A través del fuego

Nicholas Evans · Capítulo 2 de 36

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A través del fuego

Capítulo 2

vueltas por la carretera detrás de ellos. – ¡Idiota de mierda! ¿Qué estás haciendo?

El brazo seccionado del policía seguía encajado detrás del asiento de Sean, y él lo soltó, lo lanzó al exterior y cerró la puerta. Skye empezó a gritar y golpearle, y él le lanzó un puñetazo a la boca. Ella notó un diente roto y la sangre que le brotaba, y eso aumentó su ira. Se abalanzó sobre él y con toda su fuerza y rabia le abofeteó, le arañó la cara y le tiró del pelo hasta que finalmente Sean la golpeó con tal contundencia que ella notó que algo cedía en su cabeza, como si desde su interior algo la engullera, y se desplomó en su asiento viendo el mundo arremolinarse y alejarse en medio de una bruma roja y aturdidora.

2

EL DÍA QUE EDWARD TULLY conoció al amor de su vida empezó mal. Había estado nevando toda la semana, y él esperaba ilusionado un buen fin de semana para esquiar. Pero a primeras horas de la mañana del viernes, la nieve se convirtió en lluvia y al despuntar el día (si podía llamarse así a tan mínima transición) Boston estaba cubierta hasta la rodilla por una masa de nieve blanda, fangosa y gris. Para colmo, llovía también dentro de casa. Alrededor de media mañana dejó de funcionar la calefacción y el suministro de agua en todo el bloque de apartamentos.

Cuando Ed fue a investigar, descubrió que los ascensores estaban averiados, el agua caía en cascada por el hueco de la escalera, y el vestíbulo estaba lleno de gente con los pies mojados gritándose unos a otros.

El edificio estaba en reformas, y durante los últimos dos meses, la cuadrilla de la empresa constructora había mostrado una creciente propensión a alarmar a los residentes. Esa mañana, un carpintero había cortado un cable eléctrico y una tubería de conducción con un preciso movimiento de su taladro. El señor Solomon, el lúgubre viudo que vivía en el apartamento contiguo al de Ed, dijo que una ambulancia acababa de llevarse al tipo. ¿Cuál era la gravedad de sus heridas?, el señor Solomon no lo sabía, pero confiaba en que no fuera algo leve.

Ed había pasado la mayor parte de la noche trabajando en el segundo acto de su musical, el que lo haría famoso (a este respecto no se permitía la menor duda). Iba bien, pero cada vez era más consciente de que las dichosas reformas infundían, tanto en la música como en la letra, un tono

más lóbrego, más amenazador, de lo que pretendía. Cuando, de regreso a su apartamento escurrió sus zapatos empapados, descubrió que había sido literalmente una infusión. En el techo había aparecido una gotera justo encima del piano. El propio piano, un viejo piano vertical de dudoso origen que necesitaba afinación tan a menudo que ni siquiera merecía la pena, parecía indemne. Pero la pila de partituras que había encima, el resultado de toda una noche entera de trabajo de Ed, estaban chorreando. Había otra gotera en el armario empotrado donde guardaba sus equipos de alpinismo, esquí y pesca y tuvo que vaciar el contenido y amontonarlo en su cama.

Abatido, se sentó en el sofá, justo encima de sus elegantes gafas nuevas de Calvin Klein que había comprado hacía solo una semana y habían costado una fortuna. Quedaron destrozadas. Evidentemente se había producido una especie de conspiración cósmica.

Entonces llegó el correo, devolviéndole con palabras de agradecimiento no uno sino dos libretos rechazados y maquetas de su último musical, el que obviamente no iba a hacerlo famoso. Una de las cartas de devolución, de un gran productor de Broadway, escrita sin duda por un ayudante, lo llenaba de ligeros elogios y luego añadía que la obra «debía quizá un poco demasiado a Sondheim», lo cual dejó sumido a Ed en un torbellino de melancólica autocrítica durante varias horas.

