Yrigoyen

Félix Luna · Capítulo 4 de 9 · parte 1/5

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Yrigoyen

III. Los treinta años seculares

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

III

 

 

LOS TREINTA AÑOS SECULARES

 

1. LA INTRANSIGENCIA

 

I

 

Y así llega el año ’89.

Sucedió que unos jóvenes vinculados al oficialismo creyeron oportuno demostrar

su adhesión al Presidente. Lo hicieron, en efecto, pero tuvieron el poco tino de

titularse públicamente «incondicionales» de Juárez. La palabreja, más que el acto en

sí, provocó el repudio de algunos muchachos porteños de cierta figuración

universitaria y social, que días más tarde organizaron como respuesta una vibrante

asamblea. Así se dejó constituida la «Unión Cívica de la Juventud» como núcleo de

oposición al gobierno.

El acto independiente habíase realizado en su preciso momento, y por ello tuvo

amplias proyecciones en el tiempo y en la política argentina. En efecto, la crisis

económica que día a día se tornaba más inevitable estaba provocando un malestar

creciente. La especulación, la inflación monetaria, la desvalorización del peso papel y

el creciente drenaje de oro estaban creando un nervioso clima de inseguridad

económica que se traducía en un sentimiento general de irritación contra el gobierno

y especialmente contra Juárez, acusado de lucrar con estupendos negociados.

Ciertamente la crisis se debía a causas determinadas por la coyuntura económica

que el país vivía en ese momento, pero también había culpa del gobierno, que se

había confiado excesivamente en su potencialidad y se había embarcado en gastos

presupuestarios muy gravosos, comprometiéndose, además, a pagar en oro los

servicios de empréstitos anteriores y a garantizar dividendos mínimos a una cantidad

de empresas de toda índole.

Esta situación se completaba en lo político con las características que hemos señalado en el capítulo anterior, bien que agravada la situación por la pretensión de

Juárez de imponer un sucesor absolutamente impopular y, para peor, cordobés, lo

cual hería el sentimiento porteño y lo enconaba aun más contra el Presidente.

Con tales antecedentes no ha de extrañar que la convocatoria de la muchachada

tuviera amplio eco. Era la primera vez en casi diez años que se alzaba decididamente

una tribuna contra el gobierno. Núcleos opositores habían existido siempre, aunque

reduciendo su grita a las tertulias y las sobremesas. Cuando Roca finalizaba su

período intentóse coordinar las fuerzas que se le oponían, pero el esfuerzo se hizo con

frialdad y desconfianza, y el ambiente no era todavía propicio.

Pero ahora sí. Los errores de Juárez eran muy grandes, y lo peor era que él

mismo, rodeado de una corte de adulones o interesados, no lo sabía. A la inversa, las

divisiones que antes habían separado a los adversarios del régimen imperante estaban

desapareciendo insensiblemente por obra del tiempo y por la fuerza de la reacción

antijuarista.

Todas esas circunstancias hicieron posible que el acto de la juventud —1.º de

setiembre de 1889— congregara a ex republicanos y mitristas, masones y católicos,

viejos patricios y mozos sin actuación política, como una manifestación del unánime

repudio que merecía el juarismo a las fuerzas independientes.

 

*

 

La nueva organización contó bien pronto con el apoyo de las crecientes fuerzas

opositoras. Se instalaron clubes parroquiales en Buenos Aires y se organizaron

filiales en Salta, en Corrientes, en La Plata y Entre Ríos. Después de diciembre se

reorganizó, creándose una Junta Consultiva donde se dio cabida a personalidades de

dimensión nacional —Mitre, Goyena, don Bernardo de Irigoyen, etc.—. La Unión

Cívica perdió así su sentido como expresión de mocedades insurgentes, pero ganó en

fuerza y representatividad al aglutinar sin distinción de edades todos los matices de la

oposición contra Juárez.

Porque es de notar que, fuera de los propósitos que alentaba de moralizar la

administración y posibilitar el sufragio libre, la Unión Cívica no condenaba el

Régimen como tal sino tan sólo la gestión gubernativa de Juárez y su círculo.

Algunos cívicos habían colaborado con Roca. Muchos, especialmente los mitristas, se

beneficiaron con la nueva estructura económica y eran banqueros, terratenientes,

miembros de los directorios locales de empresas extranjeras. Ellos querían,

simplemente, un estado de cosas donde existiera menos autoritarismo, más decencia

administrativa, más respeto por la opinión, pero no pensaban tocar nada de lo

existente en otros terrenos. Tal vez los únicos que envolvían en su repudio a todo el

Régimen eran los del ala de Alem.

Alem fue invitado desde el primer momento a ocupar un lugar preponderante en la Unión Cívica. ¿Quién podría tener más autoridad moral que él para condenar las

corruptelas del juarismo? Alem arengó a los muchachos el 1.º de setiembre y quedó

consagrado ese día como el conductor más popular de la oposición. Buenos Aires no

había olvidado al defensor de su autonomía, pese a los diez años de enclaustramiento

que él mismo se había impuesto.

En cambio Yrigoyen no entró al principio en el movimiento, a pesar de los

requerimientos de su amigo Del Valle. Él asistió desde su retiro al espectáculo de la

aparición del Régimen. Habíale pesado la responsabilidad que en parte pudo caberle

y repudió el nuevo orden gubernamental intensamente con todo ese callado

ardimiento de que era capaz. Sabía que Juárez no era el único culpable y que no

bastaba derribarlo para que el estado del país variara: se imponía un cambio radical.

Por eso le disgustaba que se hiciera una cuestión casi personal de la lucha contra el

Presidente.

