Yoshiwara

Hans-Christian Kirsch · Capítulo 6 de 12 · parte 1/4

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Yoshiwara

Capítulo V

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

 

«Ahora que he envejecido

miro hacia atrás y veo los puentes

de este mundo inestable.

Ay, no sé cómo he conseguido

atravesarlos».

El patio de la sala de audiencias del emperador de China le pareció a Seami anchísimo e interminable. El edificio se alzaba detrás de dos rampas que estaban engalanadas con estatuas y conducían a la puerta del palacio. Este, como en un sueño, parecía surgir de la tierra y elevarse hacia un cúmulo de nubes. En el patio, varios grupos de funcionarios que procedían de distintas regiones del Imperio esperaban el turno de su audiencia con el Hijo del Cielo. Habían llegado escoltados por los porteadores de los estandartes, quienes sobre un pequeño escudo de cuero llevaban grabadas las armas de su respectiva provincia o prefectura. Esperaban en filas de cuatro hombres cada una, y no se dispersaban en ningún momento. Llevaban horas en esa formación. La postura que adoptaban durante la larga espera tenía algo de emblemático. Allí ya no eran hombres, sino meros súbditos, sumisos y arrogantes al mismo tiempo, una contradicción comprensible si se tiene en cuenta que la entrada a la ciudad imperial estaba prohibida al común de los mortales. Los que allí esperaban eran unos privilegiados.

En la Ciudad Prohibida todo se hallaba ordenado con precisión milimétrica. Los palacios, las casas y los puentes tenían nombres que hacían sospechar la existencia de un gran plan secreto: Seami se propuso averiguarlo. Sólo la delegación japonesa se separó de la fila. Los cuatro actores de teatro

no[17] parecían tomar el lugar como un escenario ideal para su arte, y de tanto en tanto ejecutaban pasos y gestos que eran recibidos con comentarios elogiosos o críticos por parte de los tres músicos que los acompañaban. Los dos luchadores, Tifón y Zarpa de Tigre, ensayaban algunas de sus llaves favoritas; por momentos se lanzaban a voz en cuello los insultos habituales al comienzo de un combate, y, aunque en esta ocasión no iban en serio, cada vez que los proferían eran contestados, más que con palabras con silbidos y abucheos y otras expresiones de desprecio por los grupos de chinos que se hallaban más cerca de los japoneses. Y los dos luchadores se abalanzaban uno sobre el otro, se daban palmadas, hacían una reverencia y enseñaban a los chinos los voluminosos traseros.

Seami volvió a pensar en el asunto de la trenza. Por medio de un decreto se había dispuesto que en el imperio chino todo el mundo debía llevar el pelo recogido en una trenza porque —según explicaron los chinos de la ciudad portuaria en la que habían desembarcado— el pelo suelto se consideraba expresión de la naturaleza exuberante e indómita. Si se quería instaurar el orden, había que empezar dominando la naturaleza. Para Seami el decreto resultaba aún más absurdo que el ceremonial que precedía a cada audiencia.

Seami estaba ansioso por conocer al hombre que emitía tales decretos. Le seguía pareciendo increíble que en unos minutos, o en una hora, fuera a encontrarse ante el mismísimo emperador. Quizás ese viaje a China representara un rodeo en su carrera de artista, pero era innegable que se trataba de una experiencia importante. Recordó las frases que una vez leyera en un libro de Li Po, en la casa del ninja donde se había formado; allí absolutamente todo era chino: la lengua, la comida e incluso los libros de la biblioteca.

La verdadera formación la adquiere el noble no en su

estudio, sino entre hombres extraños en tierra extranjera, en carreteras polvorientas, vadeando ríos, escalando altísimas montañas cubiertas de nieve, y en la confrontación con peligros inesperados.

Seami había hecho un gesto de aprobación al leer esa frase, que a él le pareció llevarla escrita en el cuerpo. Él siempre había deseado una vida de aventuras. Y bien, ahora estaba viviendo una verdadera aventura, e intuyó que pronto seguirían otras. «La vida entera es una aventura de la que nadie sale vivo», le había dicho una vez Tifón, gran amante de las máximas.

Seami cogió la pesada carpeta de cuero que había dejado apoyada contra su pierna izquierda y ahora amenazaba con resbalar y caer al suelo.

La carpeta contenía treinta [18] shunga y otros veinte grabados en madera, los regalos que el shogun enviaba al emperador. Todas las láminas eran obra de Seami. «No hay duda, estoy en Beijing, delante de la Sala de la Perfecta Armonía; y siempre que no nos echen antes de este país —lo cual no se ha de descartar, teniendo en cuenta las misiones secretas que nos han encomendado —, pasaré dos o tres meses en esta ciudad», pensó el joven.

Por más extraña que le resultara, Beijing era de su agrado. Los dos días siguientes a la llegada los habían pasado en el albergue que escogiera para ellos el representante japonés en la corte del emperador.

En el viaje al albergue, que realizaron en rikshas, habían pasado delante del edificio del observatorio astronómico. Seami se prometió visitarlo e informarse sobre todo lo que los chinos sabían acerca de las estrellas. Él, de astronomía, no sabía prácticamente nada, pero de todas maneras cada vez que miraba el claro cielo nocturno lo invadía una irresistible curiosidad.

La mañana y la tarde del segundo día se había dedicado a visitar tiendas de arte, en las que contempló pinturas y grabados chinos; siempre fue acompañado de un «intérprete», a buen seguro un espía, simpático y competente que, si bien de vez en cuando hacía alguna broma, no perdía de vista ni un segundo al visitante extranjero.

Seami recordó también a las personas que había visto nada más desembarcar, desde la ventana del albergue o en el parque que se hallaba detrás del edificio. Había hombres y mujeres por doquier, como salidos de la tierra, que mantenían un combate contra un adversario imaginario: el tai-chi. Para ellos, por lo visto, practicar al aire libre era lo más natural del mundo, y no se avergonzaban lo más mínimo. Seami, fascinado, había contemplado las graciosas series de movimientos que hacían pensar en una danza ejecutada a propósito para el observador ocasional.

