Una gran señora

Georgette Heyer · Capítulo 2 de 25

Páginas del PDF

Una gran señora

Capítulo 2

Como era de esperar, la flecha del parto disparada por el vizconde derribó inmediatamente a su madre. La dama mostró síntomas de un acceso de vapores que no llegó a tener un efecto total debido a la reflexión de que el vizconde no estaba ya allí para poder recibir la impresión que le causaría el ver a su madre presa de un violento ataque de histerismo. Un poco de sales amoniacales y agua tiernamente administradas por Mr. Paulett, unas gotas de espliego rociadas en un pañuelo y unas cuantas palmaditas suaves, hicieron posible que al poco rato la desconsolada señora abriese los ojos y se arreglase el turbante. Inmediatamente le expuso a Mr. Paulett la convicción que tenía de que Anthony volvería trayendo del brazo a cualquier horrible y vulgar criatura sacada del ballet de la ópera, con el solo objeto de hacerle rabiar a ella, y expresó su ferviente deseo de ir cuanto antes a gozar de la paz de la tumba familiar.

Mr. Paulett no creyó que hubiese demasiado peligro de que su sobrino se casase con nadie en un futuro inmediato. El hombre prometió que iría al encuentro de Anthony y que le haría ver que, con su conducta nada filial, estaba empujando a su pobre madre hacia el mismo borde de la sepultura; pero cuando le hubo devuelto a la dama la energía que aún le quedaba, y la hubo tranquilizado diciéndole que era muy poco probable que un joven caballero desesperadamente enamorado de una beldad decidiese unirse en matrimonio con otra mujer, el vizconde estaba ya camino de Londres.

Como de costumbre, conducía él mismo su carrocín, del que tiraban una pareja de

fogosos bayos. Detrás de él iba un [2] tiger de aspecto sagaz y mirada penetrante; tenía la maleta atada en su sitio; y el vizconde, con todo el aspecto de quien se sacude el polvo de los zapatos huyendo de un lugar fastidioso, hacía marchar las caballerías a un paso veloz y sin la menor consideración por cualquiera que fuese el vehículo que pudiese encontrarse por la carretera.

El vizconde había tenido muchos palafreneros y varios tigers, pero hacía falta tener nervios de hierro para salir con él durante uno de sus locos arrebatos, y, como éstos se le presentaban con alarmante frecuencia, eran muy pocos los palafreneros que poseían el grado necesario de desprecio de su vida y de la integridad de su cuerpo, por lo que ninguno de ellos permanecía mucho tiempo a su servicio. Fue gracias al más extraordinario de los golpes de la fortuna que el vizconde pudo dar casualmente con el individuo que llevaba en aquellos momentos tras de sí en el carrocín. El trato con él empezó con el intento de hurto de los bolsillos del vizconde cuando éste salía de una tienda de joyería de Ludgate Hill. Jason, cuya vida se inició en una inclusa, fue a parar a una cuadra de caballos de carrera después de haber deambulado unos años por las calles de Londres, a las cuales volvió tras una serie de circunstancias nada honrosas. Si bien era un ladrón inexperto, tenía un don especial para manejar caballos. En el mismo instante en que el vizconde, cogiendo a su cautivo por el cuello de la camisa, se disponía a llevarlo al cuartelillo más próximo, uno de los caballos del faetón de su señoría se irritó al ver pasar por su lado unas yeguas que tiraban de un carro, y, encabritándose repentinamente, echó por el suelo al palafrenero, que tenía que haber estado sujetándole la cabeza, pero que en aquellos instantes estaba contemplando al vizconde con la boca abierta. Inmediatamente se produjo un revoltijo, durante el cual Jason consiguió desasirse de las manos del vizconde, pero, en lugar de poner los pies en polvorosa, se arrojó a la cabeza del caballo encabritado. En muy pocos instantes fue restablecido el orden, tras los cuales el castaño reconoció, al parecer, la autoridad de la sucia y estropajosa criatura que le había impedido lanzarse a una carrera y que estaba ahora prodigándole rudas caricias. Como se trataba —y con mucha razón— del más impopular de los caballos de las cuadras del vizconde, hasta el extremo que más de una vez había el hombre querido desembarazarse de él regalándolo a cualquiera, el hecho de verle bajar la cabeza tan mansamente sobre el hediondo regazo que tenía ante sí, era natural que impresionase a su dueño. El vizconde se olvidó inmediatamente del incidente que le había hecho conocer a semejante mago, y allí mismo le contrató en seguida para que fuese su nuevo tiger. Jason —el infeliz no tenía otro nombre, y nadie, y él menos que nadie, sabía cómo y cuándo había logrado éste— al encontrarse con un carácter tan despreocupado como el del vizconde, por primera vez durante los incontados años de su vida, salió del arrobamiento en el que le había arrojado tan insólito golpe de fortuna para encontrarse empleado al servicio de un noble considerado por sus deudos como un ser incurablemente volátil, pero que para él apareció en aquellos momentos de éxtasis encegador como un verdadero dios bajo del cielo.

