Un mar de muerte
Capítulo I
Nada podía haber estado más lejos de mis previsiones. Creía que regresaba a mi casa en Nueva York al final de un largo viaje al extranjero. En cambio, estaba empezando un recorrido que concluyó con la muerte de mi madre.
Para ser preciso, era la tarde del 28 de marzo de 2004, un domingo, y me encontraba en el aeropuerto de Heathrow en Londres de regreso de Oriente Próximo. Después de casi un mes de idas y venidas entre Jerusalén Oriental y Cisjordania (había estado escribiendo para una revista un reportaje sobre los palestinos durante el último período del gobierno de Arafat), sentía alivio de volver a casa, y ya estaba a medio camino. Sin embargo, además de eso, tenía la cabeza casi en blanco. El viaje había sido frustrante y solo en parte había conseguido lo que necesitaba. Sabía que pasar en limpio el reportaje sin duda iba a ser difícil. Estaba cansado, con algo de desgaste y algo de resaca, nada predispuesto a convertir mi cobertura en un escrito. Aquello podía esperar hasta mi regreso, así que me puse a llamar por teléfono, en la sala de espera de United Airlines para reconectarme con los míos, como siempre ha sido mi costumbre en cuanto termino de cubrir una noticia. Fue entonces cuando mi madre, Susan Sontag, me dijo que era posible que estuviera enferma de nuevo.
Mi madre hacía todo lo posible por mantener la jovialidad. «Algo podría estar mal», dijo por fin después de que me hubiera extendido demasiado en mis impresiones sobre Cisjordania. Comentó que durante mi ausencia se había sometido a los exámenes y análisis de sangre que efectuaba dos veces al año —una rutina cumplida desde la cirugía y posterior quimioterapia por un sarcoma uterino diagnosticado seis años antes—. «Uno de los análisis de sangre que acaban de hacer no parece muy positivo». Añadió que ya se había sometido a otros análisis, me preguntó si estaba dispuesto a acompañarla a visitar a un especialista recomendado y que dos días antes había efectuado dos pruebas de seguimiento. Ya tendría los resultados definitivos para entonces. «Tal vez no sea nada», dijo, y me recordó la larga lista de injustificadas alarmas que se habían presentado con posterioridad al sarcoma, y a la mastectomía radical sufrida tras el diagnóstico de un cáncer de mama avanzado en 1975.
Repitió que probablemente no sería nada. Como un tonto, lo repetí también. En eso estábamos de acuerdo, nos dijimos. En teoría, al menos, no era del todo irracional por parte de ambos afirmarlo. Ni una de esas alarmas injustificadas había llegado nunca a nada, ¿no era cierto? Hubo una ocasión cuando una ecografía había revelado algo en el riñón izquierdo de mi madre. También había parecido cáncer, pero a la postre resultó que simplemente tenía una forma rara. Después hubo otra cuando a los médicos de mi madre les inquietó que la aparición súbita de intensos dolores de estómago pudiera deberse a un cáncer de colon. Se había demostrado que esas aprensiones, asimismo, eran infundadas. Y al haber vivido, como todo aquel que ha padecido cáncer, con la espada de Damocles de una reaparición sobre la cabeza desde que había contraído su primer cáncer con poco más de cuarenta años de edad, mi madre había aprendido del peor modo a permanecer tranquila cuando recibía semejantes noticias o, al menos, a obrar con tranquilidad. Esa también sería una alarma injustificada, nos dijimos de nuevo. ¿No habíamos pasado por ello antes? Pero nuestras palabras eran como respiración superficial y nuestra compostura más entumecimiento que tranquilidad. Me avergüenza confesar que sentí alivio cuando colgamos.
Más tarde intenté no pensar en nada mientras miraba las pistas de Heathrow, contemplando el aterrizaje y despegue de los aviones, hasta que oí la llamada de embarque de mi vuelo. Una vez a bordo me embriagué, aunque daba igual, pues siempre hago lo mismo. Después de aterrizar me dirigí a mi casa. Al llegar, llamé al apartamento de mi madre, pero fue una de sus amigas la que respondió para informarme de que estaba dormida. Contesté que lo mismo haría yo. Y así fue, en efecto. La alternativa era gritar de dolor al suponer que acaso en esa ocasión no habría indulto. No puedo siquiera concebir cómo habrá sido el trance para ella.