Mientras asistía a este curioso espectáculo, golpearon a la puerta y apareció una mujer que venía a darle un masaje. La masajista le amasó bien el cuerpo durante media hora larga, y salpicó el masaje con observaciones burlonas sobre la vergüenza que experimentaba Seami.

Tras intercambiar con él unas palabras, le dijo que en Beijing también se entendía el chino que Seami hablaba. Tras el masaje, la mujer lo envolvió en unas toallas que olían a eucalipto y le dio una friega en las plantas de los pies, en los hombros y las sienes con un oloroso bálsamo. Cuando la mujer se marchó, Seami se sentía como nuevo.

Por la noche sus anfitriones los llevaron a un teatro en el que conocieron un arte de escenificación totalmente distinto al que Seami estaba acostumbrado en su país natal. Era una especie de pieza cantada, con muchos números de acrobacia, que explicaba la historia del romance entre un tamborilero y una concubina del emperador. La historia terminaba como era de prever: de modo trágico. Al tamborilero le arrancaban los ojos; la concubina se suicidaba. Los espectadores se inmiscuían en los sucesos que se desarrollaban en el escenario y los acompañaban con sonoros comentarios.

Después de la función, se dirigieron a comer a un establecimiento que había junto a la puerta oriental de la ciudad; a Seami, de entrada, le pareció una fonda barata. En realidad debía de tratarse de un local muy exclusivo, pues todos los comensales vestían con exquisita elegancia. Le habían dicho que las mujeres eran, en su mayoría, actrices y cantantes que se reunían allí con sus admiradores. Bebieron mucho, un aguardiente viscoso y dulce, agradable al paladar, que sabía a albaricoque. Seami había respetado a rajatabla la instrucción de moderarse en la bebida, de que nadie lo emborrachara con intención de sonsacarle. Sin embargo, los dos luchadores de sumo no habían sido tan disciplinados y al final de la cena estaban tan borrachos que los chinos incluso les cantaron las canciones que sus enfervorizados seguidores entonaban durante los combates. Bien entrada la noche, los anfitriones les preguntaron si deseaban conocer a una de las actrices; todos, entre risas corteses, rechazaron la proposición.

Era evidente que los chinos se esforzaban por tratar con distinción a la delegación japonesa. «Por lo demás, es probable que sepan desde hace tiempo que no hemos venido aquí sólo a enseñarles las maravillas artísticas de nuestro país», pensó Seami.

En China siempre había que estar preparado para una sorpresa. En primer lugar, les habían dicho que aún podían pasar semanas hasta que el emperador los recibiera en audiencia. Sin embargo, durante el desayuno de ese día les comunicaron de improviso que el Hijo del Cielo los recibiría esa misma mañana, y que había ordenado que después del desayuno los llevaran a la Ciudad Prohibida.

«Tal vez piensen que allí van a controlarnos mejor», había dicho Meia, el director de la compañía de teatro no, y les había recomendado encarecidamente que no se distrajeran ni un solo instante. Antes de encaminarse a palacio, los dos luchadores de sumo que por la noche habían tomado más vino de arroz que el aconsejable, y ahora se quejaban de un fuerte dolor de cabeza, recibieron una buena reprimenda.

Una vez más, como siempre que reflexionaba sobre la manera de llevar a cabo la misión que le habían asignado, Seami cayó presa de una sensación de malestar. Era una tontería preocuparse por eso. Su lealtad hacia quienes lo habían enviado en ese viaje tenía unos límites. Él no era un agente secreto; estaba forzado a asumir ese papel. Había comprendido que ellos tenían poder suficiente para obligarlo a emprender ese viaje, y había aceptado, aunque con cierta reserva que prefirió no manifestar. Ya en casa del príncipe se había prometido dejarse llevar por el deseo de progresar como artista. La idea de que se encontraba en este mundo para, como él decía, transformar en algo bello todo lo que veía, había surgido en él durante el inquieto vagabundeo que siguió a la muerte de Salvaje, su Maestro, y la había sellado con aquel simbólico acto de hundir la espada en el río, un gesto que había determinado el camino que en adelante seguiría. Al principio había tenido serias dudas respecto de esa idea, y de su capacidad para llevarla cabo. Se había dicho que padecía delirios de grandeza. Sin embargo, con el tiempo esa idea se volvió cada vez más obsesiva, más decisiva. Y hoy, confirmada por todo lo que desde entonces le había tocado vivir, constituía para él la certeza en que se sostenía su vida.

Hasta el momento no se había arrepentido ni una sola vez de haber aceptado participar en el viaje a China. Su deseo de imágenes nuevas e insólitas se satisfacía así día a día. Las escenas en el mar, el viaje desde el puerto hasta Beijing, la visión de la ciudad, del palacio; todo lo había observado con suma atención. Sus cuadernos de dibujo los había dejado en Japón para no despertar ninguna sospecha, pero, embriagado de imágenes, iba esbozando mentalmente colores, aromas, sonidos. Había aprendido a confiar en su memoria. Los olores y sonidos formaban parte de su proceso creador, pues más tarde, gracias a una transmutación misteriosa que se operaba en algún lugar de su cerebro, se transformaban en líneas y colores.