 

Cuarenta años más tarde Yrigoyen recordaba su posición ante la revolución del ’90 con estas palabras:

«Cuando la descomposición estalló con todos los descreimientos y sin reatos algunos, constituyéndose en régimen y volcándose en él las agrupaciones y todas las tendencias partidarias en una unidad usufructuaria sin reparo alguno, me recogí a meditar sobre el problema que tan inaudito atentado presentaba a la consideración del juicio supremo de la patria, profundizando e ilustrando mi espíritu en todo cuanto debiera en su hora dar la solución. Esa tarea abarcó todo el tiempo corrido desde el ’80 al ’90, y al aparecer las concitaciones públicas que sobrevinieron, e incorporarme a ellas, dije a la alta dirección de la que formaba parte, que no concurriría a la acción pública para cambiar un gobierno por otro, sino en pos de una primordial transformación que consideraba indispensable».

 

Además, desconfiaba de los nuevos opositores. En la Unión Cívica había hombres

sinceros, jóvenes idealistas y viejos luchadores, pero al lado de ellos también

militaban hombres que habían sido hasta ayer los beneficiarios del Régimen y aun

responsables muy directos de la actual situación.

¿Qué acción positiva podría hacerse —pensaba— con esa coalición de elementos

heterogéneos, cuyo único vínculo común era la oposición a Juárez?

Por estos motivos no intervino Yrigoyen mayormente en la organización de la

Unión Cívica, aunque miró con simpatía ese esfuerzo en el que andaban metidos

todos sus amigos; y permitió que su nombre figurara como Presidente honorario del

comité local de General Alvear, en la provincia de Buenos Aires.

 

*

 

En los primeros meses de 1890 la situación financiera se agravó sensiblemente. El

oro subía en forma espectacular y los billetes con que los bancos provinciales

empapelaban el país eran rechazados por todos. La inflación traía su secuela de

angustia y necesidad. Las quiebras en el comercio asumían caracteres de epidemia. El

gobierno se veía en figurillas para servir la deuda exterior en metálico. Ese 1.º de

mayo fue el primero que miró con asombro flamear de banderas rojas y gritos de

reivindicación obrera por las calles porteñas.

Los cívicos continuaban su organización estimulados por el creciente malestar

popular. El 13 de abril se realizó un acto en el Frontón Buenos Aires, que terminó con

una gigantesca —para esos tiempos— manifestación, cuya fuerza y entusiasmo

inquietó por vez primera al círculo oficialista. Tres días antes había renunciado el

gabinete, y los nuevos ministros parecían una promesa de rectificación por el hecho

de no pertenecer tan estrechamente como los anteriores al círculo palaciego.

Pero ya era tarde. La revolución estaba en marcha. Era lógico que ello fuera así.

Ya hemos expresado que sólo había un propósito común en la Unión Cívica: el

repudio a Juárez. Pero a éste no podía derribárselo por el voto popular, ya que el

comicio era una farsa y todo su mecanismo —inscripción y depuración del Registro

Cívico, autoridades de las mesas electorales, fuerza pública, escrutinio, etc.— estaba

controlado por el oficialismo. Tampoco era factible eliminarlo por el medio

constitucional del juicio político, porque el Congreso estaba integrado por hombres

atados a compromisos e intereses.

La Unión Cívica, pues, sólo podía terminar con Juárez por la revolución armada,

y urgentemente. Ya existían controversias en su seno: Mitre se mostraba frío en su

colaboración y a mediados de mayo se fue a Europa, prestando antes su tácita

aprobación para el alzamiento. Don Bernardo no trabajaba como se había esperado, y

los católicos, con Estrada y Goyena a la cabeza, exigían que se proclamara un

candidato a Presidente como paso previo a cualquier plan. En este estado solo un gran

objetivo podía suavizar estas diferencias. Alem lo vio así y comprendió que el único

modo de sacar al país del atolladero era lanzándose a la revolución. Y desde el mitin

del 13 de abril, ungido ya Presidente de la Unión Cívica, empezó a trabajar en este

sentido.

No duraron más de cuatro meses las tareas conspiradoras. La revolución estaba en

la calle y no faltaba más que encauzarla. Un grupo de militares ofreció

espontáneamente su colaboración a la Junta Revolucionaria que el mismo Alem

presidía. Hombre a hombre, se iban seduciendo con rapidez cuadros enteros de

oficiales. El tribuno de las grandes jornadas populares vivía con intensidad. Alma de

la conspiración, trabajaba febrilmente día y noche, asistiendo a reuniones secretas,

convenciendo tibios y conteniendo exaltados, examinando planes y proyectos; todo

ello sin descuidar su actividad pública en asambleas y comités parroquiales para no

inspirar sospechas demasiado vehementes a la policía, que lo vigilaba de cerca.

Aristóbulo del Valle, mano derecha de Alem y responsable de la oposición que

denunciaba con voz impar en el Senado los escándalos del Régimen, reveló a

Yrigoyen lo que se traía la Unión Cívica entre manos, y lo invitó a colaborar en la

conspiración. Las dudas que impedían al taciturno profesor de filosofía militar

activamente en la política de la Unión Cívica no eran tan grandes como para hacerle

rehuir su cooperación en la patriada; así es que después de breve indecisión aceptó,

pero señalando que no quería ocupar cargos directivos, pidiendo en cambio, que «no

se le economizaran peligros». Fue designado por la Junta para hacerse cargo de la Jefatura de Policía de la ciudad cuando la revolución estallara, nombramiento que no

aceptó, haciendo constar que había de desempeñar ese puesto sólo durante el lapso

imprescindible para conservar el orden en la población. A principios de julio ingresó

en la Junta Revolucionaria y desde entonces intervino en sus deliberaciones.

A todo esto, la revolución era un hecho que todos veían como inminente. El

gobierno también, pero la dificultad de su posición impedíale tomar medidas

drásticas. Se demoraba el estallido, y cada retraso significaba una posibilidad más de

que el complot fuera descubierto. Los vaivenes internos de la Junta, consecuencia de

los diversos criterios sustentados, hicieron cambiar de plan tres veces y postergar la

fecha fijada en dos oportunidades.