En ese momento, última hora de la tarde, estaba sentado ante otro piano, mucho más grande, lujoso y afinado que el suyo, escuchando mientras el menos predilecto de sus alumnos asesinaba una inocua y no demasiado difícil pieza de Chopin. El niño, un repelente crío de diez años que respondía al nombre de Dexter Rothwell Jr., vestía enteramente de negro excepto por las zapatillas deportivas, que eran de colores plata y oro y costaban probablemente lo suficiente como para dar de comer a una familia media durante semanas.

Lo que Ed encontraba más irritante era la gorra de béisbol que el niño siempre llevaba. Era también negra y, por supuesto, colocada con la visera en la nuca y con el rótulo bordado Death Zone y Crew Member por una araña sangrante. Ed no era por naturaleza una persona violenta, todo lo contrario. Pero a veces el impulso de quitarle esa gorra y golpearle con ella era casi superior a sus fuerzas.

Desde que acabó sus estudios tres años atrás, las clases de piano eran el medio de vida de Ed, que le permitía seguir componiendo. Durante el

invierno, su única otra fuente de ingresos provenía de tocar cada viernes por la noche en un local del centro, actividad que le divertía pese a que le pagaban poco y le atendían aún menos. Con las clases, sin proponérselo, parecía haber acaparado el mercado de niños mimados de la ciudad. Daba clases a aquel mocoso en particular desde hacía seis meses y, ni una sola vez, el chico le había sonreído ni le había mirado siquiera a los ojos.

Ed miró por la ventana intentando atisbar un vislumbre de Chopin en medio de la vacilante cacofonía que llenaba el cuidado salón de los Rothwell. La oscuridad de enero que apenas había dejado un resquicio de luz en todo el día, volvía a cerrarse y seguía lloviendo. Observó la lluvia formar riachuelos en el lustroso Mercedes negro descapotable de la señora Rothwell que estaba aparcado en el camino de acceso junto al herrumbroso Nissan de Ed. La madre de Dexter llevaba el pelo rubio teñido con mechas e iba vestida con un body de lycra y estaba, como de costumbre, haciendo ejercicio en el gimnasio del otro lado del pasillo, con un walkman, posiblemente para amortiguar los horrores del niño al teclado. Era una mujer menuda y delgada, de rostro afilado, y cada vez que Ed le echaba una mirada a través de la puerta abierta, viéndola correr en la cinta, le recordaba a un ratón loco atrapado en una rueda.

Dexter Rothwell Jr. acabó la pieza y se apartó del teclado.

–Chopin es un rollo insoportable -dijo Dexter. – ¿Eso opinas? ¿En serio? – Ed intentó aparentar despreocupación, incluso sonreír.

–Sí.

–Es evidente que has estado demasiado ocupado para practicar desde la semana pasada.

El niño dejó escapar un gruñido y comenzó a hurgarse la nariz.

Permanecieron en silencio por un momento, escuchando los ahogados pasos de la señora Ratón recorriendo kilómetros al otro lado del pasillo.

Ed se quitó las gafas, las viejas, que tenían una bisagra sujeta con cinta adhesiva y limpió los cristales. Viéndolas recordó que, literalmente, no podía permitirse ser impulsivo en aquella casa. Respiró hondo y volvió a ponérselas.

–Muy bien. ¿Qué tocamos, pues? ¿Quieres probar con algo más del estilo de Led Zeppelin?

No hablaba en broma. Dos semanas atrás, en un esfuerzo desesperado por despertar el interés del niño, le había hecho tocar «Stairway to heaven»

y un par de canciones de los Rolling Stones. Había advertido un mínimo asomo de interés.

–Eso también es un rollo inaguantable.

–Vaya, por lo visto todos son unos rollos: Chopin, Mozart, Led Zeppelin.

–Sí, exacto.

Ed se mantuvo en silencio durante un momento. El niño contemplaba la lluvia, hurgándose aún la nariz. Ed escrutó aquel perfil hosco y de mandíbula caída e hizo rápidos cálculos de los daños que estaba a punto de infligir a su ya depauperada economía. Bien, que así sea. Se puso en pie, recogió bruscamente las partituras delante de Dexter y se las guardó en la cartera. El niño alzó la vista y le miró. – ¿Qué pasa?

