A toda velocidad

Eric Walters · Capítulo 3 de 12

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A toda velocidad

Capítulo dos

—¿Así que tu hermano te ha prestado el carro sólo por esta noche? —

preguntó Mickey.

—No. Me dijo que mientras yo contribuya con dinero para la gasolina y las reparaciones, puedo usarlo de vez en cuando.

—¡Fantástico! Y esto lo hace oficial —dijo Mickey.

—¿Oficial qué?

—Que somos los dos tipos con más onda del noveno grado.

—¿Y cómo es que te diste cuenta?

—Bueno, por el estilo que tenemos, lo bien parecido que somos y ahora ésto —dijo, señalando para el carro.

—¿Ah, sí?

—Piénsalo bien. Tú eres el primero y, hasta ahora, el único alumno de noveno grado en toda la escuela que tiene una licencia de conducción.

Digamos que queremos salir con dos chicas. Tenemos una ventaja sobre los demás: las podemos ir a buscar en carro, socio. A los otros los tienen que llevar sus mamás, o ir en autobús o en bicicleta. ¿Qué crees que es mejor, el carro o el transporte público?

No pude negar que tenía razón.

—Y nadie más en nuestro grado puede ni siquiera pensar en la licencia hasta el año que viene, porque nadie tiene la edad requerida. ¿No ha sido una bendición haber reprobado el año pasado?

—No es así como yo lo veo.

Y ni hablar de cómo piensan mis padres al respecto. Todavía tiemblo de pensar en el año pasado. La escuela no ha sido nunca de mi predilección.

En realidad siempre me ha resultado muy difícil, pero el año pasado fue todo un desastre. En la primaria, las maestras eran muy buenas, me estimulaban y siempre estaban listas para ayudarme. El año pasado no fue así. El noveno grado fue como si me cayera un piano en la cabeza. Tuve ocho maestras diferentes y ni me aprendí sus nombres a derechas. No es de sorprenderse que ellas ni me conocieran, o les interesara yo un comino.

Hice mi mayor esfuerzo. De veras que sí. Pero al final, reprobé seis de las ocho asignaturas. Sólo tuve buenas notas en tecnología y en educación física. En el resto de las asignaturas no comencé bien y fui de mal en peor.

El subdirector trató de convencer a mis padres que me trasladaran a otra escuela, pero nadie estuvo de acuerdo, especialmente yo. Al final, iban a hacerlo de todas maneras aunque a mí no me gustara.

Fue entonces que la señorita Parsons intervino y dijo que sería mi consejera y que me ayudaría. Este año ha estado atenta a todos mis problemas, preocupada por cómo me va y ocupándose en caso de que yo necesite ayuda. Es muy buena y me cae muy bien. Y lo más increíble, confío en ella.

Pensé que al repetir el noveno grado, todo sería la mitad de difícil, pero al contrario, todo es el doble de aburrido y tan duro como siempre. Hasta ahora, he aprobado todas las asignaturas a pesar de que en cinco de ellas, matemáticas, geografía, historia, inglés y biología, he aprobado en un hilo, con calificaciones de cincuenta y tanto. Ni sé para qué necesito esas clases.

¿En qué puede servirle la historia a alguien que quiere ser un buen mecánico? La única historia que necesito saber es la historia del automóvil que voy a arreglar.

En las otras asignaturas, educación física, tecnología y mecánica automotriz, tengo notas altas. Tan altas, que han elevado mi promedio a 65.

No es algo grande, pero lo suficiente como para que me dejen en paz.

—Te aseguro que nunca te imaginaste que reprobar un grado representaría una gran ventaja.

—¡Ya lo creo! Por eso fue que lo repetí. Para ser el alumno de más edad del noveno grado —dije—. Lo tenía todo planeado.

—Y fue un plan genial.

—Y quiero darte las gracias por recordármelo —le dije.

—¿Qué dices? —preguntó Mickey—. ¿Es un secreto?

—El único secreto es la razón por la que no te rompo las narices.

—¡Ay, pero qué susceptible eres!

Y tenía razón. Era un tema que me irritaba. Fue muy duro tener que quedarme en noveno mientras todos mis compañeros de clase, desde kindergarten, pasaban de grado. Al principio no conocía a nadie en la clase, hasta que apareció Mickey. Creo que no debería ser tan duro con él. Mickey me ayudó a sentirme aceptado y a hacer nuevos amigos. Algunas veces veía a mis viejos amigos. Teníamos educación física y tecnología juntos. Pero todo era diferente. Algunos me trataban igual que siempre, pero la mayoría me miraba como si yo fuera un extraño.

Y estaban aquellos, los muy odiosos, que nunca me trataron bien. Deben imaginarse la clase a la que me refiero: los que los padres tienen un poco más de dinero que los demás, o aquellos que tienen mejores ropas, o los que no tienen que esforzarse para tener buenas notas. ¿Por qué algunas personas, a las que les va muy bien, tienen que recordarles a los demás que son mejores que ellos? Había un par de esos que siempre aprovechaban la menor oportunidad para probar que yo no era tan inteligente como ellos. Si no fuera porque no puedo darme el lujo de que me expulsen de la escuela, les demostraría que estarme molestando no era señal de tener cerebro, a no ser que quisieran llevarlo en la parte de afuera del cráneo. Me encantaría patearlos justo en…

—¡Mira ese carro! —gritó Mickey, mientras un Acura plateado pasaba en dirección contraria.

—No está mal —dije, tratando de no lucir impresionado.

—Es posible que le pase a éste como un bólido —dijo Mickey.

—No puede —dije—. El hecho de que luzca bien no es señal de lo que lleva debajo del capó.

—Tampoco quiere decir que no tenga lo que tiene que tener —dijo Mickey.

—Créeme. No necesito averiguar lo que tiene debajo del capó porque yo sé lo que tiene debajo del capó. Este carro sí se mueve bien.

—¿Me quieres decir que éste es el carro más rápido? —preguntó Mickey.

—Por supuesto que no. Esta noche vamos a ver otros que están realmente en las ligas mayores. Trata de no dejarte impresionar por las cosas que no son impresionantes.

—Hablas como si yo no supiera nada de carros —dijo defensivamente.

—Bueno…la realidad es que no.

—Yo no sé de carros como tú, pero yo sé de carros —dijo.

Llegamos a una luz roja y nos detuvimos.

—Mira esos dos en el otro lado de la calle —dijo Mickey, señalando al otro lado de la intercepción.

Había dos carros, un Acura y un Camaro, uno al lado del otro. Podíamos escuchar los motores. Miré las luces del semáforo en la otra dirección: verde, amarilla y finalmente roja. En unos segundos nuestra luz cambió a verde y los dos carros salieron chirriando gomas y dejando una estela de humo. El Camaro se adelantó al pasarnos por al lado. Desde el espejo del lado del chofer pude ver las luces de los frenos de los dos carros mientras concluían la carrera a una cuadra de distancia.

—El Camaro ganó —dije.

—Quisiera poder verlo de cerca —dijo Mickey.

—Es posible que puedas. Todo el mundo va a dar al aparcamiento de Burger Barn más tarde o más temprano.

—¿Nosotros vamos para allá?

—Más tarde. Ahora solo quiero pasear un poco. Vamos a mantenernos en esta calle por un rato.

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