A través del fuego

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 36

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A través del fuego

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Nicholas Evans

A través del fuego

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PRIMERA PARTE

1

LAS COSAS IMPORTANTES DE LA VIDA siempre ocurren por casualidad. A los quince años era poco lo que ella sabía; de hecho, cada año que pasaba, más confuso le parecía casi todo. Pero algo sí sabía. Uno podía morirse de preocupación por ser una persona mejor, pasar mil noches de insomnio pensando en cómo llevar una vida limpia, decente y honrada; podía hacer un plan y seguirlo a rajatabla, arrodillarse junto a la cama todas las noches y jurar a Dios que lo cumpliría… ¡Demonios, incluso podía ir a la iglesia y hacer la promesa debidamente! Podía hacerse la señal de la cruz siete veces sobre el corazón con los ojos cerrados, pincharse el pulgar, estrujárselo y escribir un juramento solemne en una piedra con su propia sangre para luego lanzarla al río a medianoche. Y un día, de manera fortuita, como un halcón abatiéndose sobre una rata, una terrible catástrofe irrumpiría en su vida y lo alteraría todo para siempre.

Skye pensó más tarde que la noche en cuestión aquel viejo halcón debía de estar al acecho en el tejado esperando el momento propicio y observando a la rata divertirse un poco, porque todo empezó de la manera más simple cuando aquellas dos mujeres entraron en el bar haciéndose notar.

Skye no sabía quiénes eran, pero lo que eran estaba muy claro.

Llevaban más maquillaje que ropa y, por el modo en que se contoneaban sobre sus zapatos de tacón, era evidente que habían bebido más de la cuenta. Las dos lucían ajustados tops, uno rojo y el otro plateado y con flecos, y la mujer de delante, que tenía el pelo largo y negro y los pechos expuestos como melones, llevaba una falda tan corta que era como si no llevara nada. En el bar, la música sonaba a todo volumen, y la mujer de pelo negro intentó moverse a su ritmo al andar y casi se cayó.

Los hombres que las acompañaban iban muy cerca detrás de ellas, guiándolas a través de la gente. Los dos llevaban sombreros de vaquero, y desde el reservado del rincón donde estaban sentados Skye y sus amigos, no se les veía la cara.

En todo caso, Skye no sentía el menor interés por ellos. También ella había bebido de más. La luz era solo un amortiguado resplandor rojizo, y a través de la nube de humo no distinguía más que a un par de tristes cuarentones persiguiendo su propia juventud y, sin duda, engañando a sus

esposas. Skye desvió la mirada, levantó su cerveza y tomó un trago; luego encendió otro cigarrillo.

Los observó básicamente porque estaba aburrida, lo cual también era en cierto modo triste considerando que era su cumpleaños. Jed y Calvin, muy borrachos, estaban en silencio junto a ella; Roxy seguía llorando con la cara entre las manos por algo que Craig le había dicho, y Craig seguía maldiciendo por la avería del montón de chatarra que tenía por coche. Otra gran noche en la ciudad de la diversión, se dijo Skye, y tomó otro sorbo; me deseo un feliz cumpleaños.

El bar era un tugurio de mala muerte, tan cerca de la vía que las botellas se estremecían y tintineaban cada vez que pasaba un tren. Por razones que no era difícil imaginar, la policía no aparecía por el local, y siempre y cuando uno no fuera en pañales, los camareros hacían la vista gorda a las limitaciones de edad. Por consiguiente, la mayor parte de la clientela era poco más o menos de la misma edad que Skye, y mucho menor, sin duda, que los cuatro que acababan de entrar. Estaban ante la barra, esperando a que los atendieran. Se encontraban de espaldas a Skye, y no pudo evitar volver a fijar su atención en ellos.

Observó las manos del hombre alto moverse por las caderas, el trasero, la espalda y los hombros desnudos de la mujer del pelo negro y lo vio inclinarse hacia ella y acariciarle el cuello con los labios. ¡Dios santo, estaba lamiéndola! ¡Qué groseros eran algunos hombres! ¿Y qué ocurría con las mujeres? ¿Cómo podían aguantar que las manosearan unos fulanos así? Todo aquel asunto del sexo era algo que Skye no entendía muy bien y dudaba que llegara a entenderlo algún día. Claro, lo hacía. Todo el mundo lo hacía. Pero aún no entendía por qué se le daba a aquello tanta importancia.

