Treinta treinta

Dalmiro Saenz · Capítulo 4 de 7

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Treinta treinta

Libertadura

 

 

Si Cristo nace mil veces en Belén pero no en ti

seguirás estando eternamente perdido.

ÁNGELUS SILESIUS

 

AMANECÍA un poco antes que en otros lados, porque la cárcel había sido construida un poco mis al sur que bastantes otros lados, incluso para ese país en donde para ver sus últimas fronteras había que inclinar el mapa-mundi o recorrer leguas y leguas de una geografía extendida sobre un suelo seco e inhóspito cincelado de ausencias, de vientos y de distancias.

Porque era en la Argentina en donde habían construido la cárcel (hace o dentro de unos años) más al sur del paralelo 46 y más al norte del paralelo 48 en un punto en donde el dedo del Director de Institutos Penales se había detenido, mientras las cabezas de los periodistas se inclinaban sobre el mapa y él decía:

—Acá.

—¿Cuándo lo supieron?

—Anoche. Ya salió un batallón de paracaidistas, a estas horas si no se han rendido debe haberse iniciado el ataque.

Ahora el dedo del Director no estaba más sobre el mapa y su mirada se había elevado hacia los lápices activos de los hombres que escribían en sus libretas lo que otros hombres leerían horas más tarde en los diarios, en sus casas respectivas, entre voces de chicos o tintinear de cubiertos o el sonido de los platos todavía mojados en la pileta de la cocina, mientras la voz de su mujer podría decir algo como:

—Viste que en el Sur se sublevaron los presos de una cárcel, lo dijeron en la radio, lo dijeron.

Todo había empezado antes, mucho antes, antes incluso que Lisandro le dijera a Agustín:

—Un día.

—¿Un día qué?

—Un día nomás.

—Me tenés bastante podrido con tu día. Mira viejo, yo hace once años que ando metido, tres acá, cuatro en Las Heras, dos en Devoto, bueno, da lo mismo, yo he visto más de uno tratar de escaparse, yo mismo una vez…

Y la frase quedó sin terminar porque Lisandro, el otro preso, el que dormía en la cucheta al lado de la suya, el hombre silencioso de palabras y gestos y también de miradas, ahora estaba frente a él mirándolo en los ojos y diciendo:

—Un día.

—Estás loco che… de acá no se escapa nadie, está todo muy calculado, por algo la llaman «la máquina». —Y sus palabras seguían fluyendo de esa boca, que durante años había emitido sonidos casi siempre sin respaldo propio, porque sus ideas se respaldaban en su pequeño y mezquino atrapar de otras ideas, en tránsito de otros hombres a otros hombres, y él, también pequeño y también mezquino, a pesar de estar encerrado en la sentencia pomposa con que los cinco jueces de un tribunal, habían prolongado la dinámica de actividad, iniciada con esa arma de cachas blancas y calibre también pequeño y también mezquino, pero suficiente para detener el rítmico respirar de su mujer dormida junto a él despierto— se quedó callado entonces, porque los sonidos que entraban por la ventana enrejada parecían respaldar sus palabras, porque los pasos de los hombres del pabellón cinco los que marchaban con las palas sobre los hombros rumbo a la granja, como un ejército concebido en los sueños de una maestra o por un pacifista e idealista reformador social sonaban rítmicos y mecánicos sobre el patio de la cárcel y luego sobre el empedrado y por último sobre el polvo, sobre la tierra y sobre el silencio.

Agustín señaló el sonido extinguido con su índice indeciso en el aire de la celda y después dijo:

—Ves, ves, es «la máquina», por algo la llaman «la máquina», es como un reloj, todo es así, ahora sabemos que faltan tres minutos para que pase el jefe de guardia, que los del cuadro seis ya empiezan el relevo, que el Director entró en su casa y el viejo Morales le dice:

—Está servido, señor, ¿le aviso a la señora que llegó?

—Sí, avísele, ¿quiere?