–Nada, Dexter. Y ese es el problema.

–Acabamos de empezar.

–Sí, y yo ya he terminado. Me largo de aquí.

Se fue hacia la puerta y salió al pasillo en el preciso instante en que la madre salía del gimnasio, secándose la cara cuidadosamente con una toalla para que no se le corriera el carmín de los labios. La mujer frunció el entrecejo. – ¿Ya ha terminado la clase?

–Sí, señora. Ya estamos listos.

Ed cogió el abrigo de una silla situada junto a la puerta de entrada.

Dexter permaneció inquieto en el umbral de la puerta del salón, encogiéndose de hombros y mirando a su madre con cara de no comprender nada. La señora Rothwell consultó la hora en su reloj. – ¿Pero son solo las…?

–La cuestión es, señora Rothwell, que usted está malgastando su dinero y yo mi tiempo. – ¿Por qué? ¿Es que Dexy no hace progresos?

Ed miró al muchacho. Estaba allí de pie, retorciéndose la camiseta con los puños y con la vista fija en el suelo como un neandertal abandonado.

Ofrecía una imagen patética, y por un instante Ed sintió un amago de compasión.

–No, señora. No hace progresos. De hecho, para serle sincero, Dexy es un rollo inaguantable.

LA EUFORIA LE DURÓ solo hasta que llegó a casa. La calefacción seguía apagada y el agua seguía goteando en el cubo de basura que había colocado donde antes estaba el piano. Se duchó con agua fría, cantando

para evitar congelarse y pensar demasiado en la absurda temeridad que había cometido despidiéndose de los Rothwell. Luego se preparó un chocolate caliente, metió en el microondas media pizza que había sobrado de la cena de la noche anterior y se la comió arrebujándose con el abrigo frente a las noticias del televisor que no anunciaban más que catástrofes, y si bien sus propias desgracias palidecían en comparación, su ánimo permaneció resueltamente sombrío.

Les gustaba que apareciera por el local a las ocho, pese a que nunca se llenaba hasta mucho más tarde, así que alrededor de las 7.30 se aventuró de nuevo a salir a la lluvia y se encaminó con su coche a través del inmenso tráfico de la ciudad.

El local se llamaba Ralff's, aunque ¿quién era Ralff y por qué su nombre se escribía así? Ed nunca lo supo. Se hallaba cerca del paseo marítimo, en los márgenes de una zona rehabilitada que estaba abarrotada de turistas en verano, pero en una noche de invierno como aquella parecía un lamentable error. Aparte de Ralff's, la única razón para trasladarse hasta allí era el cine que estaba en la acera de enfrente, lo cual era bueno para el negocio pero malo en cuanto al aparcamiento.

Esa noche, sin embargo, Ed estuvo de suerte.

Al acercarse, a través del agujero entre el vaho del parabrisas entelado, vio un jeep salir de un hueco justo enfrente del local. Puso el intermitente a la derecha y se detuvo para dejarlo salir. El coche de detrás tocó la bocina pese a que debía de ser evidente por qué había parado Ed. Miró por el retrovisor y vio un destartalado escarabajo blanco. Volvió a tocar la bocina.

Ed movió la cabeza en un gesto de exasperación. ¡Qué imbécil! El jeep dejó libre el espacio y Ed avanzó para poder entrar en el hueco marcha atrás. Dio por supuesto que el Volkswagen pasaría de largo o se esperaría, pero cuando puso la marcha atrás y volvió la cabeza, vio cómo se metía limpiamente en el espacio. No podía creerlo. No estaba dispuesto a aguantarle a nadie esa clase de gilipolleces. Encendió las luces de advertencia y salió.

Dos personas bajaban del Volkswagen. La conductora era una mujer joven, y cuando Ed se encaminó hacia ella, esta le sonrió con tan deslumbrante inocencia que por un momento pensó que debía de estar mirando a alguien que se encontraba detrás de él. Se volvió a mirar por encima del hombro para comprobarlo, pero a sus espaldas no había nadie.

