Traficantes de dinero
Arthur Hailey
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
A veces, como la misma Edwina reconocía, la opulencia parecía tener sentido.
Al sentarse, su alta y esbelta figura se deslizó familiarmente en el sillón giratorio de respaldo elevado, y se alisó el corto pelo, innecesariamente, ya que, como de costumbre, estaba impecablemente peinada.
Edwina buscó un grupo de carpetas que contenían pedidos de préstamos por cantidades mayores de las que otros funcionarios en la sucursal tenían derecho a autorizar.
Su autorización para prestar dinero se extendía a un millón de dólares en cualquier caso personal, siempre que estuvieran de acuerdo dos funcionarios de la sucursal. Invariablemente lo estaban. Las cantidades mayores eran trasladadas a la unidad de política de créditos en la Oficina Central.
En el First Mercantile American, como en cualquier sistema bancario, un símbolo del status reconocido era la cantidad del préstamo que un funcionario del banco tenía poder para sancionar. También determinaba la situación del funcionario o la funcionaria en el polo «tótem» de la organización, y se hablaba de esto como de «la calidad de la inicial» porque la inicial de un individuo suponía la aprobación final en cualquier propuesta de préstamo.
Como gerente, la calidad de la inicial de Edwina era desusadamente alta, aunque reflejaba su responsabilidad al dirigir la importante sucursal del centro del FMA. El gerente de una sucursal menor podía aprobar préstamos desde diez mil hasta medio millón de dólares, y esto dependía de la habilidad y antigüedad del gerente. Edwina siempre se sentía divertida de que la calidad de una inicial apoyara un sistema de castas, con gente que se pavoneaba y tenía privilegios. En la unidad de créditos de la Casa Central, un inspector ayudante de préstamos, cuya autoridad estaba limitada a unos meros cincuenta mil dólares, trabajaba ante un escritorio poco importante, junto con otros en una gran oficina abierta. Venía después, en el orden, un inspector de préstamos cuya inicial valía por un cuarto de millón de dólares y que disponía de un escritorio más grande y de un cubículo con paneles de vidrio.
Una oficina sencilla, con puerta y ventana, era el recinto de un supervisor ayudante de préstamos, cuya inicial valía más, hasta medio millón de dólares. Este funcionario disponía de un amplio escritorio, de un cuadro al óleo en la pared y del memorándum impreso con su nombre; recibía además un ejemplar gratis del «Wall Street Journal» y un lustrado de zapatos complementario todas las mañanas. Compartía una secretaria con otro supervisor ayudante.
Finalmente un funcionario vicepresidente de préstamos, cuya inicial valía un millón de dólares, trabajaba en una oficina en un rincón, con dos ventanas, dos cuadros al óleo, y una secretaria para él solo. El nombre estaba grabado en el memorándum. También disfrutaba de una limpieza gratis de zapatos y del periódico, además de revistas y diarios, del uso de un coche de la compañía cuando los negocios lo requerían y tenía acceso al comedor de los funcionarios principales para almorzar.
Edwina disfrutaba de casi todas las atribuciones de los importantes. Pero nunca había utilizado la limpieza de zapatos.
Esa mañana estudió dos pedidos de préstamos, aprobó uno y puso con lápiz algunos interrogantes en el otro. Un tercer pedido la interrumpió de golpe.
Sorprendida, y consciente de una rara coincidencia tras la experiencia de ayer, leyó otra vez completamente el informe.
El funcionario de préstamos que había preparado el informe contestó el zumbido del teléfono interno de Edwina.
—Habla Castleman.
—Cliff, venga, por favor.
—En seguida —el funcionario de préstamos, a la distancia de sólo una docena de escritorios, miró directamente a Edwina—. Y me parece que adivino para qué me necesita.
Unos momentos después, sentado junto a ella, contemplaba la carpeta abierta.
—No me equivocaba. Tenemos algunos chiflados, ¿verdad?
Cliff Castleman era pequeño, preciso, con una redonda carita rosada y una sonrisa suave. Los que pedían préstamos simpatizaban con él, porque sabía escuchar, y era comprensivo. Pero también era un maduro funcionario en la rama de préstamos, con un juicio certero.
—Esperaba —dijo Edwina— que este pedido fuera una especie de broma de locos, aunque sea una broma siniestra.
—«Cadavérica» sería más apropiado, mistress D'Orsey. Y, aunque todo el asunto parezca loco, le aseguro que es real —Castleman hizo un gesto hacia la carpeta—. He incluido todos los hechos porque sé que usted quiere conocerlos. Evidentemente usted ha leído el informe. Y mi recomendación.
—¿Seriamente considera usted que se preste tanto dinero con ese propósito?
—He sido mortalmente serio —el funcionario de préstamos se detuvo bruscamente—. Perdón. No he querido hacer chistes funerarios. Pero creí que usted iba a aprobar el préstamo.
Todo estaba allí, en la carpeta. Un vendedor de productos de farmacia de cuarenta y tres años, llamado Gosburne, con un empleo local, pedía un préstamo de veinticinco mil dólares. Estaba casado —un primer matrimonio que duraba desde hacía diecisiete años, y los Gosburne eran propietarios de su casa en los suburbios, gravada por una pequeña hipoteca. Tenían una cuenta conjunta en el FMA desde hacía ocho años… sin problemas. Un primer préstamo, aunque más pequeño, había sido pagado. El informe de los empleados de Gosburne y otros detalles financieros eran buenos.
El propósito del nuevo préstamo era comprar una gran cápsula de acero inoxidable, para colocar allí el cuerpo de la hija muerta de Gosburne, Andrea. Había muerto hacía seis días, a los quince años, de una enfermedad de riñón. Por el momento el cuerpo de Andrea estaba en la funeraria, guardado en hielo seco. Le habían sacado la sangre inmediatamente después de morir y la habían reemplazado con una solución similar «anticongelable», llamada dimetisulfoxida.
La cápsula de acero estaba especialmente diseñada para contener nitrógeno líquido a temperatura bajo cero. El cuerpo, envuelto en una tela de aluminio, iba a ser sumergido en esa solución.
Una cápsula del tipo requerido —en verdad una botella gigante, conocida como «crio-cripto»— podía obtenerse en Los Angeles y la enviarían desde allí si el banco aprobaba el préstamo. Una tercera parte del préstamo era para pagar el almacenamiento de la cápsula en una cámara y para reemplazar el nitrógeno cada cuatro meses.
