Aguas Serenas

Alyson Belle · Capítulo 2 de 10

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Aguas Serenas

Cap�tulo 2

Capítulo 2

El cansancio todavía latía en mis sienes cuando abrí los ojos. Me dolía la cabeza por la falta de un descanso adecuado, pero era inútil seguir intentando dormir. Estaba despierta sin remedio, y era mejor no resistirme.

Me senté bostezando. Sentí el aumento de la presión del aire en mi nariz. El agua se negaba a abandonarme sin dar batalla.

La luz del sol entraba a raudales por la ventana que daba al este.

Pasé los dedos donde hubiera esperado la habitual erección matutina y, en cambio, la piel sedosa se hundió hacia adentro.

¿Sería esto algo permanente? Honestamente, esperaba que el cambio fuera temporal. A Cenicienta se le acabó el encantamiento a medianoche. Quizás a mí me durara hasta que volviera a dormirme. La medianoche aún no había llegado, y ninguna hada madrina se había aparecido para informarme las reglas. No sería justo si esto no fuera permanente, pero la vida no era justa.

La urgencia se apoderó de mí y salté de la cama para ir a estudiar mi reflejo en el espejo del baño de huéspedes, pero antes de que mis pies tocaran el suelo, un silbido llegó a mis oídos.

Mis movimientos habían alertado a Fred, la cacatúa de Gabe. Las alas del pájaro se extendieron en forma de corazón. Las caras de las cacatúas suelen ser amarillas con mejillas carmesí, pero la cara de Fred era totalmente blanca como resultado de una mutación reproductiva. Por supuesto, le respondí con un silbido. Era una cuestión de cortesía responder su saludo con las primeras cuatro notas de «La familia Addams».

La congestión burbujeó en mi garganta cuando me puse de pie. El vigor de la mañana atravesó mi rostro.

—Perdón por invadir tu habitación, Fred —dije con un resoplido, metiendo mi dedo en la jaula para que él lo tocara golpeara con su pico. Las cacatúas disfrutan haciendo eso, y siempre me he preguntado si lo hace jugando o defendiéndose. Gabe me había comentado alguna vez, que las aves usan sus picos para comunicarse, pero nunca añadió más detalles.

Como fuera, Fred no mordía, así que aquel ritual quedaba como una gracia inofensiva entre nosotros.

Gabe llamó antes de abrir la puerta y se apoyó en el marco. Me observó durante un momento y me sonrío todavía algo adormilado.

—Puedes sacarlo de la jaula.

—Pues... no sé si me reconocerá.

La mucosidad se acumulaba en mi garganta, por lo que me resultaba imposible hablar sin gruñir.

—Podría decir algo cursi como que los animales ven las almas o alguna mierda por el estilo, pero lo cierto es que Fred solo sabe reconocer una buena oportunidad para salir.

Cruzó la habitación para abrir la jaula y la cacatúa subió a su dedo. Luego aleteó hasta mi hombro y Gabe regresó a la puerta, inclinándose de nuevo. Con la misma sonrisa cansada, dijo:

—Soy un cero a la izquierda cuando tú estás aquí. Sí que te reconoce.

Recordé por qué me había levantado con tanta prisa.

—Debo verme. Todavía no lo he hecho.

Gabe asintió.

—¿Necesitas un minuto a solas?

—Pues... no lo sé.

—Entiendo. ¿Prefieres que me quede afuera por si me necesitas?

Fred está contigo.

El pájaro estaba entretenido acicalando mi cabello.

Respirando entrecortadamente, respondí:

—Gritaré si te necesito.

Comenzó a caminar hacia el pasillo pero antes dijo:

—En el estante superior del gabinete hay algo para la flema, si te apetece.

Tragué con fuerza y el aire me hizo toser.

Ser dueño de una tienda de vidrio implica naturalizar los reflejos que hay por todos lados y nunca detenerse a mirar realmente. El lugar parecía un carnaval de brillos y luces. Los espejos no nos reflejan, solo muestran una imagen inversa exacta de nosotros mismos. Rosa y yo somos gemelas, y no esperaba encontrarla en el espejo. Yo era la imagen inversa de mi hermana. Tenía su largo cabello rojo, y pómulos redondos y altos. Su misma mandíbula pequeña y los labios de Sophia Loren. Párpados coronados con pestañas, lamentablemente, más cortas que las mías. Pero no

puedes tenerlo todo. Unas ojeras color lavanda hinchadas por el llanto atenuaban el verde de mis ojos. Al mismo tiempo, una energía renovada corría por mis venas, borrando todo vestigio de fatiga o preocupación.

