Aguas Serenas

Alyson Belle · Capítulo 1 de 10

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Aguas Serenas

Cap�tulo 1

Capítulo 1

Abrí los ojos y vi una luz azul brillante rodeada por un marco oscuro.

Oí el eco de unas gotas.

Mi visión se aclaró. Me encontraba en el interior de una cueva, a un lado de una laguna. Mejor dicho, dentro de la laguna.

Nuevamente, el sonido de las gotas.

La tela de mi camiseta estaba pegada con fuerza a mi piel helada.

Las yemas de mis dedos estaban empapadas y arrugadas. Mis músculos se tensaron bajo el peso de mi ropa mojada cuando quise sentarme. Respiré hondo y mi garganta ardió de dolor. Comencé a toser gravemente. La cueva olía a humedad y hongos, irritando mis pulmones inflamados. Durante esos primeros instantes, apenas logré entender dónde me encontraba.

«No debería estar viva», me dije. Mi estómago se apretó como por obra de un puñetazo al darme cuenta de cómo había llegado hasta allí.

No había querido estar viva. Vacilante, miré hacia la laguna a mi lado.

¿Cómo había salido del agua? El Estanque de las Sirenas no tenía orillas. El borde que rodeaba la cueva era empinado, demasiado abrupto como para caer rodando. Aparté un mechón de cabello largo y rojo de mi cara. ¿Por qué había crecido tanto mi cabello?

Incluso si hubiera una orilla, el abisal de la laguna era de unos 40

metros de profundidad. Las rocas bajo el agua conforman un laberinto implacable y comparable a las catacumbas parisinas. Algunos buzos profesionales habían muerto en esas cuevas luchando por encontrar la salida. Por todo ello, no podía comprender cómo había sobrevivido.

Un cruel alivio me atravesó. No había querido morir; en realidad, no sabía cómo seguir viviendo. El acento rumano de mi madre volvió a resonar en mi cabeza pronunciando las mismas palabras que había escuchado antes de hundirme: «Jared, si vas a seguir asumiendo como propio ese nombre de mujer, en vez del que te di ante Dios, no quiero volver a verte. ¡Sal de esta casa!».

Mi padre estaba sentado en el sofá con la cara entre las manos.

Sacudía la cabeza como preguntándose qué habría salido mal. ¿No había jugado suficientes juegos de hombres conmigo? ¿No había salido

suficientes veces conmigo a cazar? Parecía consternado, a la vez dispuesto a culparse a sí mismo y a deshacerse del fruto podrido de su fracaso paterno.

Derrotada, miré a mi hermano Eric en busca de apoyo, pero él me devolvió una mirada de disgusto y desprecio. El viejo consejo de mi hermana Rosa de «escuchar con el corazón abierto» parecía olvidado o ignorado. Ahora ella misma lloraba de cara a la pared blanca, incapaz de mirarme.

¿Qué debía hacer? Antes de que mi conciencia se desvaneciera en el estanque, recordé haber sufrido un doloroso espasmo de pánico y arrepentimiento. Ese recuerdo me impidió sumergirme en la comprensión de que todavía vivía. Todo había sido un impulso.

«No haré nada», le aseguré a mi hermana dos horas antes de tomar la decisión de conducir hasta el estanque. Mis mejillas de repente quemaron. Envolví mis brazos alrededor de mi estómago, sentí temblores eléctricos de vergüenza recorriendo mi pecho y mis extremidades. Me dolía recordar que le había mentido.

«Tengo algo que mostrarte más tarde, ¡así que mantente despierta!», me había dicho.

Ella me defendía. Ella me apoyaba. Y yo le había mentido. No sabía que estaba mintiendo, pero después de dos horas de estar sentado solo en la oscuridad, sabía que no podía seguir viviendo una mentira. Dolía demasiado. No podía seguir viviendo en esta ciudad claustrofóbica con una familia que me despreciaba, y estaba segura de que solo tenía una opción.

Siempre creí que un suicidio siempre había que planearlo, y me encontré indefenso cuando no fue así.

Cuando incliné mi cabeza, noté que mi pecho estaba mucho más lleno de lo que recordaba. Levanté una palma para agarrar lo que indudablemente era un seno y volví a correrme el cabello. ¿Todo esto era un sueño? Quizás había muerto y despertado en otra vida. Me llevé la mano a la cara. No tenía rastros de vello facial. ¿Y por qué mi mano era tan pequeña? Mis brazos eran delgados, todo mi cuerpo era más delgado. Mi pecho no era tan ancho como antes, me costaba respirar. Mis jadeos se hicieron intensos. Mierda.

Cuando metí la mano entre mis piernas, descubrí que mis testículos habían desaparecido. Se suponía que estuvieran golpeando contra

el agua. Una sonrisa quiso comenzar a asomar en mi rostro, pero me obligué a ser cauto. No podía dejarme llevar todavía, no hasta que estuviera convencido de que el cambio era total y permanente.

Me estremecí al sentir una caricia inusual en mi hombro derecho.