A la mañana siguiente fui a recoger a mi madre a su apartamento. No solo distaba de haber descansado, sino que se hacía de inmediato evidente que no había dormido. Ahora recuerdo su desesperada animación y mis esfuerzos poco satisfactorios por imitarla. Escribo «poco satisfactorios» porque, si bien fui capaz de permanecer tranquilo, parecía haber ya una brevísima pausa entre lo que yo decía y lo que me oía decir a mí mismo. Recuerdo que me hubiera gustado abrazarla con fuerza o haber cogido su mano. Pero ninguno había sido afectuoso con el otro nunca, y si bien mucho se ha dicho y escrito sobre cómo la gente supera su faceta más mezquina en una crisis, al menos mi experiencia confirma lo que sucede en realidad: revelarnos más a menudo lo que somos en esencia y bajo la línea de flotación. Lo que mi madre y yo compartíamos eran palabras, pero en ese momento nos parecían sin valor, como dólares confederados o rublos soviéticos. No recuerdo mi propio miedo, pero recuerdo vivamente que imaginaba el suyo. Y, sin embargo, siguió hablando de Oriente Próximo e, incapaz de decir algo de importancia y mucho menos de tocarla, seguí contando anécdotas de Yasir Arafat y su complejo en Ramala; como si ello todavía importara. La conversación continuó hasta que llegamos al consultorio del especialista, o más concretamente al consultorio del especialista en leucemia.
El doctor A —dados los sentimientos que me inspira prefiero no nombrarlo— era corpulento y de trato excesivo (dominante en mi opinión) que se ajustaba a su volumen. O así me lo pareció. Acaso si hubiera tenido mejores noticias que transmitir o un mejor talante para airear las malas, habría conservado una mejor imagen de él, quizá la del fraile Tuck o algún personaje jovial de Dickens. Y para hacerle justicia, ya entonces me encontraba casi catatónico de pavor y cada vez más desorientado psíquicamente. Sentía que todo había cambiado y era ya incapaz de distinguir lo sólido de lo endeble. Todo lo que pude hacer fue estrechar la mano del doctor A, sonreír maquinalmente a propósito de algún comentario sobre los periodistas itinerantes y sentarme junto a mi madre. Sí recuerdo haberlo mirado fijamente al otro lado de su amplio y atestado escritorio mientras nos transmitía las malas noticias. Pues no se trataba de «nada». Al contrario, se trataba, inconcebiblemente, de todo. El doctor A fue muy claro. A partir de las pruebas que había efectuado el viernes anterior —analíticas de sangre y una biopsia de médula ósea— no cabía la menor duda de que mi madre padecía síndrome mielodisplásico.
Mi madre y yo lo miramos sin entenderlo. Las palabras no nos decían nada. Nuestro aturdimiento, su frustración. El SMD, explicó, con lentitud y parsimonia, como si una familia de pueblerinos estuviera sentada frente a él, era un cáncer de sangre especialmente letal.
«Di algo», pensé. Las sienes me palpitaban. Intentando imitar el tono del doctor A, alcancé a preguntarle si estaba absolutamente seguro. ¿No era cierto que muchos cánceres se presentaban de modo semejante?, inquirí, buscando refugio en la jerga médica tal como él parecía haberse refugiado en las siglas y la pedagogía. ¿Cabía la duda, alguna posibilidad de que solo estuviera mal algo, y de que ese «algo» resultara ser algo menos letal? El doctor A negó categóricamente con la cabeza. Los análisis de sangre y, sobre todo, la biopsia de médula ósea, afirmó, eran del todo concluyentes. Entonces continuó explicando qué era el SMD. Oí sin escuchar en realidad, oía aturdido mientras brotaban en cascada palabras y términos desconocidos, que surgían de él sin duda, pero que no llegaban con claridad hasta mí. El SMD se caracterizaba por una «anemia refractaria», nos dijo. Las células troncales que producía la médula ósea de mi madre ya no se desarrollaban hasta convertirse en glóbulos maduros, sino que seguían siendo «blastocitos»: glóbulos inmaduros que no podían funcionar con normalidad.