Mi mirada mareada vagó arriba y abajo de la mujer en el espejo.

No sentía que ese cuerpo me perteneciera. Me elevé por encima de mí misma, como hacia las estrellas, lista para sumergirme en el universo y estallar en una supernova, a la deriva alrededor de un sol condenado a dar vueltas. Pero ahora mi mirada irradiaba varios soles en torno a una nube de sueños realizados.

Mi cuerpo no era un reloj de arena, tenía un trasero mucho más grande que los pechos. A decir verdad, tener un culo grande era preferible a lidiar con problemas de espalda. No, no era un reloj de arena, pero tenía unas curvas notables. Puse mis manos a nadar por mis costados. Los labios de mi imagen inversa se curvaron de alegría. Dios, ojalá este cambio fuera permanente. Por favor, haz que así sea.

Me vería bien en vestidos de cuello alto. De todos colores, con una chaqueta de cuero negra. ¿Prefería el estilo estrella de rock o bibliotecaria sexi? ¿Por qué no ambos? Acostumbrados a que los hombres no deben entusiasmarse con la moda, soñar despierto con todas esas posibilidades resultaba una verdadera liberación. Vestidos largos y cortos, ceñidos o sueltos. Pantalones de cintura alta o faldas con vuelo. Puede que no me atreva a una minifalda por el momento, pero nada me detendría a no ser por el dinero.

Oh, sí... ese era problema. Podría usar la tarjeta de crédito de la tienda antes de que...

¿Cómo iba a demostrar mi identidad? ¡No podría entrar al banco así como así! Maldito sentido común, siempre molestando. Abrí la boca para llamar a Gabe, pero una idea bastante obvia apareció de pronto en mi cabeza.

Era idéntica a mi hermana gemela y fingir ser un primo de Gabe de visita en la ciudad no era una buena opción. La ciudad era demasiado pequeña. Demasiado pequeña para las dos. ¿Podría decírselo a Rosa?

Una sombría pesadumbre me invadió al recordar que mi familia podría creer que habría muerto. ¿Debería decirles que no lo estaba? Para empezar, ellos me habían echado. Mi madre, mi padre, mi hermano. Pero no Rosa. Sin embargo, decirle a ella era pedirle que mantuviera en secreto a

nuestra familia que yo estaba viva y que había hecho la transición por completo, aunque sin querer. Sabía que mi cambio físico no sería suficiente para ellos. ¿Y si no les importaba si estaba viva o muerta? No podría soportarlo. No otra vez. Pensé en contárselo a Rosa para que solo ella lo supiera. ¿Por cuánto tiempo? ¿Sería un secreto que debía llevarse a la tumba? No, eso no era justo para ella. Ella me había defendido. No podría hacerle eso. Quizás Gabe sabría qué hacer, yo ciertamente no lo sabía.

#

Él alzó la vista de la barandilla en la que se había apoyado con su teléfono.

Me acerqué a él y apoyé mi mano en su hombro.

—Gracias por todo.

Con un bufido de agradecimiento, se alejó para mirarme a los ojos.

—Tú harías lo mismo por mí. Recuerda cuando...

Era imposible no interrumpir y reír.

—¡Uf! ¡Hubo tantas veces!

Gabe siempre tuvo la habilidad para meterse en problemas.

Cuando estábamos en la escuela, el problema era que nunca terminaba su tarea. Después, aceptaba proyecto tras proyecto, y trabajo tras trabajo solo porque le llamaba la atención. O porque estaba aburrido. O en bancarrota.

Los pocos proyectos que terminaba no resultaban ser como los clientes esperaban. La gente venía a la tienda exigiendo por lo que habían pagado y Gabe se escapaba por la parte de atrás. Al final, siempre lograba producir una verdadera obra de arte y la gente seguía regresando.

Dio a luz a potros en granjas y pintó murales para las protestas en Virginia. Y fue arrestado por dichos murales. Su vida nunca fue aburrida, sin importar lo extenuante que pareciera. La única razón por la que la tienda de vidrio había logrado sostenerse eran mis habilidades organizativas.

—Tienes razón —dijo con un suspiro—. Ahora dime, ¿podrías contarme qué pasó?