A mediados de julio un alto jefe comprometido, el general Campos, fue arrestado

por una infidencia de cierto militar a quien Yrigoyen había tratado de ganar para la

conspiración. La noticia desalentó, se creía que todo había sido descubierto. Pero la

verdad era que el gobierno había asestado un palo ciego: lo demostró la falta de

energía con que procedió y la lenidad del arresto, que permitió a Campos seguir

conspirando desde su encierro.

Pero es que allí andaba Roca. El Zorro sabía de la revolución y deseaba que

triunfara, porque estaba distanciado con Juárez, pero no quería que el gobierno se

hundiera, pues el triunfo de Alem hubiera sido un golpe tremendo para todo lo que él

representaba. Además, el vicepresidente Pellegrini le seguía siendo adicto. Su juego,

entonces, era claro: se trataba de «regular» la revolución, ajustarla con sutileza de tal

modo que derribara a Juárez sin echar abajo el gobierno y sin que ella misma

triunfara. Hacer una revolución que se quedara a mitad de camino.

 

*

 

Cada día que pasaba significaba un peligro más. En consecuencia, la Junta

decidió sin más retardo lanzarse a la revolución con los elementos comprometidos.

Yrigoyen insistió en la conveniencia de demorar el estallido hasta que se contara con

otros cuerpos de los que se esperaba la adhesión: así el éxito sería seguro y se

evitarían luchas estériles. Pero su opinión no prevaleció y la fecha y el plan definitivo

quedaron fijados.

Sería el 26 de julio. En la noche del 25 al 26 las fuerzas comprometidas serían

sacadas de los cuarteles por miembros de la Junta, y se concentrarían en el Parque de

Artillería, antiguo depósito de armas que alzaba su vetusta fachada en pleno centro de

la ciudad. Una vez operado el contacto, debía avanzarse sobre los objetivos

estratégicos de la ciudad. Tomada Buenos Aires, lo demás resultaría fácil.

La primera parte del plan se cumplió con felicidad. Todos los regimientos

apalabrados salieron sin inconvenientes de sus cuarteles y llegaron al Parque casi sin

ser sentidos. Yrigoyen estaba designado para una misión delicada: sublevar el Colegio Militar, cuyos cursos superiores habían estado desde el primer momento con

la revolución.

 

(La vida urde a veces situaciones mucho más paradójicas que las que pueden hacer los hombres: ese mismo

Colegio Militar que Yrigoyen condujo a la revolución bajo la alta noche de invierno habría de derribarlo de la presidencia cuarenta años más tarde…).

 

Casi 1500 hombres entre soldados y civiles se concentraron en el Parque. Todo

marchaba perfectamente. El general Campos, libertado por sus compañeros al

sublevarse el regimiento donde estaba detenido, mandó tocar el Himno Nacional al

salir el sol. Había júbilo en los rostros trasnochados. Pero a partir de entonces, la

suerte varió. Pretextando diversas causas, Campos se negó a cumplir de inmediato la

segunda parte del plan trazado. Las tropas se quedaron en el Parque en vez de

avanzar sobre la ciudad, casi acéfala de autoridades y pronunciada tumultuosamente

por la revolución. Desde ese momento, las fuerzas del gobierno se redujeron a sitiar

el baluarte cívico, hasta que al cabo de tres días de pelea la Junta se vio obligada a

capitular, logrando que las autoridades se comprometieran a no perseguir a los

sublevados.

No fue fácil rendirse. En la Junta se discutió con acritud el problema, mientras las

veteranas tropas del gobierno cazaban como chingolos a los bisoños ciudadanos,

tocados con las boinas blancas y las cucardas blancas, verde y rosa que fueron desde

entonces los colores simbólicos del radicalismo. El general Campos fue desde el

primer momento el campeón del abandono de la lucha. En cambio, Yrigoyen, con

tozudez vascuence, propuso romper el cerco y batirse en retirada sobre la provincia

de Buenos Aires, que —estaba seguro— se alzaría espontáneamente. O si no,

embarcarse en la escuadra, que era revolucionaria, municionarse en Montevideo y

luego marchar a sublevar las provincias del litoral. Sin embargo, con una honda

congoja ardiendo en cada pecho, los miembros de la Junta ordenaron abandonar las

armas.

 

¿Cuál fue la causa de la derrota? Por esos días fue moneda corriente la especie de que la revolución había sido

traicionada, y se sindicó al general Campos como presunto autor de la felonía. Algo había de cierto. Parece que el jefe militar de la revolución se comprometió con Roca a mantener el movimiento en statu quo hasta conseguir la renuncia de Juárez. Acérrimo mitrista, Campos no quería que la revolución triunfara con amplitud, porque entonces el gobierno caería en poder de Alem: prefería que el único sacrificado fuera Juárez, a fin de que Pellegrini asumiera la presidencia y así se pudiera cumplir la promesa de Roca de realizar un acuerdo político sobre la base de la candidatura única de Mitre.

 

Porque ciertamente la revolución había sido militarmente vencida. Pero ¿había

fracasado? Aparte de las consecuencias inmediatas que tuvo —y que examinaremos

en seguida— la Revolución del Parque fue el punto de arranque de una época política

que todavía vivimos. De ese episodio salen las grandes corrientes ideológicas por

nacer, en la persona de sus futuros conductores, presentes allí. Los viejos muros del

Parque albergaron durante esas jornadas a Yrigoyen, que sería más tarde el artífice del radicalismo, a un médico, Juan B. Justo, que habría de dar teoría y conducción al

socialismo, y a un joven abogado rosarino que años más tarde sería uno de los más

tremendos enemigos de Yrigoyen y fundador él mismo del Partido Demócrata

Progresista: Lisandro de la Torre.

Del Parque salía la Unión Cívica derrotada pero con mártires, con símbolos y con

calor popular. Ahora, un lazo común de sangre y penas unía a los cívicos. Muertos

queridos justificaban la sinceridad del alzamiento.

