Una vida prestada

Berta Vias Mahou · Capítulo 4 de 8

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Una vida prestada

La charca

¿Qué piensas de La familia del hombre? Era la pregunta que andaba en boca de todos. Desde hacía unas semanas. Los fotógrafos estaban eufóricos y no hablaban de otra cosa. Todos y cada uno de los periódicos, desde el New York Times hasta el Daily Mirror, habían recogido el evento. Aquella exposición con la que se decía que la fotografía había alcanzado su mayoría de edad como medio de expresión y como forma de arte. ¿Qué piensas de La familia del hombre? Para verla, tuviste que hacer una larguísima cola. Como a veces en el cine. THE FAMILY OF MAN, se podía leer en grandes letras de molde, oscuras, en el arco de entrada. En el segundo piso. Había mucha gente, pero casi nadie decía una sola palabra. Todo el mundo miraba las fotografías con respeto, acercándose y alejándose, para verlas con más detalle o a cierta distancia.

Hombres, mujeres y niños, muchos niños. Los pequeños no corrían de una punta a otra. Se comportaban con educación. Arrastraban los pies en silencio y apenas se oía algo más que el roce de las suelas de los zapatos deslizándose por el pavimento brillante y pulido. Algún murmullo. Alguna tos. Como en la iglesia. Era la entrada. La entrada del templo del arte moderno. Aunque más adelante habría cierto barullo. Allí donde estuviera la famiglia. La mafia. La cosca. El clan. Que también andaría por allí. De momento, el silencio sólo se veía interrumpido de vez en cuando por el de un niño que desde una de aquellas reproducciones sonreía con aire travieso, tocando una flauta en sordina bajo un sombrerillo de tela blanda que parecía una flor, con una ceñida caperuza de colores debajo. En blanco y negro. Otro niño sonreía a su espalda.

Beauregard. Te gustaba el nombre. Siempre te gustó. Desde que lo escuchaste por primera vez, aunque entonces no entendías el significado de aquella palabra, porque eras una niña, casi un bebé. Sólo cuando algún tiempo después viste por primera vez a Jeanne, cuando ella te vio y se dirigió a ti en francés, mirándote a los ojos y repitiendo esas mismas palabras, beau regard, a pesar de que aún eras una chiquilla, te empeñaste en saber lo que significaban. Aquellas dos palabras, que a veces aparecían unidas y otras separadas, pero que en tantas ocasiones en tu casa escuchaste juntas. Beauregard. Bellavista. Más tarde lo sabrías. Y aprenderías a apreciarla. Porque los niños no valoran las vistas ni los paisajes. Beau regard. Hermosa mirada, explicó tu madre. La que tú tienes… Porque tus ojos estaban enamorados del mundo. Eso hasta tu madre era capaz de entenderlo. Quel beau regard, mais si triste…

Una pareja tirada en el campo abrazándose. Un soldado americano y su novia inglesa. En Hyde Park. En el 44. Te acercaste para verla mejor. Se apreciaba el frío que transmitía la hierba a su alrededor y bajo sus cuerpos, la desesperación de los ademanes cuando uno es consciente de lo poco que vale la vida. Parecía la escena de una película. De una de esas películas francesas que tanto te gustaban. Más allá una pareja en Nueva Guinea parecía arder en deseo, con plumas, adornos y apenas ropa. Y un poco más allá otra pareja se abrazaba entre las flores y los troncos. En Italia. Una bicicleta yacía tirada a su lado. Enseguida te diste cuenta de que allí había un mensaje, un mensaje demasiado literal: El amor es igual en todo el mundo… Besos y abrazos furtivos, avariciosos, acogedores, miradas de arrebato, parejas que no parecían de este mundo, que no veían el mundo que les rodeaba.

Y de nuevo el niño del flautín, en silencio. Seremos una sola persona… Lo decían los indios pueblo. En uno de los muchos paneles que acompañaban a todas aquellas fotos. Con frases tomadas de aquí y de allá. Del amor se pasaba al embarazo y al nacimiento. Embarazadas en México, en Japón, en el Ártico. Y en Kurdufán. Desnudas, andando por las rocas secas. Y muchos bebés. Bebés y más bebés. Uno con el cordón umbilical aún sin cortar, brillante de líquidos pringosos. Nacía el hombre. Bebés siendo amamantados, siendo arrullados, bebés negros, blancos, indios. Uno tirado en una cama, desnudo, bocabajo, mirando a su madre, que le contemplaba también con arrobo y el rostro apoyado a los pies del lecho. Tal vez también asustada. Hueso de mis huesos, carne de mi carne… Beauregard. Aquel era el nombre de la granja familiar. Un nombre que siempre te fascinó.

Sin embargo, a pesar de tu pasión por todo lo francés, mientras otras mujeres soñaban con castillos en el aire, tú siempre mantuviste los pies bien plantados en la tierra. No perdías el tiempo con príncipes azules, palacios o abolengos, por más que tu madre inventara apellidos y tu abuela, la madre de tu madre, siempre trabajara en las casas de las familias más adineradas, con los nombres más sonoros. Los Vanderbilt. Los Strauss. Los Lavanburg. Los Gayl. Los Lord. Los Dickinson, los Emerson y los Gibson. Cuando tu madre se reunió con ella, tras más de diez años sin haberse visto ni una sola vez, la una en los Estados Unidos y la otra en Francia, también ella se acostumbró a ver a toda aquella gente de la que le separaba un abismo de cultura y de dinero, sobre todo de dinero. También vosotros los visteis en alguna ocasión, cuando erais pequeños, pero tú siempre mantuviste los pies en la tierra.

Era uno de los rasgos más arraigados de tu carácter. Desde edad muy temprana. Y ni siquiera se te ocurrió que alguna vez pudieras llegar a heredar algo. Como mucho, un cráter en la luna. Cuando de pronto Beauregard era tuyo. Para ti sola. Aquella granja en los Alpes franceses. Y la vendiste en una subasta. No querías tener propiedades y en cuanto te dijeron que era tuya, que la tía Marie-Florentine te la había legado, nada más terminar la guerra, te fuiste a Champsaur para venderla. Recorrías la región montada en una bicicleta con tus dos cámaras en bandolera, visitando a extraños parientes y tomando fotografías de conocidos y desconocidos. Todos te resultaban familiares y a la vez ajenos. Ya entonces hacías fotos sin parar. De la vida en los pueblos, de cada valle, de cada montaña, de cada río, de cada árbol, de todas y cada una de las personas a las que conocías y de todas y cada una a las que encontrabas. Gentes sencillas, que trabajaban los campos.

Como una chica Kodak. Tú aprietas el botón, decía un anuncio. Y nosotros hacemos el resto… Hiciste tantas que los habitantes de Champsaur llegaron a sospechar que eras una espía y que llevabas pistola, además de tus cámaras. Hasta un policía te interrogó. Tenían razón. Eras una espía y llevabas un arma. Siempre fuiste una espía. Siempre armada. Hasta los dientes. Acababan de pasar una guerra monstruosa. Recelaban. Cuatro años atenazados por el miedo. Uno hasta se atrevió a decirte que hacías una cantidad excesiva. ¿Las ha contado usted?, le espetaste. Sin miramiento alguno. Te fuiste allí con veinticuatro. Y regresaste con veinticinco para quedarte en Nueva York, la ciudad en la que habías nacido hacía ya entonces, en el momento en que recorrías la exposición de La familia del hombre, veintinueve años. Y allí, en Nueva York, trabajaste al principio en una fábrica, pero enseguida se te ocurrió la idea de colocarte como niñera.

No sabías hacer otra cosa para ganarte la vida, salvo fotos, con las que no querías comerciar. Con el dinero de la venta de la granja pronto pudiste comprar una cámara alemana profesional. Y viajar. Con tu Rollei. Y allí la tenías, escondida en un bolsillo de la chaqueta, disimulada en el interior de una bolsa de papel. En el museo de Arte Moderno de Nueva York. En la mayor exposición de fotografía de todos los tiempos. O al menos eso decían. Así la anunciaban. En cualquier caso, pretendía abarcar a la humanidad entera y la gente se agolpaba para entrar en el museo. La semana anterior a tu visita, el día de la celebración del nacimiento de George Washington, habían entrado seis mil visitantes. Esta exposición va a batir todos los récords, decían. Será un éxito de taquilla, rivalizando con la de Van Gogh de 1934, cuando, después de que se publicara una biografía que se convirtió en un éxito de ventas, la gente hacía cola para ver las pinturas del artista loco que se cortó una oreja.

