Traficantes de dinero
Arthur Hailey
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Ben Rosselli, presidente de un «holding» bancario, reúne a sus amigos y asociados para comunicarles que su muerte está próxima debido a un cáncer de pulmón. Los aspirantes al puesto son dos hombres de caracteres muy diferentes: Alex Vandervoort, hombre inquieto y vehemente, con una conflictiva vida sentimental, y Roscoe Hayward, calculador e individualista, que vive por encima de sus medios económicos. La lucha de estos dos hombres por ganarse la confianza del consejo de administración del Banco comienza de inmediato, produciéndose a la vez el descubrimiento del desfalco de una elevada cantidad de dinero de la entidad. En Traficantes de dinero encontramos un tema de rabiosa actualidad: la ambición desmedida y la lucha por el poder de los directivos pueden llevar al borde de la quiebra a bancos y corporaciones multinacionales.
Arthur Hailey
Traficantes de dinero
ePUB v1.0
Zorindart 25.06.12
Título original: The moneychangers
Arthur Hailey, 1975.
Traducción: Estela Canto
Diseño portada: Farré-Huguet
Editor original: Zorindart (v1.0)
ePub base v2.0
Si eres rico, eres pobre; porque, como un asno cuyo
lomo se curva bajo los lingotes llevas las pesadas riquezas sólo durante un viaje, y la muerte te descarga.
Shakespeare, Measure for measure (Medida por medida)
Maloliente mugre enmohece los tesoros ocultos, pero
el oro que es usado más oro engendra.
Shakespeare, Venus y Adonis
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Por largo tiempo muchos iban a recordar vivamente y con angustia aquellos dos días de la primera semana de octubre.
El martes de aquella semana el viejo Ben Rosselli, presidente del banco First Mercantile American y nieto del fundador del banco, hizo un anuncio —sorprendente y sombrío— que palpitó en todos los rincones del banco y más allá. Y al día siguiente, miércoles, la sucursal «insignia» del banco, en el centro de la ciudad, descubrió la presencia de un ladrón, iniciando una serie de acontecimientos que pocos hubieran podido prever, y que terminaron en naufragio financiero, tragedia humana y muerte.
La convocatoria del presidente del banco ocurrió sin previo anuncio; notablemente, nada se había filtrado de antemano. Ben Rosselli había telefoneado a algunos de los ejecutivos más antiguos por la mañana temprano, había cogido a algunos en su casa, desayunando, a otros poco después de haberse hecho cargo de sus tareas. También había unos pocos que no eran ejecutivos, sino simplemente viejos empleados a quienes Ben consideraba como amigos.
Para cada uno el mensaje fue el mismo: «Por favor, preséntese en la Torre de la Casa Central a las 11 a. m.»
Ahora todos, excepto Ben, estaban reunidos en la sala principal; eran más o menos una veintena y hablaban tranquilamente en grupos, mientras esperaban. Todos estaban de pie; ninguno se atrevió a ser el primero en extraer una silla de las alineadas junto a la reluciente mesa de Dirección, mayor que una mesa de juego, que podía albergar unas cuarenta personas.
Una voz irrumpió penetrante en la charla.
—¿Quién ha autorizado esto?
Las cabezas se volvieron. Roscoe Heyward, vicepresidente ejecutivo y supervisor, se había dirigido a un camarero de chaqueta blanca proveniente del comedor de los ejecutivos. El hombre se había presentado con unas botellas de jerez, que servía en unos vasos.
Heyward, austero, olímpico, era un celoso abstemio. Miró deliberadamente su reloj, en un gesto que decía claramente: ¡no sólo bebida, sino tan temprano! Varios que ya habían tendido las manos hacia el jerez, las retiraron.
—Son órdenes del señor Rosselli, señor —dijo el camarero—. Y pidió especialmente el mejor jerez.
Una figura corpulenta, con un traje gris claro a la moda, se adelantó y dijo ligeramente:
—Por temprano que sea no tiene sentido privarse de una cosa tan buena.
Alex Vandervoort, de ojos azules y pelo rubio, con un poco de gris en las sienes, era también vicepresidente ejecutivo. Comunicativo e informal, su manera fácil, su estilo de «estar en el ajo» ocultaban una vigorosa decisión interna. Los dos hombres —Heyward y Vandervoort— representaban el segundo peldaño de la dirección inmediatamente después de la presidencia, y, aunque los dos eran maduros y capaces de cooperación, también eran, en muchas maneras, rivales. Su rivalidad y sus puntos de vista diferentes impregnaban el banco, proporcionando a cada uno una cohorte de partidarios en niveles más bajos.
Alex tomó dos vasos de jerez y pasó uno a Edwina D'Orsey, morena y estatuaria, primera mujer que ocupaba un cargo ejecutivo en el First Mercantile American.
Edwina vio que Heyward miraba hacia ella, desaprobando. Bueno, poco importa, pensó. Roscoe sabía que ella era leal seguidora de Vandervoort.
—Gracias, Alex —dijo, tomando el vaso.
Hubo un momento de tensión, después otros siguieron el ejemplo. La cara de Roscoe Heyward se contrajo, enojada. Pareció que iba a decir algo más, pero después cambió de idea.
En la puerta del salón de reuniones, el vicepresidente encargado de Seguridad, Nolan Wainwright, una figura imponente, semejante a un Otelo y uno de los dos ejecutivos negros presentes, levantó la voz:
—Mistress D'Orsey, señores… míster Rosselli.
El murmullo de la conversación cesó.
Ben Rosselli estaba allí, sonriendo levemente, recorriendo el grupo con la mirada. Como siempre, su apariencia lograba el punto exacto entre la figura de un padre benevolente y la fuerte solidez de alguien a quien miles de ciudadanos confían el dinero para que lo guarde. Parecía ambas cosas y se vestía en consonancia: un oscuro traje de banquero, con el inevitable chaleco cruzado por una fina cadena de oro y reloj. Y era sorprendente cómo se parecía aquel hombre al primer Rosselli — Giovanni— que había fundado el banco en el sótano de un almacén, hacía un siglo. Era la misma cabeza patricia de Giovanni, con flotante pelo plateado y tupido bigote, que el banco reproducía en los libros de cuentas, y en los cheques de viajero, como símbolo de probidad, y cuyo busto adornaba la Plaza Rosselli, allá abajo.
