Un mar de muerte
Capítulo V
Cuando mi madre estaba más desconsolada a menudo repetía: «En esta ocasión, por primera vez en mi vida, no me siento especial». El sentimiento de que era especial —llamarlo suerte es demasiado pobre y sobre todo impersonal— le había permitido superar los dos cánceres anteriores y, al menos en retrospectiva, valorar el hecho de su supervivencia al padecimiento como algo más que un mero accidente de la estadística o la fortuna en el sorteo biológico. No es que no estuviera asustada, y mucho menos que en algún lugar, en algún reducto profundo e irracional de su persona creyera que estaba «destinada a vivir» o cualquier otra suerte de sandez megalomaníaca de inflexión mística. Pero, en efecto, sí se creía «especial» en el mismo sentido en que lo viven muchos artistas. «Si yo no creo en mi propia obra — me comentó una vez después de que uno de sus libros fuera reseñado de un modo particularmente desdeñoso por un escritor que consideraba de suma importancia que mi madre se tomara tan en serio—, ¿por qué los demás han de creer en ella?».
No creo siquiera que una persona con un temperamento distinto al de mi madre hubiera sido tan imperturbable para atribuir su supervivencia a semejantes factores impersonales. Con toda franqueza, dudo que existan muchas personas capaces de tal ecuanimidad. Si el supuesto era que se iba a morir y se vivía desafiando casi todas las predicciones de los expertos y contra todo pronóstico, ¿cómo no adjudicarle un sentido a lo ocurrido? ¿Cómo, sobre todo si se ha pugnado para encontrar a los médicos idóneos y se han afrontado los más horripilantes tratamientos, es posible de veras sostener que nada de eso tuvo mucho que ver en realidad con el motivo por el cual aún se está hollando la tierra en lugar de estar disolviéndose bajo ella? Ya es muy difícil de por sí para cualquier paciente de cáncer resistirse a la idea de que un error de su parte ha provocado la enfermedad. Después de todo, están todavía muy presentes las explicaciones de Reich, según las cuales la represión psicológica es la causante del cáncer, y han tendido a dar paso en nuestro tiempo a las explicaciones basadas en una alimentación inadecuada, la base de considerable culpación, y al supuesto de que el paciente de cáncer es en un sentido profundo causante de su propia enfermedad.
Pero digamos que se supera todo ese trance y se sobrevive. Esa supervivencia parece un milagro, a pesar de lo mucho que diga el intelecto que muy posiblemente no lo es. Dejando de lado los milagros, hasta el temperamento más escéptico, insisto, está obligado a sentir que tiene algún significado. En otras épocas, y en otras mentalidades, con este material se propiciaban las conversiones religiosas. En el cristianismo particularmente es un tópico antiguo. Piénsese en la historia de san Ignacio de Loyola: el guerrero que sobrevive a graves heridas y una vez que las supera renuncia a su vida mundana para fundar la orden de los jesuitas.
Mi madre no vivió una conversión. Su ateísmo era sólido como una roca cuando falleció, al igual que lo había sido en la vertiginosa época anterior a su primer cáncer, cuando las fragilidades de su cuerpo eran tan inverosímiles como la vejez, aunque unos cuantos próximos a ella pretendieran incluir la religión en su ceremonia fúnebre e incluso, una vez concluido el entierro, se precipitaran a entonar rezos sobre su tumba, lo cual habría significado poco menos que nada para ella. Pero me parece que su experiencia de superviviente confirmaba ese sentimiento de su condición especial, la cual la había sustentado a partir de la infancia. Desdeñosa del falso optimismo de la época —que relacionaba con un Estados Unidos aldeano del que provenía y al cual temía y despreciaba—, mi madre no obstante lo compartía, ya fuese de un modo inconsciente, en lo que respecta a la cuestión de la enfermedad.