El vizconde, que no había nunca intentado siquiera reformarse a sí mismo, hizo mucho para reformar a su nuevo tiger, no precisamente por ninguna clase de celo particular, sino debido a las continuas indicaciones de sus amigos, que le hacían ver que la persistente amistad con un hombre cuyo tiger era tan hábil en descargarles del peso de sus bolsos, sus relojes y sus joyas, tenía ciertos graves inconvenientes. El vizconde prometía arreglar las cosas, lo cual hacía dándole a su tiger una tunda de muy padre y señor mío y ordenándole seriamente de no volver a robar jamás a ninguno de los amigos de su amo. Jason, a quien le importaba menos el vapuleo recibido que el ceño que aparecía en el rostro de su deidad, prometía no volver a salir jamás del camino de la honradez, y hacía tales esfuerzos para mantenerse en él, que, en un brevísimo espacio de tiempo, bastaba una simple palabra de advertencia o, en el peor de los casos, una orden enérgica, para obligarle a volver a su sitio cualquier cosa que hubiese hurtado a algún conocido casual de su amo, con lo cual quedaba salvaguardada la más completa armonía entre el vizconde y sus compinches.

Por lo demás, aun cuando podía carecer de modales, el hombre demostró ser el más fiel de los criados que el vizconde hubo tenido jamás. Ningún esclavo podía haber sido más tolerante con las humoradas de su dueño ni más incansable en sus atenciones. Había volcado cinco veces con el carrocín de su señoría; una vez fracturóse la pierna de una coz de un caballo medio desbravado; había acompañado al vizconde en algunas de sus más arriesgadas expediciones, y, generalmente, se le creía capaz de enredarse por su amo en cualquier empresa, aunque se tratase incluso de un asesinato.

Cogido de las correas del carrocín, detrás del vizconde, le estaba diciendo a su amo desapasionadamente que él ya se había imaginado desde el primer momento que no habrían permanecido más de dos días por aquellos andurriales. Como no recibió contestación alguna a su comentario, Jason se hundió otra vez en el silencio, del que salió nuevamente al cabo de una milla de recorrido para recomendarle a su amo que tirase un poco de las riendas ante un viraje si es que no tenía deseos de echar el vehículo a rodar y quedar uno y otro patas arriba. Por el tono de su recomendación, el tiger daba a entender que, si ese era el gusto del vizconde, él, por su parte, estaba alegremente dispuesto a sufrir esa suerte.

Sin embargo, esta vez, como el vizconde había tenido tiempo para refrescarse un poco del primer ardor de su cólera, frenó a las caballerías y tomó el viraje a un medio galope moderado. La carretera principal de Londres estaba situada no más que a un par de millas de allí. El camino que conducía a ella desde la hacienda Sheringham zigzagueaba en cierta extensión a lo largo de los campos del vizconde; luego torcía bruscamente para acercarse a una pequeña aldea, una o dos casitas esparcidas, y la modesta finca propiedad de Mr. Humphrey Bagshot. La casa de Mr. Bagshot estaba a cierta distancia del camino, escondida entre los árboles y matorrales, los cuales estaban, a su vez, encerrados por una pared baja de piedra. El vizconde, cuya atención estaba regularmente dividida entre sus caballos y su reciente chasco, tenía fija su ceñuda mirada en el camino ante sí, y no se habría entretenido echando una ojeada a dicha pared de no haberle recomendado repentinamente su tiger que encarase sus «lumbreras de día» hacia la izquierda.

—Hay una hembra que le está haciendo señas, señorito —le informó a su amo.

El vizconde volvió la cabeza y vio que acababa de pasar por delante de una dama encaramada en la pared y contemplándole a él un tanto ansiosamente. Al reconocer a la damisela, el vizconde tiró de las riendas, detuvo a los caballos y gritó:

—¡Hola, rapaza!

Miss Hero Vantage no dio muestras de encontrar nada de anormal en esta forma de salutación. Sus mejillas adquirieron un poco de rubor, sonrió tímidamente y contestó:

—¡Hola, Sherry!