El hombre debía de haber susurrado alguna obscenidad al oído de la mujer, porque de pronto esta echó atrás la cabeza, riendo de forma estridente y, en broma, hizo ademán de darle una bofetada. El hombre rió también y, al esquivar el golpe, se le cayó el sombrero, y Skye le vio la cara por primera vez.

Era su padrastro.

En los instantes previos a que sus miradas se cruzaran, Skye vio en su rostro una expresión que nunca antes había visto, un semblante de muchacho, desenfadado y alegre y extrañamente vulnerable. De pronto

advirtió que la reconocía y vio desvanecerse al muchacho tan deprisa como había aparecido. Su cara se nubló y se contrajo y volvió a ser la que ella conocía y aborrecía, la que veía cuando él regresaba de madrugada a la caravana apestando a alcohol y, lleno de ira, llamaba a su madre fulana pelirroja y la golpeaba hasta que ella pedía compasión a gritos y él dirigía su perversa atención hacia Skye.

Su padrastro se irguió, dejó el sombrero en la barra y dijo algo a la mujer, que se volvió para contemplar a Skye con una expresión a medio camino entre el desdén y la indiferencia. A continuación se dirigió hacia el reservado. Skye apagó el cigarrillo esperando que él no lo hubiera visto. Se puso en pie.

–Vámonos -dijo ella en voz baja.

Pero estaba atrapada en el reservado. A un lado Roxy sollozaba en el hombro de Craig y no la había oído; al otro, Calvin y Jed seguían aún fuera del mundo. Su padrastro llegó a la mesa, viendo las pruebas del delito: las botellas de cerveza, los ceniceros rebosantes, el estado comatoso de los chicos con quienes andaba. – ¿Qué carajo haces aquí?

–Vamos, es mi cumpleaños.

Era una excusa patética pero nada perdía con intentarlo. Incluso pensó en llamarle «papá» como había hecho durante un breve tiempo cuando él y su madre se casaron, antes de que se revelara como el hijo de puta mezquino y repugnante que era. Pero fue incapaz de pronunciar la palabra.

–No me vengas con esas, joder. ¡Solo tienes quince años! ¿Qué carajo haces aquí?

–Venga, tío, dale un respiro. – Era Jed, que había resucitado-. Solo estábamos divirtiéndonos un poco.

El padrastro de Skye se inclinó y lo agarró por el cuello, tirando de él y casi arrastrándolo por encima de la mesa.

–No te atrevas a hablarme en ese tono, mierdecilla.

Con el peso de Jed, la mesa se ladeó, y todo lo que había encima, excepto él, resbaló y cayó al suelo con un estrépito de cristales rotos. Craig estaba ya de pie e intentó sujetar por el brazo al padrastro de Skye, pero este se zafó de él y, con la mano libre, asestó un puñetazo al chico en plena cara.

Roxy lanzó un grito. – ¡Por el amor de Dios! – exclamó Skye-. ¡Basta!

Notó que todos alrededor los miraban. Uno de los camareros se acercaba con el hombre que acompañaba a su padrastro.

–Chicos, calmaos un poco, ¿no os parece? – dijo el camarero.

El padrastro de Skye lanzó a Jed de nuevo contra el asiento con tal fuerza que el chico se golpeó la cabeza en el respaldo. Craig, de rodillas en el suelo, sangraba por la boca y Roxy sollozaba a su lado intentando ayudarle. El padrastro de Skye respiraba entrecortadamente y se volvió hacia el camarero con los ojos entornados y expresión sombría. – ¿Ha servido alcohol a estos chicos?

El camarero alzó las manos en señal de inocencia.

–Caballero, tengamos la fiesta en paz, por favor.

Era un hombre de complexión frágil y casi treinta centímetros más bajo que el padrastro de Skye. Llevaba el pelo largo y recogido en una cola. –

¿Es así? ¿Les ha servido alcohol?

–Me han dicho que tenían veintiún años. – ¿Y se lo ha creído? ¿Les ha pedido el carnet?

–Caballero, podríamos hablar de esto… -¿Se lo ha pedido?

Skye se levantó y se abrió paso a empujones para salir del reservado.

–Oye, nos vamos, ¿vale? ¡Nos vamos!