La mujer llevaba una parka de esquí roja, con la capucha puesta sobre una mata de pelo espeso y oscuro. El pasajero era un hombre, más alto y fornido que Ed, un hecho que quizá debería haberle parecido digno de consideración, pero no fue así. Lo único que Ed advirtió, a través de sus gafas salpicadas de lluvia, fue que el tipo sonreía, y por eso mismo no le resultó simpático. La lluvia era ahora un monzón.

–Disculpen -dijo Ed con una voz tan serena como le fue posible-. Ese es mi sitio.

La mujer primero miró su coche y luego a Ed con la misma irritante sonrisa de antes.

–No, es nuestro.

Cerró el coche con llave y se subió la cremallera de la parka. Pese a estar hecho una furia, Ed tuvo conciencia de que se hallaba ante una mujer de extraordinaria belleza. Tenía la piel aceitunada, la boca ancha y unos dientes perfectos. Sus ojos eran grandes y oscuros y en ese momento vio en ellos el brillo de una burlona sonrisa. Y como no había otra posible razón para sonreír aparte de él, eso solo sirvió para avivar la cólera de Ed.

–Oiga, sabía de sobra lo que yo estaba haciendo. He parado para dejar salir al otro coche, he puesto el intermitente, he avanzado para poder entrar marcha atrás y usted se ha colado dentro del hueco. Eso no puede hacerse.

La mujer se encogió de hombros.

–Sí se puede. Nosotros lo hemos hecho. – ¡No puede hacerse, maldita sea!

Casi sin control, su voz sonaba chillona, y para recuperar una adecuada actitud de amenaza viril, lanzó una fulminante mirada al despreciable acompañante de la mujer, que seguía sonriendo como un simio mientras rodeaba el coche hacia ellos por la parte de atrás. Ed notaba calarse la lluvia a través de la espalda y los hombros de su abrigo. Un gélido hilillo de agua le bajó por el cuello. Ya apenas veía nada a través de los cristales de las gafas, pero le pareció advertir un primer asomo de vergüenza en el rostro de la mujer. Ella se volvió hacia el simio de su acompañante en busca de apoyo.

–Por favor, no use un lenguaje grosero -advirtió el simio. – ¡No lo estoy usando!

–Acaba de decir maldita sea. – ¡Por Dios…!

–Por favor no siga hablando así. – Levantó las manos, con las palmas extendidas en un gesto de advertencia. De pronto sonrió, frunció el entrecejo y adoptó una expresión indignantemente compasiva-. Oiga, lo siento. Pero la vida es una selva, hágase cargo. Dentro de unos cuantos miles de años no quedarán más conductores que aquellos cuyos antepasados aprendieron antes a colarse en los aparcamientos. Eso se conoce como la supervivencia de los más aptos. Es duro, pero es la evolución. Y ahora discúlpenos pero llegamos tarde a la sesión.

Y con otra sonrisa, cogió a la mujer del brazo y la llevó hacia la otra acera, dejando allí a Ed empapado, mudo y sintiéndose un idiota.

–Desconsiderado par de…

Un coche pasó a toda velocidad, salpicando agua y dejándole empapadas las perneras del pantalón. Otro coche le llamaba la atención con el claxon.

–Eh, oiga, aparte el coche. Está obstruyendo el paso.

–Bah, piérdase.

Ed volvió penosamente a su coche, entró y se secó las gafas. Tuvo que recorrer la zona durante veinte minutos para encontrar aparcamiento, y durante todo ese tiempo se arremolinaron lúgubremente en su cabeza sentimientos de venganza. Por fin encontró un hueco unos cuantos coches por delante del Volkswagen de la mujer, y al pasar a pie junto a este se le ocurrió la idea. Sería un perfecto acto de justicia recíproca.