No asimilé nada en aquel entonces, salvo, por supuesto, que las referencias eran pésimas. Dada su experiencia, debo suponer que el doctor A sabía que era improbable que sus palabras fueran comprendidas la primera vez. Como muchos médicos, se dirigió a nosotros como si fuéramos niños, pero sin el cuidado que un adulto sensible muestra al elegir las palabras que usa con un niño. En cambio, procedió como si estuviera en una sala de conferencias. Ni mi madre ni yo lo interrumpimos.
Sin embargo, tras concluir, mi madre preguntó al doctor A qué tratamientos estaban siendo administrados para el SMD y cuáles eran las probabilidades de remisión de la enfermedad. De nuevo, no se esforzó en absoluto por prepararla para lo que estaba a punto de decir o para expresarlo de tal modo que manifestara alguna suerte de compasión o de horror por la situación de mi madre. Si todos los médicos se comportaran de ese modo, podría perdonarlo. Pero no todos los médicos se comportan así, como habría de descubrir con gratitud mi madre posteriormente.
El doctor A se cebó con su tema. A efectos prácticos, contestó, la respuesta es que no había tratamientos que fueran muy eficaces, o al menos ninguno que pudiera inducir una remisión a largo plazo, y mucho menos una cura. Por supuesto, se disponía de algunos fármacos paliativos, fármacos que mejorarían la «calidad de vida» del paciente. Esta expresión —llámese lugar común, eufemismo, o término del oficio— la usaron sin cesar los médicos y enfermeras durante toda la enfermedad de mi madre. El doctor A continuó y dijo que un fármaco denominado 5-azacitidina a menudo podía inducir una remisión temporal. Con todo, además del «5-aza», en realidad la única manera de sobrevivir con SMD por mucho tiempo era con un trasplante de médula ósea. Pero, afirmó el doctor A, esa no era una vía muy promisoria para una mujer de setenta y un años de edad como mi madre. En efecto, la recomendación del doctor A fue que no hiciera nada hasta que el SMD se «convirtiera» —ese uso de la palabra no me resultaba en absoluto familiar, pero habría de conocerlo y de provocarme terror— en leucemia mieloide aguda, LMA, «desarrollada».
Las razones de ello no me quedaron del todo claras. Al contrario, esperar me parecía suicida pues la LMA, al parecer, era mucho peor que el SMD (con cuánta celeridad esas siglas comenzaron a implantarse en mi conciencia). En la LMA, las células troncales se transforman en plaquetas y glóbulos blancos y rojos anormales. Cuantos más glóbulos o blastocitos leucémicos, menos espacio hay para glóbulos y plaquetas sanas. Esto implicaba que una vez que el número de glóbulos leucémicos en la sangre y la médula ósea alcanzara determinado límite, el cuerpo ya no podría mantener sus funciones. El doctor A no enunció el evidente corolario: que después sobrevenía la muerte. No hizo falta. Eso sí lo habíamos entendido mi madre y yo.
Ella aún esbozaba la sonrisa rígida que había mostrado al contarle mis anécdotas de Oriente Próximo mientras conducía desde su apartamento al consultorio del doctor A. Pero a medida que el médico continuaba hablando, de hecho tuve la honda impresión de que podía oír cómo se resquebrajaba cual cascarón de huevo. Si bien me di cuenta de cómo apartaba la mirada de ella, del doctor A, fijándola en las tarjetas de felicitación que celebraban su reciente quincuagésimo cumpleaños, en sus libros, en las fotografías de su familia, en cualquier punto salvo en mi madre. Así que no puedo asegurarlo. Sí sé que transcurrió un tiempo antes de que ella hablara.
—Lo que me está diciendo entonces —dijo por fin con una parsimonia conmovedora que aún me provoca un grito ahogado al recordarla— es que en efecto no hay nada que hacer. —Y tras una pausa añadió—: Nada que yo pueda hacer.
