Una vida más verdadera
Capítulo I
El mensaje dice hola, soy P., me gustaría verte. O algo parecido. Lo mandó a mi cuenta de Facebook hace dos años, pero se guardó en un lugar donde no lo vi. Estuvo dos años ahí sin que yo lo supiera. Un día alguien me habla de esa opción que yo desconocía y que manda mensajes a un lugar donde no los leo. Recupero noventa y nueve mensajes. El de él está ahí. Hace treinta años que no nos vemos —veinte, porque él me va a recordar que una vez nos cruzamos — y me mandó un mensaje que estuvo dos años en ese lugar que no es físico pero es como si lo fuera, un cajón que no sé dónde queda. Los treinta años de no verlo no me parecen más que los dos últimos. Le escribo y me pide el teléfono como si para él esos dos años no tuvieran la menor importancia. Me llama. Nos ponemos a hablar y siento que estamos retomando algo que apenas ayer nos quedó por el camino.
Mi hija está en mi cuarto y me voy a hablar al living. Bajo la voz. Pongo la voz con la que les hablo a algunos hombres. Es una voz juguetona, despreocupada. Miente, porque es solo de ese momento y después la atropellan otras cosas, pero no la manejo, toma el mando, como si yo pudiera ser así de manera permanente. Como si ser yo hablando con un hombre pudiera ser así de fácil.
Sigue casado. Yo sabía que se había casado. Le digo que hace treinta años que no nos vemos y me cuenta esa vez que nos vimos y yo no recordaba. Dice que fue en un bar donde tocaba un trío, que él se acercó a saludarme y le dije ¿tantos años sin vernos y me vas a saludar así? No me acuerdo de haberle dicho eso, pero cuando lo dice me viene la escena, él inclinado sobre mí, su formalidad, mi conmoción. Se lo debo haber dicho con la voz juguetona. La voz juguetona es muy seria con algunos sentimientos. Y él fue mi primer amor. Ahora tiene cuatro hijos. Quiere a su mujer. Quiere a su familia. Y también quiere verme a mí. Y yo lo quiero ver a él. Cómo no. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. El problema es que después mezclamos todo.
Me pasa a buscar y me subo a su auto como si me hubiera subido a su auto muchas veces durante todos esos años. Pantalón de gabardina color natural un poco arrugado, camisa, cinturón de cuero, mocasines. Se gira para saludarme. Formal. No quiero formal. Pero él me gusta tanto como me gustó a los trece. A los catorce. A los quince. Tengo una foto de él pegada en un diario. Traigo el diario en la cartera. Sobrevivió a las mudanzas y a una fogata en la que quemé todo lo que escribí entre los veinte y los cuarenta años. En la foto él tiene dieciocho y se ríe mostrando a cámara un dorado que acaba de pescar. Durante treinta años, cada vez que abrí el diario para constatar que mis conflictos parecían no haber evolucionado, amé las piernas combadas de ese chico, los ojitos achinados por la risa, la boca.
La boca. Cuando nos sentamos en la mesa del restorán a almorzar se la miro y me gusta otra vez como si no hubiera pasado un solo día, pero ahora sé muy bien lo que puedo llegar a hacer cuando una boca me gusta así, tanto. Es difícil hablar con él cuando lo único que quiero es besarlo. Es en cierto modo inesperado, aunque no lo es. Hay otra foto que se perdió. La vi una vez. Estábamos hablando en la fiesta de quince de mi amiga. La seriedad de esa foto, mi seriedad, la suya. Él se acuerda de que bailamos y de que yo dije algo sobre lo que tenía que hacer un chico para enamorarme. Yo me acuerdo de que no quería estar con nadie más. Él dice que yo era tan chica, él tenía veinte, cinco años a esa edad es mucha diferencia, quiso dejar pasar el tiempo y después fue tarde o fue difícil o pensó que yo ya no querría nada con él. La imagen de él esa noche se superpone a la de él ahora.
Cuando me lleva a casa después del almuerzo, nos quedamos hablando en el auto mal estacionado en la esquina. El tiempo desaparece durante un rato, pero de pronto se me cae encima. Estamos mal estacionados, me gusta demasiado su boca. Me bajo como si me llevara el alma el diablo, eso dirían. Me la quiere llevar, eso sé yo cuando cierro la puerta detrás de mí y apoyo brevemente la mano en el vidrio. No sé si le estoy diciendo hasta luego o hasta nunca.
Después de ese encuentro me llama por teléfono varias veces, y hablamos, y a mí me dan ganas cada vez de decirle que no hablemos más. Tiene una actitud de nada, de acá estoy yo pero nada, soy solo un hombre que pasa por la vida haciendo lo mejor posible. Una actitud cristiana. Pero yo no le creo. No totalmente. Hay mucho más que eso en él.