Pero tampoco el gobierno salió con bien de la conmoción. Había quedado

demostrada su impopularidad y su debilidad. A Juárez el vicepresidente Pellegrini lo

había alejado de la ciudad astutamente no bien sonaron los primeros disparos,

sugiriéndole la conveniencia de no exponerse y la necesidad de traer fuerzas del

interior. En la confusión de los primeros momentos Juárez, que no carecía de valor

personal, siguió el consejo del pérfido amigo de Roca, y así dejó a sus silenciosos

enemigos en posesión del poder, quedando él en la desairada actitud de desertar su

puesto mientras el vicepresidente dirigía personalmente la lucha y ofrecía la renuncia

del Presidente a los revolucionarios por medio de gestores oficiosos.

Terminada la lucha, vino la reacción. Muchos de los obsecuentes de la víspera

reconocieron que los errores de Juárez habían llevado la situación al extremo de hacer

necesario el alzamiento. La crisis económica se agravaba hora a hora, y la

incertidumbre de que se produjera una nueva revolución repercutía intensamente. Se

rumoreaba que el gobierno no podría servir el inminente servicio exterior de la deuda,

cosa que no había ocurrido bajo ningún gobierno y constituía un timbre de orgullo

para el país.

Juárez intentó formar su gabinete llamando a personalidades de todos los matices

políticos. Pero ya era inútil. El ex Único era ahora repudiado unánimemente. Los

diputados y senadores que él había consagrado con una palabra, con un gesto, ahora

iban en delegación para exigirle su renuncia. Roca y Pellegrini intrigaban,

convenciendo a los contados personajes a quienes hubiera podido dirigirse Juárez de

que no debían formarle ministerio. En la calle, en las confiterías, en los cuarteles, en

todos lados se exigía a gritos la dimisión de Juárez. Ya era una necesidad nacional.

Al fin, una semana después de las jornadas del Parque, acosado por todos,

abandonado por sus amigos, Juárez renunció. Tal vez no fue él tan culpable como se

creyó en su época, pero sucede que los hombres públicos son arrastrados por

acontecimientos compuestos de imponderables elementos de prejuicios, odios, mitos

y tabúes que, una vez desbocados, nadie puede detener. Juárez fue la expresión de

una época argentina que repentinamente vio a toda una clase social enriquecida sin

haberse provisto previamente de bases éticas. No vio —o no quiso ver— lo que tenía

ese estado de injusto y perjudicial para el país: éste fue su gran pecado.

El júbilo de Buenos Aires y del interior al saberse la dimisión de Juárez fue

enorme. Como el chivo emisario del relato bíblico, Juárez llevaba en su triste retirada

todos los pecados y suciedades del pasado. El vicepresidente Pellegrini parecía abrir una nueva era, a juzgar por las explosiones de alegría que provocó su ascensión. Pero

Pellegrini significaba tanto como Juárez en cuanto a los vicios y corruptelas que

parecían haber huido con la renuncia; y esto quedó demostrado al designar a Roca

ministro del Interior.

En las antípodas del campo político, dos hombres —Juárez y Alem— advirtieron

con qué habilidad vulpina había actuado el Conquistador del Desierto. En una de las

tantas oportunidades en que vinieron a exigirle la renuncia, exclamó Juárez, en un

arranque de impotente ira: «¡Yo renuncio si Pellegrini renuncia también!», porque

sabía muy bien quién se ocultaba tras la figura desgarbada de su vicepresidente. En

cuanto al torturado caudillo porteño, mientras asistía —desganado y escéptico— a la

tumultuosa celebración popular, dijo amargamente a sus fieles: «¿Qué celebran?

¿Qué están vivando? ¡Mejor harían si pusieran crespones…!».

Los dos sabían que, como un ladrón de victorias ajenas, el único afortunado de

todo el episodio había sido Roca.

 

*

 

Yrigoyen salió del Parque con experiencias amargas pero valiosas. Pudo advertir

durante esos días cuánto influye en el éxito de una acción política la homogeneidad o

heterogeneidad de las fuerzas que pretenden llevarla a cabo. Cayó en cuenta de la

falta que hace en tales casos un jefe audaz, sereno y responsable, y tal vez empezó a

decepcionarse de su tío, arquetipo de pureza, desinterés y coraje, pero incapaz de una

conducción eficaz.

Su misma actuación personal habíale mostrado ser dueño de un frío valor y una

cordura difíciles de hallar en momentos de confusión. Del Valle lo citó con elogio

varias veces en la crónica que escribiera tiempo después. Las tareas de la

conspiración hicieron que afloraran de nuevo esos maravillosos instrumentos de

seducción, cuya justificación y sentido solo ahora empezaba a entrever. La misma

infidencia que provocara involuntariamente pondría en su futura actuación un

elemento constante de recelo y precaución.

Es que la política, dominadora y fascinante, volvía a apoderarse de él, que tal vez

creía haber terminado con ella para siempre después de su diputación de 1880. Los

grandes caudillos suelen tener una primera actuación que fracasa o yerra, para

atravesar luego por un período de retiro y concentración y retornar luego

triunfalmente a aquella acción en la que han de realizar plenamente sus posibilidades.

Tal cosa estaba sucediendo con Yrigoyen, que ante el espectáculo de la nueva

reacción popular sentía hervir su sangre con los ímpetus de los tiempos del Partido

Republicano…

Ya no vivía en una soledad tan rigurosa. Ahora salía más y se vinculaba

preferentemente con gente joven, a la que atraía con su rara personalidad tan misteriosa, tan llena de múltiples perfiles, tan ardiente en sus ideales como suave en

sus procederes.

Por esos días debió haber sentido nuestro héroe la sensación de estar ante la

bifurcación de dos caminos. ¿Por cuál caminaría él? Uno lo devolvía a su cómoda

posición social y económica, a sus trabajos rurales, a su cátedra, a la mujer que lo

amaba y sus hijos. El otro lo llevaba a la lucha política, con su secuela de

incertidumbres y sacrificios, en busca de un ideal que había llevado siempre ardiendo

como una lámpara votiva. ¿Por cuál caminaría él…?