Si cinco años antes, cuando finalizó su aprendizaje con el ronin y el Maestro cayó en combate, le hubieran dicho que un día haría cola ante la sala de la Perfecta Armonía, se habría muerto de risa. Aunque no podía decirse que el camino que lo condujo hasta ahí se hallara sembrado de rosas, sino más bien se lo podía describir como un sendero pedregoso y, a tramos, embarrado, él no dejaba de sentirse orgulloso por todo lo que había vivido. «En última instancia —pensó Seami—, eres un privilegiado del destino. Tus deseos más íntimos se han cumplido». Tras unos inicios sin relaciones y como mendigo, en los últimos años había desarrollado su talento artístico hasta convertirse en un dibujante y grabador con una obra apreciada por los entendidos de su país. Ahora, en la corte de la Ciudad Prohibida, y puesto que aún tenían que esperar un tiempo indeterminado antes de que, al comenzar la audiencia, llegara el momento de saludar al emperador con una profunda reverencia — como le habían recomendado encarecidamente—, se entretuvo repasando las últimas páginas del libro de su vida; al recordar, le sorprendió todo lo que había vivido en esos años.

 

Tras la muerte del ronin llegó Seami al pueblo de Otsu, cerca del famoso lago de Biwa. Quiso la casualidad que diera con la fila de tenderetes en los que se exponen para los peregrinos que se acercan al lugar las Otsu-e, las estampas de Otsu. Las Otsu-e constituían una especie de arte popular primitivo. Se pintaban sólo en ese pueblo, a la vista del público y a menudo por encargo, en los mismos tenderetes en los que por lo general también se vendían. El método era sencillo: dos, a veces cuatro hojas de papel marrón pegadas una encima de la otra, se recubrían de arcilla diluida en agua para formar la base de la estampa. A continuación, el dibujante esbozaba en colores claros el contorno de un santo budista. Al principio la cabeza no era más que un bulto blanco, y la mano parecía un manchón del mismo color. Los pies eran dos rectángulos sobre el papel.

La rapidez con la que trabajaba el dibujante era pasmosa. Para una estampa se requería menos de ocho minutos, y hasta podría haberse hecho en menos tiempo de no ser preciso que la base secara antes de pasar a la etapa siguiente. Por último, con un pincel delgado y pintura marrón o negra, se retocaban los detalles.

Los orígenes de esta curiosa pintura rápida eran desconocidos. Según una pieza del dramaturgo Chikamtsu Monzaemon, un hombre llamado Matabi Mitsuki huye a Otsu y, una vez instalado en el pueblo, se consagra a enseñar a los jóvenes lugareños los secretos del estilo pictórico clásico. Pero, dado que sus alumnos son cualquier cosa menos grandes artistas, de las enseñanzas del maestro surgen las Otsu-e.

Hay varias razones que explican por qué, con el tiempo, estas láminas, pese a ser tan primitivas, comenzaron a despertar el entusiasmo de los peregrinos. La gente que pasaba por el pueblo y las compraba para adornar con ellas sus modestas viviendas, creía en el poder mágico que se les atribuía. Una determinada estampa, colgada cabeza abajo, podía ayudar a que los bebés durmieran toda la noche sin llorar. Según la tradición, otro motivo protegía la casa contra los ladrones.

Pero había otro motivo más poderoso, si cabe, que recomendaba adquirir una de estas sencillas estampas religiosas. En 1638 habían muerto masacrados en Japón treinta y siete mil cristianos al intentar establecerse en lugares apartados para huir de las persecuciones del Gobierno. Si bien es cierto que ya habían pasado cerca de setenta años desde la matanza, a partir de entonces se había vuelto costumbre, sobre todo en el campo, colgar una Otsu-e en casa a fin de demostrar a los inspectores del Gobierno la fe en el budismo.

Cuando Seami llegó al pueblo ya se habían producido ciertas modificaciones de la iconografía. Ahora no se pintaban sólo retratos de Buda y de los santos budistas, y poco a poco los dibujantes habían comenzado a ensanchar su repertorio con imágenes mundanas.

Ahora bien, la estampa que atrajo la atención de Seami mientras contemplaba las que aparecían expuestas en los tenderetes y observaba el trabajo de los pintores, mostraba a un abanderado que encabezaba el desfile de un daimyo. La imagen, que en Seami evocó al instante las escenas de la masacre que se había producido en el pueblo de sus padres, representaba al hombre con gran distanciamiento crítico, a través de un rostro en absoluto agradable, pero de manera tal que, si las circunstancias lo requerían, el pintor siempre podía excusarse y decir que sólo había querido acentuar la importancia de la figura representada.

El pintor trabajaba en el mismo tenderete en que se exponía dicha estampa. Cuando más tarde Seami recordaba lo que allí había ocurrido, se sorprendía a sí mismo de su desfachatez, y se sentía inclinado a atribuir a su acción, que en aquel momento fue casi una respuesta refleja, cierto carácter de fatalidad. Hacía tiempo que albergaba el deseo de pintar un cuadro, pero hasta entonces sólo había sido un deseo, desprovisto de realidad. Una cosa era ver un río de imágenes que danzaban en su cabeza como mariposas multicolores que se reproducían hasta el infinito, y otra muy diferente hurtar al hombre, con la intención de plasmar esas imágenes en el papel, una hoja ya preparada, un pincel y una escudilla que contenía tinta china. En realidad, Seami actuó siguiendo un impulso de confianza en sí mismo que se expresa muy bien en la frase: «Yo también puedo hacerlo».

Lo que Seami pintó fue un personaje lo bastante conocido para que todo el mundo lo identificara al instante: un tipo llamado Benkai, famoso por sus malos modales y sus bravuconadas en el séquito del héroe medieval Yosintmune. Dos metros y medio de estatura y, según contaban, dotado de la fuerza de cien hombres; en cada una de sus opíparas comidas devoraba diez marmitas repletas. Durante mucho tiempo Benkai había vivido como predicador ambulante hasta que, procedente de Kyoto, tras atravesar las montañas llegó a Otsu y robó una campana del templo del monte Hoira. El gigante la escondió en el campamento del grupo de monjes guerreros con los que vivía, pero cuando se la golpeaba, la campana se negaba a sonar y sólo cantaba: «¡Llevadme otra vez a Miidera!». Furioso, Benkai la cogió como si de una piedra se tratara y la lanzó en dirección al mismo monasterio del que se la había llevado.