Cliff Castleman preguntó, con una voz que significaba mucho interés, a Edwina:
—¿Ha oído hablar de las sociedades criónicas?
—Vagamente. Es pseudo científico. No tiene muy buena reputación.
—No mucha. Es pseudo realmente. Pero la verdad es que los grupos criónicos tienen muchos seguidores, y han convencido a Gosburne y a su mujer de que, cuando la ciencia médica haya adelantado más —digamos, de aquí a cincuenta o cien años— Andrea será descongelada, volverá a la vida y se curará. A propósito, los grupos criónicos tienen un lema: «Congelar-esperar-reanimar.»
—Horrible —dijo Edwina.
El funcionario de préstamos estuvo de acuerdo.
—En principio le doy a usted la razón. Pero veamos la cosa como la ven ellos. Creen. Además son gente adulta, razonablemente inteligente, profundamente religiosa. ¿Y quiénes somos nosotros, como banqueros, para ser juez y parte? Tal como yo lo veo, el único problema es: ¿puede pagar Gosburne el préstamo? He hecho cálculos y creo que puede, y que lo hará. Es posible que el tipo sea un imbécil. Pero el informe muestra que es un imbécil que paga sus cuentas.
De mala gana Edwina estudió la renta y las cifras de gastos.
—Será un esfuerzo financiero terrible.
—El tipo lo sabe, pero insiste. Trabajará en el tiempo libre. Y su mujer está buscando trabajo.
Edwina dijo:
—Tienen cuatro hijos menores.
—Sí.
—¿Alguien le ha indicado que los otros chicos… los vivos… pronto necesitarán dinero para los estudios, para otras cosas y que esos veinticinco mil dólares estarían mejor empleados en ellos?
—Lo he hecho —dijo Castleman—. He tenido dos largas entrevistas con Gosburne. Pero, según dice, toda la familia ha analizado el asunto y han tomado una decisión. Creen que los sacrificios que deberán hacer valen la posibilidad de que Andrea vuelva algún día a vivir. Los chicos también afirman que, cuando sean mayores, se harán responsables del cuerpo.
—Dios mío —nuevamente los pensamientos de Edwina volvieron al día anterior. La muerte de Ben Rosselli, viniera cuando viniera, iba a ser digna. Esto convertía la muerte en algo feo, en una burla. ¿Acaso el dinero del banco, en parte dinero de Ben, podía usarse con aquel fin?
—Mistress D'Orsey —dijo el funcionario de préstamos—, durante dos días he tenido eso en mi escritorio. Mi primer sentimiento fue el mismo de usted… todo me parecía asqueante. Pero, he pensado la cosa y me he convencido. En mi opinión es un riesgo que debe aceptarse.
Riesgo aceptable. Básicamente, comprendió Edwina, Cliff Castleman tenía razón, porque los riesgos aceptables formaban parte del área propia del banco. También tenía razón al afirmar que en los asuntos personales el banco no podía ser juez y parte.
Naturalmente que este riesgo podía no dar resultado, pero, aunque fracasara, no se podía echar la culpa a Castleman. Su carrera era buena, sus «ganancias» mucho mayores que sus pérdidas. Lo cierto es que una carrera de «ganancias» totales era mal vista, un ocupado funcionario de préstamos menores estaba casi obligado a tener algunos préstamos en su contra o se esperaba que los tuviera. Si no era así, podía tener dificultades si una computadora avisaba que se exponía a perder negocios por precaución excesiva.
—Bien —dijo Edwina—, la idea me aterra, pero apoyo su informe.
Garabateó una inicial. Castleman volvió a su escritorio.
Y así, aparte de un préstamo para una hija congelada, el día se inició como cualquier otro.
Y siguió así hasta principios de la tarde.
En los días en que almorzaba sola, Edwina acudía a la cafetería del sótano de la Casa Central del FMA. La cafetería era ruidosa, la comida más o menos, pero el servicio era rápido y ella podía ir y volver en quince minutos.
Hoy había invitado a un cliente e iba a ejercer su privilegio de vicepresidente llevándolo al comedor privado de los funcionarios principales, en lo alto de la torre de los ejecutivos. Era el tesorero de la mayor tienda de la ciudad y necesitaba tres millones de dólares y préstamos a corto plazo para cubrir un déficit de caja resultado de ligeras caídas en las ventas además de adquirir mercaderías para Navidad, más costosas que de costumbre.
—Esta maldita inflación —se quejó el tesorero, paladeando un souflé de espinacas a la crema. Después, lamiéndose los labios, añadió—: Pero recobraremos el dinero dentro de dos meses, y algo más. Santa Claus siempre es bueno con nosotros.
La cuenta de la tienda era importante; de todos modos Edwina realizó un acuerdo cerrado, en términos favorables para el banco. Tras algunos reniegos del cliente, se pusieron de acuerdo cuando llegaban al postre de Melba de Duraznos. Los tres millones excedían la autoridad personal de Edwina, aunque no suponía que hubiera dificultades de aprobación en la Casa Central. Si era necesario, para apresurar la cosa, iba a hablar con Alex Vandervoort, que siempre la había apoyado en el pasado.
Fue durante el café cuando la camarera trajo un mensaje a la mesa.
—Mistress D'Orsey —dijo la muchacha—, míster Tottenhoe la llama por teléfono. Dice que es urgente.
Edwina se disculpó y fue al teléfono, en un anexo.
La voz del contador de la sucursal sonó quejosa.
—He estado intentando localizarla.
—Ya lo ha hecho. ¿Qué pasa?
—Tenemos una seria diferencia en la caja —siguió explicando. Una cajera había informado la pérdida hacía media hora. Desde entonces habían estado repasando. Edwina sintió el pánico y algo sombrío en la voz, y preguntó de cuánto dinero se trataba.
Lo oyó atragantarse.
—Seis mil dólares.
—Iré inmediatamente.
En menos de un minuto, tras pedir disculpas a su invitado, estaba en el ascensor expreso, camino a la planta baja.
Capítulo 5
—Dentro de lo que puedo ver —dijo Tottenhoe malhumorado— lo único que todos sabemos con certeza es que seis mil dólares en efectivo no están donde deberían estar.