Hizo un gesto hacia mi nuevo cuerpo, tras lo cual crucé mis brazos para ocultar mis pechos. Me quedé sin palabras y permanecimos en silencio por un minuto. Abrió la boca para hablar y, aflojando mis brazos, finalmente dije:

—Te contaré.

Temblando, le conté lo que había sucedió al salir del armario con mi familia, y cómo luego había conducido medio borracho hasta la Cueva de las Sirenas, decidido a saltar. Vi sus nudillos apretarse alrededor de su teléfono. Aterrada de que pensara que era egoísta, o débil, o dramática, mis huesos temblaron, pero seguí hablando. Le conté de la transformación, del agua, de aquellos puntos extraños y brillantes. Y antes de que pudiera decirle que quería irme de la ciudad, puso ambas manos en mi barbilla y levantó mi rostro.

—Tengo muchas preguntas, Clara —dijo —. Por el momento puedes quedarte en el ático de la tienda.

¿Me hubiera abrazado Gabe, así como me abrazaba ahora, si todavía me viese como un hombre?

—Si alguien ve a Rosa cerca de mi casa, puede llamar la atención

—continuó—, pero nadie notaría nada extraño con Rosa caminando por la ciudad. No es que no puedas quedarte aquí, pero no quisiera que te la pases encerrada.

Estuve de acuerdo.

—Tendré que irme Gabe, lo sabes.

—Al menos de esta manera podemos pensar en un plan. No puedes irte sin documentación. Estamos en una pequeña ciudad del valle de Shenandoah, en West Virginia. Es el sur, Clara. Tener a Jared en tu licencia y ser Clara para cambiarla no es el plan más seguro. Aunque conozco a alguien que puede conseguirte un certificado de nacimiento falso.

Entendí que Gabe pudiera conocer a alguien capaz de hacer falsificaciones, pero igualmente sentía curiosidad.

—¿Cómo es que conoces a alguien que falsifica identidades?

Encogiéndose de hombros, respondió:

—Hice algunos trabajos de fotografía para identificaciones. Solo eso.

—Pues, digamos que estoy de acuerdo con el plan —accedí—,

¿podría mudarme a cualquier parte?

—A donde quisieras, Clara —afirmó con voz suave.

Giró y se dirigió a las escaleras. Lo seguí, reflexionando sobre mi futuro una vez que dejara aquella ciudad.

Chicago, Nueva York. Una ciudad de tamaño mediano en Nueva Inglaterra. Quizás Vermont. Podría ponerme a salvo y establecer una nueva familia junto a otros homosexuales expulsados por sus familias biológicas.

Podríamos reunirnos en Navidad, y emborracharnos con sidra. Podría comprar una casa grande y cocinar para mi familia elegida. Hablar de chismes. Investigar las costumbres y recetas romaníes, y prosperar sin el odio que mi madre nos inculcó. Buen plan, ¿verdad?

Podría abrir otra tienda y tal vez vender el trabajo de artistas independientes. Podría abrir una tienda en línea y crecer más allá de las posibilidades que me ofrecía esta ciudad insignificante y alejada del resto del mundo.

—Torre de control llamando a Clara —dijo Gabe quitándome de mis pensamientos.

Me di cuenta de que me había quedado mirando la pared. Sonreí.

—¿Sí?

—Vamos a instalarte en el ático, ¿de acuerdo?

#

Sentí la mezcla de los aromas a canela y a jazmín al entrar en la tienda. El edificio databa de 1880, pero habíamos renovado el interior seis años atrás. El sol de media mañana se multiplicaba en las piezas de vidrio y los colores se proyectaban sobre la fría pared gris. Azul, fucsia, verde azulado, naranja y amarillo, todos los colores imaginables nacían de los cristales que colgaban. En los anaqueles de mármol había espejos, jarrones y obras de arte. Antiguas lámparas de queroseno estaban esparcidas en varias mesas. Solo las habíamos encendido una vez durante el festival, porque me preocupaba que pudieran causar un incendio.

Las vitrinas con bordes de plata contenían nuestras piezas más delicadas. Para el resto confiábamos que los huéspedes respetaran las señales de «No tocar».

Este edificio. Este lugar lleno de colores y de luz. Había olvidado lo feliz que me hacía sentir estar aquí por la mañana. ¿Cómo podría dejarlo?

Todos las heridas por vidrios rotos que habíamos sanado, las noches interminables, las tablas de madera del suelo y las manchas de acuarela.