El dibujo que Seami trazó con rapidez sobre la hoja representaba a un forzudo fanfarrón de mirada feroz, un tunante con dos ojos como bolas de cristal a punto de salírsele de las órbitas a causa de tanta rabia. El personaje vestía unos bombachos y llevaba una larga espada de la que sólo se veían la empuñadura y la punta, a derecha e izquierda de la cintura de los pantalones. La campana, que era casi más grande que el gigante, la aguantaba sobre la cabeza rapada, y daba la impresión de que en cualquier momento fuera a arrojarla a muchos kilómetros de distancia, por encima del monte y del valle.

Seami no había dibujado nunca nada en papel, y tampoco había hecho jamás un grabado en madera. Sin embargo, considerando las posibilidades del género, el dibujo era genial. Tenía chispa, demostraba concentración en lo esencial, un agudo sentido del humor y una inspiración que imprimía vida al personaje del gigante. Estas virtudes las reconoció también uno de los peregrinos que, a juzgar por sus ropajes, era un próspero comerciante, conocedor en materia de arte y quizá también un extraordinario aficionado a las Otsu-e; en suma, un coleccionista. En todo caso, el hombre preguntó, mirando por encima del hombro a Seami mientras éste aún pintaba, por cuántas momme estaba dispuesto a vender su estampa. El dibujante y vendedor de estampas se quedó un momento boquiabierto detrás del tenderete. Aunque estuvo a punto de reñir a Seami, tragó saliva y dijo un precio en un tono más servil que cortés.

—Si el distinguido señor me permite —añadió con una maliciosa sonrisa en tanto se dirigía a Seami— que me ocupe primero del acabado.

—Pero si está terminado —insistió el cliente un poco molesto.

El vendedor quitó la lámina a Seami, la alzó hasta tenerla a la altura de los ojos, sacudió con admiración la cabeza y dijo:

—El distinguido señor tiene razón. Un trazo más no significaría avanzar ni un paso en el camino de la perfección.

El comerciante pagó y se fue. Con esa cantidad de dinero, calculó Seami, podría vivir una semana entera.

—Y ahora, jovencito, dime una cosa —dijo el vendedor de estampas—. ¿Quién te enseñó a dibujar así?

Seami mencionó al azar el nombre de un pintor del cual había oído hablar una vez durante el viaje.

La admiración se reflejó en el rostro del vendedor.

—La verdad es que no entiendo cómo te dejó marchar —dijo el hombre con cierta desconfianza.

—Porque él pinta al óleo —respondió Seami—. Y yo quiero aprender a grabar en madera.

—También enseñamos grabado en nuestro taller.

—¿Podría quedarme con vos?

—Ya veremos. Primero dibújame un par de láminas más —le pidió el vendedor.

—Decidme qué queréis que os dibuje.

—Un buda, un combate de sumo con dos luchadores, la tienda de un vendedor de telas y una mujer hermosa.

Seami se tomó su tiempo. Había papel en abundancia, tinta china, pinceles de todos los grosores. De tanto en tanto el vendedor se acercaba a observarlo y sacudía la cabeza.

—¿No son de vuestro agrado? He vagabundeado mucho. Pero, por lo que respecta a la pincelada, eso viene con la práctica.

—Manejas el pincel con más agilidad que yo, y mira que hace treinta años que me dedico a esto.

—También mi Maestro opinaba que tenía talento —murmuró Seami con arrogancia.

Sin duda, su interlocutor se prometía obtener grandes ganancias con los dibujos de Seami; en cualquier caso, llegaron a un acuerdo: Seami podría quedarse como aprendiz en casa del señor Doshu y a cambio recibiría alojamiento y comida. El taller era una empresa familiar propiedad de dos hermanos: Mitsuyo Doshu, el hombre que conoció Seami en el tenderete, se dedicaba a dibujar Otsu-e y venderlas, y Fukai Doshu era el grabador e impresor en el taller. Durante los años que Seami permaneció con ellos hubo dos personas más, aparte de los hermanos Mitsuyo y Fukai, que desempeñaron en su vida un papel destacable: Gala, la hija de Mitsuyo, que tenía quince años cuando Seami comenzó como aprendiz en la empresa del padre, y Masu, un joven de la misma edad de Seami, y aprendiz como él, hijo de una familia que también poseía un taller en Otsu y un tenderete en la calle como los hermanos Doshu.

En cuanto Mitsuyo observó que las ganancias aumentaban cada vez que sacaba a la venta no sus dibujos, sino los que realizaba Seami, decidió ponerlo a dibujar en el puesto, a la vista del público. Sin embargo, al cabo de unas semanas el vendedor disponía ya de una reserva tal de Otsu-e, todas muy buenas y fáciles de vender, que decidió enviar a Seami con Fukai, y no precisamente por altruismo. En privado Fukai había dado a entender a su hermano que, si no quería arriesgarse a que su aprendiz lo superara, tenía que hacerle estudiar aquello para lo que había venido, es decir, a grabar en madera.

Con Fukai aprendió Seami primero a dibujar. El maestro era implacable: detectaba al vuelo fallos y defectos, señalaba con el dedo lo que estaba mal y pocas veces lo elogiaba. Fukai le ordenó que, como él mismo había hecho también en sus días de aprendiz, invirtiera muchas horas y horas en la copia de los habituales libros de modelos antes de comenzar a enseñarle a pasar los dibujos a la plancha de madera de cerezo. Además, le hacía escribir mucho, pues opinaba que las prácticas de caligrafía eran la mejor forma de desarrollar la sensibilidad apropiada para distribuir en la hoja de papel los objetos que se quiere representar.

