Voz

Christina Dalcher · Capítulo 1 de 80

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Voz

Capítulo 1

Christina Dalcher

Voz

ePub r1.0

Titivillus 18-02-2019

Título original: Voz

Christina Dalcher, 2018

Traducción: Ana Herrera

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.0

En memoria de Charlie Jones, lingüista, profesor y amigo.

1

 

Si alguien me hubiera dicho que podía cargarme al presidente, el Movimiento Puro y a ese desgraciado e incompetente de Morgan LeBron en una sola semana, no les habría creído. Pero la verdad es que no habría discutido mucho. No habría dicho nada.

Me he convertido en una mujer de pocas palabras.

Esta noche en la cena, antes de que yo pronuncie las últimas palabras del día, Patrick toca el dispositivo plateado que llevo en torno a la muñeca izquierda. Es un toque ligero, como si compartiera mi dolor, o como si quisiera recordarme que me quede tranquila hasta que el contador se reinicie, a medianoche. Ese hecho mágico ocurrirá mientras esté dormida, y empezaré el martes con el contador a cero. El de mi hija Sonia hará exactamente lo mismo.

Mis hijos varones no llevan contadores de palabras.

Durante la cena se embarcan en el típico parloteo sobre el colegio.

Sonia también va al colegio, aunque nunca desperdicia palabras explicando cómo le ha ido el día. En la cena, mientras van comiendo el estofado sencillo que preparo de memoria, Patrick le hace preguntas sobre sus progresos en economía doméstica, forma física y un nuevo curso titulado Contabilidad Sencilla para Amas de Casa. ¿Obedece a los profesores? ¿Obtendrá buenas notas este trimestre? Sabe exactamente el tipo de preguntas que debe hacer: cerradas, que requieran solo asentir o negar con la cabeza.

Miro y escucho, y las uñas me marcan medias lunas en la carne de las palmas de las manos. Sonia asiente adecuadamente y arruga la nariz cuando los gemelos, que son pequeños y no entienden la importancia de las interrogaciones con respuesta sí/no, y las preguntas concretas, le piden a su hermana que les cuente cómo son los profesores, cómo son las clases, qué temas le gustan más. Demasiadas preguntas abiertas. Me niego a pensar que saben lo que hacen, que le están poniendo una trampa, sacándole palabras. Pero tienen once años y la edad suficiente para saberlo. Y han visto lo que pasa cuando nosotras utilizamos demasiadas palabras.

Los labios de Sonia tiemblan y mira de un hermano a otro, y la punta de su lengua rosa palpita en el borde de los dientes, o en la parte carnosa de su labio inferior, una parte que tiene vida propia y se agita. Steven, mi hijo mayor, extiende la mano y le toca la boca con el índice.

Yo podría decirles lo que quisieran saber: ahora dan clase solo los hombres. El sistema es unívoco. Los profesores hablan. Los alumnos escuchan. Me costaría dieciséis palabras.

Solo me quedan cinco.

—¿Qué tal es su vocabulario? —pregunta Patrick señalando hacia mí con la barbilla. Lo reformula—. ¿Está aprendiendo?

Me encojo de hombros. A los seis años, Sonia debería tener un ejército de diez mil lexemas, tropas individuales que se reúnen, se colocan en formación y obedecen las órdenes que emite su pequeño cerebro, todavía adaptable. «Debería» tener, si las tres habilidades básicas (lectura, escritura, números) no se hubieran reducido ahora a una: simple aritmética. Después de todo, un día mi hija tendrá que comprar y llevar una casa, ser una esposa devota y fiel. Para eso hacen falta las matemáticas, pero no la ortografía. Ni la literatura. Ni la voz.

—Tú eres la lingüista cognitiva —dice Patrick recogiendo los platos vacíos y empujando a Steven a que haga lo mismo.

—Era.

—Eres.

A pesar de llevar un año de práctica, las palabras se me escapan antes de poder contenerlas:

—Ya no.

Patrick mira el contador y ve que otros tres números han desaparecido. Noto la presión de cada uno de ellos en mi pulso, con un tamborileo ominoso.

—Ya basta, Jean —dice.

Los chicos intercambian miradas preocupadas, esa preocupación que procede de saber lo que ocurre si el contador sobrepasa esos tres dígitos. Uno, cero, cero. Entonces es cuando digo mis dos últimas palabras del lunes. A mi hija. Ese «buenas noches» susurrado apenas se ha escapado cuando los ojos de Patrick se clavan en los míos, suplicantes.

La cojo en brazos y la llevo a la cama. Ella pesa más ahora, casi demasiado para llevarla a cuestas, y necesito usar los dos brazos.

Sonia me sonríe cuando la arropo bajo las sábanas. Como de costumbre, no puedo leerle un cuento antes de dormir, no hay Dora la exploradora, ni Winnie the Pooh, ni Peter Rabbit y sus aventuras en el huerto del señor McGregor. Es espantoso lo que ha llegado a aceptar como normal.

Le tarareo una canción sobre pajaritos y cabritas, y cada verso aparece claro y tranquilo pintado ante los ojos de mi imaginación.

Patrick mira desde la puerta. Sus hombros, que en tiempos fueron anchos y fuertes, ahora están caídos formando una V invertida; tiene la frente arrugada con una forma similar. Todo en él parece señalar hacia abajo.