Y en vida se había muerto de asco. No le compraron más que una de sus pinturas. Una sola. Una vez. Como a Modigliani, que apenas podía comer algo más que sardinas y tenía el suelo bajo el somier cubierto de raspas. Pero cuando su marchante, supuesto amigo suyo, supo que le quedaba poco tiempo en este mundo, se dedicó a acumular sus cuadros, comprándolos por cuatro monedas, y en cuanto murió empezó a venderlos a precio de oro. Da que pensar, te dijiste mientras avanzabas por el museo mirando a un lado y a otro. La avaricia es gasolina. Sí. Y mi cerebro, un motor de explosión… Ya entonces rumiabas un plan. También Atget, el fotógrafo francés, había saltado a la fama después de muerto. Tras el nacimiento venían las imágenes de los niños que iban creciendo, los futuros hombres y mujeres, haciendo lo que los niños hacen en cualquier lugar del mundo.

Reír, llorar, correr, brincar, jugar, pelearse, bailar, aprender a tocar un instrumento, a llevar tacones, a montar a caballo. O pegarse a las faldas de su madre negra, larga como un lápiz. Ella, leíste en un panel, es el árbol de vida para ellos… Era una fotografía de Consuelo Kanaga. Tú también te pegabas a tu madre cuando con seis años llegaste por primera vez al valle de Champsaur, sin hablar una palabra de francés. Un poco más allá, en otra imagen, un padre en Bechuanalandia enseñaba a su hijo a alancear a una presa. Un oryx. Cercado por una jauría de perros flacos. El padre, vestido sólo con un taparrabos. El niño, desnudo. Mostrar la relación del hombre con el hombre. Demostrar cómo el lenguaje fotográfico puede explicar el hombre al hombre… Así había descrito Edward Steichen, director del departamento de fotografía del museo y comisario de la exposición, el objetivo de la muestra. Y su convicción de que somos todos parecidos…

¡Qué ingenuidad! Demostrar. Explicar. Y en los autobuses en este país aún hay secciones para blancos y negros. Y los negros, cuando en la parte de los blancos no hay sitio, deben levantarse para dejar su asiento a los blancos. Incluso las mujeres negras deben cederlo a cualquier hombre blanco que suba y no tenga dónde sentarse. Que somos todos parecidos. Qué ingenuidad. Qué ingenuidad tan culpable. La ficticia unidad que nos ofrece el humanismo. Cuando en muchos lugares de los Estados Unidos de América imperan leyes de segregación racial. Blancos y negros no pueden mear juntos. Ni entrar en un cine por la misma puerta. Separados, pero iguales. Separados, y rara vez iguales. Cuánto daño puede hacer la ingenuidad… Con todos los seres y todas las cosas seremos parientes, se podía leer en otro panel. Lo decían los indios sioux. Parientes pobres, los negros. Los impedidos, los feos, los locos. Toro Sentado y Águila Roja.

¡Señorita Maier! ¡Señorita Maier!, gritó una voz a tus espaldas. Tú te volviste a toda velocidad y viste cómo un globo de color rosa pálido reventaba en el rostro de una niña que te observaba desde un rincón, dos ojos azules clavados en ti por encima de aquel antifaz de plástico, de aquella finísima y brillante película que cubría la punta de la pequeña nariz, parte de las mejillas, los labios y el mentón. Pero aquella melena rubia un poco rala, aquellas orejas tan despegadas del cráneo, aquel vestidito de flores bajo la chaqueta oscura, idéntico al de su hermana, y la voz, a pesar del velo de gomorresina, pegajoso, edulcorado y aromático, que le tapaba la boca, eran inconfundibles. Era B. B gritando tu apellido. El apellido de tu padre, del que hacía mucho que no querías saber nada. Ni de él, ni de su nombre. Karl Maier… Hacía ya un tiempo que no cuidabas de A y B, ni en la casa blanca ni en el fastuoso apartamento en la Quinta Avenida.

Pero los niños a los que uno ha cuidado son como sus sobrinos, como los hijos que no ha tenido. Como su familia, esa familia que a menudo uno no quiere si es la propia, porque los parientes abusan. Con el pretexto del cariño, de la fuerza de la sangre, muchos se aprovechan, apelando a un sentimentalismo barato. Y en cuanto uno se despista, le dan una puñalada trapera. En cambio, a estos familiares falsos que no se creen con derechos sobre ti sigues visitándolos siempre que puedes. Percibiste en los ojos un poquito saltones de B la alegría que sentía al volver a verte. No me llames Maier, refunfuñaste, sacando un pañuelo del bolsillo de la chaqueta. Después te acercaste para ayudarla a retirar la lámina húmeda y fría que se había quedado pegada a su rostro y a sus dedos, porque ella misma había intentado quitarla y aún se había enredado más. No me llames Maier. Te lo he dicho miles de veces. Llámame Smith, señorita Smith. Estamos en un lugar público. Y menudo lugar…

La niña, que no había perdido la sonrisa a pesar de que tú le restregaste toda la cara con el pañuelo, puso los ojos en blanco. Ya está, murmuró. La señorita Esfinge… Ignoraste el tono burlón, conteniendo la risa. Así te llamaban algunos. La señorita Esfinge. ¿Qué haces aquí sola? He venido con mis padres. Y con mi hermana… ¿Y dónde están? Me he peleado con mi hermana y me he perdido. No quiero saber nada de ellos… Cogiste a B de la mano y continuaste el recorrido, caminando un poco más rápido para ver si alcanzabais a su familia, aunque enseguida aflojasteis el paso para contemplar las imágenes. Fotografías de niños con problemas. Niños enfadados. Niños pobres. Niños sin zapatos. Niños con cara de locos. Muy adentro, leíste en un panel, en ese lugar silencioso en el que se agazapan los miedos de los niños… Señorita Smith, ¿por qué no lleva usted hoy la cámara colgada del cuello?

Detuviste tus pasos. ¿La cámara?, preguntaste, mirando hacia abajo. ¿Qué cámara? Y sacudiste con fuerza su cuerpo. ¿De qué estás hablando? Deja de decir tonterías… La que solía llevar usted colgada del cuello, se defendió B. A todas horas. Esa con dos ojos con la que estaba siempre haciendo fotos por las calles. Incluso cuando nosotras tropezábamos y nos caíamos al suelo. Gritábamos de dolor y hasta perdíamos el sentido, porque nos dábamos con un pedrusco o con un escalón en la cabeza, y usted seguía con la cámara en ristre. Seguía haciendo retratos de otras personas o sacándonos a nosotras tiradas en mitad de la calle, descalabradas… Cierra el pico, murmuraste y volviste a tirar de su mano. Cállate. Pueden oírte… ¿Es que no quiere que sepan que también usted hace fotos? Aprende, le dijiste, sacudiendo una vez más su brazo. Y con los dedos índice y corazón de la otra mano formaste una uve para señalar tus ojos. Mis ojos son una puerta y mi cámara la llave…

Después, tirando otra vez con fuerza de su mano, echaste a caminar más deprisa, deseando encontrar a sus padres cuanto antes para soltar a aquella bocazas, aunque, vencida por el hastío que te producía el mensaje de las imágenes que ibais encontrando, enseguida volviste a aflojar el paso. Es miserable apelar de este modo a los sentimientos, dijiste, como si estuvieras viendo la exposición en compañía de un adulto. Por suerte, han sido seleccionadas con la idea de que actúen como una especie de aglutinante, para reunirlas en un todo coherente, y así te dejan respirar. Entonces salta a la vista la cojera. En el todo… Yo he visto algunas de las que usted hace, las pocas que me ha enseñado, se atrevió a decir B. Y me parece que no son muy distintas de las que han puesto por aquí. En estas paredes. O colgando del techo. No son muy distintas de todas estas fotos que la gente mira con tanto interés…

¿Y a quién le importa lo que tú opines si sólo tienes…? ¿Cuántos? ¿Ocho años? B detuvo sus pasos, te obligó a detenerte, y, enarcando las cejas, te miró a los ojos. Es usted mala. A veces es muy mala… Disculpa, respondiste, conteniendo a duras penas otra carcajada. Me has puesto nerviosa… Aún no he cumplido los ocho, puntualizó aquella cosita flaca y paliducha que te miraba desde abajo. Sólo me faltan unos meses… Os quedasteis calladas. B ya no se atrevía a seguir hablando de tus fotografías y tú al fin y al cabo preferías ver las imágenes en silencio, sin molestar a nadie y sin que nadie te molestara a ti. Por eso habías ido sola. Por eso casi siempre ibas sola a casi todas partes. Y decidiste tomarte las cosas con calma, aminorar el paso y disfrutar de las fotografías. Tiene razón Jeanne, pensaste. Aprendías rápido. Te fijabas en un fotógrafo y al momento eras capaz de captar imágenes con su estilo característico, aunque tú tenías ya el tuyo.