El contador era una de las cuatro personas sentadas alrededor del escritorio de Edwina D'Orsey. Los otros eran, Edwina, el joven Miles Eastin, ayudante de Tottenhoe y una cajera llamada Juanita Núñez.
Era del cajón de Juanita Núñez de donde faltaba el dinero.
Había pasado media hora desde el regreso de Edwina a la sucursal principal. Ahora, mientras los otros la miraban desde el otro lado del escritorio, Edwina contestó a Tottenhoe.
—Lo que usted dice puede ser verdad, pero hay que hacer algo. Quiero que volvamos nuevamente sobre las cosas, lentamente y con cuidado.
Eran poco más de las 3 de la tarde. Los clientes en su totalidad se habían retirado. Las puertas exteriores estaban cerradas.
La actividad, como siempre, continuaba en la sucursal, aunque Edwina era consciente de miradas solapadas hacia la plataforma, miradas de otros empleados, que se habían dado cuenta de que algo andaba mal.
Se recordó a sí misma que era esencial conservar la calma, ser analítica, considerar cada fragmento de la información. Quería escuchar con cuidado los tonos de voz y las actitudes de cada uno, especialmente los de mistress Núñez.
Edwina también era consciente de que muy pronto debería notificar a la Casa Central la aparente fuerte pérdida de caja, tras lo cual intervendría el servicio de Seguridad y probablemente el FBI. Pero, mientras hubiera la más mínima posibilidad de encontrar una solución tranquila, antes de que llegara la artillería pesada, ella iba a intentarlo.
Ésa era su manera inteligente de actuar.
—Si quiere, mistress D'Orsey —dijo Miles Eastin— yo empezaré, porque soy el primero a quien informó Juanita —hablaba sin su habitual ligereza.
Edwina asintió aprobando.
La posibilidad de que faltara dinero en la caja, informó Eastin al grupo, le había llamado la atención unos minutos antes de las 2. En aquel momento mistress Núñez se le había acercado y le había expresado su creencia de que faltaban seis mil dólares del cajón de su escritorio.
Miles Eastin había trabajado también como cajero casi todo el día, dada la escasez de cajeros. De hecho Eastin había estado apostado a sólo dos lugares de donde estaba Juanita Núñez, y ella le informó allí mismo, cerrando el cajón de su caja antes de hacerlo.
Eastin entonces había cerrado el cajón de su propio escritorio y se había dirigido a Tottenhoe.
Más sombrío que de costumbre, Tottenhoe escuchó la historia.
Inmediatamente había ido hacia la muchacha y había hablado con ella. Al principio no había podido creer que faltara una cantidad tan alta como seis mil dólares, porque, incluso en el caso de que ella sospechara que algún dinero había desaparecido, era virtualmente imposible en aquel punto saber cuánto.
El funcionario de operaciones señaló: Juanita Núñez había estado trabajando todo el día, había comenzado con poco más que diez mil dólares sacados de la cámara esa mañana, y había estado tomando y pagando dinero desde las 9 de la mañana, cuando se abrió el banco. Esto quería decir que ella había estado trabajando por lo menos cinco horas, exceptuados los cuarenta y cinco minutos del almuerzo, y en ese tiempo el banco estaba repleto, con todos los cajeros ocupados. Además, los depósitos de caja habían sido hoy más grandes que de costumbre; de manera que la cantidad de dinero que ella tenía en el cajón —sin incluir los cheques— podía haber aumentado a unos veinte o veinticinco mil dólares. Entonces, razonaba Tottenhoe: ¿cómo era posible que mistress Núñez supiera con tanta certeza, no sólo que faltaba el dinero, sino con tanta precisión la cantidad que faltaba?
Edwina asintió. La misma pregunta ya se le había ocurrido.
Sin demostrarlo, Edwina estudió a la joven. Era pequeña, delgada, morena, no realmente bonita, sino provocativa, a la manera de un elfo. Parecía portorriqueña, cosa que era, y tenía un acento pronunciado. Hasta el momento había dicho muy poco, y contestaba brevemente cuando la interrogaban.
Era difícil saber con certeza cuál era la actitud de Juanita Núñez. En verdad no se mostraba cooperativa, por lo menos abiertamente, pensó Edwina, y la muchacha no había dado otra información fuera de su primera declaración. Desde que empezaron, la expresión de la cara de la cajera había sido enfurruñada u hostil. A veces su atención vagaba, como si estuviera aburrida y consideraba aquellos procedimientos como una pérdida de tiempo. Pero también estaba nerviosa, y lo revelaba en sus manos apretadas y en la manera en que continuamente daba vueltas a su delgado anillo matrimonial de oro.
Edwina D'Orsey sabía, porque había echado una mirada a un informe de empleados sobre su escritorio, que Juanita Núñez tenía veinticinco años, que estaba casada y separada de su marido, que tenía una criatura de tres años. Hacía casi dos años que trabajaba para el First Mercantile American, siempre en su actual cargo. Lo que no figuraba en el informe, pero Edwina recordaba de oídas, era que la Núñez mantenía sola a su hijo, y había estado, quizá todavía estaba, en dificultades financieras a causa de deudas dejadas por un marido que la había abandonado.
Pese a las dudas que había tenido, prosiguió Tottenhoe, de que mistress Núñez pudiera saber cuánto dinero faltaba, la había retirado inmediatamente de sus tareas que habitualmente realizaba ante el mostrador, tras lo cual había sido inmediatamente «encerrada con su caja».
Estar «encerrado» era en realidad una protección para el empleado en cuestión y era también el procedimiento acostumbrado en un problema de este tipo. Simplemente quería decir que el cajero era colocado solo en una pequeña oficina cerrada, junto con la caja y una calculadora, y se le decía que hiciera el balance de todas las transacciones del día.
Tottenhoe había esperado fuera.
Poco después mistress Núñez había llamado al funcionario de operaciones. El balance de la caja no marchaba, informó. Faltaban seis mil dólares.
Tottenhoe llamó a Miles Eastin y juntos repasaron de nuevo, mientras Juanita Núñez observaba. El informe de ella era correcto. Sin duda faltaba dinero, y precisamente la suma que ella había afirmado desde el principio.
Entonces Tottenhoe había telefoneado a Edwina.
—Esto vuelve a llevarnos —dijo Edwina— al punto de partida. ¿Alguien tiene alguna idea?
