A través del fuego

Nicholas Evans · Capítulo 3 de 36

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A través del fuego

Capítulo 3

Ella sonrió y volvió a disculparse, y luego los tres se despidieron y ella y su primo se encaminaron hacia la puerta. Ed empezó a tocar una canción de John Lennon que no había tocado en muchos años. Pero si ella la conocía, como sin duda así debía de ser porque llevaba su mismo nombre, Julia no dio señal de reconocerla. Sencillamente salió a la oscuridad de la noche con su primo y no volvió la vista atrás ni una sola vez.

Half of what I say is meaningless,

But I say it just to reach you, Julia.* * «La mitad de lo que digo no tiene sentido, / pero lo digo solo para llegar a ti, Julia.» (N. del T.) Cuando Ed llegó a su coche una hora más tarde, maldiciéndose aún por no haber tenido la cordura de pedirle el número de teléfono o como mínimo preguntarle dónde vivía o trabajaba, se encontró con que le habían quitado las gomas del limpiaparabrisas y una nota bajo una de las varillas que decía: «He aprendido». Ed dio la vuelta al papel y allí estaba anotado un número de teléfono.

Había parado de llover.

3

ERA CASI MEDIODÍA cuando llegaron los bomberos paracaidistas.

Saltaban de dos en dos cada vez que el avión pasaba, sus cuerpos rebotaban en el aire al abrirse los paracaídas y se quedaban flotando como medusas en un mar de cielo. De vez en cuando, los paracaídas ocultaban el sol que brillaba tras ellos, duro, blanco e inclemente, proyectando sombras de su descenso en la cortina de humo que cubría la ladera de la montaña. Era un equipo formado por seis hombres y dos mujeres y todos aterrizaron sanos y salvos en el lugar previsto en un estrecho claro de menos de cuarenta metros de diámetro. Plegaron los paracaídas y los trajes de salto y los guardaron. Luego, prepararon las sierras de cadena, los pulaski y las palas que sacaron de las bolsas que se habían lanzado por separado y no tardaron en estar listos para empezar a abrir un cortafuegos.

El pico que se alzaba sobre ellos se llamaba Iron Mountain. Su cara oeste era muy boscosa y no tenía acceso por carretera. El incendio había sido detectado por un guarda forestal esa mañana y, avivado por un viento de poniente cada vez más fuerte, había consumido unas cincuenta hectáreas.

Si el fuego seguía avanzando hacia el este o se desviaba hacia el norte, había poco peligro. Pero, al sur y al oeste, había ranchos y viviendas, y si el

viento cambiaba de dirección, se verían gravemente amenazados, razón por la cual se había solicitado la intervención de la brigada de bomberos paracaidistas.

Abrieron el cortafuegos a lo largo de la sierra de piedra caliza situada en el flanco sur. El cortafuegos tenía un metro de ancho y casi un kilómetro de largo. Trabajaban por turnos, manteniéndose a una distancia de más de tres metros, primero los serradores, luego los desbrozadores que retiraban los árboles caídos y las ramas, y por último los zapadores. Serraban y cortaban con las hachas y rastrillaban y cavaban hasta que la tierra quedaba limpia hasta el subsuelo para que el fuego al llegar se quedara sin alimento.

Cuando terminaron estaban empapados de sudor y sus camisas amarillas y pantalones verdes de tejido ignífugo estaban manchados de tierra y ceniza semejando trajes de camuflaje.

En ese momento estaban descansando. Cada uno en su propio espacio, algunos en cuclillas, otros de pie, dispuestos a lo largo de la cresta como soldados exhaustos. Ninguno hablaba, y salvo por el fragor del fuego al otro lado de la cresta, el único sonido audible era el áspero y entrecortado balbuceo de sus radios de onda corta.

El último de la fila, a unos siete metros por detrás de los demás, era un joven de cabello pajizo, pegoteado y enmarañado a causa del sudor. Era alto y delgado, y su rostro cubierto de ceniza tenía rayas negras como las de la piel de un animal, allí donde resbalaba el sudor. Incluso sus claros ojos azules tenían algo salvaje. Había dejado la mochila y el casco a un lado sobre una roca y limpiaba cuidadosamente el extremo de acero de su pulaski. Cuando estuvo resplandeciente lo apoyó contra la mochila, se quitó los guantes ignífugos y los dejó también en la roca; luego se peinó el cabello con los dedos, se enjugó la frente y bebió de la cantimplora.