Su padrastro se dio media vuelta y levantó la mano para pegarle, y pese a que instintivamente sintió la necesidad de protegerse, de algún modo consiguió controlarse y se mantuvo firme, mirándolo a los ojos. Percibía el olor de la colonia de él, y era tan empalagoso, y tan horribles los recuerdos que le despertaba, que casi sintió náuseas.

–No te atrevas a ponerme la mano encima.

Fue apenas un susurro. Pero lo paralizó, o quizá se debió al hecho de ser el centro de todas las miradas. Fuera como fuese, bajó la mano.

–Mueve el culo y vete a casa, puta india de mierda. Ya nos veremos después.

–Aquí las dos únicas putas que hay son vuestras amigas.

Su padrastro se abalanzó sobre ella pero Skye lo esquivó y corrió hacia la puerta. Por encima del hombro vio que su amigo y el camarero lo habían agarrado de los brazos para impedir que saliera tras ella. Skye entró en la oscuridad de la noche y siguió corriendo.

El aire era caliente y húmedo, y Skye notó las lágrimas rodar por sus mejillas y casi se ahogó de ira por su debilidad al llorar por culpa de aquel cabrón. En ese momento pasaba un tren de mercancías, y ella echó a correr junto al convoy, viendo los haces de luz que de forma intermitente

atravesaban los espacios entre los vagones. También había luces a su derecha, colgadas de un cable encima de ella, cada una con su propia aureola de alborotados insectos. El tren parecía tener muchos kilómetros de largo, y a lo lejos, ya fuera del pueblo oyó el lastimero gemido de la locomotora, como un veredicto acerca del lamentable lugar por el que acababa de pasar. Si el tren hubiera ido más despacio, Skye habría subido para dejarse llevar a un desconocido destino.

Corrió y corrió como siempre corría, sin importarle adónde, porque fuera donde fuese, no podía ser peor que los lugares donde había estado. Se había escapado por primera vez cuando tenía cinco años y había vuelto a hacerlo muchas veces desde entonces. Y siempre se metía en líos, pero ¡qué demonios…! ¿Qué líos podía haber en los que no se hubiera metido ya?

Corrió hasta que sus pulmones llenos de humo no aguantaron más, y cuando se detuvo, el último vagón del tren pasó de largo y ella se quedó encorvada con las manos en las rodillas, jadeando y contemplando las luces de cola que iban desapareciendo hasta que la noche las engulló como si nunca hubieran existido. En algún lugar lejano, en medio de la oscuridad, un perro ladraba y un hombre intentaba hacerlo callar a gritos, pero el animal no obedecía.

–No te preocupes. Puedes tomar el siguiente.

La voz la sobresaltó. Era de hombre y sonaba muy cerca. Skye recorrió la oscuridad con la mirada. Estaba en lo que parecía ser un apeadero abandonado. No lo veía.

–Estoy aquí.

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra un montón de maderos podridos y cubiertos de hierbajos, y daba la impresión de que viviera entre ellos, ya que tenía el pelo largo y enmarañado, al igual que la barba. Era un chico blanco, mayor que Skye, quizá de dieciocho o diecinueve años, y muy delgado. Llevaba unos vaqueros rotos y una camiseta con un rugiente dragón chino. A su lado había un macuto cubierto de polvo. Estaba liando un canuto. – ¿Por qué lloras?

–No lloro. Además, ¿a ti qué coño te importa?

El chico se encogió de hombros. Por un rato ninguno de los dos habló.

Skye volvió la cabeza como si tuviera alguna otra cosa que hacer o en qué pensar. Se enjugó las mejillas procurando que él no se diera cuenta. Sabía que debía marcharse.

Toda clase de psicópatas y bichos raros rondaban por allí junto a las vías. Pero algo en su interior, un desesperado anhelo de consuelo o compañía, le indujo a quedarse. Volvió a mirarlo. El chico humedeció con la lengua el papel de fumar y lo pegó. Luego lo encendió y dio una larga calada. Se lo tendió a ella.

–Ten.

–No tomo drogas.

–Claro.

EL COCHE QUE ROBARON era de alguien con niños pequeños.

Había sillitas instaladas en el asiento trasero y juguetes, cuentos y envoltorios de caramelos desperdigados por el suelo. El chico sabía lo que hacía, ya que necesitó solo un par de minutos para abrir la puerta y poner el motor en marcha. Se detuvieron al cabo de unos kilómetros para cambiar las placas de matrícula por las de otro coche.

