Una lápida para Danny Fisher

Harold Robbins · Capítulo 19 de 71

Páginas del PDF

Una lápida para Danny Fisher

Día de mudanza. 1 de diciembre de 1932

Las cosas iban mal. Todo andaba mal, nada marchaba bien. Lo supe al minuto de subir del metro BMT en la avenida Church en vez de caminar a casa. Cuando me levanté esa mañana sentía un fuerte ardor en todo el cuerpo, como si alguien me hubiera golpeado en el plexo solar y fuese empeorando a lo largo del día. Ahora sentía que el dolor se hacía general. Iba hacia casa desde el colegio pero, en realidad, ya no iría a casa nunca más.

Había un expreso en la estación en el momento en que yo bajaba la escalera y, automáticamente, corrí hacia él. Me subí justo en el instante en que se cerraban las puertas. No había asientos libres y me apoyé contra la puerta del otro lado. Esa puerta se abría solamente una vez en el trayecto, en la avenida Atlantic, por lo que podría estar allí bastante tiempo sin ser molestado.

Hacía frío en el tren y me subí el cuello de mi chaqueta de piel de oveja. Había nevado hacía pocos días, pero las calles estaban limpias ya. Quedaban restos de nieve entre las vías férreas, frente al parque Prospect. El túnel se cerró a nuestro alrededor, ahogando la luz del día. Lancé un profundo suspiro, tratando de librarme de la opresión que sentía dentro de mí. No me ayudó. En todo caso, la acentuó todavía más.

Esa misma mañana, las cajas y cajones estaban a mi alrededor, pero las extrañas y desiertas habitaciones me recordaron algo: era día de mudanza. Había dejado mi habitación sin mirar atrás, con Rexie pisándome los talones. Quería olvidarme de todo, olvidarme que había sido lo bastante infantil como para creer que de verdad aquella era mi casa. Pero ya tenía edad suficiente para saber que ese es el tipo de cuentos que se suele decir a los chicos.

De pronto, la luz del día volvió a invadir el tren. Miré a través de la ventanilla; estábamos en Puente Manhattan. La próxima parada sería la mía, calle del Canal. Allí tenía que hacer transbordo al tren de Broadway-Brooklyn. El tren volvió a penetrar en el túnel y las puertas se abrieron poco después. Esperé unos minutos la llegada del otro tren, solamente eran las cuatro menos cuarto cuando salí a la esquina de Essex con Delancey.

Era como un mundo diferente. Las calles estaban atestadas de personas moviéndose continuamente, hablando en muchos idiomas. Había vendedores ambulantes gritando en las esquinas, frente a una pequeña mesa portátil con la mercancía, prontos a salir corriendo en cuanto apareciera un policía. Hacía frío, pero muchos iban sin abrigo y sin sombrero, las mujeres llevaban chales ceñidos a sus hombros. En todo lo que me rodeaba podía escuchar la baja y enmudecida voz de la pobreza. La risa no abundaba en las calles, a excepción de los niños, y aun ellos veían limitada su alegría.

Caminé por la calle Delancey, pasé frente a las tiendas de baratillo con su miserable mercancía, pasé frente al cine con su gran letrero anunciando la función de la tarde, a diez centavos la entrada. Doblé hacia la izquierda, por la calle Clinton, y caminé dos manzanas hacia Stanton, con la cabeza baja. No quería mirar a mi alrededor, y continuamente sentía un peso en la boca del estómago, que parecía aumentar hasta llegar a mi garganta.

De pronto, alcé la vista. Allí estaba: una casa vieja y gris, con angostos y oscuros ventanales en sus cinco pisos. Una pequeña escalinata llevaba a su entrada, y a cada lado de ella había una tienda. Una era una sastrería, con las ventanas oscuras y cubiertas de polvo; la otra estaba vacía.

Lentamente, con desgana, subí los escalones. Al llegar arriba, me volví para mirar la calle. Era el lugar donde íbamos a vivir. Una mujer salió de la casa y me apartó de su camino; desprendía un fuerte olor a ajo. Cruzó la calle hacia uno de los vendedores y comenzó a regatear con él.

