Una obsesión

Jennie Lucas · Capítulo 7 de 12

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Una obsesión

Capítulo 7

 

VIN TARDÓ un momento en recordar lo sucedido. Se acababa de despertar, pero fue plenamente consciente de todo cuando Scarlett se movió a su lado, cálida y suave.

La había excitado deliberadamente, para que se volviera loca de deseo e hiciera el amor con él. Pero ella no era la única persona que había perdido el control. Y al pensar en ello, se preguntó si se podía enamorar de Scarlett.

No, se dijo. De ninguna manera. Era un simple asunto de placer sexual, y no podía ni debía ser otra cosa. Sus dudas se debían al lugar donde estaba: Italia, la casa de su padre, una casa que le recordaba su antigua forma de ser, cuando era un joven que solo quería un hogar y alguien que lo quisiera.

Por suerte, había cambiado. Se había endurecido. Se había vuelto más listo. Y ahora sabía que su hogar podía estar en cualquier parte, empezando por cualquiera de las casas que tenía en propiedad. Ni siquiera recordaba la cifra exacta. Las compraba como inversión, pero también por conveniencia, y todas tenían el mismo aire espartano y moderno y la misma ausencia de elementos personales.

En cierta manera, se podía decir que sus casas coincidían con su concepto de las relaciones amorosas. Para él, el amor era algo sí como una decoración chabacana, algo tan inapropiado como unos volantes de color rosa o el chintz victoriano.

Súbitamente, tuvo una sensación parecida al vértigo. Como si volviera a ser el chico vulnerable y cariñoso que había sido, un chico que anhelaba cosas que no tenían nada que ver con el dinero. Y una vez más, se dijo que era culpa de aquel lugar. Pero cambió de opinión cuando volvió a mirar a Scarlett.

¿A quién estaba mintiendo? No era el lugar. Era ella. Y no se podía permitir el lujo de perder la cabeza. Tenía que mantener el aplomo y atenerse al plan trazado. Solo se trataba de casarse y de enamorarla para que firmara el acuerdo. Nada más y nada menos.

Pero ya no estaba seguro de poder atenerse a ese plan.

 

Los Borgia estaban equivocados. Aunque Giuseppe fuera alcalde de la localidad, las bodas implicaban formalidades que no se podían evitar por muchos contactos políticos que se tuvieran. Y, en lugar de casarse al tercer día, tuvieron que esperar al cuarto.

Cuatro días.

Cuatro días de estar constantemente con la preciosa, intuitiva e inteligente Scarlett y con un grupo de personas maravillosas que se creían familiares suyos. Cuatro días de escuchar las explicaciones de María sobre la maravillosa boda que les estaba organizando. Cuatro días de dar largos paseos al sol de la Toscana y de degustar comidas exquisitas.

Una tarde, se puso a llover. Vin y Scarlett se quedaron en la casa y, de repente, ella dejó el libro que estaba leyendo y se ofreció a enseñarle el arte de robar carteras. Por supuesto, él agradeció la lección y, a cambio, se ofreció a enseñarle a pelear.

–No hace falta. Mi padre me enseñó cuando era pequeña –dijo–. De hecho, practiqué mi directo en la cara de Blaise.

–Conociéndote, no me extraña en absoluto. Pero te enseñaré a zafarte de alguien que te agarre por detrás. Sospecho que tu padre no te lo enseñó.

Vin sonrió al recordar aquellas lecciones, que siempre terminaban en la cama. No estaba acostumbrado a vivir así. Trabajaba dieciocho horas al día, y eso es lo que habría estado haciendo en otras circunstancias. Pero, en lugar preparar la compra de Mediterranean, había llamado a su ayudante para que viajara a Roma y se encargara del asunto, quedándose él sin más compromiso que el encuentro con Salvatore Calabrese, su contraparte.

Sin embargo, se dijo que tampoco tenía importancia. Hasta él merecía unas vacaciones, si es que lo eran. A fin de cuentas, se suponía que no estaba allí por diversión, sino para conseguir que Scarlett se enamorara de él y firmara el acuerdo posmatrimonial.

Esa era la idea, aunque ya no estaba tan seguro de lo que quería.

Tras cuatro noches de explorar su cuerpo y hacer el amor en todas las posiciones posibles o, al menos, en todas las posiciones posibles para una embarazada de ocho meses, su corazón se había empezado a rebelar. Además, se llevaban muy bien. Tenían muchas cosas en común, y solo habían discutido una vez, por un asunto menor: él quería que el niño se llamara John o Michael, y ella quería que se llamara Giuseppe.

Fuera como fuera, su plan había sido un éxito. Scarlett se estaba enamorando de él. Y Vin llegó a pensar que se habría enamorado de él en cualquier caso, como la mayoría de las mujeres que se cruzaban en su camino. No era arrogancia, sino la simple y pura constatación de un hecho. Era tan rico, sexy y poderoso que se enamoraban de él sistemáticamente, con una rapidez desconcertante.