Tenía veintiséis años, se llamaba Connor Ford y aunque estaba cansado, sudoroso y sucio y le dolían los pulmones a causa del humo, no habría deseado estar en ninguna otra parte. Era su primer salto de la temporada.

Unas cuantas horas antes, en cuclillas, ante la puerta del DHC-6 Twin Otter, viendo trescientos metros más abajo el bosque, la montaña y el cañón ladearse como si se hubieran desgajado de la tierra, y observando cómo flotaban los paracaídas azules, blancos y amarillos de quienes habían saltado antes, había sentido algo cercano al éxtasis. Luego sintió la palmada en el hombro del coordinador para avisarle de que se lanzara y saltó al

infinito azul, encogiéndose y contando hasta cinco hasta notar la sacudida al abrirse su paracaídas. Y allí estaba, suspendido en aquel prodigioso arco de silencio, ni hombre ni pájaro si no un retazo de cielo, de carne y de tierra.

El agua de la cantimplora estaba caliente y tenía un sabor metálico. Era solo finales de mayo pero parecía ya pleno verano, y Connor calculó que la temperatura alcanzaba casi los 40 grados. Apenas había llovido en todo el año y el aire estaba tan seco como el polvo de una tumba. Si las cosas seguían así, sería un terrible verano de incendios. En la base de Missoula, algunos de los paracaidistas fantaseaban ya en qué emplearían el dinero extra por las horas trabajadas de más.

Había telefoneado a Ed a Boston dos noches atrás y le había dicho que pagara el anticipo del nuevo coche que se tenía prometido. Ed y aquella fabulosa novia con la que salía desde hacía unos meses pasarían ese fin de semana en Montana.

Era la primera vez que se perdía el comienzo de una temporada de incendios, lo cual no era más que una prueba del lamentable efecto que podía ejercer una mujer en un hombre.

Desde lo alto de la pendiente oyó dar la orden de seguir adelante a Hank Thomas, el coordinador. Connor tomó un último trago de agua. Estaba a punto de echarse al hombro la mochila cuando oyó un ruido extraño. Era muy tenue, como un grito ahogado y parecía provenir del lado de la sierra donde ardía el fuego. Miró en esa dirección e inicialmente no vio nada, luego, justo cuando se disponía a recoger la mochila, se fijó en lo que en un primer momento tomó por una rama en llamas alzarse por encima de la pálida cresta de rocas. Tardó varios segundos en darse cuenta de que no era una rama; era un enorme alce macho, pero distinto a cualquier otro alce de los que Connor había visto. Tenía todo el pelaje quemado y la piel chamuscada. Su enorme cornamenta ardía como una antorcha. El animal llegó penosamente hasta la cresta provocando la caída de una piedra y al apoyar la pata vio a Connor.

Durante un largo momento los dos permanecieron inmóviles mirándose fijamente. Connor se sintió como un anciano ante un antiguo semidiós o demonio invocado del más allá. Notó que el sudor se le helaba en el cuello.

Despacio, muy despacio, cogió la pequeña Leica que llevaba en el bolsillo, notando al mismo tiempo cómo se arremolinaba el viento y cómo las llamas

danzaban y se ladeaban en los cuernos del alce mientras el bramido del fuego sonaba muy cerca, como un coro de conspiradores temibles.

El animal estaba centrado en su visor y alzó orgullosamente el hocico como si posara para un retrato. De pronto, a Connor se le ocurrió que la imagen era en realidad un mensaje, aunque no tenía ni idea de lo que quería decir ni quién lo enviaba. Apretó el botón, y con el sonido del objetivo el alce se dio media vuelta y desapareció, y Connor se quedó preguntándose si no lo habría engañado su imaginación. A lo lejos oyó una voz que le llamaba. – ¡Eh, Connor tenemos un fuego que apagar!

Miró ladera arriba. Los otros paracaidistas habían recogido el equipo y estaban listos para ponerse en marcha. Cerca de él estaba Jodie Lennox, una pelirroja alta del medio oeste, que había asistido al mismo curso de formación que Ed y Connor hacía dos años. – ¿Has visto eso? – preguntó Connor en voz baja. – ¿Si he visto qué?