Me volví y entré en el edificio. El vestíbulo estaba oscuro y tropecé con algo que había en el suelo. Maldiciendo, me incliné para ponerlo en su sitio. Era una bolsa de papel llena de basura y desperdicios. La dejé caer rápidamente en el lugar que la había encontrado y comencé a subir la escalera.

Tres tramos, y, en cada descansillo, veía la bolsa de papel frente a la puerta, esperando que el basurero pasara a recogerla. El pesado olor a grasa cocinándose flotaba en la escalerilla. Sabía cuál era nuestro piso por las cajas que estaban frente a la puerta. Golpeé en ella.

Mamá abrió. Nos miramos mutuamente durante algunos segundos sin hablar. Entré en el apartamento. Mi padre estaba sentado a la mesa.

Escuché la voz de Mimí que venía desde dentro.

Yo estaba en la cocina, cuyas paredes estaban pintadas de un blanco sucio, esforzándose por ocultar la suciedad. Las cortinas de un color amarillo fuerte que mamá acababa de poner en la pequeña ventana al lado de la mesa, daban a la habitación una forzada nota de alegría. Ella me miró con ansiedad. Yo no sabía qué decir. En ese momento, Rexie llegó procedente de otra habitación, moviendo su cola y me arrodillé para acariciarla.

—Es muy bonito —dije sin alzar la vista.

El silencio se mantuvo durante unos momentos, y, por el rabillo del ojo, pude ver la mirada que cruzaban papá y mamá. Finalmente, mamá habló:

—No está tan mal, Danny. Será por poco tiempo, mientras tu padre se recupera. Ven, te enseñaré el resto del apartamento.

La seguí por las habitaciones. No había mucho que ver, nunca lo hay en un apartamento de cuatro habitaciones. La mía era casi la mitad de grande que mi antiguo dormitorio, y su dormitorio no era mucho mayor. Mimí tendría que dormir en el sofá-cama de la salita.

No dije nada mientras miraba. Todas las habitaciones estaban cubiertas con la misma pintura blanca de triste tono. ¿Qué podía decir? El alquiler era bajo y eso bastaba; veintiocho dólares al mes con calefacción y agua caliente.

Volvimos a la cocina. Rexie me seguía continuamente. Mi padre que estaba sentado fumando un cigarrillo no había pronunciado una palabra, sin embargo, en ese momento sus ojos se posaron en mí.

Acaricié una oreja del animal.

—¿Molestó en algo Rexie? —le pregunté.

Negó con un movimiento de cabeza.

—En absoluto —dijo en tono formal.

Su voz sonó diferente, no era como la de antes, se la notaba insegura.

—Es mejor que la saques a dar un paseo, Danny —dijo mi madre—. No ha salido en todo el día. Creo que está un poco atemorizada.

Me alegró tener algo que hacer. Llegué hasta la puerta y la llamé.

—Lleva la correa, Danny, es un vecindario extraño y puede perderse —me aconsejó mi padre, alcanzándomela.

—Sí, tienes razón.

Rexie y yo salimos al oscuro pasillo y comencé a bajar la escalera.

A mitad del primer tramo, me di cuenta que no me seguía. Estaba al comienzo de la escalera, mirándome. La llamé.

—Vamos, pequeña.

No se movió. La llamé de nuevo. Se echó en el suelo, mirándome, moviendo la cola, nerviosa. Me acerqué a ella y enganché la correa en el collar.

—Ahora, vamos —le dije—, no temas.

Al bajar la escalera me siguió con cautela. En cada descansillo tenía que obligarla a seguirme por el próximo tramo. Finalmente, llegamos a la escalinata de salida, en donde se quedó contemplando la calle. De pronto, trató de correr hacia el pasillo. La correa se lo impidió y se echó al suelo. Me arrodillé a su lado y cogí su cabeza entre mis manos. Pude notar que su cuerpo temblaba. La tomé en brazos y bajé con ella la escalinata. En la calle, ya no estaba tan asustada, pero, al dirigirnos hacia la calle Clinton, se mantuvo alerta, mirando a un lado y a otro con aspecto aprensivo. El ruido del tráfico la aterrorizaba.