Seami y Masu, el otro aprendiz, eran carne y uña, tanto en el taller como en el escaso tiempo libre del que disponían. Los dos amaban su trabajo, eran ambiciosos y, a diferencia de los maestros, les encantaba experimentar y estaban convencidos de que algún día sus dibujos los harían famosos. Masu era la única persona a quien Seami confesó que se había enamorado de Gala; a la muchacha no se atrevía ni siquiera a insinuárselo. Masu, que decididamente era el más listo de los dos, le aconsejó que se quitara esas ideas de la cabeza. Amar a una muchacha tan hermosa como Gala era sinónimo de mala suerte. Además, primero tenían que hacerse famosos; después podrían pagarse todas las bellas mujeres que quisieran y no estarían obligados a mendigar amor.

Cuando, años más tarde, Seami contemplaba los dibujos que había hecho de Gala en esa época, la muchacha no le parecía ni hermosa ni fea, sino más bien una personita bastante mediocre. No obstante, creía haber reflejado en sus dibujos un curioso rasgo del temperamento de la joven, la tendencia a una misteriosa reserva. Sin embargo, en aquellos días Gala había sido para él una diosa. No existía en ese terreno rivalidad alguna entre los dos amigos. Por un lado, la muchacha, con su aura de elegancia y de niña malcriada, les parecía a ambos totalmente inaccesible; por otro, para ella Seami y Masu eran como dos hermanos. Cuando, por cualquier motivo, pensaban en el asunto, concluían siempre que lo más probable era que el maestro la enviara un día a casarse a Kyoto. Pero eso no les importaba, pues para entonces ellos serían dos artistas reconocidos, con taller propio, y ganarían tanto dinero con sus dibujos que se podrían permitir el lujo de divertirse con las más bellas bailarinas de la ciudad.

Al margen de estas fantasías juveniles, los dos muchachos se ocupaban sobre todo de su trabajo, también durante sus sueños. El gran problema al que se enfrentaban, aún sin resolver, era la cuestión de imprimir grabados en color. Si bien ya existía la técnica de colorear los grabados hechos en blanco y negro, no era ésa, como podía ver cualquiera que entendiera algo del tema, la técnica más apropiada. Fukai tenía razón al decir que todo cambiaría en cuanto consiguiera imprimir los colores directamente sobre la hoja y así lograr una textura uniforme.

Como de costumbre ocurre con todo lo arriesgado y difícil, la solución era sencilla; sólo hacía falta que se le ocurriera a alguien. Cuántas veces Masu había discutido con Seami las posibilidades concebibles. Habían intentado imprimir uniformidad y perspectiva a las superficies coloreadas por medio de distintas combinaciones de las tintas y el uso de determinados pinceles. Los resultados no fueron satisfactorios. Probaron también con sellos y plantillas. Por fin una noche Seami se despertó de repente y supo, de una manera natural, cómo había que proceder. Lo había soñado. Al despertarse, reflexionó un momento más sobre esa revelación, convencido de que podía tratarse de algo posible sólo en sueños. Pero no, había que probarlo. Entonces despertó a Masu, que lo siguió a regañadientes.

—Pero ¿qué pasa? ¿Ya es de día?

—Tengo la solución.

—No te creo. Déjame seguir durmiendo.

—No, levántate y ayúdame a comprobarlo.

Seami y Masu dormían en el taller; se hallaban, por lo tanto, en el lugar indicado.

En papel transparente, Seami hizo dos copias del mismo dibujo con tinta china.

—¿Por qué dos? —preguntó Masu, aún dormido.

—Lo verás enseguida.

En los dos dibujos Seami trazó una cruz en el ángulo inferior derecho. Midió luego la distancia que había entre la cruz y el borde del dibujo, y trasladó la cruz a las dos planchas de madera. A continuación cogió el pliego de papel en el que iba a imprimir el dibujo y marcó allí también una cruz a la correspondiente distancia de los bordes.

—La cruz nos servirá de guía, ¿entiendes? —dijo—. Todo lo demás hay que hacerlo como siempre.

Trabajó luego las dos planchas de madera con un cuchillo de grabador y un punzón.

—Una para cada color —explicó a su compañero.

Tras un par de intentos, consiguieron unos grabados maravillosos.

—¡Esto vale oro, oro, oro! —exclamó Masu, exultante.

Como segundo color escogieron primero el rojo y después el azul. Al final resultó que Fukai tenía razón. La textura que se lograba por medio de esta técnica superaba a cualquier proceso de coloreado con pincel. Los muchachos se abrazaron, volvieron a dejar los grabados de colores en la prensa y regresaron a sus camas.

Los maestros se llevaron una sorpresa indescriptible.

—Ay de vosotros si contáis a alguien nuestro secreto —dijo Fukai.

—Lo ha hecho Seami —dijo Masu.

—Seami no, nuestro taller —insistió Fukai.

Mitsuyo colocó un par de grabados bicolor en el tenderete, para probar. Se los quitaron de las manos, y podía cobrar lo que quisiera. Seami vio asomar la codicia en el rostro del viejo maestro. Fukai opinaba que la competencia no tardaría en encontrar algún modo de descubrir su secreto.

Catorce días después, Seami se encontraba de camino a Edo con una cesta en la que llevaba cuarenta grabados en color. Nada más llegar a la ciudad se llevó una tremenda desilusión: ya había grabados de dos colores en el mercado, y hasta algunos de cuatro colores. Pese a todo, vendió hasta el último de los que llevaba, y a buen precio.

Admirado por tantas novedades, decidió dar un paseo por la capital. Anduvo junto a los anchos fosos del castillo del shogun, vio los nuevos barrios en construcción, y también se llegó hasta Asakusa, el paraíso de la gente sencilla, que estaba lleno de tiendas, templos y tabernas. Tras una incursión en las tiendas de los marchantes, ya no le cupo duda de que era posible hacer mucho más dinero pintando escenas eróticas o retratos de los actores de kabuki más famosos del momento.

