Una vida más verdadera

Inés Garland · Capítulo 3 de 3

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Una vida más verdadera

Capítulo III

Una mañana diez días después suena el teléfono. No reconozco el número en la pantalla, pero yo no reconozco ningún número. Cuando atiendo se corta. O no se corta, hay silencio. En un impulso devuelvo la llamada. No es algo que haya hecho antes. Me atiende una voz de mujer que niega haber marcado mi número. Le digo mi nombre, le explico que su número estaba en mi pantalla, que me tiene que haber llamado. Como si tuviera que explicarle las leyes de la vida. No, no, dice. Hay algo aterrado en su voz.

Lo llamo a él.

—Me llamó tu mujer.

—No puede ser.

También en la voz de él hay algo aterrado.

Me llama después. No sé cuánto después. Era ella. Sabe lo nuestro. ¿Lo nuestro? ¿Vas a ir a tu casa ahora o vas a terminar tu día de trabajo? ¿Vas a decirle a tu secretaria que te surgió una urgencia? ¿Vas a dejar a los clientes en la recepción? No le hago ninguna de estas preguntas. No quiero saber. Todos los lugares comunes juntos se nos vienen encima. ¿Quién me creí yo, que pensé que era capaz de evitarlos?

¿Desde cuándo esto que nos pasa es «lo nuestro»? Éramos él y yo y él y ella. Ella no sabía que él y yo nos veíamos. Ahora sabe. ¿Qué es un triángulo? Él, ella y yo. Antes de ahora, nunca me sentí en un triángulo. Nosotros éramos nosotros y ellos eran ellos. Y cada uno de nosotros era cada uno de nosotros.

Pasa el día. Hago lo que hago con una parte de mí que no está, que hace sin estar. Espero. Me vuelve a llamar casi al final del día.

¿Estuvo estas diez horas hablando con ella? No le pregunto.

Ella le dijo que entendía que él pudiera querer hablar de ciertas cosas conmigo.

Hablar de ciertas cosas. Hablar.

Lo único que quería saber, y que por favor él no le mintiera, era si nos habíamos acostado. Todos los cafés del mundo, toda la afinidad del mundo, todas las conversaciones del mundo, pero el cuerpo no.

Él le juró que no nos habíamos acostado.

Ella le dio permiso para verme, siempre y cuando no se acostara conmigo.

Me dice todo esto por teléfono.

 

¿Cómo es capaz de decirme estas cosas por teléfono? ¿Cómo es capaz de decírmelas en persona días más tarde?

¿Qué le digo yo?

¿Qué importancia tiene?

 

Él está sentado en el borde de la cama y ella va de un lado para otro.

O él está sentado en un silloncito en el cuarto y ella le da la espalda. Y hablan así, como en las películas.

O están en el living porque en la casa no hay nadie.

O están en la cocina y ella seca los platos o los guarda.

Están sentados a la mesa donde toman el desayuno juntos los sábados y domingos. Los demás días él se despierta mucho más temprano y tiene una taza tapada con el platito, o sin tapar, o no hay ninguna taza en la mesa, él se hace solo su café, sus tostadas, saca las cosas de la heladera. Más tarde ella se hace su propio café y lo toma apurada. O él le dejó el café hecho y ella se sienta tranquila. O toma el desayuno con alguno de sus hijos. O está sentada sola y viene alguno de los hijos. O los hijos también ya se fueron y ella toma el desayuno sola. No sé qué hacen todos los días. Sé que ella sigue durmiendo cuando él se va, pero no sé dónde él toma el desayuno. Ni ella. No sé qué hacen los sábados y domingos.

Y ahora elijo que ella esté sentada donde siempre se sienta él cuando, elijo también, toma café solo a la mañana muy temprano. Pero a lo mejor están sentados uno frente al otro, sin la mesa, la mesa al costado. O ella está de espaldas guardando cosas en el aparador.

No. Ella lo mira. Ella no está de espaldas.

Ella le dice que entiende que él pueda querer hablar de ciertas cosas conmigo. Le pregunta si nos acostamos.

Él le dice que no.

Él le jura que no.

Ella se lo cree.

O ella finge que se lo cree.

Ella no se lo cree, pero si dijera que no se lo cree tendría que hacer otra cosa, tendría que tomar medidas. Le pregunta cómo soy yo. Quiere saber si soy más joven que ella, más linda que ella.

Él está aterrado.

Ella está más aterrada que él.

No puede ni imaginarse su vida sin él.