Más abajo, el tráfico disminuyó y decidí pasear con ella por esa parte. Frente a una pastelería esperé el cambio de luces. Un camión pasó haciendo fuerte ruido y ella tiró desesperadamente de la correa. Podía escuchar su respiración entrecortada por el tenso collar. La cola metida entre sus patas. Estaba verdaderamente asustada. Al inclinarme para darle ánimos, escuché una risa burlona y miré por encima del hombro.

Frente a la pastelería había tres chicos, más o menos de mi edad. Uno de ellos se reía del temor de Rexie. Se dieron cuenta que los observaba.

—¿Qué sucede, amigo? —dijo con burla el chico que reía—. ¿Tiene miedo la ovejita?

—No más que tú, amigo —le repliqué sarcástico, tratando aún de calmarla.

Los otros dos enmudecieron ante mi respuesta. Parecían estar pendientes del chico a quien yo había contestado. Él les dirigió una mirada de comprensión durante unos segundos y luego se aproximó hacia mí contoneándose. Ya conocía esa actitud. Tendría que hacer buenas sus palabras. Sonreí interiormente. Se llevaría una sorpresa. Comencé a sentirme mejor; la proximidad de la violencia pareció apaciguar el dolor en mi estómago.

Se detuvo ante mí. Inclinado aún al lado de Rexie, alcé la vista hacia él, mientras con mis manos intentaba calmar a la perra.

—¿Qué dices, amigo? —preguntó muy despacio.

Sonreí ligeramente.

—Ya me has oído la primera vez, amigo —le repliqué, imitando el tono de su voz.

Iba a incorporarme. Vi llegar su pie, pero no pude moverme con la suficiente rapidez. Me dio de lleno en la boca y caí de espaldas sobre la acera. La correa se soltó de mis manos. Me estiré desesperadamente para agarrarla, pero no alcancé a hacerlo. Sacudí la cabeza un poco atontado; entonces, escuché el grito.

Me puse rápidamente de pie. Había olvidado la pelea, Rexie corría por el medio de la calle entre el tráfico, sorteando los coches alocadamente.

—¡Rexie! —le grité.

Se desvió de su trayectoria y volvió hacia mí. Escuché su agudo aullido al desaparecer bajo las ruedas de un pequeño camión de reparto que doblaba la esquina a toda velocidad para alcanzar la luz verde. Corrí hacia ella. Aulló otra vez, pero más débil. Estaba tendida de costado sobre el bordillo de la acera, su pecho agitado, su hermosa piel marrón cubierta de sangre y polvo. Me arrodillé a su lado.

—¡Rexie! —grité, con voz ahogada.

Al recogerla, se le escapó un suave quejido, casi un susurro. Sus ojos eran dulces y miraban con pena. Su lengua colgaba fuera de su boca y la pasó suavemente por mi mano, dejando una huella de sangre.

La tenía apretada contra mi cuerpo, su cuerpo temblaba. De pronto, emitió un sonido entrecortado y quedó inmóvil. Sus patas colgaron flácidas contra mi cuerpo. La luz había abandonado sus ojos.

—Rexie —supliqué.

No podía creerlo. Tenía tanta vitalidad, era tan hermosa.

—Rexie, mi niña.

Un hombre abriéndose camino entre las personas que se habían reunido, con el rostro pálido, exclamó:

—¡Jesús!, chico, no alcancé a verla.

Lo miré durante unos segundos sin verlo. Todo lo que recuerdo de él es que su rostro estaba blanco, hada más. Me dirigí, hacia casa llevando en brazos a Rexie. La gente se apartó de mí en silencio. No podía llorar.

Mis ojos ardían, pero no podía llorar. Llegué ante la escalinata, en el oscuro pasillo, por la extraña escalera con olor desagradable; después, frente a mi puerta. La abrí de una patada.

Mamá se levantó del asiento con un grito de alarma.

—¡Danny! ¿Qué ha sucedido?