En pocos días se convirtió en un apasionado espectador de teatro, y en sus sueños, lo que de día había visto en las salas de kabuki adquiría proporciones aún más fantásticas. Llegó a creer que, si se esforzaba, podía hacer en el teatro una carrera tan sembrada de éxitos como la de grabador. Tuvo momentos de ilimitada confianza en sí mismo, aunque al cabo de unas horas volvía a ser el mismo palurdo de provincias.

Con la finalidad de obtener las impresiones eróticas necesarias para pintar las shunga, decidió buscar la inspiración fuera de Edo, en los locales apropiados de Yoshiwara, el barrio del placer. Pasó varias noches en compañía de una amable dama llamada Moka. Cuando ésta se enteró de que su joven cliente era grabador y dibujante, subió a la planta superior de la casa a pedir prestada a la dueña del establecimiento su colección de shunga. A Seami, las láminas que le enseñó la cortesana le parecieron groseras y más bien cómicas. Tras reflexionar un rato, dijo:

—Sólo muestran lo que se ve: no lo que sienten ni lo que imaginan los personajes.

—Bueno, tú puedes pintar estampas de primavera que reflejen también los sentimientos —sugirió Moka.

—¿Sabes una cosa? —dijo Seami con gesto pensativo tras oír esa sugerencia lanzada con cierto retintín—. Justo en esa dirección apunta mi ambición. Sí, me gustaría hacer algo así.

Cuando regresó a Otsu, Mitsuyo lo felicitó por todo el dinero que llevó a la casa.

—Podemos encontrarle un buen uso —dijo el maestro—. Masu y Gala van a casarse.

Como cabía esperar, la noticia le sentó como una bofetada. Indignado, llamó a Masu para que le diera una explicación. El amigo no podía comprender que Seami se sintiera traicionado, y le aseguró que él no había hecho nada para que se cerrara ese contrato de matrimonio. Sus padres habían hablado con los hermanos Doshu. Tenían planes para fusionar los dos talleres, y ese matrimonio era la condición previa.

—Podrías haberte negado —replicó Seami.

—A los padres hay que obedecerles —dijo Masu.

—De acuerdo —dijo Seami, cabizbajo—. Yo crecí sin padres.

En el comportamiento de Gala hacia él no observó Seami cambio alguno, pero no podía evitar sentirse rabioso, triste, irascible, y pasaba horas enteras callado y de mal humor.

Esa noche encontró enrollada en su esterilla una nota que decía: «Te espero hoy bajo el sauce del jardín». El mensaje no estaba firmado, pero Seami tenía la certeza de que lo había escrito Gala.

Seami y Masu dormían juntos en el mismo taller. Seami esperó hasta que su compañero se quedó dormido y entonces salió del taller sin hacer ruido. En efecto, era Gala quien lo esperaba bajo las ramas del sauce.

—Bueno —dijo, malhumorado—. ¿Qué pasa?

Ella abrió su vestido. Iba desnuda, y se apoyó contra el tronco del sauce. Seami la abrazó. Todo ocurrió de forma natural. Cuando terminaron, Gala le dijo:

—Yo no quería casarme. Se lo dije a Masu, y también a mis padres, pero mi padre no hizo más que reírse. Y mi madre respondió que una buena hija hace lo que le ordenan.

—Y tú obedeces —dijo Seami.

—Ya has visto que me he vengado —dijo Gala mientras se limpiaba la sangre que le bajaba por los muslos.

—¿Y qué le dirás a Masu cuando en vuestra noche de bodas te pregunte cómo es posible que no seas virgen?

—Le preguntaré a mi madre qué se dice en tales casos —replicó Gala—. Así también ella se enterará y se enfadará. La pobre no tendrá más remedio que darme algún consejo para evitar el escándalo. Para que se celebre la boda falta todavía más de una luna. Hasta entonces acudiré todas las noches al jardín, siempre que tú quieras. Buscaremos una manera de indicarnos por señas la noche que nos encontraremos aquí.

—¿Sabes que nos matarán si nos descubren?

—No te preocupes, incluso si lo descubren harán la vista gorda. Mientras estabas en Edo los dos talleres firmaron un contrato. Ya se han unido. La casa Doshu estaba a punto de quebrar. Yo he sido sacrificada en el altar de la empresa, ¿lo entiendes?

—Pero ¿por qué tienen tantas dificultades? Yo vendí todos los grabados en Edo.

—Mi tío compró pinturas y papeles muy caros. Los impuestos para los derechos de comercialización se han triplicado desde que vendemos los grabados en color. Mientras tú estabas en Edo las ventas del tenderete bajaron mucho, ya no son novedad. No han ingresado suficiente dinero. Y la salvación era un crédito de mis futuros suegros. Ya sabes que siempre han hecho también de cambistas.

—No, no lo sabía.

—A Masu sólo le interesa el arte, todo lo demás le importa un bledo. Para él todo esto es muy penoso, y es posible que por ese motivo no te dijera nada.

—¿Por qué no escapamos los dos de esta banda de usureros?

—Para serte sincera —dijo Gala, coqueta—, no eres mi gran amor. Eres un muchacho muy agradable y talentoso, pero no es mi idea de la felicidad ir mendigando contigo por el Tokaido. Me resulta más divertido vengarme de ellos de esta manera.

—No sé qué responder —dijo Seami, perplejo.

La idea de que Gala le hubiera entregado su virginidad sin estar enamorada de él hizo que su ídolo cayera del pedestal donde él la había instalado en su imaginación. No obstante, se encontró varias veces más con ella en el jardín. La señal convenida: pasar el agua al otro durante la comida.

Una noche, al regresar Seami al taller tras una de estas citas, de pronto apareció un brazo desde un rincón que había junto a la puerta. Alguien le puso un cuchillo en el cuello. Era Masu.