El vizconde la examinó detenidamente. La damita era muy joven, y en aquel momento no parecía precisamente más vieja. El holgado vestido que llevaba era de un matiz rosado que le sentaba mal y había visiblemente llegado a ella de segunda mano, puesto que parecía haber sido hecho para una señora más gorda y que había sido inexpertamente adaptado a su diminuta talla. Atada al cuello llevaba una capa gris con la caperuza colgando sobre los hombros, y en la mano tenía un pañuelo arrugado y húmedo. Sus mejillas delataban el paso de las lágrimas, y sus grandes ojos pardos aparecían enrojecidos y un poco velados. Sus polvorientos bucles, que escapaban de una raída cinta color escarlata, estaban desordenados y bastante desgreñados.

—¡Hola! ¿Qué te pasa, chiquilla? —preguntó súbitamente el vizconde, al notar las huellas de las lágrimas.

Miss Vantage se estremeció con un sollozo.

—Muchas cosas.

El vizconde era un joven de carácter afable, y siempre que pensaba en Miss Vantage —lo cual no sucedía con frecuencia— lo hacía con tierna afección. Durante su turbulenta adolescencia y hasta llegar a los veinte años había hecho uso de los voluntariosos servicios de la chica, a la cual había enseñado a jugar al cricket y a seguirle afanosamente llevando el morral a cuestas cuando él salía a hacer una pequeña cacería entre los setos. El vizconde la había intimidado haciéndola objeto de su tiranía, haciéndole enrojecer las orejas a bofetones cuando perdía la paciencia con ella, y obligándola a tomar parte en diversos deportes y pasatiempos que la aterrorizaban; pero le había permitido también que corriese tras él, y se oponía a que nadie más la importunase o la maltratase. La situación de la joven no era halagüeña. Era una huérfana que había sido recogida por caridad, cuando no tenía más que ocho años de edad, pasando a vivir en casa de su prima, donde se educaba en compañía de las tres hijas de aquélla: Cassandra, Eudora y Sophronia. Con ellas había compartido sus lecciones; habíase vestido con los trajes que les quedaban pequeños, y les había llevado sus numerosos encargos, con cuyos servicios la huerfanita correspondía, según le informaba prima Jane, en un muy ínfimo grado a la generosidad que para con ella habían tenido. El vizconde, a quien desagradaban Cassandra, Eudora y Sophronia, solamente un grado menos de lo que le desagradaba la mamá de las chicas, llegó a la conclusión, cuando tenía no más de quince años, de que las tres hermanas eran tres salvajes que trataban a su pobre primita como si fuese un perro. Por consiguiente, no le fue ahora difícil, al mirar a Miss Vantage, el interpretar correctamente la lacónica respuesta algo apresurada de la joven.

—Qué, esas gatas han estado martirizándote, ¿verdad? —dijo.

Miss Vantage se sonó la nariz.

—Voy a hacer de institutriz, Sherry —le informó, lastimeramente.

—¿Vas a hacer qué? —preguntó su señoría.

—De institutriz. Así lo dice prima Jane.

—¡En mi vida oí semejante disparate! —exclamó el vizconde, ligeramente irritado—. ¡Pero si no tienes bastante edad!

—Prima Jane dice que sí que la tengo. Dentro de quince días cumpliré diecisiete años, ¿sabes?

—Pues no lo parece —dijo Sherry, quitando importancia al asunto—. Siempre has sido una pequeña mocosilla, Hero. No tienes que ser tan tonta de creer todo lo que la gente dice. Apuesto diez contra uno a que no lo ha dicho en serio.

—¡Oh, sí! —replicó Miss Vantage, tristemente—. Verás, yo siempre he estado convencida de que lo tenía que ser algún día; por eso aprendí a tocar aquel horrible pianoforte y a pintar a la acuarela, para poder ser institutriz cuando fuese mayor. El caso es que no lo quiero ser, Sherry. ¡No, todavía! ¡No antes que haya gozado un poco de la vida; nada más que por un rato!

El vizconde apartó bruscamente la manta de viaje que cubría sus bien formadas piernas.

—¡Jason, bájate y sujeta los caballos un trecho más allá! —ordenó, saltando del carrocín y avanzando hacia la pared—. ¿Está mohoso esto? —preguntó, recelosamente—. ¡Maldito sea si quiero estropear esos pantalones de montar por ti ni por nadie, Hero!

—¡No, no, no temas, que no lo está! —le aseguró Miss Vantage—. Puedes sentarte en mi capa, Sherry. ¿Quieres?

