Valor y miedo

Arturo Barea · Capítulo 1 de 21

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Valor y miedo

Prólogo

Arturo Barea

Valor y miedo

ePub r1.0

ugesan64 12.11.13

Título original: Valor y miedo

Arturo Barea, 1938

Retoque de portada: ugesan64

Editor digital: ugesan64

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PRÓLOGO

 

A Arturo Barea le cabe el indiscutible acierto narrativo de habernos legado uno de los testimonios más estremecedores de la guerra civil española: La forja de un rebelde. Pocas novelas han retratado con tanto apasionamiento y vitalidad los avatares de aquel drama colectivo. En sus tres volúmenes —La forja, La ruta y La llama— el aluvión autobiográfico de Barea se convierte en la única pieza de convicción de un devenir vital que, en sus distintas etapas, progresa desde la infancia y la juventud, pasa por el servicio militar en África y concluye, por fin, en el período de la guerra civil y el exilio.

Ni el perfil pseudonovelesco de La forja de un rebelde, a medio camino entre la biografía y las memorias, ni el desaliño expresivo de ciertos pasajes, impidieron el éxito universal de la trilogía que, publicada inicialmente en inglés entre 1941 y 1944, no vería la luz en su versión castellana hasta la edición bonaerense de 1951. Al margen de los reparos estéticos de rigor, ya quedan pocas dudas sobre el alcance del testimonio novelesco de Barea. Hoy por hoy, nada impide situar a La forja de un rebelde como una de las mejores aportaciones que se hayan escrito sobre la contienda, al lado de las de Hemingway o Malraux y o de las que el exilio vertiera en la pluma de Max Aub (El laberinto mágico), Francisco Ayala (La cabeza del cordero), Ramón J. Sender (Los cinco libros de Ariadna, Réquiem por un campesino español), Paulino Masip (El Diario de Hamlet García), Mercé Rodoreda (La plaça del Diamant) o Joan Sales (Incerta gloria). Toda la obra posterior de Barea —su novela La raíz rota, con el tema del regreso y del desarraigo del exiliado, y buena parte de los relatos de El centro de la pista—, seguirá alimentándose, sin llegara los resultados de su trilogía, del reflejo de La forja de un rebelde. Y lo mismo cabría decir del librito inicial de Barea, Valor y miedo, colección de cuentos que en casi su totalidad será incluida —como referencia biográfica de chose vue— en el desarrollo textual de La llama, el tercer volumen de La forja de un rebelde.

Valor y miedo fue publicado en otoño de 1938, en Barcelona, por Publicaciones Antifascistas de Cataluña. La redacción de los cuentos se inició a mediados de 1937 con «La mosca», historia que sería publicada en octubre del mismo año por el Daily Express de Londres, a instancias del periodista Sefton Delmer. Barea, que alternaba su trabajo en las oficinas del edificio de la Telefónica de Madrid, como censor de Prensa y Propaganda del Gobierno de la República, con el de «charlista» radiofónico de La Voz de Madrid, daría a conocer en sus charlas nocturnas no pocas de las historias de su futura colección, entre ellas «Los chichones», «Sol» y «Servicio de noche». El 30 de enero de 1938, Valor y miedo está totalmente terminado. El libro aparece unos meses más tarde en Barcelona, ya con Barea en el forzoso trance del exilio parisino. Algunas traducciones de estos cuentos, debidas a Ilse Kulcsar, segunda esposa de Barea, serán publicadas paralelamente en La Nouvelle Revue Frangaise y en periódicos suizos socialistas. Por estas mismas fechas, con 1938 próximo a expirar, Barea concluye la primera versión de La forja.

Aun cuando la variedad de las anécdotas doten a las historias de cierta independencia narrativa, ninguno de los cuentos de Valor y miedo está exento del trasunto biográfico y testimonial de Barea, espectador de aquel Madrid sitiado por las tropas franquistas. En este sentido, la motivación crítica del punto de vista político y social del narrador es siempre la del supuesto argumental que otorga sentido humano a la causa de la República. El foco de visión acota la realidad social hasta detenerse deforma reiterada en una serie de caracteres humanos que, adscritos al proletariado o a la baja clase media, ilustran el abanico popular de todo un ejército de desheredados por la torcida fortuna de la guerra. La masa anónima, desde la anónima cotidianidad urbana o desde el protagonismo no menos anónimo del frente, teje el sangriento tapiz de su heroísmo sin nombre. Son calas puntuales de un mismo cuadro donde los tintes oscuros de su fondo se colorean de intensos y apasionados contrastes o, en su contrapunto lírico, de suaves veladuras que dejan entrever la profunda paradoja de la condición humana.