Miles Eastin se adelantó:
—Quisiera hacer algunas preguntas a Juanita, si ella no lo toma a mal.
Edwina asintió.
—Piénselo bien, Juanita —dijo Eastin—. ¿En algún momento durante el día no hizo usted algún TX con otro?
Como todos sabían, un TX era un intercambio entre cajones. Alguno muy atareado podía quedar por un momento sin billetes o monedas de algún tipo y, si sucedía en circunstancias de mucho agobio, en lugar de ir a la cámara, los pagadores se ayudaban entre sí, «comprando» o «vendiendo» dinero. Se usaba un formulario TX para el control. Pero ocasionalmente, por apresuramiento o descuido, se cometían errores, de manera que, al terminar el día, a un cajero le faltaba dinero, y a otro le sobraba. Pero era difícil creer que tal diferencia pudiera llegar a los seis mil dólares.
—No —dijo la pagadora—, no hubo cambios. Por lo menos hoy.
Miles Eastin insistió:
—¿No recuerda usted a ningún otro empleado, en cualquier momento, que haya podido estar cerca de su cajón y sacar dinero?
—No.
—Cuando usted vino primero a verme, Juanita —dijo Eastin—, y me dijo que creía que faltaba algún dinero, ¿cuánto tiempo hacía que estaba enterada?
—Unos minutos.
Edwina intervino:
—¿Cuánto tiempo había pasado después de que usted volviera de almorzar, mistress Núñez?
La muchacha vaciló, pareciendo menos segura.
—Quizás unos veinte minutos.
—Hablemos de antes que fuera usted a almorzar —dijo Edwina—. ¿Cree que entonces ya faltaba el dinero?
Juanita Núñez movió la cabeza negativamente.
—¿Cómo puede estar segura?
—Lo sé.
Las respuestas poco aclaradoras, monosilábicas, empezaban a irritar a Edwina. Y la terca hostilidad que había notado antes le pareció más pronunciada.
Tottenhoe repitió la pregunta crucial:
—Después de almorzar, ¿por qué estaba usted segura, no sólo de que faltaba dinero, sino de la cantidad?
La carita de la muchacha se contrajo, desafiante.
—Lo sé.
Hubo un silencio de duda.
—¿No cree usted, Juanita, que, en algún momento durante el día, puede haber pagado por error seis mil dólares a algún cliente?
—No.
Miles Eastin preguntó:
—Cuando dejó usted su puesto de cajera antes de ir a almorzar, Juanita, llevó usted el cajón con el dinero a la cámara del tesoro, cerró la combinación y lo dejó allí, ¿no es así?
—Sí.
—¿Está segura de haber cerrado?
La muchacha asintió positivamente.
—¿Estaba cerrada la caja del contador?
—No, estaba abierta.
Aquello, también era normal. Una vez que la combinación del contador había sido «abierta» por la mañana, era costumbre dejarla así por el resto del día.
—¿Y cuando usted volvió de almorzar, su cajón seguía en la cámara, siempre cerrada?
—Sí.
—¿Alguien más estaba enterado de su combinación? ¿Alguna vez la ha dado a alguien?
—No.
Por un momento se interrumpieron las preguntas. Los otros que rodeaban la mesa, sospechó Edwina, analizaban mentalmente los procedimientos de la cámara del tesoro de la sucursal.
El cajón al que Miles Eastin se había referido era, en verdad, una caja fuerte portátil, sobre un pupitre elevado, con ruedas, bastante ligero como para ser empujado con facilidad. Algunos bancos lo apodaban el camión-caja. Cada pagador tenía asignado uno, y la misma caja fuerte o camión, conspicuamente numerado, era usado normalmente por el mismo individuo. Algunos más eran utilizados para usos especiales. Miles Eastin había usado uno hoy.
Todas las cajas fuertes-camiones de los pagadores eran controladas al entrar y salir de la cámara del tesoro, por un contador superior del tesoro, que mantenía el informe de la salida y de la vuelta. Era imposible sacar o meter una unidad sin el escrutinio del contador del tesoro, o sacar la caja de otro, deliberadamente o por error. Durante las noches y el fin de semana la maciza cámara quedaba cerrada, más firmemente que la tumba de un faraón.
Cada caja-camión tenía dos combinaciones de cierres a prueba. Una era maniobrada por el pagador personalmente, la otra por el contador o asistente. Así, cuando se abría una caja cada mañana, era ante dos personas… el cajero y el contador.
Se decía a los pagadores que debían recordar de memoria sus combinaciones y no comunicarlas a nadie, aunque una combinación podía ser cambiada en cuanto un cajero lo solicitara. El único informe escrito de la combinación de un pagador estaba en un sobre sellado y doblemente firmado, guardado con otros —nuevamente bajo doble custodia— en el depósito de una caja fuerte. El sello del sobre sólo se rompía en caso de muerte del pagador, en caso de enfermedad, o porque dejaba el empleo.
Debido a todos estos medios, sólo el usuario activo de cualquier caja conocía la combinación que la abría y los pagadores, al igual que el banco, estaban protegidos contra robos.
Otro rasgo del sofisticado camión-caja era un sistema de alarma. Cuando lo llevaban, siguiendo la posición del pagador detrás del mostrador, una conexión eléctrica unía cada caja con una red de intercomunicaciones bancarias. Un resorte de prevención estaba oculto dentro del cajón, debajo de una inocua pila de billetes, conocida como «moneda anzuelo».
Los pagadores tenían órdenes de no usar nunca el dinero anzuelo para transacciones normales, pero, en caso de que hubiera un asalto, tenían que entregar primero ese dinero. Simplemente mover los billetes liberaba un resorte silencioso. Éste, a su vez, alertaba a los empleados de seguridad del banco y a la policía, que generalmente llegaba en unos minutos; también ponía en acción unas cámaras escondidas que había en lo alto. Las series de números del dinero anzuelo estaban anotadas, para ser usadas luego como prueba.
Edwina preguntó a Tottenhoe:
—¿Estaba el «dinero anzuelo» entre los seis mil dólares que faltan?
—No —dijo el contador—. El dinero anzuelo estaba intacto. Lo he comprobado.
Ella reflexionó: no había manera de averiguar nada de este modo.
Una vez más Miles Eastin se dirigió a la muchacha:
—Juanita, ¿no se le ocurre que alguien, cualquiera que sea, puede haber sacado el dinero de su caja?