Pero Scarlett era distinta.

Para empezar, no buscaba su fortuna. De hecho, desconfiaba de su dinero porque sabía que él lo podía usar como instrumento de manipulación. Y eso demostraba otra cosa: que era una mujer muy inteligente, lo cual aumentaba su atractivo.

Ahora bien, conseguir el amor de Scarlett no era tan fácil como llevarla a la cama. Implicaba abrir su corazón y compartir sus sentimientos con ella.

Aún se estremecía al recordar la conversación que habían mantenido la noche anterior, mientras paseaban entre los cipreses del jardín. Súbitamente, Scarlett se giró hacia la mansión y preguntó sin más:

–¿Por qué te fuiste a Nueva York cuando falleció tu madre? Solo tenías quince años. ¿Por qué no viniste aquí?

Vin se puso tenso. Si hubiera podido, habría hecho algún tipo de comentario sarcástico o le habría dicho que no era asunto suyo. Pero no podía ser tan insensible. Además, Scarlett se habría dado cuenta de que le estaba ocultando algo importante. Y, como tampoco podía decir la verdad, optó por contar la parte menos problemática, aunque no fuera el motivo real.

–Yo soñaba con tener mi propia empresa, y pensé que mi tío me podría ayudar. Iacopo Orsini era un abogado importante, que trabajaba para grandes compañías –dijo–. De hecho, me ayudó mucho.

Vin prefirió no añadir que Iacopo había hecho algo más que ayudarlo a fundar su primera compañía: le había demostrado que se podía trabajar día y noche, sin cosas tan irrelevantes como los amigos, la familia y el amor.

–Ah –dijo ella, cuyos ojos se apagaron un poco–. Supongo que tiene su lógica.

–A mí me sirve –replicó, sintiéndose en la necesidad de justificarse–. Mi empresa me da sensación de control. Puedo ir a cualquier parte, hacer cualquier cosa y ser quien me apetezca ser.

–¿Ese es tu concepto de la libertad?

–Sí.

–Pues el mío no se parece demasiado. No entiendo la libertad sin amor. Necesito un hogar, una familia, gente que me quiera.

Sus miradas se encontraron a la luz de la luna y, durante unos segundos, Vin estuvo a punto de decirle la verdad. Pero era un riesgo que no estaba dispuesto a asumir.

–Ven –dijo bruscamente–. Volvamos.

Al día siguiente, Vin se seguía sintiendo vulnerable, expuesto, débil. Y no le gustaba nada. No quería pasar otra vez por eso.

Scarlett tenía que firmar el acuerdo cuanto antes. Era la única forma de recuperar el control.

Pero lo primero era lo primero.

Había llegado el día de su boda.

Vin miró a su novia mientras Giuseppe, que ejercía de alcalde de Borgierra, pronunciaba las palabras que los convertirían en marido y mujer. Detrás, estaban Joanne, María y varios amigos y familiares de los Borgia; pero Vin no les prestó atención: solo tenía ojos para la bella criatura de ojos verdes que parecían brillar bajo el sol.

Scarlett llevaba un sencillo vestido de color crema que habían comprado en Milán y ajustado posteriormente. Se había dejado el pelo suelto, aunque con un tocado de redecilla, y no llevaba más adornos que los pendientes que él le había regalado. María quería que llevara un ramo de azucenas, pero ella se negó con el argumento de que olían mal y de que, además, costaban una fortuna.

Vin sonrió para sus adentros al recordar la anécdota. Tenía gracia que Scarlett se preocupara por el precio de unas simples flores cuando sus pendientes y su anillo valían cientos de miles de euros.

En lugar de azucenas, había optado por unas otoñales flores de campo. Y él estaba encantado con la elección, porque se parecían a ella. El escaramujo tenía el color de su pelo, el color de la pasión; pero el rosal silvestre, la planta de la que era fruto, también tenía un elemento muy propio de su carácter: espinas.

–Puedes besar a la novia –dijo Giuseppe.

Scarlett lo miró a los ojos, y él se sintió borracho de felicidad. Pero la felicidad se le atragantó cuando cayó en la cuenta de lo que había pasado la última vez que había sido verdaderamente feliz.

No lo podía olvidar. Estaba en el mismo sitio, en la misma casa. Giuseppe y Joanne le pidieron que se quedara a vivir con ellos. Y una semana después, lo había perdido todo.

–Puedes besarla, hijo –repitió Giuseppe, sonriendo.

Vin bajó la cabeza y besó a su flamante esposa sin saber qué pensar. ¿Qué era ese matrimonio? ¿Una bendición? ¿Una maldición?

La gente empezó a aplaudir, y él se quedó sin aliento al ver los rostros de Giuseppe, Joanne, María y, sobre todo, Scarlett. Tenía la sensación de que no merecía su cariño, y de que se lo habrían retirado si hubieran sabido la verdad.

Vin, que llevaba esmoquin, se aflojó la pajarita negra. El amor de aquellas personas era tan abrumador que le daba miedo.

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