Connor guardó silencio. Por lo visto el mensaje, si era eso, iba dirigido solo a él. Cogió la mochila y se la echó al hombro. – ¿Si he visto qué?

–Nada. Vamos.

ESA NOCHE DURMIERON un par de horas en una parte protegida de la montaña por la que el fuego apenas había pasado. Trabajaron por turnos, comprobando los puntos calientes donde el fuego aún humeaba en raíces, tocones y grietas. Los haces de luz de las linternas de sus cascos proyectaban irregulares sombras en la tierra ennegrecida mientras patrullaban lentamente entre la maraña de maleza chamuscada, examinando la tierra como necrófagos y carroñeros en una zona de guerra. Y

continuamente se oía el rugido ahogado del fuego al otro lado de la montaña, anunciándoles que aún no habían concluido el trabajo.

Connor se despertó alrededor de la una, con hambre y frío. Dos horas antes el cielo había quedado cubierto de nubes anaranjadas, pero mientras dormía, el viento había cambiado de dirección, llevándose el humo, y ahora, el universo se extendía diáfano sobre él. Se arrebujó en el saco de dormir y permaneció tendido mirando al cielo, descifrando las constelaciones tal como le había enseñado su padre.

Encontró la estrella polar y trazó el perfil de la Osa Menor. Desde allí, en un ligero salto, se encontró con su hermana mayor que Connor siempre pensaba que se parecía más a sus otras descripciones, el arado o el carro, pero que su padre siempre llamaba la Osa Mayor. Luego siguió su lomo

hasta la corona septentrional con su cola de cometa y Arturo en su punta ardiendo como una antorcha. Luego siguió el ancho río de la Vía Láctea hasta Escorpión, que había picado a Orión, el gran cazador, que era por lo que ya no se lo podía ver. Otro cazador estaba allí en su lugar, Sagitario, que era medio hombre y medio caballo y estaba de pie en el agua, listo para disparar su arco mientras el Águila huía atemorizada.

«El cielo está lleno de historias -solía decir su padre-. Miles de historias.

Lo único que tienes que hacer es levantar la vista e interpretarlas.»

Connor recordaba esa primera lección que había recibido cuando tenía solo cuatro años. Su padre lo había despertado en plena noche, le había dicho que se vistiera sin hacer ruido para no despertar a su madre. Los dos salieron descalzos bajo las estrellas dirigiéndose hacia el corral donde esperaba la yegua baya. Su padre le aupó a la silla y le dijo que se agarrara con fuerza al arzón mientras él subía a la grupa. Cabalgaron despacio por las praderas mientras las vacas se apartaban como sombríos fantasmas a su paso y los álamos de la orilla del arroyo despedían destellos plateados a la luz de las estrellas sin que se moviera una sola hoja en el aire quieto de la noche.

Su padre tenía que rodearle por los brazos para sujetar las riendas y Connor se sentía caliente y seguro y sin embargo excitado por la sensación de aventura. Ahora podía, pese al paso de los años, evocar el olor de la piel de hombre: del cuero, el heno, las vacas, el sudor y el tabaco en una mezcla que era la de su padre. Cabalgaron hasta la cresta del montículo del otero desde donde se podía ver la pequeña casa del rancho, y allí dejaron pacer a la yegua mientras ellos, tendidos en el suelo, observaban las estrellas en medio del olor dulzón y ahumado de la salvia fresca y oyendo el reclamo de una lechuza entre los árboles.

Connor tenía catorce años cuando su padre murió, dejando endeudada a la familia. Pero desde entonces no pasaba ni un solo día sin que se acordara de él y sintiera su añoranza, ni una sola noche como aquella en que no siguiera el rastro de las estrellas y recordara sus historias con el eco de la voz de su padre guiándolo.

La imagen del alce en llamas lo había perseguido toda la noche. Se había quedado dormido pensando en él y ahora le asaltó de nuevo en su mente imponiéndose sobre las estrellas. Le inquietaba que la cornamenta del animal fuera tan grande porque en esa época del año debía haberla

mudado ya y la nueva cornamenta debería ser mucho menor. Quizá había sido solo un efecto de la luz, pero no podía dejar de preguntarse cuál era el significado de aquella aparición y por qué pensaba que tenía algún significado. Su padre nunca había sido supersticioso y tampoco Connor había tenido la necesidad. El aquí, el ahora y lo visible parecían bastarle. Su madre, en cambio, era un almanaque andante de augurios.