La miré torpemente. Durante unos momentos, no pude hablar. Papá y Mimí habían llegado corriendo a la habitación cuando la escucharon gritar. Estaban todos frente a mí, observándome.

—Está muerta —dije por fin. No reconocí mi propia voz. Era ronca y áspera—. La atropellaron.

Frente a mí, en el suelo, había una caja de cartón. Me arrodillé y la puse dentro de ella con sumo cuidado. Cerré la tapa, despacio, y me puse de pie.

Mimí tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Cómo sucedió?

Tuve envidia de sus lágrimas. Hubiera querido llorar; quizá así me sentiría mejor. La amargura subió a mi garganta.

—Sucedió —dije secamente—. ¿Qué importa cómo?

Limpié la sangre de mis manos en la pila de la cocina y me las sequé en un paño. Recogí la caja de cartón y me dirigí a la puerta.

La voz de mi padre me detuvo.

—¿Adónde vas?

—A enterrarla —contesté fuertemente—. No puedo guardarla aquí.

Su mano estaba sobre mi hombro, sus ojos mirando los míos.

—Lo siento, Danny —su voz estaba llena de ternura.

Sus ojos reflejaban comprensión, pero no tenía importancia, ya nada importaba.

Aparté su mano de mi hombro.

—Deberías ser tú —dije con amargura, acusador—. Es culpa tuya. Si no hubieras perdido la casa y no hubiéramos tenido que mudarnos, esto nunca habría sucedido.

Vi un estallido de dolor en su mirada y su mano cayó a un costado.

Salí al pasillo y cerré la puerta tras de mí. Era culpa suya. No tenía que haber perdido la casa.

Subí al trolebús Utica-Reid en la plaza, bajo el puente, sostuve la caja de cartón sobre mis rodillas durante todo el trayecto a través del puente, a lo largo de Williamsburg, y finalmente por Flatbush. Me apeé en Clarendon Road, la caja se hacía pesada en mis manos mientras caminaba por las familiares calles. En mi mente podía verla corriendo tras de mí. Veía su maravillosa piel y sentía su suavidad al acariciarla detrás de las orejas. Por último, sentía la humedad de su lengua lamiendo mis orejas cuando me inclinaba para recibirla.

Era ya de noche cuando llegué a la casa. Me detuve en la calle, frente a ella. Sus ventanas parecían abrirse, desiertas. Solo hacía horas que nos habíamos mudado y ya había tomado un aspecto triste y desolado. Miré arriba y abajo de la calle por si alguien me había visto. Estaba desierta.

Algunas luces se veían en la casa de los Conlon, pero, al pasar por la entrada de coches, nadie me oyó. Llegué al patio trasero y puse la caja en el suelo. Estaba bien hecho. Ahí era donde ella había vivido, ahí debía descansar. En donde había sido feliz.

Miré a mi alrededor. Necesitaría una pala para cavar un hoyo. Quizá aún estaría la pala en el sótano, la que empleábamos para alimentar la calefacción. Me dirigí hacia la casa. Me detuve y volví por ella. No le gustaba quedarse sola.

Aún tenía la llave en mi bolsillo y abrí la puerta. Llevé la caja al interior y la puse frente a la cocina. La casa estaba a oscuras, pero yo no necesitaba ninguna luz. La conocía palmo a palmo.

Bajé al sótano y encontré la pala apoyada contra el depósito de carbón, donde estaba siempre; la cogí y volví a subir la escalera. Iba a llevarla fuera mientras cavaba su tumba, pero cambié de opinión y la dejé donde estaba. Siempre había tenido miedo de la pala.

Cavé tan en silencio como pude; no quería que nadie me oyera. El aire frío de la noche se hacía sentir contra mi rostro, pero no me importaba. Estaba sudando bajo mi chaqueta de piel de oveja. Cuando el hoyo fue lo bastante grande para ella, volví a la casa, recogí la caja y me la llevé fuera. La deposité suavemente en el suelo. Al levantarme para coger la pala, un pensamiento cruzó mi mente. ¿Y si no estaba muerta? ¿Y si aún vivía?