—No —dijo Juanita Núñez.
Examinando atentamente a la muchacha cuando contestó, Edwina creyó descubrir miedo.
Bueno, si así era, tenía sus motivos, porque ningún banco iba a ceder fácilmente cuando se trataba de una pérdida de esta magnitud.
Edwina ya no dudaba de lo que había pasado con el dinero. La Núñez lo había robado. No había otra explicación posible. La dificultad era descubrir… ¿cómo?
Una manera posible era que Juanita Núñez hubiera pasado el dinero a un cómplice, sobre el mostrador. Nadie se habría dado cuenta. En un día normalmente ocupado hubiera parecido como una operación normal de pago. También la muchacha podía haber ocultado el dinero y haberlo sacado del banco durante el almuerzo, pero, en este caso, el riesgo habría sido mayor.
La muchacha debía estar enterada que esto iba a costarle el empleo, se probara o no que había robado el dinero. Es verdad que a los pagadores bancarios se les permitían ocasionales diferencias de caja; tales errores eran normales y esperados. En el curso de un año, ocho «por encima» o «por debajo» era normal en la mayoría de los pagadores, y, siempre que el error no fuera mayor de veinticinco dólares, no se decía nada. Pero nadie que tuviera una falta mayor de dinero podía conservar el empleo, y los cajeros lo sabían.
Naturalmente, Juanita Núñez podía haber tenido esto en cuenta, y podía haber decidido que seis mil dólares inmediatamente valían la pérdida del empleo, aunque tuviera luego dificultades para conseguir otro. De cualquier modo, Edwina sentía pena por la muchacha. Evidentemente había estado desesperada. Tal vez la desesperación tuviera algo que ver con la criatura.
—No creo que podamos hacer mucho más por ahora —dijo Edwina al grupo—. Tendré que informar a los superiores. Ellos se encargarán de la investigación.
Cuando los tres se pusieron de pie, añadió:
—Mistress Núñez, quédese, por favor… —la muchacha volvió a su asiento.
Cuando los otros ya no podían oírlas, Edwina dijo, con deliberada informalidad:
—Juanita, creo que éste es el momento de que hablemos francamente entre nosotras, como amigas… —Edwina había borrado su impaciencia primera. Era consciente de los oscuros ojos de la joven, clavados intensamente en los suyos.
—Estoy segura de que ya se le han ocurrido dos cosas. Primero: habrá sobre esto una investigación a fondo y el FBI va a intervenir, porque somos un banco federalmente asegurado. Segundo: no hay manera de que las sospechas no recaigan sobre usted… —Edwina hizo una pausa—. Le estoy hablando con sinceridad. ¿Me entiende?
—Entiendo. Pero yo no he sustraído el dinero.
Edwina observó que la muchacha seguía haciendo girar nerviosamente su anillo de bodas.
Y eligió las palabras con cuidado convencida de que debía invitar una acusación directa, que pudiera provocar más adelante inconvenientes legales para el banco.
—Por larga que sea la investigación, Juanita, es casi seguro que la verdad saldrá a la luz; generalmente es así. Las investigaciones se hacen a fondo. Y los investigadores son gente experimentada. No cejan.
La muchacha repitió, casi enfáticamente:
—No he sustraído el dinero.
—No he dicho que lo hiciera. Quiero decir que, si por alguna casualidad sabe algo más de lo que ha dicho, ahora es el momento de hablar, decírmelo a mí, aquí, charlando tranquilamente. Después no habrá otra oportunidad. Será demasiado tarde.
Juanita Núñez pareció a punto de hablar. Edwina levantó la mano.
—Escuche. Le prometo una cosa. Si el dinero es devuelto al banco, digamos mañana a más tardar, no habrá acción legal, ni juicio. Con sinceridad debo decirle que, quien haya sacado el dinero, no puede seguir trabajando aquí. Pero no pasará nada más. Se lo garantizo. Juanita: ¿tiene usted algo que decirme?
—No, no, no, ¡Se lo juro por mi hija! —los ojos de la muchacha ardían, la cara estaba llena de furia— Le repito que no he cogido dinero, ni ahora ni nunca.
Edwina suspiró.
—Bueno eso es todo por ahora. Pero, por favor, no se vaya del banco sin verme antes.
Juanita Núñez pareció al borde de otra respuesta calenturienta. Pero, en lugar de esto, con un leve encogimiento de hombros, se levantó y dio media vuelta.
Desde su elevado escritorio, Edwina supervisó la actividad a su alrededor; era su pequeño mundo, su responsabilidad personal. Las transacciones del día de la sucursal seguían siendo contadas y anotadas, aunque un control previo había mostrado que ningún cajero —como se había esperado originariamente— tenía seis mil dólares de más.
Los sonidos eran mudos en el moderno edificio: en tono bajo las voces zumbaban, los papeles crujían, las monedas tintineaban, las máquinas de calcular cliqueaban. Ella lo miró todo brevemente, recordando que, por dos motivos, ésta era una semana que iba a recordar. Después, comprendiendo lo que había que hacer, levantó un teléfono y marcó un número interno.
Contestó una voz de mujer:
—Departamento de Seguridad.
—Comuníqueme con míster Wainwright por favor —dijo Edwina.
Capítulo 6
A Nolan Wainwright le había resultado difícil, desde ayer, concentrarse en el trabajo normal del banco.
El jefe de Seguridad estaba profundamente afectado tras la reunión del martes por la mañana en el cuarto de sesiones, porque la verdad era que, en una década, él y Ben Rosselli habían conseguido tenerse amistad y mutuo respeto.
No siempre había sido así. Ayer, al volver de la torre de los ejecutivos a su oficina más modesta, que daba a un tragaluz, Wainwright dijo a su secretaria que no le molestara por un rato. Después se sentó ante el escritorio, triste, pensativo, recordando la primera vez que había chocado con la voluntad de Ben Rosselli.
Hacía diez años. Nolan Wainwright era nuevo jefe de policía en un pueblecito de las afueras. Antes había sido teniente de detectives en un gran fuerza ciudadana, con una ficha notable. Tenía capacidad para ser jefe y, dado el clima de los tiempos, probablemente había ayudado a su candidatura el hecho de que fuera negro.