El «valor» y el «miedo» conforman el entramado psicológico de los cuentos de Barea. Esta, y no otra —como se hace patente en La llama— es su raigambre personal: la muerte como espectáculo diario y cotidiano, como depredadora física y alimento mental del inconsciente colectivo. En sus lindes psicológicos se funden lo consciente y lo inconsciente, la razón y la locura. Barea ahonda con propiedad en ese límite borroso que separa valor y miedo, a fin de restituir al héroe a las raíces de su humana condición. El problema político, religioso o militar de la conflagración queda distanciado por el clima humano, los temores, el hacinamiento social y la tensión de un Madrid sacudido por la proximidad del frente. Del cruce entre lo anónimo y lo simbólico extraerá Barea su lección moral permanente. Sus personajes, gentes del pueblo movidas por la firmeza de sus ideales o por el simple afán de supervivencia, apuntan al fondo común de lo humano: el tema de la inocencia individual dentro de la violencia colectiva.

De las veinte estampas de que consta Valor y miedo, sólo cinco de ellas —«Carabanchel», «La botas», «La mosca», «La tierra» y «En la sierra»— glosan distintas anécdotas del frente de Madrid; una, «Bombas en la huerta» —la única que se aleja de Madrid o sus aledaños para trasladarse al campo valenciano—, se detiene en el ámbito rural; mientras las catorce restantes acotan escenas cotidianas de la urbe madrileña. En todos los casos, la inmediatez emocional del estilo de Barea infunde a sus personajes y ambientes una sencillez expresiva que, si pintoresca y quizás demasiado costumbrista en algunos aspectos («El sargento Ángel»), posee, con largueza, indiscutible calor humano y sentimental.

El hilo anecdótico de las historias está, la mayoría de las veces, apenas dibujado. Esto no impide, sin embargo, que la intensidad dramática supere con creces las posibles carencias narrativas derivadas de la brevedad del apunte. Algunos de los personajes, como los que mueven las relaciones paternofiliales de «La tierra» y «En la sierra», actúan impelidos por lazos atávicos, sentimientos primarios que estrechan, más allá de la vida y de la muerte, los vínculos ancestrales de la sangre. Con un narrador como Barea, tan sensible a la indefensión del inocente, unas veces es la tierra, ligada siempre al factor humano, al trabajo y a la historia, la que deja sentir su palpitar telúrico al unísono con las heridas de la guerra civil («Bombas sobre la huerta»); otras son las mujeres y los niños, con nombres y apellidos reales, los que pasan a ser el alegato nominal que se yergue contra la anónima, identidad de sus verdugos («Proeza»). Sordidez y brutalidad no mayor que la que encontramos en «Carabanchel», donde las anécdotas de guerra hacen posible, en una paradójica mueca quevedesca, la convivencia del humor y el ingenio con la crueldad, la sumisión escatológica o la humana comprensión del enemigo. Al descarnado realismo con el que Barea describe la obsesión del soldado en su trinchera —reflejo animal de ese cúmulo de putrefacción que se propaga en la imagen del burro muerto, las moscas, el piojo y la rata—, sólo le cabe esa huida final hacia la extrema razón de la locura.

El clima dramático de las narraciones de Barea adquiere su mejor relieve en la dimensión expresionista de personajes y escenografía. Reflectantes por el claroscuro de los destellos del bombardeo, los rostros se iluminan en medio de ese gran teatro cotidiano («Servicio de noche») que hace del miedo la diaria representación de una noche sin fin («Coñac»). La soledad pasa entonces a señorear en la vida de unos seres condenados a la lección de una ruina física o al vislumbre autocompasivo de la esperanza («Esperanza»). Es el camino que, a contracorriente de la fractura material o el dasasosiego espiritual, nos hace sentir la solidaria ternura —no exenta de cierto esquematismo en la caracterización de los sentimientos— de narraciones como «Héroes», «Las manos», «Los chichones», «Refugio», y culmina en la poética atmósfera de «La mosca», sin duda una de las estampas más conseguidas del libro.

No es extraño que en esta ceremonia de la soledad el mundo de los objetos pase a tener tanta importancia como las personas mismas. El entorno se humaniza al reclamo de la guerra, y las cosas, otrora simples comparsas de un decorado, pierden su dimensión usual para engrandecerse o empequeñecerse de improviso a la luz de las circunstancias («Las botas», «Sol», «Juguetes», «La mosca», «Piso trece»). La mirada del narrador oficia su elegía de las cosas muertas. El signo de la destrucción y el polvo, la herrumbre y el moho, el orín y la araña se han posado allí donde no hace mucho alentaba la vida. Barea acumula, una tras otra, esas imágenes visuales que luego formarán parte de la trama biográfica de su novela La llama —el bacinillo o el carrito abandonado de un niño, el piano desventrado en medio de la calle, la muñeca rota, los polvorientos vasos en el mostrador de un bar, la botella con el vino reseco en su fondo, un jarrón y un zapato de mujer («Arguelles»)—, hasta hacer sentir el estigma de la roturación o el abandono como una herida más del cuerpo vivo de los personajes. Vestigios de orfandad que no impiden, sin embargo, la indestructible fe en la razón y en la libertad («Plaza de España»).

El mundo de Valor y miedo es la ascética justificación de un estilo narrativo que se propaga al ritmo de su fuerza vital. La realidad, en su pura desnudez, supone aquí el único artificio.

 

JAUME PONT