No te preocupes, le dijiste a B, que en absoluto parecía preocupada. Ya encontraremos a tus padres. A tu pequeña familia… Y en aquel preciso momento en las paredes del museo apareció por fin la familia del hombre. El tema central. El núcleo de la exposición. Una familia en Sicilia, pobre y sucia. Otra en Bechuanalandia, casi desnudos, con los rostros pintados y descalzos en un paisaje desértico. Una familia americana de granjeros del Medio Oeste. En su casa, con ropa, con zapatos, con estufa, con gafas, con los retratos de sus ancestros en la pared y papel pintado y alfombra y muebles. Un poco más allá se exponían las tareas del hombre. Las tareas tradicionales en el campo. La tierra, leyó B en voz alta moviendo el dedo por el aire, es una madre que nunca muere… En un cartel. A continuación, se veían escenas de agricultura y ganadería y gentes trabajando en la industria, en las minas o pescando.

Manos deshechas y espaldas dobladas que tiraban y tiraban con fuerza. También las labores domésticas. Y el trabajo en una oficina. Somos todos parecidos, pensaste. Sí. Aquellas fotografías de algún modo lo demostraban. Hasta el más estúpido ridículo. Y mientras las contemplabas seguiste recordando lo que había dicho Jeanne al ver tu trabajo hacía apenas unos meses. Algunos de tus negativos. Son buenos. Muy buenos. Sigue así y llegarás lejos. Podrías ganarte la vida con la cámara y dejar de ser niñera. Trabajas ya como un auténtico experto, como un orfebre. Cada una de las imágenes es una filigrana… Era la primera vez que le enseñabas a alguien algo de lo que hacías. La filigrana, insistió Jeanne, para estar bien hecha requiere maestría, amor, tiempo… Sólo disparo una vez, confesaste. Cuando se trata de un retrato, porque otras veces, si veo que hay una historia, hago una serie completa. O cuando algo o alguien me parece un símbolo.

Como una paloma muerta para la que gasté un rollo entero de película e incluso un poco más. El pájaro solitario. Caído… Jeanne, otra extraña en un país extraño, sin padre, te miró admirada. Ser pobre tiene sus ventajas, explicaste. Sólo disparas una vez. No puede uno gastar película ni balas tontamente, y como sabes que sólo puedes disparar una vez, cuando lo haces das en el blanco… Un solo disparo, repitió ella. Una toma perfecta. Cada una de las que has hecho. La prueba está en estas tiras de negativos… Satisfecha con lo que decía, tú misma la retrataste con unas cuantas de aquellas tiras entre las manos. Con su pelo gris y sus gafas de montura negra. Sacar una buena foto, continuó con una generosa sonrisa de felicidad, puede parecer fácil cuando uno desperdicia un carrete entero para hacerla, pero conseguirlo en un único disparo es otra cosa. Tiene uno que haber aprendido a jugar. La vida es una tragedia que ni siquiera los griegos supieron diferenciar de la comedia.

Tiene uno que haber aprendido y haber visto de todo. Aquí, por ejemplo, está El Parmigianino. Y ahí, Vermeer. O Piero della Francesca. Tienes una cultura visual enciclopédica. Y se nota tu pasión por el cine. Por el movimiento que hay en tus composiciones. Pero que sepas una cosa, Vivian. En este mundo no basta con hacer lo que haces maravillosamente bien. Es mucho más importante hacerse ver. Hay que sacar codos. Y tener buenos contactos en las altas esferas. Vende el que más grita, no el que ofrece la mejor mercancía. En este mundo de creadores que se consideran anarquistas y libertarios, por más que esté prohibido serlo, lo que vende, vende… Sonreíste, con embarazo. Hacerse ver. Eso fue lo que dijo. Sacar codos… A ti nunca te gustó empujar, ni llamar la atención. Tú lo que querías era hacer fotos. Tener buenos contactos en las altas esferas. Jeanne era amiga de una Vanderbilt. Nada menos que fundadora del Whitney.

El museo que lleva su nombre. Gertrude Vanderbilt Whitney. Ellos captan lo que ve la máquina, dijiste en voz alta para que B pudiera entender lo que en realidad hacías. Mi máquina retrata lo que ve mi alma. Clic… Sin darte cuenta, soltaste la mano de B y con los dedos de ambas manos abrazaste una cámara que, invisible, colgaba de tu cuello a la altura de tu ombligo para hacer una fotografía ficticia de lo que tenías delante. A una niña de ocho años observándote con el cuello estirado y sonriendo al ver lo que hacías. Juegos malabares. Magia negra. Hacías lo que querías. Cuando querías. Tal y como tú querías. Nadie te decía cómo tenías que hacerlo. Querías también dar la vuelta al mundo y aquella exposición no hizo más que aumentar las ganas de hacerlo, de salir por ahí en busca de tu propia familia. Para hacerla. Tu propia familia del hombre. Y lo hiciste unos años después. Sola. Con tu cámara. A tu aire.

¿Qué lleva ahí?, exclamó B, señalando la bolsa de papel marrón arrugada que sobresalía por la abertura de uno de los bolsillos de tu chaqueta. Tú metiste en él la mano para hundirla con rapidez. No es más que una lata de sardinas, respondiste. Con tomate… ¡La cámara!, gritó ella. Lleva usted ahí la cámara… Calla. Ahí está mi corazón. Tócalo… B refunfuñó, pero, sacando la tuya del bolsillo, cogiste su mano, la llevaste hacia tu cadera y cuando palpó la cámara abrió mucho aquellos ojos azules como los de su hermana y los de su madre, aunque en ella un poco de payaso, algo que le daba un aire tierno. Después volvió a caminar a tu lado en silencio, como si de pronto estuviera domesticada. Las frases sincopadas, enigmáticas, amainan a los niños. Las madres deberían hablar así a sus hijos con más frecuencia. Hechizamos a los niños con cuentos de hadas, pero a la vez nos empeñamos en matar el misterio de la vida con cada una de nuestras palabras y con casi cada uno de nuestros actos.

B siguió caminando junto a ti como si tuviera un nudo en la garganta. Como si su corazón no estuviera en el bolsillo de la chaqueta, ni en su sitio, sino en su gaznate, a punto de salir disparado por la boca. Aparecieron entonces las actividades lúdicas. La comida. Un hombre en Francia de picnic echándole sal a un huevo. Con camisa y corbata y la raya del pelo muy recta. Sacudiendo un salero con la otra mano. Una campesina en Yugoslavia abrazando un montón de hogazas de pan. Seis mujeres muy maquilladas, bien peinadas y mejor vestidas riendo tras el cristal de una hamburguesería. Mierda y más mierda que no vale ni el papel de revelado, murmuraste. Mierda de catequesis. No hay que mostrar cómo se echa la sal a un huevo. Hay que echar sal a las heridas… B te cogió otra vez de la mano y, sonriendo, la apretó. En la pared de enfrente un hombre en el Congo belga mostraba triunfante una cría de antílope que mantenía bocabajo, en el aire, cogida por las patas.

Y junto a él otro hombre echaba la cabeza hacia atrás y abría bien la boca para recibir un chorrito de agua. Dientes blancos, muy blancos, que contrastaban con la piel tan negra. Todas aquellas eran imágenes alborozadas. Tan pletóricas que parecían saltar de las paredes. Pero empezabas a sentir cierto cansancio. Tú, que estabas acostumbrada a caminar durante horas y horas, mirando a un lado y a otro, fijándote en todo. E incluso hastío, fatiga visual. Tanto movimiento para nada, rezongaste al pasar junto a un expositor tubular forrado de imágenes de niños cogidos de la mano girando en círculo. Jugando al corro de la patata. Fotografías como banderas, continuaste, que flamean como un gallo en un corral. ¿Para qué? ¿Por qué? Y de nuevo, el niño peruano con el flautín en los labios. La música y el ritmo, se leía en un panel, encuentran su camino hasta los lugares secretos del alma…

Era una cita de Platón. A continuación se mostraban la bebida, el juego, la enseñanza. Niños de Bechuanalandia desnudos, apretujados en el suelo de tierra, escuchando a un chamán. Y un montón de hombres y mujeres sentados en hileras en una universidad de Checoslovaquia. El más fino diamante se encuentra entre el barro, dijiste, inclinándote sobre B para que no perdiera una sola de tus palabras. Rebozado de sentimentalismo o de tierra y de agua sucia. En el lodo de esta exposición… Te miró asombrada y sonrió. Tenéis que estudiar. Os lo he dicho miles de veces. Tenéis que ser como los hombres. Como vuestro padre. Como estas mujeres cuyas fotografías se exponen aquí… Tú podías haber estado allí. Con una de las tuyas. Jeanne había querido enviar una de tus fotografías a Steichen, pero tú no lo permitiste. Estaba convencida de que la habrían seleccionado. No sabía que aquel no era el problema. Miraste a un lado y a otro. Monjas en tiovivos. Con las tocas al viento.