Poco después del nombramiento del nuevo jefe, Ben Rosselli salió en auto por las afueras del pueblecito y sobrepasó la velocidad de 80 kilómetros permitida. Un patrullero de la policía local le extendió una citación ante el tribunal de tráfico.
Tal vez porque su vida era conservadora en otros sentidos, a Ben Rosselli siempre le habían gustado los coches rápidos, y los conducía como los habían planeado los diseñadores… con el pie derecho casi tocando el suelo.
Una citación por exceso de velocidad era cosa de rutina. De vuelta al First Mercantile American, envió la citación, como de costumbre, al departamento de Seguridad del banco, con instrucciones de arreglar la cosa. Para el hombre más poderoso del estado en cuestión de dinero, muchas cosas podían arreglarse, y se arreglaban.
La citación fue despachada por correo al día siguiente, al gerente de la sucursal del FMA de la ciudad donde había sido enviada. Sucedió que el gerente era también consejero municipal y había influido en el nombramiento de Nolan Wainwright como jefe de policía.
Con menos amabilidad, el consejero manifestó a Wainwright que él era nuevo en la comunidad, que necesitaba amigos y que la falta de cooperación no era manera para conseguirlos. Wainwright se negó a hacer nada en favor de la citación.
El consejero sacó a luz su condición de banquero y recordó al jefe de policía que él, personalmente, había recomendado al First Mercantile American una hipoteca privada, destinada a permitir que Wainwright trajera a la ciudad a su mujer y a su familia. Míster Rosselli, añadió de manera un poco innecesaria el gerente, era presidente del FMA.
Nolan Wainwright dijo que no veía relación entre una solicitud de préstamo y una citación de tráfico.
A su debido tiempo míster Rosselli, que fue llamado ante los tribunales, sufrió una pesada multa por conducir indebidamente y recibió tres puntos en contra, que iban a anotarse en su libreta de conductor. Quedó terriblemente enojado.
También, a su debido tiempo, la solicitud de hipoteca de Nolan Wainwright fue rechazada por el First Mercantile American.
No había pasado una semana cuando Wainwright se presentó en la oficina de Rosselli, en el piso treinta y seis de la Torre del FMA, aprovechando una facilidad de ingreso que enorgullecía al mismo presidente.
Al enterarse de quién era su visitante, Ben Rosselli se sorprendió de que fuera negro. Nadie se lo había mencionado. No era que esto importase para la todavía temblorosa ira del banquero ante la ignominiosa anotación en su libreta de conductor… la primera en su vida.
Wainwright habló con frialdad. Ben Rosselli no sabía nada del préstamo hipotecario pedido por el jefe de policía y del rechazo consiguiente; tales asuntos se habían llevado a cabo en un nivel más bajo que el del presidente. Pero olió la injusticia y pidió que le trajeran el fichero del préstamo, que examinó mientras Nolan Wainwright esperaba.
—Por simple curiosidad —dijo Ben Rosselli al terminar de leer—, si no le otorgamos este préstamo. ¿Qué piensa hacer?
La respuesta de Wainwright fue ahora helada.
—Luchar. Contrataré a un abogado e iremos a la Comisión de Derechos Civiles en primer término. Si no tenemos éxito, haremos cualquier cosa que pueda hacerse para molestarles a ustedes.
Era evidente que hablaba en serio, y el banquero exclamó:
—No me mueven las amenazas.
—No estoy amenazando. Usted me ha hecho una pregunta y se la contesto.
Ben Rosselli vaciló, después garabateó una firma en el fichero y dijo, sin sonreír:
—La solicitud está concedida.
Antes que Wainwright se fuera, el banquero preguntó:
—¿Qué pasará ahora si me cogen a toda velocidad en su pueblo?
—Le detendremos. Si se trata de otra acusación de velocidad, probablemente irá a la cárcel.
Al ver irse al policía, Ben Rosselli tuvo una idea, que confió años después a Wainwright: Ah, tipo recto. Algún día te cogeré.
Nunca lo hizo… en ese sentido. Pero lo hizo en otro.
Dos años más tarde, cuando el banco buscaba a un ejecutivo para el Departamento de Seguridad que fuera —como decía el personal— «tenazmente fuerte y totalmente incorruptible», Rosselli dijo:
—Yo conozco a ese hombre.
Poco después se hizo una oferta a Nolan Wainwright, se firmó un contrato, y Wainwright entró a trabajar en el FMA.
Desde entonces Ben Rosselli y Wainwright nunca habían tenido un choque. El nuevo jefe de Seguridad cumplía con su tarea eficientemente y procuraba compenetrarse más siguiendo cursos nocturnos de teoría bancaria. Rosselli, por su parte, nunca pidió a Wainwright que quebrara su rígido código de ética y el banquero hizo que le arreglaran en otra parte las citaciones por velocidad, en lugar de hacerlo por intermedio de su oficina de Seguridad, en la creencia de que Wainwright no estaba enterado de la cosa, aunque generalmente lo estaba.
De todos modos la amistad entre los dos hombres creció, hasta que, tras la muerte de la mujer de Ben Rosselli, Wainwright empezó a comer frecuentemente con el viejo y después jugaban al ajedrez hasta altas horas de la noche.
En cierto modo había sido un consuelo para Wainwright también, porque su matrimonio había terminado en divorcio, poco después de entrar a trabajar para el FMA. Sus nuevas responsabilidades y las sesiones con el viejo Ben ayudaban a colmar el vacío.
Hablaban en esas ocasiones sobre las creencias personales, y se influían el uno al otro de una manera que ambos comprendían, y también en otras, de las que ninguno de los dos era consciente. Fue Wainwright —aunque los dos fueron los únicos en saberlo— quien convenció al presidente del banco para que usara su prestigio personal y el dinero del FMA para contribuir al desarrollo del Forum East en la olvidada zona de la ciudad, donde Wainwright había nacido y pasado sus años de adolescente.
Así, como muchos otros en el banco, Nolan Wainwright tenía sus recuerdos privados de Ben Rosselli, y su propio dolor.
Hoy, su estado depresivo persistía, y, tras una mañana en la cual casi no se había movido de su escritorio, evitando ver a gente que no necesitaba ver, Wainwright se dirigió solo a almorzar. Fue a un pequeño café en el otro lado de la ciudad, donde acudía a veces cuando quería sentirse por unos momentos libre del FMA y de sus negocios. Volvió a tiempo para una cita con Vandervoort.