 

*

 

Concluida la revolución planteóse a los dirigentes de la Unión Cívica el

interrogante de la acción a desarrollar en el futuro. Reunida la Junta Consultiva, Del

Valle planteó la necesidad de «iniciar un movimiento de resistencia, levantando como

bandera la personalidad del general Mitre», visto el contraste sufrido por el

movimiento armado.

Asintieron todos y la Unión Cívica se hubiera subalternizado en una pequeña

acción personalista, de no haberse opuesto Yrigoyen, recientemente incorporado al

alto organismo. Serena pero firmemente, negó que la revolución hubiera sido

realmente vencida. Afirmó que correspondía mantener el impulso del movimiento,

desde que no habían desaparecido las causas que lo motivaron, y que lo procedente

era convocar a la opinión nacional a fin de que ésta pronunciara su juicio.

Del Valle, varón generoso y cristalino, después de conferenciar largamente con su

amigo retiró su moción. Pero ella fue retomada por don Bernardo de Irigoyen, quien

la sostuvo empecinadamente en debates que se prolongaron durante todo un mes.

No se conservan las actas de aquellas contiendas verbales, largas y caballerescas.

Pero se sabe que, uno a uno, los miembros de la Junta fueron ganados por la

argumentación de aquel hombre de 39 años, sin mayor actuación pública, que se

atrevía a refutar a los prohombres de más prestigio del país.

El último día José Manuel Estrada, el magnífico líder católico, anunció

confidencialmente a Yrigoyen que don Bernardo desistía de su tesis. Así ocurrió, en

efecto, y quedó resuelto entonces que se convocaría una Convención Nacional para

dar autoridades permanentes al partido y elegir candidatos a presidente y

vicepresidente de la Nación.

Aunque las elecciones de renovación presidencial debían realizarse un año más

tarde no era ésta una precaución excesiva. Los gobiernos provinciales, salvo el de

Córdoba, no habían caído con su antiguo jefe, Juárez, y Roca seguía desde el

Ministerio del Interior ajustando el mecanismo político que había quedado algo

descalabrado después de la renuncia del «Único».

La Convención Nacional de la Unión Cívica se reunió en Rosario en enero de 1891. Previamente se había convenido más o menos tácitamente en propiciar el

nombre del general Mitre para la presidencia de la Nación. Era, sin duda, Mitre el

primer ciudadano de la República. Su personalidad revestía un simbolismo casi

mítico de austeridad y pureza. No sólo se lo apreciaba como estadista, sino que su

labor en los campos de la historia, el periodismo y las letras lo había rodeado de un

prestigio que trascendía las fronteras. Cierto es que, ya en sus gloriosos setenta años,

Mitre pecaba de dominante, terco y vulnerable al halago, pero no es menos cierto el

patriotismo y el desinterés con que actuaba. Era seguro que su candidatura tendría

predicamento popular y auspicio entre la opinión calificada. Sin embargo, no dejó de

despertar resistencias en el mismo seno de la Unión Cívica.

Yrigoyen fue uno de los que recibieron con frialdad las sugestiones de los cívicos

mitristas.

«¿Cómo quiere que me haga mitrista…? —cuéntase que le dijo a Del Valle—.

¡Eso sería como pedirme que me haga brasilero…!».

Pese a esta resistencia, Mitre fue proclamado en Rosario candidato a presidente,

casi por unanimidad. Integraba la fórmula el expectable ciudadano don Bernardo de

Irigoyen, antiguo autonomista de cepa federal y urquicista. El binomio era una

síntesis de corrientes sentimentales e ideológicas con antiguas raíces nacionales y, a

la vez, presentaba dos estadistas cuyas virtudes cívicas y personales eran indiscutidas.

Roca debió sentirse abrumado ante los aprestos de los cívicos. Su máquina

electoral era impotente para oponerse a semejante par. A Mitre y a don Bernardo no

se les podía escamotear la elección con fraudes o chicanas. Hacerlo hubiera

significado la guerra civil. Pero el astuto socio de Pellegrini no necesitaba ganar las

elecciones para conservar su predominio en el campo político argentino. Había una

vía más directa: simplemente, ganar a Mitre[4]…

El 12 de marzo (1891). Alem y Del Valle son elegidos senadores nacionales por la

Capital Federal. El 19, Mitre llega de Europa, y la ciudad le tributa una impresionante

recepción. Si algo le faltaba a Roca para convencerse de la urgencia de evitar la lucha

con Mitre era esto. Sin esperar más, a los dos días de su llegada, el Maquiavelo nativo

visita al prócer. Le habla. Le pinta con negras tintas el estado del país y le plantea la

necesidad de una unión entre todos los partidos. Le manifiesta su arrepentimiento por

los errores pasados. Le expone que él, Mitre, debe aceptar el sacrificio de la

Presidencia futura, y que él, Roca, no desea otro honor que el de ser un activo

propagandista de su candidatura. Habla El Zorro, y Mitre, ya trabajado por los

antecedentes reseñados, acepta. Acepta, y al terminar la fructífera entrevista se

confunde en un estrecho abrazo con el nuevo y oficioso «manager» de su

candidatura.

¡El abrazo Mitre-Roca! ¡Cómo recuerda el de estos egregios varones otros

abrazos no menos célebres de la historia hispanoamericana que se hicieron

invariablemente en nombre de altisonantes lemas, para concluir en una confusa

repartija de la cosa pública…!

