Una guirnalda de rosas

John Blackburn · Capítulo 2 de 20

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Una guirnalda de rosas

Capítulo 2

 

—Debes tratar de tranquilizarte, cariño. Tienes que procurar tomarlo con calma. — Tom Fenwick trató de hablar en tono confiado, aun cuando no sentía la más mínima confianza—. Pronto encontrarán a Billy sano y salvo. No sabría decirte por qué, mas tengo la certeza de que estará bien.

—Dices que estará bien. —Mary Fenwick no levantó la vista hacia su marido. Permanecía de pie mirando por la ventana, con la palidez en su rostro, y sin la menor expresión. Tom tenía la mano sobre el hombro de ella y pudo sentir tensarse sus músculos como si estuvieran bajo el efecto de una gran excitación—. Hace ya cuatro horas que ha desaparecido Billy. No sabemos lo que puede haberle ocurrido, pero probablemente cayó del tren en marcha. Y lo único que sabes hacer es permanecer ahí de pie y decir que estás seguro de que se encuentra bien.

—Tengo la seguridad de que el comandante está en lo cierto, Mrs. Fenwick. —El teniente Sutherland aún no había cumplido los veinte años y se sentía espantosamente desolado y nervioso—. Permítame que la acompañe al hotel, por favor, Mrs. Fenwick. Se está haciendo todo lo humanamente posible para encontrar a su hijo. — Consultó el reloj y luego miró a Fenwick—. Hace unos diez minutos que el coronel Baxter espera, señor.

—Sí, claro. —Tom siguió la dirección de la mirada fija de su mujer. Bajo la luz del débil sol invernal, los altos y blancos edificios de Hannover se erguían seguros y alegres, al abrigo de todo peligro; palacios de cuentos de hadas burlándose de su terror—. Por favor, vete al hotel con Mr. Sutherland, Mary —dijo—. Te informarán tan pronto como haya alguna noticia. Por favor, hazlo por mí, cariño.

La observó al volverse y alejarse lentamente, tropezando sus pies ligeramente con la alfombra. Luego dirigióse hacia la puerta que se encontraba al final del salón de recepción.

—¡Ah! Ya está usted aquí, comandante.

El coronel Baxter del Servicio Secreto Militar británico hizo un pobre remedo de sonrisa al entrar Tom.

Bajo un rostro acartonado y moreno, más por causa del alcohol que por efectos del sol y los vientos y los ademanes bruscos de un militar que no aguantaba tonterías de nadie, ocultaba un espíritu en extremo atemorizado. Y desde luego, en aquel momento, tenía miedo. Debía en gran parte su posición a los esfuerzos de una mujer ambiciosa y bien relacionada y sabía que un solo movimiento en falso le lanzaría de nuevo al limbo. Aquel asunto le había colocado en una situación endiablada. Si el muchacho había caído realmente del tren, él, Baxter, recibiría con toda seguridad y en cualquier momento una protesta de las autoridades de Alemania Oriental, y precisamente el mes anterior había cursado un memorándum desde Londres indicando que había de mantenerse las mejores relaciones posibles con vistas a la próxima conferencia de las Naciones Unidas. Y si, por otra parte, se hacían realidad sus propias sospechas sobre lo ocurrido, entonces… No, por el momento no quería ni siquiera considerar aquella posibilidad.

Pero había que reconocer que aquel pobre hombre estaba fuera de sí. Estudió la cara de Tom mientras se dirigía a él.

«Atormentado», era la única palabra capaz de describir su expresión y le recordó un cántico de la Primera Guerra Mundial: Los he visto colgando de viejas alambradas de púas.

—Acérquese y tome asiento. —Hizo un ademán indicando al individuo que se encontraba de pie junto a la ventana—. Creo que ya conoce a Herr Von Zuler.

—Sí, somos viejos conocidos, ¿verdad, comandante? —Kurt von Zuler, oficial de enlace entre las fuerzas de la OTAN y el Servicio de Inteligencia —Abwehrdienst— de Alemania Occidental, avanzó arrastrando su pie de acero, dando la impresión de lo que en realidad era: duro, frío y eficiente. Olía ligeramente a perfume y la mano que estrechó la de Tom relucía de sortijas—. Permítame en primer lugar que le diga, comandante, lo desolado que me siento. Cuán, cuán desolado me siento por lo de su hijo.

