A toda velocidad
Capítulo tres
Con cada minuto que pasaba, el tráfico se hacía más denso. En la calle había una línea interminable de carros y en la acera, un millón de gente caminando para arriba y para abajo. Yo había paseado a pie por esa zona antes, y también como pasajero en el carro de mi hermano, pero ahora era diferente. Muy diferente.
Parados al semáforo, pisé el acelerador ligeramente.
—¿Crees que le puedes ganar? —preguntó Mickey.
—¿Ganar a quién?
Señaló para el vehículo que estaba a nuestro lado. Era una camioneta familiar con una señora de la edad de mi madre al timón.
La luz cambió y aceleré. El carro saltó y dejó a la camioneta detrás.
—¡Vamos bien! ¡Esta es tu primera victoria! —dijo Mickey, riendo.
—Eso no fue una carrera y yo no estaba compitiendo.
Llegamos a un semáforo con la luz roja.
—¡Párate en la curva! —gritó Mickey.
—¿Para qué?
—¡Vamos, hazlo!
Miré por el retrovisor. La camioneta no había podido alcanzarnos. Me pasé de senda.
—¿Puedes ver lo que yo veo?
Miré a mi alrededor y chequeé todos los espejos. Vi muchos carros, pero nada especial.
—Allí, justo en el semáforo, en la acera.
Nos acercamos a la intersección y pude ver lo que tenía a Mickey tan entusiasmado.
En la misma esquina, esperando a que cambiara la luz, estaban dos chicas de aproximadamente nuestra edad, a lo mejor un poquito mayores.
—Parece que van en la misma dirección que nosotros —dijo Mickey—.
Podríamos ofrecernos a llevarlas.
—Creo que no debemos.
—Creo que alguien es un poco cobarde, o…
—Creo que uno de nosotros debe callarse la boca —dije interrumpiéndolo.
—¿En qué nos puede perjudicar si lo hacemos?
No tenia una respuesta a esa pregunta.
—Lo peor que puede pasar es que nos digan que no.
Mickey bajó la ventanilla y se dirigió a ellas:
—Hola, chicas.
Ni siquiera se voltearon a mirar. O no lo escucharon o lo estaban ignorando.
—¡Oye, preciosa! —gritó esta vez y las dos se voltearon.
Una de ellas era, de verdad, preciosa. Estaban arregladas y muy pintadas.
Parecían listas para salir esa noche. Ambas tenían un refresco en la mano y una de ellas sostenía un cigarrillo, ¡qué asco!
—Chicas, ¿adónde quieren que las llevemos? —les preguntó Mickey, sacando medio cuerpo por la ventanilla.
La más bonita hizo una mueca como si hubiera probado algo horrible, levantó el brazo y lanzó la lata de refresco contra el carro. La lata se reventó contra el capó y el refresco se regó por todo el parabrisas.
Mickey se metió de un tiro en el carro para protegerse del golpe y se alejó de la ventanilla.
—¿Eso quiere decir que no? —preguntó.
La luz cambió, aceleré y salimos disparados de allí. Mickey se reía incontrolablemente.
—Yo no le veo la gracia. ¿Crees que eso es cómico? —le pedí explicaciones.
—Fue chistosísimo.
—¡Claro, porque no fue a tu carro al que le dieron con una lata!
—Vamos, ¿cuánto daño pudo haberle causado?
—La Coca Cola daña la pintura, ¿lo sabías?
—¡Qué importa! —dijo—. La semana que viene, después de recién pintado habría sido un problema. Pero ahora…
Tenía razón.
—Qué lástima que no funcionó, porque la mía era verdaderamente bonita.
—¿Qué quieres decir con “la mía”? —le pregunté.
—¿No es obvio que la más bonita iba a ser para mí?
Moví la cabeza con gesto de desaprobación.
—Mickey, algunas veces…
—Algunas veces ¿qué?
—Nada.
Cambié la velocidad y desaceleré hasta llegar a la siguiente luz. Era prácticamente imposible ir muy lejos o muy rápido sin que algo se atravesara en el camino y estaba tratando de ser extremadamente cuidadoso.
No podía imaginarme nada peor que tener un accidente.
—Eso sí que es precioso —dijo Mickey.
Miré. Era obvio a lo que se refería. Casi al lado de nosotros estaba un Mustang, totalmente renovado, en condiciones óptimas. Acerqué mi carro poquito a poco para llegar justo a su lado. Al timón estaba un chica, mejor dicho, una mujer. Debía tener no menos de veinte años y estaba en tan
buenas condiciones como el Mustang. Rubia, con gafas de sol en la cabeza.
No podía ver qué ropa llevaba, pero tenía los hombros desnudos.
—Algo simplemente divino —dijo Mickey lo suficientemente alto para que ella lo pudiera escuchar a través de la ventanilla abierta. Ella volteó la cabeza y le sonrió.
—Una figura increíble…curvas perfectas… —continuaba Mickey—. Me encantan los modelos viejos. ¿De qué año es? —preguntó.
—Del sesenta y siete —dijo ella.
—¿Sesenta y siete? —Mickey se sorprendió—. Ah, quieres decir el automóvil. Eso no era a lo que yo me refería.
Yo quería que me tragara la tierra y me hundí en el asiento lo más que pude para que no me viera.
La mujer se echó a reír.
—Me parece que te llevo unos cuantos años —dijo—. Pero gracias por los piropos.
El carro de atrás tocó el claxon y me sobresalté. No había notado el cambio de luz. Cambié la velocidad y puse el carro en marcha.
—¿Lo oíste? —dijo Mickey—. Me dio las gracias por los piropos. Con un par de años más, quién sabe lo que hubiera podido suceder. Acércate de nuevo.
Puse la señal de izquierda, atravesé el tráfico contrario y entré en una gasolinera.
—¿Qué estás haciendo? —me exigió.
—Voy a echar gasolina —dije. Aparqué junto a la bomba y me bajé.
—¡Podemos echar gasolina más tarde! —gritó Mickey, saliendo del carro
—. ¡Tengo que convencerla de que tengo dieciocho!
—¿Hablas de años o de cociente de inteligencia?
—¿Qué? —preguntó. No entendió lo que quise decir.
—Necesitamos la gasolina ahora —mentí. Todavía teníamos un cuarto de tanque, pero yo no quería seguir a esa mujer. Lo único que podía hacer él era el ridículo.
—Vamos, ¡todavía tenemos tiempo de alcanzarla!
—¿Cómo crees que lucirías empujando el carro? —le pregunté y comencé a bombear gasolina.
—Está bien. A lo mejor se me escapó de las manos la mujer de mis sueños —dijo suspirando.
—No te preocupes. Creo que podremos encontrarla.
—¿Tú crees?
—Seguro —dije, sin darle mucha importancia—. Es posible que ella también vaya a Burger Barn.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Adónde crees que van a parar todos los que tienen carros buenos?
—Tienes razón —dijo, recuperando el ánimo.
—Y hasta te voy a permitir que me compres una hamburguesa.
—¿Y por qué tengo yo que pagarte la hamburguesa? —protestó.
—Porque yo estoy pagando por la gasolina —le dije.
Mickey miró la bomba. Los números continuaban rodando en ascenso.
—¿Entonces quieres pagar tú por la gasolina? —le pregunté.
—¿Qué tal si además de la hamburguesa te pago las papas fritas y el refresco?
OceanofPDF.com