Acordeones. Faldas escocesas por el aire. Por aquí ya hemos pasado, ¿no te parece?, preguntaste. ¿Hemos retrocedido sin darnos cuenta? Aquí todo es como una túnica o un velo. Se mueve sin moverse. Un parque de atracciones, a pesar de su frenesí, es el lugar más estático del mundo… B se echó a reír y empezó a caminar dando zapatazos con las rodillas dobladas. Con los hombros y los brazos sueltos, desmadejados. No hay nada más engañoso que una bandera, continuaste tú. Las banderas, iconos de la determinación, dan sensación de libertad, cuando en realidad están atadas a un mástil. A merced del viento… Volvieron a aparecer las parejas. Y la sensación de soledad. El hombre en la calle transmite soledad, te dijiste. Estoy solo con el latido de mi corazón, decía en otro panel el poeta chino Lui Chi. En uno de aquellos rótulos tan tan tan descriptivos. Tan obvios. Podría usted ser famosa, insistió B. Como todos estos fotógrafos…

Cuando a un niño se le mete una idea entre ceja y ceja no es fácil apartar su mente de la cuestión. Vuelve a ella una y otra vez, como si su cerebro se hubiera atascado. A menudo retoma su idea tras un largo silencio, aunque su interlocutor le haya dicho ya que lo que se le ha ocurrido no sólo no es viable, sino que no tiene nada que ver con la realidad, que es una estupidez o una locura. A veces al cabo de varios días. O de meses. O años. Tal vez incluso al cabo de toda una vida. Podría usted dejar de ser niñera… ¿Y qué tiene de malo ser niñera? ¿Por qué todo el mundo se empeña en que deje de ganarme la vida como me la gano? Bueno, todo el mundo no, reconociste para tus adentros. Los pocos que me conocen bien. Jeanne. A y B… ¿Acaso Hércules consideraba que limpiar un asqueroso establo fuera una labor por debajo de la dignidad del más fuerte de los hombres?, exclamaste. ¿Una tarea mezquina para el hijo del más importante de todos los dioses del Olimpo?

Te echaste a reír. Menuda defensa. No eres hija de unos padres a los que se les pudiera considerar ni siquiera como semidioses. No lo pensaste ni cuando eras niña, a esa edad en la que la mayoría de los hijos no están dispuestos a reconocer los defectos de sus progenitores. El más fuerte, añadiste a la retahíla que acababas de escupir sobre aquel monte mitológico y su particular adalid de la virilidad. El más guapo. El más listo. Uno de los artistas más destacados del país. Una de las colecciones más importantes de nuestro tiempo. El mejor sistema de fotografía instantánea del mundo. Y toda la jerarquía olímpica. Mierda celestial… B ignoró tus exabruptos e hizo bien. Al fin y al cabo su casa no era un asqueroso establo. No importa tal sombra o tal destello, continuaste perorando en voz alta. Cuando disparo está todo ahí. El antes y el después. Magia, ruido, tripas y dientes. El éxito. ¡Ja! Ja, ja. El éxito por sí solo no ayuda a vencer las dificultades íntimas.

El éxito en las tareas que nos plantea el mundo no basta para resolver las presiones internas… Pronunciaste la palabra éxito como si fuera un aborto, como si quisieras que saliera de tu boca entrecomillada y se quedara en el aire, flotando en líquido amniótico, en heces, en babas, en flujos y mocos. No son los triunfos lo que cuenta, proseguiste, sino el desarrollo interno de cada persona. Nada de autobombo y nada de autocompasión. Debe uno conquistar la autonomía. Una verdadera autonomía. En las tripas. En la sangre. Dentro… Pero nadie la toma en consideración, continuó B. Cabezota. Nadie sabe que es usted mucho más lista que todos esos pájaros que andan por aquí pululando alrededor del señor ése… B levantó el dedo para señalar a Steichen, que estaba justo delante de vosotras. A unos pocos, poquísimos pasos. El deán de la fotografía creativa. El ministro plenipotenciario en aquel templo del arte más moderno de todas las artes.

Alto, con entradas en el pelo canoso, gafas de montura metálica y una confiada sonrisa de cura de pueblo. Abordado por los fanáticos fans, por los pasmados admiradores, por los camanduleros aduladores, por quienes querían que les diera un empujoncito para subir un escalón más en el escalafón de la fama. Y allí estaba Robert Frank. Y su mujer, Mary. Con una falda de vuelo estampada, un chal y repollos de rosas en su rizada melena. Robert vestía como siempre, de manera descuidada. Llevaba el cabello revuelto, aunque se había afeitado. Era el segundo fotógrafo con más imágenes en la muestra. Y el primero, Wayne Miller, asistente de Steichen. El enjambre de admiradores en torno al comisario hacía mucho más ruido que todas las demás personas que aquel día visitaban las salas de la exposición. Y allí estaba también Joe Gould, un hombre viejo, calvo, con barba gris y sin dientes, que iba siempre de bar en bar, vendiendo poemas, moviendo los brazos como si fuera una gaviota y gorroneando bebidas.

Andará recolectando material para esa Historia oral que, según dice, escribe desde hace años, pensaste. En el fondo, hace lo mismo que tú. Él recorre la ciudad y escucha a la gente, sin su permiso, y apunta todo lo que le parece revelador. La historia oral de la humanidad. Tú recorres la ciudad y observas a la gente, sin su permiso, y fotografías todo lo que te parece revelador. La historia ilustrada de la humanidad. Acabarás como él. Sola, vieja, chiflada. ¿Y para qué demonios quiero yo que sepan nada de mí?, estallaste. Como antes B. De manera repentina, después de haber permanecido un buen rato en silencio, inmersa en tus cavilaciones, rumiando. Di. ¿Para qué? B te miró desconcertada. Anda. Dime. ¿Para qué? ¿No estoy yo mucho mejor charlando contigo por estas salas y contemplando todas estas imágenes a nuestro aire que en medio de ese hervidero de víboras?

Aunque algunos de los reptiles que culebrean en torno al hombre de las gafas y el pelo blanco sean inteligentes e incluso buenos fotógrafos. Pero también los hay muy malos que, a pesar de todo, son famosos. Fotógrafos mediocres que triunfan y a los que mucha gente considera el non plus ultra. ¿Ves a ése de ahí? ¿Ése que ahora le pasa el brazo por los hombros al de las gafas y el pelo blanco? ¿Ése que ahora mira extasiado al hombre al que tú acabas de señalar hace unos instantes con el dedo? Y, por cierto, no se señala a nadie con el dedo. Ni siquiera a un vulgar paraguas… B protestó. Su dedo índice de la mano derecha parecía tener vida propia, como tu cámara. Está bien, aceptaste. Te creo. Pues bien. Ese hombre al que todos dan coba es el comisario de la exposición. El director del departamento de fotografía de este importante museo. Un pez gordo. Y, por cierto, cuanto más gordos son los peces gordos, más ruido hacen al caer…

Miraste a B. ¿Sabes lo que es un pez gordo? Movió la cabeza arriba y abajo. Pues bien. Ése que acaba de pasarle el brazo al de las gafas y el pelo blanco por los hombros y que parece que no quiere más que mostrarle su amistad inquebrantable, untuosa y sumisa, sin duda para conseguir algo que sólo puede lograr a través de ese hombre y no por sus propios medios ni gracias a ningún otro… Te detuviste un instante para respirar, pero enseguida proseguiste con tu nueva frase, una de esas frases con las que aún hoy día te dejas llevar por la rabia y con las que parece que te despeñas. Ése que acaba de pasarle el brazo al de las gafas y el pelo blanco por los hombros, sin duda empeñado en conseguir algo a lo que de ningún modo puede renunciar, porque reventaría de envidia y de insatisfacción, no sé, una cabaña de lujo en la playa que él denominará su choza o un ataúd de bronce imponente y un bonito coche fúnebre tirado por ocho caballos…

Otra vez te detuviste para coger aire. B te miraba con atención. No perdía una sola de tus palabras. Y dirá que lo hace para dar de comer a su hijo, proseguiste, cuando por cómo se esfuerza se diría que tiene que dar de comer a todo un rebaño. A varias camadas. Pero ¿por dónde iba? Ah, sí, claro. Ése que acaba de pasarle el brazo al de las gafas y el pelo blanco por los hombros y que ahora le mira transportado mientras escucha con atención cada una de las palabras que dice… B estornudó, interrumpiendo la frase que amenazaba con convertirse en una longaniza de varios metros. Ése, precisamente ése, continuaste, sacando otra vez el pañuelo para limpiarle la cara y el escote e impedir que lo hiciera ella con la manga de su chaqueta, mañana mismo criticará la muestra y dirá que la de su comisario no es más que una moral de Cruz Roja… ¿Y eso qué quiere decir? Que cree o intenta hacer creer a todo el mundo que el mundo es magnífico tal y como es…

Entiendo, dijo B, aunque aún quiso saber más. Señorita… ¡Smith! En los lugares públicos soy la señorita Smith, la niñera… Señorita Smith, ¿por qué no prueba a enviar unas cuantas fotos suyas a un museo? ¿O a una galería de arte? Pero qué manía, exclamaste. Y una vez más te detuviste de golpe, inclinando la cabeza y mirándola a los ojos. Hay gente con talento para hacer carrera, explicaste, y otra que no tiene ninguno para hacerla, aunque sus obras sean tan buenas o incluso mejores. Y no me refiero a mí, añadiste, poniéndote otra vez en marcha, que tampoco soy Rembrandt… B tiró de tu brazo, obligándote a mirarla otra vez a los ojos. Es un decir. Ya sé que yo no pinto, pero has de saber una cosa. El mundo del arte no es más que una charca pútrida. Con demasiada frecuencia funciona tal y como lo hace el del crimen organizado. Es una mafia, aunque más sutil que la que explota el alcohol, el tabaco, el juego o la prostitución.