—Gracias. —Tom sentóse frente a la mesa de escritorio. Detrás de ella la pared aparecía casi cubierta con fotografías de Baxter; Baxter de uniforme, Baxter con sombrero hongo estrechando la mano de la Reina Madre, Baxter con tweeds y una escopeta debajo del brazo, Baxter sentado en la primera fila de un equipo de cricket. En cualquier otro momento la vanidad de aquel hombre le habría parecido ligeramente divertida. Pero no en aquella ocasión. Tenía la sensación de que jamás volvería a encontrar nada divertido—. ¿Supongo que no habrá llegado ninguna noticia?

—No, me temo que nada de importancia, aunque estamos siguiendo hasta el más pequeño rastro posible. Pero ¿le importaría que hiciera una pequeña recapitulación en beneficio de Herr Von Zuler? Su Departamento nos ha prometido la cooperación más completa posible.

—Desde luego que no.

Tom asintió, mas no comprendía nada en absoluto. Von Zuler trabajaba para la organización de contraespionaje. ¿Qué posible interés podía tener en la desaparición de Billy?

—Bien. Ahora examinemos la situación. —Baxter estudió el mapa extendido sobre su mesa de escritorio—. El tren salió de la estación de Charlottenburg, en Berlín Occidental, a las diez cuarenta y cinco de anoche. Poco después usted y su familia fueron al coche restaurante y permanecieron allí una media hora. ¿No es así?

—Sí, debió de pasar alrededor de media hora. —Tom trató de rememorar lo ocurrido. «Timber» Wood proyectaba ir al partido de rugby en Hamburgo y habían tomado un par de copas para desearle suerte. Mary y él bebieron gin con tónica y los muchachos «Coca-Cola»—. Me parece recordar haber mirado el reloj que había sobre la barra del bar, al salir de vuelta a nuestros compartimentos, observando que era alrededor de las once y veinte.

Sí, estaba en lo cierto. Habían disfrutado mucho con aquellas copas, y los niños, que habían dormido la siesta por la tarde, estaban despiertos y felices porque volvían a casa. Desde luego a Billy la idea del viaje le había puesto tenso, pero aquello no era nada nuevo. Siempre ocurría lo mismo. Acaso el pobre chiquillo había tenido una especie de premonición de que algo iba a ocurrirle. Tal vez lo supo siempre. Al darle las buenas noches con un beso, tenía en su rostro aquella expresión extraña y tensa, como si quisiera decir algo pero se contuviera frente a Robin. Si al menos hubiera logrado que se lo dijera. Si Billy hubiera dormido con él y Mary con Robin. Si…

—Y esto es todo cuanto en realidad sabemos con certeza, Herr Von Zuler. —La voz de Baxter interrumpió sus pensamientos—. El comandante Fenwick y su familia regresaron a sus departamentos aproximadamente a las once y veinte. Concedamos alrededor de un cuarto de hora para despedirse y acostarse. ¿Correcto, comandante?

Observó el ademán afirmativo de Tom e hizo una nota sobre una hoja de papel que tenía junto al mapa.

—Exacto. Hasta después de las once treinta y cinco, poco más o menos, nada sabemos. Nada en absoluto hasta que el tren hubo dejado bien atrás la frontera, adentrándose en Alemania Occidental. ¿De acuerdo?

—Desde luego.

Tom apartó su mirada de la de Baxter. Habían dejado bastante atrás la frontera cuando oyeron los golpes. En un principio pensó que era el empleado avisándoles, pero al consultar su reloj comprobó que eran sólo las cinco y cuarto y aún había de transcurrir una hora antes de llegar a Hannover. El tren se bamboleaba ligeramente, y había pensado que era simplemente la puerta que golpeaba hasta que vio a Mary levantarse de su litera para abrirla. Al entrar Robin en el departamento pasó estruendoso otro tren, impidiéndole oír lo que decía. Cuando de nuevo todo quedó tranquilo, captó claramente sus palabras.

«Billy no está, mamá. Billy no está… no está… no está…»

—De manera que su hijo debe de haber abandonado el tren entre las doce y media y las cinco y cuarto, hora en que se despertó su hijo pequeño y vio que no estaba. — Baxter garrapateó otra nota en su bloc—. Digo doce y media porque el vagón restaurante cierra a medianoche y debemos conceder al menos media hora mientras otros pasajeros se instalaran en sus departamentos. Desde luego, alguien lo hubiera visto si con anterioridad a esa hora hubiera vagado por el corredor. Si nuestra otra teoría se confirma, no se hubieran arriesgado a intentar nada hasta mucho más tarde.