Puede imaginarse su vida sin él.

Él está más aterrado que ella.

No puede ni imaginarse su vida sin ella.

Puede imaginarse su vida sin ella.

No. Nada de eso. Soy yo la que desaparece.

Unos días después, él me cuenta lo que se dijeron, lo que quiere contarme de lo que se dijeron. No me cuenta dónde hablaron y no se lo pregunto. Da lo mismo. Varias veces finge esos bostezos.

Ella le hizo jurar que no se va a acostar conmigo.

Le dio permiso para verme siempre y cuando no se acostara conmigo.

Él se lo prometió y creo que está decidido a cumplir su promesa.

Aprovechó para decirle que ella hace cosas que a él no le gustan.

La mejor defensa es un ataque. Le dijo cuáles. Cosas que noté yo cuando él me contó una escena familiar. ¿Qué hacía yo diciéndole las cosas que no me parecían bien de ella? ¿Cómo se atreve él a decírselas a ella ahora? ¿Y yo qué pretendo: que cite sus fuentes?

Ella prometió defenderlo la próxima vez que los chicos lo acusen.

Le preguntó si va a usar el auto.

Mentira. Esto último lo invento yo.

No vamos a ir a vivir los tres juntos. En una película que vi, todas las mujeres de un hombre se juntaban a hablar de él en una casa en Italia y todas lo querían y se llevaban muy bien entre ellas, las más viejas y las más jóvenes, y había hijos por acá y por allá. ¿Cómo se llamaba la película?

Esto no es así. Nosotros no vamos a vivir juntos. No vamos a practicar el amor libre ni vamos a intentar un acuerdo. Nosotros no vamos a hacer ninguna innovación en los modos preestablecidos.

Ahora ellos van a volver sobre esto una y otra vez. En la cama, en el baño, en el auto, los fines de semana, durante la semana. Ahora cada vez que haya un problema él va a estar en inferioridad de condiciones y ella no va a tener que decir casi nada para que él ceda.

Somos una telenovela.

¿Y si él apareciera con su valija en la puerta de mi casa?

Me pasa a buscar una tarde para llevarme a comprar lana. Alguna vez en el auto le dije que él estaba hilando otra vez el tejido roto. Esa vez lloré de gratitud. El amor que nos teníamos me devolvía algo que había dejado por el camino, la fe que me había sido arrebatada. Llama el teléfono. Es viernes, y la mujer les tiene terror a los viernes ahora. Ella ocupa un espacio en el auto, se baja con nosotros a comprar la lana. Elijo una lana verde. Es una lana con acrílico, jaspeada, una lana que nunca compraría. Él asiente cuando se la muestro. Hace el gesto de aprobación con la mano libre, el pulgar levantado. En la otra mano sostiene el teléfono. Está hablando con la mujer, que ya lo llamó tres veces. Compro la lana y me hago la contenta de haberla comprado. Voy a ovillarla, voy a poner los puntos en la aguja, voy a tejer mucho el primer día, voy a tejer durante algunas semanas. Después voy a dejar de tejer. Voy a sentir una leve repugnancia por esa lana acrílica, por el jaspeado. Una bolsa de tejido con el suéter a medio hacer va a colgar de diferentes sillas durante años, terco.

Lo mejor va a ser que no nos veamos más.

Dios mío, cómo te extraño. Dónde andarás.

Perdido. No dejo de acordarme de todo.

Envejecí cien años.

Creía que me había quedado sola con todo.

Extraño al que era cuando estaba con vos.

Extraño mucho a la que fui con vos.

No me la encontré nunca más.

Y al que eras vos conmigo

tampoco me lo encontré nunca más.

Algún día nos encontraremos.

Feliz cumpleaños.

Gracias, mi lindo.

Feliz Navidad.

Muy feliz Navidad. Te extraño mucho.

Y yo a vos.

Feliz Año Nuevo.

Que estés bien.

Feliz Año Nuevo.

Feliz cumpleaños, mi querido

queridoqueridoquerido.

Gracias, bonobita.