Gabe sonrió, pareciendo percibir mi alegría por estar aquí de nuevo.

—Te perdías de mucho trabajando desde casa.

—No tenía energías para levantarme de la cama —dije mientras sentía una hormiga caminando por mi cuello.

—¡Pues ahora tu cama está aquí!

Subimos por las crujientes escaleras de nogal y luego bajamos por la escalera de caracol en la torreta del edificio para llegar a una puerta pequeñísima más adecuada para un Hobbit. Agachados, entramos al ático arrastrando los pies.

Gabe solía dormir allí durante sus largas noches de trabajo. Antes usábamos el ático para almacenamiento, por lo que terminamos de renovar ese lugar un año más tarde que el resto de la tienda. El ático un aspecto polvoriento y aroma a madera nueva.

La cama era modesta pero acogedora, con una colcha de estilo nórdico color marrón y carmesí.

Una gran ventana circular miraba al sur, por lo que el ático siempre recibía luz con el sol en lo alto.

—Necesitaremos una cortina —dije.

—Siempre pienso en que sería bueno conseguir una —coincidió Gabe.

De pronto recordé que aún llevaba puesto su pijama con dibujos.

—Y necesito ropa.

Gabe se mordió el labio.

—Pensé que podríamos ir a Charleston. Allí habrá más opciones.

Por otra parte, no sé cómo podría comprar ropa mujer aquí sin dar lugar a los chismes.

Vivíamos en el Panhandle Oriental, en West Virginia, rodeados de bosques, montañas y no mucho más, excepto por algunos pueblos dispersos.

Si queríamos un centro comercial más decente, debíamos hacer un esfuerzo.

Pero Charleston estaba a dos horas en coche. La ciudad de Bridgeport, más pequeña, pero grande en comparación con West Virginia, estaba más cerca.

Le pregunté por qué no quería intentar en una ciudad más cercana. El Festival de la Sirena comenzaría en dos días y aún no habíamos colgado los adornos.

Él sonrió.

—No he salido de esta ciudad en mucho tiempo —sus ojos se iluminaron—. ¿Y qué si vamos a Baltimore o DC?

Esos destinos significaban varias horas más de viaje.

—Estás loco.

—¿Por qué? Podemos pasar la noche en algún hotel y regresar por la mañana. ¡Queda mucho tiempo para prepararse para el festival!

Gabe tenía razón. Me encogí de hombros.

—DC está un poco más cerca. De acuerdo. Pero tenemos que tomarnos unas vacaciones no planificadas y sin decírselo a nadie. Ya sabes cómo son los rumores.

Gabe parecía tenerlo resuelto.

—Necesito buscar suministros para el festival que solo se consiguen en la ciudad. Una excusa bastante simple.

—Necesito un cambio de ropa hoy mismo —aclaré—. No puedo ir a la ciudad con un pijama de pingüinos navideños.

Sarcástico, Gabe respondió:

—Sí que puedes —lo miré inquisitivamente y él ablandó su mirada— Tengo unas telas grandes. Quizás podríamos hacer un vestido con ellas.

Eso podría andar. Y sería lindo, pero…

—También necesito ropa interior.

Sus mejillas se pudieron rojas, y se pasó la mano por el cabello, sacudiendo su cola de caballo.

—Tienes toda la razón. No puedes no tener ropa interior debajo de un vestido.

Apreté mis labios y puse los ojos en blanco.

—Oye, amigo. Sé que me parezco a Rosa ahora, pero sigo siendo la persona con las que has salido de juerga desde el puto preescolar.

Sorprendido por mi franqueza, Gabe balbuceó algunas disculpas antes de recomponerse.

—¿Entonces estarás bien con los calzoncillos por ahora?

Me encogí de hombros ante la idea de volver a ponerme calzoncillos. Sentí que llevar puesto un trozo de ropa de hombre podría transformarme de nuevo, y no quería arriesgarme. Un vestido de franela improvisado era una cosa, pero ¿calzoncillos? Si alguien notaba que Gabe compraba ropa interior femenina de forma independiente, el chisme se saldría de control.

—Detengámonos en la ciudad más cercana, por pequeña que sea, y compremos algo barato.

¿Alguna vez había disfrutado viviendo en esa ciudad, bajo vigilancia cada puñetero día? Antes no me preocupaban los chismes, pero cómo podían vivir las mujeres así? Joder, no podían ni hacerse una prueba de embarazo sin someterse al juicio público. Eso nunca me había afectado hasta que salí del armario como trans ante mi familia. Me estremecí cuando entendí que esa era la razón por la que se extendían los rumores, para mantener los ojos fuera de sí mismos.