A veces P. dice cosas que me sorprenden. Un día se pone a recordar una cabalgata de cuando nos conocimos —nos conocimos en el campo, en unas vacaciones de invierno en lo de mi mejor amiga, que era la hermana de su mejor amigo, yo tenía trece años, ya lo dije, trece años, ¿cómo puede ser que todavía…? Yo no me acuerdo de esa parte de la cabalgata, aunque sí me acuerdo de la cabalgata y de ese día en particular. Me acuerdo de él comiendo la carne de cordero directo del facón. Y ahora me vuelve la hoja filosa contra sus labios. La boca. Parece que en la vuelta a la casa nos quedamos rezagados y en un momento pensamos que nos habíamos perdido. Dice que yo le dije: Si es verdad que nos perdimos, cuando nos estemos muriendo de hambre te dejo que me comas el dedo. A mí me parece una alusión a algo sexual. Él lo interpreta como una manera mía de estar en el mundo: una manera «sacrificial». No sé cómo es su razonamiento, pero sí sé perfectamente a qué se refiere con lo de sacrificial, y estoy de acuerdo. Me sorprende que un hombre que no veo hace tanto tiempo deduzca algo tan esencial de mi comportamiento por una escena que pasó hace treinta años y que él recuerda con semejante claridad. También me sorprende cómo la lucidez con respecto a mí misma no me ha servido jamás de nada. Cuando habla, a veces me fastidia, pero no por eso quiero dejar de hablar con él. Al contrario. Quiero seguir hablando con él, quiero escucharlo, quiero que me fastidie.
Nos vemos alguna vez más. Siento una dulzura muy grande por él, una gran paciencia. Él dice que no es verdad que yo no conozca el amor, que si describo tan bien el desamor es porque conozco el amor. Es un silogismo que no alcanzo a completar.
Me gusta ese tiempo primero en el que él no puede saber con certeza qué quiero yo y tal vez no sepa demasiado bien qué quiere él de mí tampoco. Seducir es una cosa, llevar adelante las consecuencias de lograrlo es otra.
A decir verdad me imagino menos el sexo con él que la conversación de después de esa primera vez. Me gusta imaginarnos conversando sin la tensión del sexo entre nosotros. Es un lindo hombre para consentir. Y es leal. Lo imagino preocupándose por mí. Me da un poco de miedo necesitarlo en momentos en los que no esté disponible. De todas maneras me pasa siempre, con casados y solteros, no puedo ver bien por qué habría de ser diferente. No me viene mal un hombre que esté muy ocupado. Yo también estoy muy ocupada. Igual me asusta. Sé que después las cosas cambian. Las ganas transforman todo y aparecen viejas dependencias, cosas que nada tienen que ver con el presente ni con las personas del presente. Les tengo terror al hambre, a la sensación de abandono, a esa pulsión de muerte que viene a los talones de la entrega amorosa. Siempre pienso demasiado.
Hay un llamado un sábado. Me da tanto placer hablar con él que cuando llego a lo de mi amiga ella me pregunta de dónde vengo que estoy tan radiante. Durante la conversación estuve segura de que tenía que decirle que no nos viéramos más y estuve segura de que no iba a poder decírselo. La voz juguetona tomó el mando.
Logro el control necesario y pasa el tiempo. No sé cuánto. Un día me llama para decirme que nuestra amiga de la adolescencia se mató. Abrió la ventana y se tiró. La manera en que lo dice hace que suene tan fácil, casi como si matarse fuese una distracción. Hace veinte años que ella lo viene intentando, pero ahora acaba de lograrlo. Él dice que quería ser el que me diera la noticia. Cada día durante veinte años ella remontó las mañanas en las que no quería vivir. Tal vez eso sea digno de un respeto reverencial, cada día durante esos años, todos los días, siete mil trescientos días. Ojalá haya habido alguno en que no. Claro que hubo alguno en que no. Después, algún día, él me va a contar que se siguieron viendo siempre, que él terminó siendo más amigo de ella que del hermano. Nosotras nos peleamos sin pelearnos al poco tiempo de esa fiesta de quince y él me va a decir que cree que detrás de la pelea puede haber habido celos de ella. Es una nueva luz sobre un asunto que nunca me quedó del todo claro. Cuando me lo diga se va a renovar por un momento el dolor de esos días que nunca terminé de entender.
En el entierro él no me gusta. Se cortó el pelo y está ahí con su pantalón claro y sus mocasines. Tiene los pies chicos. Se porta bien, se porta de manera intachable, y eso me cansa. Su mujer no está. ¿Qué clase de mujer deja que su hombre vaya solo a despedir a una amiga de toda la vida que se tiró por el balcón? ¿Y quién me creo yo para juzgarla? Él me cansa. La familia de nuestra amiga me cansa. Es todo demasiado triste. No puedo sumar más tristeza.
Soy yo la que, dos semanas después, se miente a sí misma y se dice que a pesar de que ya no quiere nada con él corresponde llamarlo para preguntarle cómo está. Sé que la pérdida es profunda, que lo unía a ella un sentimiento ambiguo. Hay cosas de las que no se habla, hay gente que logra no mirar los sentimientos incómodos, que los sobrevuela cuando habla si es que alguna vez habla de ellos, pero logra no mirarlos, no preguntarse. ¿Qué mérito tiene una renuncia inconsciente?
