Una comida en invierno

Hubert Mingarelli · Capítulo 2 de 24

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Una comida en invierno

Capítulo 2

Aquella noche solicitamos ver al comandante. Qué otra cosa podíamos hacer. Conseguimos saltarnos a Graaf porque había salido. Tenía conocidos en la ciudad. Mejor, porque, si no, quién sabe si nos habría dejado. El comandante nos escuchó sin mirarnos, con las manos en los bolsillos, removiéndolas como si buscase algo. Le hablamos con el corazón en la mano. Era un poco mayor que nosotros. Cuando era civil, compraba y vendía tela al por mayor. Nos costaba imaginárnoslo. Para nosotros era como si siempre hubiese sido comandante de algo.

Ya sabía lo que le estábamos contando. A veces lanzaba una mirada hacia la puerta o bien asentía rápidamente. No porque tuviese prisa, no, sino porque nos comprendía. Aunque, claro, estábamos exagerando un poco. Allí, para obtener una cosa hacía falta pedir mucho. Si al día siguiente nos encontrásemos con que el cocinero era un poco riguroso con las raciones, para que la cosa cambiase habríamos tenido que decir que nos moríamos de hambre.

Aquella noche teníamos otras cosas importantes que decir, y el comandante nos comprendía y a veces asentía con la cabeza. Le explicábamos que preferíamos la caza a los fusilamientos, que los fusilamientos no nos gustaban, que nos resultaban deprimentes, y que por la noche soñábamos con ellos. Por la mañana nos quedábamos hechos polvo nada más pensarlo, íbamos a acabar por no soportarlos en absoluto y, pensándolo bien, si enfermábamos del todo no serviríamos de nada. A otro comandante no le habríamos hablado así, con tanta franqueza, desde el corazón. Era un reservista, como nosotros, y también dormía en un catre. Pero las matanzas lo habían envejecido más que al resto. Había adelgazado y a veces daba una impresión de desamparo, hasta el punto de que temíamos que se pusiese enfermo antes que nosotros y que nos cayese de golpe otro comandante menos comprensivo. Quizá ni siquiera viniese de fuera. Podría ser Graaf, nuestro lugarteniente, que no dormía en un catre. Era delicado consigo mismo, pero no con los demás. Con él había menos carbón y más formación. Entrar y salir continuamente, eso es lo que nos esperaba con Graaf. Cuando lo pensábamos, oíamos el tintineo de la placa de hierro de la mañana a la noche. No, no podía compararse; nos caía bien nuestro comandante, por desamparado que estuviese.

Para muestra, un botón: nos concedió lo que le pedimos, y Emmerich, Bauer y yo nos marchamos al día siguiente. Salimos rápido, al alba, antes del primer fusilamiento, sin haber comido pero sin tener que enfrentarnos tampoco a la mirada de Graaf, rabioso porque le habíamos pasado por encima. Aún era de noche y estaba cayendo una helada. La carretera estaba más dura que una piedra. Caminamos largo rato sin detenernos, con un frío insoportable, bajo el cielo helado, pero un poco felices también.

Y era como si le hubiese mentido a nuestro comandante al hablarle de las noches que pasábamos, porque aquella en concreto había soñado con una cosa ajena por completo a nuestra vida allí. Emmerich, Bauer y yo nos paseábamos en tranvía. En sí era un sueño muy simple, pero era justo aquello lo que le daba un carácter extraordinario. Estábamos los tres sentados y todo estaba en calma, todo era perfectamente real a nuestro alrededor, a diferencia de lo que ocurre a menudo en los sueños. Nada indicaba que fuera falso y que solo lo provocaba mi espíritu.

No les dije nada a Emmerich ni a Bauer. Temía que se pusiesen a contarme los suyos. Allí daban igual tanto los sueños como las pesadillas; valía más guardárselos para sí. Y, además, en el fondo, ¿para qué se los iba a guardar uno para sí? ¿Qué podía hacerse con ellos?