—¿Su otra teoría? —Tom alzó la vista sobresaltado—. No comprendo. ¿Quién no se hubiera arriesgado a intentar nada?

—Después nos ocuparemos de eso, comandante Fenwick, mas, por favor, déjenos aclarar antes un par de extremos. ¿Me permite, coronel?

Von Zuler, inclinándose, trazó con un lápiz dos ligeras cruces sobre el mapa.

—Hemos realizado la comprobación con las autoridades del ferrocarril y durante el período indicado el tren debía encontrarse entre los suburbios occidentales de Magdeburg, en Alemania Oriental, y Fallersleben, a doce kilómetros de la frontera, por nuestro lado. Mientras atravesó Alemania Oriental hizo nada menos que siete paradas. Como probablemente ya saben, con frecuencia detienen deliberadamente esos trenes para fastidiarnos, pero en esta ocasión acaso existiera otro motivo.

Levantóse de nuevo, con la mirada fija en el horizonte de Hannover y el entrecejo fruncido, mientras la luz del sol proyectaba destellos en su ensortijada mano.

—Y ahora, comandante, examinemos primero la solución más racional —dijo—. Ha indicado que Billy parecía ansioso antes de irse a la cama. ¿Sufría ataques de sonambulismo?

—No, que yo sepa. —Tom negó con la cabeza—. Cuando era muy pequeño solía sentir terrores nocturnos; no obstante, a los seis años pareció haberlos olvidado.

—Comprendo. Entonces podemos descartar esa teoría. —Von Zuler seguía con la mirada clavada en los altos edificios como si acaso éstos pudieran decirle lo que quería saber—. Sí, un muchacho de nueve años —musitó y parecía como si estuviera hablando consigo mismo—. Un muchacho de nueve años, imaginativo, más bien nervioso pero absolutamente normal, que desaparece de un tren cuando está atravesando el territorio de Alemania Oriental como consecuencia de un acuerdo establecido con Rusia a raíz de la guerra. Un acuerdo que, como muy bien saben, constituye una amarga espina para el gobierno de Alemania Oriental. Ha quedado claramente establecido que no abandonó el tren en nuestro lado de la frontera. Hemos registrado cada centímetro.

—¿Y qué me dicen del lado oriental? ¿Han registrado ya entre Magdeburg y la frontera?

—Han prometido hacerlo, pero aún no sabemos nada. Tienen mucha distancia que cubrir y no creo que vayan a excederse en favor nuestro. Recuerde que durante años han estado tratando de suspender esos trenes.

—Perdonen un momento. —Baxter repiqueteó con el lápiz sobre la mesa del escritorio—. Tal vez considere ésta una pregunta inútil por el momento, comandante Fenwick, mas ¿tenía su hijo alguna amistad con el empleado del coche cama, un tal Hans Loser?

—Le conocía. Billy ha viajado con frecuencia en ese tren y a veces en el vagón de Loser.

Tom los contempló con mirada vacua. Su hijo se había perdido. Había desaparecido de un tren sin dejar rastro. Probablemente para entonces ya estaría muerto, o espantosamente mutilado, junto a cualquier vía férrea. Pero aun cuando la actitud de Baxter y Von Zuler pareciera exteriormente compasiva, tenía la impresión de que para ellos acaso la muerte del chiquillo no fuera la peor de las posibilidades.

—Billy era un niño muy sociable —manifestó—. Charlaba con Loser y eso es todo.

—Gracias, comandante. De hecho, mantenían relaciones amistosas. Lo suficiente para que Billy saliera del departamento, si Loser le hubiera llamado durante la noche, ofreciendo tal vez mostrarle algo interesante.

—Supongo que sí, mas no acabo de comprender lo que quiere decir. Loser no puede tener nada que ver con eso. De hecho se mostró genuinamente trastornado cuando descubrimos que el muchacho había desaparecido.