Era el Director el que había hablado a Morales, el más viejo de los presos, cuyo delito muy atrás en su memoria, cometido en una época en que el Director no existía, aunque si los elementos, las posibilidades, los apetitos, las personas, los movimientos, los gestos, los pensamientos, que permitirían la concurrencia de factores determinantes de esa vida, que ahora después de cerca de cuarenta años se desplazaba por la alfombra del living en dirección al comedor mientras decía:

—Ponga otro plato más en la mesa, ¿quiere Morales?

Cuando Paula apareció por la puerta transversal traía en las manos las flores para el centro de mesa y la frase para Morales.

—Dígale al señor que la señora está lista, hambrienta y simpatiquísima como siempre.

Y Morales con su sonrisa cohibida que pareció querer gravitar en la forma de su boca, pero que apenas se atrevió a demorarse unos instantes en los ojos mientras decía:

—Dice la señora que…

—Sí ya sé Morales, sirva no más.

Y más tarde.

—Paula, por favor, ya sabés muy bien.

—Pero si era un chiste.

—No se puede hacer chistes con Morales. Morales es un preso como cualquiera de los otros.

—No, no es como los otros, es un pobre viejo, está en casa todo el día, es bueno, me escucha, puedo hablar con él a cualquier hora, no de dos menos cuarto a tres y de siete a nueve.

—Paula.

—Perdón.

—Vino una periodista de Buenos Aires, va a hacer unas notas sobre la cárcel, estaba en la Administración, almuerza con nosotros.

Cuando dejaron las cucharas sobre los platos todavía quedaba un poco de flan en la fuente y cuando trajeron el café la periodista estaba diciendo:

—¿… y los guardianes también la llaman «la máquina»?

—Sí —dijo el Director—, los guardianes también.

—¿Fue obra suya todo ésto, no?

—La idea fue mía, me di cuenta un día que el problema del detenido era la desorganización. Un preso es un hombre al que se lo obliga a vivir con unas leyes distintas a las que tuvo siempre, el secreto para que esas leyes no le molesten es que sean tan automáticas que se conviertan prácticamente en reflejos. Es por eso que he impuesto este sistema, por eso los hombres la llaman «la máquina».

—Sí —dijo ella y Paula le sirvió otra taza de café y ella dijo—: sin azúcar —y volvió a decir—: sí, yo hablé esta mañana con varios presos, parecen más contentos que en otros lados.

—Están más contentos, una prueba es el número de castigados: sobre quinientos hombres hay sólo dos castigados, pronto las celdas de castigo van a ser eliminadas. Por otra parte, son un trastorno, desautomatizan al personal, lo obligan a una actividad distinta, son un problema.

—¿Después puedo hablar con alguno de ellos?

—Sí cómo no.

Cuando se miraron a través de la reja, Lisandro dijo esa frase que ella llevaría para siempre. Lo dijo despacio, mirando a Agustín, con su mano extendida hacia donde había estado esa mirada, que ella también llevaría desde ese instante para siempre.

—Ves, ves, tal vez sea eso, nada más que eso. Pero eso sólo…

Ahí la mirada volvió a ella y quedó sobre los ojos, sobre la cara, sobre el pelo, sobre los hombros, sobre los pensamientos, incluso ahora que la mirada ya era pensamiento, sobre la voz del guardia que decía:

—Éstos son los dos castigados señorita. Si necesita cualquier cosa yo estoy en el pasillo.

—¿Por qué lo han castigado? —había dicho ella después de un rato. Las manos de Lisandro apretando la reja, estaban a menos de una cuarta de su cara.

—Porqué, porqué lo castigaron —insistió.

—Ya lo sabe.

—Sí —dijo ella sin sonreír— ¿cómo se llama? me dijeron el número pero no el nombre.

—Lisandro.

Ella levantó la libreta y el lápiz y él apenas levantó un poco el tono de su voz cuando dijo:

—No lo anote.

—¿Por?