Me arrodillé y levanté la tapa de la caja, puse mi oído muy cerca de esta y escuché. No se oía nada, pero aún no estaba seguro. Introduje mi mano en la caja y toqué su hocico. El calor había abandonado su cuerpo. Muy despacio, cerré la caja y me puse de pie.

Las lágrimas acudieron a mis ojos al cubrirla de tierra. ¿Se les dicen oraciones a los perros? No lo sabía, pero recé por ella. Salió de mis labios silenciosamente en la oscuridad y, finalmente, la tierra la cubrió. Nivelé el suelo con mis pies. La luna había salido y su pálida luz proyectaba fantasmagóricas sombras en el patio. A ella le gustaba el tiempo frío, le daba energías y ganas de correr. Deseé que le gustara el clima dondequiera que se encontrara.

No sé cuánto tiempo permanecí con la pala en la mano; estaba helado cuando me alejé. Las lágrimas resbalaban silenciosas por mis mejillas, pero yo no estaba llorando.

Volví a entrar en la casa y, sin pensarlo, subí a mi habitación. Puse la pala contra la pared y me dirigí hacia donde había estado mi cama.

Bajo el rayo de luna que penetraba por la ventana pude ver la mancha que había dejado Rexie en el suelo, debajo de la cama, en donde ella dormía. Me tendí en el suelo y lloré. El amargo sabor de mis lágrimas penetró en mi boca mientras mi cuerpo estaba respondiendo al dolor que sentía. Al fin, me sentí agotado y me puse de pie torpemente. Sin mirar atrás, abandoné mi habitación y bajando la escalera salí a la calle.

El gordo de Freddie Conlon estaba llegando a su casa cuando yo salía del sendero de coches. Me miró con sorpresa.

—¡Danny! ¿Qué haces aquí? —preguntó—. ¿Dejaste olvidado algo?

Lo aparté de mi camino, sin responder, dejándole en la calle tras de mí. Sí, había dejado algo. Más de lo que yo hubiera podido imaginar.

El reloj de la joyería que había cerca de la esquina de las calles Clinton y Delancey indicaba las nueve cuando volví. Caminaba como en sueños. La muchedumbre pasaba por mi lado, había confusión y ruido, pero yo no veía ni oía nada. Mi cuerpo parecía vibrar con una angustia profunda y el lado de mi rostro que había sido golpeado me dolía.

Estaba ante la escalinata de la casa cuando, de pronto, desperté. Tuve conciencia del ruido del tráfico, las voces de la gente. Miré a mi alrededor como si estuviera viendo aquello por primera vez. La luz frente a la pastelería de la esquina me atrajo. Aún había algunos chicos que vagaban delante de ella. Bajé la escalinata de nuevo y me dirigí hacia la esquina.

Allí me detuve y observé a la pandilla que estaba frente a la tienda. A él no le vi. Después de observarlos cuidadosamente durante algunos minutos, estaba por alejarme cuando lo divisé, dentro del establecimiento, sentado ante el mostrador bebiendo un ponche.

Entré en la confitería muy despacio. Estaba de espaldas a la puerta y no me vio. Toqué levemente su hombro. Se volvió. Una expresión de rápido conocimiento apareció en su cara.

—Fuera —le indiqué con la mano.

Me observó, después miró a los otros chicos de la tienda. No le di tiempo a pensar; le toqué el hombro con más energía.

—Fuera —repetí en voz baja y ronca.

Apartó la bebida y se puso en pie.

—Guarda esto, Moishe —dijo al que estaba en el mostrador en tono divertido—. Volveré dentro de un minuto.

Cogí el vaso y lo vacié en la pila que había detrás de la barra. El ponche se mezcló con el agua sucia.

—Olvídalo, Moishe —dije con el mismo tono de voz—. No podrá bebérselo.

Volviéndome salí a la calle. Sus pasos resonaron tras de mí sobre el suelo de madera. En la esquina me detuve y me volví.

—Levanta las manos —le dije en tono alterado.

