer.
Aunque llevaba tanta ropa, la anciana se estremeció.
—Está muy húmedo aquí —observó Norah —. ¿Por qué no vamos a la cafetería a tomar un café caliente?
—Bueno… No he traído cambio conmigo.
—Va por cuenta del Departamento.
Norah pensó que no aceptaría si pensara que salía de su bolsillo.
—¡Oh! Si es así…
—Bien. Todavía no he desayunado. ¿Quizás me quiera usted acompañar?
Había ansiedad en los ojos de Mrs. Youngbeck, pero su orgullo se impuso.
—Gracias, Ya comí.
Norah dudó.
—¿No quiere tomar algo mientras me acompaña? ¿Un bocadillo? Mi suegra dice que el apetito viene comiendo.
—Es usted muy amable. Está bien.
—Solo voy a escribir una nota con su nombre, y su dirección y la pasaré a los otros oficiales para que hagan el informe.
Hecho eso, la sargento Mulcahaney, Cordelia Youngbeck y Lady cruzaron el Bow Bridge y caminaron a lo largo de la senda hacia la baja construcción de ladrillo que dominaba la terminal del estanque para los botes. Tomó algún tiempo hacerlo, porque si Mrs. Youngbeck era lenta, la perra lo era más aún. Cuando llegaron a la cafetería hubo otro problema. No le permitieron a la perra que entrara y Mrs. Youngbeck rehusó atar a Lady y abandonarla.
—Alguien puede robarla.
La dificultad fue resuelta por Norah, que entró para conseguir la comida y la llevó afuera. Se sentaron en un banco reparado del viento y calentado por los últimos rayos del sol otoñal, y allí comieron. La mitad del sándwich de rosbif de Mrs. Youngbeck fue deslizado con disimulo hacia Lady. Norah pretendió no haberlo visto, sospechando que esa debía de ser la razón por la cual la anciana no había querido ir al interior sin la perra. Norah ofreció buscar otro sándwich pero Mrs. Youngbeck no quiso aceptar.
Norah se recostó y cruzó las piernas.
—Ahora, Mrs. Youngbeck, cuénteme todo el asunto. ¿Qué pasó?
—Fue terrible, simplemente terrible, la manera como esos muchachos estaban golpeando al viejo. Lady y yo habíamos salido para nuestra caminata higiénica. Caminamos dos horas todos los días. Salimos de casa y le damos a la mujer de mi sobrino la oportunidad de hacer la limpieza. — Por un momento se perdió en sus propios problemas… pero se los sacudió… — A Lady le gusta cazar ardillas. No está permitido, pero… — Al momento recordó que estaba hablando a un Oficial de la Policía —. Es tan vieja que no puede cazar ninguna. De todas maneras acababa de llegar a lo alto de la loma y visto lo que sucedía. Grité pidiendo ayuda, pero no había nadie en las cercanías. Por fin vi un auto de la Policía; pero estaba lejos, y ellos todavía seguían golpeando a ese pobre hombre. Así que azucé a Lady sobre ellos.
—¿Lady mordió a alguno?
—Lo siento, ¿pero qué otra cosa se podía hacer? Esos… malditos muchachos no querían detenerse. No tuve otra alternativa que chumbarles a Lady. — Se inclinó para acariciar a la fatigada perra —. Lady los ahuyentó. Salvó la vida del hombre.
—¿No tuvo usted miedo? —preguntó Norah.
—¿Por mí, quiere decir? Claro que no. Lady no hubiera permitido que me tocaran.
Norah dio a la perra un par de palmadas.
—¿Les echó un buen vistazo, Mrs. Youngbeck? ¿Puede describir a alguno?
—Había dos muchachos de azul. Tenían pelo oscuro, casi negro, como el de usted, querida; pero lo llevaban más largo. Tenían caras delgadas, agudas, sin mucho mentón. Se parecían mucho, podrían ser hermanos. El otro… el de colorado… el que mordió Lady, era grueso, excesivamente pesado. Tenía el pelo corto, ondulado, castaño claro y unos ojos extraños… una mirada ausente.
—Era el Jefe —apuntó Norah.
—¡Oh no! De ninguna manera. En realidad él no tomó parte de la paliza hasta el final: no fue hasta que el bajito le ordenó que golpeara al anciano. A veces, usted sabe, los grandotes son los tímidos. Crecen tan de repente… parece que en una noche: no conocen su fuerza. No tienen tiempo de regularla. A veces nunca la regulan, en especial si fueron enfermos en su infancia. Yo diría que así pasa con ese muchacho. Con seguridad es mayor que los otros dos.
Norah sintió un amago de aprensión. Mrs. Youngbeck seguía nombrando a los atacantes como «muchachos». Con probabilidad consideraría a Norah, que tenía treinta y tres años, como una «muchacha». Para una mujer que se aproximaba a los ochenta, cualquiera por debajo de los cincuenta sería calificado de joven.
—¿Qué edad piensa que tenían los muchachos?
—Los dos de azul (de paso le digo que a uno lo llamaban Duncan), los hermanos, yo diría que tendrían trece o catorce años.
Norah abrió la boca.
—¿Está segura?
—¡Oh! Absolutamente. Yo enseñaba en un colegio secundario. Se lo puedo decir. El grandote podría tener diecisiete, quizás dieciocho, — suspiró —. Niños, solo unos niños.
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