Mi profesor de teatro estrena una obra. Me invita al estreno y a una fiesta que van a hacer después. La sobrina de P. actúa en la obra. Quiero ir. Quiero ir y quiero que él vaya. ¿Y si va? ¿Y si va con su mujer? Pero él tiene que saber que yo puedo llegar a ir. ¿No es cierto que él tiene que saber que yo puedo llegar a ir? No creo entonces que vaya con su mujer. Varias veces durante el día pienso en desistir. Quiero encontrármelo. No quiero encontrármelo con ella. Me da lo mismo si está con ella. Quiero verlo. Durante el viaje al teatro estoy a punto de dar media vuelta. La sola idea de volver a verlo me deja sin aire. Me doy cuenta de que estoy dispuesta a aceptarlo todo: los lugares comunes, el teléfono que suena a cada rato, los bostezos, que hable de política echado hacia atrás, que me pregunte qué hice de comer. Todo.

Creo que dejo de respirar cuando empujo la puerta. No tengo cuerpo. Soy mis ojos que lo buscan entre la gente del hall. Cada persona es un obstáculo contra el que tropiezo. Cada vez que alguien entra puede ser él. Puede estar detrás de alguien. Puede aparecer de pronto. Puede llegar a último momento. Puede entrar cuando la obra ya empezó. Puede moverse en la oscuridad de la sala y sentarse atrás. Solo. Con la mujer. Puede sentarse en las últimas filas. Puede estar parado al final del pasillo porque llegó tarde y no quiere molestar. Puede estar en la cabina de las luces, con el director. De repente él puede conocer mucho al director. Su sobrina se lo presentó y él se tomó las tardes que antes eran nuestras para guiar a su sobrina, a todo el elenco. Les dio a ellos lo que ya no podía darme. La sobrina está en el escenario y se parece a él. La boca de la sobrina es un sello de la familia y yo la amo a ella, a él en ella. No sé si la obra es mala o buena. No tiene ninguna importancia. Quiero que él esté sentado a mi lado. Quiero agarrarle la mano y ver la obra con su mano en la mía. Quiero que venga después al festejo, pero no está a la salida y no está en la terraza donde el elenco y los amigos y el director de la obra toman vino y conversan y se felicitan. Yo también tomo vino, y digo cosas que me será imposible recordar porque sigo esperando que él aparezca. ¿Por qué no? A lo mejor no llegó a la obra porque era un poco temprano. Las ocho es temprano. ¿No es temprano las ocho? Y ahora que ya es más tarde él viene porque quiere felicitar a su sobrina que tiene la boca igual a la de él. Yo quiero abrazarla. No puedo, porque ella ni sabe quién soy, aunque el director sí me abraza, y me quedo ahí un rato, como una mosca, pensando que, si ella pasa, el director, que es mi profesor, me la va a presentar y yo voy a abrazarla y va a ser una manera de abrazar a P. aunque no haya venido. Podría venir mucho más tarde. Cuando su mujer le diga que está cansada y que se va a ir a dormir y él le diga que él tiene que ir, que cómo no va a ir, y ella —que no sabe que el director es mi profesor— le diga claro, cómo no vas a ir, andá, yo no doy más. Él va a venir y cuando me vea se va a dar cuenta de que no puede seguir viviendo sin mí, y vamos a saludarnos como si nada, pero cuando me vaya me va a seguir y no vamos a poder separarnos nunca más. Va a venir a mi casa, vamos a decidirnos, no va a importar nada más que eso que éramos cuando estábamos juntos. La gente se va yendo y él no vino. Podría haber venido. Si venía con la mujer, yo me hubiese escabullido entre la gente, me hubiese ido. Un ramalazo de él me habría alcanzado.

¿Y si viniera ahora, casi a último momento? La mujer le dijo que está cansada y se va a dormir, y él dijo que tiene que venir, que cómo no va a venir, y ella le dijo claro, andá, yo no doy más. Pero él supo que yo iba a estar y supo que, si me veía, no íbamos a poder separarnos nunca más. Se mete en la cama aunque ella le diga que no sea tonto, aunque le diga que vaya, que tiene que ir. Él apaga la luz y reza en la oscuridad.

Camino, me paro frente a las parejas que toman algo en las mesas de la calle y los miro fijo. Es primavera una vez más. Estoy vestida con una pollera sucia, de lanilla, el pelo enredado, olor a pis. Me quedo parada mirándolos con la boca abierta. ¿Cómo hacen? Me rasco la cabeza para calmar la picazón. Abro las piernas para mear a la vista de todos. Qué más da. Nadie me ve. Después las cosas parecen desaparecer en el pasado. Y el pasado es el instante que acaba de irse.

La espera es larga, y mi sueño de ti no ha terminado.