Me levanté la camisa y vi unos pequeños puntos de color aguamarina esparcidos alrededor de todo mi lado derecho. Algunos eran pequeños como marcas de agujas diminutas. Otros eran del tamaño de arándanos rojos. Esos puntos se extendían desde debajo de mi pecho hasta mi cadera, y todos juntos formaban una figura a dos colores.

La piel que estaba debajo parecía intacta. La figura parecía un tatuaje fino y brillante. Era absolutamente hermoso, y en cualquier otra circunstancia me hubiera encantado presumir de él. ¿Pero de qué se trataba todo esto? ¿Cómo era esa clásica cita de Sherlock Holmes: «En ausencia de lo probable, hay que considerar lo imposible»?. Algo así. No se me ocurrían explicaciones probables, solo magia. La única explicación era la magia. Es decir, lo imposible. Para asegurarme, pellizqué mi brazo, verificando que aún podía sentir.

Confundida, busqué alguna evidencia, algunos indicios que me ayudaran a comprender. Las gotas que caían del techo de la cueva se hicieron más grandes y pesadas, y todo el lugar comenzó a volverse más oscuro y tenebroso. ¿Alguien me estaría mirando? ¿Alguien me hizo esto?

¿Sería una bruja buena o una bruja mala? Joder, ¡¿acaso esto era cosa de brujas?! Me puse de pie para mirar el estanque cristalino y murmuré:

«¿Sirena?». No, no, aquella era una fábula urbana, todo el mundo lo sabía.

A pesar de estar empapada, sentí seca la garganta y tragué saliva para saciar mi sed. Las respuestas podían esperar, ahora necesitaba irme a casa. Sin embargo, la esperanza se desvaneció cuando busqué a tientas en mi bolsillo y no pude hallar las llaves del auto. La ciudad no estaba lejos, pero sería una caminata con ropa empapada. Consideré desnudarme y correr por las sombras. Era una mala idea. No sabía cómo me veía y no sabría qué responder si un oficial de policía me arrestaba por indecencia pública, así que rápidamente descarté ese plan.

Suspiré y estudié las salientes rocosas que descendían del techo de la caverna. Bueno, mejor empezar a caminar.

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Ni la luna ni la luz del sol iluminaban las aceras cuando corrí a casa. No tenía zapatos. Imaginé que los había perdido en las profundidades del estanque. Por otra parte, seguramente ya no me quedarían bien. Ahora mis pies eran más pequeños y delicados, y tuve que hacer un esfuerzo para lograr el equilibrio.

Los pantalones se me caían al caminar. De nada me servía apretar mis brazos contra mi pecho en el frío brumoso de la noche, y mis dientes castañeteaban como las teclas de una máquina de escribir. Mi cabaña de piedra estaba aproximadamente a cuatrocientos metros de allí, pero la cercanía me proporcionaba poco consuelo. Las extremidades me dolían como si lucharan contra una criatura empecinada en arrastrarme hacia las profundidades del agua. Sentía mi pierna entumecida, como si estuviera a punto de congelarse.

Mi pesimismo aumentaba conforme avanzaba hacia la ciudad.

Debía ser pasada la medianoche, a juzgar por la quietud que había en el

«centro» del pueblo. Entiéndase por centro apenas una calle ancha y larga con aparcamiento a cada lado y edificios algo más altos que en el resto de la ciudad, y que a esa hora de la noche parecían esqueletos de una parque de atracciones abandonado.

Avancé arrastrando los pies frente al edificio azul cielo donde junto a Gabe, mi compañero de cigarros de la escuela secundaria, una vez pusimos una tienda de vidrio soplado. Una mariposa de vidrio, con sus alas extendidas sobre las viejas puertas dobles, era el logotipo de la tienda. Sentí algo de vergüenza. Si mi plan hubiera funcionado, Gabe hubiese quedado a cargo de la tienda, aunque fuese demasiado... digamos, un espíritu demasiado libre para hacerse cargo de cualquier cosa. Sin duda, al ver mi cuerpo transformado, apenas atinaría a encogerse de hombros. Resultaba tentador poner a prueba m teoría. No tenía las llaves de mi casa, ni las de mi auto. Mierda.

Gabe vivía detrás de la tienda para poder trabajar desde bien temprano soplando sus objetos de vidrio. No sabía la hora, pero probablemente era demasiado temprano para despertarlo. Consideré esperar en las escaleras hasta que despuntara la mañana, pero no sabía cuánto tiempo resistiría con la ropa empapada. Al menos mi cabello se había secado. En gruesos y retorcidos mechones, pero secos.

Me volví hacia la tienda. Su casa estaba solo a una cuadra, unos ocho minutos caminando en condiciones normales pero al menos el doble de tiempo andando con la ropa mojada. Joder. El asunto era importante, Gabe bien podría despertarse y recibirme. Subí los escalones y golpeé la puerta. Esperé con los brazos apretados y los dientes rechinando por el frío.

Me mantuve en movimiento para calentarme un poco.

La puerta se abrió de golpe y un ojo castaño me miró de reojo.