—Se va a acordar igual.

Ella dijo después.

—Sí me voy a acordar. Yo me llamo Catalina. ¿Se va a acordar?

—Sí.

—¿De qué se va a acordar?

Ahora los dos sonreían.

—¿De qué se va a acordar? —insistió ella.

—De la mujer más libre que he visto en estos últimos años.

—¿Libre?

—Sí, libre… El pelo lleno de viento, los ojos para mirar lejos, suena terrible pero es así.

—El pelo lleno de viento puede ser la consecuencia de tres años frente al ventilador de la oficina, los ojos para mirar lejos pueden ser consecuencia de la ventana del cuarto de la pensión donde vivo, da a un patio interior… soy muy libre, soy libre de levantarme a las seis de la mañana, soy libre para viajar una hora, para trabajar otras ocho, para tener otra hora de vuelta para el café con leche de la noche soy libre de que el otro día sea igual y el otro y el otro. ¿Éso es ser libre?

—Puede ser que eso no, pero hay otras cosas.

—¿Qué otras cosas? ¿Los guardias de esta cárcel cree que son muy libres? Trabajan ocho horas como usted, comen la misma comida que usted, duermen en una cama como la suya. ¿El Director de esta cárcel cree que es muy libre? Se levanta a la…

—Tiene una mujer —dijo él.

—¿Una mujer? ¿Y qué tiene que tenga una mujer?

—¿Usted sabe lo que es una mujer?

—¿Claro que sé lo que es una mujer… o no?

—No.

—¿Y usted sabe?

—¿No… o sí?

Él se dio vuelta hacia Agustín y le dijo:

—Es ahora.

Su mano se extendió y apretó el cuello a través de la reja y cuando se abrió ella ya estaba en el suelo con la cabeza inclinada sobre un hombro mientras oía fugazmente la voz que gritaba.

—¡Guardia! ¡Guardia! ¡Se ha desmayado!

Y después los pasos apresurados que se acercaban por el pasillo y el ¿Qué pasó?

—Se desmayó. Estaba hablando y se desmayó. Ella sacudía la cabeza y trataba de hablar, mientras el guardia uniformado se inclinaba sin ver el puño de Lisandro, cerrado, duro, tenso, proyectándose a través de la reja con un impulso acumulado en nueve años de condena, y estrellándose contra el costado de la cara, que después se sacudiría de derecha a izquierda y abriría los ojos para ver su propio cuerpo, apenas tapado por la ropa interior, extendido en el piso gris, bajo el techo y la ventana y junto a las cuchetas y frente a la reja, tras la cual Lisandro prendía uno a uno los botones negros de la chaquetilla. Después se puso la gorra inclinada sobre los ojos y tiró los zapatones de preso como alguien sacándose la última prenda de un disfraz en la mitad de una noche aún no terminada.

El primer preso que liberó miró sorprendido la puerta abierta y al otro guardia con la cara contra el suelo y dijo:

—¿Qué… qué pasa? —como encandilado de perspectivas y todavía sin tiempo para el asombro, después avanzó mirando su inesperada y dudosa libertad a lo largo y a lo ancho del pasillo.

—El uniforme —dijo Lisandro.

—¿Qué?

—El uniforme. Ponete el uniforme.

Agustín y el otro preso y Lisandro, vestidos los tres con las ropas de los hombres, extendidos, maniatados, ausentes ahora de esa envoltura que revestía, que uniformaba, que legalizaba el derecho de mandato y de sumisión de los hombres ante los hombres, se desplazaron pegados a la pared hacia la central eléctrica de la cárcel.

—¿Para qué? —le había preguntado Agustín, pero Lisandro caminaba seguro como dueño de sus pasos, como si el espacio que un pie y después el otro cubrían, formaran parte ahora del pasado también cubierto por otros movimientos procedentes del fondo mismo de una gran quietud acumulada. Cuando habló, el otro preso y Agustín agarraron sus palabras que él ya había dejado atrás, con algo de fe puesta en la esperanza y cuando Lisandro les dijo: «sólo podemos contar con lo imprevisto». Los dos dijeron:

—¿Qué? —tal vez contentos de no entender, como cuando los hombres se sienten aliviados de su no saber, porque limita las posibilidades de su ignorancia.