Vamos a almorzar a un jardín con árboles muy altos. Él come como si desplegara tentáculos que no dan abasto para su hambre, sopa el pan en la salsa, la espalda se le redondea como si necesitara proteger su comida de predadores. Por momentos me siento a salvo de caer, me da casi regocijo pensar que ya no me gusta, que no me va a gustar, que estoy a salvo. No nos ponemos de acuerdo en la conversación y reconozco los lugares comunes de los que logré zafarme con un esfuerzo titánico. ¿Para qué quiero atarme de vuelta a las buenas costumbres, a la bondad hipócrita y a los silencios de la educación católica? ¿Para qué quiero amar a alguien lleno de certezas? Ah, cómo lo resiento. La luz que pasa a través de las hojas se mueve sobre el mantel y sobre su cara, por momentos el sol se le mete en los ojos y tienen el color de la miel, después vuelven a quedar en sombras.
No sé si también él se miente a sí mismo cuando me sigue llamando o si sabe perfectamente adónde va. No sé cuándo nos acostamos por primera vez. Después va a decir que fue inesperado para él, que no había pensado que yo tuviera esa intención ese día. Cuando lo dice la vergüenza me roza como el ala de un pajarraco. No es un reclamo de su parte, ni está tratando de evitar su responsabilidad, pero yo me doy cuenta de que tomo por sentadas cosas que no son tan obvias para los demás. Sobre todo para los hombres. No conozco a los hombres. Debo estar demasiado ocupada en la tarea inútil de conocerme a mí misma. ¿Cómo era la frase de Sennet que decía que en lugar de conocerse a uno mismo había que usarse a uno mismo para conocer el mundo? También me uso a mí misma para conocer el mundo, y así quedo.
Besa sin darme tregua para tomar aire, besa como come, sin respiro, sin distancia. Su boca se aplasta contra la mía. No me gusta. No me gusta pero la urgencia me lleva por delante y respondo con el mismo lenguaje. Hay violencia en los besos, hay violencia en la necesidad que se tira al vacío. No me alcanza el cuerpo.
A los dos días, pienso que no lo voy a desear nunca más. Cuando el ardor pasa, me pongo a pensar que quiero volver a intentarlo. Me gusta abrirme a un hombre. Me gusta mi cuerpo desnudo en la cama, la manera en que mis piernas parecen llenarse de vitalidad y se enroscan alrededor del cuerpo del hombre. Me gusta que me acaricien. Y acariciar. Pero sobre todo me gusta entregarme. Es probable que él me vuelva a decepcionar. No sabe escuchar mi cuerpo. Es bruto y avasallador y no me miró mientras se golpeaba contra mí. Había perdido la erección y le parecía imposible recuperarla. Me fue difícil saber qué pasaba por la cabeza de él cuando seguía arremetiendo con los ojos cerrados. Hubiera preferido que todo fuera más simple. Pero es raro que las primeras veces sean buenas. Dijo: Le ofrezco a Dios esto que pasa o esto que está por pasar, no me acuerdo bien.
Su padre le decía que había amantes buenas y amantes malas. No se refería a las habilidades en la cama sino más bien, creo, al grado de tolerancia de ellas con la doble vida que él llevaba. «Las buenas te ayudan, las malas te arruinan la vida». No sé por qué me imagino que, para el padre, que le arruinaran la vida era que se enterara la mujer. Tenía una cuenta sustanciosa, conjunta con su secretaria, y en la casa sus diez hijos se bañaban con agua fría porque no había plata para cambiar los caños rotos. Toda la familia estaba obligada a ir a misa los domingos. No sé si la secretaria iba a misa.
Mi padre decía que una mujer es virgen cada vez que está frente a la decisión de entregarse a un hombre. También dijo en una caminata en una ciudad con el mar a la izquierda y las casas y los edificios a la derecha —ese detalle y lo que él dijo son las únicas dos cosas que recuerdo— que no había nada más desagradable que una mujer caliente.
Sostengo que el sexo es sagrado. Las cosas se me mezclan, también. Pedirle a Dios que mire con buenos ojos el adulterio es un pedido raro. Pero P. tiene derecho a lidiar con sus conflictos como mejor le parezca.
¿Qué muros hubo que tirar abajo? La dulzura viene después, y cuando viene es la tregua más gozosa que me haya sobrevenido en la vida. Sus ojos tan cercanos, su boca apaciguada. Le canto, muy despacio. No sos un rey, no sos un ángel, sos un hombre.
Esto era, entonces. Con razón los bendecidos por el amor eran tan distintos a mis ojos.
Te quiero desnuda, vestida, en bata, con mini, callada, hablando, cocinando, en bici, a pie.
P.
Yo estuve aquí
Tú ya has sido mía
Y has sido mía un número infinito de veces
Y seguirás siendo mía, infinitamente
DANTE GABRIEL ROSSETTI
Los viernes son nuestros.