El Rosselli de ahora tenía el pelo plateado y el bigote casi igualmente tupido. La moda en todo un siglo había dado un giro total. Pero lo que ninguna reproducción mostraba era el impulso de familia que todos los Rosselli habían poseído y que, con ingenuidad e ilimitada energía había llevado al First Mercantile American a su prominencia actual. Hoy, sin embargo, la habitual vivacidad parecía faltar en Ben Rosselli. Caminaba apoyado en un bastón; ninguno de los presentes le había visto hacer esto.
Hizo un gesto como para sacar uno de los pesados sillones de los directores. Pero Nolan Wainwright que estaba más cerca, se movió con más rapidez. El jefe de Seguridad hizo girar el sillón con alto respaldo hacia la mesa de reunión. Con un murmullo de gracias el presidente se acomodó allí.
Ben Rosselli saludó a los demás con la mano.
—Esto es algo informal. No tardaremos mucho. Si alguno lo desea, puede ocupar las sillas. Ah, gracias… —la última frase fue dirigida al camarero, de quien aceptó un vaso de jerez. El hombre salió, cerrando tras de sí las puertas del salón de reuniones.
Alguien acercó una silla para Edwina D'Orsey, y otros se sentaron, pero la mayoría permaneció de pie.
Fue Alex Vandervoort quien dijo:
—Evidentemente estamos aquí para celebrar… —hizo un gesto con el vaso de jerez—. Pero la cuestión es: ¿qué celebramos?
Nuevamente Ben Rosselli dejó pasar una leve sonrisa.
—Me gustaría que ésta fuera una celebración, Alex. Es simplemente una ocasión en la que he pensado que un trago no vendría mal… —hizo una pausa y súbitamente una nueva tensión invadió el cuarto. Era evidente para todos que ésta no era una reunión ordinaria. Las caras reflejaban duda, preocupación.
—Me estoy muriendo —dijo Ben Rosselli—. Los médicos me han dicho que no me queda mucho tiempo. Supuse que todos ustedes debían saberlo… —levantó su vaso, lo contempló y tomó un sorbo de jerez.
Aunque el salón había estado tranquilo antes, el silencio fue ahora intenso. Ninguno se movió ni habló. Los sonidos exteriores llegaban débilmente: el apagado teclear de una máquina de escribir, el zumbido de un acondicionador de aire; afuera, en algún lugar, el chillido de un reactor ascendió sobre la ciudad.
El viejo Ben se inclinó hacia adelante, apoyado en su bastón.
—Vamos, no hay motivo para sentirse incómodos. Somos viejos amigos; por eso les he convocado a ustedes aquí. Ah, sí, para evitar preguntas, diré que lo que he dicho es definitivo; si hubiera creído que existe una posibilidad, que no la hay, habría esperado más tiempo. La otra cosa que quizá les intriga… la enfermedad es cáncer de pulmón, muy avanzado, según me han dicho. Probablemente no llegaré a Navidad… —hizo una pausa y súbitamente toda la fragilidad y fatiga aparecieron. Con más suavidad añadió—: Bueno, ahora ya están ustedes enterados y, cuando quieran, pueden hacer correr la voz.
Edwina D'Orsey pensó: no podía elegirse el momento. En cuanto se vaciara el salón, lo que acababan de oír iba a expandirse por el banco, y más allá, como el fuego en una pradera. Las noticias iban a afectar a muchos, a algunos emocionalmente, a otros de manera prosaica. Pero, sobre todo, ella estaba como atontada y sentía que la reacción de los otros era la misma.
—Míster Rosselli —uno de los hombres más antiguos se atrevió a hablar. Pop Monroe era un viejo empleado en el departamento de depósitos, y su voz temblaba—, míster Rosselli, nos ha largado usted una buena. Nadie sabe qué decir.
Hubo un murmullo, casi un gruñido de asentimiento y simpatía.
Por encima, Roscoe Heyward inyectó con suavidad:
—Lo que podemos y debemos decir… —había una pizca de reprobación en la voz del supervisor, como si los otros hubieran debido esperar que él hablara primero — es que, aunque esta terrible noticia nos ha sacudido y entristecido, podemos estar en un error y confiar en el tiempo. Las opiniones de los médicos, como casi todos sabemos, rara vez son exactas. Y la ciencia médica puede lograr mucho para detener, incluso para curar…
—Roscoe, he dicho que ya he pasado por todo eso —dijo Ben Rosselli, con un primer asomo de impaciencia—. En cuanto a los médicos, he consultado los mejores. ¿Acaso no lo sabían?
—Sí, lo suponíamos —dijo Heyward—. Pero debemos recordar que hay un poder más alto que el de los médicos, y es deber de todos nosotros —miró con deliberación alrededor de la habitación— rogar a Dios que se apiade o que, por lo menos, conceda más tiempo del que usted cree.
El viejo dijo con ironía.
—Tengo la impresión de que Dios ya se ha decidido.
Alex Vandervoort observó:
—Ben, todos estamos trastornados. Lamento especialmente algo que he dicho antes…
—¿Lo del festejo? ¡No tiene importancia!… Usted no estaba enterado… —el viejo tuvo una risita—. Además, ¿por qué no? He tenido una buena vida; no todo el mundo la tiene y, por lo tanto, hay motivo para celebrar… —palmeó los bolsillos de la chaqueta, después miró alrededor—. ¿Alguno tiene un cigarrillo? Los médicos me los han prohibido.
Aparecieron varios paquetes. Roscoe Heyward gimió:
—¿Está seguro de que le conviene hacerlo?
Ben Rosselli le miró sardónicamente y no contestó. No era un secreto que, aunque el viejo respetaba el talento de Heyward como banquero, los dos hombres nunca habían logrado intimar.
Alex Vandervoort encendió el cigarrillo que había tomado el presidente del banco. Los ojos de Alex, como los de otros en la habitación, estaban húmedos.
—En un momento como éste hay algunas cosas de las que uno se alegra —dijo Ben—. Que nos den un consejo es una, es la posibilidad de atar cabos perdidos… — el humo del cigarrillo giró a su alrededor—. Naturalmente, por otro lado uno lamenta la forma en que se han producido algunas cosas. Deben ustedes reflexionar y meditar también sobre esto.
Todos sabían qué era lo que más había que lamentar: Ben Rosselli no tenía herederos. Su único hijo había muerto en la Segunda Guerra Mundial; y más recientemente un nieto, que prometía, había muerto en la insensata pérdida de vidas del Vietnam.