—Bueno, no puedo estar aquí mucho rato —advirtióle el vizconde. Y, subiendo de un salto a la pared, le puso a la chica un fraternal brazo sobre los hombros, diciéndole—: Vamos, rapazuela, no tienes que llorar de este modo; así te pones terriblemente fea. Además, a mí no me gusta que llores. ¿Por qué diablos se le mete ahora en la cabeza a esa gata vieja el echarte súbitamente de casa? Supongo que has estado haciendo algo que no debías hacer…

—No, no es eso, aunque es verdad que rompí una de las mejores tazas de té — dijo Hero, apoyándose agradecidamente a él—. En parte es debido, creo yo, a que Edwin me besó.

—¡Oye, no me vengas con bolas ahora! —dijo su señoría, incrédulamente—. ¡Tu infeliz primito Edwin no tiene todavía nervio bastante para besar siquiera a una camarera!

—Bueno, yo no sé nada de eso, Sherry; lo que sí sé es que me besó y que me pareció la cosa más horrible que imaginarse pueda. Y prima Jane lo descubrió y dijo que era culpa mía y que yo era una pícara intrigante, asegurando, además, que al acogerme a mí había alimentado una serpiente en su pecho. ¡Y yo no soy ninguna serpiente, Sherry!

—¡No te preocupes por eso! —dijo Sherry—. Lo que no me cabe en la cabeza es lo de Edwin. ¡Si eso no lo deja tamañito todo! Debían de haberle emborrachado; no puede ser de otra manera; eso es todo.

—No, no; no estaba borracho, ni mucho menos —replicó Hero, gravemente.

—Entonces, esto viene a demostrar hasta qué punto se puede equivocar uno al enjuiciar a un hombre. De todos modos, Hero, tú no debías permitir que un miserable tipo rastrero como ése te besara. Tu actitud no se explica.

—Pero ¿cómo podía impedírselo, Sherry, cuando me cogió y me apretó tan fuertemente que apenas podía respirar?

El vizconde soltó una carcajada.

—¡Dios mío, pensar solamente en que Edwin se haya convertido en semejante espadachín! Me parece que sería mejor que yo te enseñase uno o dos ardides para que puedas contrarrestar una acción como esa. No me explico cómo no se me ha ocurrido antes.

—Gracias, Sherry —dijo Hero, con sincera gratitud—. La lástima es que ahora que me van a mandar a Bath para hacer de institutriz en una horrible escuela, creo que no voy a tener necesidad de ningún ardid.

—Continúo creyendo que todo eso no es más que una broma —declaró Sherry—. No tienes tú el aspecto de ninguna de las institutrices que en mi vida he visto, y apostaría doble contra sencillo a que no te quieren en ninguna escuela. ¿Es que tú sabes algo, por ventura, Hero?

—Hombre, yo nunca creí que supiese —replicó Hero—. Pero el caso es que Miss Mundesley dice que lo haré muy bien, y como resulta que es su hermana la que tiene la escuela, me temo que todo se lo han arreglado entre ellas. Miss Mundesley es nuestra institutriz, ¿sabes? Al menos solía serlo.

—Ya sé —asintió Sherry—. ¡Vaya otra solterona rancia y amargada, ésa! Mira lo que te voy a decir, rapaza: si vas a esa preciosa escuela te harán trabajar como una esclava; eso te lo advierto desde ahora. Pensándolo bien, no puede uno menos que preguntarse qué diablos se proponen con echar por esos mundos a una tierna mocosa como tú.

—Miss Mundesley dice que seré objeto del más exquisito de los cuidados —dijo Hero—. No es que me arrojen por esos mundos, precisamente.

—No es de eso de lo que se trata —repuso el vizconde—. ¡Maldito sea, cuanto más pienso en ello, tanto peor lo veo! ¡Tú no eres ninguna criatura indigente!

Miss Vantage levantó sus inocentes ojos, mirándole a la cara.

—Eso es precisamente lo que soy, Sherry. No tengo ningún dinero; bien lo sabes.

—Eso no quiere decir nada —dijo el vizconde, con impaciencia—. ¡Lo que yo quiero decir es que las mujeres de tu crianza no hacen de institutrices! Yo no llegué a conocer a tu padre, pero sé todo lo que se refiere a él. ¡Una familia muy buena; mucho, muchísimo mejor que los Bagshot! Y más aún: tú tienes un puñado de parientes de rancia estirpe. En Norfolk o en un lugar parecido. He oído alguna vez a mi madre hablar de ellos. Me hizo el efecto que se trataba de un verdadero hatajo de mentecatos, pero eso no hace al caso. Harías mejor en escribirles.

—No ganaría nada con ello —suspiró Hero—. Me parece que mi padre disputó con ellos porque no quisieron hacer nada por mí cuando él estaba a punto de morir. Así, que me aventuraría a decir que no pondrían objeción alguna a que yo me hiciese institutriz.