Me observó un instante, luego se acercó mucho a mí. Sus labios dejaban entrever sus dientes al sonreír haciendo una mueca.

—Duro, ¿eh? Crees que eres duro, ¿eh? —se mofó.

El estúpido dolor que estaba sintiendo durante todo el día en mi estómago pareció estallar.

—Sí, creo que soy lo sufic… —comencé a responder cuando de repente, recordé.

Me eché atrás con ligereza pero no con la suficiente rapidez. Su rodilla me golpeó en la ingle y su puño cruzó mi rostro. Caí hacia delante, apoyando las manos y las rodillas. Vi su pie lanzándose contra mi rostro y traté de apartarme hacia un lado. El tacón de su bota me golpeó detrás de la oreja y caí al suelo todo, lo largo que era.

El ruido del tráfico parecía venir de muy lejos, mi cabeza daba vueltas de extraña manera. La sacudí y me puse de rodillas de nuevo. Se estaba riendo.

—Eres duro, ¿verdad?

Me afirmé a una boca de riego cercana y traté de levantarme. Sacudí la cabeza otra vez. Se estaba aclarando rápidamente y pude sentir el sabor de la sangre en mi boca.

Seguía riendo, insultante.

—¿Crees que eres duro ahora? ¿Eh, fanfarrón?

Lo observé con cautela, aún apoyado en la boca de riego. Que siguiera hablando, me hacía un favor. Me estaba dando tiempo. Podía sentir cómo la fuerza volvía a mis piernas.

Se aproximó a mí muy despacio, deliberadamente, tomándose mucho tiempo. Estaba muy seguro.

Tratando de ganar más tiempo aún, di la vuelta alrededor de la boca de riego. Todo lo que necesitaba eran unos segundos más. Por primera vez agradecí a Sam que me hubiera enseñado a guardar mis energías y cómo recuperarlas.

Él se detuvo.

—¿Cobarde también? —preguntó despreciativo—. ¡Como tu perro! Me alejé de la boca de riego. Ya estaba bien. Me enfrenté a él. Se adelantó hacia mí fintando con su derecha. No lo sabía, pero ese fue su segundo error; el primero había sido darme tiempo.

Con mi izquierda aparté su derecha violentamente, la mía se hundió hasta el puño en su vientre, justamente bajo el cinturón. Se dobló hacia delante, cruzando las manos donde había recibido el golpe, y le di un gancho con la izquierda en plena mandíbula. Se volvió medio de costado y, tambaleándose, cayó. Le golpeé varias veces en el rostro y en el mentón antes que cayera al suelo.

Quedó tendido a mis pies. Me incliné sobre él. Debía haber sido fuerte como un caballo, estaba tratando de ponerse de pie. Le di una patada en un lado de la cabeza y volvió a caer.

Le observé durante algunos segundos; después, di media vuelta y me alejé. Por primera vez advertí la muchedumbre que se había reunido en torno nuestro. Solo sentí un ruido a mi espalda.

Me volví rápidamente. Estaba de pie tras de mí. Algo brillante que llevaba en su mano alzada se abatió contra mí al saltar yo de lado. Sentí algo cortante sobre mi hombro. Era una navaja automática. Pasó a mi lado con ímpetu y yo le golpeé en la nuca con la mano.

La muchedumbre que había frente a él se apartó y fue a dar contra el muro del próximo edificio. Lo seguí con rapidez. No podía darle la oportunidad de que se volviese.

Le cogí la mano que empuñaba la navaja y di un fuerte tirón hacia mí. Gritó. Tiré de nuevo y la navaja cayó con un ruido sordo sobre la acera. La aparté con el pie y le hice girar. Su rostro estaba contraído por el dolor y el miedo. Sus ojos le saltaban de las órbitas. Sostenía la cabeza contra la pared del edificio, y comencé a golpear su rostro con mi puño libre.

Una violencia salvaje me invadió, una alegría inhumana. Por primera vez en mi vida, me gustaba pelear. Mi primer puñetazo le aplastó la nariz contra el rostro. Pude oír cómo el hueso crujía. Gritó de nuevo.