También me parece que habría sido sobrehumano para ella no haber sentido que al menos merecía algo de crédito por subsistir, aunque fuera solo por el mero hecho de que a fin de lograrlo se había preparado para el sufrimiento. En ese sentido le parecía que su actitud optimista había sido un factor decisivo en su supervivencia (en lugar de la acepción literal y bioquímica según la cual la actitud optimista de alguna manera fortalece el sistema inmunitario o coadyuva a la eficacia de la quimioterapia). Sin duda esta suerte de optimismo no era muy diferente del optimismo «oficial» de las instituciones de lucha contra el cáncer en Estados Unidos y sus repetidas declaraciones públicas según las cuales se estaban registrando importantes progresos en el tratamiento de la enfermedad, como afirmó el reciente director del Instituto Nacional Contra el Cáncer, Andrew von Eschenbach, y que en quince años era muy posible que se tratara como enfermedad crónica, al igual que el sida, en lugar de un padecimiento por el que con toda probabilidad se fallecía. La presentación de este optimismo producía estremecimientos en mi madre, y cuando leía las descripciones triunfalistas publicadas en los medios sobre cómo se estaba «ganando la guerra al cáncer», «ganándole la carrera al cáncer» y otras semejantes, ponía los ojos en blanco o profería algún comentario burlón. Pero, en última instancia, creía tanto en ese optimismo como los demás; si bien, para ser franco, no estoy seguro de que se diera del todo cuenta de ello.
Poco tiempo antes de que se le diagnosticara el SMD, mi madre, que era rigurosamente indiferente a los deportes de competición, comenzó a interesarse en el campeón de ciclismo Lance Armstrong. Lo que la atrajo de la historia fue, por supuesto, el hecho de que se le hubiera dado una mínima probabilidad real de supervivencia después de que se le diagnosticara una metástasis de cáncer testicular unos doce años antes. Y no solo estaba vivo, sino que había logrado ganar un Tour de Francia tras otro. Mi madre murió antes de que conquistara el séptimo con el cual estableció una marca, pero estoy seguro de que la victoria habría desatado su euforia. Y la propia explicación de Armstrong, según la cual se había propuesto «derrotar» su cáncer hallando a los médicos idóneos que pudieran administrar los tratamientos más avanzados, en buena medida reflejaba lo que ella creía haber hecho cuando se le diagnosticó cáncer de mama. También se había negado a conformarse con el tratamiento a su disposición; también había buscado por doquier a un especialista que pudiera suministrarle el tratamiento que inclinara las probabilidades en su favor y le permitiera sobrevivir, incluso si el dictamen general señalaba que la supervivencia no era una posibilidad realista; y, también, había pasado la mayor parte del resto de su vida influida por la convicción de que si obraba de esa manera, la posibilidad de no fallecer era real.
A pesar de ser tan diferentes, incluso en su manera de expresarse, las semejanzas en el modo de pensar de mi madre y Armstrong me parecen asombrosas. Hace poco, después de crear una fundación con el fin de cabildear por recursos para el tratamiento y la investigación oncológicas, Armstrong se presentó en un programa especial de la CNN difundiendo su proyecto. Cuando un entrevistador le preguntó si tras el diagnóstico había sentido desesperación alguna vez, respondió: «Desde luego, se pasa por momentos de debilidad en que piensas: moriré o quizá voy a morir… mi entrega era total, mi atención completa, y tenía una fe ciega en mis médicos, en la medicina, en los procedimientos».
Al verlo —mi madre había fallecido dos años antes—, me di cuenta sobresaltado de que podría haber sido la respuesta de mi madre.
Al leer sus diarios, advierto ahora que, de hecho, mi madre no había vivido así el trance de su cirugía y el subsiguiente tratamiento contra el cáncer de mama. Pero fue como al final lo perpetuó, y esa «reescritura» conformaría el modo en que vivió a partir de ese entonces. Para ella su propia historia era representativa de la racionalidad de la esperanza. Siguiendo su interpretación, la trayectoria médica había ido del diagnóstico letal al pesimismo médico, a la búsqueda de facultativos que en efecto ofrecieran una esperanza (el doctor Israël en París en el caso de mi madre), a tratamientos atroces que no obstante podrían salvarla, a la curación. No había que rendirse ante el cáncer, se combatía, y si la lucha era lo bastante denodada y, sobre todo, inteligente, había posibilidades de vencer.