El doctor A no respondió de inmediato, pero su silencio, como recuerda el lugar común, fue elocuente. Unos minutos más tarde, tras extender a mi madre la necesaria invitación para que volviera a visitarlo cuando hubiera considerado con detenimiento lo que quería hacer después —recuerdo que esa palabra, «quería», me pareció especialmente grotesca— nos marchamos. El silencio que reinó de camino al coche superó todo lo que había imaginado o vivido hasta ese momento. Mientras conducía por el centro de la ciudad, ella miraba fijamente por la ventanilla. Entonces, transcurridos unos cinco minutos, apartó la vista de la ventanilla y me miró.
—Vaya —dijo—. Vaya.
No puede ser verdad que, según las estadísticas, los peores sucesos de la vida siempre sobrevengan cuando menos se esperan. Pero cuando, en efecto, sucede lo peor es casi siempre lo que se siente. Acaso da lo mismo. Pues la alternativa a no esperar lo peor sería poco menos que insoportable. Elias Canetti propone en una obra que todos los personajes, ocupados de sus cosas, porten al cuello un relicario que señale el año de su muerte. Y la premisa de la obra es su sentido: vivir sabiendo algo así convertiría el decurso de la vida en poco menos que en una antecámara de la extinción.
Supongo que me viene a la memoria Canetti no solo porque mi madre era una devota de su obra, e incluso alguna vez le dedicó un ensayo que me pareció tanto una autobiografía disimulada como la descripción que un escritor traza de la obra de otro, sino porque lo que más valoraba en ella, me parece, incluso más que la obra sobre Canetti el hombre, era su miedo a la muerte. Más concretamente, compartía con él la absoluta incapacidad, ya fuera en su juventud o a una edad avanzada, de reconciliarse con el hecho de la mortalidad. «Maldigo la muerte —escribió—, no puedo evitarlo». Casi podría afirmarse que su argumento era, como el de ella, contra el Génesis. En uno de sus diarios de juventud —mi madre era una alumna de dieciséis años de edad en la Universidad de Chicago— escribe: «No ser capaz de imaginar siquiera que un día ya no estaré viva». Como Canetti, sostuvo este parecer, normal hasta la trivialidad en una persona joven, casi hasta el instante de su muerte en el Centro Oncológico Memorial Sloan-Kettering, poco menos de tres semanas antes de su septuagésimo segundo cumpleaños.
Lo que intento transmitir es que murió como había vivido: sin reconciliarse con la mortalidad, incluso después de haber sufrido tanto dolor; y ¡cuánto dolor sufrió, por Dios! A pesar de todo ello, mi madre estuvo con Canetti, y con Philip Larkin, quien, en su gran poema «Aubade», escribió sobre su terror a la muerte y su desdén al consuelo religioso y otros subterfugios:
Y eso especioso que dice Ningún ser racional
Puede temer a lo que no siente, sin darse cuenta Que eso es lo temido: ni vistas, ni sonido,
Ni tacto u olfato o gusto, nada con que pensar; Nada a que vincularse y nada que amar,
La anestesia de la que ninguno regresa.
Al leer estos versos que conozco desde que los memoricé en mi juventud — ahora para mí, no obstante, ya no evocan la cabeza calva y la boca fruncida de Larkin, sino más bien la melena canosa y negra y la intensidad de los ojos oscuros de mi madre—, deseo con fervor contemporizar con ella. «No te deleites tanto con la vida —quiero decirle—, siempre la valoraste demasiado». O, de lo contrario, quiero consolarla, a sabiendas siempre de que no es más consolable que Larkin, o que yo mismo en realidad. Pero quiero intentarlo y, tal como lo imagino (de modo irracional), concederle una pizca de conformidad con la muerte o, si no eso, acaso conferirle al menos una brizna de indiferencia budista ante la extinción. Quiero recordarle un día a finales de los años setenta cuando, de visita, una mujer con cáncer de mama le dijo que no estaba interesada en el tratamiento médico occidental porque solo podía ofrecer remisión, y ella estaba interesada en sanar. «Pero todos estamos en remisión», le respondió mi madre. Me gustaría recordarle que había dicho eso. Me gustaría hacer «una defensa» de la mortalidad.