—Maldición —dijo Seami y, doblando una rodilla, propinó un golpe en el estómago a su atacante con una fuerza tal que hizo que éste se tambaleara—. ¿Tan lejos hemos ido para que quieras matarme?

—Tienes razón —reconoció Masu, avergonzado; luego dejó el cuchillo junto a la esterilla—. Deberíamos hablar.

—Por lo visto te has enterado de que Gala se acuesta conmigo —dijo Seami.

—Lo sé desde el primer día. Ella siempre estuvo enamorada de ti. Eres tú quien mejor responde a su idea de cómo debe ser un artista. A sus ojos yo sólo soy un pobre artesano…

—… y el hijo de un cambista —añadió Seami.

—Maldición, sí, eso también. Voy a largarme de aquí. Puedes casarte con Gala si quieres. Cuando desaparezca, las dos familias ya encontrarán alguna forma de enmendar este entuerto.

—Bueno, no vayas tan deprisa —dijo Seami con voz ronca, pues aún le temblaban las rodillas a causa de la tensión—. No debemos dejar aquí un montón de escombros. Piensa en el taller, en las dos familias. Es posible que Mitsuyo no sea más que un viejo tramposo con un ábaco en la cabeza, pero como mínimo a Fukai le debemos nuestro agradecimiento. Yo soy aquí el extranjero. A mí no me querrán como yerno. En cambio tú para los Doshu tienes un valor, por ti los han sacado del pozo tus padres. ¿Sabías que dijeron a tus padres que tú habías descubierto la técnica del grabado en color? Me lo ha contado Gala. ¿Qué sabes tú lo que tengo que oír cuando tú te vas a casa y yo me quedo aquí? No, gracias, amigo, no hay nada que hacer. Soy yo quien se tiene que marchar. Desde que conocí Edo sé que quiero ser un hombre de la ciudad. A pesar de todo lo que ha ocurrido, creo que Gala será una buena esposa. ¿No fuiste tú acaso el que me dijo una vez que para el matrimonio no se necesita el amor? ¿Que el amor es más bien un obstáculo?

—Me dan ganas de vomitar —dijo Masu—. Nos superamos mutuamente en sentimientos de nobleza. Te haré otra proposición. Nos lo jugaremos a los dados. El que gane decidirá quién de los dos se marcha.

Y se jugaron su suerte a los dados. Seami ganó, y dijo:

—Me marcho yo. Pero me tendréis que aguantar todavía hasta que termine un par de buenos grabados. De algo tendré que vivir en Edo, al menos los primeros tiempos. Veinte buenos grabados serán todo mi capital.

Todos los grabados eran estampas de primavera. Fukai las calificó de «bazofia». Masu le dijo:

—Seami va a dejarnos. Y se los llevará.

—Pertenecen al taller —dijo Fukai con firmeza—. Si las quiere, tendrá que robarlas.

Una vez terminadas las veinte estampas, Seami comenzó un tríptico. Fue, sin duda, el trabajo más exigente de todos los que había realizado hasta el momento. El primer panel mostraba a Ushingawa —el nombre que en su niñez y adolescencia había llevado el gran héroe Yoshitsune— tocando la flauta junto al portal del jardín de la princesa Joruri. Aparecía en todo su esplendor, vestido con un quimono de color azul que ocupaba toda la mitad inferior de la hoja. En el centro del grabado se veía una puerta de madera tallada con dibujos geométricos, que representaba un maravilloso contraste con las líneas fluidas del hombre del quimono. En el jardín lo espera la criada de la princesa. La mujer lleva un farol que ocupa la mitad superior del grabado. Aunque por regla general en ese tipo de láminas el tercio superior queda en blanco, Seami colocó en ese espacio una puerta con paneles de papel detrás de la cual se apreciaba la sombra de la princesa.

El siguiente panel mostraba a Ushingawa y a la princesa en el instante en que se echaban en la esterilla. En la última imagen Seami había representado a Ushingawa en el momento en que sonsaca a la princesa los planes de invasión militar elaborados por el padre de ésta. Con ayuda de Joruri consigue Ushingawa que su hermano Yoritomo salga victorioso. Sin embargo, para el padre de Joruri esa pérdida significó la derrota y la vergüenza. La princesa se suicida poco después, pero su nombre se conserva en las muchas canciones y piezas de kabuki y de marionetas que se han nutrido de este tema, transformado en sinónimo de tragedia y amor traicionado.

Seami hizo sólo dos copias de las tres hojas. Una de ellas la envió a Gala y a Masu con una dedicatoria. La otra la envolvió con cuidado para llevársela a Edo.

La última noche antes de la partida Seami se encontró una vez más con Gala en el jardín. Al regresar al taller dijo a Masu:

—No la he tocado, sólo me he despedido de ella. Aún sigo sin saber si alguna vez me quiso.

Masu sacó una botella de aguardiente de arroz y juntos bebieron hasta que los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana. Bastante borrachos, se pasaron un buen rato buscando los grabados que Seami había envuelto para llevarse a Edo. Delante de la puerta del taller había una mochila de juncos con víveres. No fue difícil imaginar que había sido Gala quien la había dejado allí. Y así todos quedaron en paz.