Evidentemente, no quiero decir con esto que mi madre fuese lo bastante ilusa u obsesiva para creer que la curación era el resultado previsto. Nada podía distar más del modo en que valoraba su situación. Pero la posibilidad de sanar, aunque fuera solo en una exigua minoría de casos, había sido suficiente para infundirle esperanzas en el lapso de sus tratamientos contra el cáncer de mama y suficiente para determinar su pensamiento posteriormente. Y el modo en el cual llegó a entender lo sucedido era que bastaba algo de esperanza, aunque incluso fuera solo la posibilidad de un tratamiento que indujese un período de remisión en la enfermedad. Me parece que apartaba las noticias más lúgubres sobre el cáncer. Empleaba, en cambio, lo que solo podría llamar una suerte de «negarse a reconocer positivamente». Esa convicción de que al hacer caso omiso a las noticias desfavorables podía de algún modo fortalecerla, llevarla a perseverar y, sobre todo, a continuar escribiendo era lo que la caracterizaba como persona. Ahora me doy cuenta de que a pesar de su obsesión con la muerte, negarse a reconocer positivamente fue en un sentido profundo la negación de la muerte misma.
No siempre se expresó así. Al contrario, para mi madre la diferencia entre remisión y curación se había vuelto imprecisa tras el cáncer de mama. Como había exclamado una vez, el hecho brutal de la mortalidad suponía que en el sentido más elemental todos los seres humanos no están más que en remisión de la muerte. Y, sin embargo, en otro sentido, al referirse a la remisión estaba desterrando a la muerte, al menos lo bastante para regresar a sus actividades, planear los libros que escribiría, coleccionar libros y grabados, viajar. Como si la remisión fuera sinónima de volver de entre los muertos: una Perséfone que nunca precisara volver para ser llevada a la otra orilla de la laguna Estigia.
Se cuenta que madame du Barry, la famosa cortesana de Luis XV, imploró a su verdugo en el patíbulo: «Un solo minuto más de vida». Mi madre fue valiente en lo físico casi hasta la insensatez, y era demasiado digna como para implorar nada a nadie, y mucho menos otro minuto de vida. Pero estaba dispuesta a sacrificar todo salvo esa dignidad a cambio de más tiempo en el mundo, y cuando ya se había diagnosticado el SMD lo demostró no una, sino dos veces. Supuso que la ciencia la respaldaba, pues creía que los progresos médicos en la investigación del cáncer eran tan vertiginosos que, digamos, si podía alcanzar una remisión de unos años, al menos existiría la posibilidad de que nuevos tratamientos experimentales se desarrollaran en ese período, los cuales se podrían administrar para inducir otra remisión, y así sucesivamente. Llámese a esto ciencismo, pero fue lo que al final conformó su noción de lo posible.
Soy plenamente consciente de que, descritos así los juicios de mi madre, pueden parecer más la expresión de la fe que de la razón. Y en un sentido quizá sea así. Pero su fe en la razón no solo era, digamos, poco razonable. En su opinión, había sobrevivido al cáncer de mama adoptando este método, y hacía mucho menos tiempo uno de sus íntimos amigos al que se le había diagnosticado un caso grave de otro cáncer sanguíneo —LMC o leucemia mielogenosa crónica— había obrado de igual modo. Edward Said estaba decidido a vivir en buena medida porque, como mi madre, sintió que aún tenía que escribir mucho más. Y como a mi madre, a Said le era indiferente cuánto sufrimiento físico tendría que padecer para lograrlo. Y vaya si sufrió. En sus últimos dos años de vida, los tratamientos de Said causaron que su abdomen se hinchara hasta las dimensiones de una mujer preñada en su tercer trimestre. Y padeció dolores indescriptibles. Pero mi madre solía repetir sin cesar (él había fallecido unos meses antes de que a ella le diagnosticaran el SMD): «Mira todo lo que pudo hacer con esos años adicionales».