Un ataque de tos sacudió al viejo. Nolan Wainwright, que estaba más cerca, se adelantó, tomó el cigarrillo que le tendían con dedos temblorosos, y lo apagó. Se hizo, entonces, evidente hasta qué punto estaba debilitado Ben Rosselli, cuánto le había fatigado el esfuerzo de hoy.
Aunque nadie lo sabía, era la última vez que el presidente iba a acudir al banco.
Se acercaron a Rosselli individualmente, le dieron la mano con suavidad, buscando unas palabras que decir. Cuando llegó el turno a Edwina D'Orsey, ella le besó levemente en la mejilla, y él parpadeó.
Capítulo 2
Roscoe Heyward fue uno de los primeros en dejar el salón. El vicepresidente supervisor ejecutivo tenía dos objetivos urgentes, resultado de lo que acababa de saber.
Uno era lograr una suave transición de autoridad, después de la muerte de Ben Rosselli. El segundo objetivo era asegurar que Heyward fuera nombrado presidente y ejecutivo principal.
Heyward era ya un fuerte candidato. También lo era Alex Vandervoort y posiblemente, dentro del mismo banco, Alex tenía más seguidores. Sin embargo, en el cuerpo de directores, donde la cosa tenía más peso, Heyward creía contar con más apoyo.
Versado en la política bancaria y con una mente acerada y disciplinada, Heyward empezó a planear su campaña, incluso cuando la reunión de la mañana no había terminado.
Se dirigió a sus oficinas, unos cuartos con paneles, espesas cortinas beige y una vista de la ciudad, allá abajo, capaz de cortar el aliento. Sentado ante su escritorio llamó a la principal de sus dos secretarias, mistress Callaghan, y le dio instrucciones como para un rápido incendio.
La primera era la de telefonear a los directores, con los que Roscoe Heyward iba a hablar, uno por uno. Tenía ante sí, en el escritorio, una lista de los directores. Fuera de las llamadas del teléfono directo, pidió no ser molestado.
Otra instrucción fue la de cerrar la puerta exterior de la oficina cuando la secretaria salió —cosa en sí desusada, ya que los ejecutivos del FMA conservaban una tradición de puertas abiertas iniciada hacía un siglo y estólidamente mantenida por Ben Rosselli. Aquella era una tradición que debía desaparecer. La intimidad, en aquel momento, era esencial.
Heyward había sido rápido en observar que, en la reunión de aquella mañana, sólo dos miembros del cuerpo del First Mercantile American, aparte de los antiguos gerentes, habían estado presentes. Ambos directores eran amigos personales de Ben Rosselli —y era evidentemente por este motivo que habían sido convocados. Pero esto significaba que quince miembros del cuerpo no estaban informados, todavía, de la próxima muerte del presidente. Heyward quería que los quince recibieran las noticias por su boca.
Calculó dos probabilidades: primero, los hechos eran tan súbitos y estremecedores que iba a producirse una alianza instintiva entre quien recibiera la noticia y quien la diera. Segundo: algunos directores iban a resentirse por no haber sido informados de antemano, especialmente porque algunos funcionarios menores del FMA habían escuchado la noticia en el salón de reuniones. Roscoe Heyward pensaba capitalizar este resentimiento.
Se oyó el zumbido de un timbre. Recibió la primera llamada y empezó a hablar. Después siguió otra llamada, y otra más. Varios directores estaban fuera de la ciudad, pero Dora Callaghan, una ayudante leal y experimentada, les seguía los pasos.
Media hora después de empezar a telefonear, Roscoe Heyward informaba con calor al honorable Harold Austin:
—Aquí, en el banco, como es lógico, terriblemente trastornados y emocionados. Lo que Ben nos ha dicho no parece real, o posible.
—¡Dios mío! —la otra voz en el teléfono todavía reflejaba la angustia expresada unos momentos antes—. ¡Y tener que decirlo personalmente a la gente! —Harold Austin era uno de los pilares de la ciudad, tercera generación de una vieja familia y, hacía tiempo, había estado una única temporada en el Congreso… de ahí el título de «Honorable», alentado por la costumbre. Ahora poseía la mayor agencia de publicidad del estado y era un veterano director del banco, con fuerte influencia en el consejo.
El comentario acerca del anuncio personal dio a Heyward la apertura que necesitaba.
—Me doy cuenta perfectamente de tus sentimientos sobre la manera de informar, y, la verdad, es que ha sido algo desusado. Lo que más me preocupa es que no se haya avisado a los directores. Opino que debía haberse hecho. Pero, ya que no fue así, considero que ha sido mi deber informaros en seguida a ti y a los otros… —la cara aquilina austera de Heyward mostró concentración; detrás de las gafas sin aro sus ojos grises eran fríos.
—Estoy de acuerdo contigo, Roscoe —dijo la voz en el teléfono—. Creo que debimos ser informados, y te agradezco que te hayas ocupado de esto.
—Gracias, Harold. En un momento como éste uno nunca sabe qué es mejor. Lo único cierto es que alguno debe ejercer el mando.
El uso del tuteo era fácil para Heyward. Provenía de una antigua familia, sabía cómo moverse entre las más poderosas bases del estado, y era miembro, con buena base, de lo que los ingleses llaman un muchacho de «adentro». Sus relaciones personales se extendían más allá de los límites del estado, hasta Washington y otras partes. Heyward estaba orgulloso de su status social y de sus amistades en altas esferas. También le gustaba que la gente recordara su directa descendencia de uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia.
Sugirió:
—Otro motivo para tener informados a los miembros del consejo es que estas tristes noticias sobre Ben van a producir un tremendo impacto. Y la cosa correrá rápidamente.
—No cabe duda —corroboró el honorable Harold—. La posibilidad es que mañana se haya enterado la prensa y empiece a hacer preguntas.
—Exactamente. Y una publicidad inadecuada puede inquietar a los depositantes, y reducir el precio de nuestros valores.
—Hum…
Roscoe Heyward podía sentir las ruedecillas en la mente de su compañero. El Austin Family Trust, representado por el honorable Harold, tenía gran cantidad de acciones del FMA.
Heyward se apresuró a decir:
—Naturalmente, si el consejo toma una decisión enérgica para asegurar a los accionistas y depositantes, al igual que al público en general, toda esa pérdida será desdeñable.