Y un poco menos chapucera. Además, en Nueva York no hay más que una galería dedicada a la fotografía. Se llama Limelight y abrió el año pasado. La dirige una mujer, Helen Gee… B abrió las manos y ladeó la cabeza, como diciendo: Pues ahí podía usted exponer… He ido a alguna de sus exposiciones, pero jamás me he sentado allí. Ni a charlar con amigos, ni a comer una pizza o una hamburguesa. Si es que eso se puede comer allí. Siempre como de pie, sola, y ceno también de pie, además de que yo no como esas marranadas. Tú misma lo pudiste ver en más de una ocasión cuando vivía en vuestra casa. No como por placer, lo hago para alimentarme, para no morirme antes de tiempo. Soy un callejón sin salida. Y la gente se da cuenta nada más verme. No tengo contactos. No hago relaciones. No las necesito, porque yo lo que quiero es vivir en paz cada minuto de mi vida y hacerlo a mi manera, sin tener que lamerle el culo al gerifalte de turno…

B se puso a aplaudir y a dar saltos. Ni líder, ni chamán, ni manada, continuaste tú. La mayoría de las personas que se dedican a estas profesiones que tanto dependen de la opinión del público y de los críticos apenas hace otra cosa más que relacionarse. Conspirar. Adorar al cabecilla, al caudillo o hacer todo lo posible para convertirse en el dirigente o en el gurú de la manada. Y tienen tantos contactos que parecen autopistas de varios carriles y direcciones… B te miró de reojo. Caramba, dijo, con una sonrisa en los labios. Todo el mundo a nuestro alrededor pensaba que era usted una esfinge, pero cuando se lanza a hablar hay que ver lo que suelta. Sapos como camiones y culebras kilométricas… Te echaste a reír, pero, incorregible, continuaste con tu terrario verbal. Y como todas esas relaciones amenazan con disiparse, constantemente están ocupados con todas esas relaciones. Y por eso, fieles a su principio de no perder ni una sola oportunidad, están siempre maquinando.

Lo cual, junto a las ventajas que persiguen, acarrea también grandes desventajas. Por ejemplo, una horrible soñarrera… Los adultos que se promocionan a sí mismos para progresar se convierten en alimañas, pensaste. No querías ser así. Por eso, siempre te sentiste tan a gusto con los niños, los viejos y los fracasados. No querías medrar, sino mantenerte recta y ser justa, aunque resultaba difícil, porque también eras mezquina e injusta. Qué tontería querer convertirse en algo. En alguien. ¿Para qué? ¿Para distinguirte de los demás? Ser importante. ¿Para qué? ¿Para ver una fila de extraños haciendo cola con la intención de estrecharte la mano o arañar un autógrafo y poder decir que consiguieron rozarte, como si fueras una de las piedras de la pirámide de Keops o el zafiro que toda una familia está esperando heredar, paralizada? Mierda celestial… El recorrido se volvía cada vez más estrecho. Llegó la muerte.

Un joven subido en una tumba. Un niño en un ataúd. Viudas, funerales, lápidas. Y la bomba atómica. Una seta gigante en blanco y negro. En una habitación especial, con sillas para poder contemplarla. ¿Y los muertos y los heridos? ¿Dónde estaban las secuelas de aquella imagen en sí misma poética? Escamoteados. Y otra vez la vida. Otra vez explotaba la vida. Aquello no se acababa nunca. Volvían a nacer niños. En España, en Suecia, en Alemania. El optimismo esforzado del comisario y de sus ayudantes, el de los ciudadanos de a pie, deseosos de olvidar las últimas guerras, casi no daba espacio al mal. Y de pronto, entre tanta basura condescendiente, emergió la fotografía más impresionante de todas las que había allí. Una madre todavía joven, aunque ajada por la preocupación y la angustia, rodeada por sus hijos, que escondían el rostro, apoyando sus cabezas en los hombros maternos.

La retratada, explicaste, porque era una fotografía que su autora había realizado hacía casi diez años, alimentaba a sus hijos con vegetales helados de los campos en los que trabajaba en algún lugar de los Estados Unidos, plantando guisantes, y con pájaros que cazaban los pequeños, no con productos traídos en el coche o en el carrito de la compra desde el supermercado de la esquina. Famélica y sucia, con gesto cansado, esta mujer me parece mucho más hermosa que todas esas sofisticadas damas que, envueltas en pieles y rodeadas por un nubarrón de perfume, pasean por las calles de Nueva York… B asintió. Esta foto es de Dorothea Lange. Esta sí. Esta me hubiera gustado hacerla yo. En los años veinte y treinta esta mujer se ganaba la vida retratando a las clases altas de San Francisco, hasta que en 1932 empezó a fotografiar a los obreros y a los parados de la ciudad… Se oyó un aplauso, pero no era para Dorothea Lange. Os volvisteis para ver qué ocurría.

Los aduladores, que parecían saltimbanquis, doblándose en un amplio muestrario de reverencias y genuflexiones, festejaban y algunos hasta fotografiaban a Steichen. El obispo. El Don, gruñiste. Il capo di tutti capi. Bueno, ése no está aquí. Ése es el mandamás. Il capo crimini. Pero ahí tenemos al Boss. Con su consigliere, su capo bastone o sotto capo y sus caporegime. Y a los estúpidos de los soldados. El aplauso es una costumbre bárbara. El reverso, la otra cara de la moneda del phui, phui, phui… B encogió ligeramente el cuello mientras tus ojos abarcaban a los que aplaudían y al aplaudido en un retrato de grupo. Clic. No hay nada más real que el hambre, leíste en un panel. Y nada más falso que fotografiar el hambre, gruñiste para tus adentros. Caras descompuestas, bocas abiertas sin nada que llevarse a la boca, hambre con frío, hambre de un niño encogido, que no entiende por qué. ¿Por qué? Hambre de un pequeño chino que arrastra los pies, enfundados en unas sandalias rotas, y un cuenco vacío.

El arte, advertiste a tu pequeña compañera, debería ser un espacio de libertad, pero, como ves, en cuanto se juntan varios lo convierten en un coto organizado de manera jerárquica, tal y como ocurre en la Iglesia, en el ejército, en los ministerios, en las cortes del mundo entero o en la tripulación de cualquier barco mercante… ¿Por qué no quiere usted que sepan…?, insistió B. ¿Por qué? ¿Por qué?, protestaste, con impaciencia, cortando su pregunta por la mitad. No puedes entenderlo todo. Tampoco los adultos lo sabemos todo. Pero te confesaré una cosa. Se vive mucho mejor en el anonimato que siendo famoso… Tú no lo habías experimentado nunca ni lo probarías jamás, pero bastaba observar a uno cualquiera entre los más reconocidos en cualquier profesión para darse cuenta de que se trataba de algo poco deseable. Y nada sano. Bastaba observar, por ejemplo, a Marilyn Monroe. Acabará mal.