—¡Pues bien, yo sí me opongo! —dijo el vizconde—. De ningún modo lo permitiré. Tendrás que pensar en alguna otra cosa.

Miss Vantage no vio nada arbitrario ni irrazonable en esas palabras, a las que dio su asentimiento, si bien con cierta vacilación.

—¿Quieres decir, pues, que será mejor que me case con el cura, Sherry?… — preguntó la muchacha, arrugando ligeramente su corta nariz.

El vizconde se la quedó mirando con el más vivo asombro.

—¿Y por qué diablos he de pensar en cosa semejante? ¡Claro que no! ¡De todas las chicas tontas habidas y por haber, tú eres la peor, Hero!

Miss Vantage aceptó esa reprimenda con bastante resignación, pero dijo:

—Hombre, creo que es también una idea disparatada, pero prima Jane dice que tiene que ser el cura o aquella horrenda escuela.

—No querrás decir con eso que el cura desea casarse contigo, ¿verdad? — preguntó Sherry.

Miss Vantage hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Me ha pedido en matrimonio —dijo, no sin cierto orgullo.

—No sé por qué me parece —dijo su señoría con aire de severidad— que te has vuelto voluble como un demonio desde que te vi últimamente. ¡Mira que casarse ahora con el cura! Y, claro está, supongo que te habrá besado también detrás de la puerta, ¿no?

—¡Oh, no, Sherry! —protestó Miss Vantage—. El hombre se ha comportado con la mayor corrección, dice prima Jane.

—¡No podía esperar menos de él! —dijo su señoría. Un momento más tarde, empero, echaba a rodar en cierto modo la austeridad de sus palabras anteriores, añadiendo pensativamente—: Me hace el efecto que se trata de otro perro insípido.

—Sí, lo es —asintió Hero—. Creo, realmente, que puede que sea muy atento, pero ¡oh, Sherry!, si tú no te ofendieses conmigo, preferiría en verdad ser institutriz, puesto que no quisiera de ningún modo casarme con él.

—Lo que no comprendo —dijo su señoría— es por qué diablos querrá él casarse contigo. Debe de estar también aficionado a empinar el codo, Hero. ¡Tú nunca servirías para esposa de un párroco! Supongo que no le habrás dicho que echaste cola de carpintero en el banco particular de los Bassentwaite.

—No, claro que no se lo dije —confesó Hero—. Pero no fui yo, sino tú, quien puso realmente la cola, Sherry.

—¡Si eso no es una hembra hecha y derecha! —exclamó Sherry—. ¡Un poco más, y vas a decir que tú no tuviste nada que ver con aquello!

Miss Vantage se agarró de su brazo con una pequeña y confiada mano, diciendo:

—Bueno, yo ayudé a hacerlo, ¿verdad, Anthony?

—¡Sí, y derramaste la cola sobre mis calzones nuevos porque creías haber oído que se acercaba alguien, estúpida criatura! —dijo el vizconde, recordando el incidente con una mirada sombría en sus ojos.

Miss Vantage prorrumpió en una breve risita.

—¡Oh, qué bofetada me diste también! ¡Tuve la mejilla enrojecida durante horas y más horas, y tuve que inventarme qué sé yo qué cuento para ocultar la verdad!

—¡No! ¿Eso hice yo? —dijo el vizconde, con cierto remordimiento de conciencia y pasándole dulcemente la mano por la mejilla—. ¡Qué diablo de joven bruto era! ¡Y no es que tú no fueses capaz de acabarle la paciencia a un santo una y otra vez, que digamos, mocosilla!

—Sí, eso es lo que dicen mis primas, y no puedo evitar el pensar que tendría que apurar la paciencia del cura aún más, Sherry, puesto que parece que he de verme metida siempre en un berengenal, aun cuando, en realidad, no lo hago adrede. Al menos no todas las veces.

—¡No continúes porfiando con lo del cura! —ordenó el vizconde—. ¡La sola idea de casarte con él es la tontería de mayor calibre que he oído jamás! Verdaderamente, ha sido una suerte que la casualidad me haya llevado aquí. ¡Dios sabe qué clase de tonta jugarreta habrías intentado poner en práctica si yo no te hubiese pillado a tiempo!

—No, y no sabes lo contenta que estoy de verte otra vez, Anthony —replicó la joven—. Pensé que quizá vendrías.

—¡Buen Dios! ¿Eso pensaste? ¿Por qué?

—Para visitar a Isabella —replicó Hero, inocentemente.

—¡Ah! —exclamó su señoría, con una risa brusca y amarga.