Al día siguiente la prensa publica la sensacional noticia, y Roca, como jefe del

autonomismo nacional, comunica a los caciques provinciales que Mitre y él «habían

convenido en la necesidad de suprimir la lucha electoral para la presidencia futura»

sobre la base de «un franco y leal acuerdo que constituya un gobierno nacional sin

exclusiones para nadie ni propósitos partidistas». ¡Con qué íntima complacencia no

habrá firmado esta circular! Iba a pura ganancia por dos caminos: por un lado

apuntalaba al Régimen suspendiendo una lucha que le podía ser fatal. Además, la

intransigencia del sector alemista le hacía descontar la división de la Unión Cívica. O

sea, el refuerzo de las propias filas y la división de las ajenas.

Ira y sorpresa entre los cívicos adictos a Alem. Por más que desconfiaran de Mitre

nunca habían supuesto que su propio candidato les hiciera tamaño desaire. Concertar

semejante pacto con el máximo representante de todo cuanto ellos repudiaban sin

consultarlos, sin tomar en cuenta la opinión de tantos correligionarios responsables,

entrañaba —cuando menos— una inconcebible vejación. Por otra parte, era ya un

secreto a voces que el arreglo suponía la eliminación de don Bernardo para ser

sustituido por alguien que debía indicar Roca.

El acuerdo significaba matar el ímpetu revolucionario de la Unión Cívica al

uncirla al carro chirriante y descuajeringado del Régimen. Éste se beneficiaba con un

armisticio donde los que deponían las armas eran precisamente los vencedores. Roca,

maestro de la intriga, llevaba sus métodos al único partido que por su configuración

popular y organización democrática hubiera podido acelerar el proceso político-

económico argentino en un sentido más justo y progresista. La mágica palabra de

«unión» —usada siempre por los que tienen intereses que proteger ante movimientos

de rebelión— era nuevamente un señuelo para cazar incautos. Las palabras melosas

del Zorro habían engatusado a Mitre, tal como viene enseñando la fabulilla desde

hace siglos. El acuerdo era un acto personalista, autoritario, antidemocrático e

inmoral. Y, además, equivocado y peligroso. Así lo sintieron Alem y su grupo, y, por

supuesto, su sobrino.

Al principio los adversarios del acuerdo no exteriorizaron su protesta con toda la

airada reacción que les provocara la insólita actitud de Mitre. Esperaban, quizás, una

rectificación. Pero el general no estaba acostumbrado a desdecirse. Rodeado de

admiradores para quienes su palabra hacía fe, Mitre insistió en su posición a través de

conferencias que sostuvo con Alem y don Bernardo.

En vista de la decisión tomada por Mitre, Alem, en su carácter de presidente del

Comité Nacional de la Unión Cívica, publicó el 14 de abril un manifiesto donde

insiste en la necesidad de que la elección de «los dignatarios públicos vuelva a ser,

entre nosotros, un atributo privativo del pueblo, como lo determinan las leyes, y no

una función de los Gobiernos, como lo han sancionando prácticas viciosas que han

sido el principal origen de nuestros trastornos políticos». Y, más concretamente,

declara más adelante que «no aceptaremos compromisos de ningún género que

importen la continuación del régimen funesto…» para terminar anunciando que «nos ratificamos en el programa de principios que tenemos proclamado, e iremos a las

urnas con los candidatos designados por la Convención del Rosario».

La actitud de Alem determina nuevas conversaciones. Fracaso. Hay radicales

divergencias sobre el fondo de la cuestión. Se enconan los ánimos. Desde El

Argentino, los alemistas lanzan pullas a los partidarios del acuerdo. En mayo una

revolución que en Córdoba preparaban adictos de Alem es descubierta. Delatada —

dicen los conspiradores— por los mitristas, que ya han entrado en la política de no

crear dificultades al gobierno.

Roca asiste con delicia a la creciente división cívica y no descuida su tarea de

seguir adobando el acuerdo. Parodiando el ejemplo de la Unión Cívica, cita a los

oficialismos provinciales para que envíen sus personeros, a fin de constituir la

Convención del Partido Nacional —del rótulo partidario se elimina la palabra

«Autonomista», sancionando así en la forma lo que estaba sucediendo en los hechos

desde el principio del régimen roquista—. La Convención lo nombra presidente, por

lo que renuncia al Ministerio del Interior, sin abandonar, por cierto, la dirección de la

política oficial.

En los primeros días de junio el Comité Nacional de la Unión Cívica toma

conocimiento formal de la proposición del Partido Nacional. Éste propone que se

nombre una comisión para estudiar las bases de un acuerdo que evite la próxima

lucha electoral por medio de una fórmula única.

La discusión en el Comité Nacional es tumultuosa. El coronel Espina propone que

se rechace de plano la invitación. Gritos y aplausos rubrican estrepitosamente sus

palabras. Pero se resuelve nombrar la comisión, con instrucciones de limitarse a

escuchar las proposiciones que se enuncien.

El 14 de junio las comisiones firman ad referendum el pacto. Se acepta en él la

fórmula común integrada por Mitre y un salteño muy amigo de Roca, el doctor José

E. Uriburu. El malestar se acentúa en la Unión Cívica. Ya se habla abiertamente de

traición. Los mitristas, que habían querido «copar» la Unión Cívica para ponerla al

servicio de su jefe, se echan ahora en brazos de Roca sin que los inquiete abandonar a

los compañeros de la víspera, braman en todos los tonos los amigos de Alem.

Por fin, el 24 de junio el Comité Nacional decide convocar a la Convención

Nacional para que ésta se pronuncie en última instancia. Pero los mitristas ya habían

visto perdida la partida. Resuelven desconocer la resolución del alto cuerpo y tres

días más tarde fundan la «Unión Cívica Nacional», que aprueba el pacto y a la que se

adhiere un regular número de comités locales.

La disidencia que venía trabando desde el Parque la marcha del nuevo

movimiento popular había hecho crisis. Se estaba cumpliendo inflexiblemente un

proceso histórico que las grandes revoluciones deben seguir para realizarse.