—Estoy seguro de que parecería trastornado, comandante Fenwick. —Von Zuler se acercó desde la ventana mientras encendía un cigarrillo—. Herr Loser es un consumado embustero, aun cuando al parecer, no demasiado tenaz. —Se puso unas gruesas gafas y sacó un bloc de notas—. Después de que la policía hubo registrado el tren, Loser hizo una declaración. Dijo que entre las tres de la madrugada y las tres quince estuvo en la cocina haciéndose una taza de café, pero que aparte de ello en ningún momento de la noche había abandonado su asiento en el corredor. También declaró que las cortinillas de todas las puertas y ventanas estaban bajadas de acuerdo con el reglamento. Pues bien, su historia no se tenía en pie. —Von Zuler parecía ligeramente confuso al utilizar aquella frase de lenguaje vulgar—. Si Billy hubiera abandonado el tren por la ventanilla del departamento, es casi seguro que su hermano le hubiera oído. En algún momento debió de salir al pasillo, y, a menos que hubiera sido entre las tres y las cuatro, Loser estaba mintiendo.

—Pero ¿por qué? ¿Qué razón puede tener?

En el fondo de su mente a Tom le pareció escuchar el estruendo del tren, ver abierta la puerta del compartimento y a Billy salir parpadeando al corredor. También podía sentir sus propias uñas clavadas en la muñeca.

—Loser dice que mintió simplemente para no perder su empleo. Nuestra Policía sabe cómo interrogar a los testigos y al cabo de un tiempo se le persuadió para que cambiara su declaración. —El alemán se permitió una breve sonrisa—. Ahora declara que como el compartimento final del vagón inmediato se encontraba desocupado, entró en él y se tumbó desde la una hasta las cinco de la madrugada. Al volver encontró subida una de las cortinillas de la portezuela. La cerró pensando que se habría olvidado de asegurar el sujetador, y no volvió a acordarse de aquello hasta que más tarde descubrieron la desaparición de su hijo. Al principio creyó que toda aquella historia era una especie de broma por parte de los dos chiquillos, y siguió aferrado a su versión de no haber abandonado en absoluto el pasillo salvo durante aquellos quince minutos. Cuando se hizo evidente que Billy había desaparecido, estaba demasiado asustado para alterarla.

—Evidentemente Billy cayó por una portezuela. Se despertó a media noche y salió al corredor.

—Ahora Tom podía verlo con claridad. Billy abriendo la portezuela para mirar, sujetándola contra el viento y atisbando por una rendija. Sería entonces cuando debió de escurrirse o acaso el tren frenara de súbito, cayendo de cabeza en la noche, y la portezuela cerrándose de golpe tras él. Casi podía oírle gritar.

—Pudo haber caído; en cuyo caso la Policía de Alemania Oriental pronto nos notificará que lo han encontrado. Tal vez las cosas se hayan desarrollado de otra manera. —De repente, Baxter adoptó un tono muy afectuoso—. Debe estar preparado para que tal vez le comuniquen la muerte de su hijo, comandante Fenwick.

Naturalmente, espero que no sea así, pero si está vivo, acaso se encuentre en una situación casi tan horrible. Quiero que también esté preparado para eso. Un momento, por favor.

Interrumpiéndose cogió el auricular del teléfono que sonaba a su lado.

—¡Ah! Por fin ha podido comunicar, cabo. No, no me pase la llamada aquí. Hablaré en el despacho contiguo. Vuelvo en seguida, caballeros.

Levantándose se dirigió con rigidez hacia la puerta.

—¿Quiere que termine lo que el coronel estaba a punto de decirle, comandante Fenwick? A fin de cuentas, yo fui quien le inculcó la idea.

Los ojos de Von Zuler eran como dos guijarros azules tras los gruesos lentes, y su cigarrillo, pegado al labio inferior, oscilaba al hablar.

—Me temo que mi mente es muy suspicaz y al enterarme de que Loser había mentido, al decir que estuvo en el pasillo, empecé a preguntarme si no habría mentido por alguna razón más siniestra que la que declaraba. Por el momento nuestras investigaciones sobre él son algo incompletas, pero nos hemos enterado de algunas cosas interesantes. Al parecer, Hans Loser ha tenido recientemente dificultades económicas y también que su madre y su hermana viven en Berlín Oriental. ¿Comprende lo que estoy insinuando, comandante?

—Creo que sí. —Tom asintió, mas en realidad no lo comprendía en absoluto—. ¿Quiere decir que tal vez Loser trabaje para alguna organización de Alemania Oriental que tenga algo que ver con la desaparición de Billy?