—Excepto para los amigos de Ben Rosselli —recordó secamente Harold Austin.
—Hablaba fuera del marco de la pérdida personal. Mi pesar, te lo aseguro, es tan hondo como el de cualquiera.
—¿En qué estás pensando, Roscoe?
—En general, Harold… en una continuidad de la autoridad. Concretamente no debe quedar vacante el cargo de ejecutivo principal ni siquiera por un día —prosiguió Heyward—. Con el mayor respeto hacia Ben, y sin tener en cuenta nuestro profundo cariño hacia él, este banco ha sido considerado durante mucho tiempo como una institución de un solo hombre. Lógicamente hace años que la cosa no es así: ningún banco puede figurar entre los veinte principales de la nación y ser dirigido individualmente. Pero, hay gente fuera que lo sigue creyendo. Por eso, por triste que sea este momento, los directores tendrán la oportunidad de disipar esa leyenda.
Heyward sintió que el otro hombre pensaba astutamente antes de contestar. También pudo imaginar a Austin… un hermoso tipo de playboy envejecido, vestido de manera llamativa y con estilizado y flotante pelo gris. Probablemente, como de costumbre, fumaba un gran cigarro. Sin embargo, el honorable Harold no se dejaba tomar por tonto por nadie, y tenía reputación de ser un hombre de negocios audaz y brillante. Finalmente declaró:
—Creo que tu punto de vista sobre la continuidad es válido. Y estoy de acuerdo contigo en que el sucesor de Ben Rosselli debe ser elegido y su nombre anunciado antes de la muerte de Ben.
Heyward escuchó intensamente mientras el otro proseguía:
—Opino que tú eres ese hombre, Roscoe. Lo he pensado hace tiempo. Tienes las cualidades, la experiencia, la rudeza… todo. Por lo tanto estoy dispuesto a darte mi apoyo, y hay otros en el consejo a los que puedo convencer para que sigan el mismo camino. Supongo que es eso lo que deseas.
—Realmente estoy muy agradecido…
—Naturalmente, a cambio podré pedirte algún ocasional quid pro quo.
—Me parece razonable.
—Bien. Entonces nos hemos entendido.
La conversación, decidió Roscoe Heyward al cortar la comunicación, había sido altamente satisfactoria. Harold Austin era un hombre de lealtad consistente, que cumplía con su palabra.
Las llamadas precedentes habían sido igualmente satisfactorias.
Al hablar poco después con otro director —Philip Johannsen, presidente del Mid Continent Rubber —surgió otra oportunidad. Johannsen reconoció que francamente no se entendía con Alex Vandervoort, cuyas ideas le parecían poco ortodoxas.
—Alex es antiortodoxo —dijo Heyward—. Naturalmente tiene algunos problemas personales. No sé si las dos cosas podrán marchar juntas.
—¿Qué clase de problemas?
—Cosas de mujeres. Pero no me gustaría…
—Es algo importante, Roscoe. Y también confidencial. Habla.
—Bueno, en primer lugar, Alex tiene dificultades matrimoniales. Segundo, tiene relaciones con otra mujer. Tercero, esa mujer es una activista de izquierda, aparece con frecuencia en las noticias, y no precisamente en el tipo de contexto que puede ser útil al banco. A veces me pregunto si tiene mucha influencia sobre Alex. Como he dicho no me gustaría…
—Has hecho bien en decírmelo, Roscoe —dijo Johannsen—. Es algo que los directores deben saber. Izquierdista, ¿eh?
—Sí, se llama Margot Bracken.
—Creo que la he oído nombrar. Y lo que he oído, no me gusta.
Heyward sonrió.
Pero quedó menos contento, sin embargo, dos llamadas después, cuando se comunicó con un director de fuera de la ciudad. Leonard L. Kingswood, presidente del consejo de la Northam Steel.
Kingswood, que había iniciado su vida como fundidor en los hornos de una fábrica de acero, dijo:
—No me vengas con esa mierda, Roscoe —cuando Heyward sugirió que los directores del banco debían ser informados de antemano de la situación de Ben Rosselli—. Ben ha hecho las cosas como las hubiera hecho yo. Decir las cosas primero a las personas que están más cerca, y después a los directores y a otros cuellos almidonados.
En cuanto a la posibilidad de una declinación en los depósitos del First Mercantile American, la reacción de Len Kingswood fue:
—¿Y qué?
—Seguramente —añadió— el FMA bajará un punto o dos en la pizarra cuando se sepan las noticias. Sucederá porque la mayoría de las transacciones de depósitos están en manos de niños de mamá nerviosos, que no saben distinguir la histeria de los hechos. Pero, seguramente, los depósitos volverán a subir en una semana, porque los valores están ahí, el banco es bueno, y todos los que estamos dentro lo sabemos.
Y más adelante, en la conversación:
—Roscoe, este trabajo de antecámara que estás haciendo es tan transparente como una ventana recién lavada, por eso te diré con igual claridad mi posición, para que no perdamos tiempo. Tú eres un supervisor de primera categoría, el mejor hombre para números y dinero que he conocido nunca. Y si algún día tienes ganas de venirte aquí, a la Northam, con un buen cheque como paga y mejor opción en los depósitos, daré vueltas a mi gente y te pondré en lo alto de la pirámide financiera. Es un ofrecimiento y una promesa. Hablo completamente en serio.
El presidente de la compañía de acero declinó el ofrecimiento de Heyward y prosiguió:
—Pero, pese a lo bueno que eres, Roscoe, lo que quiero decir es que… no eres un directivo para todo alcance. Por lo menos, es como yo veo las cosas, y también es lo que diré cuando el consejo decida quién va a sustituir a Ben. Y otra cosa que quiero también decirte es que mi candidato es Vandervoort. Es algo que debes saber.
Heyward contestó sin perder la calma:
—Te agradezco la franqueza, Leonard.
—Bien. Y si piensas alguna vez con seriedad en la oferta que te he hecho, llámame cuando gustes.
Pero Roscoe Heyward no tenía intenciones de trabajar para la Northam Steel. Aunque el dinero era para él importante, su orgullo no se lo hubiera permitido después del mordiente veredicto de Leonard Kingswood, de hacía un instante. Además, todavía seguía confiando en obtener el cargo principal en el FMA.