Pronto ocurrió algo que hizo pensar que los dioses de la fortuna habían tomado partido por Seami. Al llegar a Edo, el joven se puso a buscar, uno tras otro, a los vendedores de obras de arte a quienes había conseguido vender grabados durante su primer viaje a la ciudad. La segunda tienda en la que se presentó pertenecía a un tal señor Nokumora, que ya en la primera visita había elogiado sus dibujos. Mientras contemplaban el tríptico entró en la tienda un hombre mayor que iba vestido con exquisita elegancia, y a quien las dos espadas delataban como samuray. El hombre se inmiscuyó con arrogancia en la conversación que Seami mantenía con el señor Nokumora y dijo que las tres láminas le interesaban. Precisamente ésas no estaban en venta, replicó Seami. Es cierto que había pensado ofrecerlas a Nokumora, porque lo apreciaba y esperaba conseguir del marchante una suma que le permitiera pagarse el sustento durante un par de semanas, pero la actitud del samuray, que había interrumpido la conversación, no le sentó bien; decidió vengarse con la negativa de venderle el tríptico, lo cual al mismo tiempo pondría fin a su intromisión. Sin embargo, el samuray, respirando con dificultad pero sin dejar a un lado la arrogancia, comenzó a hacerle preguntas tales como de dónde procedía, cuánto tiempo llevaba en la capital, qué asuntos lo habían llevado a Edo y otras igualmente inquisitivas. «Pero, bueno, qué le importa todo eso a este viejo», pensó Seami. Con cara de disgusto y gesto airado, sacudió primero la cabeza y por último respondió, al ver que el hombre insistía:

—¿Acaso me busca la policía y queréis llevaros la recompensa?

El samuray no tenía intención de tomar esa respuesta como un desaire, ni de seguir importunándolo. Muy al contrario, se puso a elogiar la obra, cosa que a Seami le indignó aún más.

—Yo diría —le espetó Seami— que os comportáis sin la menor idea de lo que son modales. Me extraña que estéis facultado para llevar dos espadas.

Seami esperaba una reacción violenta, pero el hombre se limitó a decir:

—Creedme si os digo que por alguna justa razón llevo estas dos espadas, y creedme también si os digo que sé manejarlas cuando es necesario. Por lo

visto, habéis tenido malas experiencias con los nuevos ricos[19] presumidos que sólo compran grabados porque están de moda. Dado que a mi entender tenéis un talento fuera de serie, haré caso omiso de vuestra antipática conducta. Como os puede garantizar el señor Nokumora, entiendo algo de arte, y me vanaglorio de poseer una excelente pinacoteca. Si vos no queréis venderme este tríptico, por lo menos me haréis el favor de venir a mi casa mañana por la noche. Seréis mi invitado. Y tened la bondad de traer vuestras obras, para que pueda al menos contemplarlas, aunque sea brevemente.

—No sé —farfulló Seami, hosco—. No os conozco de nada, y vos tampoco me conocéis. La verdad es que no veo motivo para importunaros con mi presencia.

En ese momento intervino el marchante Nokumora:

—Por supuesto que para el señor Seami será todo un honor ser huésped de Vuestra Excelencia.

—Maldita sea —farfulló Seami, dirigiéndose a Nokumora, cuando un cuarto de hora más tarde su admirador salió de la tienda—. ¿Qué os da derecho a disponer así de mí y de mi tiempo?

—¿Qué queríais que hiciera? ¿Que contemplara impasible cómo desperdiciabais vuestra buena suerte? ¿Tenéis idea de quién es el que os ha invitado? El príncipe Rokoi es uno de los seis tesoreros secretos del shogun.

—¿Y a mí qué me importa? —exclamó Seami al recordar una vez más la terrible suerte que habían corrido sus padres—. A mí estos grandes señores me caen muy gordos.

—Sí, es un gran señor, pero también es un amante del arte. Además, es el cliente que mejor paga. Pero, decidme, ¿qué es lo que queréis? ¿Seguir muriéndoos de hambre o tener tiempo y medios para dedicaros a vuestro arte? Ese hombre os puede abrir todas las puertas. Os aconsejo que mañana os presentéis puntualmente en su casa. Os enviará un palanquín, estoy seguro. Yo también tuve una vez el honor de ser su invitado. No os vendría mal aprovechar la tarde para comprar un traje adecuado para mañana.

—Entonces tendréis que darme un anticipo.

—Lo que queráis —dijo el marchante—. Vendedme las shunga. Sólo tenéis que decir el precio.

Al propio Seami le pareció una desvergüenza la suma que pidió por cinco de los diez grabados. El marchante pagó, pero con una indirecta le dio a entender que se trataba de un precio mucho más alto de lo habitual.

—Tendréis compradores de sobra para mis obras y recuperaréis con creces la inversión —replicó Seami—. El mero hecho de que me paguéis los que os he pedido me confirma algo que ya sabía: que soy muy bueno.

Seami guardó el dinero en la bolsa y se volvió para marcharse.

—No olvidéis la invitación. Tengo buenos planes para vos —gritó el marchante.

La noche del día siguiente un palanquín llevó a Seami hasta una casa de campo que se hallaba en medio de un extenso parque donde se alzaban varios edificios. El príncipe Rokoi poseía una selecta biblioteca y dos o tres biombos pintados que dejaron a Seami sin aliento.

—Ya tendréis tiempo de contemplarlos todo lo que queráis —dijo el príncipe al pasar delante de los paneles—. Hoy son imposibles de encontrar en el mercado. Proceden de la escuela Kano, y tienen más de quinientos años. El pintor los realizó para conmemorar el desembarco de los portugueses. Un antepasado mío que trabajaba al servicio del emperador, en el servicio de control de inmigración, los adquirió ya en aquel tiempo.

El príncipe llevó a Seami a dar un paseo por el parque, y le enseñó aquí y allá diferentes grupos de árboles y arbustos que había hecho traer del extranjero mientras se explayaba en los trabajos de jardinería que no confiaba a ninguno de sus empleados. Seami no conseguía salir de su asombro. El príncipe incluso era autor de un agudo ensayo sobre el paso de las estaciones en el parque que rodeaba la casa. Poseía, además, una impresionante colección de espadas, una guardia de corps formada por veinte hombres, y en su propiedad daba albergue a un monje zen que supervisaba sus ejercicios de meditación, así como a un maestro de esgrima. En la ciudad, a través de intermediarios, participaba en una de las llamadas «cuadras» de luchadores de sumo de la categoría superior.

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