Decía que se debía a su origen irlandés, y que sus padres y abuelos habían sido aún peores.

En su juventud había sido una pequeña celebridad en el mundo del rodeo femenino, y antes de salir al ruedo invocaba una letanía de rituales y ensalmos para mantener a raya a la mala suerte. Aún en el presente, solo ver a una urraca empezaba a mascullar complicados exorcismos que incluía preguntar por la salud del animal así como por la de su pareja y su progenie ausentes. Siempre quemaba una ramita de salvia la noche antes de que Connor se marchara a su trabajo de bombero de cada verano, y en una ocasión Connor la había oído susurrar una especie de oración. Su madre fingía que no se lo tomaba en serio, pero él sabía que no era cierto. Por eso le molestaba su propia sensación en esos momentos en cuanto al alce. Quizá había despertado en sus venas algún antiguo gen celta y quedaría esclavizado a él para siempre como su madre.

El cielo volvía a llenarse de nubes. Se deslizaban desde el oeste como una bóveda y las más cercanas aparecían teñidas ya de ámbar por el fuego de la montaña. Connor observó el lento eclipse de las estrellas.

Se preguntó si el alce habría sobrevivido y, en tal caso, qué clase de solitaria vigilia mantendría en esos instantes y dónde. Entonces se maldijo por permitirle tan rápido acceso a su pensamiento.

Con alivio oyó a Hank Thomas despertar a aquellos que aún dormían.

Connor se incorporó y se frotó los ojos, se colocó el casco con la linterna y la encendió. Luego salió del saco de dormir y se dispuso a organizar su equipo. – ¿Cómo va, vaquero? – preguntó Hank.

–Bien. Me vendría bien un filete y una cerveza.

–Enseguida llamo por radio.

Otros intervinieron con sus imaginarios pedidos mientras recogían sus cosas: helado, pizza, batidos de chocolate. – ¿Y cuándo va a obsequiarnos con su presencia ese inútil de amigo músico tuyo? – preguntó Hank.

–Toma el avión el sábado.

–Tengo entendido que se ha enamorado.

–Imagino que sí. Traerá a su novia.

–Pobre desdichada.

–Pobre desdichada -repitió Jodie.

Se oyó una exclamación de apoyo fraternal por parte de Donna Kiamoto, llegada de Wisconsin en su segundo año de paracaidista del cuerpo de bomberos. – ¿También es bombera, o qué?

–Ya tiene bastante con protegerse de Ed -comentó Donna.

–No -dijo Connor-, es profesora. Va a trabajar en un proyecto sobre adolescentes problemáticos, chicos que han tenido problemas con la ley.

–Lo sé -dijo Hank-. Salidos de Helena. Son una buena pandilla.

La radio de Hank cobró vida con un chirrido y todos callaron para escuchar. Iba hacia allí un helicóptero para descargar agua en el flanco del fuego más cercano a ellos. Hank informó de que él y el equipo cambiaban de posición para abrir un nuevo cortafuegos. Pronto estuvieron listos para ponerse en marcha. Las luces de sus linternas se movían irregularmente mientras comprobaban los cierres de los equipos, recorriendo la chamuscada oscuridad, destellando en las herramientas y a veces capturando el blanco de un ojo o un diente en la negrura de sus rostros.

–Chicos, chicas, todo listo -anunció Hank-. A menos que alguien quiera ducharse con el agua del helicóptero, os sugiero que movamos el culo y nos larguemos de aquí. Quiero llegar a casa a la hora del desayuno.

NO LLEGARON A MISSOULA a la hora del desayuno, ni para el almuerzo ni para la cena. Cuando el incendio estuvo extinguido, tardaron tres horas en llevar todo el equipo a la carretera más cercana, donde los esperaba el autobús, que no les dejó en la base hasta la medianoche del viernes. De regreso en coche al pueblo, Connor estaba tan cansado que casi se quedó dormido al volante de su camioneta. Se desplomó en la cama con la ropa y las botas puestas y apestando a quemado. Durmió el sueño sin sueño de los muertos durante doce horas.

