Velázquez. Vida

Bartolomé Bennassar · Capítulo 6 de 76

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Velázquez. Vida

Capítulo 2. LOS AÑOS DE APRENDIZAJE

CAPÍTULO 2

 

Los años de aprendizaje

 

SEVILLA EN TORNO A 1600

 

En la época del nacimiento de Velázquez, Sevilla, mucho menos tocada

por la gran peste atlántica de 1599, que no obstante la afectó hasta 1601, vivía

su edad de oro. Era por aquel entonces la ciudad más poblada y más rica de

España; las relaciones casi regulares con las Indias mantenían una intensa

actividad comercial alrededor de la Casa de Contratación y en los muelles del

Guadalquivir, y daban lugar a grandes movimientos de población.

Funcionarios de aduanas, comerciantes andaluces o extranjeros, emigrantes

prestos a partir y «peruleros» de regreso del Potosí, la montaña fabulosa;

marineros de parranda, pícaros a la caza de ganancias fáciles, prostitutas,

asesinos a sueldo, mendigos, frailes salidos de los muchos conventos de la

ciudad, componían una sociedad extraordinariamente variada y pintoresca. Y

la riqueza de Sevilla, las exigencias de iglesias, conventos y cofradías, de los

aficionados ricos o de los españoles de América aseguraban a los numerosos

artistas y artesanos de la ciudad una verdadera abundancia de encargos al

mismo tiempo que un gran surtido de modelos humanos. No es de sorprender

que la ciudad fuese entonces el foco de creación artística más importante del

país, en competencia con el de la corte.

 

UNA INFANCIA DE LA QUE SE SABE MUY POCO

 

Todos los especialistas en Velázquez coinciden en deplorar que la

infancia del artista esté tan mal documentada. Es lo menos que se puede decir.

Sigue siendo verosímil, sin embargo, que las posibles fuentes —los notarios

sevillanos— no hayan entregado todos sus secretos. Pero, antes de 1960, los

especialistas, con raras excepciones, apenas habían intentado saber más: se contentaban con repetir lo que habían leído en el Arte de la pintura de

Pacheco o en el Museo Pictórico de Palomino. En ocasiones inventaban:

Stirling, en 1865, aseveraba que el padre de Diego era «hombre de leyes» y

que consagró los mayores cuidados a la educación del joven Diego: «…

[Éste] recibió toda la instrucción que se podía obtener entonces en Sevilla…

hizo rápidos progresos en el estudio de las lenguas y de la filosofía».

¡Ninguna prueba! Walter Armstrong, en 1896, decía que el joven Diego fue

«enviado primero a una grammar school de su ciudad natal». Aureliano de

Beruete, en 1898, más prudente, confesaba: «No se sabe nada interesante

sobre sus primeros años. A temprana edad aprendió latín y filosofía. En el

transcurso de sus estudios dio prueba de aptitudes para las ciencias».

Elizabeth Du Gué Trapier, en 1948, no juzga necesario arriesgar una palabra

sobre la formación de Velázquez. Antonio de Onieva (en 1960, sin embargo)

se lanza imprudentemente: «Es indudable que sus padres debieron de buscarle

preceptor que le cultivase en humanidades, y también que, ante las aficiones

del niño al dibujo y la vocación a la pintura, determinaron no contrariarle,

sino al revés, buscarle un maestro que secundara aquellas inclinaciones». El

propio José López Rey no dedica más que cuatro líneas a los estudios de

Diego Velázquez. Es cierto que los autores de los siglos XVIII y XIX que

abordaron el tema de la biografía de Velázquez, salvo Palomino, no dicen

nada de ellos, ya se trate de Lázaro Díaz del Valle, de Ceán Bermúdez o de

Cruz y Bahamonde.