Lo pensaste en cuanto la viste por primera vez. En La jungla de asfalto. Tenía tu edad. O a Rita Hayworth. Tan rutilantes, tan aparentemente independientes, y no eran más que marionetas en manos de los directores y productores de cine. Mira a ésos, le dijiste a B, señalando a tres fotógrafos que hablaban entre sí pegados a una pared. Y te reíste, porque entonces fuiste tú la que lo hizo. Señalar con el dedo. B también se rio. Son tres fotógrafos muy conocidos. Yo los observo. Los conozco a todos, sin que ellos me conozcan a mí. Se mueven en lo que se llaman camarillas. Se ayudan entre sí y hacen la guerra o el vacío a los que no son de su cuerda. Siempre levantando la cresta. Me parece que se toman a sí mismos demasiado en serio. Y lo sacrifican todo en nombre del éxito. Quieren convertirse cada uno de ellos en la vedette nacional. Qué digo nacional. Del mundo entero. Los pájaros cagan desde muy alto. Y a veces incluso se diría que apuntan a los de más abajo…

B sonrió hasta con los ojos. La mayoría de los niños son incapaces de resistirse a los encantos de una perorata escatológica. Los nombres no importan, proseguiste. Sean quienes sean, no los conoces. Aparte de que lo más probable es que el día de mañana tampoco los conozca nadie. Pero vamos a escuchar lo que dicen… Aguzasteis las dos el oído. ¿Y a vosotros cuánto os han pagado por las fotos?, dijo uno de los tres y sonrió de una forma perversa. Los otros dos palidecieron. A mí no me han pagado nada, dijo uno. Tranquilo, intentó calmarle el otro, aún con el rostro demudado. Debe de estar tomándonos el pelo. Que yo sepa no le han pagado a nadie… ¿Ves el aspecto que tienen? B asintió. ¿Ves su disfraz? Porque has de saber que ese atuendo no es más que un disfraz que les ayuda a reconocerse unos a otros. También los gestos y el lenguaje sirven para eso. Para entrar en un grupo cerrado, exclusivo.

La ropa para muchos es un artificio con el que medrar… B bajó la vista. No. La tuya no, le dijiste, dándole un cariñoso pellizco en una mejilla y mirando de reojo aquel sempiterno vestido de flores. Así vestidos, a ellos les dejarán entrar hasta en la sala de billar pompeyana del hotel Astor, cuando a otros no nos permiten pasar ni con nuestras mejores galas. Bueno, a mí ahora sí, cuando acompaño a los cachorros de alguna familia rica. ¿Cachorros?, preguntó B. Sí. Niños como vosotras. De buena familia. Desde ahí he podido ver el desfile del día de Acción de Gracias. Desde el balcón del hotel. Las carrozas y cada uno de los globos gigantes. A la altura de mis ojos. Tiré tres rollos de película. Pero mira a esos de ahí. Siempre insatisfechos, siempre deseando alcanzar un punto más alto, ser públicamente reconocidos y aclamados, sin darse cuenta de que lo mejor de la vida no está ahí arriba, sino a menudo en lo que creen haber dejado atrás. En aquello de lo que huyen. En lo que desprecian.

Estudian todos en la misma escuela, pero no tanto para aprender fotografía como para hacer relaciones, para poder manejar los resortes de la mafia. Quieren parecer pobres y no lo son en absoluto. Quieren parecer jóvenes y tampoco lo son ya. Y no lo han sido nunca, ni siquiera cuando lo eran. Si te acercas a ellos y les haces una pregunta, la más sencilla, incluso qué hora es, no te contestarán. Y lo más probable es que tampoco te miren. Y si lo hacen, será por encima del hombro. No es que no te comprendan, sino que te tratan como si fueras aire. Si les dices lo que piensas de su mundillo, echarán mano de un arma casi infalible. Te tildarán de ingenua, de inmadura, de adolescente. El uno, el otro y el otro, incluso desde las páginas de un periódico. Y nadie quiere que se ponga en duda su inteligencia en público.

Y si por casualidad se te ocurre intentar que te acepten, tu vida se convertirá en un eterno nacimiento, en un parto constante, en una venida al mundo que no se acabará nunca. Y no. Gracias. Prefiero ir sola y de noche a los barrios más peligrosos de Nueva York que mezclarme con tipos como ésos. O acercarme a un asesino convicto e incluso a toda una banda de gánsteres de los de verdad. De los que llevan pistola. Y si alguna vez uno cualquiera de ésos se digna a dirigirte la palabra será para preguntarte quién es tu padrino. Quieren saber quién es tu valedor en esa mafia, porque, además de las camarillas, están las camadas. Sabes lo que es una camada, ¿verdad? B negó con la cabeza. Antes no has preguntado. Ya utilicé esa palabra. Cuando no entiendas algo, levanta el dedo. O mejor, tírame de la falda. La camada la forman las crías que un animal tiene en un solo alumbramiento y a las que defiende con uñas y dientes. Los padrinos eligen a sus camadas, guiándose por los posibles beneficios, sin importarles si lo que hacen está bien o no.

Y los defienden con uñas y dientes. Como hacen los cerdos o los jabalíes con sus retoños. Los acogen y patrocinan porque les conviene y porque resulta más rentable y menos arriesgado amparar a un inepto que a alguien que algún día les pueda llegar a hacer sombra. Y frente a esos otros, los que ellos saben o sospechan que les podrían llegar a hacer sombra, levantan barreras invisibles, que no ve nadie, pero que no por eso dejan de ser infranqueables… Echasteis a caminar de nuevo, cogidas de la mano, hermanadas por tus teorías, y os encontrasteis con los soñadores y los religiosos. Aún creo que la gente es realmente buena en su corazón, escribió Anna Frank en su diario cuando tenía catorce años. Esa frase reproducida allí en uno de los paneles te enfureció. Por la desvergüenza en el afán de manipular.

Cuando de pronto una imagen hizo que te detuvieras de golpe y B contigo. En ella, un grupo de judíos avanzaba por las calles del gueto de Varsovia, escoltado por un pelotón de soldados alemanes armados hasta los dientes. Una niña más o menos de la misma edad que B con abrigo a cuadros y las piernas al aire abría la marcha, rodeada por varios adultos, camino de la muerte, mirando temerosa a sus captores. La exposición podría haber terminado así. Con aquella otra fotografía de un montón de jóvenes coreanas gritando tras una alambrada. Con las miradas de tristeza de tantos niños y adultos en el mundo entero. Con el soldado muerto que apareció un poco más allá, un joven tirado de espaldas para siempre, mordiendo el polvo. Pero el comisario y sus sacristanes habían preferido acabar en un tono diferente. Una pareja en Holanda. Juntos formamos una multitud. Una pareja en China. Juntos formamos una multitud. Una pareja en Canadá. Juntos…

Y tras una imagen de las Naciones Unidas en plena sesión, volvió incluso el más desvergonzado alborozo. El mensaje de esperanza. El niño del caramillo. Nom de Dieu! Y unas piernas preciosas. De mujer. Una mujer joven cargada de flores, en mitad del agua, un agua clara y sin duda alguna fresca. Es una fotografía de Nell Dorr, explicaste. Amiga de Steichen y de Alfred Stieglitz, al que le hacía el pan… B te miró con cara de tortuga. Debía de estar rico ese pan, bromeó. Stieglitz, puntualizaste, era uno de los hombres más influyentes del mundo del arte y de la fotografía… Me lo temía, replicó B, mientras en aquel tobogán de variedades y simplezas que se extendía a vuestro alrededor volvía a predominar con descaro el tono alegre. El entusiasmo. Niños en Japón comiendo copos de nieve que caían del cielo. Con la boca abierta y el cuello doblado en un ángulo de casi noventa grados.

Niños jugando con pompas de jabón. Con bengalas, con piedras, con cajas de cartón y con su propia sombra en la arena de una playa. ¿Quién es ese señor de los bigotes retorcidos y en punta?, exclamó B. Por suerte, no hacía falta señalar. Tú también te habías quedado mirándole. Como todas las demás personas en aquella sala. El hombre, con los ojos desorbitados sobre unos finos y enhiestos bigotes, retorcía las manos en el aire como si se hubiera propuesto hacer sombras chinescas. Parecía poseído. O estar bajo los efectos de un potente alucinógeno. Lo he visto alguna vez en la televisión… Es Salvador Dalí. Un pintor español que ha vivido bastantes años en Nueva York y que a menudo se pone lacitos o flores en las puntas de los bigotes, aunque dice que siempre los lleva como si fueran las manecillas de un reloj que marcaran las diez y diez, con lo que más bien parecen los cuernos de un toro diminuto. Suele posar de manera provocativa y decir boutades…

¿Cómo?, gritó B, tirándote de la falda como un sacristán de pueblo llamando a misa. ¿Qué significa eso? ¿Boutades? Frases pretendidamente ingeniosas que se dicen para impresionar a la concurrencia. Es un fantoche. Hace demasiado ruido para vender su bazofia. Como tantos otros que se creen artistas y no están más que imbuidos por el afán inmenso que tienen de imponer a todos y en todas partes su enfermizo egocentrismo. Hace tres años lo encontré en la puerta de este mismo museo y le retraté primero firmándole un autógrafo a una hermosa joven y después, cuando echó a caminar, por la calle, como una persona normal y corriente. Serio, sin afectación alguna… ¿Se refiere a hacerle una foto? Sonreíste. A retratarle. Sí. Tú ya me entiendes… B sonrió también y después, retorciendo los dedos y moviéndolos por el aire, te miró con los ojos desorbitados. Eso no se hace, dijiste, dándole un sonoro palmetazo en la nuca.