—El sistema es perfecto, no se olviden de eso, pero está hecho para situaciones ya previstas, basta que algo salga distinto para que el sistema se dé vuelta, ¿entendieron? —dijo Lisandro.

—No.

—No importa, síganme.

Ahora estaban en un cuarto grande y la puerta del fondo estaba cerrada tapando la otra puerta de reja que ellos no veían pero que sabían que estaba ahí, cuadriculando ese espacio posterior, ineludible, apremiante, que se extendía como un símbolo de esa primera perentoria necesidad, la de la nada delante de ellos, sin trabas sin paredes sin rejas.

—Después…

—¿Después qué?

—Después se prende una luz en el tablero de control que les muestra el lugar, entonces vienen a arreglarlo.

Cortó el cable y esperaron con las espaldas junto a la puerta y cuando ésta se abrió, dejaron que el hombre pusiera en el suelo la caja con las herramientas, cuando se dio vuelta para cerrar, lo golpearon en la cabeza con una de las sillas. Una hora después, se habían apoderado de la central eléctrica, y ya en el filo de la tarde los hombres que llegaban de la granja con las palas sobre los hombros, acababan de dejar junto a las acequias los diez guardias desarmados, y ya dueños algunos de ellos de sus uniformes y de sus armas, simularon entrar como todos los días con el braceo un poco menos alto que cuando salieron y el taconeo algo acallado por el cansancio.

Ahora eran muchos los hombres que rebalsaban los pasillos y los cuadros y los pabellones, cuyas puertas muertas sin corriente habían sido abiertas, y cuando el jefe de la guardia pretendió tocar la alarma, el silencio corrió desde el timbre por el cable inútil hasta las campanas calladas sin objeto.

Cuando el último guardia levantó las manos, los presos siguieron a Lisandro hasta la casa del Director. Cruzaron el jardín y junto a la puerta de entrada, se detuvieron un momento mirando a Lisandro que estaba quieto con la mano sobre el picaporte de la puerta, que ocultaba el sonido de las frases todavía no interrumpidas.

—Después hace me la lista de las compras, mañana mando la camioneta al pueblo para llevar a la chica ésta.

—¿Debe ser mala como periodista, no? —dijo el Director.

—¿Sí, no? —contestó Paula.

—¿Le escribiste a tu madre?

—Sí, le conté de tu hígado, si no fuera por tu hígado no sé de qué hablaríamos con mamá.

Ahora el tejido se alejó bruscamente de la cara demudada para detenerse sobre la falda, mientras su marido con la vista todavía en el estruendo de la puerta y de los hombres que la habían empujado, trató de pararse inútilmente entre los brazos y las manos y los puños y las armas, que rodeaban, ocupaban, desbordaban, el espacio mesurado de la casa.

Cuando el tumulto cesó, la voz del Director siguió hablando por encima de la ausencia de las frases que sus palabras habían dispersado, y cuando les dijo «¿Y ahora qué?» los hombres miraron a Lisandro y el Director prosiguió:

—Antes de veinticuatro horas la mayoría de ustedes van a estar presos o muertos. Quinientos hombres no pueden huir en masa de ningún lado. Si fuera en una ciudad grande tendrían más posibilidades, pero acá, en medio del desierto, con cien kilómetros de Patagonia hasta el primer pueblo, con un solo vehículo, se los va a cercar con aviones y tropas y los que queden vivos van a pagar las consecuencias de esta estupidez.

Se detuvo y miró a los hombres en su miedo y prosiguió:

—Ustedes llamaban a esta cárcel «la máquina»… Bueno, sí, era una máquina, una máquina perfecta, hecha con la experiencia, la dedicación, el esfuerzo de muchos para convertir a inadaptados de una sociedad, en parte misma de esa sociedad… usted por ejemplo es el 432, ¿no es cierto?