Él y Ed tenían alquilado el mismo apartamento que habían ocupado el verano anterior. Estaba en el piso superior de una cabaña de madera de color azul claro en el lado este del pueblo, enfrente de la universidad, al otro lado del río. Tenía dos habitaciones, una cocina y un cuarto de baño, e incluso un turista de otra galaxia habría adivinado que durante el resto del año vivían allí estudiantes.

Las tablas de madera del suelo crujían, las puertas no cerraban bien, las cañerías hacían ruido y las paredes llenas de restos de celo arrancado y pintado en distintas combinaciones de azul marino y morado, salvo por el baño, que era totalmente negro. Cuando Connor llegó la semana anterior, los únicos ocupantes del antiguo y monstruoso frigorífico eran una cebolla en su séptima etapa de crecimiento y un envase de yogur de albaricoque recubierto de moho verde suficiente como para tapizar un sofá pequeño.

Abrió los ojos poco después de las doce del mediodía del día siguiente y se encontró de nuevo bajo la desdeñosa y escrutadora mirada de su grupo de rock más detestado. Estaban en un póster que nunca se acordaba de arrancar. Nunca había oído hablar de ellos pero sin duda eran el exponente de alguna enigmática y esotérica facción del heavy metal.

Iban todos medio desnudos y llevaban piercings en forma de aro en sitios muy peculiares y cadenas, tachuelas y tornillos en tal cantidad que hacían daño a la vista. Tampoco a ellos se les veía muy a gusto.

Connor se levantó y se acercó a la ventana. Era otro día caluroso y despejado, pero como mínimo una brisa agitaba los álamos a lo largo de Clark Fork. A través de una brecha abierta por el viento entre las hojas, vio a un anciano en el bajío de la orilla que enseñaba a una niña a lanzar el anzuelo. El sol reverberaba en el agua a sus espaldas y la imagen era suficientemente hermosa para inducir a Connor a por su nueva Nikon.

Cambió el objetivo y puso un zoom de doscientos milímetros y terminó las últimas fotos del carrete. Eso le recordó que llevaba aún en el bolsillo el carrete que había tirado con la Leica. Quizá tendría tiempo de pasar por el estudio y revelar los dos carretes antes de que llegaran Ed y Julia.

Se quitó la ropa ahumada, se duchó, se afeitó y se puso unos vaqueros viejos pero limpios y una camiseta blanca.

Después de prepararse un café y un desayuno a base de huevos, jamón y patatas fritas que reviviría a un muerto, eran ya casi las dos de la tarde.

Afuera el calor reverberaba en las aceras. Dejó un fardo de ropa sucia en la lavandería situada al lado de la gasolinera.

La anciana señora Tyler, la dueña, tenía un collie cruzado al que Connor hacía siempre muchas carantoñas y con el que pasó unos minutos agachado acariciándole la tripa mientras hablaba con ella acerca del incendio de Iron Mountain.

–Dicen que va a ser otro año de incendios -comentó ella.

–Esa zona está muy seca. – ¿Dónde está Ed? ¿Ya no salta con vosotros?

–Llegará hoy, dentro de un rato.

–Esto empezaba a estar muy aburrido. Salúdalo de mi parte.

–Lo haré.

Connor se dirigió hacia Nort Higgins por Front Street, buscando la sombra. Se alegraba de estar de vuelta en Missoula.

Era un lugar tolerante donde uno podía ser lo que era sin que los demás se apresuraran a juzgarlo. Ese ambiente liberal se contagiaba del espíritu universitario. El pueblo siempre estaba lleno de estudiantes, incluso en esos momentos, ya en plenas vacaciones de verano. Y a veces, debido a eso, Connor se sentía como desplazado, ya que aquello revivía en él un sentimiento de pesar más que de envidia por el hecho de que nunca había ido a la universidad.

En los últimos años el pueblo se había convertido en un imán para aquellos que estaban cansados de la vida urbana, pero no se sentían aún preparados para la cabaña de troncos y el susurro del agua en el arroyo. En Missoula encontraban un perfecto equilibrio. Podían visitar las montañas en cuestión de minutos y aun así tenían a mano todas esas cosas realmente fundamentales de la vida, como las galerías comerciales, los últimos estrenos de Hollywood y un buen capuchino. Conviviendo con ellos estaban los ecologistas: desde los ecoguerreros, extremistas furibundos que comían madereros para desayunar, hasta abrazadores de conejitos de peluche, hippies y colgados varios, de actitudes más suaves. Luego estaban los buitres de la contracultura, los músicos, los pintores, los escultores y los escritores de todo pelaje. Ed, siempre fuente de información inútil pero a menudo intrigante, sostenía que había más escritores por kilómetro cuadrado en Missoula que en cualquier otra parte del planeta.