Nuevamente zumbó el teléfono. Cuando contestó, Dora Callaghan anunció que otro director estaba en la línea.
—Es míster Floyd LeBerre.
—Floyd —empezó Heyward, con la voz afectada en un tono bajo y serio—, lamento muchísimo tener que ser portador de una noticia trágica y triste.
Capítulo 3
No todos los que habían estado presentes en la grave reunión del consejo salieron tan rápidamente como Roscoe Heyward. Algunos se demoraron fuera, todavía bajo la impresión, conversando en voz baja.
El viejo funcionario del departamento de inversiones, Pop Monroe, dijo con suavidad a Edwina D'Orsey:
—Éste es un día triste, muy triste.
Edwina asintió, sin poder hablar. Ben Rosselli había sido importante para ella como amigo y él se había enorgullecido al verla subir y formar parte de las autoridades del banco.
Alex Vandervoort se detuvo junto a Edwina, dirigiéndose después a su oficina, algunas puertas más allá:
—¿Quieres acompañarme un momento?
Ella dijo, agradecida:
—Sí, por favor.
Las oficinas de los principales ejecutivos estaban en el mismo piso que la sala de reunión del consejo —el piso treinta y seis, en lo alto de la Torre de la Casa Central del FMA. Las oficinas de Alex Vandervoort, como otras, tenían una zona para conferencias informales y, allí, Edwina sirvió café con una Sílex. Vandervoort extrajo una pipa y la encendió. Ella observó que los dedos de él se movían con eficiencia, sin desperdiciar ningún movimiento. Sus manos eran como su cuerpo, corto y ancho, los dedos terminaban repentinamente, en unas uñas cortas pero bien cuidadas.
La camaradería entre los dos databa de largo tiempo. Aunque Edwina, que era gerente de la sucursal principal del First Mercantile American en la ciudad, estaba varios niveles por debajo de Alex en la jerarquía del banco, él siempre la había tratado como a una igual, y con frecuencia, en asuntos que afectaban a su sucursal, había tratado con ella directamente, pasando por encima de los peldaños de la organización que los separaban.
—Alex —dijo Edwina— debo decirte que pareces un esqueleto.
Una cálida sonrisa encendió la suave y redonda cara de él.
—Se me nota, ¿eh?
Alex Vandervoort era un conocido gastrónomo, un goloso amante de la comida y el vino. Desgraciadamente aumentaba fácilmente de peso. Periódicamente, como ahora, tenía que seguir alguna dieta.
Por tácito consentimiento ambos evitaron, por el momento, el tema que estaba más próximo a sus mentes.
Él preguntó:
—¿Cómo andan los negocios este mes en la sucursal?
—Bastante bien. Y soy optimista para el año próximo.
—Hablando del año próximo, ¿cómo ve la cosa Lewis?
Lewis D'Orsey, marido de Edwina, era dueño y editor de un difundido periódico para economistas.
—Sombríamente. Prevé un alza temporal en el valor del dólar, luego otra gran caída, como ocurrió con la libra esterlina. También dice Lewis que aquellos que en Washington afirman que la recesión norteamericana ha llegado a su fin son unos ilusos, ¡los mismos falsos profetas que en Vietnam veían «la luz del túnel»!
—Estoy de acuerdo con él —murmuró Alex—. Sabes, Edwina, uno de los fallos de los banqueros norteamericanos es que nunca alentamos a nuestros clientes a tener cuentas en moneda extranjera… francos suizos, marcos alemanes, otras monedas… como hacen los banqueros europeos. Oh, aceptamos a las grandes corporaciones, porque saben lo bastante como para insistir; y los bancos norteamericanos ganan para sí generosos beneficios con otras monedas. Aunque rara vez, o nunca, se hace esto por medio de los depositantes menores o de tipo medio. Si hubiéramos promovido las cuentas en moneda extranjera hace diez, o incluso cinco años, algunos de nuestros clientes habrían ganado con la desvalorización del dólar, en lugar de perder.
—¿Y no se opondría a eso la Tesorería de Estados Unidos?
—Probablemente. Pero tendrían que contar con la presión del público. Siempre lo hacen.
Edwina preguntó:
—¿Alguna vez has sugerido la idea… de que más gente tenga cuentas en moneda extranjera?
—Una vez lo intenté. Me hicieron callar. Entre nosotros los banqueros norteamericanos, el dólar, por débil que esté, es sagrado. Es un concepto de avestruz que hemos inculcado al público, y que les ha costado dinero. Sólo unos pocos sofisticados tuvieron buen sentido y abrieron cuentas en moneda suiza, antes que empezaran las devaluaciones del dólar.
—Con frecuencia he pensado en eso —dijo Edwina—. Cada vez que ha sucedido, los banqueros han sabido por anticipado que la devaluación es inevitable. Sin embargo no hemos dado a nuestros clientes, exceptuando unos pocos favorecidos, ningún aviso, ninguna sugerencia para que vendieran dólares.
—Se suponía que era poco patriótico. Incluso Ben…
Alex se interrumpió. Permanecieron algunos momentos sin hablar.
Por los ventanales que ocupaban la pared del lado Este de la oficina de Alex, podían ver la robusta ciudad del Midwest, tendida ante ellos. Muy cerca estaban los estrechos callejones de establecimientos del centro, los mayores edificios, sólo un poco más bajos que la torre principal del First Mercantile American. Más allá del distrito del centro, retorcido en forma de doble S, estaba el amplio río lleno de tráfico, con su color —hoy como de costumbre— gris por las poluciones. Un entreverado trabajo de puentes sobre el río, líneas férreas y caminos corrían hacia el exterior como cintas desplegadas hacia complejos industriales y suburbios a lo lejos, los últimos, sentidos más que vistos, en una neblina que lo invadía todo. Pero más cerca que las industrias y los suburbios, aunque más allá del río, estaba el barrio central pobre, un laberinto de casas bajo el nivel medio, considerado por algunos la vergüenza de la ciudad.
En medio de esta última área, un nuevo gran edificio y el andamiaje de acero de otro se destacaban contra el horizonte.
Edwina señaló el edificio y el andamiaje de acero.
—Si estuviera como está ahora Ben —dijo— y quisiera ser recordada por algo, creo que quisiera serlo por el Forum East.
—Eso creo —la mirada de Alex siguió la de Edwina—. Sin él hubiera sido sólo una idea, y no mucho más.