Miss Vantage levantó los ojos, mirándole interrogativamente.

—No pareces estar muy satisfecho, Sherry.

—¡Satisfecho! —exclamó su señoría—. ¡Muy satisfecho tendría que estar!

—Sé que no ha querido recibir a ninguno de los demás caballeros, a pesar de que han venido expresamente desde Londres para verla, pero contigo creí que habría hecho una excepción.

—Sí, la hizo —dijo el vizconde, lacónicamente—. Y por lo que he salido ganando con ello, era mejor que no hubiese emprendido el viaje… Oye, ¿quién te ha dicho a ti que yo me quería casar con Bella?

—Tú me lo dijiste —replicó Miss Vantage, con naturalidad—. Fue cuando bajaste el año pasado. ¿No te acuerdas?

—No, no podría asegurar que te lo dijese; pero, bueno, eso no quiere decir nada. El caso es que no me quiere.

—¡Sherry!… —exclamó Miss Vantage, totalmente sobresaltada—. ¡No querrás decir que le has pedido la mano y que ella te ha rechazado!…

—Sí, así ha ocurrido. ¡Pero eso no es todo! —dijo el vizconde, apareciéndosele inconteniblemente sus defectos en la mente—. Me ha dicho que no tenía firmeza de carácter y que carecía de delicadeza de principios. ¡Eso una muchacha a la que he conocido toda la vida!

—¡Además, no es verdad! —dijo Hero, estrechándole ardorosamente la mano.

—Soy un jugador, un libertino, y no le gustan las compañías que yo frecuento. Soy…

—¡Sherry! —le interrumpió Hero con ansiedad—. ¿No crees que puede haber oído algo de tu bailarina de ópera?

—¡A fe mía que eso es el no va más! —dijo el vizconde, con voz entrecortada—. ¿Qué diablos sabes tú de mi bailarina de ópera ni ocho cuartos? ¡Y no me salgas ahora con que yo te lo dije, porque eso sí que lo sé de cierto!

—¡No, hombre, no! Fue Edwin quien me lo dijo. Es decir, él lo dijo a Cassy porque tuvieron una disputa, y fue ella verdaderamente quien me lo contó.

—¡Pero si tú no debes hablar para nada de semejantes cosas! —dijo su señoría, severamente. Y, después de meditar unos instantes, enarcando las cejas, añadió—: ¡Además, eso es totalmente absurdo! ¿Edwin se lo dijo a Cassy porque tuvieron una disputa? ¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?

—¡Caramba, Sherry, porque él le dijo que, antes que se decidiese a conquistarte a ti, era mejor que supiese que…! —Miss Vantage se interrumpió, ruborizándose profundamente. Luego prosiguió, con cara de arrepentimiento—: ¡Oh, cuánto deseo que no hubiese dicho cosas que no debía decir! ¡Puedes creer que no quería ser una tal entrometida!

—¡Ah! —exclamó su señoría—. Con que esos vientos corren por ahí, ¿eh? —Y, abandonando momentáneamente su tono solemne, añadió—: La verdad es que ya lo sabía. Y le puedes decir a tu prima Cassy, presentándole mis respetos, que puede muy bien ahorrarse su trabajo, que yo no he llegado todavía a eso. ¡A ver si ahora se te ocurre echarle eso por las narices la primera vez que la veas! ¡Y deja ya de comadrear acerca de mi bailarina de ópera! ¡No sé qué es lo que me contiene de llegarme hasta la casa y decirle cuatro palabras a ese mequetrefe de Edwin! ¡Mira que comadrear con mis asuntos particulares por toda la campiña esa! ¡Ahora veo de dónde lo ha sacado ese condenado mangonero de mi tío! ¡Hatajo de embusteros!

—¿Así que, después de todo, no tienes ninguna bailarina? —preguntó Miss Vantage—. Porque si es así, yo misma se lo diré a Isabella, y entonces quizá puedas recobrar las esperanzas.

—¡Te guardarás muy bien de decir una sola palabra de todo eso! —exclamó el vizconde, airadamente.

—Sí, pero, Sherry…

—¡No, te lo ordeno yo! Por una parte, una mujer medianamente educada no hace mención de esas cosas, y por otra… ¡Bah, tampoco lo comprenderías! —Y como se enfrentase con una interrogativa mirada de aquellos ojos que tan francamente se encaraban con los suyos, el vizconde se esforzó por encontrar una explicación más o menos aceptable—. ¡Eres el mismísimo demonio, Hero; te aseguro que no hay nada de todo eso! ¡Todo el mundo suele tener algún que otro capricho, pero eso no significa nada; te doy mi palabra!