El cuarto oscuro que Connor utilizaba estaba encajonado entre varios garajes en una de las callejuelas adyacentes a Nort Higgins. Era una estrecha habitación con un estudio en un extremo y un cuarto oscuro de mínimas dimensiones. Había cortinas en una de las paredes y rollos de papel de distintos colores que podían bajarse para crear distintos fondos a los retratos.

El lugar pertenecía a una fotógrafo llamada Trudy Barratt que trabajaba principalmente para The Missoulian, el periódico local. Ella y Connor se habían conocido hacía dos veranos, cuando el periódico utilizó algunas de

sus fotografías de incendios en el bosque y tuvieron una aventura que duró hasta el final de aquel verano. La relación se apagó gradualmente en otoño cuando él regresó a las montañas como siempre hacía para pasar el invierno en el rancho.

Pero habían seguido siendo amigos. Trudy lo había ayudado a conseguir encargos y le había dado una llave del estudio para que lo utilizara cuando quisiera.

Connor entró y encendió las luces. Notó el aire húmedo y caliente y el olor a líquido de revelado y dejó la puerta abierta hasta que puso en marcha el aire acondicionado. Descolgó una serie de fotos de boda que Trudy había dejado a secar y las colocó cuidadosamente en la mesa. Había una en concreto que Connor sabía que estaba destinada a formar parte de lo que ella llamaba su «álbum de fotos prohibidas»: fotos que sus clientes no desearían ver. En esta el novio estaba besando a una de las damas de honor de un modo más que dudoso. Era una imagen que podría llegar a ser útil en caso de divorcio.

Cuando todo estuvo a punto Connor cerró la puerta, apagó las luces principales y se sacó del bolsillo los dos carretes.

Trabajó meticulosamente, tomándose su tiempo. Siempre le había gustado esta parte de la fotografía. La sensación de intimidad, la soledad, el espectral rojo de la luz que de algún modo dejaba el tiempo en suspenso.

Había tomado fotos desde la infancia. Su padre le había regalado una Pentax SRL de segunda mano para su noveno cumpleaños y después le ayudó a montar su propio cuarto oscuro en un rincón del granero. Por aquel entonces a Connor le gustaba fotografiar animales, y a los doce años, cuando consiguió retratar a un oso negro erguido sobre las patas traseras en el arroyo, ganó un concurso en una revista sobre naturaleza. Cuando rondaba los veinte, consiguió ganarse unos cuantos dólares aquí y allá vendiendo fotos de esquí y escalada a un par de revistas a las que les gustaba su trabajo.

Pero fue su faceta de bombero paracaidista lo que le proporcionó su primera gran oportunidad.

Había ocurrido hacía tres años, cuando él y Ed iniciaron su primera temporada en el servicio, todo un bautismo de fuego donde los hubiera.

Resultó ser uno de los veranos más secos que se recordaban y los incendios se convirtieron en noticia de primera plana en todo el país, especialmente

los que asolaron el parque de Yellowstone. Connor siempre llevaba una cámara encima, nada especial, una máquina de bolsillo barata. Y un día, casi por azar, tomó una sobrecogedora instantánea de Ed, solo en la cresta de una montaña, blandiendo su pulaski, recortada su silueta contra una cortina de llamas que debían tener más de sesenta metros de altura.

Trudy Barratt lo puso en contacto con una agencia de fotografía de Nueva York y la imagen apareció en la cubierta del New York Times y en los periódicos y revistas de todo el mundo. Le representó a Connor más dinero del que había visto en su vida y con él saldó todas las deudas que había acumulado en el rancho y aún le quedó suficiente para comprarse unas cuantas cámaras y objetivos nuevos. The Missoulian sacó un artículo sobre su éxito con una fotografía de él en la que tenía un aspecto absurdamente elegante con su equipo de paracaidista, que le granjeó las bromas de todos sus compañeros. Incluso recibió un par de cartas de admiradoras que despertaron las envidias de Ed. De regreso en Boston aquel otoño, Ed encargó una ampliación de metro ochenta de su silueta en Yellowstone y la colgó en una pared de su apartamento. Afirmaba que había obrado milagros en su vida amorosa.