—No —dijo Lisandro y las miradas de los hombres escudriñaron la esperanza cuando dijo—. No, no es el 432 y no lo va a ser nunca más, él se llama Fernández, Nicolás Fernández y dejó de ser parte de «la máquina».

Se quedó callado y después habló al Director, a los hombres y a sí mismo.

—No vamos a huir hasta el momento oportuno. «La máquina» va a seguir funcionando como siempre, la única diferencia es que usted será un nuevo preso, y yo seré el nuevo Director, y sus hombres serán los nuevos presos, y mis hombres serán los nuevos guardias. Tenemos que mantenernos un año por lo menos. Todo tiene que seguir igual, hay que mantener el contacto con Buenos Aires como si no hubiese nada. Después de un año, vamos a ir dando de baja de a poco. Todos tienen que salir con un nombre y un apellido para poder sacar pasaporte y salir del país.

El viejo Morales se acercó al Director, traía en sus manos una costumbre y un vaso con agua y una pastilla.

—Señor…

—No, Morales —dijo Lisandro— ya no es más Señor, es el penado 501. Andá a la sastrería que te den un traje de guardia.

Pero la frase terca ya empezada en algún recodo de su tiempo terco, continuó:

—Señor, no tomó su pastilla.

 

* * *

 

«La máquina» volvió a su antiguo ritmo con sus hombres cambiados en su posición frente a la reja y sus miradas invertidas a través de los mismos barrotes.

Paula desde su celda oía los pasos de los hombres que llegaban de la granja.

Sabía que el sonido crecería hasta silenciarse en un último golpear de tacos sobre el patio grande bajo su ventana. Después los hombres entrarían en sus respectivos pabellones, y la puerta pesada se correría y el 501 estaría en su celda.

—¿Cómo te fue? —le dijo.

—¿A vos cómo te fue?

—Bien, preocupada por vos.

—¿Pero que hacés todo el día acá? ¿No te volvés loca?

—No —y la sonrisa se mantenía en su cara que ahora él sostenía entre las manos, mientras ella decía:

—¿Querés que te cuente todo lo que no hice?

—Contame todo lo que no hiciste.

—No le escribí a mamá, no le conté de tu hígado.

—Eso es serio, va a creer que me curé.

No le hice chistes a Morales, no me podés retar por nada. Mirá.

—¿Qué?

—Eso, si me beséis no podés ver.

—No quiero ver, te quiero besar.

—Sos un sonso porque era una cosa lindísima.

—Paula.

—Qué.

—Te quiero.

—Yo también, pero lo sabíamos antes.

—¿Sí?

—¿No?

A menos de cien metros de distancia, Lisandro estaba frente al gran ventanal del dormitorio. Sobre la cama, Catalina se miraba a sí misma en sus brazos desnudos y dejaba correr su mano desde el hombro hasta la pulsera plateada de su muñeca. Había descubierto su piel hacía varias noches, un poco después de haber descubierto su cuerpo sobre esa misma cama donde ella había desmoronado veinte años de espera.

Después él se dio vuelta y ella se quedó quieta un rato sabiendo que vendría.

—Sacate todo —le dijo Lisandro y volvió a mirar la ventana mientras ella soltaba uno a uno los botones de su blusa y le preguntaba:

—¿Qué mirabas?

—El cambio de guardia, cada vez lo hacen mejor —después dijo—: Todo, la pulsera también.

—¿Y los aros?

—Y los aros.