Miss Vantage estaba perfectamente dispuesta a aceptarle su palabra, pero tenía la impresión de que la pregunta no había sido totalmente contestada.

—Bueno, pero, Sherry, quizá no se lo has explicado del todo bien a Isabella… ¿No crees que…?

—¡No, no creo nada! —replicó su señoría, en un tono tajante—. El «quid» de la cuestión está en que Bella no se preocupa un bledo por mí.

Miss Vantage se resistió a creer esta afirmación y sugirió que tal vez la pobre Isabella había estado bajo los efectos de la jaqueca.

—No, no ha sido eso. Claro que sí que parecía un poquitín pálida, ahora que me haces pensar en ello. ¡Pero, incomparable como siempre! —añadió el vizconde, lealmente.

—En realidad, es muy guapa —dijo Miss Vantage—. Hasta cuando tenía manchas en la cara continuaba siendo hermosa.

—¿Manchas? —repitió el vizconde, con voz aturdida—. ¡Si jamás ha tenido una sola mancha!

—Bueno, no quiero decir manchas ordinarias o pecas como las de Sophy, sino las que se suelen tener con el sarampión.

—¡Isabella no ha tenido el sarampión!

—Sí, lo ha tenido —replicó Hero—. Por eso fue por lo que su mamá la trajo acá. La pobre estaba terriblemente angustiada; Mistress Milborne le dijo a prima Jane que tenía todo el cuerpo cubierto de manchas.

—¡No! —insistió el vizconde, fuera de sí.

—Eso ocurre con el sarampión; debes de saberlo —explicó Hero.

—¡Claro que lo sé! Pero Isabella no puede haber tenido el sarampión. ¡Dijeron que estaba agotada a consecuencia de las algazaras de Londres!

Hero quedó sorprendida.

—Bueno, pues, no sé por qué tienen que haber dicho eso; bien tenían que saber que se trataba del sarampión. Dos camareras lo tuvieron también, además del paje de Mrs. Milborne.

—¡Dios santo! —exclamó el vizconde. Y, dibujando una sonrisilla que alejó de su rostro el aire de desmayada estupefacción que tenía, añadió—: ¡Ahora me explico por qué no quería recibir a nadie! ¡Pobre chica! ¡Voto a Júpiter! ¡Daría una oreja por ver la cara de Severn cuando lo sepa! ¡Vaya diantre de tipo romántico ese Severn! ¡No le gustaría un pelo, sin duda alguna!

—¿Te refieres al duque? —preguntó Hero, curiosamente.

La cara de su interlocutor se puso sombría una vez más cuando movió la cabeza en señal afirmativa.

—¿Es que… es que se va a casar con ella, Sherry?

—Tengo la convicción de que tampoco lo va a lograr —replicó el vizconde, francamente—. No es que me importe un pito. ¡Mis esperanzas están totalmente desvanecidas!

—¡Oh, Sherry! ¿Te duele mucho? —preguntó Hero, partiéndosele el corazón.

—¡Claro que me duele! —dijo su señoría, compungidamente—. ¡Toda mi vida está destrozada! Mejor podía haberme ido al diablo sin hacer más ruido. Y eso será más que probablemente lo que voy a hacer, puesto que, si no puedo echar mano a mi fortuna, tendré que apuntar al fiado en un abrir y cerrar de ojos. ¡Y todos sabemos muy bien lo que esto significa!

Hero movió la cabeza comprensivamente. El vizconde se echó a reír y le pellizcó la nariz.

—¡Tú no tienes la menor idea de lo que esto significa! Seguro que en tu vida no

has oído hablar nunca de un «cien por cien»[3], ¿verdad, rapaza? ¿O de un pobre diablo que se encuentra en el cesto?

—¡Sí, lo sé! Eso está en todas las diligencias, y uno viaja en él cuando es muy pobre.