Los dos se habían conocido unos años antes cuando Ed era estudiante de primer curso en la Universidad de Missoula y Connor se preguntaba si acabaría de peón en un rancho toda su vida. Cada verano, en toda la zona oeste, el servicio forestal utilizaba a voluntarios, «bomberos de a pie», para combatir los incendios. Ser bombero de a pie tenía mucho menos encanto que el cuerpo de bomberos paracaidistas, pero era necesario serlo durante varias temporadas antes de presentar la solicitud para acceder al cuerpo de paracaidistas. No era la idea que todo el mundo tenía de unas vacaciones de verano perfectas. Los jóvenes a quienes atraía procedían de muy diversas extracciones. Pero fueran lo que fuesen durante el resto del año, peones de rancho, estudiantes o esquiadores, todos poseían la misma inquietud por encontrar algo más aventurero que lavar platos o servir una mesa.

Connor y Ed habían coincidido hombro con hombro abriendo un cortafuegos en la misma cuadrilla, y Connor, que tenía ya a sus espaldas una temporada como bombero de a pie, había seguido la tradición de amargar la vida a los novatos llegados de la universidad. En el cerrado mundo de los bomberos, Edward Cavendish Tully era un blanco fácil.

Procedía de una buena familia de Lexington, Kentucky, y estudiaba música.

Al principio, por estas dos circunstancias, unidas a su ligero dejo sureño, las gafas redondas metálicas y su aristocrático aspecto, padeció sanguinarias burlas. Pero era tan resistente y estaba en tan buena forma como el que más y se tomó las bromas con tan buen humor que pronto se ganó las simpatías de todo el equipo. Connor quedó aún más impresionado cuando se enteró de que Ed, desde los seis años, era diabético y necesitaba inyectarse insulina antes de cada comida. Además, resultó que aquel estudioso de la música clásica era también guitarrista de un grupo universitario y podía tocar versiones más que aceptables de cualquiera, desde Van Halen hasta Hendrix. Conocerlo enseñó a Connor el error de juzgar a la gente por sus orígenes, su fortuna o cualquier otra etiqueta que llevara colgada al cuello.

Fue un caso clásico de atracción de polos opuestos. Ed, el intelectual extravertido, siempre con un chiste, una anécdota o una opinión a punto; Connor el lacónico introvertido. A Connor no se le daba bien analizar estas cuestiones, pero recordaba que Trudy Barratt dijo una vez que él y Ed tenían cada uno los rasgos que al otro le faltaba y que aspiraba a tener, y que si fuera posible forjar un solo individuo a partir de los dos, el resultado sería una persona excelente. Connor se preguntaba si eso había sido un cumplido, y llegó a la conclusión de que probablemente no lo era.

Lo que sin duda compartían era la pasión por la vida al aire libre.

En su tiempo de ocio, salían de escalada o a pescar o en canoa. Los incendios que apagaron ese verano forjaron una profunda y duradera amistad. Incluso inventaron su propio ritual privado. Ocurrió un día cuando se hallaban abriendo un cortafuegos y el viento cambió de dirección y se avivó el fuego. De pronto se encontraron los dos solos y rodeados de llamas. – ¡Eh, tío! – gritó Ed-. ¡Estamos en el corazón del fuego!

Y por alguna extraña razón, sin ninguna clase de ensayo previo, los dos se llevaron el puño derecho al pecho y declamaron solemnemente

«corazones de fuego» y luego juntaron las manos en una palmada de complicidad. Fue solo un gesto de pseudovalentía y más tarde los dos se rieron de ello. Pero a partir de entonces lo hacían siempre antes de cada acción.

Connor tenía otros amigos naturalmente, en su mayoría de Augusta y Choteau y unos cuantos de Great Falls, chicos con los que había crecido y que habían sido compañeros en el instituto. Estaban también sus colegas de

esquí y escalada y un par de bomberos con los que coincidía de vez en cuando.

Pero no había uno solo de ellos al que pudiera llamar amigo íntimo.

Como todo hijo único siempre había sido un tanto solitario. Su madre solía llamarle el Observador. En una ocasión, solo medio en broma, le dijo que lo veía más feliz contemplando la vida a través de una cámara que viviéndola realmente. De hecho Ed era el único amigo que tenía.