Es razonable imaginar que Diego viviera una infancia tranquila, teniendo

como probable compañero de juegos a su hermano Juan, que sólo tenía

diecinueve meses menos que él y del que se sabe que vivió hasta los treinta

años. El siguiente hermano, Fernando, nacido unos cinco años después que

Diego, se queda al margen: excesiva diferencia de edad o desaparición

precoz, probable dado que nada se sabe de él. Por otra parte, es seguro que

Diego y Juan conservaron posteriormente su estrecha relación. Se observa así

que en 1627, en Madrid, un tal Juan Velázquez, «pintor de imágenes», solicita

beneficiarse de la exención del servicio de los millones[1], prometida a los

artistas, y tiene por testigos a Diego Velázquez, Angelo Nardi y Francisco

Jamete[2]. Se trataba del hermano de Diego y se puede arriesgar la hipótesis

de que Juan, que llevaba una vida difícil con mujer e hijos en Sevilla, fuera a

Madrid a probar suerte, animado y apoyado por su hermano. Se puede incluso

aventurar una hipótesis más interesante que será examinada en su momento.

Pero Juan murió en 1631.

Los padres de Diego deseaban quizá dar a su hijo mayor una educación

esmerada, puesto que manifestaba evidentes dotes intelectuales. Sin embargo,

su condición social limitaba sus ambiciones. Diego tuvo que aprender con su

padre a leer, a escribir y a contar, y fue sin duda su padre quien le enseñó

caligrafía, arte del que se sirvió con frecuencia en sus lienzos; se podrían

multiplicar los ejemplos: los rótulos del Santo Tomás de Orléans y del San

Pablo de Barcelona, o el retrato de La madre Jerónima de La Fuente,

adornado con una leyenda caligrafiada en bellas letras romanas redondas[3].

¿Fue Velázquez a un colegio, aunque sólo fuera un año o dos? De los

autores que he consultado, solamente uno si bien no el menor porque se trata

de José Camón Aznar, sugiere que lo enviaron al colegio de los jesuitas de

San Hermenegildo desde los siete u ocho años de edad: «Quizá se educara

Velázquez en el colegio de San Hermenegildo, que era de los jesuitas»[4].

Hipótesis lógica: el colegio de San Hermenegildo, inaugurado el 19 de

septiembre de 1580, había disfrutado desde un principio de subvenciones del

Ayuntamiento de Sevilla, 5000 ducados de entrada y otros 12 000 unos años

después, a cambio del compromiso de recibir a los hijos de los habitantes de

la ciudad y su jurisdicción que desearan estudiar gramática (es decir, ante

todo latín). El colegio cumplía bien su misión y se había desarrollado hasta el

punto de no tener rival en la Península a comienzos del siglo XVII. Gracias a

sus notables profesores (Juan de Pineda, Luis de Alcázar, etcétera) había

llegado a ser, según Astrain, «uno de los más brillantes y de los mejor dotados

de toda España»[5]. Hay que precisar que los jesuitas no reservaban sus

colegios a los hijos de familias ricas o nobles: «Su clientela era muy variada

porque en Sevilla, como en otras ciudades, la Compañía hizo un concierto con

el ayuntamiento que, en cierto modo, les obligaba a recibir a cuantos

solicitaran seguir sus cursos contando con una base mínima, que quizás no

fuera más que el conocimiento de la lectura y escritura». El colegio era el

centro de enseñanza más frecuentado de la ciudad y a él asistían «no sólo

hijos de nobles patricios y ricos mercaderes, acompañados de fámulos o pajes,

sino muchos miembros de la simple clase media»[6]. Como las demás

escuelas o academias de la ciudad eran mucho menos apreciadas que San

Hermenegildo, es posible que el joven Diego hiciera uno o dos años de

estudios en esta institución. ¿Por qué iban sus padres, cuya posición

económica y social no podía hacerles esperar algo mejor, a hacer ascos a un

colegio elegido por una parte importante de la alta sociedad sevillana y

subvencionado por la ciudad? Además, el programa del colegio se ajustaba

precisamente a la formación que recibió Diego, a la vez tradicional y humanista, basada en la gramática, el latín, algunos elementos de otras