—Bueno, a eso es, pues, a lo que podría yo llegar —dijo Sherry, dibujando una mueca—. El caso está en que mi capital está depositado en la más estúpida de las tutorías que se puedan imaginar. ¿Creerás que se me tiene asignada una miserable pensión hasta que llegue a los veinticinco años, a menos que me case antes de esa edad? Un par de mis condenados tíos lo administran todo… o deberían hacerlo entre los dos, pero tío Prosper es demasiado perezoso para molestarse echando un vistazo al otro viejo granuja. El sujeto ese no le es a él más simpático de lo que me es a mí; ninguno de los parientes de la parte de mi padre pueden tragar a la familia de mi madre, y en eso sabe Dios que no les censuro; no cabe duda alguna que no existe bajo la capa del sol un hatajo mayor de gorristas que los parientes del lado de mi madre. Pero, claro, ¿cómo se las va a arreglar tío Prosper para desembarazarse del otro? No es hombre para eso. Y ahí está el tipejo ese instalado en mi casa, viviendo a mi cargo, y apostaría diez contra uno a que está haciendo el paquete con mi dinero. ¡Y no digamos nada de la serie de ideas disparatadas con que atiborra la cabeza de mi madre! ¡Mira que querer demostrar que está entristecido porque Bella me ha rechazado! ¡Entristecido! ¡Estaba tan contento, que no podía evitar que le saliese una sonrisilla en su cara de sebo! ¡Soy un perfecto burro de no haber procurado cogerle con las manos en la masa una vez por lo menos durante esos últimos seis años y haber armado una bronca mayúscula! —El vizconde se interrumpió al ver la cara de asombro que ponía Hero, lo cual le invitó a pensar con quién estaba hablando. Inmediatamente añadió, en un tono de amonestación—: ¡Mira, Hero, que no te oiga hablar nunca usando esa clase de jerga! ¡Si no me hubiesen vuelto loco como una cabra entre todos ellos, no hablaría ese lenguaje grosero! O, cuando menos, si lo hubiese hablado, no habría sido con una mujer.

—No, yo no lo usaré nunca —dijo Miss Vantage, obedientemente.

—Eso lo dices ahora —repuso el vizconde— pero te conozco demasiado bien, Hero. Siempre he tenido que sujetarme la lengua cuando he estado al alcance de tu oído. Seguro como un cheque que te falta tiempo para correr a soltarlo a la media docena de comadrejas que andan por ahí. «¡Pero si lo ha dicho Anthony, prima Jane!». ¡No te puede sorprender que, de vez en cuando, haya tenido que calentarte las orejas!

—Bueno, pues, lo que es ahora no diré nada —le aseguró Hero—. Además, que apenas podría, puesto que no sé qué quieren decir la mitad de las palabras que has dicho.

—Y no es fácil que lo vayas a saber. Así, que sería inútil que me fastidiases obligándome a explicártelo. Todo lo que eso significa es que no puedo continuar un instante más en esa situación. ¡Cuando se ha llegado al extremo de decirme (nada menos que mi propia madre, imagínate) que ninguna mujer sensata querría aceptarme…, esto es ya el colmo! ¡Y todo porque tuve la condenada mala suerte de echar patas arriba al faetón del general Ware! ¡Cualquiera diría que asesiné al viejo ese, pero no ocurrió cosa semejante! Total, quedó metido de cabeza en el seto vivo del borde del camino, chillando como un demonio. Además, yo mismo le saqué de allí, y si tenemos en cuenta que fue su estúpida falta de maña en manejar las riendas lo que me hizo perder la apuesta, estoy seguro de que la mayoría de individuos, en mi lugar, le habrían dejado coleado allí. ¿Y crees que estuvo agradecido de mi acción? ¡Quiá! ¡Sin pérdida de tiempo se fue cojeando y escribió una carta chivateándoselo a mi madre!

—¡No hagas caso, Sherry!… —dijo Miss Vantage, pasándole la mano por el brazo—. ¡Todos ellos son horribles y crueles! Siempre lo han sido. Solamente que, por lo que se refiere a Isabella…

—¡No quiero oír una sola palabra en contra de ella! —exclamó el vizconde, noblemente—. ¡Ella es, y será siempre, la incomparable! Ahora, que si se cree que voy a pasarme la vida llorando por ella, va un rato largo equivocada. Y no me extrañaría un pelo que fuese eso precisamente lo que ella quisiera que hiciese, ¡por todas las rameras sin corazón que me he tropezado jamás!… Pero eso no hace al caso ahora.

—¿Qué piensas, pues, hacer ahora, Sherry? —preguntó Miss Vantage, solícitamente.

—Ni más ni menos que lo que les he dicho a mi madre y a aquel cara de plato de mi tío: ¡casarme con la primera hembra con que me encuentre!

Miss Vantage profirió una breve carcajada convulsa.

—¡Oh, qué gracioso! ¡Esa soy yo!

—¡Bueno, mujer, por Dios! ¡No hay que tomarse las cosas tan condenadamente al pie de la letra! —exclamó su señoría—. Ya sé que eres tú, a fin de cuentas, pero… — El vizconde se interrumpió súbitamente y miró con fijeza el rostro acorazonado de Miss Vantage. Unos instantes después, dijo lentamente—: Bueno, ¿y por qué no? ¡Voto a cribas! ¡Eso es exactamente lo que voy a hacer!