Pero si soy honrado conmigo mismo, he de reconocer que no considero que le hubiera hecho bien alguno, con lo cual quiero decir que no la hubiera fortalecido, defendido o consolado. Un escritor francés del siglo XVIII escribió a un amigo para preguntarle: «¿Por qué, si detestas tanto la vida, temes tanto la muerte?». Ese también era el punto de vista de Larkin. Era incluso el de Canetti cuando escribió: «No debería confundirse la avidez por la vida con su respaldo». Pero no era el de mi madre. Le encantaba vivir y, en todo caso, tanto su sed de experiencias como su anhelo por lo que pudiera lograr como escritora se iban incrementando a medida que envejecía. Si tuviera que escoger una palabra que describiera cómo estaba en el mundo, esa sería «avidez». No había nada que no deseara ver, hacer o conocer.
De un modo extraño vivió como si estuviera aprovisionando una biblioteca o materializando sus anhelos, muchos de ellos consolidados desde su solitaria infancia. Aunque nunca lo dijo, me pregunto si su identidad no estaba ligada de manera inextricable a este coleccionismo; tema de buena parte de sus mejores escritos. En otro de sus diarios escribe que es una estudiante eterna, y conjetura si, en última instancia, eso es en lo que más destaca. Quería asimilar, no quería que la asimilaran; y sin duda no quería que la eternidad, la nada, la asimilase. ¿Por qué… no, más bien cómo podía haber deseado cerrar la biblioteca y dispersar su acervo, para no reconstituirla? «Donde estoy, no está la muerte —escribió Epicuro—, donde está la muerte, yo no estoy». Sin embargo, como escribió mi madre, ella solo podía imaginarse estando.
La fantasía de que yo habría podido consolarla es en sí misma una impertinencia. Ella, que pudo discurrir sobre cualquier asunto, casi nunca podía hablar llanamente sobre la muerte, aunque creo que pensaba en ella sin cesar. Recuerdo que cuando era muy pequeño y, no sin aflicción, apenas comenzaba a entender lo que era la muerte —un episodio que por alguna extraña razón había desencadenado una estatua de George Washington: el prócer ya «no era»—, intenté hablar con ella al respecto. Estaba desesperadamente alterado y, si no lloraba, estaba a punto de llorar, e hizo lo que pudo para consolarme. Pero incluso entonces recuerdo que advertí a través del velo de mi propia angustia la súbita alteración que a su vez le había provocado el episodio. Y no transcurrió mucho tiempo antes de que tuviera la vaga impresión de que era yo el que debía consolarla, y no al contrario. «Tal vez exista una rara inmortalidad química —me dijo, y entonces, con voz atenuada, añadió—: pero me temo que es demasiado tarde para nosotros dos».
A la sazón era demasiado joven para hacer algo por ella, por supuesto. Pero cómo me habría gustado tener de alguna manera la capacidad de consolarla después de nuestra reunión con el doctor A y a lo largo de los meses de enfermedad hasta su muerte. En cambio, casi hasta el momento de su fallecimiento, hablamos de su supervivencia, de su lucha contra el cáncer, nunca sobre su muerte. No iba a airear el asunto a menos que ella lo planteara. Se trataba de su muerte, no de la mía. Y no lo planteó. Habría equivalido a reconocer que podía tallecer, y lo que perseguía era la supervivencia, no la extinción, la supervivencia en cualquier circunstancia. Seguir viviendo: quizá esa fue su manera de morir.
En retrospectiva, al mirar las fotografías de mi madre realizadas el año anterior al diagnóstico, puedo discernir que ya estaba enferma. Había algo en su tez, demacrada, su palidez, y algo en el semblante —dolorido es una palabra demasiado imprecisa, aunque había dolor en sus ojos— que parecía clamar que sufría algún trastorno. Aunque por supuesto ni remotamente sé si en efecto su enfermedad ya era tan notoria o si acaso estoy interpretando todo ello a partir de las fotografías que conservo de aquel período. La página web del Instituto Nacional Contra el Cáncer dedicada al SMD señala que «una tez más pálida de lo normal», la falta de aire, la fiebre, el cansancio y la propensión a los cardenales o al sangrado son posibles indicios de la enfermedad. Si bien estos son síntomas de muchos otros padecimientos distintos del cáncer, y ella no se comportaba como si estuviera enferma. En todo caso, su programa siempre incesante estaba incluso más repleto de lo habitual y su vitalidad era tan prodigiosa como antes. Viajaba, dictaba conferencias, escribía, todo ello mientras dedicaba tiempo a su pasión por el teatro, la danza y el cine. Personas con la mitad de su edad (a medida que envejecía, prefería cada vez más la compañía de gente mucho más joven) apenas podían seguirla, un hecho que la colmaba de satisfacción.