La persona que anhelara la suerte de recibir el diagnóstico de la enfermedad que mató a Edward Said se encontrará seguramente en alguno de los últimos peldaños del infierno. Y, sin embargo, eso fue lo que mi madre sintió precisamente; en efecto, lo repitió —con amargura y a menudo— después del diagnóstico. Pues lo que supimos era que en el caso del SMD, y a diferencia, digamos, de la LMC, no había ningún tratamiento en absoluto capaz de inducir una remisión lo bastante larga como para que se presentara la posibilidad realista de que un futuro avance médico causara una remisión posterior, y así sucesivamente. En efecto, sin duda no había remisión alguna en absoluto. Más bien, si alguien con SMD o con LMA quería luchar por su supervivencia solo tenía una opción: intentar una curación plena, es decir, un trasplante de células troncales adultas, gracias al cual, en efecto, el sistema sanguíneo mortalmente aquejado es destruido y se introduce uno nuevo para reemplazarlo. Pero antes los médicos debían destruir literalmente el sistema inmunitario del cuerpo. Pues de otro modo, por citar uno de los sitios web médicos que mi madre visitó durante aquellas primeras semanas tras su diagnóstico, el tratamiento solo podía centrarse en «el alivio de los síntomas, la reducción de la necesidad de transfusiones, el mejoramiento de la calidad de vida».
«¿Calidad de qué?», preguntó mi madre incrédula mientras me repetía la frase por teléfono poco después de haberla leído. Después la oí sollozar. Yo seguía pensando: «Di algo». Pero no se me ocurría nada. Acaso algunas personas se superan a sí mismas cuando uno de sus seres queridos enferma, son expresivos cuando antes eran comedidos o inexpresivos y joviales cuando antes eran taciturnos. Pero incluso si eso es cierto, no era capaz de ser uno de ellos. En cambio, permanecí callado. Mi cabeza era un lúgubre vacío.
Por fortuna, había quienes en el círculo más próximo de mi madre podían procurar lo que yo era incapaz de darle. Esto ocurría de modos diversos. Sus amigas más próximas a la New Age se atrevían, con total sinceridad, a llevarle piedras bonitas y cristales y a explicar sus poderes curativos. Las más maternales le cocinaban. Sus amigos budistas le escribían para decirle que se encontraba en el seno de un «círculo protegido» y que ello quería decir que lo superaría. Las más joviales intentaban refrenar el pánico con el encanto de su conversación y el calor de su apoyo. Los más políticos la distraían conversando de política. Los cristianos le enviaban imágenes de santos y escribían que habían rezado para interceder por ella.
Pero las distracciones solo ayudaban un poco. Mi madre no era creyente. Sentía un viejo aprecio wildeano por la Iglesia católica romana, pero nada más. Sus orígenes judíos le interesaban muy poco. Sin duda nunca había entrado en contacto con la New Age o con el budismo. Lo que pretendía era que alguien le comunicara sobre su SMD lo que el doctor Israël le había dicho a ella en 1975 acerca de su metástasis de cáncer de mama: que el caso no era desesperado, que se podía hacer algo. Y, sin embargo, a partir de todo lo que estaba leyendo sobre la enfermedad, no se podía hacer casi nada. Quería al menos estar en el ámbito de lo posible, en el ámbito de la esperanza. Sin eso, sus días eran insoportables.
Muy poco tiempo después de visitar al doctor A, me di cuenta de que para ella uno de mis papeles principales en su lucha por la vida era ofrecer la confirmación de que al menos era posible que pudiera vivir. De ningún modo me creo imprescindible o pretendo darme una importancia que no tuve al afirmar que mi madre no solo quería la confirmación de sus posibilidades, sino que estas provinieran de mí: ¿qué opinaba? ¿Estaba en condiciones para un trasplante de médula ósea? ¿Se podría considerar con seriedad la idea de que la propia edad biológica pudiera ser distinta de la cronológica? ¿Los avances registrados en el trasplante de células troncales adultas bastaban para que fuera realista someterse a la intervención? Estas eran las preguntas que me formulaba, ¡como si mis opiniones tuviesen algún valor científico!
Respondí lo mejor que pude. Con ello quiero decir que ofrecía las respuestas que, en mi opinión, esperaba oír, las respuestas que le infundirían las energías para seguir adelante. Y estaba muy claro que esperaba oír pronósticos favorables y nada más. Por supuesto, a veces incluso la respuesta correcta no hacía mella en su desesperación. Me parece que hice bien. Pero fui inepto. Me estaba aislando en mi interior, casi como si de manera instintiva me diera cuenta de que no podía aliviar mi propia emoción al mismo tiempo que la de ella, como si también no fuera capaz de decirle las cosas y a la vez ser lo bastante consciente para saber si yo mismo creía o no creía en ellas. En aquel entonces el aislamiento parecía la alternativa inevitable. En retrospectiva, sin embargo, no estoy seguro de que fuera lo apropiado.