Él se presentó como Sean y ella le dijo su nombre, y eso era lo único que conocían el uno del otro aparte de algún dolor o anhelo común que no necesitaba expresarse.

Nada más tenía importancia, ni adónde iban ni por qué. Se dirigieron hacia el norte hasta llegar a la interestatal y allí enfilaron hacia el oeste, con un río a un lado y el amanecer formando una cicatriz roja cada vez más ancha por encima de las interminables llanuras a sus espaldas. Ninguno de los dos habló durante un largo rato, y Skye permaneció en su asiento con la cabeza vuelta, mirando atrás y esperando a que el sol apareciera, y cuando por fin ocurrió, inflamó el horizonte de colores carmesí, morados y oro y bajo sus rayos los álamos, las rocas y las vacas negras que pastaban cerca del río proyectaron sobre la tierra su sombra alargada, y Skye pensó que era el más bello espectáculo que había visto en toda su vida.

En el suelo encontró un libro ilustrado que recordaba del colegio.

Trataba de un niño llamado Bernard cuyos padres nunca le prestaban atención. Un día aparece un monstruo en el patio trasero y Bernard entra corriendo en casa para decírselo a sus padres, pero ellos siguen sin hacerle caso. El monstruo se lo come y entra en la casa y ruge a los padres, pero ellos piensan que es Bernard haciendo tonterías y no le prestan atención. Y

como ellos no se asustan, el monstruo pierde la confianza en sí mismo.

Skye pasó a la última página, que siempre la entristecía. El pobre monstruo

había sido enviado a la cama y estaba sentado solo y afligido en la oscuridad, sintiéndose un fracasado.

Pararon para llenar el depósito de gasolina. Había en la gasolinera un restaurante que acababa de abrir y pidieron café y tostadas y se lo llevaron a una mesa junto a la ventana, mientras una anciana fregaba el suelo. Sean le preguntó la edad, y ella, mintiendo, dijo que tenía diecisiete años. Contó que había nacido en Dakota del Sur y llevaba en las venas sangre oglala-sioux, por vía materna, y a él eso le pareció fantástico pero ella no estuvo de acuerdo, y en todo caso, no sabía nada acerca de ese pueblo ni de su historia excepto que estaba llena de tristeza y sufrimiento y ella tenía ya bastante tanto de lo uno como de lo otro.

Sean le contó que era de Detroit y que sus padres y su hermano mayor estaban todos en la cárcel, aunque no dijo por qué, y Skye no preguntó. Se había marchado a los catorce años y se había pasado viajando los últimos tres años. Dijo que había estado en México, Nicaragua y El Salvador y visto cosas que nunca habría imaginado ni creído posibles.

–Como ¿qué?

–Magia, chamanes, hombres que caminan sobre el fuego y ni siquiera se queman. Hombres que mueren por una maldición. Vi a una muerta volver a la vida.

Skye le preguntó al respecto, pero él no quiso extenderse. Le preguntó por qué había ido a Montana, y Sean respondió que había ido porque quería ver a un oso pardo en estado salvaje. Dijo que había averiguado en México que su espíritu animal era el de un oso y que en otra vida él había sido un oso. Skye se echó a reír porque aquel chico flaco era lo menos parecido a un oso que podía imaginarse. Una mantis o una jirafa o algo así quizá, pero

¿un oso pardo? Ni hablar. Él pareció ofenderse y quedó en silencio, así que ella pidió disculpas y, con serias dificultades para mantenerse seria, le preguntó cómo se proponía encontrar un oso. Sean admitió que no sería fácil, pero suponía que debían encaminarse hacia Glacier Park, ya que le habían dicho que era el lugar adecuado para empezar a buscar.

Skye asintió con la cabeza, intentando no reírse.

–De acuerdo -dijo. – ¿Tienes una idea mejor?

A Skye se le ocurrían unas cien.

–Da igual -contestó-. Me importa un carajo.

Viajaron durante el resto del día mientras el sol hacía su recorrido, dirigiéndose como ellos hacia los montes nevados que crecían por momentos ante su vista. Por la tarde, apretó tanto el calor que abandonaron la interestatal y continuaron por estrechas carreteras a través de un bosque lleno de insectos. Encontraron un arroyo con una charca de aguas arremolinadas y nadaron desnudos y sin pudor en aquel agua fría y transparente. Y luego yacieron en una pradera cubierta de flores silvestres, secándose al sol mientras las mariposas danzaban alrededor. Sean dijo que estaba preciosa, y ella pensó que quizá deseaba tocarla y en parte quería que lo hiciera, pero él se limitó a fijar la vista en el cielo y fumarse otro canuto como si no supiera que ella estaba allí.