Ahora volvían a lo que hacían constantemente, pegando sus cuerpos uno contra el otro, sin que nada se interpusiese, ni siquiera la levísima seda del camisón que alguna vez llegó a ponerse. Los dos lo habían exigido casi desde un principio, como si el hambre de lo adeudado, apenas podía detenerse en el límite de la piel, como si las manos que aplastaban, que acariciaban, que apretaban el dolor contra el placer, necesitaran no sólo la forma, sino el fondo de esa forma en la cama convulsionada de posiciones. Los besos eran ásperos y a veces tan suaves que las manos detenían su frenesí de búsqueda como alertadas ante una presencia sigilosa, para volver nuevamente al intercambio agresivo frenético incontrolable de los movimientos sobre los cuerpos, ya transitados por los mismos movimientos.

Cuando extenuados se detenían, una gran desnudez parecía quedar sola, latiendo entre los quejidos a veces tapados por el último beso inmovilizado en cada boca.

Entonces las manos se encontraban como en un retorno. Oían el reloj golpeteando agresivo sobre la paz usurpada, y después, cuando abrían los ojos en la mañana todavía baja, se mantenían callados sin hablarse mientras la oscuridad se apagaba lentamente en el espacio inmovilizado entre las paredes del cuarto.

Después hablaban.

—Les cambié el horario a los de la fundición, van a levantarse una hora antes, así pueden dormir siesta. Si no a la tarde ya no rinden.

—¿Y los guardias?

—¿Qué tienen los guardias?

—Los guardias también se levantan una hora antes.

—Sí, claro.

—y también duermen siesta.

—Sí, también.

—¿Y qué diferencia hay entre ustedes y ellos?

—Una reja.

—Sí y tanto ustedes como ellos están condenados a mirar a través de esa reja. Pero por lo menos tienen eso… yo en cambio…

—Vos siempre fuiste libre, no podés saber lo que es limitar las cosas, lo que es saber que el mundo de uno tiene un tamaño.

—Todos los mundos tienen tamaños. Eso es lo terrible, tener que decidir día a día ese tamaño es la peor de las condenas.

Mientras se vestían estuvieron callados y una vez en el living apareció Morales y dijo:

—Señor, el jefe de guardia quiere verlo.

—Hágalo pasar y traiga dos cafés.

Agustín en la puerta se cuadró y dijo:

—Permiso señor.

—Pase… Pasá querés, vamos a tutearnos un poco. Estoy extrañando las charlas de la celda. ¿Te acordás?

Catalina los miró mientras decían:

—… quien iba a decir. ¿Y ahora qué planes tenés?

—Lo que les dije el primer día. Tenemos que estar un año por lo menos. Todo tiene que seguir igual, cualquier cosa anormal puede hacer que en Buenos Aires sospechen. Por eso la disciplina hay que mantenerla.

—Sí Lisandro no te preocupes; el problema es la Contaduría, ya hay que mandar las planillas de sueldos, el 104 ya la firmó.

—¿Quién es el 104?

—El que era Contador. Pero el Director tiene que firmarlas también y no quiere.

—Dejá, yo me ocupo de eso mientras tanto…

—Mientras tanto todos presos del lado de afuera —dijo Catalina y Agustín alarmado preguntó:

—¿Qué dice?

—Nada, andá no más —dijo Lisandro.

Y más tarde ya solos:

—No vuelvas a decirle eso a ninguno de mis hombres.

—Era un chiste.

Dos días más tarde, todavía el Director se negaba a firmar. Los hombres con los uniformes de guardia ya adaptados a sus cuerpos, rodearon la negativa y se inclinaron amenazantes sobre la frase obstinada, mientras las manos algo trabadas de reglamentos se acercaban peligrosamente a la cara terca.

—Vas a firmar.

—No.

—Vas a firmar, te digo.

La mano que gesticulaba acompañando las palabras, se cerró en un puño que apretaba la amenaza estrujando el miedo que su dueño trataba de trasmitir al hombre sentado en la banqueta, y cuando éste volvió a negar, el puño retrocedió despacio como consciente de que ese mismo trayecto lo iba a repetir en sentido inverso, tras una intención y hacia un destino.