Es evidente que con esto no quiero decir que hubiera preferido ponerme histérico cuando estaba con ella y tener las emociones a flor de piel, y mucho menos que me creyera en la obligación de comunicarle mis propias dudas respecto de sus probabilidades. Pero sí me parece que al mantener la oscuridad lejos de mis pensamientos, de algún modo dejé que también entrara el frío. Desde una perspectiva racional, me doy cuenta cabalmente de que el remordimiento causado por lo que no se ha hecho por alguien que ha fallecido es un sentimiento inevitable. Tampoco creo que sea inapropiado. Pero también es un sentimiento imposible, porque el remordimiento sobreviene a pesar de la obra o de la omisión. Para vivir sin remordimientos después del fallecimiento de un ser querido, habría que tener literalmente acceso a todo lo que deseaba. Lo cual realmente implica que se vive la propia vida pendiente de la muerte del otro, pues no hay modo de ser un jainista emocional respecto de los demás. El jainista quizá prefiera caminar siempre inclinado barriendo el camino para no matar sin darse cuenta algún insecto a su paso, pero la deferencia absoluta es, en todo caso, un proyecto aún más imposible. Pues semejante deferencia anularía la propia personalidad; las cualidades mismas, en suma, sobre las que se asientan las relaciones con la otra persona.
Una de las citas predilectas de Jerome Groopman es la frase de Kierkegaard según la cual aunque la vida solo puede ser entendida en retrospectiva, ha de ser vivida en perspectiva. A menudo, cuando pienso en mi remordimiento por todo lo que no hice por mi madre —por falta de voluntad o de capacidad, aunque en realidad no creo que eso importe mucho —, pienso en esa cita. A veces ayuda, a veces no. Por supuesto, sé que en el sentido más esencial toda esta reflexión no es solo inútil sino también absurda. No es posible vivir la propia vida cediendo a los deseos de otra persona sobre la base de una conclusión actuarial según la cual es más probable que se viva más que ella. Y, sin embargo, no creo ser el único al que le habría gustado que así hubiera sido, a pesar de lo extraño o absurdo que pueda parecer. Pero cuando lloraba, y lloró a menudo, hice muy poco por ella.
No creo que se debiera sobre todo a mi propio miedo a la muerte (aunque debe de haber cumplido alguna función). Más bien, al menos para mí, sobrellevar el acompañamiento de mi madre en su lucha —algo en lo que yo me había empeñado y que ella nunca sospechó, con toda razón, que no habríamos hecho no solo yo sino también su círculo de amigos íntimo— suponía convertirme en algo así como un extraño a mí mismo. La descripción que se me ocurrió entonces fue la de intubación psicológica. Quería ocupar el menor espacio psíquico posible. Al integrar en algún sentido el equipo que mantenía sus constantes emocionales, descubrí que yo mismo estaba conectado a un equipo que mantenía mis constantes emocionales. Todavía me sigue pareciendo bien, pero ahora aún prefiero que hubiera sido de otro modo. Pues en ese caso habría podido, sin duda, ofrecer más. Al menos habría dispuesto los medios para dar más. Por otro lado, dudo mucho que la naturaleza específica de la relación con mi madre sea de mucha importancia en estos remordimientos e ideas tardías. Al contrario, en las ocasiones en que converso sobre estos sentimientos con otras personas que han perdido a sus padres, casi siempre manifiestan remordimientos semejantes, a pesar de las diferencias entre su temperamento y el mío o el de sus padres y el de mi madre. Pero jamás he preguntado a ninguno de ellos si estaban seguros de que debían haber mentido, como de algún modo sentí que me ocurrió siempre.
Mi madre siempre se consideró a sí misma como alguien cuyo anhelo por la verdad era insaciable. Tras el diagnóstico, el anhelo perduró, pero estaba desesperada por la vida y no por la verdad. Espero haber hecho bien al intentar saciarla, pero nunca tendré esa certeza. Sin embargo, ella tenía claro lo que deseaba, y en la medida en que puedo encontrar alivio en el desempeño de mi papel, lo que me consuela es esto:
Tenía derecho a morir su propia muerte.