Es tan feo como señalar. O peor aún. Y, por cierto, ¿sabes que los pintores nos odian? A los fotógrafos, quiero decir. ¿Por qué?, preguntó B. ¿Por qué qué? ¿Por qué los pintores odian a los fotógrafos? No todos nos odian, sólo algunos, pero esos lo hacen a muerte. Tal vez porque las nuestras son reproducciones de la realidad mucho más fieles que las suyas. Y porque nos basta un simple movimiento, una presión con el dedo, para obtener una obra completa. Clic… Con razón les odian, dijo B y corriendo se tapó la boca con la palma de una mano. Como quien piensa que ha dicho una inconveniencia, aunque las dos os echasteis a reír. De todos modos, continuaste, muchos aún niegan que la fotografía sea un arte. También los fotógrafos consagrados odian a la mayoría de los fotógrafos callejeros. Todo el mundo se odia en este mundo, aunque en público, como acabas de ver, muchos se hagan reverencias y hasta carantoñas. Odio y amor tienen el mismo número de letras. Las justas para coronar nuestros nudillos…

Con el índice de una mano B contó los odios y los amores que le cabían en los nudillos de la otra. Y enseguida con el otro dedo índice los de la primera. También muchas personas por la calle si se dan cuenta de que las has fotografiado sin su permiso te odian a muerte. Te darían con el bolso en la cabeza. Y te dan, si pueden. A mí más de una vez me han puesto un ojo morado o me han hinchado la cara. Tengo un autorretrato con la cara como un pan, como una hogaza recién salida del horno, y un ojo a la virulé. No pude dejar pasar la oportunidad. Te arrean con el bolso, con la bolsa de la compra o con cualquier otro objeto que tengan entre las manos. O con lo que encuentren a su alcance. Un garrote, una silla. ¿Te acuerdas de Piel de Zorro? B asintió. Pero ella no le pegó… Hay que defenderse. Atacar antes de que se les ocurra agredirte. Es una profesión peligrosa. Y sólo por eso me gusta aún más…

Querrá usted decir que es una vocación peligrosa. Usted no se gana la vida con las fotos que hace… Estás en todo, reconociste, dándole un par de palmaditas en el cogote. No se te escapa una. Pero la verdad es que no todo el mundo se envalentona. Los hay que se enroscan sobre sí mismos como gusanos, hasta el punto de que no se les ve más que el traje que visten y, sobre todo, la gorra vieja bajo la que se ocultan, como si fuera un enorme armario ropero. Tan sólo asoman los zapatos. Pero aun así, se les puede identificar. Por un anillo en un dedo sucio que queda al descubierto en la mano que aplasta el casquete contra el cráneo. Con tres piedras embutidas en la plata tosca. Mejor dicho, los huecos del engarce de las piedras, quizá preciosas en otro tiempo, pero ya desaparecidas. Hay que ver la cantidad de hombres que tratan de vivir ocultos bajo un sombrero. Aunque también hay personas a las que les gusta que les fotografíes. Los jóvenes te miran desafiantes y algunos hombres maduros también.

Las mujeres de cierta edad te observan con desconfianza y altanería. En cambio, los niños actúan con naturalidad. Y muchos no se enteran de que les acecho hasta que mi sombra les advierte de mi presencia. Mi silueta oscura y fría sobre ellos o junto a ellos. La sombra de mi sombrero de gánster. De este modo presto vida a otras personas y a la vez me autorretrato. Mi sombra es mi firma. En un rincón. Pero como te decía, muchos no se enteran y no se enterarán jamás, porque están dormidos en un banco, en la arena de una playa, dentro de un coche o tirados en el parque. Acuérdate de cuando paseábamos juntas por Central Park… ¿Por qué no se enterarán jamás?, preguntó B, mirándote a los ojos. Podrían reconocerse si algún día llegaran a ver sus fotos… Pero mis fotografías no verán la luz hasta que todos ellos estén muertos. O casi todos, porque, como sabes, retrato también a muchos niños…

¿Y usted? Sí. También yo estaré muerta… B se quedó pensativa, mientras tú jugueteabas con uno de sus mechones rubios y le hacías cosquillas detrás de la oreja. Los niños no acaban de entender la muerte, aunque la mayoría de ellos no piensan en otra cosa, como la mayor parte de los adultos. Por cierto, en mi estirpe casi nadie deja nada tras de sí, añadiste. Tierra quemada. En cambio, yo no sólo voy a dejar mis fotos, sino hasta mis blusas. Sí. Sí. Cada una de mis prendas. Y mis horquillas del pelo. Y cada sobre que recibo. Muchos de ellos sin abrir. Y mis zapatos de monja… Sí, te interrumpió B, al tiempo que bajaba la vista para clavarla en tus zapatos planos. Con cordones. La verdad es que a veces parece usted un miembro del Ejército de Salvación. Eso decía siempre mi madre… Y una vez más las dos os echasteis a reír. Soy una monja, pero no me dedico a Dios, sino a mí misma, a mi vocación, pensaste. Una monja o una obrera de una fábrica soviética, reconociste en voz alta.

O una empleada de prisiones en una cárcel femenina… No necesita llevar tacones. Es usted tan alta, dijo B, forzando el cuello para mirar hacia arriba. ¿Y no le gusta fotografiar a famosos? Sí. El año pasado retraté a la actriz y cantante Lena Horne, defensora de la igualdad racial. Su piel de color café con leche contrastaba con el blanco de las perlas de sus pendientes y de su collar de varias vueltas, con el de su sonrisa y el de su blusa. Y en otra ocasión a Ava Gardner firmando autógrafos en el Capitol. Elegantísima. Pero no es eso. No es eso lo que busco. Busco rostros reales. Sin máscara. Busco a las víctimas de la vida… ¡Señorita Maier! ¡Señorita Maier!, gritó una voz a tus espaldas. Al darte la vuelta, pudiste ver cómo un globo de color rosa pálido reventaba en el rostro de otra niña, cubriendo la punta de su pequeña nariz, parte de las mejillas, los labios, el mentón y hasta una oreja con unos cuantos pelos.

No se le veían bien las facciones con aquella careta pringosa, pero la melena rubia, la voz, a pesar del velo pegajoso que tapaba la boca, y el vestido de flores eran inconfundibles. Era A. A con la cara envuelta en una película viscosa que le impedía hablar y seguir gritando aquel apellido. El de tu padre. El tuyo. Maier. A de la mano de Lisette Model. ¿Qué demonios hace tu hermana de la mano de esa mujer?, exclamaste, inclinándote hacia B. Mientras, la célebre fotógrafa sacó un pañuelo del bolso e intentó limpiar la cara de la otra niña. No es más que una amiga de mis padres, respondió B con la naturalidad que caracteriza a las crías de las clases pudientes que gozan de una esmerada educación. Acabaré viendo a Cartier-Bresson de la mano de la madre, pensaste tú. Y te echaste a reír. ¿Quiere conocerla?, preguntó B. No. Muchas gracias, respondiste, alzando las palmas de las manos, como para intentar impedirlo. Por todos los medios. Padre austríaco, te dijiste. Como el mío.

Y madre francesa, como la mía. ¿Llevaría la Rollei en el bolso? Imposible. Era muy pequeño. La volviste a mirar. Como para asegurarte de que no era una visión. Aunque aquella aparición allí resultaba de lo más normal. Lisette Model con su traje de chaqueta de terciopelo negro y su carita de garbanzo. Nariz respingona y mentón esquivo. Como tú. Pero qué destinos más diferentes. Y diste un par de pasos en dirección contraria para abandonar la sala. No querías que te vieran los padres de B. Con tanta gente alrededor y tanta fotografía en las paredes, además de la presencia de Lisette Model, resultó fácil. Tampoco querías conocer a la famosa fotógrafa ni que ella te viera a ti. A pesar de que te gustaban sus trabajos. Habías aprendido mucho de ella. En la distancia. Es usted un personaje curioso, murmuró B, repitiendo muy seria lo que solía decir su madre, aunque enseguida sonrió y te guiñó un ojo, de modo que imitaba a su madre conscientemente.