Del Valle, disgustado por el encono con que se lleva la lucha, renuncia a su banca

y se retira a la vida privada. Ahora quedaban al frente de la Unión Cívica Alem y su

grupo, los cuales se apresuraron a denunciar la rebeldía de los acuerdistas, expulsaron a los miembros del Comité alzados y publicaron el 2 de julio un manifiesto

enjuiciando el proceder de Mitre, y reiterando que la agrupación «no se ha propuesto

la elevación de un hombre al poder, sino cambiar el régimen imperante. La

conciliación con el oficialismo servirá para mantener y consolidar lo que se propuso

destruir la Unión Cívica con el aplauso del país entero. Por eso no se debate la

honradez de personalidades: se trata de los derechos del pueblo, que en nombre de la

fuerza se quiere suprimir, violando la resolución de una Convención que ha

interpretado fielmente la voluntad nacional». Firman el manifiesto Leandro N. Alem

como presidente, y Joaquín Castellanos, Abel Pardo, Carlos Estrada, Marcelo T. de

Alvear, Adolfo Mugica y Remigio Lupo.

Y en el documento, como una afirmación de rotundidad e intransigencia frente a

la componenda y sus muñidores, este aditamento al nombre del partido: radical.

Yrigoyen no había temido la depuración de las filas cívicas. Él, que había podido

apreciar hasta qué punto los intereses encontrados trabaron la Revolución del Parque

y se había opuesto a que el esfuerzo reparador se convirtiera en parcialidad

personalista, intuía que la división de la Unión Cívica era necesaria para adquirir

homogeneidad y pujanza.

Ahora, sí, la política lo había apresado, y ya para siempre. Este que surgía ahora,

entre algaradas y barullos, era su partido, el que había añorado sin conocerlo en sus

retiros cavilosos del ’80 al ’90. Desde que Mitre se abrazó con Roca, Yrigoyen se

echó a la lucha sin descanso. Fueron aquellos meses de una actividad sin pausa para

él y su tío. Había que denunciar a los acuerdistas, había que convencer a los

indecisos, debíanse ganar comités y apresurar el proceso de separación de aquellos

que habían pactado. Su actuación durante la revolución y después de ella, le había

granjeado un renombre de sensatez, seriedad e inflexibilidad principista que nucleó a

su alrededor un buen número de jóvenes distinguidos que lo tenían por jefe.

Cuando se produjo la separación definitiva de los mitristas se convocó a una

asamblea integrada por los miembros no-acuerdistas de la Convención de la Unión

Cívica de la provincia de Buenos Aires. Era el 18 de julio. Debíase elegir un comité

provisional que se encargara de reorganizar los ochenta y tantos comités

departamentales diseminados a través del primer estado argentino. Urgía la actividad,

porque la Convención Nacional debía reunirse en agosto para elegir la nueva fórmula

presidencial radical.

En forma poco menos que inesperada Yrigoyen resulta electo presidente

provisional del Comité de la Provincia, y un mes después —cubiertos ya los claros

que habían dejado los acuerdistas— es confirmado definitivamente en el alto cargo.

¿Cómo pudo obtener tal cosa? Había en el partido figuras de más expectabilidad que

el sobrino de Alem para ocupar un puesto de tanta responsabilidad. Pero en esta

ocasión, quizá por única vez en su vida, Yrigoyen se había empeñado en obtener tal

cargo. Sabía hasta qué punto el puesto le sería útil, y sabía lo útil que sería él en ese

puesto. Varios años ocupó la presidencia del Comité de Buenos Aires, al que convirtió en un puntal del radicalismo, moldeándolo a su voluntad e infundiéndole

sus mejores características.

A todo esto, la política seguía su curso en ese tempestuoso año ’91. En agosto se

reúne la Convención Nacional de la Unión Cívica y elige la nueva fórmula. Don

Bernardo es proclamado candidato a presidente, y un cordobés, el doctor Juan

M. Garro, a vicepresidente. Alem no ha querido que se lo incluya en la fórmula,

probablemente para que no se suponga que su disentimiento con Mitre se debe a

ambiciones personales. El tribuno, ardiente de pasión, se pone al frente de la campaña

electoral. Hay asambleas todos los días. El nuevo partido exhibe sus fuerzas con una

confianza y una gallardía que desconcierta a los zurcidores del acuerdo.

Alem es la voz estremecida de la lucha. Hace tribuna de cualquier lugar, vive en

olor de multitud. Recorre la Capital barrio por barrio, y en setiembre se larga para el

interior. Rosario, Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy le tributan apoteóticas

bienvenidas. Los pueblos sencillos y virtuosos de las provincias parecen haberse

reencontrado con uno de aquellos caudillos amados que los conducían —décadas

antes— a la gloria y a la muerte. Nunca se había hecho en el país semejante tipo de

agitación cívica.

Mientras tanto, las cosas van mal para los acuerdistas. Ya lo había dicho Alem

trece años antes, en una coyuntura política similar: «No se puede conciliar lo

inconciliable». Las fricciones entre mitristas y roquistas se hacen diarias. Éstos no

querían entregar las prebendas oficiales a los nuevos aparceros; aquéllos insisten en

que el sacrificio de unirse con sus tradicionales enemigos merece compensaciones

más positivas que las muy magras que se les otorgan. En todas las provincias el

acuerdo anda mal. En Buenos Aires el gobernador hostiliza abiertamente a los

cívicos-nacionales. Al fin, Mitre se convence de que su candidatura —que había

aceptado como prenda de unión de los argentinos— no servía más que para dividir y

enconar a todos los partidos, y entonces, noblemente, renuncia.

El acuerdo estaba roto. Así se anuncia oficialmente. Roca renuncia a la jefatura

del Partido Nacional y expresa que abandona la vida política. Hay desconcierto en los

oficialismos provinciales. Los mitristas han quedado descabezados y huérfanos. Los

únicos, que, retemplados por el fracaso del pacto siguen trabajando activamente, son

los radicales.