Cuando regresaron a la autopista, el cielo de poniente se llenaba de grandes y grises nubarrones entre los cuales el sol asomaba de vez en cuando, pálido, frío y metálico, mientras los relámpagos caían sobre la masa montañosa que se extendía debajo.

Skye vio el coche de policía antes que él. Algo la indujo a volver la vista atrás, y en el preciso momento en que lo hacía, el policía encendió sus parpadeantes luces rojas y azules. Sean miró por el retrovisor y permaneció callado. No parecía asustado, ni preocupado siquiera, solo sorprendido.

Aminoró la velocidad y paró en la cuneta; detrás, el coche patrulla hizo lo mismo. El agente se quedó sentado en el coche durante un rato, sin duda pidiendo información sobre la matrícula a través de la radio. – ¿Qué le diremos?

Sean se encogió de hombros.

El policía salió del coche y caminó lentamente hacia ellos. Sean bajó la ventanilla, observándolo por el retrovisor lateral.

Cuando el agente llegó junto a ellos se inclinó para echar un vistazo a Skye. Era joven, de alrededor de veinticinco años, con un recortado bigote rojizo y ojos azules muy separados y cordiales. Se tocó el ala del sombrero y Skye le dedicó la más amable de sus sonrisas.

–Buenas tardes, ¿adónde vais?

–A Glacier -contestó Sean sin mirarle.

–Estupendo. ¿De vacaciones?

–Sí. – ¿Es vuestro el vehículo?

–De un amigo.

–Ajá. Ya. Bueno, me gustaría ver tu carnet de conducir, los papeles del seguro y el permiso de circulación, por favor.

Sean se volvió para coger su macuto. Skye tuvo de pronto el mal presentimiento de que guardaba allí un arma y de que iba a hacer algo estúpido y horrendo. Pero él pareció cambiar de idea y se volvió de nuevo hacia el policía.

–Ah, me olvidaba, me lo robaron todo.

Algo cambió y se endureció en la mirada del agente. – ¿Te importaría salir del coche?

Se irguió e hizo ademán de coger la manilla de la puerta, y en ese instante Sean encendió el motor. El policía abrió la puerta de un tirón e intentó agarrar a Sean por el hombro, pero el coche estaba ya en movimiento. El hombre perdió el equilibrio y cayó, y en la caída el brazo se le quedó atrapado tras el asiento de Sean y se le dobló. Lanzó un grito. –

¡Para! – exclamó Skye-. ¡Para!

Se oyó un chasquido seco y sonoro, y por el alarido del policía Skye supo que se le había roto el brazo. Pero Sean no lo oyó o le traía sin cuidado. Sencillamente apretó el acelerador a fondo, de modo que los neumáticos chirriaron, levantaron humo y el coche volvió a la calzada arrastrando al policía, que no dejaba de aullar. Skye gritó. – ¿Estás loco?

¡Para el coche! ¡Para el coche, por Dios!

Pero Sean no paró. Ella alargó el brazo hacia la palanca de cambios para tratar de quitar la marcha, pero él la apartó de un violento empujón y Skye fue a golpearse la cabeza contra la ventanilla derecha. Con la mano izquierda, intentaba desprender el brazo del policía de detrás de su asiento, sin conseguirlo. La puerta seguía con el vaivén, golpeando una y otra vez el brazo del pobre hombre, y cuando se abría, Skye veía su cara. Tenía un corte ensangrentado a un lado de la cara y el miedo brillaba en sus ojos.

El coche daba bandazos de uno a otro carril, y Skye tomó conciencia de los bocinazos de los demás vehículos. Estaban adelantando a una furgoneta y en la caja había un enorme perro marrón. El conductor tocaba el claxon y les gritaba y el perro ladraba, intentando mantener el equilibrio mientras la furgoneta daba tumbos para esquivarlos. – ¡Idiota! – exclamó Skye. –

¡Cállate!

De pronto se oyó una especie de desgarrón y luego un golpe sordo, y al mirar atrás Skye vio el cuerpo del policía rebotar, convulsionarse y dar