Primero se ensanchó y luego volvió a ceñirse para hacer foco.

—¿Rosa?

Bueno, eso resolvió el misterio de cómo me veía. Desde la época de la secundaria, Gabe miraba con atención a mi hermana, desde el momento en que comenzaron a crecerle los senos. En aquel entonces y percatándose de ello, ella ya no jugó con él, aduciendo que su cercanía había comenzado a sentirse algo extraña. Eso sucedió mucho antes de entender siquiera el significado del sexo. El sexo era algo que hacían los adultos. Por qué hacían eso tan asqueroso resultaba incomprensible para nuestras mentes de quinto grado. Pero ahora, para el Gabe adulto, mi presencia probablemente le resultara una especie de sueño húmedo. Já.

—¿Qué haces aquí? — preguntó cambiando sueño por confusión.

Puse un pie dentro sin aguardar invitación.

—Soy Clara.

Gabe me había aceptado como Clara sin hacer preguntas, autocorrigiéndose apenas un par de veces hasta superar la vieja costumbre.

Comprendía que tenía que seguir llamándome por mi viejo nombre delante de mi familia, pero la verdad es que no los visitaba muy a menudo.

Parpadeó varias veces, como si se le hubiera metido algo en el ojo, antes de emitir una breve risa.

—Oye... ¿lo deseaste realmente, de verdad?

Miré mis pies sucios y no pude contener las lágrimas. Me maldije a mí misma por ser tan floja. Gabe me envolvió en sus brazos. Mi camisa húmeda se pegó a mi piel y sentí cómo la humedad también lo mojaba a él, pero no pareció importarle, así que le devolví el abrazo y me dejé caer en sollozos.

—Mierda. No te preocupes. Te vas a enfermar, estás empapada —

susurró, desenredando un nudo en mi cabello.

Apenas podía respirar así que solo atiné a asentir.

—No tengo mis llaves y no puedo entrar a mi casa.

—¿No tienes copias?

—Es que perdí las...

—Entiendo, perdiste las originales y estabas usando las copias.

Has de tener TDAH, como yo.

Me aparté del abrazo. Él se frotó la cara con las manos y gimió.

—Son las 3 de la madrugada. No recupero mis capacidades cognitivas sino hasta las 10. Ropa, necesitas ropa.

Subió las escaleras y lo seguí a su habitación, donde me dio un pijama con dibujos de pingüinos con gorros de Papá Noel.

—Te ves fatal —sentenció—. Puedes quedarte en la habitación de huéspedes. Tú ya sabes dónde está todo.

Después de intercambiar algunas palabras más, finalmente cerró la puerta de la habitación. Eso era lo que necesitaba, alguien que me permitiera un momento de descanso. Por lo general, Gabe no paraba de hablar, pero a juzgar por sus ojeras su objetivo era volver a la cama lo antes posible. Estaba seguro de que ya llegaría el momento de escuchar lo que tendría para decirme.

Necesitaba dormir, y mucho. Me quité el cinturón y dejé que mis pantalones cayeran al piso de madera. Sentí un cosquilleo de alivio en las piernas.

Pensé en darme una ducha caliente. Aunque eso implicaría ver mi nuevo cuerpo y no estaba convencida de estar lista aún. Decidida a tomar una ducha a oscuras, atenué las luces para poder moverme sin riesgos, y a la vez no tener que ver mi cuerpo en detalle.

El agua caliente se derramó sobre la bañera. Metí un dedo del pie, sintiendo la textura de la pintura saltada, y ajusté el grifo de agua fría antes de sumergirme.

Había un frasco de gel de baño en el suelo junto con algunas botellas de líquido de limpieza a medio usar. Me pasé el jabón sobre la piel resbaladiza. Tal vez todavía no estaba lista para evaluar mi nuevo cuerpo, pero usar el tacto para explorar resultó ser una presentación fantástica.

Donde antes había cabello áspero, ahora había suaves curvas.

Toqué un pezón suave pero afilado, y sentí cómo se conectaba con las terminaciones nerviosas del resto de mi cuerpo. Con curiosidad, toqué la parte interna de mis muslos y moví las manos hacia el centro.

Me estremecí cuando descubrí que mi vagina también tenía terminaciones nerviosas. Estaba demasiado cansada y entumecida para sentir algo más que sorpresa, así que limpié el exterior y me alejé. Ya había tenido demasiadas emociones por esa noche. Suponiendo que este cambio fuera irreversible, tendría mucho tiempo para explorar con mayor lucidez.

La fatiga volvió a ceñirse sobre mí y finalmente cerré el grifo. El vapor había convertido el lugar en una oscuridad goteante. La necesidad de estar seca era abrumadora, y busqué a tientas un cepillo para peinarme.

Mis dientes aún tamborileaban cuando me puse el grueso pijama.

Sentí un alivio reconfortante cuando los primeros vestigios de tibieza tocaron mis extremidades, y suspiré cuando mi piel reconoció la suave tela como algo completamente seco. Me dormí antes de que mi cabeza tocara la almohada.

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