La sangre reventó en la cara y luego corrió sumisa hacia la boca callada, bordeó el mentón, y pareció florecer en el cuello de la camisa, al segundo golpe los dientes surgieron entre el labio partido como una sonrisa vertical, tapada casi en seguida por la sangre abundante que bajaba lentamente como lamiéndose a sí misma sobre la cara inclinada.

—En los ojos —dijo alguien, y nuevamente el puño avanzó obediente una y otra vez, luego se detuvo y su dueño miró con cierta ternura los nudillos lastimados y dijo:

—Seguí vos.

El globo del ojo pareció reventar bajo la ceja partida, y el mismo puño machacó la mirada apenas perceptible entre la bruma del desmayo, y cuando lo dieron vuelta sobre sí mismo de espaldas en el suelo, el baldazo de agua sonó casi simultáneo con la frase.

—No voy a firmar.

Y la voz de Agustín dijo más tarde:

—En los riñones.

La cara estaba entre las manos, y Catalina las separó despacio mientras decía:

—¿Qué te pasa?

—Tengo miedo.

—De qué.

—De no aguantar.

—¿De no aguantar qué?

—Hace media hora ordené torturar al Director.

—¿Torturar?

—Sí. Es demasiado importante lo que nos estamos jugando. ¿Qué es la vida de un hombre cuando se están jugando quinientas vidas?

—¿Qué importa, no es cierto? ¿No se lo dijeron? ¿No le dijeron a él que no importaba? No le dijeron que es un preso, que ustedes son libres, que no tiene ningún derecho a estar tranquilamente preso, mientras los hombres libres tiemblan de miedo que el día de mañana llegue y no estén firmadas las planillas, no le han dicho…

Cuando Lisandro le pegó, ella se quedó callada un rato con los ojos bajos, luego le tomó la mano, la besó, y dejó que sus lágrimas cayeran sobre ella mientras decía:

—No le han dicho que ser libre es esto, es hacer lo que estoy haciendo, es el viejo Morales queriendo seguir preso, es el Director diciendo que no, es… sos vos con tu mano acá… y soy yo con un miedo espantoso de levantar los ojos.

Esa noche en la celda el Director la miró a Paula desde las ranuras de sus ojos en la cara irreconocible, y alcanzó a decir:

—¿Hace mucho que estoy?

—Unas cinco horas. Cerrá los ojos, descansá, ¿me oís bien?

Él asintió con la cabeza y ella prosiguió:

—Me llevaron hoya la oficina de guardia y me dijeron muchas cosa… quieren que te convenza. Me dijeron que si no firmás, te van a matar y van a tener que huir en masa y va a haber muertos y heridos, y me dijeron que vos vas a tener la culpa. Me dijeron que si firmás vamos a poder seguir así, como ahora en el calabozo éste —sonrió o lloró mientras decía—: con la ventana nuestra, me dijeron… me dijeron un montón de cosas para que te diga… Mi amor, quiero que sepas esto… hace cinco años cuando te nombraron Director de esta cárcel vos me dijiste: «Quiero hacer una cárcel perfecta, quiero que en el país haya una cárcel perfecta». Lo conseguiste. Hiciste un mundo limitado por rejas, nosotros estábamos de un lado y ellos del otro cumpliendo todos la misma condena… Todos somos un poco esclavos de nuestras obras, pero nosotros vivimos dentro de nuestra obra y éramos parte de ella, por eso dejamos de ser libres, como les pasa a ellos ahora… Después conocimos la libertad, nos dieron un calabozo que mide cuatro por cuatro, dos platos enlazados, dos cucharas de madera, una ventana, dos cuchetas, una reja maravillosa que nos defiende de la esclavitud, y fuimos tan felices que ni nos acordamos que tarde o temprano tenía que pasar esto. Mi amor, al principio creí que te iba a dar ánimo para que resistas, pero no puedo… no puedo, querido, es tanto lo que tengo ahora que no quiero perderlo. Por favor, firmá. Quiero seguir siendo libre.