¿Debería ser irónico sobre lo que a la postre fue el último de sus veranillos de San Martín, citando acaso la frase de P. G. Wodehouse sobre cómo «oculto, al fondo, el Destino estaba deslizando discretamente el plomo en el guante de boxeo», lo que por supuesto era lo que estaba sucediendo? ¿O debo atribuirle un sentido especial a la intensidad de sus últimos años, como si de algún modo tuviera la premonición de que se le acababa el tiempo? ¿O todo esto no es más que el deseo vano e irracional de atribuirle sentido cuando en realidad no hay sentido posible?
Lo que puedo aseverar sin sentimentalismo alguno o leyendo hacia atrás desde el final de la historia, a sabiendas de cómo termina, es que a pesar de su miedo a la muerte vivió como si fuera a vivir durante mucho más tiempo. Como era propio en ella, se refería a «necesitar» tiempo para escribir todo lo que aún anhelaba. Y cada vez con más frecuencia, no solo en los cumpleaños y en otras obligadas meditaciones sobre la mortalidad, mencionaba su anhelo de vivir hasta los cien años. En el pasado, me dijo a menudo, había hecho demasiadas cosas que no hubiera querido hacer. En ese momento, afirmaba, por fin iba a dedicarse a las obras que en realidad le importaban. Sobre todo iba a escribir más narrativa. Solo precisaba de tiempo para ello. El destino y los guantes de boxeo: tal vez en ese concepto no hay ironía alguna después de todo.
No me consta, pero tengo la impresión de que siempre vivió en el futuro. Durante su infancia, que fue profundamente desgraciada, fantaseaba sobre su futura vida adulta, sin los grilletes de una familia de la que se sentía tan ajena. Y durante su intenso pero a la postre desordenado e imposible matrimonio con mi padre, creo que fantaseaba con una vida independiente en Nueva York, una vida de escritora, no de la universitaria que había sido. Como ensayista, soñaba con las novelas que escribiría. Así que una y otra vez contemplo la trayectoria de su vida y veo el tiempo futuro apartando a empujones al presente. Y, sin embargo, no hay duda de que el único modo de reconciliarse con la muerte es vivir en el presente. Si se llega al acto tercero y se esperan todavía otros dos, la perspectiva de una última salida es insoportable. No hay modo de reconciliarse con ello. En todo caso, esas fueron las circunstancias de mi madre. No consideró la extinción hasta el último mes de su vida. E incluso entonces… En cambio, a lo largo de la mayor parte de su enfermedad, aún estaba interesada en compilar listas de restaurantes y libros, citas y datos, proyectos de escritura y programas de su viaje, todo lo cual me pareció que era su modo de luchar hasta el final por otro fragmento de futuro.
Estaba en su derecho. Estoy seguro de ello. De lo que estoy mucho menos seguro es de si hice bien en secundarla y, en efecto, en hacer lo que pude para respaldar su rechazo a considerar la posibilidad de que esa tercera vez fallecería de cáncer. Visto con distancia, esto constituye acaso solo una variante de lo que podría llamarse «el dilema del amado». Las preguntas se precipitan cuesta abajo, en la vigilia y en los sueños. Al menos aún se me presentan, más de dos años después de su muerte: ¿Hice bien? ¿Pude haber hecho más? ¿O proponer una alternativa? ¿O apoyarla más? ¿O sacar la cuestión de la muerte a la palestra? ¿U ocultarla de mejor modo?
Las preguntas sin respuesta de un superviviente.