Voz

Christina Dalcher · Capítulo 4 de 80

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Voz

Capítulo 4

4

 

A veces trazo letras invisibles en mi palma. Mientras Patrick y los chicos hablan fuera con la lengua, yo hablo con los dedos. Chillo, gimo, me quejo por lo que, según palabras de Patrick, «era antes».

Así es como son las cosas ahora: tenemos una cuota de cien palabras por día. Mis libros, incluso los ejemplares antiguos de Julia Child y (qué ironía) el maltratado volumen a cuadros rojos y blancos Mejores hogares y jardines, que una amiga decidió que sería una bonita broma como regalo de boda, están encerrados en armarios, para que Sonia no pueda cogerlos. Eso significa que yo tampoco puedo hacerlo. Patrick lleva siempre las llaves como un peso, y a veces creo que es el peso de esa carga lo que hace que parezca mayor.

Son las cosas pequeñas lo que más echo de menos: los botes llenos de bolígrafos y lápices en los rincones de todas las habitaciones, los cuadernos de notas metidos entre los libros de cocina, la pizarra mágica para la lista de la compra, en la pared, junto al armarito de las especias. Incluso mis antiguos imanes de poesía de la nevera, aquellos que usaba Steven para componer frases absurdas medio en italiano medio en inglés, partiéndose de risa. Todo, todo, todo desaparecido. Como mi cuenta de correo.

Como todo.

Algunas de las pequeñas tonterías de la vida siguen siendo las mismas. Aún puedo conducir, ir a las tiendas de alimentación los martes y los viernes, comprarme vestidos nuevos, y también bolsos, y arreglarme el pelo una vez al mes en Iannuzzi. El corte no ha cambiado: necesito demasiadas palabras preciosas para decirle a Stefano cuánto quiero que me corte por aquí o me deje por allá. Mis lecturas por placer se limitan a los carteles que anuncian la última bebida energética, las listas de ingredientes de las botellas de kétchup, las instrucciones de lavado de las etiquetas de la ropa: «No usar lejía».

Un material fascinante, todo él.

Los domingos llevamos a los chicos al cine y compramos palomitas de maíz y refrescos, y esas cajitas pequeñas rectangulares de bombones con una imagen de grageas blancas delante, de las que se encuentran solo en los cines, nunca en las tiendas. Sonia siempre se ríe con los dibujos animados que ponen mientras la gente se va sentando. Las películas son una distracción, la única vez que oigo voces femeninas sin restricción y sin limitación. A las actrices se les da una dispensa especial, mientras están haciendo su trabajo. Sus diálogos, por supuesto, los escriben hombres.

Durante los primeros meses yo echaba un vistazo a escondidas a algún libro de vez en cuando, garabateaba una nota rápida en la parte trasera de una caja de cereales, o un cartón de huevos, escribía una nota de amor a Patrick con pintalabios en el espejo de nuestro cuarto de baño. Tenía buenos motivos, muy buenos («No pienses en ellas, Jean; no pienses en las mujeres que viste en la tienda de comestibles») para escribir las notas solo dentro de casa. Entonces Sonia apareció una mañana, vio el mensaje con pintalabios que no sabía leer, y chilló: «¡Letras! ¡Malas!».

A partir de ese momento mantuve la comunicación en mi interior. Escribía solo unas pocas palabras a Patrick por las noches, después de que los niños se fueran a la cama, y luego quemaba las notas de papel en una lata. Tal y como está Steven ahora, ni siquiera me arriesgo a eso.

Patrick y los chicos, fuera, en el porche trasero, junto a mi ventana, intercambian historias sobre la escuela, la política, las noticias, mientras los grillos cantan en la oscuridad en torno a nuestra casa. Hacen un ruido terrible, los chicos y los grillos. Ensordecedor.

Todas mis palabras rebotan en el interior de mi cabeza mientras escucho, emergen de mi garganta en un suspiro pesado, sin sentido. Y lo único que puedo pensar entonces es en las últimas palabras que me dijo Jackie.

«Piensa en lo que necesitas hacer para seguir libre».

Bueno, pues hacer algo más que joderlo todo habría sido bueno, para empezar.