Ser mujer en este pueblo es un trabajo sucio para el que nadie está capacitado. Dios no quiera que rompamos una regla. Los hombres solo siguen una regla: no seas mujer. Ser mujer es un trabajo sucio que nadie quiere.

Al menos mi familia nunca me delataría por temor a los rumores.

¿Por qué querría quedarme aquí? Incluso si saliera del armario como Clara, sería juzgada por las reglas que las mujeres cis tenían que aprender durante años.

—Lo haré —mi pensamiento tomó forma de palabra en voz alta.

Ya cerca de la puerta en miniatura, Gabe se detuvo.

—¿Qué harás?

—El acta de nacimiento. Me voy de la ciudad.

Con una sonrisa en su rostro, mi amigo dijo:

—Bien. Entonces llamaré a Oscar.

#

Esperando a Gabe, vagué por la habitación escudriñando mi morada temporal. Las superficies estaban cubiertas de una fina capa de polvo, lo que evidenciaba que Gabe solía limpiar, aunque no religiosamente.

Tiré de las manijas oxidadas de la vieja cómoda de madera de cerezo y abrí los cajones. Supuse que estarían vacíos, sin embargo estaba lleno de cuadernos y hojas de papel con dibujos. Reconocí algunos de los cuadernos de la escuela secundaria. Pensaba que habían desaparecido.

Sonreí al ver los mensajes que Gabe y yo solíamos pasarnos durante la clase. La mitad eran símbolos fálicos y la otra mitad eran notas sobre cuánto odiamos al señor Beverly, el profesor de álgebra.

La leyenda «¡Vaya nariz!» junto al garabato hecho por Gabe del ominoso perfil del Sr. Beverly decorado con granos.

«¡Jajaja!»

Riéndome para mis adentros, hojeé otros cuadernos que pertenecían a finales de la década de 2000. Había letras de Blink-182

garabateadas en los márgenes. Entonces, vi un cuaderno que no recordaba, o no conocía. Parecía más nuevo, con páginas blancas y brillantes, y estaba abierto.

Tenía notas y observaciones sobre el taller de vidrio, y nuevas técnicas de soplado. También tenía escrito un poema en la última página.

Bueno, la última página a la fuerza, pues Gabe parecía haber arrancado las últimas páginas verdaderas del cuaderno.

Tus labios calientes inhalan el calor

de mi cuerpo,

alimentan las llamas en tu cabello.

Y tu suave caricia

en mi brazo

es un infierno que no notarás.

Eres una rosa con espinas

que yo recojo

aunque sé que me lastimaré.

Las rosas son solo rosas.

No pueden suavizar sus tallos.

Y te amo, sangrando en tu trampa.

Tus llamas brillan en la nieve

y mi amor

es un infierno que no notarás.

Gabe había garabateado algo más con un bolígrafo de otro color, pero lo había tachado. No era un mal poeta. Mis ojos se detuvieron en la tercera estrofa: «Las rosas son solo rosas». Rosa. El poema estaba fechado un año antes. Así que todo este tiempo... Mi corazón se estremeció releyendo las líneas. No me había dado cuenta de que su amor por ella era tan profundo.

Recordé las ocasiones en que Rosa había entrado en la tienda.

Gabe corría hacia ella y la saludaba con un abrazo. Charlaba con ella sentado en el mostrador de la caja, sonriéndome mientras revisaba el inventario. Se fueron acercando más con el correr de los años y se aceptaron como amigos conectados por mí. Ambos artistas disfrutaban hablando de las similitudes entre la pintura y la música. A veces ella traía su violín y tocaba para los clientes.

De pronto me puse rígida y guardé el cuaderno, sintiendo que había tropezado con un secreto y que debía olvidar aquellas palabras rápidamente. Pero no pude sacármelas de la cabeza. Sabía que ella le gustaba, pero lo del amor fue algo inesperado. A todo el mundo le gusta Rosa: vital, cálida y divertida, su voz suave y melódica. Rosa, con el tono de voz sedoso de su madre, y el pelo rojo y revuelto como el fuego, igual al de su padre. Claro que la amaba.

Sentí los pasos de Gabe en la escalera de caracol y me dispuse a esperarlo sentada en la cama.

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