Riendo con sarcasmo le di en la boca. Al abrirla para respirar, vi el hueco que unos dientes habían dejado. Yo estaba contento. Nunca me había sentido así antes. La sangre corría por un lado de su cara. Quería hacerle un charco de sangre. No deseaba que tuviera su cara como era. Una nube roja oscureció mi vista y seguía riendo y golpeándole, gritando de felicidad.

Sentí cómo unas manos me apartaban de él. Luché por evitarlo. De pronto, un dolor en la nuca me aturdió y comencé a sentirme débil. Lo solté y cayó tendido a mis pies. Unas manos apretaban mis brazos contra mis costados. Alcé la vista para ver quién me sujetaba. Al disiparse la nube roja que enturbiaba mis ojos, vi el uniforme azul marino de un policía.

Me llevaron detenido hacia la comisaría de Williamsburg Bridge y me encerraron en una celda. Un hombre entró a verme, un doctor, y puso esparadrapo en la herida que me había hecho con la navaja. Después, me dejaron solo.

Permanecí allí cuatro horas sin que nadie volviera de nuevo a mi celda. Estaba cansado, pero no podía dormir. Mis párpados se hacían pesados, pero no podían cerrarse. Todo lo que pude hacer fue pensar. Lo único que podía ver era un pequeño cachorro de piel marrón que trataba de escalar la pendiente de una gran zanja, detrás de mí.

La puerta de la celda se abrió con un sonido metálico. Un policía apareció en ella.

—Tu padre ha venido a buscarte, chico —me dijo con amabilidad.

Me puse en pie y recogí mi chaqueta, que estaba sobre el camastro. Sentí como si hubiera realizado esa acción otras muchas veces. Muy despacio, lo seguí por el corredor pintado de gris hasta la escalera. Abrió la puerta y me indicó que entrara. Mi padre y un hombre estaban sentados allí.

Papá, de un salto, se puso de pie.

—He venido para llevarte a casa, Danny —dijo.

Me quedé allí mirándole vacíamente. ¿A casa? ¿A ese lugar? Eso nunca será mi casa.

El hombre que estaba con mi padre se puso de pie y me miró.

—Has tenido suerte, chico, que averiguásemos lo que sucedió. El muchacho que golpeaste estará en el hospital durante semanas. Pero es un verdadero gamberro y quizá nos hiciste un favor. Vete ahora y no nos causes más problemas.

Sin decir nada, me dirigí hacia la puerta. Tras de mí oía la voz de mi padre agradecer al hombre lo que había hecho. Salí a la calle; entonces, mi padre me alcanzó. Frente a la calle Delancey esperamos el cambio de luz del semáforo.

—Tu madre y yo estábamos asustados, Danny. No sabíamos lo que te había sucedido.

Su voz era áspera, pero trataba de hablar con lentitud. Su rostro, generalmente sonrosado, se veía pálido a la luz de las farolas. Me parecía haber escuchado esas palabras antes. En otro momento, en otro lugar. No respondí.

Cambió la luz y cruzamos la calle. En la otra acera trató de entablar conversación de nuevo.

—¿Por qué lo hiciste, Danny?

Su rostro estaba angustiado. Algo había sucedido que él no comprendía.

—No es digno de ti hacer una cosa semejante.

Quizá antes no, pero todo era diferente. Estaba en un mundo diferente y quizá yo fuera un Danny Fisher diferente también. No lo sabía. Continué sin responder.

Trató de hablar una vez más y después quedó en silencio. Caminamos dos manzanas y volvimos hacia nuestra calle. En la esquina, vacilamos durante unos momentos, cruzamos nuestras miradas y, rápidamente, las desviamos.

La calle estaba desierta, sucia y cubierta por los desperdicios dejados durante el día. Nuestros pasos resonaban sobre la acera.

Había comenzado a nevar. Me subí el cuello de la chaqueta. Por el rabillo del ojo pude ver a mi padre caminando a mi lado. Fue entonces cuando comprendí vagamente lo que ocurriría: mi padre y yo éramos unos extraños que caminaban silenciosamente bajo la noche.