—Creo que es posible que así sea, pero no podremos estar seguros de ello hasta

oír lo que los « [1] vopos» digan al coronel Baxter. No obstante, si mi teoría es correcta, creo que ha ocurrido lo siguiente: Durante una de esas paradas forzosas, Loser pidió a su hijo que saliera del compartimento. Entonces, abriendo la portezuela del pasillo se lo entregó a alguien que estuviera esperando fuera. De hecho lo secuestraron, Herr comandante.

—Entonces Billy puede estar aún vivo. —La esperanza invadió a Tom, pero en el mismo instante frunció el ceño ante lo absurdo de aquella idea—. ¡Secuestrado! Pero ¿con qué fin? Aparte de mi sueldo y una casa fuertemente hipotecada en Londres, no tenemos ni un céntimo.

—En efecto, no tiene usted mucho dinero, pero no se desestime, comandante Fenwick. —Von Zuler hizo una mueca y dio una ligera chupada a su cigarrillo—. Usted tiene algo que para ellos es mucho más valioso que el dinero. He repasado su historial militar y es evidente que tiene una memoria realmente notable para los datos técnicos.

—Sí, tengo buena memoria, pero…

—No, no se trata sólo de buena memoria. Una fantástica memoria. Casi…, ¿cómo dicen ustedes…? una memoria fotográfica. —El alemán asintió aprobador; el cumplido de un profesor a un alumno distinguido—. Y además, hasta la semana pasada ha estado usted trabajando en la oficina de señales, en Berlín Occidental, donde existe una de las nuevas máquinas para el descifrado Haley-Moncelli que el Ministerio de Asuntos Exteriores Británico ha prestado a su ejército. Sabemos que en Rusia algunas personas tienen excesivo interés por conocer las características de esas máquinas y me pregunto, tan sólo me pregunto, si su notable memoria podría facilitarles un circuito.

—Sí, supongo que podría hacerlo. —Incluso mientras hablaba, un diagrama pasó rápido ante los ojos de Tom—. Creo poder recordar los detalles del circuito, pero aún sigo opinando que no llegarían a tales extremos. Me refiero a la publicidad a que todo ello daría lugar. Y Billy es tan sólo un niño… de nueve años… nadie sería capaz…

Su voz se quebró en un tartamudeo semejante a un disco de gramófono roto.

—Sí, sólo nueve años, comandante. Nueve años y tres meses para ser más exactos. Un pobre chiquillo, pero muy importante, si su padre valora sobre todo su seguridad. —Von Zuler, abriendo un armario junto a la ventana, sacó una botella y dos vasos—. Ya pensaba que el coronel Baxter guardaría probablemente algo interesante. Realmente deberíamos esperar a que nos brindara su hospitalidad, pero dadas las circunstancias…

Encogiéndose de hombros se dirigió cojeando pesadamente hacia la mesa del escritorio, con los dos vasos en la mano.

—Bien, brindemos, comandante. Y hagámoslo porque mi teoría sea equivocada, absolutamente equivocada. Roguemos porque su Billy sea tan sólo un chiquillo travieso que cayó de un tren mientras éste avanzaba despacio, y que pronto se lo devolverán sano y salvo.

Alzando el vaso, bebió luego el brandy de un solo trago, con movimiento experimentado, en el momento de abrirse la puerta.

—Lo siento. Siento mucho haberles hecho esperar, caballeros.

El rostro normalmente tenso y bronceado de Baxter aparecía moteado e hinchado, y hablaba entrecortadamente, como si hubiera estado corriendo. No pareció darse cuenta de que ellos mismos se habían servido bebidas, sino que dejándose caer en su sillón se quedó mirando a Tom.

—Bien, Fenwick —exclamó al fin—. Supongo que Von Zuler le habrá puesto al corriente de su teoría, y lamento mucho, muchísimo, reconocer que parece estar en lo cierto. ¡Esos canallas! ¡Santo cielo, malditos canallas!

En su frente latía un pequeño tic y levantó la mano como si tratara de controlarlo.

—La llamada era del cuartel general de Policía de Alemania Oriental. Dicen que han registrado al centímetro la línea entre Magdeburg y la frontera y que no hay el menor rastro de su hijo. El individuo con el que he hablado, un tal coronel Behr, ha insinuado que toda la historia era un embuste; un truco occidental para desacreditar a su gobierno.

Baxter, haciendo una pausa, se sonó con violencia.

—En efecto, comandante, me temo que tan sólo existen dos alternativas posibles. Su hijo ha sido secuestrado o bien se ha esfumado completamente.