Entró en Ralff's y se disculpó ante Bryan, el encargado del local, por el retraso. Había tenido un mal día, dijo. Bryan se encogió de hombros y respondió que tan malo como el de cualquiera. El local estaba casi vacío, y Ed no se sintió tan culpable. Se fue rápidamente tras la barra y al lado de la caja encontró un papel y un bolígrafo. – ¡Eh, vamos! – exclamó Bryan-.

Oigamos un poco de música.

–Son solo dos minutos.

Garabateó sobre el papel y lo pegó con celo para que la lluvia no hiciera desaparecer la tinta. Se dirigió hacia la puerta, diciéndole a Bryan que enseguida volvía.

Afuera, el público del cine había desaparecido. Aparte de algún que otro coche que pasaba bajo la lluvia, la calle estaba desierta. Ed fue derecho al Volkswagen e, inclinándose sobre el capó, levantó el limpiaparabrisas cuidadosamente, sacó las gomas que salieron con facilidad, insertó bajo una

de las varillas desnudas la nota protegida y volvió a erguirse con una sonrisa de satisfacción. La venganza concluyó guardándose las gomas en el bolsillo del abrigo; era un plato que sabía mejor mojado. Se dio media vuelta y regresó hacia el local, «Dentro de mil años -decía la nota- solo quedarán los conductores que aprendieron a robar las gomas del parabrisas de los ladrones de aparcamientos. Eso se conoce como la supervivencia de los más aptos.»

PESE A LLEVAR LA ROPA EMPAPADA y al espantoso día que había tenido, esa noche tocó bien. A eso de las diez, el local empezó a llenarse.

Los ocupantes de una de las mesas aplaudían cada pieza, y los demás les seguían. Se devanó los sesos para recordar canciones sobre la lluvia, y fueron bien aceptadas. Cuando tocó «Stormy Wheather», algunos incluso le pidieron un bis. No tenía buena voz, pero esa noche parecía estar cogiendo un resfriado, y sonaba más grave y, en su propia opinión, incluso seductora.

Leanne, una de las camareras por la que siempre se había sentido atraído, le traía una copa tras otra y, quizá fueran solo imaginaciones suyas, pero parecía mirarlo de una manera totalmente distinta.

Cada vez que se abría la puerta le complacía comprobar que todavía llovía. Era patético, lo sabía, pero continuaba imaginándose a la mujer regresando al coche y encontrando la nota, y habría deseado estar allí para ver la expresión de su cara. La película ya debía de haber acabado, y se preguntó si la mujer aparecería por el local y qué haría él en ese caso. Pero Ralff's era un local de bebedores, escasamente iluminado y con asientos de terciopelo rojo, y aunque lo único que sabía de ella era que se dedicaba a robar aparcamientos, suponía que se trataba de una de esas personas de vida sana, que toman yogur y van a clases de yoga, y probablemente no se dejaría ver por nada del mundo en un tugurio como Ralff's.

Pero se equivocaba.

Se había tomado un descanso de quince minutos antes de su última actuación. Había ido al baño y, de regreso se vio acorralado, voluntaria y entusiastamente acorralado por Leanne, que le dijo lo mucho que le habían gustado sus interpretaciones de esa noche, en especial su nuevo timbre de voz tan seductor. Así que cuando volvió al piano, Ed se sentía muy orgulloso de sí mismo. Se sentó y estaba tomándose una copa más cuando la vio. La reconoció por la parka roja de esquí y, si hubiera mirado un instante después ni siquiera se habría dado cuenta de que era ella, porque en

ese preciso momento estaba quitándosela. Debajo llevaba un suéter de color crema. Su amigo (que, para ser justos, no parecía después de todo un simio) pedía la bebida, y entretanto ella se sentó con la espalda erguida en el taburete, estirando el cuello y recorriendo la sala con la vista. Ed la observó.

Ella se atusó el pelo en un gesto que supuestamente tenía alguna intención práctica como la de desenmarañárselo quizá, y que en otra mujer podría haberse interpretado como un ademán amanerado. En ella, en cambio, parecía por completo exento de vanidad. Y era uno de los gestos más atractivos que Ed había visto en su vida.