El Forum East era un ambicioso desarrollo urbano local, y su objetivo era rehabilitar el corazón de la ciudad. Ben Rosselli había comprometido financieramente al First Mercantile American en el proyecto, y Alex Vandervoort había estado directamente encargado de la inversión del banco. La gran sucursal central, manejada por Edwina, se había encargado de los préstamos para la construcción y detalles de las hipotecas.
—Estaba pensando —dijo Edwina— en los cambios que ocurrirán aquí —iba a añadir: «Después de la muerte de Ben…»
—Habrá cambios, lógicamente… quizá grandes cambios. Espero que ninguno afecte al Forum East.
Ella suspiró.
—No ha pasado una hora desde que Ben nos dijo…
—Y estamos discutiendo futuros negocios bancarios antes de que se haya cavado una tumba. Bueno, hay que hacerlo, Edwina. Ben lo espera. Importantes decisiones deben ser tomadas pronto.
—Incluida la de quién sucederá al presidente.
—Ésa es una.
—Muchos en el banco esperamos que seas tú.
—Francamente yo también lo espero.
Lo que ninguno de los dos dijo era que, hasta ese día, Alex Vandervoort había sido visto como el heredero elegido de Ben Rosselli.
Pero no tan pronto. Sólo hacía dos años que Alex estaba en el First Mercantile American. Antes había sido funcionario en la Federal Reserve y Ben Rosselli lo había convencido personalmente para que se le uniera, ofreciendo la perspectiva de un avance eventual hasta la dirección.
—Dentro de unos cinco años, más o menos —había dicho el viejo Ben a Alex en aquella ocasión— quiero delegar el mando en alguien que sepa afrontar con eficiencia los grandes números y que sea capaz de demostrar una beneficiosa línea básica, porque ésta es la única manera en que un banquero puede actuar con fuerza. Pero hay que ser algo más que un técnico de categoría. La clase de hombre que yo deseo para dirigir este banco no debe olvidar nunca que los pequeños depositantes, los individuos, han sido siempre nuestra base más fuerte. Lo malo con los banqueros hoy en día es que se han vuelto demasiado remotos.
Ben Rosselli señaló claramente que no estaba haciendo ninguna promesa en firme, pero añadió: «Mi impresión, Alex, es que eres la clase de hombre que necesitamos. Trabajemos juntos un tiempo y ya veremos.»
Y así Alex entró al banco, trayendo su experiencia y un olfato para la nueva técnica, y, con ambas cosas, pronto se destacó. En cuanto a la filosofía, descubrió que compartía muchos puntos de vista de Ben.
Tiempo atrás, Alex también había ganado intuición bancaria gracias a su padre, un inmigrante holandés convertido en granjero en Minnesota.
Pieter Vandervoort se había cargado con un préstamo bancario y, para pagar los intereses, trabajaba desde antes del alba hasta después del crepúsculo, generalmente siete días a la semana. Finalmente murió por exceso de trabajo, empobrecido, tras lo cual el banco vendió su tierra, recobrando no sólo los intereses sino la inversión original. La experiencia de su padre demostró a Alex —por medio del dolor— que el lugar para estar, era el del otro lado del mostrador de un banco.
Finalmente, el camino al banco para el joven Alex fue una beca en Harvard, y graduarse con honores en ciencias económicas.
—Quizá todo marche todavía —dijo Edwina D'Orsey—. Supongo que el consejo elegirá al presidente.
—Sí —contestó Alex, casi ausente. Había estado pensando en Ben Rosselli y en su padre; el recuerdo de los dos estaba extrañamente mezclado.
—La duración de los servicios prestados no lo es todo.
—Pero cuenta.
Mentalmente Alex pesó las probabilidades. Sabía que poseía el talento y la experiencia para encabezar el First Mercantile American, pero las posibilidades eran que los directores favorecieran a alguien que había estado allí desde hacía tiempo. Roscoe Heyward, por ejemplo, había trabajado en el banco desde hacía casi veinte años, y pese a su ocasional falta de contacto con Ben Rosselli, Heyward contaba con mucho apoyo en el consejo.
Ayer las posibilidades favorecían a Alex. Hoy, las cosas se daban vueltas.
Se puso de pie y golpeó su pipa.
—Tengo que volver al trabajo.
—Yo también.
Pero Alex, al quedar solo, se sentó en silencio, pensativo.
Edwina tomó un ascensor expreso desde el piso de los directores hasta el vestíbulo del piso principal de FMA, una mezcla arquitectónica del Lincoln Center y de la Capilla Sixtina. El vestíbulo estaba lleno de gente, apresurados empleados bancarios, mensajeros, visitantes, curiosos. Respondió al amistoso saludo de un guardia de seguridad.
Desde el curvado vidrio frontal Edwina podía ver la Plaza Rosselli, con sus árboles, bancos, esculturas en la avenida y burbujeante fuente. En el verano la plaza era lugar de reuniones y los empleados que trabajaban en el centro almorzaban allí, pero ahora parecía siniestra e inhospitalaria. Un crudo viento revolvía las hojas y el polvo en pequeños tornados, y los transeúntes corrían en busca del calor de adentro.
Era la época del año, pensó Edwina, que menos le gustaba. Hablaba de melancolía, del invierno que llegaba, de la muerte.
Involuntariamente se estremeció, después se dirigió hacia el «túnel», alfombrado y suavemente iluminado, que comunicaba las oficinas principales del banco con la sucursal principal del centro, una estructura palaciega, de un solo piso.
Era su dominio.
Capítulo 4
El miércoles se inició normalmente en la principal sucursal de la ciudad.
Edwina D'Orsey era funcionaria de guardia en la sucursal durante la semana, y llegó exactamente a las 8.30, media hora antes que las lentas puertas de bronce del banco se abrieran para el público.
Como gerente de la sucursal «insignia» del FMA, y como vicepresidente corporativo, en realidad no debía cumplir sus funciones de guardia. Pero Edwina prefería cumplir su turno. También esto demostraba que no esperaba privilegios especiales por ser una mujer… cosa que siempre había tenido cuidado de señalar durante sus quince años en el First Mercantile American. Además, la guardia se presentaba sólo cada diez semanas.