Él la miró. Después dijo con dificultad:

—Yo también.

La cara de Paula quedó quieta ante los ojos doloridos que aun cerrados guardaban la imagen por un rato, cuando los volvió a abrir, ella le dijo a través del dolor de su sonrisa:

—¿Eso es ser libre?

—Sí.

—¿Tenés idea de cómo te quiero?

—Sí.

—¿Tenés miedo de mañana?

—Sí.

—¿Sabés lo que pienso de vos?

—Sí.

—¿Qué?

—Que estoy loco.

—Sí.

—Que no tengo derecho a hacerte esto.

—Sí.

—Que son mentiras todos los si que estás diciendo.

—Sí.

Sobre el suelo de la celda la sombra se había detenido. Lisandro miraba adentro como hacía un tiempo había mirado afuera. La cara destrozada parecía en la penumbra una mancha grande sobre la almohada, y el cuerpo de Lisandro estaba quieto con las manos sobre los barrotes.

—¿Me vienen a buscar? —dijo el Director.

—No —dijo Lisandro— todavía no es hora.

Se quedó callado y después dijo:

—Son quinientos hombres que tengo que liberar.

—Incluyéndolo a usted —dijo Paula.

—No, yo ya soy libre.

Cuando los dos miraron a Paula el Director dijo:

—Es la primera vez que tengo realmente miedo.

Después los pasos de los hombres se fueron acercando y al llegar a la celda endurecieron el silencio con el último taconeo de los pasos detenidos. La voz de Agustín se oyó:

—Es la hora, señor.

Y Lisandro dijo:

—Dentro de un minuto van a comenzar a torturar a su mujer, si no firma las planillas.

Millones de relojes en un mundo de millones de hombres dependientes de relojes, tictaqueaban los segundos de un tiempo relativo.

Cuando el minuto terminó, las primeras manos se cerraron sobre Paula ya sentada en la banqueta de madera, y casi al mismo instante Agustín caía al suelo derribado por el golpe.

Cuando el Director volvió a golpear, otro hombre cayó boca abajo sobre el piso, y la pistola que su dueño extraía en ese momento se desprendió de la mano aturdida e independiente del reflejo interrumpido. El Director se precipitó sobre ella, y una vez que la tuvo, apoyó el cañón sobre su mano derecha con el percutor levantado. Un instante después, entre el sonido extinguido del disparo, las miradas bajaron desde la mano destrozada hacia las manchas superpuestas, que la sangre empezaba a dibujar sobre el piso.

Las gotas caían una tras otra, y los ojos de los hombres seguían su trayectoria como mirando su propia libertad goteando sin futuro sobre las baldosas del piso. Después fue la furia desalojando al estupor, al miedo, al dolor, a la angustia de volver a esa nueva esclavitud, la esclavitud de la libertad dependiente de la esperanza de un mañana estipulado por ellos mismos.

Entonces atacaron con las armas que durante días habían llevado como símbolos ociosos de un estado mental recién perdido.

La pistola del Director disparó varias veces demorando la muerte que ya lo rebalsaba, y cuando el cerrojo quedó abierto tras el último balazo, el arma de Lisandro empezó a disparar contra los hombres, mientras cubría con su cuerpo al otro cuerpo que apoyado en la pared, parecía sostenido por sus propias heridas como esperando.

Los hombres se detuvieron desconcertados, y por un instante, el tumulto del calabozo quedó quieto entre los quejidos de dos de los presos extendidos moribundos en el suelo.

Agustín avanzó y hundió su bayoneta en el costado de Lisandro y éste y el Director se desmoronaron casi al mismo tiempo uno sobre otro, como un solo gran cuerpo retorcido.

Sobre el piso del calabozo la mano inerte y agujereada mantenía su palma hacia arriba, como en una entrega, y la sangre que todavía seguía saliendo del costado, corrió por entre las baldosas hacia los otros dos hombres que agonizaban.

Uno era un ladrón y el otro también.

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