De pronto se dio cuenta de que ella lo miraba directamente y que una sonrisa de reconocimiento aparecía en su rostro. Y, en lo que más tarde Ed calificaría de momento de pura genialidad, empezó a tocar una pieza de su último musical (nunca antes interpretada en público y rechazado por partida doble). Era una canción de amor nocturna y sentimental que «debía quizá un poco demasiado» a Tom Waits. Se titulaba «Tu casa o la mía». El estribillo decía:

Nos hemos acabado el whisky, acabémonos el vino.

Estoy cachondo, ¿vamos a tu casa o a la mía?

Mantuvo la mirada fija en ella mientras cantaba. A su novio no parecía importarle. También él se divertía con la broma, y cuando Ed terminó, el tipo levantó su vaso brindando a su salud y encargó a Leanne que le sirviera una copa. Ed prosiguió con la actuación, tocando cualquier canción que se le ocurría y que tuviera algo que ver con las circunstancias, modificando la letra de vez en cuando para hacerla reír. Tocó «We've gotta get (you) out of this place» y «Somewhere there's a place for (you)» de West Side Story. Se sentía inspirado y fuerte. El público estuvo fantástico, riendo incluso los chistes que no entendía. Ed tocaba solo para ella, la mujer cuyas gomas del limpiaparabrisas tenía aún en el bolsillo del abrigo. Así que se sintió un poco decepcionado cuando, en medio de «Lovely Rita, meter maid» vio que ella se levantaba y empezaba a ponerse la parka. Luego vio que se dirigían hacia él.

Aguardaron en el lado opuesto del piano hasta que terminó. Ella tenía un aspecto dócil. Ed al finalizar y, mientras los aplausos sonaban alrededor, la saludó con un gesto de la cabeza.

–Ha sido muy divertido -dijo ella-. Tocas muy bien.

–Es verdad, lo reconozco. Gracias.

–Oye, siento mucho lo que ha pasado, de verdad. No sé por qué lo he hecho. Nunca lo había hecho antes.

–Ha sido culpa mía -terció el novio-. Yo se lo he sugerido. Es que llegábamos tarde al cine y, bueno, ya sabes… Lo sentimos mucho.

Ed movió la cabeza en un gesto de asentimiento, sin mirarlo. No podía apartar la vista de la mujer. Dios Santo, era preciosa. De pronto cayó en la cuenta de que esperaban una respuesta.

–En fin, gracias. Bueno, veámoslo de este modo: me habéis dado una lección de biología gratis.

Tenía el abrigo colgado en el respaldo de la silla, y metió la mano en el bolsillo todavía húmedo, sacó las gomas y se las entregó a la mujer.

–Aquí tienes.

Ella frunció el entrecejo. – ¿No habéis visto aún el coche?

–No.

–Bueno, cuando lleguéis descubriréis que necesitáis esto.

Ella esbozó una irónica sonrisa y las cogió. El novio se echó a reír. –

¿En paz? – dijo Ed.

Ella lo miró con los ojos entornados.

–Bueno, ya veremos.

–Te aseguro que si no hubieras tenido un novio tan alto, te habrías encontrado con un grave problema.

–Este es mi primo David.

Estas fueron las palabras más gratas que Ed había oído en todo el día.

Le tendió la mano.

–Edward Tully. Encantado de conocerte.

David dijo que también él estaba encantado de conocerlo. Estrechaba la mano con la fuerza de un gigante. Ed se volvió hacia la mujer de la que estaba ya enamorado y le ofreció la mano; ella la aceptó.

–Rita -se presentó.

Ed vaciló, reteniendo su mano. La notó fresca y suave. ¿Rita? ¿Era posible? Ella se echó a reír.

–Está bien, Julia. Julia Bishop. – ¡Eh, Ed! – gritaba Bryan desde la barra-. Si la música es el alimento del amor, ¿por qué carajo no sigues tocando?

–Eres tan romántico… -comentó Ed.