El lugar del encuentro era la División de Tarjetas Clave de Crédito del banco, situada en la Torre Principal.
En el sistema de tarjetas de crédito, el FMA había sido uno de los pioneros y ahora operaba en conjunto con un fuerte grupo de otros bancos en los Estados Unidos, Canadá y en ultramar. Las Tarjetas Clave venían inmediatamente después del sistema del Bankamericard y del Cargo Máximo. Alex Vandervoort tenía, dentro del FMA, toda la responsabilidad por esta división.
Vandervoort llegó temprano y, cuando Nolan Wainwright se presentó, ya estaba en el centro de autorización de las Tarjetas de Crédito, observando las operaciones. El jefe de Seguridad del banco se le unió.
—Siempre me gusta ver esto —dijo Alex—, es el mejor espectáculo gratuito de la ciudad.
En una habitación enorme, como un auditorio, indistintamente iluminada y con paredes acústicas y techos que ahogaban el sonido, unos cincuenta operadores —en su mayoría mujeres— estaban sentados ante una batería de consolas. Cada consola comprendía un tubo de rayos catódicos, similar a una pantalla de televisión, con un tablero detrás.
Era aquí donde se daba o se negaba el crédito a los portadores de tarjetas clave.
Cuando una Tarjeta de Crédito era presentada en cualquier parte en pago por mercancías o servicios, el lugar donde se hacía el negocio podía aceptar la tarjeta sin cuestionarla, siempre que la suma involucrada estuviera por debajo de un límite convenido. El límite variaba, pero era generalmente entre veinticinco y cincuenta dólares. Para una compra mayor se necesitaba una autorización, que sólo se demoraba unos segundos en conseguir.
Las llamadas inundaban el centro de autorización durante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Provenían de todos los estados del país y de las provincias canadienses, en tanto que una fila de ruidosas máquinas Telex traían preguntas de treinta naciones extranjeras, incluidas algunas en la órbita comunista rusa. Al igual que los creadores del Imperio Británico, que alguna vez aclamaron con orgullo los «colores rojo, blanco y azul», los creadores del imperio económico de la Tarjeta de Crédito proclamaban con igual fervor «el azul, verde y oro», colores internacionales de la Tarjeta Clave.
Los procedimientos aprobatorios se movían con la velocidad de un reactor.
Estuvieran donde estuvieran, los comerciantes y demás marcaban directamente por intermedio de las líneas WATS hasta el centro mismo del sistema de Tarjetas Clave en la Torre Principal del FMA. Automáticamente cada llamada se dirigía a un operador libre, cuyas primeras palabras eran: «¿Cuál es su número de comercio?»
Al oír la respuesta, el operador escribía a máquina las cifras, que aparecían simultáneamente en la pantalla de rayos catódicos. Después seguía el número de la tarjeta y la cantidad de crédito que se solicitaba, esto también escrito y reflejado en la pantalla.
El operador apretaba un botón dando la información a una computadora, que instantáneamente señalaba «ACEPTADO» o «REHUSADO». Lo primero significaba que el crédito era bueno y que la compra había sido aprobada, lo segundo que el poseedor de la tarjeta era un delincuente y que debía cortarse el crédito. Como las reglas del crédito eran benévolas, y los bancos del sistema querían prestar dinero, las aceptaciones sobrepasaban con mucho a las denegaciones. El operador informaba al comerciante y, entre tanto, la computadora anotaba la transacción. En un día normal se recibían quince mil llamadas.
Tanto Alex Vandervoort como Nolan Wainwright habían aceptado auriculares, para poder escuchar los intercambios entre los que llamaban y los operadores.
El jefe de Seguridad tocó el brazo de Alex y señaló, y después cambió las clavijas de los auriculares para ambos. La consola que Wainwright señalaba mostraba un deslumbrante mensaje de la computadora: «TARJETA ROBADA.»
El operador, hablando con tranquilidad y como si estuviera entrenando, contestó:
—La tarjeta que le han presentado ha sido robada. Si es posible detenga a la persona que la ha presentado y llame a la policía local. Guarde la tarjeta. La división de Tarjetas Clave le pagará treinta dólares por devolverla.
Pudieron oír un coloquio murmurado, después una voz anunció:
—El hijo de puta que acaba de salir corriendo de mi tienda. Pero me he apoderado de la tarjeta de plástico. La mandaré.
El tendero parecía contento ante la perspectiva de ganar tan fácilmente treinta dólares. Para el sistema de Tarjetas Clave también era un buen negocio, ya que la tarjeta, si quedaba en circulación, podía ser usada fraudulentamente para sumas mucho mayores.
Wainwright se quitó los auriculares; lo mismo hizo Alex Vandervoort.
—Da resultado —dijo Wainwright— cuando recibimos la información y podemos programar la computadora. Desgraciadamente la mayoría de los fraudes ocurren antes de que se informe que ha desaparecido una tarjeta.
—Pero siempre nos previenen cuando hay una compra excesiva, ¿no?
—Así es. Diez compras en el día y la computadora nos da la voz de alarma.
Pocos dueños de tarjetas, como sabían muy bien los dos hombres, realizaban más de seis u ocho compras en un solo día. Así una tarjeta podía ser catalogada como «PROBABLEMENTE FRAUDULENTA», aunque el verdadero dueño no se hubiera enterado de que la había perdido.
Pese a todos los sistemas de alarma, sin embargo, una tarjeta perdida o robada, si era usada con astucia, podía valer unos veinte mil dólares de compras fraudulentas más o menos en una semana, tiempo que se tardaba en informar sobre la mayoría de las tarjetas robadas. Los billetes de avión para vuelos a larga distancia eran una de las compras favoritas de los ladrones de tarjetas de crédito; lo mismo pasaba con los cajones de bebidas. Ambos eran revendidos luego a precios de ocasión. Otra treta era alquilar un coche —preferiblemente un coche caro— usando una tarjeta de crédito robada o falsificada. El coche era llevado a otra ciudad donde recibía nueva placa de numeración y papeles de registro falsificados y después era vendido o exportado. La agencia de alquiler de coches nunca volvía a ver al cliente o al vehículo. Otra argucia era comprar joyas en Europa con una tarjeta de crédito fraudulenta apoyada por un falso pasaporte, y después contrabandear las joyas en los Estados Unidos para volver a venderlas. En todos estos casos la compañía de tarjetas de crédito se encargaba de las pérdidas eventuales.