¿Comprendes por qué no quiero meter los pies en esta charca?, preguntaste, acariciándole el pelo por última vez. Después te diste la vuelta para marcharte de allí de una vez por todas. Sí, respondió la niña y te siguió. Yo en su lugar haría lo mismo… El pequeño peruano con el caramillo sonrió una vez más desde una de aquellas paredes. Hay que ver lo que no se ve, explicaste aún, avanzando hacia la salida. Tal vez lo mejor sea cerrar los ojos en el momento de disparar… ¿Qué piensas de La familia del hombre?, parecía querer preguntar el del flautín a cada uno de los que abandonaban aquellas salas. La charca pútrida tiene dueños, murmuraste. Y ni se te ocurra pensar que puedes meter siquiera un dedito… B levantó el índice de la mano derecha, aquel dedo al que tanto le gustaba señalar, y lo movió por el aire, haciéndolo girar, para después lanzarlo en picado al vacío. Como si ahí, justo delante, estuviera la charca hedionda, con las ranas croando en el centro y los enjambres de mosquitos zumbando a su alrededor.

Y aquí tenemos la última fotografía de la exposición, anunciaste, aliviada y deseando salir de allí para tomar el aire. Se titula Paseo hacia el jardín del Paraíso y es de un fotógrafo norteamericano llamado Eugene Smith… Mira a esos dos niños, de espaldas, que caminan cogidos de la mano por un bosque en dirección a un claro. ¿Sabes cómo se tomó esta imagen? B negó con la cabeza. ¿Cómo lo iba a saber? Era la primera vez que la veía. ¿Te lo cuento? Sí… Un hombre herido en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, cuando cubría como reportero gráfico la lucha en el Pacífico… ¿Cómo explicárselo? Un hombre que quedó impedido por las secuelas, tras dos años en quirófanos y salas de rehabilitación, convencido de que nunca más será capaz de hacer una fotografía que valga la pena y asolado por los recuerdos aún vívidos de lo que vio en Saipán o en Iwo Jima.

¿Has oído hablar de Saipán y de Iwo Jima? B sacudió la cabeza a un lado y a otro para indicar que no. Son dos de las islas del Pacífico en las que se libraron las batallas más sangrientas de ese cruento conflicto entre americanos y japoneses que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. Unos meses antes de que nuestros aviones arrojaran sus bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Pues bien, ese hombre deshecho, hundido, se levanta una tarde del sofá en el que pasa horas y horas tirado desde hace tiempo, coge la cámara y sale a dar una vuelta con sus dos hijos, Patrick y Juanita… B señaló a los dos niños. Patrick y Juanita, repitió, apuntándolos con el índice pegado a la nariz. Como si fuera un periscopio. Un submarino en misión secreta. Patrick y Juanita, volvió a decir, moviendo con disimulo la punta de aquel dedo índice. Te echaste a reír. Aun así, no es eso. No son sólo heridas de guerra.

Es mucho más, te decías para tus adentros, aunque en voz alta proseguiste con tu explicación acerca de lo que había ocurrido antes de que Eugene Smith tomara aquella fotografía, la última de la exposición. A ese hombre hundido le duele todo el cuerpo mientras los pequeños caminan delante de él, cuando de pronto el niño, un poco mayor que la niña, ve algo en el claro del bosque que llama su atención. Un movimiento de nada. Un destello. Entonces coge a su hermana de la mano y la guía hacia allá. Hacia la luz. Y ahí lo tienes. Ése es el momento decisivo. El instante que Eugene Smith atrapó con su cámara. Éste que ves aquí, en este vomitivo hacia el jardín del Paraíso… B se quedó absorta, mordiéndose el borde de la uña del pulgar de la mano derecha, sin morderla, jugando con la punta entre los dientes. Junto a ti, al pie de la fotografía. Vomitivo, murmuró, pensativa. Me gusta lo bruta que es usted. ¿Por qué se marchó de nuestra casa?

Soltó la pregunta de pronto, después de haber recorrido casi toda la exposición a tu lado, charlando, sin decir nada al respecto. Para entender eso aún eres un poco pequeña, le dijiste, inclinándote y cogiéndola por la barbilla. Aunque muy lista. No te preocupes. Tu madre te lo explicará algún día. Y no olvidéis nunca que tenéis que ser fuertes e independientes y estar preparadas para sobrevivir en cualquier situación y ayudar y cuidar a los demás… Estirándote, la miraste bien. Desde tu altura, que te pareció, en efecto, de rascacielos, porque te embargó una pena infinita al verla allá abajo, observándote con aquellos ojos saltones que sólo tímidamente sostenían tu mirada. Con sus orejas de soplillo y aquella melena rala, como de niño hambriento y malnutrido. Qué roñosa la naturaleza, pensaste una vez más. Ah, pero no creas una sola palabra de todo lo que te he dicho, añadiste. No creas una sola palabra, porque todo lo que he dicho podría ser muy diferente.

Muchos fotógrafos no tienen de qué comer y luchan como titanes por sobrevivir. En fin. Me voy con mi lata de sardinas con tomate, concluiste, metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta y guiñándole un ojo. Con usted, concluyó ella con dulzura y a la vez muy seria, la charca me parece un estanque de nenúfares… Después bajó el brazo, porque habló con la punta de la uña aún entre los labios, y se alejó para acercarse hasta donde se encontraba su hermana, la niña perfecta, que la miró sonriendo y la cogió de la mano. Aun así, no es eso, pensabas tú. Quiero más. Mucho más. Yo no quiero jugar con cartas marcadas… Y sin saludar a los padres ni despedirte de las niñas, porque entonces habrías tenido que echar mano de toda tu cabezonería para escapar a una invitación a comer con ellos, sentada en una silla, como uno más, abandonaste la sala, recorriste a toda velocidad los metros que aún te separaban de la calle y saliste de nuevo al aire libre. A la luz.

Ya puedes sacar la cámara de la bolsa de papel que llevas enterrada en el bolsillo de tu chaqueta y mezclarte con los anónimos paseantes, te dijiste, mientras echabas a andar por la calle Cincuenta y tres en dirección a la Sexta Avenida. La temperatura era baja, pero el sol brillaba allá arriba y el viento no había dejado ni una sola nube. Hace un día perfecto para ir a pasear por Central Park, pensaste, cuando de pronto viste pasar una sombra que te resultó familiar, una sombra quebrada, que avanzaba sin pausa, aunque con mucha dificultad. Era Cuerpo Torcido, el hombre al que habías fotografiado en julio del año anterior cuando caminaba por la Séptima Avenida a la altura de la calle Cincuenta en dirección al Roxy. Poco después de que se estrenara El jardín del diablo, con Gary Cooper, Richard Widmark y Susan Hayward en los principales papeles. Buscadores de oro. Como tú, aunque el oro que tú perseguías era distinto y lo rastreabas sola.

Estaba, y aún está, en la calle. En las sombras y en las gentes como Cuerpo Torcido, que aquel día, en pleno invierno, vestía igual que cuando le retrataste cerca del Roxy. Con su pantalón gris de franela de talle alto sujeto con unos tirantes que por detrás parecían la torre Eiffel, su jersey de canalé recorrido de una punta a otra por finas rayas de colores que describían zigzags como las ondas en la pantalla de un televisor averiado y su bastón, arrastraba, rígida, la pierna izquierda, que debía de ser más larga que la otra. Sus botas sucias y desgastadas. El otro brazo lo llevaba siempre colgando a lo largo del cuerpo, muerto, sobre la cadera derecha, un poco por detrás. Otro rezagado. Como su pierna más larga. Tan sólo el brazo que manejaba el bastón era fuerte, aunque muy delgado. Como su cuello. Cuerpo Torcido se deslizaba otra vez por las calles de Nueva York como si fuera un siete, un anciano prematuro o el hombre más sabio de la tierra, que no tiene prisa por nada.

Estos seres saben lo que es la vida casi desde antes de nacer, habías pensado entonces. La primera vez que le viste hacía ya casi medio año. Lo que la vida depara. No necesitan llegar a los cincuenta para averiguarlo y menos aún a los ochenta. Has sentido siempre tanto respeto hacia ellos que casi nunca te atreviste a fotografiarlos de frente. Solías sacarlos de espaldas o de medio lado. Sólo de vez en cuando alguno de ellos te pedía que le hicieras una foto de frente. Cuando descubría la cámara que tú sujetabas a la altura de tus tripas. Cuerpo Torcido golpeaba el suelo con su bastón. Le seguiste, como aquel otro día, a cierta distancia, consciente de que también aquella vez acabaría por perderse entre la muchedumbre. Un cartel en la trasera del Winter Garden aquel día del mes de julio en que le viste por primera vez anunciaba a Rosalind Russell en el musical Wonderful Town. La meca de los artistas.

Cuántos en la ciudad de los sueños al final no encuentran más que una frustración tras otra. Tal vez porque esperan demasiado. Las grandes ciudades son lugares importantes, piensan. ¿Quién sabe qué grandezas futuras viven en estas calles?, se dicen, sin sospechar que entre estos muros se agazapa también el más estrepitoso fracaso. Cuerpo Torcido se alejó, perdiéndose entre la multitud. Lástima. Podría haber formado parte de tu banda. De tu pequeña familia.