Al acabar los estudios, Ed volvió al este para hacer el doctorado en Boston, donde se había quedado a vivir desde entonces. No obstante, todos los veranos se las arreglaba para regresar a Montana y los dos pasaban unos meses juntos, apagando incendios y divirtiéndose. A Ed le encantaba echar una mano en el rancho. No era más que una pequeña propiedad y desde la muerte del padre de Connor, madre e hijo habían tenido que ocuparse de casi todo ellos solos. Era la principal razón que había impedido a Connor estudiar en la universidad.

La familia de Ed criaba purasangres y se burlaba de la madre de Connor por los caballos del rancho, diciéndole lo lentos y torpes que eran y por qué no viajaba a Kentucky y conseguía algo medio decente. Ella fingía enfadarse, pero era evidente que lo adoraba.

Una vez incluso lo llamó su segundo hijo. Lo único que ella no alcanzaba a comprender era qué locura se había adueñado de él y Connor, dos jóvenes por lo demás aparentemente cuerdos, para que se hubieran decidido a pasar los veranos apagando incendios. Connor recordaba la noche que, durante la cena, les anunciaron que iban a entrar en el cuerpo de bomberos paracaidistas.

–Vamos a ser zoolies, mamá. – ¿Qué demonios es un zoolie?

–Un bombero paracaidista de Missoula, señora Ford -explicó Ed-. Es una pasada de trabajo, más aún que ser un hotshot. – ¿Ah, sí? ¿Y qué es un hotshot, si puede saberse?

–Son los bomberos de tierra, señora Ford. Son como los infantes de marina o algo así, supongo. O eso se creen. Los hotshots piensan que son los mejores y siempre están fanfarroneando. Los bomberos paracaidistas, en cambio, sí son los mejores y no necesitan darse pisto.

–Hay solo cuatrocientos bomberos paracaidistas en todo el país -añadió Connor.

–Así que hay tantos idiotas, ¿eh? – dijo la madre-. A ver si lo he entendido bien. Tenéis que subir a las alturas con un avioncito, detectáis un incendio y allí saltáis y aterrizáis en medio del fuego ¿es esa la idea?

–Mamá, nos dan un paracaídas -precisó Connor.

–Ah, bueno. Entonces vale. Debéis de estar mal de la cabeza.

Ed frunció el entrecejo.

–Por cierto, señora Ford, ya no lo recuerdo, ¿cuántos años se dedicó usted al rodeo?

–Eso es muy distinto.

–Ya -dijo Connor-. En el rodeo no te dan paracaídas.

En realidad, Ed había tenido ciertos problemas para convencer a los responsables de selección de la base de Missoula de que su diabetes no era un obstáculo. Pero sobresalió en los entrenamientos y con la ayuda de un médico cómplice (un íntimo amigo de la familia, que sin llegar a mentir tampoco dijo toda la verdad), logró persuadirlos de que su enfermedad en modo alguno mermaría su aptitud para el trabajo. En el presente se alegraban de contar con él.

En febrero pasado, Ed había telefoneado para comunicar a Connor lo de su nueva novia. Era obvio que estaba colado. A lo largo de los años los dos habían tenido muchas novias (sobre todo Ed) y una o dos habían durado casi más de un verano. El año anterior Connor había estado muy colgado de una jugadora de hockey de Seattle, de metro ochenta de estatura, llamada Gloria McGrath, a quien Ed había apodado Darth. Cuando estas aventuras terminaban los dos se concedían espacio de muy buena gana. Ed era un romántico innato, que se enamoraba una y otra vez y siempre declaraba, con la mano en el corazón, que esa era la definitiva. Sin embargo, oyéndolo hablar y hablar de Julia por teléfono, Connor había tenido la clara impresión de que en realidad esta sí podía ser la definitiva. – ¿Te acuerdas de Natalie Wood en West Side Story?

–No.

–Connor, la verdad tío, a veces eres desesperante. Es un clásico. Tienes que haberla visto en televisión, ya sabes, ese objeto cuadrado que está en el salón.

–Así que es preciosa.

–Sí, pero ¿sabes que algunas mujeres preciosas son muy conscientes de lo preciosas que son? Bien, pues Julia no es consciente. Es la naturalidad en