 

Por esos días se produce un hecho fundamental para la actuación política de Yrigoyen. El presidente

Pellegrini, liberado de la tutela de Roca por el voluntario ostracismo que éste se ha impuesto, decide convocar una reunión de personalidades selectas, a fin de buscar una solución común. A la casa del Presidente concurren ocho a diez conspicuos eupátridas. Cuatro de los presentes ostentarán la banda presidencial en algún momento de su vida. Y a esa reunión de grandes bonetes del país asiste, especialmente invitado, Hipólito Yrigoyen. La invitación del Presidente es un espaldarazo que consagra la mayoridad del joven presidente del comité radical de Buenos Aires.

 

Pellegrini tomó la palabra, explicando que el objeto de la reunión era conseguir que los partidos allí

representados se pusieran de acuerdo sobre los candidatos a la futura presidencia. El general Mitre se adhiere a los conceptos del Presidente, y, repitiendo su actitud personalista de marzo, ofrece el apoyo incondicional de su partido.

Entonces interviene Yrigoyen. Aclara que habla a título personal, pero que desde ya adelanta que la Unión

Cívica Radical no secundaría los planes del Presidente, agregando que éste no estaba cumpliendo con su deber ni estaba a la altura de su alto puesto, y que la presidencia futura debía nacer de los comicios, y no de un conciliábulo.

Estas palabras cayeron como una bomba sobre el cónclave. Pellegrini reaccionó violentamente, con esa

espontaneidad que lo caracterizaba, y dándose una nerviosa palmada en el muslo, grita:

—¿Y cómo quiere el doctor Yrigoyen que me coloque en mi puesto si me están quemando la cara las

llamaradas de una revolución hecha precisamente por su partido…?

Pero, sin amilanarse, el callado profesor de filosofía contesta con igual ademán e idéntico tono:

—¡Cumpla el Presidente con su deber: garantice el comicio, y verá cómo ninguna revolución radical le quema

la cara! En ese caso —agregó— verá usted cómo la institución cívica a la que pertenezco será el primer factor de la tranquilidad y seguridad pública.

Intentó aun Del Valle defender la iniciativa presidencial, arguyendo que había momentos en la vida de los

pueblos en que sus mandatarios podían y debían consultar a los ciudadanos más capacitados. Pero Yrigoyen remató su intervención observándole por vía de interrupción que eso se justifica cuando algún suceso inesperado o extraordinario requiere tal consulta, pero nunca cuando se trataba de elementales reglas de gobierno para garantizar el ejercicio del derecho electoral. La reunión había fracasado. ¿Para qué hablar más? Uno a uno se fueron retirando los egregios. Ante una observación despectiva de alguno, Mitre elogia generosamente a Yrigoyen, calificándolo de «esperanza de la patria».

Muchos años después Yrigoyen relataba el episodio al líder aprista peruano Víctor Raúl Haya de la Torre.

—La reunión terminó a capazos —concluyó risueñamente el caudillo— y yo salí convencido de que los

hombres viejos de la Argentina eran «de a ocho por un peso»…

 

A todo esto, las oligarquías lugareñas lanzan en diciembre una candidatura que

representaba una reacción antirroquista no disimulada: la de Roque Sáenz Peña,

enemigo personal del Zorro. Roca acusa el golpe y —resucitando de su suicidio

político de octubre— anuncia a fines de diciembre el resurgimiento del acuerdo con

Mitre, aunque todavía sin haber convenido en el candidato.

Los hechos daban la razón a Alem y sus adictos, cuando señalaban el pacto como

un apuntalaje al régimen roquista. Mitre estaba ya completamente entregado a los

enjuagues del Zorro. Así lo denunciaron los radicales a través de la tumultuosa

campaña que llevaban a cabo. Alem pasaba entonces por la mejor época de su vida.

Después de su gira por el Norte habíase llegado hasta las provincias de Cuyo en

medio de una continua aclamación multitudinaria. Era, realmente, el presidente de los

corazones argentinos. Recio, duro, implacable, su traza de profeta y apóstol se metía

por los ojos y se aquerenciaba para siempre en el sentimiento popular. Las blancas

barbas y el luto permanente ponían algo de austeridad ciudadana y de retobo gaucho

frente a la sensualidad de los detentadores del poder. ¿Quién no se sentía atraído por

ese carácter férreo al comparar la recta línea de su trayectoria cívica con las sinuosas

agachadas de sus adversarios?

Poco después se realizaron las elecciones de senador y diputados nacionales por

la Capital. Elecciones sangrientas, donde a tiros y ponchazos se defendió el sufragio

popular contra los policías bravos y los matones de la máquina roquista. Alem resultó

reelecto senador. Días antes, cuando la convención radical proclamó la lista de

candidatos, Yrigoyen hizo anunciar en ella por un personero —Lisandro de la Torre

— que no aceptaría integrarla, y que si lo incluían, como era el pensamiento de todos,

habría de renunciar. Iniciaba con este gesto una serie de actitudes similares que irían esmaltando su vida de ejemplares renunciamientos.

Se aproximaban, entretanto, las elecciones de presidente. ¿Qué haría Roca? No

temía la candidatura de don Bernardo; sabía cómo hacer para anularla, y ya lo

veremos. Pero le intranquilizaba la del joven Sáenz Peña, que significaba todo un

alzamiento contra su influencia. Había que hundir ésta primero. Y, efectivamente, así

lo hizo. El procedimiento fue sencillísimo: propuso públicamente, en un cónclave de

antiguos juaristas, mitristas, autonomistas y católicos sueltos, la candidatura común

del padre de Sáenz Peña, un venerable anciano sin filiación política definida. El hijo

renuncia de inmediato para no verse en el trance de oponerse a su progenitor, y Roca

se ve del día a la noche dueño de un candidato hechura suya, apoyado

desganadamente por todos los partidos menos el radical. El candidato a

vicepresidente seguía siendo el doctor José E. Uriburu, hombre vinculado a las altas

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