EUGENIO MONTALE

Un domingo decido ir a buscarlo a la Iglesia. Me dijo que va a misa de ocho, solo, que se sienta en un banco en las últimas filas. Es como meditar, dijo. A esa misa de ocho van los jubilados, varias mujeres con peinados de raya al costado y faldas oscuras, mujeres sin maquillaje, con saquitos de botones y camisas de cuello cerrado. Hay también una madre joven con un bebé. Tal vez se perdió la misa del sábado a la tarde y no pudo tampoco ir el domingo a la mañana. O es madre soltera y está avergonzada. No parece avergonzada. Las personas que caminan por la nave o por los costados son como susurros. Cuando la misa está empezada, llega el marido de la madre con el bebé. El cura habla con voz monocorde. Parece deprimido. Las canciones son las mismas que cantaba yo en mi adolescencia. Cantaría, pero no canto porque tengo miedo de que P. reconozca mi voz y se dé vuelta. Está sentado en la cuarta fila de bancos empezando desde atrás. Tiene una camisa celeste. Se para, se sienta, se vuelve a parar. Se sienta hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, la camisa tirante contra la espalda. Cuando se cansa, se endereza, los brazos cruzados o las manos juntas entre las piernas. Pero sigue encorvado. Siempre. Una vez leí que las espaldas así, curvadas, están también llenas de ira. Unos golpes en esa espalda cargada desatarían la violencia acumulada por los años de acatamiento. Yo quisiera golpearle la espalda, despertarle la rabia, conseguir a los golpes lo que no conseguí de otra manera. Después podría quedarme con él. Pero me voy. Me voy cuando el cura levanta la hostia en el aire y todos se arrodillan y los bancos crujen. En la calle sopla un viento frío. Camino hasta mi casa y dejo en la caminata la idea que guardé en secreto sin reconocerlo hasta hoy, la idea de que yo podría ser la hija pródiga que por amor volvió al rebaño.

No lo debería haber llamado. Ahora va a venir, y lo que parecía quieto se va a mover otra vez. El día que lo llamé, mi alegría era casi vergonzosa. Me duró hasta la noche, como un perfume dulce y fresco, algo que no sentía hacía tanto tiempo. Llevo más de una semana imaginando el momento en que abra la puerta y lo vea, imagino que lo miro a los ojos, que el corazón me da un salto, que le toco los labios, que nos abrazamos. También imagino que no hago nada de eso, que lo saludo con un beso en la mejilla y lo hago pasar, que me muero por abrazarlo pero no lo hago. O que es él el que me abraza, y de solo imaginarlo me dan ganas de llorar. Imagino que estamos acostados y lo miro a los ojos y cantamos muy bajito, como antes. Va a decir que me extrañó mucho, cada día, todos los días. Y yo lo extrañé mucho, cada día, todos los días. Le di muchas instrucciones de cómo llegar a casa.

¿Se nota que no quiero que te pierdas?

Ya estoy perdido.

No. No. No. No. No.

Dice todo lo que no tiene que decir. Hace todo lo que no tiene que hacer. Le cociné algo. Comemos. Hablamos. Le leo una obra de teatro nueva en la que estuve trabajando y que tiene que ver con él. Lo pongo incómodo. Me incomodo.

No puedo meterme en ese río otra vez. No puedo ahogarme otra vez. Me pondría a llorar, pero lo peleo. O él me pelea a mí. Nos peleamos con tanta sutileza que las palabras son impecables. Cuando se va me pasearía por la casa gritando, pero me siento a trabajar. O lavo los platos. O miro por la ventana. O lo imagino alejándose en el auto por la avenida, cada vez más lejos, contento de volver a su casa, de no haberme tocado, de haber acatado sus mandatos de arcángel, sin pensar que nos rodeamos de palabras que armaron un fuerte con arqueros y con catapultas. Pero tan sutiles somos que nada de eso se vio, y él vuelve a su casa, y yo me quedo en la mía, y ya está, ya no. Ya no.

Un domingo cualquiera, años después, me paso todo el día sola. La soledad mía estuvo antes de él y después de él, siempre. A la noche me cocino dos huevos pasados por agua y un par de tostadas. Miro los huevos moviéndose despacio en el agua. Afuera está oscuro, imagino las plantas en la oscuridad, y, como si me viera desde el patio, ahí estoy, bajo la luz de la lámpara, en la cocina vacía, rodeada de mis cosas.

Y pienso en P. Me veo reflejada en el vidrio. Tal vez lo esté odiando tanto como si estuviera casada con él.

No sé si eso es verdad.

Terminaste Una vida más verdadera

Inés Garland

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