Ante la puerta del costado del edificio hurgó en su bolso marrón de Gucci, buscando la llave; la encontró debajo de un montón de lápices de labios, billeteras, tarjetas de crédito, polvos, peine, una lista de cosas para comprar y otras cosas; su cartera estaba siempre inesperadamente desordenada. Después, antes de usar la llave, comprobó la señal de «no emboscada». La señal estaba donde debía estar… una tarjetita amarilla, colocada sin que llamara la atención en una ventana. La tarjeta debía haber sido puesta allí unos minutos antes por un portero cuya tarea era ser el primero en llegar a la gran sucursal todos los días. Si todo estaba dentro en orden, colocaba la señal donde los empleados que llegaban pudieran verla. Pero, si hubieran penetrado asaltantes durante la noche y esperaran para atrapar rehenes —el portero en primer término— no habría ninguna señal, y, de este modo, la ausencia se convertiría en un aviso. Los empleados que llegaran más tarde, no sólo no iban a entrar, sino que instantáneamente pedirían ayuda.
Debido a los crecientes asaltos de todo tipo, la mayoría de los bancos utilizaban la señal de «no emboscada», y el tipo y la colocación cambiaban con frecuencia.
Al entrar, Edwina fue inmediatamente hacia un panel móvil en la pared y lo abrió de golpe. A la vista quedó un timbre que oprimió en clave: dos llamadas largas, tres breves, una larga. En la habitación de Seguridad Central, en la Torre principal, quedaban ahora enterados que la puerta de alarma que la entrada de Edwina había puesto en movimiento hacía un momento, podía ser ignorada y que un funcionario autorizado estaba en el banco. El portero, al entrar, también debía haber transmitido su propia clave.
El cuarto de guardia, al recibir señales similares desde otras sucursales del FMA, ponía en marcha el sistema de alarma del edificio, desde «alerta» hasta «quietos».
Si Edwina como funcionario de seguridad o el portero no hubieran dado la clave correctamente, la habitación de guardia hubiera informado a la policía. Unos minutos después la sucursal del banco hubiera sido rodeada.
Como con otros sistemas, las claves cambiaban con frecuencia. Los bancos en todas partes encontraban la Seguridad en señales positivas cuando todo andaba bien, en ausencia de señales cuando estallaban las dificultades. De aquella manera si un empleado era retenido como rehén, podía dar la alarma sin hacer nada.
Otros funcionarios y algunos empleados estaban entrando, controlados por el portero correctamente uniformado que vigilaba la puerta del costado.
—Buenos días, mistress D'Orsey —dijo un empleado veterano, de pelo blanco, de nombre Tottenhoe, uniéndose a Edwina. Era contador y estaba encargado de los empleados y de la rutina que reinaba en la sucursal, y su cara larga y lúgubre le hacía parecerse a un viejo canguro. Su normal mal humor y su pesimismo había aumentado cuando se imponía el retiro forzoso; sentía su edad y parecía culpar a los demás de tenerla. Edwina y Tottenhoe caminaron juntos por la planta baja del banco, después se dirigieron por una amplia y alfombrada escalera hacia la cámara acorazada del tesoro. Supervisar la apertura y el cierre del recinto de las cajas fuertes era responsabilidad del funcionario encargado de la Seguridad.
Mientras esperaban junto a la puerta de la cámara para que abriera el reloj minutero, Tottenhoe dijo sombríamente:
—Corren rumores de que míster Rosselli se está muriendo. ¿Es verdad?
—Mucho me lo temo —y le contó brevemente la reunión del día anterior.
La noche anterior, en su casa, Edwina apenas había pensado en otra cosa, pero esta mañana estaba decidida a concentrarse en los asuntos del banco. Era lo que Ben habría deseado.
Tottenhoe murmuró algo desalentador, que ella no entendió.
Edwina miró el reloj: 8,40. Unos segundos después un débil clic en la maciza puerta de acero cromado anunció que el reloj minutero nocturno, puesto antes que el banco se cerrara la noche antes, se había apagado por sí mismo. Ahora las cerraduras de combinación de la cámara podían ser usadas. Hasta ese momento no hubiera podido hacerse.
Usando otro timbre oculto, Edwina señaló a la habitación de Seguridad Central que la cámara estaba a punto de ser abierta —una apertura normal, no bajo presión.
De pie al lado de la puerta, Edwina y Tottenhoe giraron combinaciones separadas. Uno no sabía el juego de combinación del otro; de este modo ninguno podía abrir la cámara a solas.
Un funcionario ayudante del contador, Miles Eastin, había llegado ya. Era un hombre joven, hermoso, bien parecido e invariablemente alegre —en agradable contraste con la segura tristeza de Tottenhoe. Edwina simpatizaba con Eastin. Con él estaba un contador antiguo de la cámara del tesoro que supervisaba la transferencia del dinero, cuando entraba y salía de la cámara, durante el resto del día. Sólo en dinero al contado, cerca de un millón de dólares en billetes y monedas, iban a estar bajo su control en las próximas seis horas de operación.
Los cheques que pasaban por la gran sucursal del banco durante el mismo período representaban otros veinte millones.
Cuando Edwina retrocedió, el antiguo contador y Miles Eastin abrieron juntos la enorme puerta de la cámara, hecha con ingeniería de precisión. Iba a permanecer abierta hasta esa noche, cuando se cerraran los negocios.
—Acabo de recibir un mensaje telefónico —informó Eastin el funcionario de operaciones—. Faltan hoy dos nuevos cajeros.
La expresión de melancolía de Tottenhoe se acrecentó.
—¿Es la gripe? —preguntó Edwina.
Una epidemia castigaba la ciudad en los últimos diez días, dejando al banco sin empleados, especialmente entre los cajeros.
Tottenhoe se quejó.
—Si yo pudiera cogerla podría irme a casa, acostarme y dejar a otro para que se ocupe de los pagos… —se volvió hacia Edwina.
—¿Insiste en que abramos hoy?
—Creo que es lo que se espera de nosotros.
—Entonces vaciaremos una o dos sillas de otros funcionarios. Usted es el primer elegido —dijo a Miles Eastin— así que saque una caja y prepárese a enfrentarse con el público. ¿Recuerda cómo se cuenta?
—Hasta veinte —dijo Eastin—. Siempre que pueda trabajar sin medias.
Edwina sonrió. No le inspiraba temores el joven Eastin: todo lo que tocaba lo hacía bien. Cuando Tottenhoe se jubilara el año siguiente seguramente Miles Eastin iba a ser escogido por ella como contador principal.