Tanto Vandervoort como Wainwright sabían que había señales usadas por los criminales para decidir si una tarjeta de crédito podía ser usada de nuevo o si estaba «quemada». Una treta favorita era por ejemplo, pagar a un jefe de camareros 25 dólares para que controlara una tarjeta. El hombre podía obtener fácilmente la respuesta consultando una «lista confidencial de alerta», que era otorgada semanalmente por la compañía de tarjetas de crédito a los comerciantes y restaurantes. Si la tarjeta no estaba «quemada» era usada para otra tanda de compras.
—Hemos perdido bastante dinero últimamente con los fraudes —dijo Nolan Wainwright—. Mucho más que de costumbre. Es uno de los motivos por los que quería hablarle.
Se trasladaron a la oficina de Seguridad de la división, que Wainwright había decidido usar esa tarde. Cerró la puerta. Los dos hombres contrastaban mucho físicamente: Vandervoort rubio, grueso, poco atlético, algo flojo; Wainwright negro, alto, esbelto, duro y musculoso. Sus personalidades también diferían, aunque sus relaciones eran buenas.
—Éste es un concurso sin premio —dijo Nolan Wainwright al vicepresidente ejecutivo. Colocó sobre el escritorio ocho tarjetas de crédito de material plástico, echándolas como un jugador de póker, una tras otra.
—Cuatro de estas tarjetas son falsificadas —anunció el jefe de Seguridad—. ¿Puede usted darse cuenta cuáles son las buenas y cuáles las malas?
—Naturalmente. Es fácil. Los falsificadores siempre usan diferentes tipos para el nombre del poseedor y… —Vandervoort se interrumpió, mirando el grupo de tarjetas —. ¡Dios mío! ¡Con éstas no es así! El tipo es el mismo en cada tarjeta.
—Casi el mismo. Si se sabe buscar, pueden apreciarse leves diferencias. Con una lupa… —Wainwright sacó una. Dividiendo las tarjetas en dos grupos, señaló diversas variantes en el repujado de las cuatro tarjetas auténticas y las otras.
Vandervoort dijo:
—Veo la diferencia, pero no la hubiera percibido a simple vista. ¿Qué aspecto tienen las tarjetas falsificadas bajo los rayos ultravioleta?
—Exactamente el mismo que las verdaderas.
—Malo.
Varios meses antes, siguiendo un ejemplo establecido por el American Express, había sido impresa una insignia oculta en la cara de todas las tarjetas clave de crédito. Sólo era visible bajo los rayos ultravioleta. La intención había sido proporcionar un rápido y sencillo control sobre la autenticidad de cualquier tarjeta. Ahora también esa garantía había sido anulada.
—Malo, no cabe duda —asintió Nolan Wainwright—. Y éstos no son más que ejemplos. Tengo cuatro docenas más, interceptadas después de haber sido utilizadas con éxito en comercios minoristas, restaurantes, pasajes de avión, bebidas y otras cosas. Y todas son las mejor falsificadas que he visto en mi vida.
—¿Ha habido detenciones?
—Hasta ahora no. Cuando la gente presiente que una tarjeta fraudulenta es sospechosa, se van del comercio, se alejan del mostrador de la compañía aérea, o de donde sea, como acaba de pasar hace unos minutos —señaló hacia el recinto de autorizaciones—. Además, aunque detengamos a algunos portadores, esto no significaba que estemos cerca de la fuente de las tarjetas; generalmente son vendidas y revendidas con mucho cuidado, para cubrir la pista.
Alex Vandervoort tomó una de las falsas tarjetas azul, verde y oro y le dio la vuelta.
—El plástico parece también exacto.
—Están hechas con auténticas bandas de plástico que ha sido robado. Así tiene que ser, para que sean tan buenas —prosiguió el jefe de Seguridad—. Pero creo que hemos descubierto la fuente de las tarjetas mismas. Hace unos cuatro meses uno de nuestros proveedores fue asaltado. Los ladrones entraron en el cuarto de almacenaje, donde estaban las sábanas de plástico. Se llevaron trescientas sábanas.
Vandervoort silbó suavemente. Una sola sábana de plástico producía sesenta y seis tarjetas de crédito. Aquello significaba, potencialmente, casi veinte mil tarjetas falsas.
Wainwright dijo:
—Yo también he hecho el cálculo —señaló las tarjetas falsas sobre el escritorio —. Ésta es la punta del iceberg. Bueno, las tarjetas falsas que conocemos, o que creemos conocer, pueden representar diez millones de dólares de pérdida antes de que las quitemos de circulación. Pero, ¿qué pasará con otras, que no hemos descubierto? Puede haber diez veces más.
—Veo el cuadro.
Alex Vandervoort dio unos pasos por el pequeño despacho, mientras sus ideas adquirían forma.
Reflexionó: desde que las tarjetas de crédito bancario habían sido introducidas, todos los bancos que las habían otorgado habían tenido la plaga de fuertes pérdidas debido a los fraudes. Al principio bolsas enteras de tarjetas habían sido robadas y el contenido usado por los ladrones para juergas costosas… a costa del banco. Algunos embarques de tarjetas habían sido secuestrados y devueltos tras un rescate. Los bancos habían pagado el dinero del rescate, porque sabían que iba a costarles mucho más si las tarjetas eran distribuidas entre los malhechores y utilizadas. Irónicamente, en 1974, Pan American Airways fue castigada por la prensa y el público cuando reconoció haber pagado dinero a unos criminales para que devolvieran grandes cantidades de billetes robados. El objetivo de la compañía aérea había sido impedir enormes pérdidas por el mal uso de los pasajes. Sin embargo, sin que los críticos de la Pan Am lo supieran, algunos de los bancos más importantes de la nación, habían estado haciendo lo mismo en secreto, desde hacía años.
Eventualmente el robo de tarjetas de crédito enviadas por correo se redujo, pero ya entonces los criminales habían recurrido a otras tretas, más ingeniosas. La falsificación era una de ellas. Las primeras tarjetas falsas eran toscas y fácilmente reconocibles, pero la calidad había seguido mejorando —como había demostrado Wainwright— y se necesitaba ser un experto para descubrir la diferencia.