Él le devolvió la sonrisa.
—No se preocupe, mistress D'Orsey. Aunque de fuera, no soy malo en esto. Además, anoche jugué a la pelota y me las arreglé para mantener el tanteo.
—¿Pero ganó?
—¿Cuando mantuve el tanteo? ¡Claro!
Edwina estaba enterada, lógicamente, del otro hobby de Eastin, que había resultado útil al banco: el estudio y coleccionamiento de billetes y monedas. Era Miles Eastin quien daba charlas de orientación a los nuevos empleados de la sucursal, y le gustaba revolver preciosidades históricas, como el hecho de que el papel moneda y la inflación habían sido inventados en China. El primer caso recordado de inflación, explicaba, tuvo lugar en el siglo XIII, cuando el emperador mongol Kublai Kan no pudo pagar a sus soldados en monedas, y, por esto, usó un trozo de madera impreso para producir moneda militar. Desgraciadamente se imprimió tanto, que pronto la moneda perdió valor. «Alguna gente —añadía el joven Eastin— cree que el dólar se está mogolizando en este momento.» Debido a sus estudios, Eastin se había convertido también en experto permanente en dinero falsificado, y los billetes dudosos que aparecían eran sometidos a su opinión.
Los tres —Edwina, Eastin, Tottenhoe— subieron las escaleras desde el sótano del tesoro hasta la planta baja.
Bolsas de lona conteniendo dinero eran descargadas afuera desde un camión blindado, y el dinero iba escoltado por dos guardias armados.
El dinero al contado en grandes cantidades siempre llegaba temprano por la mañana, y había sido transferido todavía más temprano desde la Federal Reserve hasta la cámara central del tesoro del First Mercantile American. Desde allí era distribuido en las sucursales del sistema del FMA. Los motivos para que la distribución se hiciera en el mismo día eran simples. El exceso de dinero en efectivo en las cámaras no producía, por supuesto, ganancias; también había peligro de pérdidas o robos.
El ideal, para cualquier gerente de sucursal, era no quedarse nunca sin dinero en efectivo, pero tampoco tener demasiado.
Una gran sucursal de banco, como la central del FMA, mantenía un flotante en efectivo de medio millón de dólares. El dinero que llegaba ahora —otro cuarto de millón— era la diferencia requerida en un día normal de banco.
Tottenhoe gruñó a los guardias que entregaban el dinero:
—Espero que nos hayan traído dinero más limpio del que hemos recibido últimamente.
—Ya les he hablado a los tipos de la Caja Central sobre su protesta, míster Tottenhoe —dijo un guardia. Era joven, con largo pelo oscuro que desbordaba su gorra y su cuello de uniforme. Edwina miró hacia abajo, preguntándose si llevaba zapatos. Los llevaba.
—Dicen también que usted ha telefoneado —añadió el guardia—. Por mí, yo tomaría dinero, limpio o sucio.
—Desgraciadamente —contestó el contador— algunos de nuestros clientes no son de su opinión.
Los billetes nuevos, recién llegados de la oficina de impresión y grabados por intermedio de la Federal Reserve, eran ávidamente disputados en los bancos. Un número sorprendente de clientes, denominados «los que van y vienen» rechazaban los billetes sucios y pedían que les dieran nuevos o, por lo menos, algunos bastante limpios, que los banqueros llamaban «apropiados». Por suerte había otros a quienes la cosa no les importaba y los cajeros tenían instrucciones de pasar la moneda sucia cuando pudieran, conservando los billetes frescos, crujientes, para quienes los solicitaran.
—Oiga, hay una gran cantidad de dinero falso de primera calidad. Tal vez podamos darle un paquete… —el segundo guardia guiñó el ojo a su compañero.
Edwina le dijo:
—Para eso no necesitamos su ayuda. Ya hemos recibido de esos billetes falsos en cantidad.
No hacía más de una semana que el banco había descubierto casi mil dólares en billetes falsos —dinero depositado, aunque la fuente era desconocida. Era más que probable que hubiera llegado a través de distintos depositantes, algunos que habían sido defraudados y pasaban su pérdida al banco; otros que no tenían idea que los billetes fueran falsos, cosa no sorprendente, ya que la calidad era notablemente elevada.
Agentes del Servicio Secreto de los Estados Unidos, que habían discutido el problema con Edwina y Miles Eastin, estaban francamente preocupados.
—Los billetes falsos que tenemos delante nunca han sido tan buenos, y nunca ha habido tantos en circulación —reconoció uno—. Un cálculo restringido era que treinta millones de dólares falsos se habían producido el año anterior. Y muchos más no han sido descubiertos.
Inglaterra y Canadá eran las principales fuentes de moneda falsa de los Estados Unidos. Los agentes también informaron que una increíble cantidad circulaba en Europa.
—No se descubre allí tan fácilmente, de manera que prevenga a los amigos que vayan a Europa para que nunca acepten billetes norteamericanos. Hay muchas posibilidades de que no valgan nada.
El primer guardia armado echó las bolsas sobre sus hombros.
—A no preocuparse, amigos. ¡Éstos son buenos de verdad, con el lomito verde! ¡Todo parte del servicio!
Ambos guardias bajaron las escaleras en dirección a la cámara del tesoro.
Edwina se dirigió a su escritorio en la plataforma. En todo el banco la actividad crecía. Las puertas principales estaban abiertas, los primeros clientes se precipitaban.
La plataforma donde, por tradición, trabajaban los funcionarios mayores, estaba un poco por encima del nivel de la planta baja y tenía una alfombra roja. El escritorio de Edwina, el mayor y más importante, estaba flanqueado por dos banderas: detrás de ella y a la derecha, la bandera de franjas y estrellas, la insignia de los Estados Unidos y, a la izquierda, la bandera de la ciudad. Algunas veces, allí sentada, se sentía como ante la televisión, lista para hacer algún anuncio solemne, mientras la enfocaban las cámaras.
La gran sucursal del centro era moderna. Reconstruida hacía uno o dos años, cuando se erigieron los colaterales de la Torre principal, la estructura había sido diseñada expertamente y se había gastado en ella una fortuna. El resultado, donde predominaban el rojo y la caoba, con un adecuado toque de oro, era una combinación de comodidad para el cliente, excelentes condiciones de trabajo y simple opulencia.